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jueves, 3 de enero de 2019

Ir a La Habana



Era costumbre de todos los que vivían en la periferia de la capital, cuando iban al centro de la ciudad decir “voy para La Habana”, estando realmente en la misma Habana. Durante mi niñez, los viajes "a La Habana" eran principalmente a dos lugares: la Plaza de Cuatro Caminos y la obligada visita a las tiendas, sobre todo a las de la calle Galiano y a las de la calle Monte.

El viaje de los sábados con mi padre era a “la Plaza”, como se le decía a la Plaza de Cuatro Caminos o Mercado Único, y donde se hacían compras, a precios más bajos, de productos que se consumían en grandes cantidades o que allí se podían encontrar más frescos, como quesos, mortadellas, jamonadas, frutas y vegetales y los productos del mar: camarones, serrucho en ruedas, cherna, pargo y rabirrubia.

Una hemorragia de olores de todo tipo y un banquete visual al ver tantos artículos. Una expedición que los muchachos anhelábamos llegara el día dedicado a las compras en la Plaza, porque era una profusión interminable de cosas que no conocíamos. Lo primero que llamaba la atención era ver a los barberos ambulantes pelando a los clientes de pie, aprovechando los escalones existentes a todo lo largo de la calle, frente al Mercado Único por la parte de Monte. Sin contar las decenas de vendedores ambulantes que ofrecían lo inimaginable.

El otro recorrido, aunque a veces se convertía en aburrido para un niño, también tenía su encanto, era ir de recorrido por las tiendas. El paseo por la calle Galiano siempre se iniciaba por la calle Monte, con una cantidad impresionante de tiendas, casi no había local que no estuviera ocupado por una tienda. Las había de todo tipo, de tejidos, confecciones, por departamento, zapaterías, bazares, en fin, cualquier cosa que a uno quisiera o necesitara allí lo encontraba y a precios bajos. A veces al terminar Monte, se cruzaba la calle Monserrate y el recorrido se extendía hacia la Habana Vieja, a la calle Muralla, el paraíso de los "polacos", como le llamaban a casi todos inmigrantes provenientes de Europa Oriental y hasta algunos árabes del Medio Oriente. Era usual, sobre todo para las mujeres, comprar en Muralla la tela y en su casa coser los vestidos a su gusto y con un costo más económico.

Mi paseo preferido era por Galiano, desde su final en la calle Reina, hasta casi su comienzo, en Sán Lázaro una cuadra antes de donde empieza, en el Malecón. Galiano también estaba cundida de tiendas de todo tipo, pero había algunas verdaderamente interesantes, como Los Precios Fijos y Ultra, en Reina. Después venía la peletería California (a los pies de usted), con su famoso salón de ventas, sin olvidar que ya pasamos por la famosa panadería El brazo fuerte. de cuyos cangrejitos de chorizo era gran consumidor, por El Arte, establecimiento para artistas plásticos y fotografía, Le Trianon, de regalos exclusivos, la colchonería Komfort, la peletería Picanes y la joyería Riviera. Hasta llegar a uno de los lugares más concurridos de La Habana de entonces: Galiano y San Rafael.

En esa esquina confluían la gran tienda Flogar, frente a ella en la no menos impresionante Fin de Siglo, que tenía entradas y salidas por Galiano, Águila y San Rafael. Justo al cruzar San Rafael y contigua a Flogar, se encontraba mi preferida, el Ten Cents de Galiano, una de las ocho tiendas Woolworth’s existentes en Cuba y en las cuales se encontraban infinidad de variedades, algunas exclusivas, pero a bajos precios. Y con un atractivo muy particular: una cafetería de primera con una cancha siempre congestionada, donde había que esperar a que se vaciara una banqueta para sentarse y ser atendido. Que yo recuerde, había Ten Cents en Galiano, Monte, Obispo, 23 y 10 en El Vedado, en La Copa de Miramar, y en el interior del país en Cienfuegos, Matanzas y Santiago de Cuba.

Al lado del Ten Cents de Galiano había comercios importantes, como La Casa Quintana, especializada en regalos y bisutería y la fastuosa joyería El Cairo. Enfrente quedaba la "tienda de los ricos", El Encanto, que al quemarse en abril de 1961 fue convertido en un parque. El Encanto fue fundado en 1888 por dos hermanos asturianos emigrados a Cuba, creando un concepto moderno de tienda por departamentos y de gestión de ventas que con los años se convirtió en excelencia y al que muchos imitaron. El Encanto tuvo sucursales en varias provincias cubanas. La experiencia adquirida en Cuba por estos emprendedores españoles propició la fundación en España de Galerías Preciados, Sederías Carretas y El Corte Inglés.

En la esquina de Galiano y Neptuno se encontraba La Época, donde la gente hacía su “agosto”, pues en ese mes había grandes rebajas. Otras tiendas populares eran Cancha (la revancha la da Cancha) y La Ópera, en la "esquina del ahorro", en Galiano y San Miguel, cuyo edificio se derrumbara. A continuación, varios comercios gastronómicos como la cafetería El Camagüey y el complejo del Edificio América, con teatro, cines y cafeterías. Yendo por Neptuno, decenas de tiendas, como Roseland, Roberts & Company (los mayores importadores de cigarros norteamericanos), La Casa del Perro, con todo lo necesario para mascotas (aunque en esos tiempos, la mayor parte de los perros tenían por arreo una soga y comían las sobras y cuando mejor salían, piltrafa), La Casa Cofiño, El Palacio de Cristal, La Filosofía y la camisería La Casa Pérez, con camisas que nunca estuvieron a mi alcance. No recuerdo exactamente el nombre de la tienda, pero hacía referencia a Don Julio, para reseñar que durante el mes de julio muchísimos productos se venderían por solo 90 centavos.

Si bajábamos por San Rafael, nos encontrábamos con un sin fin de tiendas, como la peletería donde vendía el calzado Florsheim, Giralt, tienda de electrodomésticos, los concurridos cines Rex y Dúplex, hoy en ruinas, el Cinecito, la joyería y relojería Cuervo y Sobrinos, representante de Longines y que todavía existe en España y otros países. Cuba Radio Philco, de electrodomésticos, la joyería Bared, representante de los relojes Omega y Cartier, los almacenes Cadavid, El Bazar Francés, Belinda Modas, la peletería Ingelmo (cuando los zapatos cubanos Ingelmo y Amadeo no tenían nada que envidiarle a los Florsheim o los Tom McCann), la tienda por departamentos Sánchez Mola, establecimientos donde se podían comprar los discos Puchito, Kubaney y Columbia y la óptica El Telescopio.

En la concurrida J. Vallés, de ropa masculina, que se ufanaba de ser la que más barato vendía y donde pude darme el lujo de tener un crédito, y podía gastar y acumular una deuda de hasta 50 pesos (impresionante cifra en los años 50, cuando un pantalón McGregor costaba 5 o 6 pesos y una trusa Jantzen 3 pesos), abonaba 5 pesos mensuales como amortización. Por supuesto, era muy raro que comprara ropa en otro lugar que no fuera en J.Vallés.

En la década de 1950, Galiano era la arteria comercial más elegante de la capital, solo San Rafael le hacía competencia. Pero con el desastre habanero de las construcciones urbanas y un comercio deprimido, el movimiento actual de personas no tiene el encanto de cuando me llevaban de compras. Ahora la gente va a ver qué consigue. Ya no existen las vidrieras engalanadas y alumbradas que daba gusto ver en cualquier época del año, pero sobre todo al acercarse Navidad y Día de los Reyes Magos, cuando a Melchor, Gaspar y Baltazar le pedíamos que nos trajera el juguete que habíamos visto en nuestros paseos por Galiano. Años después de la revolución, la calle San Rafael se convirtió en un paseo peatonal de cinco cuadras, desde Galiano hasta el Paseo del Prado y ahora se denomina Boulevard de San Rafael.

La antigua Calzada del Monte empieza en la Habana Vieja, en la intersección donde termina Egido y comienza Monserrate, al frente a la Plaza de las Ursulinas y llega hasta la intersección con Infanta, en la llamada Esquina de Tejas, que cuando se dobla a la izquierda marca el inicio de la Calzada de 10 de Octubre. Si se sigue recto, se convierte en Calzada del Cerro, que llega hasta la Calle 26, en el Nuevo Vedado. A partir de ahí toma el nombre de Avenida 51 o Calzada de Puentes Grandes, la antigua Calzada Real de Marianao. Sin dudas, Monte es una de las calles con más historia. Atraviesa varios barrios, casi todos poblados por clases populares o de bajos ingresos.Su nombre oficial es Máximo Gómez, en honor al Generalísimo, pero a la ruta que inicialmente conducía al campo, al monte, y por ella se llegaba al ingenio Jesús del Monte, los habaneros le siguen llamando Monte.

Pero aparte de mis viajes a las tiendas con mi madre y mi hermano y mis visitas al Mercado Único con mi padre, cuando comencé a trabajar pasaba diariamente por Monte. Tomaba la ruta 16 en la esquina de mi casa y me bajaba en Monte y Zulueta, en la puerta de la famosa tienda La Sortija, y de ahí tomaba por transferencia, la ruta 12 que me dejaba a dos cuadras del lugar donde trabajaba, en Cuba y Chacón, Habana Vieja.

Entre las 7 y 7 media de la mañana, me maravillaba ver a los trabajadores baldeando y limpiando las vidrieras de todas las tiendas de la calle Monte, faena que se complicaba pues prácticamente la totalidad de la calzada, a ambos lados, por los portales, era como una gran acera bajo techo. Así y todo, se respiraba limpieza hasta en la tienda más modesta. En ocasiones, si tenía tiempo, cambiaba mi recorrido. Me quedaba en la parada de Cuatro Caminos e iba a pie hasta la Habana Vieja, lo que me permitía ver todas las tiendas de Monte. Después pasaba por los establecimientos de la calle Obispo, una caminata muy entretenida. Algunas veces me desviaba un poco, para pasar por el Paseo del Prado, casi frente al Capitolio Nacional, donde estaba la concurrida tienda El Machetazo, el palacio de las gangas en Cuba y que por suerte se ha perpetuado en Panamá, constituida ahora en una cadena de tiendas bien popular en ese país. También había tiendas pequeñas que vendían souvenirs a los turistas así como los muy baratos y excelentes Alligator Goods, artículos de piel de cocodrilo para hombre y mujer.

En aquella época estudiaba Comercio por las noches en el Plantel Jovellanos del Centro Asturiano y tenía un compañero cuyo padre era dueño de una tienda contigua a La Sortija, llamada El Novator, que estaba en liquidación. Al enterarme, fui de los primeros en ir a comprar y obtener verdaderas gangas, y por la confianza, hasta obtener un crédito para pagar a plazos, entre cuyas adquisiciones recuerdo un buenísimo jacket marca Saturno, que lo deseché muchísimos años después. Era una prenda irrompible y tapaba del frío que entonces hacía en Cuba.

Los hombres usaban traje, cuello y corbata en pleno verano, las mujeres con medias de nylon. Yo trabajaba con camisa de mangas largas y corbata. Las guaguas y la mayoría de los centros comerciales no tenían aire acondicionado y no se sentía el calor como hoy en día. Tampoco había aire acondicionado en el cine al que iba asiduamente, el Valentino, situado en la Esquina de Tejas, ya desaparecido junto con la valla de peleas de gallos contigua al cine. Ruinas es lo que queda hoy de la más popular de las calles comerciales habaneras.

Era impresionante el tramo de la calle Monte desde Zulueta hasta Cuatro Caminos: todo prácticamente eran negocios. En el resto de su recorrido había también negocios, pero menos, Ya mencioné La Sortija y El Novator, pero estaban la peletería El Cadete, la impresionante tienda Isla de Cuba, el que fuera lujoso Hotel Isla de Cuba, Los Precios Fijos, La Isla, La Nueva Isla, El Gallo, la cuchillería La Sin Rival... Múltiples mueblerías como La Casa Mimbre o tiendas como La Defensa, Casa de los Tres Quilos y por supuesto Ten Cents de Monte.

Los portales de Monte, de Cárdenas a Factoría, contaban con aceras anchas desde el inicio del Paseo del Prado hasta frente al Parque de la Fraternidad. Eran famosos porque siempre había decenas de vendedores ambulantes y kioscos que ofrecían desde pollitos con las plumas de colores, jicoteas pequeñas, manzanas acarameladas hasta miles de juguetes en las jornadas anteriores al Día de los Reyes Magos, alcanzando su máximo esplendor justamente en su víspera, el 5 de enero, o su gran movimiento en Navidad, Día de los Enamorados o de las Madres.

Pero hay que decir que a lo largo de sus dieciocho cuadras, en la actualidad,en Monte es muy raro encontrar una edificación en buen estado constructivo y apenas una décima parte de sus locales se mantienen como comercios. En la que fuera la arteria más popular para comprar en La Habana, hoy pulula la miseria y la delincuencia.

De las anécdotas que más recuerdo es la de La Casa Prado, una sastrería situada en la calle Belascoaín, que se hizo famosa por un concurso semanal. Se hizo habitual escuchar los domingos en la mañana el anuncio de Radio Progreso de localizar al Hombre de la Casa Prado. El que lo identificara recibía de premio una guayabera hecha a la medida. Mucha gente perseguía al Hombre de la Casa Prado. Enrique, un tío mío, acostumbraba almorzar los domingos en mi casa y estaba obsesionado con sorprender al citado hombre. Varias veces salió a buscarlo, pero nunca lo encontró. Creo que era más fácil responder la pregunta de los 64 mil pesos que encontrar al Hombre de la Casa Prado.

Cuando a alguien le preguntaban algo complicado o que no quería contestar, la respuesta más socorrida en Cuba en los años 50 era “Me hiciste la pregunta de los 64 mil pesos”. El Gran Premio de los 64 mil pesos era un programa televisivo creado por Gaspar Pumarejo, genio de la televisión cubana nacido en Santander, Cantabria, España, y conocido como "el hombre del choripán. Además de poner en funcionamiento la primera televisora en Cuba en 1950 y el primer canal a color en 1958, y crear la quizás única en su tipo emisora Radio Reloj, Pumarejo supo concebir éxitos televisivos tales como Hogar Club, Reina por un Día y El Gran Premio de los 64 mil pesos.

Y ya que abordamos el tema de las tiendas, vamos a recordar los Minimax. Sesenta años después de la desaparición de esta cadena de supermercados, los que vivíamos en el Reparto Fontanar le seguíamos diciendo Minimax a cualquier comercio de ese tipo. Minimax fue el pionero de los supermercados en Cuba, junto con Ekloh. Existían sucursales de Minimax en el Reparto Fontanar, en Kasalta en 5ta Avenida y Calle 2 en Miramar, en el Edificio FOCSA, en los Repartos Altahabana, Casino Deportivo y Sierra Maestra en Boyeros y en San Miguel del Padrón. A su vez Ekloh contaba con unidades en 41 y 42, Miramar, y en 17 y K, Vedado.

Se decía que Ekloh era una cadena alemana, pero realmente el empresario panameño de origen judío, David Brandon, era el presidente y propietario de la cadena de Supermercados Ekloh, S.A. Y lo sorprendente es que Brandon también era dueño de Minimax Supermercados S.A. la principal cadena de ventas al detalle que hubo en La Habana antes de 1959, con un almacén y once supermercados.

Mucho antes de casarme ya existía y era famoso el Reparto Fontanar. A su entrada se ubicaba un alto pino de siete pisos, que en Navidad se adornaba con luces de colores, siendo visible desde gran distancia y era visitado por mucha gente ,que daban el viaje hasta Fontanar exclusivamente para ver el gran árbol navideño. A su lado quedaba el flamante Minimax. Años después, al conocer a mi esposa, las historias más relevantes siempre estaban relacionadas con el Minimax. El reparto Fontanar surgió a la sombra del pino de siete pisos y del Minimax.

En esos tiempos, Minimax (Mínimos precios, Máxima calidad) era similar a los groceries norteamericanos, un tipo de comercio que extrañamente no existían en el país, al menos en esa escala, cuando era usual que todas las experiencias y negocios de Estados Unidos también se extrapolaran a Cuba y hasta probaran su eficacia en la Isla antes de ser masificados. Así que Ekloh y Minimax fueron precursores en este campo. Puede que yo vaya a Walmart, Publix, Sedano, Liverpool, Soriana, HEB, cualquier tienda por departamentos o supermercados en México o Estados Unidos y en cualquiera de ellos siempre voy a ver un Minimax, de los primeros que conocí, no los restos de lo que un día fue y al que solo le queda el nombre con el que se hizo famoso. Para los cubanos de entonces, Minimax es sinónimo de que hay de todo y a buenos precios, no importa donde sea.

Carlos Búa*
Blog Memorias de un cubano
*Cubano residente en México. Ingeniero industrial con experiencia enel área de informática, economía y administración.

Foto: Calle Neptuno antes de 1959, tomada de Memorias de un cubano, donde se pueden ver más fotos.

Nota de Tania Quintero.- Ir a La Habana se titula también un breve texto mío publicado en este blog en septiembre de 2009.
Leer también: Los canarios de Jesús del Monte.

1 comentario:

  1. ir a la habana
    esa habana que usted conocio
    no queda nada
    ====================================
    pero los cubano le hecha la culpa
    a los castro
    solo un hombre no destrulle un pais
    ----------------------------------------------los que apoyaba n
    los castro que era mayoria de los cubano fue la destrucion de cuba no solo la habana

    yo le deceo que difruten la robo ilucion los cubano


    patria hambre y miseria hasta la muerte venceremo

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