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lunes, 2 de agosto de 2021

Dulce Antúnez y Blas Roca, dos cubanos de a pie



A modo de aclaración:

En un polémico artículo de Arturo López-Levy, publicado el 14 de junio de 2021 en La Joven Cuba, dejé el siguiente comentario:

López-Levy, me llamo Tania Quintero Antúnez, nací en La Habana en 1942, fui veinte años periodista oficial en Cuba, primero en la revista Bohemia y después en el ICRT y a partir de 1995 periodista independiente de Cuba Press. Desde noviembre de 2003 vivo en Suiza como refugiada política. Mi padre, José Manuel Quintero Suárez, fue guardaespaldas de Blas Roca Calderío hasta que después del asalto al Moncada, Blas pasó a la clandestinidad. Mi padre se casó con Carmen Antúnez, hermana de Dulce Antúnez, quien durante 50 años fuera esposa de Blas y con él tuviera cuatro hijos, mis primos Lydia, Francisco, Vladimiro y Joaquín.

O sea, Blas era cuñado de mi madre. Pero si no bastara esa cercanía con "el tío Paco", como siempre le dije, en agosto de 1959 comencé a trabajar como mecanógrafa en el Comité Nacional del Partido Socialista Popular, en Carlos III y Marqués González. Todo esto para decirle que eso que escribió de que Blas quiso ser enterrado en el Cacahual no solo es una gran mentira, también es una gran difamación.

Lamentablemente mi prima Lydia ya murió y si alguno de sus hijos o hermanos lo conservó, pudiera fotocopiarse y mostrarse que la verdad y la realidad es todo lo contrario. Cuando Blas falleció, Fidel Castro quiso que lo velaran en la Base del Monumento a José Martí, y por si no bastara el despliegue funerario que Fidel Castro quiso darle al 'compañero Blas', él despidió el duelo en la Plaza de la Revolución y después una larga caravana de autos y ómnibus de turismo, donde íbamos los familiares, se dirigió al Cacahual, porque fue Fidel Castro, quien sin consultar con nadie de su familia, decidió que lo enterraran allí.

Volviendo a ese día. En un momento del velorio, mi prima Lydia me llamó aparte y me mostró el papel, que en una hojita de esos blogs de papel gaceta donde Blas solía escribir con su diminuta letra y sin faltas de ortografía (lo sé bien pues le mecanografié la primera y única edición de Los Fundamentos del Socialismo en Cuba, más sobre los 19 meses que trabajé con la plana mayor del PSP se puede leer en la serie de cinco posts que en 2009 publiqué en El Blog de Tania Quintero con el título Harry Potter y la revolución escatimada). En esa hojita, Blas pedía que cuando se muriera lo enterraran en la tierra, no en tumbas ni mausoleos, un entierro sencillo.

López-Levy, cuando no se conocen las cosas, mejor no mencionarlas y si se mencionan, hacerlo con respeto. A Blas no se le conocieron combates militares porque nunca fue militar. Sin embargo, su pariente, Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, no hace mucho ascendido a general por su ex suegro Raúl Castro, se supone que con tan alto grado, tenga un historial de combates militares. Si los tiene, nunca se han divulgado. Si lo de Blas fue siempre la política, lo de su pariente siempre han sido las finanzas, controlar el dinero desde el GAE.

El sábado 19 de junio, cuando revisé Hotmail, tenía un correo del 14 de junio del editor de La Joven Cuba: "Estimada Tania: Mi nombre es José Manuel, soy el editor de La Joven Cuba. Hemos visto y publicado su comentario al texto de López-Levy sobre el lugar de enterramiento de Blas Roca. Realmente lo que él señala en su artículo es lo que la mayoría de los cubanos creemos. Por eso me gustaría invitarla a que escriba algo al respecto y con mucho gusto lo publicamos. Ayudaría así a acabar con un mito tan extendido y a hacer justicia con una figura importante de la historia de Cuba. Espero su respuesta. Reciba un cordial saludo desde Cuba, JM".

A continuación le respondí: "Estimado José Manuel, disculpa la demora en responder. Acepto la propuesta de escribir sobre Blas Roca. Por cierto, iba a escribirle a Lázaro Yuri Valle Roca, el primer nieto de Blas e hijo mayor de mi prima Lydia Roca Antúnez, para que revisara si ese papel escrito a mano aún lo conservaban y en eso me entero que lo citaron a una unidad de policía, para supuestamente cerrar una acusación de 'desacato' que tenía pendiente desde 2020 y fue un ardid del DSE para detenerlo y mantenerlo incomunicado en Villa Marista. Saludos desde Lucerna, Tania Quintero".

El escrito solicitado por el editor de La Joven Cuba lo terminé de escribir el 20 de junio, pero como en vez de las 1,200 palabras solicitadas tenía 1,700, hice una segunda versión y se la envié una semana después, el 27 de junio, con cuatro fotos. Hasta la fecha, La Joven Cuba no me ha dicho por qué decidieron no publicarlo. A continuación, el texto original, más completo, de 1,700 palabras, pero con seis fotos en vez de cuatro.



En junio de 1979, como periodista de la revista Bohemia, estuve tres semanas en la ex República Democrática Alemana. Uno de los lugares visitados fue la casa de verano de Albert Einstein en Caputh, cerca de Potsdam. La simplicidad del mobiliario de aquella casa de madera, pero sobre todo la mesa y la silla del 'despacho' de Einstein, trajo a mi memoria el 'despacho' de Blas Roca Calderío, mi primer jefe, en 1959.

En los 37 años de mi vida laboral en Cuba, en mi expediente aparecía una carta, fechada en agosto de 1959, en la cual Blas, entonces secretario general del Partido Socialista Popular (PSP), decía que me conocía desde hacía tiempo (él quería poner desde que nací, pero no me gustó y lo cambió) y que yo era una persona de toda moral y confianza. Pero el puesto de mecanógrafa en el Comité Nacional del PSP, en Carlos III y Marqués González, no me lo dieron por esa recomendación, ni por ser sobrina de la esposa de Blas ni porque mi padre había sido su guardaespaldas por más de veinte años. Me contrataron porque después de un curso de dos meses de taquigrafía y mecanografía en español e inglés, en la Havana Business Academy que quedaba al doblar de mi casa, aprendí a mecanografiar con destreza en los dos idiomas, no tenía faltas de ortografía y sabía redactar cartas y documentos.

Al "tío Paco" le tecleé más porque era el secretario general y porque escribía como un condenado, en blocks pequeños, de papel gaceta, sin rayas, de ésos que costaban dos quilos en las quincallas que había en todos los barrios. Tenía la letra pequeñita, pero legible y escribía parejito, como si pasara una línea con una regla. Blas, como Juan (Marinello) y Carlos (Rafael Rodríguez) eran muy exigentes. No admitían borrones ni chapucerías. En 1959, Blas decidió reeditar su libro Los fundamentos del socialismo en Cuba. Cogió la última edición y la hizo leña. Iba arrancando página por página y en ellas directamente iba haciéndole los arreglos. La complicación venía cuando añadía nuevos párrafos y ponía numeritos aquí y allá. Para poder concentrarse, Blas decidió pasarse unos días en una casa en la playa de Guanabo, y yo, para poder mecanografiar con tranquilidad el libro, me mudé para su oficina, donde solo había un librero y tres taburetes: uno para él sentarse y dos para los visitantes.

Por eso mientras recorría la casa de verano de Einstein y su mujer Elsa en Caputh, mis pensamientos volaron a La Habana. Y recordé que no solo Blas era una persona muy austera, también lo era su esposa, mi tía Dulce María Antúnez Aragón, los dos de orígenes muy humildes, con largas historias de lucha en favor de la justicia social, él las iniciaría en su natal Manzanillo, ella en Sancti Spiritus. Simples y sencillos igualmente eran los tres hombres que acompañaban a Blas antes de 1959: René López, su secretario, Fiallo, su chofer y Quintero, su escolta, mi padre. Blas nunca se iba solo a almorzar a su casa, en Estrada Palma 107 entre Poey y Heredia, Santos Suárez: en la misma mesa almorzaban René, Fiallo y mi padre. Una vez al año, Blas y Dulce y sus cuatro hijos (Lydia, Francisco, Vladimiro y Joaquín) salían de vacaciones: alquilaban una casa en Guanabo, la playa entonces de moda, o iban al Balneario San José del Lago, en Mayajigua, Sancti Spiritus, desde donde a mis padres y a mí nos enviaban una postal, como esta de 1951:



Si hubo dos comunistas en Cuba que fueron verdaderos cubanos de a pie, esos fueron Blas y Dulce. No sé quién ni por qué, echó a rodar la bola de que Blas pidió ser enterrado en el Cacahual, donde descansan los restos de Antonio Maceo y su ayudante Panchito Gómez Toro. Nada más falso, inverosímil, injusto, difamatorio...

En Mi tiro de gracia, Alcibíades Hidalgo, quien fuera jefe de despacho de Raúl Castro y miembro del comité central del PCC, da una pista: "La organización de funerales y el traslado de restos ilustres como arma política abundan en la hoja de servicios del único General de Ejército en la historia nacional. En 1987 logró vencer la reticencia inicial de su hermano mayor para enterrar en el Monumento Nacional Cacahual, junto al legendario teniente general Antonio Maceo, a Blas Roca, el dirigente comunista que entregó incondicionalmente su viejo Partido Socialista Popular a los barbudos de la Sierra Maestra, consolidando la confianza de Moscú hacia los nuevos gobernantes de Cuba. En el terreno de la simbología revolucionaria, la entrada de Blas Roca al Cacahual rompió los respetuosos límites que resguardaban los sepulcros de los jefes mambises y creó un antecedente válido para llevar años después al propio Fidel Castro al lado de José Martí".


De su puño y letra, Blas había escrito que cuando muriera, quería que lo enterraran en la tierra. En un texto publicado en 2017, Lázaro Yuri Valle Roca, primer nieto de Dulce y Blas y primer hijo de Lydia, la primógenita del matrimonio Roca-Antúnez, recordaba: "Cuando mi abuelo murió, me indignó que lo velaran con tanta fanfarria, él siempre quiso y dejó escrito que lo enterraran en la tierra, no en el Cacahual, si no en el patio de su casa, algo sencillo, sin tanta cosa".

En septiembre de 2013 en mi blog escribía: "Lydia Roca Antúnez, mi prima más cercana, acaba de fallecer en La Habana. No quiso que la velaran ni gastaran dinero en flores. Que lo antes posible la incineraran. Todo acorde a la austeridad heredada de su padre, Blas Roca Calderío, y de su madre, Dulce Antúnez Aragón. Pese a haber sido una de las figuras históricas del comunismo cubano, Blas y los suyos eran una personas sumamente modestas. Como también lo eran y siguen siendo los Antúnez, un clan que en mis tías Dulce María y María Luisa tuvo a sus mujeres más comprometidas políticamente".

El 26 de abril de 1987, durante el funeral que la cúpula partidista le organizara a Blas Roca en la Base del Monumento a José Martí, en la Plaza de la Revolución, mi prima Lydia me contó que su padre hizo esa nota-testamento después de una fuerte angina de pecho que tuvo, probablemente debido a serias discrepancias que en ese momento tenía con Fidel Castro. Eso, me aclaró, fue antes de la constitución del Partido Comunista, el 3 de octubre de 1965. Blas no solo pensó que podía morir, también que su carrera política había llegado a su fin. Pero evidentemente las aguas se calmaron pues Blas resultó electo miembro del primer comité central del PCC en 1965. Diez años más tarde, en el primer Congreso del Partido, en 1975, integraría el buró político y el secretariado; luego presidiría la primera legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular (1976-1981) y posteriormente estuvo al frente de la Comisión que redactó el proyecto de Constitución aprobado el 24 de febrero de 1976.

Del divorcio de Blas con mi tía Dulce después de cincuenta años de convivencia, de la división familiar que esto provocó, de la enfermedad y fallecimiento del histórico líder del PSP, le corresponde hablar o escribir a los dos hijos que aún viven, mis primos Francisco y Vladimiro Roca Antúnez, si lo estiman pertinente. O a Lázaro Yuri Valle Roca, el nieto mayor y el que más sufrió por la separación de sus abuelos. Por cierto, en Mi tiro de gracia, Alcibíades Hidalgo menciona una situación de la cual fui testigo, porque asistí al velorio de Blas como parte de la familia y como reportera de los Servicios Informativos de la Televisión Cubana, a los cuales en ese momento pertenecía: "La operación logística del funeral sin precedentes de Blas Roca incluyó un masivo velatorio en el Monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución, para el que hubo necesidad de trazar fronteras entre las dos familias rivales del fallecido líder de los viejos comunistas".

A propósito de ese artículo, originalmente publicado en el diario español ABC, Lázaro Yuri me envió este correo: "Mi prima, ese día del velorio, como sabes, mi abuela Dulce Antúnez se sentó junto al féretro del viejo. La cosa estaba bien caliente, por un lado su secretaria y 'viuda oficial', Justina Álvarez, y por el otro, nosotros, su familia de toda la vida. Fidel, Raúl, Guillermo García y Ramiro Valdés estaban detrás de un parabán viendo todo el show. En eso, Raúl Castro me llama y delante de varias personas me dice que le pidiera a mi abuela que se fuera y les dije que los que tenían que irse eran ellos. Durante el entierro en el Cacahual, mi madre, la hija mayor de mi abuelo y sus tres nietos mayores, quitamos a los hombres que estaban echando tierra sobre el féretro y seguimos echándosela nosotros".

Como la trayectoria política de mi "tío Paco" es bastante conocida, no así la de su compañera de luchas y madre de sus cuatro hijos, a los lectores sugiero leer, en este blog, Mi tía Dulce, primera y segunda parte.



Una evidencia de la sencillez, naturalidad y espontaneidad que fue la 'marca de fábrica' de Blas y Dulce. En la foto no sale todo el familión que ese domingo, 16 de abril de 1967, se reunió para celebrar el cumpleaños del 'viejo Paco', como le decíamos al padre de Blas, Francisco Antúnez, sentado, con gafas oscuras. Detrás, mi tía, con una blusa de rayas y a su lado, Blas. En la mesa, el cake que ya habían picado y repartido a los más pequeños. El muchachito con camisa balnca es el hijo de Esperanza, hermana de Blas. El bebé de dieciocho meses, cargado por una mujer embarazada, es Alejandro, el segundo hijo de mi primo Francisco. Ella, Miriam, era su segunda esposa y tal vez ésa haya sido una de sus últimas fotos: después que dio a luz, una hembra a quien pusieron Vivian, baldeando la casa, descalza, fue a desconectar una lámpara de pie y se electrocutó. La señora que se ve al fondo, con rolos y pañuelo en la cabeza es Viva, la esposa rusa de mi primo Vladimiro. Además del cake, una bandeja con pastelitos y dos de panecitos con pasta de bocadito. Lo típico en los cumpleaños de los cubanos de a pie.


En la foto del cumpleaños del 'viejo Paco', el padre de Blas Roca, la niña que aparece a la izquierda, pegada a la mesa, es mi hija Tamila, nacida el 1 de agosto de 1964. La bata, de algodón azul marino con motivos blancos, se la había regalado Julia, una española que vivía en los bajos de nuestro edificio, en Romay 67 entre Monte y Zequeira, Cerro. Casi tres años antes, en octubre de 1964, cuando mi madre, Carmen Antúnez Aragón, y yo fuimos de visita a casa de Zulema, la primera esposa de mi primo Francisco, que vivía en el cuarto o quinto piso en un edificio situado en la Avenida 26, Nuevo Vedado, y al poco rato llegó Blas, que quería conocer a la nieta del 'gordo Quintero', su fiel escolta, quien ese día no fue por encontrarse ya muy enfermo (murió el 7 de octubre de 1966, Blas no solo redactó una nota sobre el fallecimiento de José Manuel Quintero Suárez que salió publicada en el periódico Granma, también despidió el duelo bajo un torrencial aguacero en el Cementerio de Colón). Aunque Tamila tenía solo dos meses, cuando Blas la cargó, lo miró extrañada. Unos minutos antes había estado sonriéndole a su abuela Carmen, a la derecha en la foto. Mi madre era cuñada del que hasta hacía poco tiempo había sido durante más de dos décadas secretario general del Partido Socialista Popular.

Tania Quintero Antúnez

Fotos del álbum familiar que hasta su muerte en 2013 conservó mi prima Lydia Roca Antúnez. En la segunda aparecen Blas y Dulce con su amiga mexicana Adelina Zendejas (Adelina Zendejas Gómez - Wikipedia, la enciclopedia libre), la niña es Sonia Ramos Antúnez, sobrina que mi tía Dulce crió junto a sus cuatro hijos. En la tercera, Blas cargando a su nieto Yuri dentro de un avión, durante un vuelo nacional, en 1964 o 65.

lunes, 26 de julio de 2021

De la vida de Juan José Portillo (IV y final)



Mi recuperación fue lenta, pero mi ilusión fue creciendo día a día. Hice en todos estos años otra casita en Puerto Lápice para mi retiro dominguero. La carpintería la tuve que dejar, salvo algunas cosillas que hacía como favor al cliente. Con el negocio de la ferretería y los muebles, iba juntando en una hucha todo el dinero que llegaba a mis manos muy bien ganado por mi hija mayor y mi mujer, que prácticamente llevan el negocio ya que por aquel entonces yo me quedé en segundo plano.

Al sentirme con más ánimo y verme un poco mejor por ir recuperando parte de la salud que tanto deseaba, lo primero que hice fue y lo sigo haciendo hasta el día de hoy, darle gracias a Dios por tener a mis cuatro hijos a mi lado, apoyándome para emprender nuevos planes. Siempre han apoyado mis decisiones, con el debido sacrificio que todo esto requiere, para poco a poco ir delegando en ellos los trabajos más fuertes, y un servidor dedicarme a suplir y hacer trabajos más inferiores, puesto que los años aunque no se quiera, te echan freno en la vida, no pasan en balde para nadie y van pasando factura o dejando aberturas, difíciles de restaurar, cosas que debemos cuidar por la cuenta que nos tiene a todos, si es que de verdad queremos llegar a ser mayores.

Con los hijos casados, en estos años he tratado de ver las cosas de distinta manera, cuidando y manteniendo todo lo emprendido y siempre capeando los temporales que van surgiendo, tan difíciles de entender, ya que las cosas no siempre salen como uno quiere o piensa. La familia, que es lo más grande y sagrado de nuestra sociedad, no tiene la estabilidad que muchos de los mayores deseamos. Poco a poco, se va resquebrajando parte de lo que más queremos y tenemos, teniendo que aceptar las cosas con humilde paciencia y resignación cristiana y humana, en la que todos estamos incluidos. Nadie estamos exentos de estas cosas que pueden surgir, pienso que lo más importante es tener espíritu de superación para seguir adelante y tratar siempre de hacer las cosas lo más rectas y mejor que podamos o que sepamos, aceptando siempre con agrado los designios de Dios y que la vida pone en nuestras manos.

En estos últimos cinco años, sigo tratando de estar siempre sumergido en algo, para darme ilusión a mí mismo, puesto que sin ilusión no se puede vivir. Tratando siempre de ser útil para los demás e intentar sentirme siempre joven aunque no lo sea. Últimamente he vuelto a la banda de música de nuestro pueblo, después de haber estado ausente varios años y a la que dedico parte de mi tiempo para recrearme y crear ilusión en el atardecer de mi vida. Otra cosa muy importante dentro de mis inmensas debilidades, es tratar siempre de ser más sociable y participativo en la Iglesia y en la religión que profeso desde pequeño, puesto que estoy bautizado y confirmado, para ser desde la humildad apóstol del Señor en todo lo que puedo.

Actualmente la mayor parte del tiempo la dedico a leer y escribir, cosa que tantísimo me llena e instruye para poder expresarme ante las personas que se crucen en mi camino con sincera humildad. Tengo que decir también que todo esto me ha servido para adquirir algún reconocimiento de quien por medio de mis anotaciones se haya podido enriquecer y valorar algunas de mis pequeñas cosas, ya que por parte del Ayuntamiento de Herencia me ha sido concedido el primer premio de narrativa, un tercero en poesía y a nivel provincial, un tercer premio de narrativa entre los mayores.

Actualmente tengo ocho nietos, los que me transmiten vida e ilusión y muchísimas ganas de vivir momentos a su lado para también sentirme niño junto a ellos. Y hasta hoy, es todo lo que os puedo contar a grandes rasgos sobre esta insignificante persona, que como veis, os cuenta su vida a todos los herencianos y a cuantos quieran conocer la historia de una sencilla vida como otras muchas que existen en el mundo. Escribir anima y reconforta a quien quiere reflejar en las líneas de un pequeño libro, que se sienta protagonista del mismo. Os invito a escribir en vuestra vida, de ella y de todo, cuanto poseáis que pueda beneficiar a los demás, unas veces riendo y otras con lágrimas sobre la tinta.

Recuerdo con nostalgia mi infancia, cuando íbamos al colegio en el mes de mayo. Hacíamos un homenaje especial a nuestra madre María, poniendo su imagen en un pequeño altar que se hacía grande con las margaritas y las flores que con tanta ilusión todos le llevábamos en tarritos o vasos de cristal con agua, para que se conservaran más tiempo frescas. Cada uno estábamos pendientes de la pequeña ofrenda que le habíamos hecho a nuestra madre. También recuerdo que todos juntos le cantábamos a coro, como pajarillos de primavera, cantares que se van dejando de recitar. ¿Qué nos impide hacer hoy, de mayores, lo mismo? El estrés, el trabajo, los negocios y las muchas innecesarias obligaciones que cada día nosotros mismos nos fabricamos. Yo os propondría a todos y a mí mismo, dos de las muchas formas de agradar a nuestra madre María:

Primero, un altar aunque sea pequeño en cada una de nuestras casas y ponerle las mejores esencias y flores que tengamos en el mes de mayo.

Segundo, hacer un altar simbólico en nuestras familias, quitando asperezas y buscando cada uno lo mejor para el otro, al mismo tiempo que nos sentiremos más felices, haremos a nuestra madre del cielo la mejor ofrenda.

Con este grato recuerdo vamos a intentarlo todos en el mes de mayo, y si nos fuese posible, los trescientos sesenta y cinco días del año, para que nuestro pueblo de Herencia haga honor a los marianos que decimos ser. Hagámonos niños para tener siempre presente estos gratos recuerdos.

Juan José Portillo

Fragmentos de su libro Vida, Camino y Luz (NeoDigital Imprenta, Herencia, 2017).

Video: Yolanda Portillo, la hija menor de Juan José, interpreta Toda una vida, bolero del compositor cubano Osvaldo Farrés (Cuba 1902-Estados Unidos 1985), durante un concierto en el Auditorio de Herencia en mayo de 2019. La foto de la Virgen María fue tomada de Primeros Cristianos (¿Por qué Mayo es el mes de la Virgen María? - Primeros Cristianos).

lunes, 19 de julio de 2021

De la vida de Juan José Portillo (III)



Una vez que dejé Madrid, ya aquí en Herencia, encontré ocupación en Muebles Rodríguez, y me fue bastante bien, porque podía trabajar a sueldo o a destajo, aunque como no estaba acostumbrado a realizar trabajos difíciles, me mandaban los más sencillos. Me defendía bastante bien, e incluso llegué a ganar algunas semanas más que los mayores, que sabían más que yo, parece increíble, pero así fue. No me cansaba de trabajar y así estuve con esta empresa hasta que fracasó su negocio.

Tuve mis amoríos más o menos serios, ya que cuando regresé de Madrid, intenté por todos los medios conseguir el amor que tanto me atraía, mujer que en un futuro sería mi esposa. No la conseguí fácilmente, porque no me consideraba lo suficiente para ella, pero Dios siempre nos premia con más de lo que merecemos y así fue como conseguí una de las mayores ilusiones de mi vida y lo sigue siendo hasta el día de hoy.

Una vez fracasado el negocio de los Rodríguez intenté en casa instalar un pequeño taller, en el cual seguí luchando con las fuerzas que a esa edad se tienen, y así me mantuve unos meses, hasta que me fui a trabajar "a medias" con un maestro anciano que me garantizaba trabajo y al mismo tiempo enseñanza, puesto que yo quería hacerme un poco más profesional en el oficio del que estaba bastante verde, puesto que mi tiempo se había limitado solo a efectuar pequeñas obras de carpintería. Total, que entre unas cosas y otras, aprendí algo de carpintería y también de ebanistería, que aunque no se me daba muy bien, conseguí ir sacando el cuello y así aguanté hasta que me fui a la mili, porque aún siendo pequeñajo, no me libré de ella. Cuando me tallaron medía 1,58 cm de estatura sin zapatos, que por cierto, mi madre me arregló del todo.

Y fui con los primeros zapatos que tuve en mis pies, un traje (que no sé de qué sería, porque no paraba de sacar cerdas de las solapas, ya que me pinchaban en la cara) y un abrigo que me estaba más ancho que largo, no sé si sería el de la muestra reformado de casa del patacón. Pero mi madre estaba tan contenta y yo, muy feliz por verla a ella. Mal fachado como siempre lo he sido, pero con esta vestimenta y con los 21 años que tenía, estaba más hermoso que un sol. Pasé la mili en Alcalá de Henares, por mi forma de ser conseguí muchos amigos, tanto en mi reemplazo, como entre los reclutas que llegaron después. Las comidas eran malas, pero había que comer de lo que fuera.

Mi madre se volvió a quedar solar y sin haberes económicos, sólo lo que podía "picholear" al hacer esas horcas de ajos que se le daban bastante bien y sacaba algún dinerillo, porque mi hermano aunque le solía mandar algo de lo poco que le sobraba desde Madrid, al final tuvo que ir a la mili y como nos llevábamos trece meses de diferencia de edad, los dos nos juntamos haciéndola, aunque cada uno donde le tocó. Cáritas española tuvo la caridad y gentileza de llevarle algo a nuestra madre en estos meses, por mediación de los que en Herencia representaban esta buena obra.

En la mili tenía poca cosa en metálico, quitando las cincuenta pesetas que mi novia ganaba sirviendo durante todo un mes, las que me enviaba por gentileza de su padre que así se lo autorizaba y del que tengo un buen recuerdo, pues con este dinero yo me las apañaba haciendo combinaciones, compraba Cola Cao y leche condensada y de vez en cuando me echaba una jarrita y me confortaba bastante. Algunos compañeros muy guasones me llamaban 'Cola Cao', cosa que me hacía gracia. Una vez, mi madre me mandó ochenta pesetas, las que había conseguido con muchísimo sacrificio y me desaparecieron de la taquilla, por eso con todo dolor de mi alma, tuve que comunicárselo al teniente, no os riáis lectores, pues esta ridícula cantidad entonces eran como sesenta euros actuales, es decir, el sueldo de día y medio de trabajo.

El teniente formó el escuadrón y explicó lo que pasaba y cómo mi madre se había ganado ese dinero, pero en vista de que no aparecía, nos puso a paso ligero sin excluirme a mí, que también me tocó correr, hasta el extremo de que algunos cayeron reventados, viendo todo eso se ablandaron los corazones de los que habían cometido el delito y devolvieron el dinero y fueron perdonados, pero unos días de calabozo no se los quitó nadie. Muchos compañeros me felicitaron porque en la mili también existe el amor, la comprensión del joven que sabe valorar las cosas (...).

Terminé el servicio militar el día dieciocho de julio de 1961. Mi novia seguía sirviendo donde estaba, no ya por lo que ganaba, pues sus padres, de guardas en la sierra no tenían necesidad, pero se quedó por dos motivos, uno, por estar más cerca de mí, y así poder vernos con más frecuencia y la otra razón era por lo mucho que la apreciaban: se trataba de una señora muy anciana y su hija, que también pasaba de los sesenta años. Yo tan contento de poder verla, pues era la chica más guapa de Herencia, al menos para mí, y cada día que pasaba estaba más ilusionada por las cualidades que con mis ojos enamorados veía en ella.

Rápidamente intenté planear mi vida, pues ahora es cuando había que empezar y con ganas. Dinero no tenía ni un céntimo, sitio para trabajar tampoco, ya que mi casa era pequeña y antigua, además era compartida con mi tía, hermana de mi madre. De cuatro partes de la casa, tres eran de mi tía, total, que mis pensamientos quedaron descartados. Alquilé una habitación que daba a la calle en un sitio más céntrico, en la cual puse un escaparate y unas puertas que encontré por poquito dinero, pero ahora venía lo peor de esto, no tenía herramientas en condiciones. Tuve más que suerte, era la manos de Dios que estaba de mi parte, pues nunca me faltó y hablé con Leovigildo (carpintero retirado), que me ofreció todas las suyas a como pudiera pagárselas, no olvidaré jamás este detalle. Maquinaria no tenía, pero herramienta manual sí, así que imaginaos que contento estaba por tener un sitio donde trabajar, herramientas y ganas de hacer frente a la vida (...).

Con las ganancias de los primeros trabajos realizados, me compré lo que yo consideraba mi primera pieza de valor, fue un nike de color granate, unos pantalones y unos zapatos. Yo seguí igual de bajito y mal fachado como toda mi vida lo he sido, pero así parecía otro para agradar más a mi novia, aunque me consta que yo le agradaba como fuera (...). Yo seguía trabajando todo el día y también parte de la noche, aunque sin hacer mucho ruido para no molestar a los vecinos de la calle Tercia. Me busqué un nuevo trabajo para añadir a la carpintería, enmarcaba cuadros para vender y también para novios, comuniones y todo lo que saliera; los colocaba en un mal escaparate que hice con el debido permiso de los dueños de la casa. En dicho escaparate exponía todas las cosejas mejores para que la gente picara, me fui abriendo camino con los pros y los contras que todo esto lleva consigo, pues no todo era color de cosa. Seguí la marcha con mucha ilusión, eso nunca me faltó y siempre tratando de mejorar mi situación con valentía pues de los cobardes poco se puede escribir.

Empecé a pensar en el matrimonio y fui preparando mis cosejas, entonces no se llevaba tanto como ahora. Compré una radio, una cocina pequeña de gas, fabriqué los muebles de cocina y los del cuarto de estar; la alcoba era el hueso más duro de roer y conseguí que unos amigos de Alcázar de San Juan me dieran, por entonces, una buena alcoba, digo buena en calidad, no en lujo, porque yo como entendido en el tema sabía lo que compraba, la tuve que montar por mi cuenta, porque me la vendieron a precio de coste y facturada a treinta, sesenta y noventa días, es decir con facilidad para pagarla. Mi pobre madre, qué me iba a dar si no tenía nada, dio parte de su corazón, para que lo compartiera con otra mujer, mi futura esposa. La vivienda, los padres de mi novia, hicieron lo que pudieron para recogernos en su casa, dándonos una habitación bastante decena, la cual partimos para hacer alcoba y salita, la cocina en un trozo de galería y la despensa en un camarón antiguo colindante, donde yo hice un mueble para tener todo lo necesario recogido, lo que sí teníamos era una terraza espaciosa. Ya disponíamos de todo para unirnos en matrimonio gracias a Dios.

La boda se celebró teniendo ella veintidós años y un servidor, veintisiete. Por fin llegó ese día tan esperado para mi novia y para mí, un día dieciséis de agosto de 1965, fiesta de San Joaquín, día que tuvo gusto de casarnos nuestro querido párroco Don Joaquín, el que para mí fue un hombre de gran talento y personalidad. El día de mi boda es el más bello recuerdo tanto para mi esposa como para mí (...). Pasó el día y recogimos un dinerillo, ocho mil pesetas que por aquel entonces suponía un gran capital para nosotros.

Nos fuimos a Alicante, a casa de unos tíos de mi señora, con una moto vieja que yo había comprado anteriormente por poco dinero, fue un atrevimiento con semejante vehículo, pero resultó bien, tanto en la ida como en la vuelta, aunque en el regreso recuerdo que en el término de La Roda me dormí en la moto y bailamos un poco, pero no había el tráfico que hay ahora. Estuvimos en Alicante cuatro días, tan contentos y felices, una felicidad que se la deseo a todos y sobre todo, a los recién casados. Fuimos a los toros, paseamos en barca, estuvimos en Benidorm, es decir, que tiramos la casa por la ventana. Recuerdo que nos compramos dos bocadillos y sentados en una barqueja vieja que había en la orilla de la playa nos lo comimos, diréis que cuanto nos gastamos, pues para toda la juerga de las vacaciones, tres mil ochocientas pesetas.

Volvimos con muchas ganas de vivir. Pasamos la feria, que aquel año se celebró en Herencia, el veinticinco de agosto y yo con mi música, porque seguía con ella. Después de la feria, de nuevo a trabajar, los anillos no se me iban a caer, aunque ya tenía uno, la alianza de casado. Y seguí caminando hasta el diecinueve de junio del año siguiente, día en que el señor me regaló una muñeca que para mí fue el mayor tesoro en aquellos momentos, una niña enorme con cuatro kilos setecientos gramos, que le pudo costar la vida a mi mujer a consecuencia de dicho parto (...). Al año siguiente, el diez de agosto, el señor me regaló otro ser, un precioso niño el cual colmó mis ilusiones y me dio más impulso para el trabajo (...).

Las cosas no me iban mal y seguía trabajando con empeño. Hablé con un señor que en Herencia todos los mayores hemos conocido, José Antonio García Navas, que con todos sus defectos, como todos los tenemos, me hizo la obra (terminar la ampliación de la casa) con cierta facilidad de pago, cosa que tuve la oportunidad de agradecerle posteriormente. Lo cierto es que este buen señor y maestro hizo en el pueblo de Herencia que muchas familias humildes, pudieran tener cierta comodidad en cuanto a sus aposentos. Que Dios lo tenga en paz. A los dos años de terminar la obra, y en esto tenía yo de 27 a 34 años, Dios puso en mis manos otro nuevo hijo, rubio como el oro y pecoso, era una maravilla, solo que ya éramos cinco en la casa. No me importaba puesto que yo me consideraba joven y por supuesto este hijo nació en nuestro nuevo hogar.

Compramos una tele en blanco y negro y un frigorífico que pagaba a mil quinientas pesetas al mes, a otro buen hombre de los muchísimos que este pueblo dio, da y seguirá dando. También compré una lavadora eléctrica, puesto que para entonces mi señora lavaba en una pila de madera que con gran gusto le había hecho yo. Y así vivíamos, sin darnos muchos gustos. En mi vida no había gozado jamás de vacaciones y mis manos y las de mi señora eran las herramientas para hacerles a nuestros hijos lo que buenamente podíamos. Las mejores vacaciones las pasaba en casa, abrazado a mi señora y a mis pequeños, pues a pesar de todo siempre me he sentido feliz, con ilusión y muy optimista, porque Dios se preocupa de todos nosotros, sus hijos. Dos años después, un día nueve de diciembre nació otra morenilla con una carita redonda que me parecía una chinita, estos fueron al fin los cuatro regalos que el Señor puso como fruto de nuestro unido matrimonio hasta el día de hoy (...).

Dejé la habitación de alquiler, instalando mi taller aunque sin maquinaria en la casa de enfrente, donde ya vivía. Me ofrecieron otra casa, colindante a la nuestra (...). Me cobraron cincuenta mil pesetas, no la encontré cara y la podía pagar en dos veces (...). Entonces, tranquilamente, me decidí a tirar toda la casa yo solito porque mi mujer bastante tenía con cuatro churumbeles (...) Era feliz solo de pensar que me esperaban cuatro pajarillos para alegrarme con sus risas y llantos, y una mujer que me respetaba y me quería con todo su corazón (...). Como ya tenía sitio, empecé a vender cristales y alguna que otra madera, porque eso sí, yo siempre he tenido espíritu de comprar y vender. Al tener taller de carpintería, los vecinos del barrio solían pedirme clavos, escarpias, tornillos, en fin, cosejas de estas y yo me puse en órbita y pensé por qué no poner una pequeña ferretería.

Instalé un escaparate (...), hice un mostrador, que todavía conservo, y unas estanterías. Compré menudencias de ferretería y pequeño material eléctrico por valor de mil pesetas. Fui incrementando mi negocio (...) y atendiendo las necesidades de mi familia con cierta holgura (...). Me dediqué también al mueble más bien barato, todo esto con algún chiquejo ajeno para que me echara una mano, pues los míos también iban alzando el vuelo, pero con los estudios no podían ayudarme a nada. Cuando todo iba viento en popa, comencé a sentir molestias en el estómago (...).

Un veintinueve de febrero me tuvieron que intervenir. Pasé treinta y tres días de pena, luchando contra mi propia vida, todo para volverme a operar el tres de abril del mismo año 1984. Todas mis cosas se venían abajo, mi pobre mujer, en tres meses que estuve en cama entre la vida y la muerte, no se separó ni un día de mi lado, solo para ir a la misa de la capilla del hospital, a implorar al Señor su misericordia por el hombrecillo que amaba con todo su corazón. La verdad que me emociono al contar todo esto. Durante esos tres meses me quedé de sesenta y tres kilos que pesaba a cuarenta y ocho; todo un cadáver, mi mujer, de sesenta kilos pasó a pesar cuarenta y dos, los hijos abandonados a la buena de Dios, puesto que la mayor tenía dieciséis años, mi hija, tuvo que dejar los estudios y ya jamás los volvió a coger, aunque me consta que valía para ello. Otro con quince, otro con doce, y la otra con diez. Las cosas se me venían abajo, letras impagadas, más género fiado en la calle, la tienda que se vaciaba por falta de reposición de género, en fin, todo lo que os podés imaginar.

Juan José Portillo

Fragmentos de su libro Vida, Camino y Luz (NeoDigital Imprenta, Herencia, 2017).

Foto: Boda de Juan José Portillo Sánchez-Aguilera y Josefina Villarreal Fernández, el 16 de agosto de 1965. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Montserrat (1966), Juan José (1967), Ismael (1970) y Yolanda (1972).

lunes, 12 de julio de 2021

De la vida de Juan José Portillo (II)


A partir del segundo post y hasta el cuarto y último, que saldrá el lunes 26 de julio de 2021, reproduciré fragmentos del libro Vida, Camino y Luz, escrito por Juan José Portillo. Publicado en 2017 en Herencia por NeoDigital Imprenta, el prólogo estuvo a cargo de Sagrario Chicón Muñoz de Morales, funcionaria de asuntos sociales en el Ayuntamiento de Herencia, e incluye unas palabras de la menor de sus cuatro hijos, Yolanda Portillo, quien de su padre dice: "Se define como hombre sencillo, con sueños e ilusiones que no siempre ha podido cumplir. Con esa humildad con la que se presenta, admira a hombres y mujeres con los que se ha cruzado a lo largo de su vida, sin darse cuenta, que en realidad él es el admirable por todas las lecciones que nos ha dado a los que hemos tenido la suerte de compartir momentos con él. En este libro hay mucho de su persona, de todo cuanto le hubiera gustado vivir y de lo que, por la época que le ha tocado, ha tenido que prescindir". Al final de esos tres posts, pondré el nombre de Juan José y aclararé que esos fragmentos fueron tomados de su libro Vida, Camino y Luz (Tania Quintero).

* * * * * * *

Nací un veintisiete de marzo de mil novecientos treinta y ocho, en plena guerra civil. Según dichos de mi madre, en casa no faltaba lo imprescindible para vivir. Mi padre, al poco tiempo quedó herido de guerra, y una vez finalizada la misma, ingresó en la fábrica de harinas de nuestra localidad y a decir verdad, tener lo necesario tras una guerra ya era cantar victoria. Pero fue entonces cuando llegó la posguerra.

Mi padre fue detenido en prisión por política, primero en Alcázar de San Juan, después Valdepeñas, La Granja, y por último, Ciudad Real, donde cumplió casi cuatro años en prisión. Como es lógico, enseguida todo se le vino abajo a mi madre: un marido en la cárcel, un hijo en el vientre, y otro que era yo, con apenas un año, y por si fuera poco, mal vistos por algunas personas, que siempre han existido, sin entrañas ni corazón. Pero también había entonces, como hoy, aquellas otras, que eran buenas y santas. La prueba de que existen, es que estoy hoy aquí para escribir estas líneas.

Con mis dos, tres y cuatro años, mi madre se limitaba a llevarme a ver a mi padre de cuando en cuando. Acudimos a mi abuela materna que no tenía nada sobrado, pero poseía algunas finquillas de poco valor y las fue malvendiendo para poder comer. Y en estos cinco años terminamos con todo. Mi madre vendió todo lo bueno que tenía, esteras de pleita y otras de cordelito, sus pendientes y también lo poco que tuviera de oro, toda la ropa de mi padre, ya que por aquel entonces se compraba, y además se conservaba en perfectas condiciones, en una palabra, hasta la cama y no lo digo por decir, "hasta la cama", todo esto para malvivir y salir adelante que ya era bastante en aquellos tiempos.

Recuerdo que entre los cinco, seis y siete años, como los recursos eran tan escasos, solía ir con mi abuela a hacer ciertas visitas, a personas más pudientes que nosotros para pedir con cierta discreción. Ahora me hace mucha gracia y me rio de mi mismo... salía mi abuela con el esportillo en una mano, y de la otra mano yo, que era el verdadero protagonista. Íbamos a visitar algún hogar conocido y cuando llevábamos ya un ratito sentados, yo comenzaba con la musiquilla del niño inocente. (Pero bendita inocencia, no me avergüenzo de decirlo a todo mi pueblo y allá donde el Señor me ponga, pues ser pobre material, no nos tiene jamás que avergonzar. Puesto que ser ricos en ilusión y espíritu es lo que más vale para la persona humana. Me emociono y me voy del tema, perdonarme).

Y seguía con la musiquilla: "abuelita, tengo hambre, abuelita, dame pan", y como Dios no falta nunca, salía Cristo representado en esa señora, más joven o mayor, puesto que lo que de verdad importaba era el milagro de ese trozo de pan que caía sobre mis manos, como el oro en un joyero de profesión. Con mis dientecitos de ratón que todavía no habían sido cambiados, enseguida la abuelita pensaba en irnos con la musiquilla a otra parte, y en cuando nos alejábamos un poco de dicho hogar, guardaba el pan en el esportillo y nos marchábamos a otro sitio o barrio, y así recorríamos todo nuestro querido pueblo de Herencia, el cual nos ha dado tantos recursos para vivir.

Según fui avanzando en edad, de los cinco a los diez años, os tendría que contar muchas cosas, aprendí algunas oraciones, me acuerdo que en dichas oraciones tenía presente al niño Jesús, la virgen María y a San José, y en las casas más pudientes estas oraciones conmovían a las personas, tan ricas en amor, esperanza, fe y en saber darse a los demás. Esa es la riqueza que más vale. Y no quiero perder el hilo, estas oraciones, se decían en estas casas más pudientes (...). Yo iba diciendo estas oraciones, las que bien por rutina, o bien por mi bendita niñez, sabía decir. Bajo las habitaciones de arriba, por el agujero de la luz, me caían milagrosamente, la naranja, el tomate, la pera o el melocotón que tanta falta hacían en mi pobreza.

Recuerdo en otra ocasión, que para conseguir unas almendras, estuve dos tardes con mi abuela pelando más que un tonto, y al final de la faena, y con muchísimo agradecimiento, nos regalaban algunos puñados de las que no se podían pelar, ya os podéis imaginar, algunas no tenían dentro ni aire. Ya termino con la pobre abuela, a la que tanto recuerdo y a la que veré, si Dios quiere, en el cielo, porque pienso luchar por conseguirlo. Lo que sí os puedo decir es que, con todo esto que os cuento, yo era muy feliz, a mi manera, a pesar de tener tantísimas necesidades (...).

Empecé, como tantos chicos de entonces, a vendimiar de sol a sol para trabajar e inflarme a comer uvas, siempre solía engordar en vendimia, es raro, pero así era. Mis manos tiernas de niño acariciaban el asa de una espuerta de esparto que, vacía y algunas veces mojada con tierra por debajo, pesaba más que una le las que ahora se usan. Mi madre llevaba la voz cantante, pues casi siempre me llevaba la pobre a rastras aún en contra de su voluntad (...). Mi vida fue cambiando y empecé a hacer juguetes de madera incluso para niños mayores que yo, cosa que me hacía gracia. Pistolas, escopetas, las cambiaba a los chicos por maíz para tostar o por un trozo de pan (...). Empecé a hacer carritos para niños y pajaritas, y juguetes para niñas, todo lo que podía y sabía hacer con malas herramientas, incluso los pintaba para que llamaran más la atención (...).

Ya iban cambiando las cosas, aunque en casa había muchos atrasos y se debían cantidades de dinero en panaderías, tiendas y sobre todo en el patacón, que nos hacía ir a veces mejor vestidos de lo que se podía en realidad. Cogí el oficio de aprendiz de carpintero con mi mono remendado, de peto y mi jersey de botones; era ese el mejor atuendo que tenía para todos los tiempos, si era verano a sudar, y si era invierno a pasar frío. Y el calzado, lo mismo, para el calor, el agua y la nieve siempre unas alpargatas sin calcetines.

Lo poco que sé de escribir, leer y cuentas, lo aprendí en seis meses con Don Hermógenes y en otros ratos por la noche, con Don Jesús, ya que solo vivíamos para encontrar el sustento. Mi hermano se colocó de regador, y posteriormente, con 13 años, se marchó a Fuenlabrada a abrirse camino, pero no ganaba ni para él mismo, pues no nos mandaba ni una peseta. A mí me tocó quedarme con mi madre, que comenzó a enfermar de los nervios, por todo lo que "llevaba metido" dentro del cuerpo y tuvimos que recurrir a una tía, hermana de mi madre, que cuántas veces me hizo de madre, y a la que he querido con toda mi alma, la que marchó a la casa del Señor a sus 92 años, dejando también un grandísimo vacío en mi persona.

Todo mi tiempo lo empleaba en hacer ajuares para novias, que era lo mejor que se me daba de la carpintería, pues el oficio no era posible aprenderlo muy bien, puesto que durante ese tiempo de enseñanza, la retribución económica era casi nula. Yo me encomendaba a San José, mi verdadero maestro, para que me ayudase a saber trabajar y mejorar en el oficio y sacar el fruto máximo de mi dedicación para "tirar" de mi casa. Debo decir que corte no me faltaba, cosa difícil por entonces, pero bien por lástima o por lo que fuera, trabajo siempre tuve (...).

Comenzó a entrar la ilusión y la alegría en mi corazón con una bicicleta que con mil sacrificios me compré, a la que dediqué un tiempo no sé si perdido, solo sé que tuve un propósito, conseguir esa meta señalada que no llegó. Sin embargo, gané dos pequeños premios en metálico, los que para mí fueron un tesoro. Sufrí varios porrazos que me valieron ir aprendiendo y sintiendo el dolor en mis propias carnes, me hicieron sentir más fuerte, tener ciertos amiguetes y que alguien se fijase en este "portillejo" insignificante que también existía en Herencia.

Otra ilusión principal para mí fue y lo sigue siendo hasta el día de hoy, la música, por la cual he tenido muchas alegrías y con la que me "inflé" a comer muchas veces, claro, esto de hartarme de comer era entre los 13 y 20 años. Mi gusto por la música lo heredaron mis hijos, de los que estoy bien orgulloso como padre, puesto que la música quita penas, alegra el alma y hace vibrar el corazón, pues de un aire aparentemente desperdiciado, cuánto bueno puede salir.

De entre otras muchas cosas, recuerdo que los domingos de verano, para salir con la ropa limpia, nos desnudaba mi madre a mi hermano y a mí, mientras la lavaba, nos mantenía durante la siesta en casa sin salir y por la tarde ya salíamos tan limpios y hermosones porque la ropa ya estaba seca y planchada con la plancha de chimenea de hierro fundido, ésas que ahora buscan los gitanos con tanto ahínco.

Una tarde, como cosa de chicos, se me vino encima la noria de un pozo y me pilló el pie, y estuve con él indispuesto; el médico no me lo vio ya que no teníamos dinero para pagarle, así que me lo curó una señora que sabía la pobre de todo menos de ese menester, después de bastante tiempo con dicha lesión, en cierto sitio comentaba yo mi cojera y se me grabó una frase que tampoco podrá olvidar jamás: "A estos así les anuda todo, como a las ovejas", y he pensado muchas veces, pobre de nosotros. Puesto que todos somos ovejas pasadas por los hombros del Señor.

Todo lo que trabajaba se me hacía poco para mejorar mi pequeño hogar, tenía mucha ilusión y los días festivos también trabajaba. Los domingos, al anochecer, con dos reales de menudillo de cacahuetes, me iba al cine, al cine, al gallinero y era tan feliz... Con 17 años intenté mejorar mi vida y me fui a Madrid en contra de la voluntad de mi madre, que se quedaba sola. El fin que me guiaba era mandarle dinero e intentar mejorar en algo.

Fui en busca de mi hermano, y en efecto, se ganaba más dinero, pero había que pagar por comer, dormir y tenías que ir un poco más decente que en Herencia, imposible mandar dinero. Enseguida encontré trabajo en talleres de carpintería, cosa no muy difícil y lo conseguí en un taller del barrio de Usera. Las dos primeras semanas me fue bien, pero la tercera, el dueño no me pagaba y yo con mis 17 años, apenas sin salir del cascarón, solo se me ocurrió en la cuarta semana no acudir a trabajar e ir constantemente a cobrar, hasta que uno de los días, este señor salió detrás de mí con un martillo y un formón, y..."pies para que os quiero". Le perdoné todo.

La quinta semana la dediqué a buscar otro sitio, puesto que de dinero estábamos muy mal, tanto mi hermano como yo, ya que habíamos enviado a mi madre lo que buenamente pudimos reunir entre los dos, pero esa era mi misión, atender a mi madre y hacer que mi hermano se obligase un poco más. El trabajo lo encontré de forma rápida, aquí tuve más suerte, pues los sábados por la tarde hacíamos semana inglesa, me pagaban religiosamente y vi que me apreciaban bastante por mi buen comportamiento, lo cual me hacía sentir bastante feliz, ya que para mí poder mandar dinero a mi madre, la verdad, era mi mayor satisfacción.

Echaba de menos al pueblo, porque yo había entrado en Madrid, pero Madrid en mí, no. Al poco tiempo cogí la gripe, que en aquel entonces se le llamaba gripe asiática y me vi sin nadie que me pudiera atender, teniendo en Herencia a mi querida madre que se deshacía por mí, y y yo en cama de una casa de huéspedes, puesto que mi hermano se iba para todo el día a trabajar, y me dije que si salía de aquello no quería tener tanto capital. Tras esto, regresé al pueblo.

Juan José Portillo

Fragmentos de su libro Vida, Camino y Luz (NeoDigital Imprenta, Herencia, 2017).

lunes, 5 de julio de 2021

De la vida de Juan José Portillo (I)



Cuando supe que al abuelo de Yolanda Portillo, cantante nacida en Herencia, Ciudad Real, Castilla La Mancha, España, que un buen día descubrió el bolero y el feeling cubano (en este blog, el pasado mes de junio le dediqué cuatro posts) lo habían fusilado en 1943, a través de su familia, quiero rendirle homenaje a los cientos de miles de españoles fusilados, mutilados, desaparecidos y exiliados antes, durante y después de la Guerra Civil Española, una guerra de la que tanto en mi niñez habanera escuché hablar y llegué a aprenderme la letra de algunas canciones republicanas que muchos cubanos de mi época tarareaban como Ay, Carmela.

Del libro Vida, Camino y Luz que en 2017 finalmente publicara, después de varios años escribiéndolo, Juan José Portillo Sánchez-Aguilera, el niño que en 1943 quedó huérfano junto con su hermano, copio lo que contó sobre su progenitor, Juan José Portillo Gallego:

Mi padre, a quien no tuve la suerte conocer mucho, era un hombre fuerte, de estatura normal, ojos grandes, cara redonda y barba espesa; simpático, alegre y con un gran respeto hacia los demás. Hay muchas cosas que un hijo puede adjudicar a un padre como es lógico. Algunas de estas cosas que digo de mi padre son de escritos suyos y de dichos de personas que me lo tienen contado, que llegaron a conocerlo y por supuesto, de mi misma madre, Concepción Sánchez-Aguilera Medina.

Lo recuerdo entre la edad de dos, tres y cuatro años, de fabricarme juguetes en la cárcel con sus escasos medios, de cogerme en sus brazos y de comerme a besos junto a las rejas de la prisión donde se encontraba por defender un ideal que nadie, sólo Dios, sabe si estaba equivocado, puesto que los hombres ya sabemos que pocas veces estamos en lo cierto.

Murió fusilado por ametrallamiento a la mismísima edad de Cristo, con 33 años resplandecientes, una madrugada del 12 de marzo de 1943.

Sé también que murió en gracia de Dios, por sus escritos que obran en mi poder, dejando dos hijos huérfanos, mi hermano con tres años y un servidor con mis escasos cuatro años, junto a una viuda, mi pobre madre, inofensiva, de la que tendré ocasión de hablar en este testimonio de mi vida. A mi madre mucha gente de nuestro pueblo la ha conocido, otros no, fue una mujer sencillísima, callada, analfabeta y pequeña, al igual que yo.

No tenía lujos, puesto que no se los podía permitir, también era trabajadora, buena madre, leal, honrada, fiel e inteligente, y con todo lo que un hijo, fiel a su madre, pueda escribir. Quien la conoció sabe que no me propaso ni un solo ápice, ya que ahora, tras su muerte, y ya en la morada de Dios, veo muchísimas más cualidades que en su vida terrenal no había apreciado.

Pese a las duras condiciones carcelarias, el padre Juan José se las agenció para enviarle cartas y postales a su esposa, madre de sus dos hijos.

Mi querida esposa,

Cuatro letras para que sepas por ellas que sigo igual pues mi deseo es de que vosotros estéis bien en unión de nuestra querida madre, hijos y demás familia, gracias a Dios.

Concha, recibí la tuya con fecha del 13 del corriente y por ella quedo enterado de todo cuanto me dices. Con respecto a lo de Manuel, Atana y Martín pues les dices que a mí no me han puesto fecha, pero lo que sí es cierto que cuando pasó eso con esos personajes, estábamos en Ciudad Real que ellos también se acordarán, que estuvimos cinco días y yo digo que estos días fue cuando pasó, según nos enteramos después de estar en el pueblo.

Concha, también te digo que te acerques en casa de mi prima Isabel y le dices que haga por darte eso pues me interesa mucho, así es que la que venga que me lo traiga, así es que no lo eches en el olvido.

También te digo que me ha dado enfado que no te haya dado los cacharros la mujer del forraje, pero en fin qué vamos a hacer, que sea lo que Dios quiera pues todos los llevábamos siempre.

Concha, hoy mismo me comunico con la hermana de Ruperto, que me ha dicho que quedábais muy bien, también ella te dirá que me ha visto.

También le digo a tu hermano Sabino que como está su chico, pues me supongo que ya estaba bien, como es mi deseo, para ver si ya puede venir a ver a su amigo.

Concha, sin otra cosa más por hoy, muchos besos para nuestros queridos hijos, recuerdos para tus hermanos, tu hermano, su mujer y sus chicas, Mariano, sus chicas, para ti, Jesús y para todo el que pregunte por mí de este tu esposo, tú recibes un fuerte abrazo colmado de besos en unión de nuestra querida madre e hijos de este

Juan José Portillo
Ciudad Real, 18 del II de 1943.

Esa postal, fechada el 18 de febrero de 1943, fue la última que pudo enviarle a su esposa antes de ser fusilado el 12 de marzo de 1943.

Tania Quintero

Foto: Sentado, Juan José Portillo Gallego. De pie, Antonio Merino Iniesta, marido de María Dolores, la hermana de Concha, como era conocida Concepción Sánchez-Aguilera Medina, la esposa de Juan José. Cortesía de la familia.

lunes, 28 de junio de 2021

La casa de la calle Lealtad 365



Era diciembre de 1987. Luego de más de 20 años de régimen totalitario y comunista, Cuba vivía sus peores años de violaciones a los derechos humanos. En vez de prosperidad y desarrollo económico, los hermanos Castro, al frente de una dictadura protegida por uno de los ejércitos mejor equipados de América Latina y un Ministerio del Interior experto en tareas maquiavélicas, tenía al país sumido en el caos y la miseria.

De pronto, como cosa del destino, en la casa número 365 de la calle Lealtad comenzaron a elevarse las voces de amigos, hablando un lenguaje distinto, sin miedo alguno, como si realmente tuvieran derecho a decir lo que pensaban, en medio de un pueblo callado, atemorizado, engañado vilmente de tan ingenuo.

Ese día, nuestras opiniones fueron expresadas en conferencias de prensa, escritas en papel para que el mundo nos escuchara, atendidas por periodistas de agencias extranjeras ―France Press y Reuters― y cubanas. Todos estaban asombrados por lo que ocurría en La Habana por primera vez en más de 30 años. El mundo entero se hacía eco de lo que estaba ocurriendo en la isla de Fidel y Raúl Castro, gracias a aquellos valientes que desafiaban al régimen más opresor que había tenido Cuba: Ricardo Bofill, un viejo luchador por los derechos humanos; Samuel Martínez Lara, médico; Pablo Llabre Raurel, abogado, y muchos otros.

En la misma esquina de la casa, a pocos metros de su puerta, la Seguridad del Estado había instalado una cámara de vigilancia para atemorizarnos. Pero de nada valía. Seguíamos haciendo nuestro trabajo pacífico a favor de la libertad de Cuba y recibiendo testimonios de gente de pueblo que llegaban a esa casa, denunciando violaciones a sus derechos, en busca de ayuda, mientras los hermanos Castro se preparaban para destruirnos. No soportaban que personas dignas, trabajadores, gente humilde, inteligente y capaz, integraran un Comité Pro Derechos Humanos, e investigaran flagrantes violaciones cometidas por un gobierno que se llamaba humanista.

De ese mismo comité, surgió el primer partido político de oposición, llamado Pro Derechos Humanos, fundado por Ricardo Bofill Pagés, ex-prisionero político, desterrado de Cuba meses después, lanzado al exilio de Estados Unidos, donde continuó su trabajo hasta morir.

Fundado el 20 de julio de 1988, el Partido Pro Derechos Humanos creció en pocos días, hasta llegar a la cifra de unos 300 miembros, junto a una veintena de líderes, como Rita Fleitas, Lidia González, Reinaldo Bragado, Cecilia Romero Acanda, Rolando Cartaya, Aurea Feria Cao, Jesús Yanez Pelletier, quien escribe estas líneas y muchos más, salidos de la nada, pero empeñados en demostrar la verdad y la razón de la existencia de un partido para lograr la libertad de Cuba.

El 26 de julio, a los seis días de fundado, el señor Fidel Castro dijo en un discurso: “Por ahí anda un grupito, como cucarachas por aquí y por allá, creando un partido de bolsillo. Que ni se lo imaginen…”. Pero, ¿quién pudo más, sino aquel par de dictadores envanecidos, armados hasta los dientes, engreídos de grandeza y poder, no solo de bayonetas, tanques de guerra y fusiles automáticos, sino también de millones de pesos robados al pueblo?

Tuvieron que emplear métodos sucios para destruir aquel partido, encarcelar a sus líderes por supuestos “escándalos públicos” provocados por ellos mismos. A la prisión y al destierro fueron todos. Pudo más la maldad y la astucia de un malvado que no cejó en su afán de prevalecer como dueño absoluto de un país donde nadie podía hablar más alto que él.

Hoy están derrotados los dos dictadores, uno fallecido y encerrado en una piedra para que no se escape a la tribuna de las mentiras y guapería barata; y el otro, escondido, porque no tiene nada que decir más que el silencio y la vergüenza ante el hambre del pueblo. Y yo aquí, en mi lugar de siempre, escribiendo.

Tania Díaz Castro
Texto y foto: Cubanet, 15 de abril de 2021.

lunes, 21 de junio de 2021

Cuando en Cuba se podía comer una "completa"



Recientemente, los cubanos recordaron cuando en Cuba, antes del triunfo de la Revolución, se podía comer una 'completa' con poco dinero. Lo recordaron el mismo día en que el régimen anunció más de 60 medidas para "potenciar la producción agrícola", incluida la venta liberada de carne de res, uno de los componentes que casi nunca faltaba en las 'completas'.

"Arroz, potaje, carne, viandas o plátano maduro frito y el pan con mantequilla por la casa costaba una completa 15 centavos más 20 centavos una Hatuey bien fría. Con 35 centavos, ¡salías inflado!", dijo William R. Hernández, administrador del grupo de Facebook Nostalgia Cuba. Y compartió una imagen de archivo de un cubano comiendo una completa con una cerveza Hatuey.

"Así era. Entonces el postre y el café iban por la casa, y te sentabas en un taburete recostado, como todo un general a pasar la llenura", comentó Lázaro González. Felipe Cid contó que comía en la fonda de chinos de su barrio en La Habana: "arroz, tres o cuatro butifarras, platanitos y ensalada de estación por 20 centavos y un níquel (cinco centavos) de descuento por asiduo a la fonda. Nada, un vacilón".

"Eso es cierto, lo vi de primera mano. En la antigua Plaza del Mercado de Camagüey, justo al lado del minúsculo barrio de chinos, había una fonda gestionada por asiáticos que te daban 'una completa': arroz blanco, papas fritas, bistec y una cerveza por 54 centavos", dijo Rafael López Cosío. "Hasta el más miserable comía en una fonda de chinos, había frutas y un pan con bistec valía 15 centavos", dijo Daysi Benitez. Por su parte, Carmen Chu Suarez contó que su mamá tenía una fonda: "Iban trabajadores humildes al almuerzo y cocinaba para muchos comensales".

A mediados de abril, en plena escasez de alimentos y otros insumos, el gobierno anunció un paquete de medidas para recuperar la producción agropecuaria. Entre las más destacadas están la venta de carne de res y ganado menor, y la venta de leche. Sin embargo, los productores deberán cumplir los planes estatales, no reducir la masa ganadera y una serie de requisitos que haría casi imposible la venta liberada.

En Nostalgia Cuba, los cubanos recordaron también que antes de la Revolución e inclusive en los primeros años, en la Isla se compraban alimentos por muy poco dinero. "En aquellos tiempos por la finca nuestra todo el que pasaba siempre comía o desayunaba. Recuerdo que en casa diariamente se quedaban ocho o diez litros de leche, eran de la vaca seleccionada para la leche de la casa y todas tenían nombres. Era una vaquería de 80 a 100 reses paridas, y ahora son los marabuzales más grandes de la región floridana de mi hermoso Camagüey", escribió Vicente Fernández.

Jesús Toledo contó que cuando tenía entre 5 y 9 años, le hacía los mandados a algunos vecinos. "Me daban un real (diez centavos) para que fuera a la carnicería a comprar diez centavos de picadillo y la contra de ajo y ají. El carnicero molía la carne junto con dos dientes de ajo y un ají. Con esa cantidad, cuatro personas comían arroz con picadillo. No me lo contó nadie, yo lo vi".

William Marzo, de 73 años, congó que "soy guajiro, campesino y pobre, pero de vergüenza. Antes del 59, en la era republicana, todos hasta los más pobres comían tres comidas al día porque si no tenían el dinero para comprarla, le fiaban. En los pueblos y aldeas ibas a las plazas y fondas donde te servían la famosa 'completa'. Recuerdo que todavía en 1962, en la Plaza de la ciudad de Guantánamo, te servían una 'completa' de arroz blanco, un bistec del tamaño del plato, tostones, plátano maduro fritos y una malta Hatuey o un batido de mamey por 50 centavos".

Marino Cartaya dijo que también es de familia humilde, campesinos sin finca. "Por lo que me cuenta mi madre, que en junio va a cumplir 83 años, nunca se vivió con más necesidad que ahora, porque si no tenías dinero comprabas fiao en la bodega y pagabas después. No es justo mentir. Diferencias sí habían, como las hay ahora. En aquella época, según me cuentan, casi nadie tenía un tractor, se araba con bueyes y no faltaba la vianda, la leche, la carne... La desestimulación al incremento de la producción agrícola acabó con el amor a la tierra".

Texto y foto: Diario de Cuba, 16 de abril de 2021.

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lunes, 14 de junio de 2021

De Holanda y los holandeses


La Embajada de Holanda en Cuba convocó a un original concurso, del 27 de abril a 5 de mayo de 2021. Las bases fueron publicadas en el Facebook del Reino de los Países Bajos, el nombre oficial, aunque en casi todo el mundo se le sigue diciendo Holanda e identificando con el color naranja. Sería bueno que otras embajadas tuvieran iniciativas similares, se acercaran más a los cubanos, también que sus funcionarios recibieran en sus embajadas o visitaran a disidentes, artistas y periodistas independientes, como hizo recientemente un diplomático holandés.

Tanto como periodista oficial como periodista independiente, siempre tuve excelentes relaciones con la Embajada de Holanda en Cuba, que no sé si todavía queda en la Calle 8 entre 3ra. y 5ta, Miramar. En los años 80 formé parte del grupo de amistades (intelectuales, artistas, músicos, periodistas) que Kuhn, el entonces embajador holandés, invitaba a su residencia, en la Calle 2, Vedado, todos los sábados. En este capítulo de mi libro Periodista, nada más cuento sobre aquellos encuentros sabatinos.

Cuando la periodista brasileña Tania Fusco estuvo en La Habana se la presenté a Vivian, hija de Eusebio Leal, quien quiso que las tres fuéramos a saludar a Kuhn, el embajador holandés. La Fusco se iba al día siguiente, estaba hospedada en el Habana Libre (estoy hablando del año 1986 y el hotel conservaba aún su fama y esplendor) y debía preparar sus maletas. Pero el embajador la mandó con su chofer y su auto a que recogiera el equipaje y esa noche se quedara a dormir en su casa, nos invitó también a Vivian y a mí, pero yo no me quedé ni siquiera a cenar.

Después, en 1990, al siguiente embajador, cuyo nombre he olvidado, lo entrevisté para un programa Puntos de Vista sobre las bicicletas, que por el periodo especial estaban de 'moda' y como Holanda es el país de las bicicletas, me contó sobre los beneficios de las bicicletas para la salud de las personas y en particular para el medio ambiente. El editor era Jorge Olivera, quien como yo, se hiciera también periodista independiente, pero en la Primavera Negra de 2003 fue detenido, juzgado y condenado a 18 años de cárcel en Guantánamo. Por razones de salud fue liberado en 2005.

Entonces, cada 30 de abril, fecha del cumpleaños de la reina Beatriz, se celebraba la fiesta nacional, a la que muchas veces asistí, igual que a la de Austria, otro país con el cual tenía también buenas relaciones. En Holanda había una periodista muy famosa que quería entrevistar a Fidel Castro y no sé cómo, los holandeses se enteraron que Fidel me había recibido en su despacho el 12 de mayo de 1986 (lo cuento en mi libro, que se puede leer en el blog). Un buen día me llamaron y quedé en ir al día siguiente a su embajada. Era para que les ayudara a conseguir la entrevista. Me dieron todos los datos sobre la periodista y cuando llegué a la casa, en la pesada máquina de escribir de la RDA que tenía, le escribí a Chomy (José M. Miyar Barruecos, secretario de Fidel Castro) y la entregué en Correspondencia del Consejo de Estado, que quedaba en un túnel, debajo de un puentecito, en el Palacio de la Revolución. Le había puesto urgente al sobre y en cuanto Chomy la recibió me llamó. Me dijo que se iba a ocupar personalmente de hablar con el Comandante.

Pero al Comandante por aquellos días no tenía interés en hablar con periodistas europeas. Si hubiera sido americana, la cosa cambiaba. La entrevista no se dio. Los holandeses siguieron tratándome con la misma consideración. Los holandeses, como los americanos, los suecos, los checos y los alemanes y en determinado momento los españoles (durante el gobierno de Aznar), han sido los más solidarios hacia los disidentes y los periodistas independientes. Cuando la Primavera Negra, fue gracias a la Embajada de Holanda que Claudia Márquez pudo imprimir ese número extra de la Revista De Cuba.

En los 21 años que fui periodista oficial (1974-1995), no solo en reuniones y asambleas en alta voz decía lo que pensaba. Como por teléfono excepcionalmente lograbas hablar con un funcionario, dirigente o ministro, lo que hacía era escribirles. Pero las cartas, con críticas, quejas o sugerencias, no las enviaba por correo, las entregaba personalmente. Que recuerde, una vez le dejé una carta al insoportable de Armando Hart en el Ministerio de Cultura (cuando murió le dediqué dos posts, me caía como una patá en la boca del estómago), En otra ocasión a José Abrantes en el Ministerio del Interior: además del relato de lo que le pasó a dos brasileñas por la Habana Vieja incluí la mochila que unos alumnos de secundaria le cortaron en una guagua, para robarles.

Esa carta y esa mochila con un tajazo, Abrantes se la mandó a Fidel y por eso Fidel me citó a su despacho: él no podía creer que unos estudiantes hicieran eso, tampoco que debido al nivel de pobreza y marginación que había por la Habana Vieja, los turistas, muchos de ellos brasileños, eran muy acosados, proponiéndoles tabacos, discos, queriendo comprar dólares o pidiéndole cosas. A los que estaban detrás de los turistas en 1986 les decían 'jineteros', y a más de uno, al confundirme con una brasileña, lo tuve que espantar y decirle que yo era cubana .

Todo eso se lo dije yo a Fidel Castro aquella tarde de marzo de 1986 en su despacho del Palacio de la Revolución, de pie todo el tiempo (no me invitó a sentar), frente a frente, mirándole a los ojos. También le dije que tenían que mejorar las condiciones de vida en los barrios depauperados de la capital, donde la mayoría de la gente era negra y que el jineterismo se iba a convertir en un fenómeno social que propiciaría la prostitución. Y le aclaré que muchos de los 'jineteros' y las 'jineteras' que empezaban a surgir, eran jóvenes que provenían de familias humildes, pero estaban preparados, con títulos universitarios. Presentes en ese encuentro estuvieron Chomy, Pepín Naranjo y Rafael Sed, presidente del INTUR.

Esas cosas no las publicaban entonces (ni ahora tampoco), pero yo tuve oportunidad de decírselas a Fidel Castro en su cara.

Tania Quintero

lunes, 7 de junio de 2021

Soy alérgica a las fotos y a las redes sociales, pero...


Cuando en 2012 publiqué La elegancia de La Habana no imaginaba que esa foto tendría repercusión en las redes sociales. El pasado mes de abril, Marco Antonio Pérez López, el administrador del blog me envió este correo:

Hola Tania!

La foto donde aparecen Lucre y tú caminando en Galiano se ha hecho famosa. Alguien (no sé quién) la tomó y la coloreó, y después de eso me ha llegado por varias vías como una foto icónica de la elegancia de La Habana pre-revolucionaria. La última vez fue un post de un grupo de Facebook llamado "Nostalgia Cuba" donde se publican anécdotas y fotos de la Cuba del pasado. Cuando vi la foto y leí los comentarios, escribí lo siguiente:

La foto fue tomada en 1947. En aquella época, en las zonas "de salir" de La Habana había fotógrafos callejeros que te tomaban fotos al pasar y si quedabas bien, te la ofrecían por unas monedas. Las muchachas en la foto no son modelos, ni son ricas. La señora es mi mamá, Lucrecia López, que aún vive y cumplirá 99 años en noviembre. La niña es la periodista independiente Tania Quintero que hoy vive exilada en Lucerna, Suiza, y tiene un blog donde en 2017 publicó un post cuando ella cumplió 95 años (El blog de Tania Quintero: Lucrecia López Vega: toda una vida). Mi papá era electricista en una fábrica, obrero pues, nada de ricos. Sólo que los cubanos siempre supieron vestirse bien y comer bien, ambas cosas se han perdido hoy. Por cierto yo cuando esa foto aún no había nacido, pero recuerdo que mi mamá conservó ese conjunto durante mucho tiempo, y los colores eran beige y café (carmelita), no amarillo y violeta como aparece en el coloreado de la foto.

A partir de mi comentario, el administrador del grupo, que publicó originalmente la foto, copió parte de él al post original, y se desataron muchos comentarios más, entre ellos éste que te copio:

Jorge A Pucheux: Cosas de la vida, mi esposa Dulcita trabajo con Tania en La Revista de la Mañana. Ella recuerda a Tania con mucho cariño. Muchos éxitos a ella.

No sé si recuerdes a Jorge Pucheux o a su esposa, yo no lo conozco aunque su apellido me suena. Muchas otras personas, en sus comentarios, enviaron saludos y buenos deseos tanto a Lucre como a ti. El enlace al post original de Facebook.

Otra persona, Juan Carlos Roque, también dejó saludos para ti:

Juan Carlos Roque: Tania Quintero, mi colega y amiga! Bendiciones para ti y para tu mamá

Pensé que te gustaría ver hasta dónde ha llegado esta vieja foto familiar, que ha resultado ser una estampa característica de la Cuba de antes, sobre todo por la elegancia de las "modelos", y la presencia de un policía y un marine en la fotografía. Un abrazo, Marco

Le respondí a Marco que en junio volvería a publicar la foto de 1947, donde Lucre, entonces de 25 años, y yo de 5 años estamos caminando no por Galiano, donde las aceras antes de 1959 no eran tan anchas como las aceras en el tramo de la calle Monte frente al Parque de la Fraternidad, lo que se puede apreciar en la foto del Ten Cent de Galiano y San Rafael, es la segunda que sale en este trabajo (MEMORIAS DE UN CUBANO: Ir a La Habana). En la sexta hay una imagen más reciente del antiguo Ten Cent de Monte, hoy llamado Variedades, pero en la foto siguiente, donde sale la tienda que quedaba al lado del Ten Cent, en la esquina de Monte y Suárez, actualmente en mal estado, se aprecia mejor que en ese tramo de Monte, las aceras eran anchas. En la foto de 1947 en esa tienda hoy cerrada había un toldo de rayas anchas.

A Jorge Pucheux y a su esposa Dulce María, Dulcita, los recuerdo con cariño. Jorge trabajaba en el ICAIC y Dulcita, era musicalizadora en el ICRT. De baja estatura, muy inquieta, eficiente y sobre todo, con buen carácter, risueña. Donde quieran que estén viviendo les mando un gran abrazo.

A Juan Carlos Roque lo conocí a finales de los 80, era periodista famoso en Radio Rebelde y lo invité a hacer conmigo un programa Puntos de Vista dedicado al mal hábito de fumar. Una o dos veces estuve en su casa, después supe que con su familia vivía en Holanda, donde Juan Carlos durante mucho tiempo laboró en Radio Nederland. Creo que cuando terminó su contrato regresó a La Habana. A él también le envío un fuerte abrazo.

Mis saludos para todos los cubanos a quienes les ha gustado esa foto y la han comentado respetuosamente.

Tania Quintero

lunes, 31 de mayo de 2021

El regreso de Ela O'Farrill

Todo parece indicar que a Omara Portuondo se debe el regreso a la isla de la cantante, compositora y guitarrista Ela O'Farrill (Santa Clara, 1930). El pretexto: la grabación de un disco sencillo titulado Señora Sentimiento, interpretado por Omara y especialmente compuesto por Ela para recordar el 80 aniversario del natalicio de su amiga Elena Burke (1928-2002).

La prensa oficial solamente menciona su presencia estos días en La Habana. Calla lo demás. Ela, cubana inmensa de quien ni una foto decente he podido encontrar en internet, ya debe haber perdonado a sus verdugos. Su alma debe haberse resentido tras más de 30 años de exilio (sobre todo en Veracruz), pero a sus 78 años (recién cumplidos el pasado 28 de febrero) ha dejado atrás el odio y el rencor y ha vuelto a su patria. Con la conciencia limpia: quienes la tienen sucia son los que una vez la tildaron de "contrarrevolucionaria" y la obligaron a irse de Cuba. Todo por una canción, Adiós felicidad, que le ha dado la vuelta al mundo en las voces de Elena Burke, Bola de Nieve, Pancho Céspedes, Olga Chorens y la Orquesta Aragón, entre otros.

El periodista cubano Armando López en Música Vieja para el Hombre Nuevo recuerda: "La tarde que me enteré que Miguel de Gonzalo se había suicidado me fui al malecón y me senté solo a mirar el mar, la voz de Miguel remota como una profecía: Nuestras vidas que quizás un día, valieron un poco, ya no valen, no digo yo un poco, ni siquiera nada… ¡Qué verdad tan grande! Ni la vida de Miguel ni la de Ela O'Farrill, ni la mía, simple farandulero, valían nada, que a la genial compositora le habían prohibido la entrada al Hotel Saint John (donde todas las noches cantaba en el lobby), y encerrada en una mazmorra del G2 (Departamento de Seguridad del Estado), nunca le perdonaron componer Adiós felicidad, casi no te conocí, pasaste indiferente sin querer nada de mí… Pobre gente, tenían la ciudad más maravillosa del mundo y la música más maravillosa del mundo y no se dieron cuenta y quisieron hacer la revolución, por avariciosos, fueron expulsados del paraíso."

Adriana Orejuela, investigadora colombiana, en su libro El son no se fue de Cuba (Ediciones ACS, Bogotá, 2005) dice: "Son también los años (1959-1963) en que se establece el férreo axioma de 'Con la Revolución todo, fuera de la Revolución nada', en los cuales la autora Ela O'Farrill se ve obligada a abandonar el país, por considerarse contrarrevolucionaria su canción Adiós felicidad, un caso de hipersensibilidad revolucionaria".

En su prólogo a una antología de ensayos sobre las polémicas culturales de los años 60 en Cuba, la profesora Graziella Pogolotti cuenta su versión de lo que llama 'un acontecimiento poco recordado':

"La aparición del feeling había matizado el ambiente musical de los años 50 con su carácter intimista, con la elaboración de las letras y la renovación de las búsquedas armónicas. El asunto estalló al difundirse un comentario de Gaspar Jorge García Galló, según el cual la canción 'Adiós felicidad' no tenía cabida en el socialismo. Pocos tuvieron acceso al texto crítico, pero el comentario se divulgó de boca en boca. La autora de la canción, Ela O'Farrill, recorrió la ciudad hasta encontrar a Fidel Castro en una esquina del Vedado. Interrogado al respecto, el jefe de la Revolución respondió divertido que los desengaños amorosos podían tener lugar en cualquier circunstancia. Escritores y artistas decidieron zanjar definitivamente la cuestión. En la Biblioteca Nacional un foro, con ponencias de relevantes personalidades, clausurado por Alejo Carpentier, se consagró al feeling. El novelista y musicólogo cubano aclaraba que la historia de nuestra música atravesaba por múltiples influencias, tenía poder suficiente para asimilarlas sin perder su carácter. Un concierto multitudinario dio término definitivo al debate."

La doctora Pogolotti no aclara si Ela O'Farrill encontró a Fidel Castro en esa esquina del Vedado antes o después de haber sido llevada a Villa Marista. O si fue arrestada por la "osadía" de localizar y hablar con el Comandante. Ojalá que Ela viva lo suficiente para contar todo el calvario en que se convirtió su vida por culpa de una canción y por la "susceptibilidad" de García Galló, educador comunista -y extremista- de la vieja guardia del Partido Socialista Popular.

Adiós felicidad es el tema más conocido de Ela O'Farrill, y entre otros, ha sido interpretado por la mexicana Amparo Montes y por la argentina Victoria Morán. Otras composiciones suyas: No tienes por qué criticar, Ahora no voy a callar, Cuando pasas tú, Freddy, Son cosas que pasan, incluida por la cantante española Martirio en su disco Primavera en Nueva York (2007), Ni llorar puedo ya, Buscando un perfil amigo, Nada son mis brazos, No me hagas culpable y Una melodía.

Ojalá tu regreso, querida Ela, marque el inicio de la vuelta a casa de tantos y tantos cantantes, compositores y músicos cubanos a los que una revolución torcida no les dejó más remedio que irse a vivir y crear fuera de su país.

Tania Quintero

Nota.- Versión del texto original publicado en Penúltimos Días el 3 de marzo de 2008, que terminaba con una postdata: "Si alguien consigue una foto de Ela O'Farrill, le agradeceré que me la haga llegar". Poco después, Ela desde México, vía email, me envió una foto suya con la guitarra y que al ser la única, ha sido muy difundida. Al reproducir aquel texto, trece años después, decidí encabezarlo con la manchega Yolanda Portillo en Buscando un perfil amigo, una de las composiciones de Ela menos conocidas, hasta ahora sólo interpretada por Elena Burke. También incorporé más canciones de Ela, en voces cubanas y extranjeras. Y creí conveniente hacer público este correo que el 10 enero de 2019 envié a varios amigos:

La Habana que en 1962 condenó a Ela O'Farrill por una canción sigue siendo la misma.

El Festival Longina de la Trova Cubana (Santa Clara, 8 al 13 de enero de 2019) homenajeará a su 'paisana' Ela O'Farrill, fallecida el 24 de octubre de 2014 en México. El homenaje típico de la hipocresía oficial cubana: al recordar y pasar la mano, sin decir las cosas cómo realmente ocurrieron, tratan de limpiar sus conciencias, pero no son honestos ni hacen justicia.

De todos modos, me alegra ese homenaje post-mortem a una mujer que en 1962 fue arrestada por haber compuesto la canción Adiós, felicidad y por ser lesbiana, algo prohibido en aquella Habana de Fidel Castro y sus barbudos.

En marzo de 2008, desde Lucerna, a través de emails, en una vieja computadora, desenterré a Ela O'Farrill de su exilio mexicano. Entonces, Ela era una olvidada, una ninguneada. En ese momento yo colaboraba con Ernesto Hernández Busto y su web Penúltimos Días y gracias a la pista inicial que me dio Ernesto, llegué a Ela. Posteriormente y gracias a otra pista, esta vez de Évora Tamayo, contacté con la actriz Myriam Acevedo, exiliada en Roma desde los 60. En los dos casos llegué a tiempo pues ya las dos caminaban hacia el destino final. De Ela, por ahora, me despido con la foto que me envió y un comentario que alguien dejó en You Tube:



Adiós felicidad (1962), de la compositora cubana Ela O'Farrill (Santa Clara 1930-México 2014) provocó una cacería de brujas. Ela tuvo que marcharse al exilio. La canción sería desde entonces vigilada por el aparato represor del estado. Adiós felicidad narra un desengaño amoroso; estrenada por Doris de la Torre en 1962, provocó una fuerte represión. ¿Cómo escribir una canción que despide a la felicidad en una revolución donde todos debían ser felices? El régimen la consideró contrarrevolucionaria. Ela fue detenida, vejada, la interrogaron día y noche. Tuvo que marcharse al exilio. Y en lo adelante, las canciones fueron muy vigiladas y analizadas con lupa ideológica.