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jueves, 13 de diciembre de 2018

Los ancianos en el socialismo post-fidelista



No hay dudas de que en este torneo por la subsistencia en que se ha convertido el socialismo post-fidelista, a quienes peor les va es a los ancianos.

Y no me refiero solo a los enfermos, los que andan con bastón, los que perdieron la mente o la vista, o a aquellos jubilados que tienen que recoger latas y botellas vacías en la basura, vender maní o revender periódicos para ganar unos pesos con que poder malcomer, o comprar los medicamentos que necesitan, si es que los hay en la farmacia, porque sus míseras y malamente simbólicas pensiones no les alcanzan ni para una semana, por mucho que planifiquen y se aprieten el cinturón.

Tampoco es envidiable la suerte de las personas que pasan los 70 años y se ven lúcidas, fuertes, saludables. Peor aún si andan bien vestidas, si denotan prosperidad. Son mal vistas, incomprendidas, sorda y maldisimuladamente rechazadas, cual si fueran culpables de algo.

En Cuba se ha vuelto malo ser viejo y estar bien. Es mejor no hacer demasiado ostensible la salud y el bienestar, a ver si tienen más consideraciones contigo, si te tratan mejor, si no te tienen roña.

A los ancianitos que se ven muy enfermos, seniles y deteriorados, todavía hay quien los ayuda a cruzar la calle, les da el asiento en las guaguas -sin importarles que no sea de los pocos asientos asignados a los impedidos físicos–, o un vecino les lleva un plato de comida a sus casas o les hace algún favor.

Pero si es un anciano que aparenta estar bien, como no inspira lástima, entonces es un “viejo de mierda”. Que no espere condescendencia alguna. La mayoría de las veces caerá pesado, y no le aguantarán ni una majadería. Ni siquiera si tiene la razón, como sería el caso si se quejara del reguetón a todo volumen en casa de los vecinos que no lo dejan dormir pasadas las once de la noche.

Solo le admitirán las majaderías y las pesadeces, y hasta se pondrán más que serviciales, serviles, si notan que tiene dinero, bastante dinero, para pagarles los servicios y los favores, de la índole que sean. Pero entonces tendrá que tener cuidado, mucho cuidado, para que no le cobren de más, le roben o le estafen. O lo que es peor, le asalten y lo maten, si preciso fuera.

Los dueños de negocios o los que reciben remesas de sus familiares en el exterior, no importa cuán desprendidos sean con el dinero, generalmente son considerados tacaños. La envidia y la maledicencia los rodean. Y siempre tienen tras ellos a alguien dispuesto a hacerles favores, a amarlos, a acompañarlos a compartir la vida, si no tiene familia, para que no se sienta tan solo en una casa tan grande…

Muy mal caerá el viejo que Viagra o PPG mediante, y pasmando dinero, se las arregla para presumir de una amante que descansadamente puede ser su hija o su nieta. Y ni hablar si es una vieja que se buscó un pepillo…

Decía que los mayores de 70 y pico de años son considerados por muchas de las personas más jóvenes como si fueran culpables. ¿De qué? De que estemos así, tan mal como estamos.

He escuchado a muchos jóvenes que suelen responsabilizar a la generación de sus abuelos de la situación del país. En unos casos, por haber apoyado irrestrictamente durante muchos años a la revolución de Fidel Castro. En otros, en los casos de los que nunca estuvieron con el régimen, por no haberse largado a tiempo, a Estados Unidos, a cualquier país, llevándose a sus familiares. Y si se hubiese ido solo, y no pudo o no quiso sacar a los demás, al menos ahora les enviaría remesas…

Muchos septuagenarios y octogenarios siguen apoyando al régimen. Echan de menos al Comandante en Jefe, leen el Granma cual si fuese la Biblia, y para ir a la cola del pan o la bodega, visten con orgullo el gastado pantalón verde olivo de sus años mozos y el pulóver rojo con la consigna “Ordene” que le dieron para alguna marcha o mitin de repudio. Se niegan testarudamente a ver el desastre, y tratan de mantener el fervor, o aparentarlo, como si aún estuvieran en los primeros años 60.

Y si algunos ven “los errores cometidos”, si los admiten, siempre hallan justificaciones: el bloqueo yanqui, el burocratismo, las orientaciones malentendidas, la indisciplina, los extremistas, “los oportunistas que engañaban a Fidel y no le decían la verdad”, etc. Por muy mal que les vaya, por mal que se sientan, sobre todo con ellos mismos, se niegan a dar su brazo a torcer y admitir que derrocharon su tiempo y sus energías en una causa, que más que equivocada, lo intuyen, resultó perversa.

Esos ancianos aferrados ciegamente al castrismo, a los que invariablemente la gente tilda de “chivatones”, son los que peor caen. Todavía son temidos, aunque ya no tanto. Ya ni siquiera la policía les hace demasiado caso a sus confidencias y sus informes. Ahora son el hazmerreír del barrio. Eso, en el mejor de los casos. Si no, son denostados, despreciados, odiados. A Marrero, uno de mi barrio, cuando pasa, maltrecho, le gritan con sorna y en falsete las consignas que hasta hace unos años repetía por las calles, a través del megáfono.

Conozco en San Miguel del Padrón, allá por la Loma de los Zapotes, a un tipo decente y jovial, cincuentón, tornero de los buenos, que elude hablar de política (no le interesa, dice). Jamás ha hecho daño a alguien, pero todavía no le perdonan que su ya hace varios años fallecido padre, que se decía más comunista que el camarada Vladimir Ilich, vestido de miliciano y con la Makarov al cinto, se jactara de que en su barrio jamás permitiría que “los gusanos asomaran la cabeza”.

En cualquier barrio habanero, hablan pestes y horrores de aquel viejo fanático y tremebundo, guarapito con tofa y jefe de vigilancia del CDR, que a tantos perjudicó con sus informes y chivatazos. Se niegan a aceptar que todos sus descendientes no sean iguales. Como si “eso” se llevara en la sangre o el ADN.

Y uno no puede evitar preocuparse cuando en vez de antídotos para la cura del mal totalitario, se percibe tanto odio y resentimiento acumulado durante demasiado tiempo, y que no cede, sino que crece, intoxicando aún más a esta sociedad.

Luis Cino
Cubanet, 2 de noviembre de 2018.
Foto: Tomada de Cubanet.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Cuidar ancianos para tener una casa en La Habana


La promesa de ser incluida en el testamento, 60 pesos convertibles al mes y un techo donde vivir en La Habana es lo que ha recibido Rebeca, una guantanamera que cuida a una pareja de ancianos en la barriada de La Víbora. Este es un fenómeno no exento de riesgos y cada vez más común en la Isla, donde crece el número de personas de la tercera edad.

Con un déficit de asilos y de asistentes sociales, las autoridades han reconocido que el cuidado de ancianos está plagado de lagunas legales. El Gobierno ha habilitado una licencia de trabajo por cuenta propia para ejercer de cuidador de ancianos, por la cual el cuentapropista recibe un pago, pero el resto de acuerdos entre cuidadores y ancianos (o sus familiares) son meramente verbales, están al margen de la ley y pueden ser incumplidos por una de las dos partes.

"Empecé a hacer este trabajo por necesidad, porque llegué a La Habana y no tenía donde vivir", recuerda ahora Rebeca, divorciada y con dos hijos, uno de los cuales reside con ella en casa de los jubilados. "Es una labor dura porque no solamente es velar porque coman, estén limpios y se tomen sus medicamentos, sino que también hay que darles afecto".

Trabajar como enfermera durante más de 15 años en un policlínico de la ciudad de Guantánamo le ha servido para ejercer su nueva profesión. "La mayoría de las personas que están ahora cuidando ancianos provienen del sector de la Salud Pública", asegura Rebeca. "Allí aprendemos muchos procedimientos que son importantes a la hora de velar por una persona de la tercera edad".

Sobre la repisa de la sala donde viven los ancianos hay una fotografía de hace más de una década donde se ve a los padres, que se quedaron en Cuba, junto a los hijos que emigraron. Puntualmente, los dos hijos mandan desde Estados Unidos el dinero para pagar a la cuidadora, comida y paquetes con pañales desechables. "Pero casi no llaman y hace tres años que ninguno ha venido", dice Rebeca.

En la misma cuadra, otros seis ancianos viven en situaciones similares, algunos reciben remesas y otros viven rozando la mendicidad. No faltan tampoco quienes sufren de falta de atención o malos tratos o que sólo sobreviven porque los vecinos se han hecho cargo de su cuidado.

La práctica de cuidar a ancianos dependientes para obtener a cambio algunos beneficios ha logrado que muchos cubanos vivan sus últimos años acompañados, pero también encierra grandes peligros cuando alguna de las dos partes incumple su parte del acuerdo, especialmente para los mayores dependientes.

"Se da mucho la situación de que vienen ancianos a poner en su testamento a alguien que los va a cuidar, pero después que esa persona se ve con ese derecho sobre la casa, muchas veces no cumple con su parte", lamenta Iloisa, trabajadora de una notaría en el municipio San Miguel del Padrón. "Los riesgos son altos si la familia no puede controlar que todo va bien y si el anciano está recibiendo una buena atención".

Marisabel Ferrer García, responsable de la Dirección de Trabajo del municipio Diez de Octubre, reconoció recientemente en la prensa oficial que "es muy complicado poner a un individuo desconocido dentro de una casa, debido al riesgo de robos y maltratos", pero que esa sigue siendo una solución muy socorrida.

En la Estación de Policía de la calle Zanja en La Habana son comunes los reportes sobre ancianos que sufren maltrato, explica un oficial que hace la guardia en la carpeta donde se recepcionan las denuncias. "Hemos tenido casos de personas muy viejas encerradas en cuartos pequeños para que no se escapen y hasta amarrados a las camas o con claras señales de desnutrición".

"Por regla general, cuando recibimos esas denuncias las pasamos a trabajadores sociales para que visiten el lugar, pero nosotros no podemos hacer mucho", reconoce. "Los casos más duros que hemos tenido ocurren con cuidadores que le dicen a la familia, que no vive en Cuba, que ellos se están ocupando bien del viejito, pero en realidad no es así, lo maltratan y hasta le roban".

"Muchas veces las personas que cuidan ancianos centran toda su atención en las necesidades de tipo físico, especialmente en aquellos que tienen problemas de movilidad y están recluidos dentro de sus casas, pero ese es un momento en que el individuo necesita muchísimo del afecto y el apoyo emocional", explica la psicóloga Indira Villavicencio.

Para Villavicencio, debido a la gran necesidad que existe "de cuidadores ahora mismo en el país está ocurriendo que personas sin preparación o que no están capacitadas para atender a los ancianos en todos los aspectos, están al frente de su cuidado y sin la presencia de hijos o familiares que supervisen su labor".

El maltrato a las personas de la tercera edad pocas veces se denuncia, puntualiza la psicóloga, "porque el anciano no tiene la capacidad de decirlo a una autoridad que lo ayude, porque teme quedarse más solo si pierde a su cuidador o porque tiene miedo de sufrir mayores represalias de parte de éste".

Zunilda Mata
14ymedio, 1 de noviembre de 2018.
Foto: Tomada de 14ymedio.

jueves, 6 de diciembre de 2018

En un rincón del alma



Cuando apenas circuló PM, aquel inconcebible “paisaje antes de la batalla” fraguado por Alberto (Saba) Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, en La Habana convulsa de mediados de diciembre de 1960, nadie pensó que esos serían los tremendos 13 minutos y 18 segundos (no 15 ni 14, como aparecen en varios registros) que conmoverían, para mal, a Fidel Castro.

Desde la lanchita de Regla, pasando por las guaguas, las vitrinas aún atiborradas de las tiendas habaneras, a La Rumba del Chori en Marianao, con el fondo musical de Me voy pa’ La Habana, Mujer perjura y Benny Moré, con los vapores de las friterías y los humos de un bar portuario, nadie podía suponer que lo iniciado por aquel “reposo del guerrero” era la nueva filmografía documental cubana, pero que tendría una vida tan fugaz como accidentada.

No era concebible, ni justificable, ni menos aún permisible para las nuevas autoridades -léase Fidel Castro- que, en los preliminares de una gesta heroica, algún cineasta pretendiera fijar el ambiente festivo, hasta entonces gozosamente irresponsable y despreocupado de los cubanos, quienes iban a hacer su entrada en la historia al precio de vidas, sangre y sufrimientos. Estaban a punto de convertirse en héroes, sin saberlo y a la fuerza, por un designio superior e inapelable.

Nadie entonces pudo suponer tampoco que ese primer indicio del free cinema cubano, esa muestra del “surrealismo socialista” como lo calificó uno de sus padres, Orlando Jiménez Leal, iba a ocasionar semejante hecatombe: PM fue el antecedente de Fuera de juego, como lo fue de las Palabras a los intelectuales y el Affaire Padilla. Pero primero no fue el verbo sino la imagen, es decir, el cine. Al final del escandalito por el documental, su mutilación y el hermético enclaustramiento en las bóvedas secretas, el corolario fue: “Se acabó la rumba, terminó la fiesta”, justo cuando apenas comenzaba…

Poco después el cine mundial (en especial el italiano y el francés) aportaría otros filmes de escándalo para las buenas conciencias revolucionarias en la Isla: desde aquella La dolce vita (1960), donde se reveló una degenerada (y muy tentadora) forma de existir de la burguesía decadente, y sirvió hasta para una razzia que ni Fellini soñó; hasta Accattone (1961), que impuso, entre otras provocaciones, una forma de peinarse, para furia de los censores, convertidos a su pesar en estilistas.

Casi 60 años más tarde de aquellos polvos tormentosos, Jorge Dalton, a quien nadie puede negarle su más auténtica, intensa e íntima cubanidad por encima de muchos nacidos en la Isla, viene de nuevo con la carga a degüello de sus recuerdos: después de Herido de sombras dedicado a los platterescos Zafiros, acude ahora con En un rincón del alma, el poderoso testimonio de una vida intensa, recogido precisamente cuando ya ésta se le estaba acabando al protagonista, Eliseo Alberto de Diego y García Marruz, o, dicho más sencillo, Lichi Diego… Lichardo, ya con muchos alcoholes dentro.

Era casi inevitable que después de haber sido guionista de varias películas, Lichi terminara por ser no sólo actor, sino hasta protagonista en una de ellas: es un acto de justicia poética, que Dalton hizo posible. Porque el novelista no sólo era un narrador sino un actor nato: de modo progresivo, había algo dramático en su forma de modular la voz, esa irrepetible dicción que tanto batallaba con las “erres”, y su expirante respiración asmática, que transmitían una sensación de creciente angustia en el espectador o los oyentes. El cineasta ha capturado ese espíritu con una fidelidad conmovedora, y se adivina al mismo tiempo una profunda pena al hacerlo. Es un filme por el cual su realizador no puede ocultar haber pagado un alto precio emocional al hacerlo.

En un rincón del alma es el dramático testimonio de una vida al borde de la muerte, el balance final de esa existencia que empieza con la evocación de los antepasados, pero va más allá de su círculo hogareño estricto, e incluye todos aquellos miembros de Orígenes que fueron su familia ampliada. A través de Lichi se revisa toda una etapa medular de la cultura cubana, marcada por la ruptura y el desgarramiento, causados por la política y la ideología. Nunca antes y espero que tampoco de nuevo después, la familia cubana -tradicionalmente unida aún en sus naturales diferencias- se vio tan ultrajada y dividida.

Ningún conflicto anterior en toda la historia de la Isla significó tanto dolor y tanta confrontación como el que se evoca en este documental, creo que el más intenso de toda la cinematografía cubana. Además del testimonio íntimo y personal del entrevistado, Dalton ha logrado que sea además un “documental de documentales”, pues reunió un sorprendente conjunto de materiales de archivo que incluyen escenas inéditas y nunca vistas por el público: su otro mérito es la ejecución ejemplar de un testimonio no sólo estético e histórico, sino arqueológico y antropológico, de lo que ha ocurrido en Cuba en las últimas seis décadas.

Especialmente violentas y crudas son las escenas del maltrato y la humillación dispensados por las fuerzas represivas, contra los “enfermitos”, los “elvispreslianos”, los “hippies”, los “afeminados”, “pájaros”, “yegüas” y “chernas” (aún faltaban muchos años para que se hablara de gays y lesbianas), que el Gobierno cubano atrapó en aquellas crueles redadas callejeras, con las cuales pretendían “depurar” a la sociedad de sus “lacras”, para forjar “el hombre (y la mujer) nuevos”, de indudable e indiscutible masculinidad y feminidad combativa y revolucionaria: los engendros resultantes de aquel experimento debían ser muy machos y muy hembras y, sobre todo, muy revolucionarios, hasta la vileza y la delación.

A los cubanos contemporáneos de Lichi que sobrevivimos nuestra juventud en aquellas condiciones, nos llega especialmente adentro lo evocado en este testimonio, que no es la antítesis del “realismo socialista”, ni “realismo sucio”, sino una poética de la memoria dolorosa, por todo lo que se ve en esos 93 minutos de intensidad concentrada. Lo que queda al final en el ánimo, es el canto mortal de un cisne que nunca bailó: es una rumba fúnebre, una triste pachanga, la banda sonora de una vida marcada por el dolor de una frustración realmente generacional y nacional.

Con toda la razón y pleno conocimiento de causa, decía Baudelaire que “no se pueden levantar los ojos al cielo, cuando se tienen los pies hundidos en el fango”: este documento fílmico contrasta lo idílico de un sueño impuesto, con la misma terrible realidad que lo desmorona, a través de la relación de su testigo y protagonista. Esa evocación, que al mismo tiempo es relato puntual, balance y dolida advertencia, quedará como uno de los pasajes más conmovedores de la cultura y la historia cubana de todos los tiempos.

Lo que Lichi nos deja en una hora y media de palabras e imágenes, es quizás uno de sus mejores relatos: es el mismo tiempo un poco de La fábula de José, con algo de Esther en ninguna parte y Caracol Beach, con añadidos de La eternidad comienza un lunes y mucho de Informe contra mí mismo, pero hecho cine, con una tersura sin rupturas, un fluir del recuerdo y sus inflexiones que el cineasta ha sabido captar, aprovechar y respetar.

De ese modo la pieza resulta, más que el prólogo de una crónica del recuerdo, el desencantado epílogo de una epopeya. “Nosotros, los de entonces, no somos los mismos”, porque por encima de todos pasó implacable, no sólo la vida, sino un experimento cruel que a veces nos permite cerrar resignadamente algunas conversaciones complejas con personas ajenas a nuestra experiencia en una frase inapelable: “Ya estamos de regreso del futuro”.

Dalton es de una estirpe de guerreros y trovadores; así pues, de acuerdo con su entrevistado, narra el transcurso de la anti-epopeya. El texto fue en gran parte el resultado de una honda empatía entre los dos, no sólo por su antigua amistad que es casi un vínculo familiar, sino por compartir ambos una tristeza reflexiva con densidad semejante, originada a través de experiencias distintas, pero parejamente dolorosas, pues ellos han debido pagar un costo de dolor por ese sueño frustrado.

Lejos de ser una queja vacía de sustancia, se asume la nostalgia como una forma efectiva de la resistencia, y quizá hasta como un programa de gobierno futuro en la hipotética reconstrucción de un perfil y el rescate de una memoria perdida. Un hombre triste es un valiente en potencia, que lucha con sus demonios y los domina gracias a la memoria. Lichi, como aquel “último de los mohicanos” que retrató Fenimore Cooper (una de sus lecturas preferidas de infancia), vio con tristeza cómo su mundo se le fue desdibujando y quebrando, para caer finalmente desmoronado a sus pies en un montoncito de ceniza.

Lateralmente, quizá sin proponérselo, este filme expone también otro asunto: Cuba ha sido, a pesar de su falsa imagen exteriorista de ser una tierra de permanente alegría y desenfado, un lugar que quizá por contraste con su entorno natural, ha brindado muchos personajes poseídos por la más honda melancolía, que van desde Heredia, Milanés, Martí, Casal, Borrero, Loynaz y Varona, hasta los dos Eliseos. Quizá por eso, Eliseo Alberto hizo de la tristeza y la melancolía una vocación, un destino y una purificación.

De nada servía decirle: “Lichi, esa Habana que sueñas ya no existe, se fue, se acabó, kaput, c’est fini como Caprí.” Él, amorosamente necio, se empeñaba en reconstruirla en la memoria, e insistía pararse en su balcón de Tejocotes para tratar de ver, más allá del Ajusco, aquella orilla tan distante, ceñida por un malecón espumoso… Y eso, mucho más que los riñones, lo fue acabando cada día.

En un rincón del alma creo que culmina y cierra con plena certidumbre aquel ciclo que inició, a su pesar, PM. Son el alfa y el omega de una historia que afectó muchas historias personales, y cambió una forma de sentir y entender la vida para toda una nación: el enloquecido comienzo de un sueño y el amargo desenlace final en una pesadilla.

Perdurará, por tanto, debido a su esencia como severo documento histórico, pero también como entrañable testimonio de que al final de cuentas, la historia la hacen los seres humanos más simples, como sujetos sensibles, ajenos a las fechas simbólicas, las grandes metas, o los sucesos heroicos que se les imponen, y quienes prefieren asumir sus existencias decorosa y dignamente, sin buscar triunfos ni glorias, sino sólo vivir, sencilla, callada y llanamente, nunca obligados a la epopeya.

Al partir, Eliseo Diego, el padre, nos heredó “el tiempo, todo el tiempo”. Cuando se nos fue Eliseo Alberto, el hijo, nos legó “la tristeza, toda ella” para que nos entendiéramos con ella. Por eso quizá logró también asumir como pocos cubanos esa atracción tan peculiar del mexicano hacia la muerte, que es la despedida o el hasta pronto según para cada quien. No sorprende entonces que en la gran ofrenda de muertos que ahora se levanta en el corazón mismo de su también patria mexicana, alguien muy sabia y atinadamente incluyera su retrato como una de esas presencias que nos acompañan y preparan.

El regalo que debemos agradecerle eternamente a Jorge Dalton es haber arrancado, guardado, pulido y ahora compartido, esa joya engastada de recuerdos y vivencias de un ser excepcional como fue Eliseo Alberto. Es, por tanto, un monumento de amistad y admiración compartida, pero también es una gran pieza para recuperar nuestro pasado y a partir de ahí poder reconstruir un futuro. Ese obsequio es una obra de amor y, por tanto, se hizo en pareja: Susy Caula, historiadora y compañera de Dalton, aportó como productora su sensibilidad, su firmeza y su entrega más allá de toda cautela, para conseguir todo lo que resultó necesario y coronar con el éxito una empresa generosa, pero sin apoyos ni patrocinadores.

Esa mirada postrera, estremecedoramente triste y profunda, que nos dirige Eliseo Alberto desde la pantalla en el cierre del filme, buen conocedor de que su final estaba ya muy próximo, es como un reto, una advertencia y una despedida, que se nos mete muy adentro y queda sembrada, precisamente, como esas grandes penas que producen la pérdida de los sueños, los amores y los adioses más terribles, en un rincón del alma.

Alejandro González Acosta
Cubaencuentro, 1 de noviembre de 2018.
Leer también: Lichi, con fuerza de huracán saldrás adelante, de Tania Quintero, y De fiesta con Lichi Diego, de Raúl Rivero.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Lo mejor que pueden hacer es cerrar Radio y TV Martí


En una entrevista en On Cuba News, Tomás Regalado, director de Radio y TV Martí, sigue acusando a Malule de haber 'izquierdizado' a ese medio cuando antes de ella llegar, ya Carlos García-Pérez y Humberto Castelló, a partir del restablecimiento de relaciones de Estados Unidos y Cuba, el 17 de diciembre de 2014, habían decidido cambiar su política editorial, como queda demostrado en el artículo Radio Martí quiere pasar página del anticastrismo, que el 11 de noviembre de 2015 salió en El País.

Mi hijo, el periodista independiente Iván García Quintero, desde 2011 publicaba en la web Martí Noticias y nunca, hasta la llegada de Regalado en junio de 2018, le censuraron ningún texto ni tuvo problemas con los contenidos ni los calificativos usados en sus escritos. Los periodistas independientes y otros colaboradores, tanto en la web como en la radio, se referían al gobierno cubano en los términos que querían, le decían régimen, dictadura, tiranía, autocracia... Lo que le dijo Regalado a Manuel Trillo en un reportaje publicado el 23 de octubre de 2018 en ABC de que no se podía decir dictadura es mentira y se lo hice saber a Trillo en un correo electrónico que nunca me respondió.

El 4 de abril de 1996 a mí me expulsaron del ICRT, en una reunión presidida por Danilo Sirio, entonces vicepresidente de ese organismo, por "hablar por Radio Martí". Desde que en septiembre de 1995 Iván y yo nos hicimos periodistas independientes de Cuba Press hemos participado en programas de Radio Martí y después hemos publicado en su web. Repito: nunca, hasta la llegada de Tomás Regalado, en junio de 2018, los periodistas y colaboradores de Martí habían tenido problemas, algo que personalmente me consta. Todo comenzó con su llegada, porque Regalado habrá sido muy alcalde de Miami, pero como periodista no es nada objetivo y políticamente responde a los intereses de la parte más derechista y retrógrada del exilio de Miami. Exiliados que como Regalado hace rato se tomaron la Coca Cola del olvido y de Cuba y los cubanos apenas nada saben.

Por eso las campañas y proyectos de los exiliados miamenses fracasan, porque están alejados de la realidad de lo que pasa hoy en una isla que nada tiene que ver con la que ellos hace más de medio siglo dejaron y con la cual algunos siguen soñando y añorando. De permanecer Regalado al frente de la OCB (Oficina de Transmisiones para Cuba, por sus siglas en Inglés), los problemas irán en aumento y lo mejor es que la Agencia Estatal para los Medios Globales, el órgano que sustituyó a la Junta de Gobernadores, ordene el cierre de Los Martí y que las noticias sobre Cuba y los cubanos salgan dentro de la VOA, emisora oficial del gobierno estadounidense.

Eso de que van a llegar a cinco millones de oyentes es un ejemplo más de la enorme desinformación que tienen acerca de un régimen que si tiene que dejar de importar alimentos y medicinas los deja de importar, por tal de que TV Martí siga sin verse en Cuba (a no ser en la Embajada de EEUU en La Habana o en la Base Naval de Guantánamo) y de que Radio Martí siga con esa insoportable interferencia, que a no ser en determinadas zonas geográficas, como en Varadero, en la Península de Hicacos, por su cercanía a la Florida, se puede escuchar sin ruido. Cuando se fundó en 1985 y hasta aproximadamente el 2000, muchos cubanos escuchaban programas de Radio Martí, casi todos adultos y viejos, a los jóvenes nunca les interesó.

El pasado mes de agosto, vía email, a varios conocidos míos que viven en La Habana les pedí su opinión sobre Radio Martí. Para no hacer más extenso este comentario, copio la respuesta más completa recibida, de una persona bien informada que no es disidente:

He seguido la "campaña" de Tomás Regalado desde su investidura al frente de la OCB y en mi lectura personal, su retórica me recuerda a los delegados del Poder Popular. ¿Por qué no explica, para empezar, qué extraña fundamentación le asistió para darle la llave de la ciudad a Gente de Zona cuando era Alcalde de Miami?


Tengo 42 años y desde que tengo uso de razón, Radio Martí le servía a los pobres de Cuba solo para oír radionovelas. La única trascendencia que en mi vida personal tuvo RM es el recuerdo de mi madre llorando mientras escuchaba El derecho de nacer.


Te puedo asegurar que ningún joven cubano oye, ni oirá RM, al menos no desde la perspectiva que Regalado nos quiere regalar. Nunca me interesé siquiera en sintonizar la frecuencia. Es cierto que en mi adolescencia lo único que quería era rock and roll, pero RM me parecía aburrida, tan aburrida como Radio Progreso. Y ojo, es muy importante que diga aquí que la pobreza de mi familia no nos permitía tener televisor, es decir, crecí escuchando radio. Todavía puedo recordar toda la programación de Radio Progreso desde las 6 de la mañana hasta las 12 de la noche, de lunes a lunes.


Si Regalado no potencia la web de Martí Noticias, que es lo que tiene que hacer, porque es lo que se puede leer en Cuba, es mejor que halen la cadena. Le están haciendo la pelea fácil al régimen cubano. Esa declaración de Regalado ("el régimen cubano está contra las cuerdas") es digna de canjearla por media libra de boniato. Tiene un pensamiento muy lejos de lo que realmente sucede dentro de Cuba.

Tania Quintero
Foto: Tomada de Presentan proyecto para eliminar Radio y TV Martí.

jueves, 29 de noviembre de 2018

El Encanto, lo que el viento no se llevó




"¿ El Encanto? ¿Eso fue un cine?", me responde el joven de unos veintitantos años.Viste una camiseta de Piqué, lleva varias cadenas de acero abrillantando su cuello y apenas levanta los ojos de su smartphone para responder la pregunta que le hago en el 'parque de la güifi' de Galiano, donde casi todas las tardes se conecta con su jevita (novia) que está en México.

De la franja de público que más importa a la actriz Ederlys Rodríguez está la llamada Generación Z, que se considera parte del nuevo milenio, aunque sus integrantes nacieron aproximadamente de 1994 en adelante. Muchos creen que ellos mantienen una accidentada línea de comunicación con el pasado, porque privilegian demasiado el presente.

“No tienen por qué conocer quién fue César Romero o Tyrone Power, estrellas del viejo Hollywood que visitaron El Encanto, y sería muy interesante saber cómo repercute la obra en ellos y qué les llama la atención; si recuerdan algo que les contó su abuelo o su abuela”, dice Ederlys, acomodando una de las maquetas de cartón, en medio de los preparativos del estreno de El Encuentro, el viernes 28 de septiembre a las 8:30 de la noche en la sala El Ciervo Encantado.

El otro segmento de público que demanda mucho interés puede, sin más, aterrorizar a los autores de este espectáculo unipersonal que se repite el sábado y domingo en igual horario del viernes. Ese público posee la perspectiva del testigo histórico. Se trata de quien “que vivió la época, ya sea en su niñez o adolescencia, o en su madurez, y que hasta puede recordar el olor que tenía la tienda”, resume la actriz.

Esas generaciones potencialmente facultadas para recuperar sensitivamente El Encanto -si a estas alturas eso es posible-, están en vías de extinción. En el imaginario colectivo de un país, la leyenda que fue el glamoroso establecimiento de siete pisos y sesenta y cinco departamentos, desde 1949 situado en la céntrica esquina habanera de Galiano y San Rafael, va quedando sepultada por capas de olvido cada vez más gruesas.

Así que, visto sin mayores pretensiones, El Encuentro es una operación contra el olvido, que surgió por un trabajo escolar encomendado al hijo de la actriz para la asignatura de Cívica. “Fue una de esas tareas en que me esforcé un poquito más. Comenzamos a investigar y realizamos entrevistas a personas que trabajaron en la tienda y nos gustó el sentido de pertenencia que nos comunicaban, el amor, la entrega, la educación y el respeto con que trabajaban y eso nos marcó mucho”.



Evocado en la Cuba de los 60 desde la literatura y el cine con Memorias del subdesarrollo, y recientemente con la novela El Encanto, de Susana López Rubio (Madrid, 1978), el negocio levantado en 1888, primeramente en Guanabacoa por los Solís, hermanos asturianos, fue un ícono comercial muy importante de La Habana.

El 13 de abril de 1961 la tienda fue saboteada. Uno de sus empleados, que trabajaba para la CIA, colocó C-4 en su interior. Un intenso fuego y explosiones destruyeron completamente el edificio. La única víctima fatal del incendio fue la empleada Fe del Valle. Entró en los almacenes en medio de las llamaradas y el humo, para salvar la recaudación de ese día, destinada a una escuela rural. El parque surgido de los escombros lleva su nombre y una tarja la recuerda con una frase de Fidel Castro, que no alude a los hechos, sino al coraje de aquéllos que “no cobraron sueldo por morir”.

Sea porque fue la última de la república capitalista; sea por la disparidad entre la violencia de Estado y el glamour citadino; sea por su música de viscoso bolero y jadeante rocanrol; sea por una modernidad postiza y una pobreza obscena; sea porque una isla se coló, casi de intrusa, en el mapa mundial de la política, la década de los 50 está en la mente de muchos, y en no pocos que ni siquiera la vivieron. La mayoría de quienes la evocan lo hacen mediante una visualidad, por tramos tozudamente estereotipada, que pretende eternizarla para el consumo turístico. En dos palabras: venden nostalgia -o lo que se entiende por ella- de un país que ya no existe.

“No me atrevo a decir que sea una fiebre por los 50, pero hay necesidades de expresar capítulos de nuestra historia y eso tiene un valor”, argumenta Ederlys Rodríguez, ella misma otra seducida por esos años, pese a haber nacido en 1977. “Cada década marca una diferencia y tiene un color, un gusto, un sabor, una felicidad, un dolor y si ves la obra Historias bien guardadas, me hubieras dicho eso mismo de los 30”.

Hace un par de años, el grupo de teatro titiritero La Salamandra, comenzó sus incursiones en el teatro de papel. Lo hizo con Historias bien guardadas, tomando como materia prima el libro Artículos de costumbres, del historiador Emilio Roig de Leuchsenring. De ahí surgió el personaje de Rosario, la romántica, encarnado por Ederlys, que mereció un reconocimiento en los Premios Villanueva de la Crítica Teatral, concedido por la Sección de Crítica e Investigación Teatral de la Asociación de Artistas Escénicos de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba).

“Esbozar, porque es nada más que eso, una década con sus privilegios, con sus altas y bajas en un producto artístico, bien vale la pena porque es una visión de ese creador, en el formato que sea. Creo que esa visualidad de los 50 es encantadora, desde la moda, la música, el cine. A mí me enamora, y de alguna manera, El Encuentro es un acto de respeto a lo que ha sido nuestra historia”, me dice Ederlys, y aprovecho para hacerle un par de preguntas.

¿Al redescubrir El Encanto, a partir de la tarea escolar de tu hijo, lo asimilas como un símbolo de la modernidad?

-Primero que todo del buen gusto, de la educación, de los buenos modales, de la moral, del respeto. Había mucho respeto entre los trabajadores y desde los trabajadores para el cliente, todo ese mundo sería como un tributo a todos esos valores, por qué no.

¿Por contraste?

-Digamos que sí. Desafortunadamente esos valores no los encuentra en todos los lugares que hoy uno visita, ya sean comerciales, administrativos, gastronómicos...

El Encuentro se aprovecha de los réditos dejados por Historias bien guardadas. En ambas puestas, donde el trabajo del diseñador Mario David Cárdenas es determinante, predominan las dinámicas narrativas basadas en la miniaturización escenográfica y en la interacción con medios audiovisuales de la época. El desafío mayor en El Encuentro ha sido manejar las escalas: llevar una mole de siete pisos con una superficie de casi una parcela, a maquetas no mayores que la caja de un cake. Un mundo ficticio en el que deben creer el actor y el público. Una verosimilitud que demanda colaboración, entrega y predisposición intelectiva del espectador. “Ésa es la debilidad del teatro de papel, que se hace para un espectador bastante cercano al lugar de representación. Es muy difícil”, confiesa Ederlys.

La historia que se narra en El Encuentro es simple, pero con las tensiones de una bomba emocional. Una nieta que regresa a Cuba luego de años de ausencia y que acepta los dictados sentimentales de una abuela, ya muerta, cuyo legado, por medio de una carta, es lúdico y hermoso: los recuerdos de sus juegos infantiles, los fines de semana, en una ficcionada tienda de El Encanto. “Soy la nieta y me desdoblo a partir de la representación del propio juego que hacían ella y la abuela”, explica la actriz.

Condicionada por una economía casi minimalista, la pieza, de tan solo 45 minutos, asesorada por Yudd Favier y con diseño de vestuario del experimentado Eduardo Arrocha, se sirve de la publicidad de los 50 -jingles de la propia tienda - para energizar la dramaturgia del espectáculo, “que por eso es muy visual”.



Dos personajes mediáticos son imprescindibles. La radio, “que se encarga de ayudarme en sentido figurado a recordar todo lo que era el juego de ellas y que devuelve el sonido de la época, hasta con scratch”, y la televisión, entonces en su alborada, a partir de un corto del programa Aquí todos hacen de todo, con Germán Pinelli, en el que se promocionan los aparatos Capehart.

El llamado teatro de papel no es una novedad en el mundo. En Cuba, tal vez. Deudor del teatro de sombras para niños, técnica de las antiguas culturas en Egipto, Grecia, Roma y sobre todo en Asia, donde actualmente se siguen ofreciendo representaciones, incluso para adultos, esta especialidad registró en Occidente su primer atisbo en la caja escénica de Martin Englebrecht en el siglo XVIII, un artefacto que cien años más tarde se conocería como diorama por Louis Daguerre en 1822, precursor de la fotografía.

De acuerdo con la investigadora española Lucía Contreras Flores, el teatro de papel se vio favorecido por las estampas de las obras impresas en los programas de mano, que se convirtieron en objetos de deseo y colección para jóvenes aficionados. Según Contreras: “El interés que suscitaban hizo pensar a William West, un impresor británico, en la posibilidad de convertir la afición de los jóvenes en un negocio, y en 1808 encargó a uno de sus aprendices, John Kilby Green, la primera producción de estampas de teatro juvenil. Las llamaron Juvenile Theatrical Print y en muy poco tiempo se convirtieron en uno de los juguetes de más éxito en la historia de Inglaterra. En 1812, viendo cómo prosperaba el negocio de su patrón, Green decidió probar fortuna por su cuenta creando el primer frontal o proscenio de teatro y copiando y editando las obras de su antiguo jefe. Nacía el Toy Theatre”.

Los teatros de papel o de juguete han sido defendidos por escritores y artistas encumbrados, desde Robert Louis Stevenson hasta Charles Chaplin. Andersen, por ejemplo, desarrolló sus fantasías infantiles jugando con un teatrito, en tanto Lewis Carroll ofrecía a sus amigos representaciones domésticas no aptas para todos los públicos y Frida Kahlo fabricaba sus propios sets.

La investigadora española afirma que Oscar Wilde, Ibsen, Chesterton, Strauss, Goethe, Picasso, Dickens, Orson Wells, Laurence Olivier, Ingmar Bergman y Andrew Lloyd Weber, también manifestaron su gusto por los teatros de mesa. En España, Jacinto Benavente, premio Nobel de Literatura en 1922, respondía así a un periodista sobre cuáles eran sus juguetes predilectos. “Los teatritos. Llegué a reunir no sé cuántos. Yo me inventaba las comedias y movía los monigotes con alambres, y hacía diabluras”.

Pese a que le sobrevivieron sus seis sucursales provinciales, El Encanto de La Habana creó toda una mitología en torno suyo. Merecida. Sobre todo a partir de la década de 1950, donde se define su cénit. Fue una tienda pionera en muchas de las técnicas comerciales que aún perviven, entre ellas el uso tarjetas de crédito y certificados de regalos a sus clientes. Incluso a los más distinguidos se les hacía sus entregas a domicilio.

Fue la primera tienda por departamentos en Cuba y aunque era el templo de las élites, cada martes comercializaba variedad de productos por debajo de cinco pesos. Toda la ropa que se vendía salía de sus propios talleres, con tal de ofrecer garantías al cliente y controlar la calidad que establecían en sus productos textiles.

Sus empleados tenían una etiqueta de vestuario: en el invierno se vestían de negro y de blanco durante todo el verano. Las empleadas siempre debían usar medias largas, tener el pelo arreglado y estar bien maquilladas. De sus filas surgieron emprendedores que de vuelta a España fundaron cadenas de alto impacto, como Galerías Preciados y El Corte Inglés.

Ni hablar de las celebridades que pasaron por sus departamentos. En sus escasas horas habaneras, Albert Einstein fue obsequiado con un sombrero jipijapa para atemperar el sol caribeño. Tyrone Power protagonizó un comercial de la tienda. Ava Gardner se maravillaba de sus escaparates y el cowboy John Wayne mandaba a confeccionar sus camisas a la medida en las sastrerías de la tienda. Una caprichosa Miroslava exigía en sus contratos, en el momento de rodar un filme, que sus vestidos fueran adquiridos en El Encanto mientras que la diva María Félix solía recrearse en el Salón Francés del inmueble. El gurú de la moda Christian Dior, quien tenía pavor a los aviones, cruzó el Atlántico para visitar los almacenes, en los cuales se exhibían sus modelos exclusivos, algo que solo sucedía en París y La Habana. ¡Olvídense de Nueva York!

Pero no muchos saben un dato cortejado por la intimidad de la historia. La chaqueta que Che Guevara llevaba puesta en la despedida de las víctimas del vapor La Coubre, volado por la CIA en 1960 en el puerto de La Habana, y que Alberto Díaz, Korda, captara con su Leica, fue comprada por el comandante en El Encanto, para entonces un proveedor de ropa verde olivo.

Y con esa foto, la más reproducida del siglo XX, y tal vez de todos los tiempos vividos, un mínimo de la mitológica tienda sobrevive a su trágico final, desde el anonimato de una prenda y la memoria de unos pocos.

Ángel Márquez Dolz
On Cuba Magazine, 28 de septiembre de 2018.
Video tomado de Diario de Cuba. En las dos fotos, hechas por el autor, aparece la actriz Ederlys Rodríguez.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Portocarrero como salvador



En la antediluviana década de 1960, cuando Fidel Castro anunciaba a cada rato que los norteamericanos bombardearían La Habana y la destruirían, el pintor René Portocarrero (1912-1985) se dedicó a pintar la ciudad. A dejarla atrapada en sus cuadros para que su belleza y su fervor no fuera a desaparecer nunca.

Fue hacia 1963 que culminó aquella serie con su Paisaje de La Habana. Y ahora, gracias al gran artista, tenemos la ruina maquillada que ha dejado el castrismo de la capital y La Habana eterna en los cuadros de René.

Claro que no son sólo en aquellas piezas donde está la gran dimensión de la obra de Portocarrero, un hombre un poco tímido y retraído que trabajaba todo el día en su apartamento frente al Hotel Nacional de La Habana, con visitas largas y esporádicas al bar de La Roca, junto a su amigo el también pintor Raúl Milián.

El hombre, un tipo de la barriada de El Cerro, considerado uno de los artistas más importantes del siglo XX cubano, era un maestro del color y de la armonía, realizó más de 20 exposiciones personales, 60 muestras colectivas, enseñó pintura en una cárcel y estuvo muy vinculado siempre a los escritores del grupo Orígenes. El poeta José Lezama Lima escribió varias notas sobre la pintura de René.

El pintor publicó, además, dos libros El sueño (1939) con dibujos y textos suyos y Las Máscaras (1955) una colección de doce dibujos. Portocarrero, que ya había recibido el Premio Nacional de Pintura, en 1951, por su Homenaje a Trinidad, hizo una serie denominada Color de Cuba sobre la santería y realizó trabajos de mucha fuerza de los famosos carnavales de La Habana.

Una nota crítica revela que el artista realizó su primera exposición privada en 1934 y luego durante varios decenios “en su obra se reflejarían la luz, el color de su país. En el segundo lustro de la década de 1940 aborda los temas de las fiestas populares en una amplia serie de pasteles, y comienza a decorar piezas de cerámica. Concibe en esa técnica el Mural de las Antillas para el otrora Hotel Havana Hilton y otro en 1968 con el tema de las mujeres ornamentadas y de Flora, que cuajara en una serie de cuadros exhibidos en la 33 Bienal de Venecia.”

Le debemos a René Portocarrero toda su obra monumental y su nombre en la historia de la cultura cubana. Y en particular, La Habana que tiene salvada en sus cuadros, una ciudad viva, llena de colores, de poesía y de espiritualidad.

Raúl Rivero
Texto y foto: Blog de la Fundación Nacional Cubano Americana.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Lezama Lima: Una oscura pradera



Escribió Paradiso, una de las novelas más importantes del idioma español en el siglo XX. Publicó libros de ensayos lucidos y agudos, poemas hechos con instrumentos inventados por él, fundó algunas de las revistas literarias más trascendentes de su país y de América Latina y, al final, a los 66 años, en 1976, se murió en Cuba convencido de que nacer allí "es una fiesta innombrable".

Se llamaba José Lezama Lima, era fanático del café con leche, las empanadillas y los dulces y luchó, a su manera, contra el asma, la soledad y las dictaduras.

Entre sus libros de versos habrá que acudir siempre a piezas como Muerte de Narciso, Enemigo rumor, La fijeza, Dador, Fragmentos a su imán y Una oscura pradera. Sus ensayos más reconocidos son Coloquio con Juan Ramón Jiménez (su amigo personal), Analectas del reloj, Tratados de La Habana, Las imágenes posibles y La cantidad hechizada.

Cuando en 1966 los funcionarios de la cultura cubana tuvieron que publicar su novela Paradiso, realizaron una tirada mínima que recogieron enseguida de algunas librerías. El libro salió con 798 erratas.

A pesar de todo, la obra se hizo universal y su viejo y querido amigo argentino, Julio Cortázar, le escribió esta nota desde Buenos Aires: "En sus instantes más altos, Paradiso es una ceremonia, algo que persiste a toda lectura con fines y modos literarios: tiene esa acuciosa presencia típica de lo que fue la visión de los eléatas, amalgama de lo que más tarde se llamó poema y filosofía, desnuda confrontación del hombre con un cielo de zarpas de estrellas".

Lezama Lima viajó a México y a Jamaica en los años 40. Después vivió toda su vida en Trocadero 162, primero con su madre y luego con una prima, con quien se casó.

Esta nota fue escrita en 1972: "Por la noche María Luisa y yo leemos algún libro que nos gusta, como el maravilloso Diario de Paul Klee. Me parece que vivo esas experiencias maravillosas, mientras permanezco, aunque con disgusto, inmovilizado, pues en el año pasado y en éste he recibido como seis invitaciones para viajar a España, a México, a Italia, a Colombia, y siempre con el mismo resultado. Me tengo que quedar en mi casita hasta que Dios quiera".

Raúl Rivero
El Mundo, 9 de septiembre de 2018.

Leer también: Documental reconstruye la vida de Lezama Lima.

lunes, 19 de noviembre de 2018

El café se toma como sus letras indican



Caliente, Amargo, Fuerte y Escaso. Así decía mi madre, que en gloria esté. Ése es el café que toman los cubanos, Y con un vaso de agua, que se toma antes, para quedarse con el sabor del café en boca, y en los fumadores, acompañar al tabaco o al cigarillo.

Esa ceremonia singular la viví desde que era niño, cuando salía con mi tío y mi padre, usualmente en una caminata de domingo desde nuestra casa familiar en Centro Habana hasta Galiano, en busca de El Brazo Fuerte, aquella maravillosa panadería habanera donde hacían pan al estilo de todas partes del mundo y los más exquisitos pasteles de carne que puedan imaginarse.

Mis familiares mayores, entonces pedían un vaso de vino, charlaban con el dependiente (otro hábito perdido, a pesar del marketing con la “atención personalizada”, como se le llama ahora). En aquel tiempo, era pura y simplemente una amistad de mostrador, cimentada con el transcurso de los años entre el empleado y los parroquianos fieles. Se preguntaba por la salud de la familia, se comentaba el partido de pelota, se hablaba de política y se arreglaba el mundo hasta dejarlo redondito.

Después venía el consabido café, y mi tío y mi padre antes siempre tomaban su vaso de agua bien fría, pues ambos eran fumadores. Un día me atreví a preguntar por qué, y la respuesta, algo asombrados de mi ignorancia de doce años: “Pues claro, para conservar el gusto de la café.” En esa fecha la infusión valía tres centavos, los pasteles de carne cinco, y el pan más caro, diez. Nada que ver con los precios de hoy en día, que acaban con el bolsillo del cubano que solo cobre en moneda nacional.

Cuando se habla de Cuba como destino, los temas más socorridos, además de las playas, son tres: ron, tabaco y café. Además de los atractivos naturales de la Isla, su cultura y su historia, estos tres elementos son igualmente protagonistas y hoy se han convertido en una especie de íconos, aunque se afirma que el café se originó en Abisinia (hoy Etiopía), en el oriente de África.

Diversos estudios aseveran que el grano llegó al país a través de los españoles, luego de los primeros asentamientos entre los años 1492 y 1530, y como las condiciones geográficas de las montañas orientales favorecieron su producción, comenzó a cultivarse y el hábito de su consumo se arraigó entre los pobladores.

Al principio se colaba en una especie de embudo hecho de tela y así todavía se hace en los campos cubanos. El agua, junto con el azúcar (muy poca) se hervía en un jarro, al que después se le echaba el polvo y se vertía sobre el colador, dejando pasar solo el líquido, de color negro, con un sabor peculiar que lo distingue hasta nuestros días. Muchos cubanos tenían como costumbre volver a colar la borra, a lo que se denominaba 'zambumbia', que se acompañaba con pan o galletas de sal.

En 1933 se inventó la cafetera italiana, que revolucionó al mundo del café. Todos querían tener una, el cubano no era excepción, y desde entonces hasta el día de hoy, perduran en las cocinas cubanas ,superando a las cafeteras eléctricas y de cápsulas modernas, cuyos precios son prohibitivos para el ciudadano de a pie.

Hoy en día el cubano cuela el café sin azúcar. Algunos la echan en la cafetera después que ha colado, otros prefieren dejar que cada cual lo endulce a su gusto. El casero no suele quedar espumoso como el expreso, pero su sabor es mucho más fuerte que el café americano, no lleva leche, no es capuchino, y es tan diferente, tan peculiar, porque su sabor no se parece a ninguno.

Aunque después de la erupción del dólar han llegado productos extranjeros muy apreciados fuera, en la Isla se sigue prefiriendo el café bien oscuro, concentrado, fuerte. Ni descafeinado, ni Nescafé, ni Capuchino: eso es para los turistas, y el café estilo americano, que los cubanos llaman 'agua de chirle', es para los americanos o para quien pueda tomárselo.

Puedo atestiguar, que habiendo probado muchos tipos de café en diversos países, desde el puro 100% colombiano o brasileño hasta el famoso Blue Mountain, de Jamaica, ninguno sabe como el de nuestras montañas de Oriente. Claro que gran parte de la población no lo toma puro, ya que el nuestro, el de todos los días, que se compra en la bodega a precio subsidiado -dos paqueticos de 4 onzas al mes por persona- viene mezclado con chícharos tostados y molidos. Pero es curioso que hasta el café con chícharos, colado con una buena técnica en una cafetera italiana, suele tener buen sabor para la mayoría de los consumidores.

Los más astutos se sirven del primer sorbo que sale bien negro, y luego vuelven a poner la cafetera para que acabe de colar el más claro. Hay quienes han perfeccionado sistemas para que el mezclado de café con chícharos tenga mejor sabor: Nunca se tira la borra anterior, se vuelve a hervir en la cafetera, y entonces esa 'agua de chirle' o 'zambumbia', sucedáneo de la colada anterior, es la que se usa para la nueva colada. ¡Y créalo o no, el café sale más fuerte!

Otros, aún más técnicos, como tienen una cafetera para seis personas y solo van a tomar dos o tres personas, colocan en la cazoleta tres o cuatro bolas de cristal, de esas con las que juegan los niños. La razón es que la cazoleta debe llenarse totalmente o no colará bien. Las bolas ocupan el espacio restante, cuando se llena con café solo para tres personas. Eso me lo enseñó mi buena amiga Zenaida, allá por los años 70, cuando la llamada Zafra de los Diez Millones -que nunca llegó ni a nueve- nos llevó a mayores privaciones.

Hoy en día, cuando un cubano se empata con un paquete de café 'puro', llámese Serrano, Cubita o Pilón, que venden en CUC, ve los cielos abiertos. Existe un blog llamado Café Fuerte y hasta se ha filmado un video () que comienza con el protagonista colando café Monte Rus. El vídeo tenía otro título, pero ya nadie se acuerda, todos lo conocen ahora por la marca del brebaje.

En Cuba el café está racionado (el barato de la libreta en moneda nacional, no el de la shopping), pero hay marcas como Altoserra, que se cultiva en el macizo montañoso de Guantánamo y Holguín, se vende en mercados internacionales como Canadá, Japón, Reino Unido, Francia, Alemania y en la lejana Australia, según informaciones de la emisora cubana Radio Reloj.

El buen café forma parte de las tradiciones cubanas. Es lo que siempre se brinda, inclusive en los hogares donde existe cultura alcohólica, se ofrece un café al visitante, antes del trago de ron. En Cuba se inventó también la 'sopa de gallo', café con ron. No en imitación, sino en oposición al café (clarito) con coñac de otras naciones.

Muchos años después y a miles de kilómetros de la Isla, a veces me sorprendo preguntándole a un mensajero con un paquete de esos que se compran por Amazon (que por cierto también vende café cubano), si quiere un café. Él o ella me miran sorprendidos, y luego sonríen respondiendo: “Gracias, ya desayuné.” Porque donde vivo, como en otros países, no suele brindarse nada a los mensajeros.

Conocí un personaje que, cuando en Cuba comenzó la crisis del café racionado y no imperaba todavía el dólar ni existían las shoppings, medio solucionó el dilema de seguir invitando a las visitas a pesar de la escasez. Cuando llegaba alguien a su casa, la esposa preguntaba solícita: “Viejo, ¿hago café?” Y el hombre, cafetero empedernido, respondía con dos variantes: “Claro, vieja, claro”, si el recién llegado era desconocido o poco importante. Pero si era un pariente o un buen amigo, la respuesta era: “Bueno, vieja, bueno.”

Hasta la taza para el café tiene su tradición. En Cuba, la mayoría de los cafeteros tienen una jarrita preferida –no una taza- desde el humilde jarrito de latón que tiene un montón de años en la familia, hasta la pequeña jarrita dignificada con un baño de porcelana.

Cuba es una isla con café por todas partes, a pesar de que aquel de tres centavos ha sido sustituido por una tacita minúscula que vale, cuando menos, un peso moneda nacional, en improvisados puestos que despachan desde la ventana que da a la calle de una vivienda cualquiera, o 50 centavos de CUC en cualquier cafetería más o menos pretenciosa de El Vedado o la Habana Vieja.

Café después de levantarse en la mañana, antes de ir a trabajar, o con leche para desayunar, que en realidad es leche con café. Café después de almuerzo y comida, por las tardes, antes del cigarro o el tabaco, viendo la tele y hasta antes de dormir.

Richard Potts
Havana Times, 15 de septiembre de 2018.
Video realizado por Matteo Enrico en una zona rural del oriente cubano.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Vender maní en Cuba


El maní podría dejar de ser uno de los cinco productos más vendidos de manera callejera en Cuba.

La subida del precio del maní y la del carbón al por mayor, unido al de la patente, ha causado una baja en la calidad y la cantidad de la oferta, y ha reducido el número de vendedores de maní dentro de la ley, según declaró a Cubanet una fuente de la Oficina Nacional de la Administración Tributaria en la nororiental provincia de Holguín. Esto ha provocado un incremento de personas que han entregado la patente y ahora lo venden de manera ilegal.

“Nuestros inspectores están aplicando más multas por la venta de maní fuera de la ley”, declaró un funcionario de la Dirección Integral de Supervisión del territorio.

De todos los gastos de un manisero en el desempeño de su labor, el que más le afecta es el pago de la patente, fijado en 150 pesos, que junto a los 87.50 de seguridad social suman un total de 237.50 pesos mensuales que por ley están obligados a entregar al Estado. Maniseros consultados dijeron que el promedio de venta per cápita es de 60 cucuruchos diarios a un peso por lo que consideran que la patente está muy alta y proponen bajarla a 30 o 40 pesos.

“Hemos solicitado al gobierno que la baje, pero hasta ahora no hemos tenido respuesta. Por eso la mayoría ha entregado la patente y ha decidido correr el riesgo de vender ilegalmente. Otros echamos menos granos de maní en el cucurucho sin alterar el precio”, confiesa Irene, una vendedora.

Dagoberto, un manisero con casi tres décadas en el oficio, afirma que durante mucho tiempo la patente estuvo a 100 pesos, después la subieron a 130 hasta llegar a los 150 actuales. “Es altísima para nosotros. Y seguirán subiéndola, porque lo que el gobierno no es capaz de lograr con eficiencia, lo obtiene elevando el precio, los impuestos y las patentes. Al final, el perjudicado es el pueblo”.

Vender maní no alcanza para el sustento diario. “Los maniseros estamos obligados a tener otro trabajo para sostener a la familia. En el campo he desyerbado o recogido yuca y boniato por 40 o 50 pesos diarios y una merienda”, confiesa Mestre.

La venta de maní en las calles cubanas, una tradición autóctona, inspiró a Moisés Simons a componer El manisero, pregón estrenado por Rita Montaner 1928, pero hoy muchos afirman que su permanencia hasta nuestros días es el resultado de la penuria económica.


“Los vendedores callejeros de maní son el reflejo del atraso económico de un país incapaz de ofertar productos básicos a precios asequibles en cafeterías o tiendas”, opina Gustavo, mientras come maní a la espera del ómnibus.

Con disímiles pregones, los maniseros caminan por el centro de Holguín transportando el producto en una lata, a la que amarran por debajo un caldero con carbón encendido para mantener calentito el maní dentro del cucurucho.

Sin embargo, los clientes no están satisfechos porque la cantidad y la calidad ofertada es menor. “He comprado a varios maniseros en diferentes días y lugares, y en todos los casos los granos de maní eran pequeños y no pasaban de veinte”, asegura Doralkis, una joven sentada en uno de los bancos del parque Calixto García.

Sergio, un abuela que pasea con su nieta por el Boulevard, recuerda que años atrás los cucuruchos traían más maní y se vendían a un peso. “Ahora vienen con menos cantidad, son de mala calidad y al mismo precio”.

Sobre el tema, Dagoberto dice que esa es la única forma de obtener ganancia.“Si echamos más granos de maní en el cucurucho entonces tenemos que subir el precio y nadie lo compraría”, alega.

Él y otros maniseros entrevistados, coinciden en que el problema, además del pago de la patente, radica también en la subida casi al triple del precio de la libra de maní en menos de un año. “Antes costaba 8 o 9 pesos, actualmente cuesta 20 pesos".

En Cuba, el maní siempre ha sido cultivado y comercializado por el sector privado. “Se siembra en cualquier época del año y se recoge a los tres meses. Pero a inicios de 2018 todas las cosechas se perdieron por el exceso de lluvia. Al escasear el producto, vendemos a 20 pesos la libra, al por mayor”, explicó Melquiades, un campesino del poblado de Melones, a 25 kilómetros al norte de la ciudad de Holguín.

Los maniseros se encargan de tostar y envasar el maní. “Compramos el cucurucho de papel a cinco centavos la unidad, la sal a cinco pesos el kilogramo y el carbón, que también subió de precio, a 20 pesos la lata”, explica el vendedor Moisés.

Ya pocos se acuerdan que hubo un tiempo que un cucurucho costaba 0.20 centavos, después subió a 0.40, más tarde a 0.50 centavos hasta llegar a un peso en la actualidad. Para Moisés, “el hecho de que menos personas vendan maní legalmente, por la subida del precio del producto y de la patente, es un indicador de la crisis económica irreversible que vive Cuba”.

Texto y foto: Fernando Donate
Cubanet, 18 de septiembre de 2018.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Hablar en cubano



“Al margen de la literatura están estas faenas abnegadas, sin las cuales la literatura no medra. Los escritores artistas desdeñan al lexicólogo, al gramático, al retórico, al colector de frases célebres, al antologista; pero ¿les ocurrirá alguna vez pensar en la cantidad de genuino y humilde amor literario que tales empresas suponen? Un espíritu agudamente justiciero, nunca podrá mirar sin respeto esas obras de literatos malogrados: ellas son como tributos de adoración íntima a una beldad ofrecidos por amadores feos. El beso furtivo y distante del Jorobado de Notre Dame a su Esmeralda…”.

He decidido iniciar este trabajo con un fragmento del artículo que mi admirado Jorge Mañach publicó en el diario habanero El País a fines de 1925. Y lo he hecho porque pienso que, aunque esas palabras no fueron escritas a propósito de ellas, constituyen un elogio mucho más justo y más hermosamente escrito que el que yo pueda pergeñar sobre los dos libros que esta semana y la próxima voy a reseñar. Ambos son esfuerzos muy loables que se deben mirar con respeto, pues en ellos se invirtió una cantidad ingente de amorosa faena.

Ante los dos voluminosos tomos del Diccionario ejemplificado del español de Cuba (Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2016, 544 y 593 páginas), lo primero que se me ocurrió pensar fue: ¿cuántos años llevó a Antonia María Tristá Pérez (1940-2006) y Gisela Cárdenas Molina (1930-2010) realizar este libro? Seguro que unos cuantos, aunque ya no lo sabremos con exactitud. La edición ni siquiera incluye una breve nota en la contraportada. Es cierto que cuenta con una extensa introducción de las autoras, pero es de carácter puramente técnico y expone la motivación y finalidad del diccionario.

En esas páginas, las investigadoras, quienes durante varios años laboraron en el Instituto de Literatura y Lingüística, señalan que el presente libro tuvo como antecedente directo el Diccionario de español de Cuba (2000), confeccionado por ellas para la Universidad de Augsburgo, Alemania. Después que la terminaron, agregan, se imponía “la elaboración de una obra que no solamente incluyera vocablos y acepciones no registradas en el diccionario contrastivo, sino también que registrara los usos con su contextualización, cuestión de suma importancia para el usuario que necesite entender la realidad cubana”.

Respecto a sus características generales, las lexicólogas definen el suyo como “un diccionario sincrónico, en sentido amplio, pues comprende desde principios de siglo hasta la década de los años noventa”. Asimismo, especifican que es descriptivo porque se limita a informar sobre el inventario léxico, a definir su significado de acuerdo al uso, “pero sin pretender establecer criterios normativos acerca de la corrección o incorrección de dicho uso”. Su objetivo es, por tanto, registrar lo que es y no lo que debería ser; “servir de decodificador del discurso cubano”.

En cuanto a sus destinatarios, Tristá Pérez y Cárdenas Molina expresan que el diccionario está concebido para un público amplio: profesores de lengua, traductores, intérpretes, filólogos y lectores no especializados, tanto nativos como extranjeros, que necesiten conocer el universo lexical de la variante cubana. De esto debe deducirse que el diccionario es una obra complementaria, “y, en ningún caso, está llamada a sustituir los diccionarios de lengua que se utilizan diariamente”.

No voy a extenderme más en explicaciones sesudas, pues pienso que un par de ejemplos han de da dar más precisa y gráfica del diccionario. El primero corresponde a una palabra que ha caído en desuso, aunque es posible que ocasionalmente aún se pueda escuchar: “achujar v. 1 tr. coloq. Incitar una persona a un perro para que ataque: Pero un cuñao le achujaba los perros y los perros lo mataron (Feijóo, S., 1965: 300). | 2 tr. coloq. Incitar a alguien a pelear o a tomar partido en una disputa: Primero siento unos gritos del público que avisan el final de una pelea, y después la voz de Gastón achujando al Caña (Viera, F.L., 1989: 205) |enchufar”.

Anoto el significado de las abreviaturas, aunque algunas son fáciles de deducir: v, verbo; tr. transitivo; coloq., indica que el vocablo es propio de un estilo informal (marca estilística). Las otras que acompañan los fragmentos citados para ejemplificar remiten a la bibliografía que aparece al final del segundo volumen: Samuel Feijóo. Sabiduría popular, Universidad Central, Las Villas, 1965, página 300; y Félix Luis Viera. Con tu vestido blanco, Ediciones Unión, La Habana, 1989, página 205. En cuanto a la inclusión de enchufar, obedece a que ese cubanismo tiene, entre otras acepciones populares, una similar a la de achujar, que lo convierte en su sinónimo.

Una palabra que se escuchaba mucho en la década de los 60 del pasado siglo era ñángara, que después fue cayendo en el olvido. Significa “persona que tiene ideas izquierdistas o milita en el Partido Comunista de Cuba. Obs.: Es usada por quienes sustentan ideas contrarias a estas personas: Siempre has sido el más estúpido entre los estúpidos. ¿No te das cuenta que los contra pusieron una bomba hoy y mataron a cuatro, y los ñángaras están que arden? (Moya, R., 1985a: 189)”. Se empleaba indistintamente como sustantivo y como adjetivo, y uno dos de sus sinónimos eran ñángara y comecandela. Tristá Pérez y Cárdenas Molina registran ambos, pero de este último no incluyen esa acepción.

Como dejaron señalado las autoras, su diccionario puede interesar a un amplio espectro de lectores. Cada cual lo consultará o simplemente se asomará a sus páginas con distinto propósito. Quien esto escribe hizo un primer repaso de sus 8 mil entradas con el mero ánimo de curiosear. Eso me ha permitido verificar, en primer lugar, la vivacidad y el gracejo que caracteriza a nuestro lenguaje popular. Hace pocos días conversaba con unos amigos y recordamos, entre risas, lo ingeniosamente gráfico que es el vocablo bajaychupa, que se aplicaba a una blusa que dejaba al descubierto los hombros. Y qué decir de matapasiones, con el cual los jóvenes conocían a los calzoncillos de pata que les disgustaba usar.

Igualmente creativas son expresiones como dar matarile (matar), pegarse a la chupeta (desempeñar un cargo público bien remunerado), echar una alpargata (marcharse precipitadamente de un sitio), jugar ambo y diestro (lavarse solo las axilas y las partes pudendas), caerse para atrás (quedar estupefacto por asombro o sorpresa), no ser baúl (ser indiscreto, no guardar los secretos ajenos), buscarse los billetes (ganarse la vida), pararse bonito (adoptar una actitud firme y decidida), coger una calentada (irritarse, ponerse de mal humor), al canto del pitirre (muy temprano por la mañana), caminar con los codos (se dice de una persona que es tacaña y cicatera), pensar en la inmortalidad del cangrejo (estar distraído, sin pensar en nada serio o importante), tirar un llorado (tratar de convencer a una persona por la vía sentimental), hacerse la manuela (masturbarse un hombre), a la marchita (sin prisa ni precipitación), el que más mea (persona de mayor influencia, autoridad o poder de decisión), estar flojo de vientre (tener diarrea), coger entre primera y segunda (sorprender a alguien cuando está haciendo algo indebido o que quiere ocultar), poner un telegrama (evacuar el vientre).

Asimismo, cuando se echa una ojeada u hojeada al diccionario se advierte la movilidad del español que se habla en la Isla. Ya se sabe que los idiomas experimentan un permanente proceso de evolución y transformación, de acuerdo con el tiempo y las necesidades de la población. Son un hecho vivo, están en constante cambio y nunca van a dejar de hacerlo. Dado que el libro objeto de estas líneas cubre casi todo el siglo XX, he hallado términos que conozco, pero presumo que no lo han de ser para los más jóvenes.

Dudo, por ejemplo, que una muchacha de hoy sepa qué son las cocalecas, aquellas sandalias con dos tiras que se ajustaban dando vueltas a las piernas en forma de cruz. Ni tampoco el bobito, que aparte de ser el diminutivo de bobo, nombraba una prenda de dormir femenina, holgada y escotada, que solo llegaba hasta la parte superior del muslo. Mucho menos aquel camisón corto, generalmente de tela transparente, que se designaba con el anglicismo baby-doll. No digamos ya hacerse el croquinol, procedimiento que permitía ondular artificialmente el pelo durante largo tiempo. Es lógico que esos vocablos en la actualidad no se empleen, pues correspondían a prendas de vestir y hábitos que ya pasaron de moda.

En cambio, hay otros que designan cosas que se mantienen vigentes, pero a los que la falta de uso ha jubilado y recluido en el asilo lexicográfico. Muchos los decía este cronista cuando era un chamaquito, pero duda que hoy se utilicen. ¿Se sigue diciendo fiñe a un niño? ¿Fricandó al frío? ¿Combo a un grupo musical? ¿Meter el delicado a cometer un error? ¿Bofe a una persona antipática o pesada? ¿Apolismada a una fruta magullada? ¿Comefana para insultar a alguien?

Por otro lado, a otras palabras y expresiones la realidad del país las ha convertido en obsoletas. A ningún niño o niña se le ocurriría pedir la contra o la ñapa tras comprar algo, en un país que está en la fuácata y donde en las tiendas ni siquiera dan un cuartucho o una bolsa para llevar los productos adquiridos. Tampoco es extraño que hayan dejado de escucharse vocablos como garapiña, chicha o cusubé, puesto que se trata de dos bebidas que se preparaban con piña y un postre elaborado con yuca.

A partir de que esta gente llegó al poder, el corpus del español hablado en Cuba incorporó una cantidad considerable de palabras y expresiones. Ilustro con algunas: integrado, gusanera, concientizar, ausentismo, pugilatear, camilito, barbacoa, anapista, microbrigada, becado, lista de fallos, antisocial, camilito, asamblea de balance, sábado corto, alzadora, y, más recientemente, jinetera, cuentapropista, fula, quimbe, cocotaxi, almendrón...

Algunos términos ya existentes sumaron nuevas acepciones. Así, libreta pasó a ser también el cuadernillo donde se apuntan las entregas de los productos alimenticios racionados. A su significado tradicional, aspirina agregó el de autobús pequeño que, a fines de la década de los 80, se empleó para reforzar el servicio de transporte en la hora pico. De igual modo, una expresión como quemar el plástico solo se entiende en el contexto de la etapa en que se distribuyeron los zapatos hechos de ese material (recuerdo que popularmente se les llamaba ollas de presión, por el fuerte calor que desprendían).

Preparar un diccionario como ése constituye una tarea ciclópea, que además tiene la dificultad adicional que implica reunir un material de carácter oral. Eso explica que a las autoras se les quedasen sin registrar algunos vocablos.

Personalmente, he echado en falta narra (chino), bolo (ruso), echar un palo (tener relaciones sexuales), dar el piojito (asumir una actitud humilde o sumisa). Pero como ya digo, es algo que resulta comprensible dada la vastedad del campo que el libro cubre. Hay, sin embargo, algunas inclusiones que sí me parecen refutables. Jacket, all right, rating, short, cold cream, cake, bullpen, background y tráiler, entre otros, pertenecen al inglés y en Cuba se usan con el mismo significado que poseen en la lengua original. Incluirlos como cubanismos carece de sentido, pues en otros países también se emplean tal cuales.

Por otro lado, he consultado el diccionario de la Real Academia y exitoso, coctel, estancia, desempeñar, campismo, enojo, almíbar, camarógrafo, batuta, esgrimista, aparecen con idéntica acepción a la registrada por Tristá Pérez y Cárdenas Molina. De manera que tampoco pueden considerarse como ejemplos del español hablado en Cuba.

Carlos Espinosa Domínguez
Cubaencuentro, 14 de septiembre de 2018.
Foto: Tres cocotaxis y un almendrón. Tomada de Cubaencuentro.