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lunes, 30 de mayo de 2016

Cuando Anna Pavlova bailó en el Teatro Sauto




La noche del 26 de marzo de 1915 prometía un espectáculo trascendente para el público que colmaba butacas y plateas, a la espera de la actuación de la bailarina rusa Anna Pavlova en la ciudad de Matanzas, a unos cien kilómetros al este de La Habana.

En el emblemático Teatro Sauto se presentaría una de las más célebres artistas de la danza de todos los tiempos. Reseñas recopiladas por el investigador Reynaldo González Villalonga, cuentan que al alzarse el telón, bajo la intensidad de las candilejas que iluminaban el proscenio, una salva de aplausos acogió a la Pavlova y su compañía.

Aquella jornada nocturna permitió a los matanceros admirar una puesta en escena de doce piezas, entre ellas, La muñeca encantada, Gaviota, Renacimiento, Rapsodia húngara, Czarina y La danza del crepúsculo. La ejecución de la rusa en esa última obra motivó que el cronista cultural del entonces diario local El Imparcial escribiera: "Seméjese a una lida clavellina (clavel) girando maravillosamente sobre los pistilos".

Anna Pavlova había desembarcado en la villa de Matanzas con un elenco artístico de unos 80 miembros, el cual entre sus principales figuras masculinas tenía a Ivan Custine y Alexandre Volenini. Custine era primer bailarín y maestro de baile de la Gran Ópera Imperial de Petrogrado, en tanto Volenini se desempeñaba como primer bailarín clásico del Teatro de Ópera Imperial de Moscú. En la nómina femenina figuraban Plaskovitzka, Huhn, Svirskaia, Ouskrainsky, Vaginski, Labolko y Pavlev, bailarinas de singular maestría, según los comentarios periodísticos de la época.

Al espectáculo también le favoreció la escenografía, concebida por famosos pintores de la compañía como un gran decorado que servía para realzar la apreciación visual de los espectadores que llenaron el Teatro Sauto. Como complemento de la excelencia artística, la agrupación musical acompañante estuvo conducida por Theodore Stier, quien había dirigido la Orquesta Sinfónica de Londres. La Pavlova viajó además con un departamento técnico integrado por ingenieros, electricistas, director de escena, sastres, peluqueros, tramoyistas y otros componentes.

Anna Pavlova nació el 12 de febrero de 1881 y una década después ingresó en la Escuela de Ballet Imperial, mientras su debut en las tablas tuvo lugar en el Teatro Marinski, de San Petersburgo, dirigido por el genial coreógrafo Sergei Petipá. En 1909 inició giras internacionales con la Compañía de los Ballets Rusos, y en 1911, ya de forma independiente, radicaba con su propio grupo en el Teatro Mogador de París, en la capital francesa. El 23 de enero de 1931, a punto de cumplir los 50 años, Ana Plavova falleció en La Haya, Holanda, víctima de una pleuresía.

Por su parte, el Teatro Sauto se inauguró el 6 de abril de 1863, después de tres años de construcción. Hasta la fecha, ha tenido como nombres Esteban, Colón, Martí, Teatro de la Vigía y el actual. Fue diseñado por el arquitecto, ingeniero y pintor escenográfico italiano Daniel Dallaglio, y concebido como una réplica de la Scala de Milán.

El imponente edificio es un fiel ejemplo del estilo neoclásico y domina en el entorno urbano de la localidad. En opinión de especialistas, el Teatro Sauto impresiona por su tratamiento estilístico, en particular por su fachada principal. Declarado Monumento Nacional en 1978, su vasta y rica trayectoria histórico cultural lo ha convertido en un elevado exponente de los teatros de la mayor de la Antillas y símbolo de la llamada matanceridad.

Entre las más personalidades extranjeras que han actuado en el Sauto, además de Anna Pavlova, se encuentran la actriz francesa Sarah Bernhardt (1844-1923), el guitarrista Andrés Segovia (1893-1987), compañías españolas, francesas e italianas de zarzuela, ópera y drama y el coro Niños Cantores de Viena, entre otros.

Wilfredo Alayón, corresponsal de Prensa Latina en Matanzas
Periódico Girón, 9 de marzo de 2016.
Video: Anna Pavlova en La muerte del cisne, coreografía de Mijaíl Fokin.

Nota: Anna Pavlova viajó en tres ocasiones a Cuba, en 1915, 1917 y 1918, actuando en La Habana, Matanzas, Cienfuegos y Santiago de Cuba, como atestiguan entrevistas y notas de prensa publicadas durante sus estancias en la Isla.

viernes, 27 de mayo de 2016

Zelda Valdés, la cubana que vistió a Hollywood



Hace un par de navidades, en medio de la peor situación de salud física y mental de mi vida, conocí en Barcelona a Nancy Deihl, una mujer brillante que imparte Historia del Traje en la Universidad de Nueva York. Nancy en sí misma merece una crónica que aún le debo. Es un personaje delicioso, como lo es esa parte de la historia de lo que somos, que ella se conoce al dedillo: la de la ropa que nos ponemos.

Nancy es una conversadora exquisita y una oyente atenta, así que aquella única noche que nos vimos, hablamos todo el rato y me levantó el ánimo del suelo, apartándome por unas horas de mis ideas catastrofistas. Me regaló un montón de sus experiencias y anécdotas sobre la ropa, la moda y la gente que la ha realizado, llevado o comprado desde que el mundo se viste, y también dejó cosas en mi cabeza acerca de la naturaleza humana, sobre las que todavía reflexiono y de las que todos los días aprendo un poquito más.

Hace unas semanas, me reencontré en la red con Zelda Wynn Valdés, una de las mujeres que me descubrió Nancy Deihl, a quien he de agradecer públicamente una impagable edición de History of American Dress, su regalo por mi 50 cumpleaños, una colección de volúmenes que recomiendo, donde se le dedica a Zelda Wynn un capítulo sustancioso y muy completo sobre su vida privada y su paso por el backstage de las grandes luminarias del mundo de la música, el cine y el espectáculo.

Zelda viene al hilo de una foto de conejitas Playboy que publiqué hace unos días mientras buscaba la crónica que escribí entonces, y que gracias a mi amigo Carlos Tasse, he decidido desempolvar para él y para el que la quiera leer. Hay escasas, repetidas y muy breves biografías disponibles de Zelda Wynn, con poca información personal y enfocadas más a su trabajo profesional como estilista que a su casi inescrutable vida privada.

La causa es que Zelda fue una mujer muy celosa de su intimidad, y hermética en cuanto a revelar detalles sobre su origen o sobre cualquier otra cosa sobre sus primeros años de vida. Se consideró siempre tan afroamericana como su madre, aunque no hubiera nacido en Norteamérica. Fue también una hija ejemplar y una incondicional amiga, con un férreo sentido del deber, de la dignidad y del honor que a su entender, debían distinguir a la mujer negra moderna. Lo que ella sentía ser.

Estrellas de todos los colores se pelearon por las creaciones de Zelda Wynn, “la escultora de sirenas” como la conocían sus clientas, por sus provocadores vestidos ceñidos al cuerpo. “La moda negra que abraza”, como la definió un crítico del Times. Con ellas vistió a buena parte del star system femenino de Hollywood a lo largo de cuarenta años, y se convirtió en un modelo a seguir por las mujeres de todas las razas, y un espejo en que mirarse para las afroamericanas independientes y exitosas, gracias y a pesar de la segregación.

Zelda fue la encarnación de una élite discreta de 'personajes de color' que abogaron por la 'normalidad' con el mundo blanco aceptando el reto de brillar por sí mismos junto a ellos, por sus cualidades y su educación, sin que el color tuviera mucho que ver. Quizás Zelda no iba errada, porque todas las celebridades y personalidades públicas que vistió, conocían sus orígenes, a pesar de su empeño en no revelarlo, y terminaron siendo sus amigas íntimas, y ella, la albacea de sus secretos mejor guardados.

Zelda era Wynn, pero no de apellido, sino de segundo nombre, uno muy común entre las mujeres afroamericanas de Pennsylvania a principios del siglo XX. Era la tierra de origen de su familia materna, que fue la única que tuvo, porque de su padre habanero apenas supo el nombre y poco más cuando se hizo mayor. Aborreció desde niña su apellido paterno tan castellano y tan castizo, que al estigma de su color, añadía el de un origen hispano al que no sentía pertenecer, y que también aprendió a olvidar, como a su padre mismo.

Pero Zelda Wynn nunca se quitó su apellido español de pila pudiendo hacerlo, ni adoptó uno distinto por vía matrimonial porque nunca se casó. Sí tuvo varias parejas de hombres 'corrientes', otro desafío más a los convencionalismos de la época que la hizo aún más notable. Siempre quiso que se le llamara solo Zelda Wynn, y ése fue el nombre que la puso en boca de leyendas como Mae West, Josephine Baker o Dorothy Dandridge, que dejaron que Zelda vistiera sus cuerpos y guardara el secreto de sus pecados.

Sus padres, José Valdés y Ann Barbour, se habían conocido en La Habana a mediados de 1902, el año en que el hermano mayor de su madre quiso lanzarse a la conquista del naciente comercio de ropa al detalle, en una Cuba que inauguraba una paz futuriblemente duradera. Una atractiva y exuberante república tropical acababa de nacer al amparo de la Unión, y allí comenzaban a posicionarse las marcas comerciales más importantes de los Estados Unidos.

A la familia matriarcal de Ann Barbour le fue bien después de la guerra, a pesar de ser un clan de mujeres solas con numerosos hijos, sobrinos y nietos, cuyos padres murieron dignamente en combate, indignamente de cirrosis o simplemente desaparecieron de sus vidas y de las de sus hijos. Era el panorama que enfrentaban miles de mujeres afroamericanas en Pennsylvania inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, apenas comenzado el siglo XX.

Pero en ese entorno económicamente precario y especialmente hostil con los negros, la madre de Ann Barbour, trabajando duro, pudo sacar a flote a toda la familia incluyendo a Zelda y a su hermana Mary Barbour. La abuela había sido una costurera avezada, curtida en la guerra, que había diseñado y cosido uniformes para el Ejército Confederado, y que luego se labró un prestigio entre las mejores modistas negras de Chambersburg, donde llegó a tener la tienda de modas para mujeres negras más prósperas de todo el Estado de Pennsylvania.

Comenzaban a ponerse entonces de moda en Cuba los ateliers y las llamadas Casas de Vestir que brindaban un servicio exclusivo de ropa a medida a mujeres cubanas de clase media alta. El hermano mayor de Ann Barbour, integrado al negocio familiar, se lanzó a expandir la empresa junto a un socio, abriendo un pequeño atelier en la Habana Vieja, en la calle Mercaderes, a donde se llevó a su hermana Ann como modista y vendedora.

Pero las cosas debieron torcerse cuando Ann conoció al padre de Zelda, de cuya vida se sabe tan poco como de ese encuentro y de su breve presencia física junto a su hija. En primer lugar, su nombre exacto no está claro, pues aparece en la inscripción de nacimiento de Zelda Wynn como José E. Valdés Capetillo, mientras en su acta de defunción en La Habana es José Valdés y Valdés. Se sabe que era unos veinte años mayor que Ann y que vivía en la barriada periférica de El Cerro. Por su apellido se intuye que con mucha probabilidad fue un hijo de la Beneficencia, al no tener tampoco familiares vivos, pero llegó a ser uno de los choferes del Presidente de la República, Tomás Estrada Palma.

José conoció a Ann en alguna de las recepciones que brindaba el Presidente a los inversores extranjeros, y Ann se enamoró y contrajo matrimonio civil con él en La Habana, en noviembre de 1904. Lo hizo en una discreta ceremonia en un bufete de la calle Lamparilla, contra los deseos de su tío y la negativa inútil de su abuela en la lejana Pennsylvania, a donde las cartas tardaban tanto en llegar que siempre brindaban la información caducada.

Existe una partida de nacimiento de Zelda en el censo del Estado de Pennsylvania con una nota al margen especificando: “Already born, checked by verbal transcription from her mother”, aunque Ann Barbour siempre consideró a su hija mayor, tan norteamericana como lo fue Mary Barbour, su hija siguiente, nacida ya en territorio de los Estados Unidos. Ann reinscribió a Zelda en el censo de Chambersburg a su regreso a casa, pero no pudo retirarle el apellido del padre ausente y hubo de conformarse con ubicar su nacimiento el día que tramitó el expediente y en el lugar en que los hizo: el 28 de junio de 1905 en la iglesia de Chambersburg, Pennsylvania, más de un año después de la fecha natal verdadera de su hija primogénita.

Zelda no tendría que añadirle al color de su piel, el haber nacido en una república latinoamericana bananera, aunque tuviera que arrastrar siempre consigo el apellido infausto de un padre indolente y desprovisto de amor filial. En cambio, en el Registro Civil de La Habana, es posible encontrar una partida de nacimiento a nombre de Zelda Wynn Valdés, “ne. 6 de marzo de 1904 en la Clínica La Covadonga de La Habana, Cuba, hija de Dn. José E. Valdés Capetillo y Dña. Ana Barbour, naturales él de La Habana Cuba y ella de Chambersburg, Pensilvania, Estados Unidos”.

La Covadonga era a la sazón la joya médica insignia de los asturianos residentes en la Isla, y había sido inaugurada sólo escasos años antes, en 1897. A pesar de la exclusividad de sus servicios, sólo para naturales blancos o sus descendientes, abrió sus puertas a una mujer norteamericana de raza negra para practicarle un parto asistido con las técnicas más modernas de la época en un país latino.

El promotor y primer director de La Covadonga, Don Manuel del Valle, presidente de la asociación de asturianos de Cuba, había conocido en Pittsburg a una admirable costurera negra que consiguió reiventarse tras la guerra y echar a andar un negocio próspero en Pennsylvania que convirtió en una gran marca. Con frecuencia, aquella modista negra hacía generosas donaciones caritativas a instituciones que apadrinaba Don Manuel, y él quedó impresionado por la integridad y la valentía de esa afroamericana ejemplar. Don Manuel y su esposa cuidaron de su hija Ann en La Habana, y también a Zelda Wynn, aún nonata en el vientre de su madre, hasta que Zelda vino al mundo. La mano invisible de la abuela parecía proteger la supervivencia de su nieta desde la lejana Pennsylvania.

A partir de la llegada de Zelda a Estados Unidos, hay muy pocas referencias acerca de los años siguientes de su vida junto a su madre y su abuela. Le gustaba bailar desde muy pequeña y estudió un año de clásico en la Chambersburg Ballet Company, pero tuvo algún problema con las madres de sus compañeras blancas y tuvo que abandonar las clases.

No le importó, porque su vocación verdadera pasaba por su exquisito gusto para crear magníficos trajes de novia y atrevidos vestidos de gala, muchos de los cuales se han hecho icónicos con el paso del tiempo junto a sus mediáticas dueñas, aunque pocas veces hemos puesto cara a la mujer que los creó. Con ocho años, Zelda Wynn ya diseñaba vestidos de papel de periódico para sus muñecas, junto a la máquina de coser de su abuela, de la que recibió las técnicas de alta costura. Demostró estar tan dotada para el negocio familiar, siendo apenas una adolescente, que comenzó a trabajar en la nueva sastrería de su tío, ya recuperado de su incursión en Cuba.

En 1948, con 38 años, Zelda abrió Chez Zelda, su primera boutique en Nueva York, la primera en su tipo propiedad de una mujer afroamericana en toda la ciudad. Estaba enclavada en los terrenos que ahora ocupa Washington Heights, en Broadway con la Calle 158 Oeste. En la aventura empresarial la acompañó su hermana menor María Barbour, que se encargaba de supervisar cada día la tienda. Inmediatamente la boutique de Zelda Wynn atrajo a las más elegantes celebridades y mujeres ricas.

Cuarenta años después, Zelda terminaría en un local diez veces mayor en el centro de Manhattan, en West 57th Street. Tenía 65 años, edad en la que la mayoría de los diseñadores ya se han retirado, pero Zelda respondió al reclamo del maestro Arthur Mitchell, creador de la primera compañía negra de ballet, para diseñar la ropa de la puesta de largo del naciente Teatro de Danza de Harlem.

Gracias a una de sus primeras clientas, la esposa de un líder de una banda negra de swing de la década de los 40, Zelda entró de lleno en el mundo de la farándula. A su atelier vendrían después Josephine Baker, Marian Anderson, Ella Fitzgerald, Dorothy Dandridge, Joyce Bryant, María Cole, la esposa de Nat King Cole, Edna Robinson, la esposa de Sugar Ray, y superestrellas como Gladys Knight y la diva de la ópera Jessye Norman. También diseñó vestidos para Marlene Dietrich y Mae West, que la consideraba la mejor diseñadora de Hollywood.

Zelda fue cofundadora y presidenta de la NAFAD, la Asociación Nacional de Moda y Complementos, un proyecto de la educadora negra Mary McLeod Bethune. Era un grupo industrial destinado a la promoción de los profesionales negros del diseño, en un momento en que la industria de la moda padecía la misma segregación racial que la sociedad misma. Zelda se movía en un entorno empresarial blanco, racista, masculino y elitista muy reticente a reconocer sus logros y proclive a ponerle dificultades en el camino.

Pero de sí misma decía: “Dios me ha dado un talento especial para hacer a la gente hermosa y mi obligación es no parar de hacerlo hasta que él me lo permita”. Y porque celebraba la vida, amortajó a su abuela con el primer vestido en tela que había hecho para ella cuando era sólo una niña de 15 años, y que la anciana usó y cuidó con esmero hasta el mismo día de su muerte.

A principios de los años 50, la cantante negra Joyce Bryant era una gran estrella en la comunidad negra, y una de las primeras mujeres de color en aparecer en la revista Life. Se le conocía como “la Marilyn Monroe Negra”. A pesar de ser una soprano espectacular, Joyce fue conocida por su atractiva imagen, y esa imagen se la fabricó Zelda Wynn. En notas de prensa de la época, se dice que “los vestidos de Zelda cambiaron la carrera de Joyce Bryant, quien antes de vestir sus trajes, llevaba vestiditos bouffant, de corte dulce y casi religioso”. Zelda convenció a Joyce de no seguir ocultando sus curvas, y en cuanto Bryant comenzó a usar vestidos ceñidos y escotados, su carrera despegó hacia el estrellato.

El espaldarazo definitivo a su carrera se lo dio Hugh Hefner, que la contrató para diseñar los primeros trajes de conejito de Playboy en la década de 1950. Para Hefner, Zelda era “la reina de todo lo descarado elegante y sexy en ropa de mujer”. Todavía se puede ver la influencia de Zelda en la moda actual del espectáculo en el diseñador Zac Posen.

Zelda nunca se tomó unas vacaciones, era una trabajadora incansable. Después de 82 producciones de ballet, 38 películas y más de 100 espectáculos musicales en 22 países, se había convertido en la matriarca de las diseñadoras de vestuario de muchas 'celebrities' de Estados Unidos.

Zelda, la modista cubana de las estrellas, siguió siendo una leyenda viva después de sus 83 años, edad con la cual retiró, hasta los 93 que cumplió en 2001, cuando se fue para siempre. A sus exequias asistieron lo que más valía y brillaba del mundo estadounidense del espectáculo, y Hugh Hefner le dedicó un sentido discurso de despedida, agradeciéndole haber vestido a sus conejitas y dotar a Playboy de una imagen imperecedera y glamurosa.

Es la historia de Zelda Wynn Valdés, la negra habanera que vistió a grandes estrellas de Hollywood.

Carlos Ferrera Torres
Blog Negra cubana tenía que ser, 26 de marzo de 2016.
Foto de Zelda Valdés tomada de Black Then.


miércoles, 25 de mayo de 2016

Dolores Rondón, una mulata legendaria



Santa María del Puerto del Príncipe, la villa de los tinajones, la de estrechas calles está de cumpleaños. Llega a nuestros días empapada de historias que engrandecen el alma. Historias que hacen que uno se pierda en el tiempo e imagine a sus protagonistas envueltos en el velo de misterio que los convirtió en leyendas.

Cuentan los abuelos, los que todavía dicen 'abur' y 'cómo andáis', que todo comenzó en las húmedas y largas noches primaverales cuando los monteros de antaño, reunidos en torno al fuego se dedicaban a contar historias.

De esta forma nos surgen leyendas como la de la cruz de sal, la del diablo que habitaba la villa, la del aura blanca que logró salvar el leprosorio del Padre Valencia o la del Santo Sepulcro del Padre Agüero.

Sin duda alguna, una de las más representativas leyendas del Camagüey es la que rodea la historia de una mulata, quien ha sido inmortalizada y es conocida por varias generaciones mediante el epitafio que nos recuerda lo que realmente es esencial en la vida.

La criolla que protagoniza esta leyenda tuvo una existencia algo nebulosa. Hija ilegítima de un comerciante catalán jamás tendría, gracias a la doble moral de su tiempo, el apellido de su padre: nunca sería Dolores Rams y entonces nos llegó con el nombre de Dolores Rondón.

Criada en un barrio humilde de la villa, creció con el ansia de subir en la escala social y así ocupar en ella lo que, por las circunstancias de su nacimiento, le estaba vedado. Así se convirtió en una muchacha hermosa, refinada, orgullosa, siendo deseada por todos los hombres que la conocían.

Aparece en ese tiempo Agustín Moya, un barbero con una excelente vocación literaria y a quien la Rondón rechazó para casarse con un oficial español. La joven había logrado sus sueños.

Por la profesión de su esposo y no mucho tiempo después de las nupcias, Dolores abandona la villa con otro destino que en la leyenda se extiende desde Santiago de Cuba hasta La Habana.

Décadas pasaron y el barbero Moya no volvió a tener noticias de la esquiva mulata, a la que posiblemente fue olvidando, mientras dividía su tiempo entre la barbería, la literatura y las obligaciones que su oficio le imponía en los hospitales de la ciudad, pues los barberos debían servir además como sacamuelas o sangradores.

En tiempos de epidemia, Moya tenía mucho que hacer en los dos hospitales civiles de la villa: el de San Juan de Dios para los hombres y el de Nuestra Señora del Carmen para las mujeres.

En 1863 la viruela azotaba al pueblo y Moya hacía lo que podía en el hospital de mujeres. Allí, mientras atendía a una enferma en estado crítico, reconoció entre los estragos de la enfermedad un rostro conocido y amado. Ante él estaba Dolores Rondón, pobre, enferma y abandonada a la caridad pública.

El barbero no podía hacer nada ya, era demasiado tarde. Al otro día de haberla encontrado, la legendaria mestiza falleció y ni siquiera era posible reclamar el cuerpo que obtuvo descanso en una fosa común del Cementerio General.

Al parecer, la Rondón había enviudado. Sola y sin recursos regresó a Camagüey para llevar una vida anónima que terminaba así, en medio de una epidemia y socorrida por aquel que en otro tiempo había despreciado.

Ante esta situación, el barbero quiso poner un aleccionador epitafio en la fosa donde reposaban los restos de la que fuera su amada. Luego el texto ya era conocido por todos y aunque la fosa desapareció ya muchos pobladores tenían la transcripción o se lo sabían de memoria.

En 1935, por iniciativa del alcalde de facto Pedro García Agrenot, se construyó un pequeño monumento en el que está grabado el famoso epitafio: Aquí Dolores Rondón finalizó su carrera/Ven mortal y considera/ Las grandezas cuales son/ El orgullo y presunción/ La opulencia y el poder/ Todo llega a fenecer/ Pues solo se inmortaliza/ El mal que se economiza/ Y el bien que se puede hacer.

Por ironías del destino, después de morir en la indigencia y ser enterrada en el anonimato de una fosa común, el epitafio que recuerda la existencia de Dolores Rondón se ubicaba en la zona más aristocrática del cementerio, entre las familias que ella hubiera querido frecuentar en vida. De esta forma llegó a la grandeza y hoy a quien visita su tumba le recuerda que lo esencial se lleva en el alma.

Dione Ramos González, estudiante de periodismo
Periódico Adelante, Camagüey, 8 de febrero de 2016.
Foto de la tumba de Dolores Rondón tomada de The Legend of Dolores Rondon.

lunes, 23 de mayo de 2016

La Casa de Cultura de Velasco



Los sucesos de enero de 1959 pusieron fin a la intensidad constructiva del período republicano para dar a luz obras puntuales -Escuela Nacional de Arte, Pabellón Cuba, edificios académicos de la CUJAE- que hasta hoy son citadas como lo mejor de la arquitectura revolucionaria, antes de hundirse en la oscura era del prefabricado.

En este contexto, un promotor cultural llamado Félix Varona Sicilia, nacido en 1927, asumió “a pies juntillas” el precepto revolucionario según el cual la creación artística debía llegar a todos los rincones de la Isla, e hizo público su deseo de construir, en Velasco, su pueblo natal, perteneciente a la provincia de Holguín, la casa de cultura más bella de Cuba.

En Velasco, Félix Varona había fundado un grupo de teatro compuesto por aficionados, pero al no disponer de un lugar donde presentar sus obras, hicieron del espacio público su escenario. Por aquella época, mediante un amigo común, conoció al arquitecto cubanoamericano Walter Anthony Betancourt Fernández, quien convertiría el ambicioso proyecto del velasqueño en la soberbia obra que hoy recibe e impresiona a los visitantes.

La idea de una edificación maciza y apaisada -para no romper demasiado con la horizontalidad y escala humana de las casas circundantes-, construida en su totalidad con ladrillos rojos, se reveló como una acertada simbiosis entre el espíritu contemporáneo y el legado de la arquitectura tradicional cubana. La presencia de techos a dos y cuatro aguas con tejas criollas, la madera, la herrería, los paneles de cristal y hasta un rosetón con vitral coronando el frontón de la sala de teatro, son algunos de los elementos que hacen de la Casa de Cultura de Velasco un prodigio de modernidad capaz de recrear tanto el carácter de la arquitectura cubana del siglo XVIII como los códigos neo-historicistas, que ofrecen al espectador hermosas remembranzas del período románico europeo.

La excepcionalidad del inmueble también se verifica en su orgánica relación con el entorno natural y el atractivo sistema de circulación implementado por el arquitecto. Según palabras de Rafael Córdova, actual administrador de la institución, el proyecto original abarcaba dos manzanas, con dos escenarios interiores y tres a la intemperie. Si bien el resultado final no se ajusta del todo a la idea original, la Casa de Cultura de Velasco cuenta con una sala para conciertos y representaciones teatrales, un primoroso recinto con plataforma para clases de danza, espacios diversos para la enseñanza artística y una biblioteca pública cuyo estado general, como el de casi toda la edificación, deja mucho que desear.

No fueron pocos los obstáculos que debieron sortear Félix Varona y Walter Betancourt para que la obra fuera aprobada. El principal argumento en contra era lo inapropiado de la localidad escogida. Sobre este particular, el propio Córdova asegura: “La casa se terminó porque ya estaban construidos sus cimientos. Solo se quedó en Velasco porque no tenía rueditas. De lo contrario, ya se la hubieran llevado a otro lugar. Si esta casa estuviera en un sitio diferente, se habrían tomado un interés mayor en su restauración”.

Pese a que no existían fondos suficientes para costear el proyecto, el 4 de mayo de 1964 se inició la construcción de la Casa de Cultura. La inventiva de Félix Varona hizo de dos matas de mango la primera valla promocional para llamar la atención de vecinos y viajeros. Una soga extendida entre ambos troncos sostenía el cartel que cambió el cariz de los acontecimientos: “Por favor, done usted un ladrillo”, fue el mensaje elegido y surtió un efecto inmediato.

Los choferes de autos de alquiler entregaban dinero, y también los residentes contribuían -de acuerdo a sus posibilidades- económicamente o donando los preciados ladrillos. Ese fue el comienzo, gracias a la voluntad de dos hombres y al entusiasmo de un pueblito que no había soñado para su geografía nada semejante.

El proceso constructivo fue interrumpido en varias ocasiones por diversos motivos: falta de recursos, disensiones en cuanto a la pertinencia de la edificación y, finalmente, el deceso de Walter Betancourt en 1978. A cargo del proyecto quedó el arquitecto Gilberto Seguí, quien veló porque la obra -concluida en 1991- resultara lo más fiel posible a los planos trazados por su autor.

A pesar del invaluable tesoro que representa, la Casa de Cultura de Velasco lleva tres años cerrada al público. En 2013, ante su evidente deterioro, se redoblaron los esfuerzos para que fuese declarada Monumento Nacional. César Hidalgo, conductor del programa radial Huellas, especializado en el patrimonio holguinero, explicó a esta reportera que el único modo de reparar la Casa de Cultura era lograr su catalogación como Monumento Nacional, pero para ello debía primero ser restaurada. La vieja historia del huevo y la gallina.

Un colaborador anónimo aseguró que no han faltado inversionistas foráneos con voluntad de cooperar en la restauración. Pero la inflexible burocracia cubana, sumada al desvío, en 2004, de una cuantiosa suma aportada por un mecenas español para la conservación de la obra, ha hecho desistir a casi todos los interesados.

El quebranto general ocasionado por décadas de abandono y el paso del huracán Sandy en 2012, que arrasó con tejas y cristales, además de haber dañado severamente la carpintería, obligaron a la aprobación, en 2015, de un presupuesto que hoy se invierte a cuentagotas. Mientras, el centro de la vida cultural de Velasco se mantiene cerrado sin que las intervenciones realizadas hayan superado el arreglo de uno de los techos.

Se ha hecho muy poco, después de transcurridos tres años del cierre de la Casa a los usuarios debido a filtraciones que aceleraron el deterioro del inmueble. Rafael Córdova explicó a CubaNet que solo el techo y varios paneles de cristal del salón de danza han sido casi totalmente remozados desde que se iniciaran los trabajos en 2015, con un presupuesto de 173 mil pesos (unos 7 mil dólares).

Las obras, a cargo de una brigada de constructores por cuenta propia, debían extenderse al techo del teatro a partir del 1 de marzo de 2016, pero hasta el momento ha sido imposible contactar a los obreros, de manera que las autoridades implicadas se hallan nuevamente haciendo gestiones de contratación. La suma destinada a esta segunda etapa constructiva oscila en unos 224 mil pesos.

Pese a la indiferencia y las irregularidades, este recinto de la cultura comunitaria conserva muchos de sus accesorios originales: lámparas, cancelas, puertas, galerías… Es casi un milagro que el tiempo apenas haya hecho mella en estos preciosos elementos de diseño que conforman la exquisita visualidad interior de la edificación.

Entre las muchas cosas que definen a Cuba, sobresale el constante deslizamiento por el borde mismo del absurdo y, no pocas veces, el haberse lanzado de bruces a las empresas más ridículas. El empeño de los holguineros en lograr que la Casa de Cultura de Velasco fuese declarada Monumento Nacional, se estrelló contra argumentos que iban desde la insuficiente antigüedad de la construcción hasta la inapropiada localización de la Casa, pues Velasco no representa una atracción turística.

Lo insólito de tales posturas es que si se efectúa una revisión de la arquitectura cubana a partir de 1959, se percibirá que en más de medio siglo poco se ha hecho que valga la pena, lo cual hace incomprensible la dilación a la hora de jerarquizar una de las mejores construcciones del período revolucionario.

¿Qué tanto había que esperar? ¿Acaso es obligatorio que un inmueble posea tejadillo y entresuelo, como las casas coloniales, para optar por la categoría de Patrimonio Nacional? ¿Qué lugar y mérito corresponde a esa arquitectura erigida según los sueños de una revolución naciente, donde se suponía que todo fuese nuevo y osado?

Según Rafael Córdova, el administrador, existe un sobre sellado que contiene la esperada declaración de la Casa de Cultura de Velasco como Monumento Nacional, pero no se puede abrir en tanto la obra no esté del todo remozada. Paradójicamente, oficializar dicho nombramiento podría apresurar la llegada de los recursos necesarios y serían redoblados los esfuerzos para la ansiada restauración del edificio.

La Casa de Cultura de Velasco -hoy Centro Cultural Félix Varona- ha contribuido a visibilizar en el mapa de Cuba este pequeño pueblo de agricultores, que antaño era conocido únicamente por la bondad de su tierra para la siembra de frijoles.

La lenta depauperación del inmueble, su soledad y abandono, constituye una de las mayores contradicciones de la política cultural revolucionaria. ¿Era o no era un precepto del socialismo cubano llevar las artes a los rincones más apartados de la Isla?

Probablemente, al autor de la frase no se le ocurrió que la perseverancia de un aficionado y el genio de un arquitecto colocarían en la punta de una loma, por así decirlo, un auténtico símbolo de revolución cultural en favor de los campesinos. Símbolo que, con el paso inexorable del tiempo, ha demostrado cuánto de falacia había en aquellos discursos fundacionales.

Texto y foto: Ana León
Cubanet, 24 de mazo de 2016.
Leer también: Una joya de la arquitectura cubana.

viernes, 20 de mayo de 2016

Cienfuegos y sus dos cementerios (II y final)



Con un área total de más de 176 mil metros cuadrados, el Cementerio Tomás Acea, en Cienfuegos, fue construido en 1926 y se encuentra entre los kilómetros 3 y 4 de la antigua Carretera del Junco, hoy Avenida 5 de Septiembre. En 1978 fue declarado Monumento Nacional debido a sus valores arquitectónicos, históricos y ambientales.

Fue ejecutado con parte del dinero que dejó al morir la señora Francisca Tostes y García, viuda de Nicolás Acea y de los Ríos. La generosidad de esta familia permitió a Cienfuegos construir una necrópolis moderna, a la que le pusieron el nombre de su hijo Tomás.

Concebido para una población que entonces contaba con 150 mil habitantes, el proyecto y ejecución del cementerio estuvo a cargo de los ingenieros Pablo Donato Carbonell y Luis Felipe Ros. De ella impresionan la majestuosidad del edificio central y su sobrio diseño, inspirado en los cementerios del nordeste de los Estados Unidos.

Fueron aprovechadas las ondulaciones del terreno, en el que también resalta la armoniosa relación de las construcciones con la naturaleza, lo cual se pone de manifiesto en la denominación de las calles interiores: Los Pinos, Los Cedros, Los Robles, Las Palmas y Los Álamos, entre otras, las cuales sirven de enlace con todas las secciones en las que fue dividido el terreno.

Muchos aseguran que la fachada del edificio central está inspirada en la Acrópolis de Atenas aunque la magnificencia de la edificación obedece al estilo neoclásico, corriente arquitectónica que predominó en Cienfuegos desde finales del siglo XIX.

En esta necrópolis destacan los monumentos funerarios de la actriz Luisa Martínez Casado, el dedicado a los Veteranos de las Guerras de Independencia y el de los combatientes contra la dictadura de Batista y otros erigidos por pudientes familias cienfuegueras. También se destaca el Monumento a los Mártires del 5 de Septiembre de 1957, construido en 1977, un proyecto de los arquitectos Daniel Taboada y Enrique Capablanca y el escultor Evelio Lecour.

Uno de los custodios presentes en la necrópolis el día de nuestra visita, nos dijo que hasta hace aproximadamente un año, las fechorías en el cementerio Tomás Acea parecían no tener fin. “Es un cementerio muy grande, y aunque la cerca perimetral está en buen estado, no es muy alta y los maleantes se aprovechan de eso para entrar”.

Al preguntarle acerca de lo que buscan esas personas en el camposanto, nos respondió que “la mayoría vienen a robar huesos para hacer brujerías”, aunque ha habido quienes han sustraído elementos de bronce de los panteones y tumbas. Pero asegura que al aumentar el número de custodios, se ha podido frenar la comisión de esos delitos.

Debido al silencio sobrecogedor del lugar, quise saber si cuando trabaja de noche no siente temor. Sonriendo dice: “De los muertos no siento miedo pues ellos están ahí tranquilitos. De los que vienen a profanar sepulturas sí me cuido, y bastante, porque son gente de cuidado. Llevo quince años trabajando aquí y es un lugar tan natural como otro cualquiera, con la diferencia de que siempre te recuerda la cercanía de la muerte".

Y nos cuenta que hace unos meses tuvo que pedir ayuda a la policía, "pues de madrugada sorprendimos a tres ciudadanos tratando de abrir una de las bóvedas de las logias. La policía vino rápido, de lo contrario cualquier cosa habría pasado. Como ve, los peligrosos son los vivos, no los muertos". Y dando por terminada la conversación se alejó por la calle de Los Álamos.

Texto y foto: Roberto Jesús Quiñones Haces
Cubanet, 15 de marzo de 2016.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Cienfuegos y sus dos cementerios (I)



Muchos aseguran que Cienfuegos, aunque no está entre las ciudades más grandes y pobladas de Cuba, sólo es superada en cuanto a belleza natural y arquitectónica por La Habana.

La amplitud de sus calles y su trazado cuadricular unidos a su bahía, una de las más hermosas y activas del país, con el paisaje del Escambray al este, constituyen elementos que la distinguen.

A la antigua colonia de Fernandina de Jagua también la distingue el estilo neoclásico de sus edificaciones. La zona del parque José Martí, centro fundacional de la ciudad, destaca por la magnificencia de las construcciones que lo rodean, entre las que sobresalen el antiguo colegio San Lorenzo, la Catedral, el antiguo Ayuntamiento, hoy sede de la Asamblea Provincial del Poder Popular y el Teatro Tomás Terry.

Las obras mencionadas constituyen ejemplos cimeros de una pujanza económica que benefició a la ciudad desde su fundación hasta 1959 y se extendió hasta el famoso Vedado habanero, donde la sacarocracia cienfueguera dejó sus huellas.

En Cuba hay sólo cuatro cementerios que han sido declarados Monumentos Nacionales: el Cementerio de Colón, en La Habana; el de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, y en Cienfuegos, los Cementerios de Reina y el Tomás Acea, algo que aporta otro elemento para su distinción entre las ciudades cubanas.

Ubicado en el barrio de Reina, al suroeste de la ciudad, su construcción se realizó entre 1836 y 1839 para sustituir a la primera necrópolis cienfueguera, fundada en 1820 en la zona de Cayo Loco. Al principio, el Cementerio de Reina era conocido como cementerio municipal, nombre que luego sustituyó por el actual.

Aunque perdió importancia luego de la construcción del Cementerio Tomás Acea, todavía en el Cementerio de Reina se realizan inhumaciones. Su valor histórico y patrimonial radica en que es el único cementerio de nichos verticales que ha sido conservado en el país pues el primero fue el de Espada, en La Habana, pero de éste sólo se conserva información documental.

El uso de nichos verticales era una práctica propia del siglo XIX que los cienfuegueros tomaron de Francia y se caracteriza por el uso de tres hileras de nichos.

En el caso del Cementerio de Reina, estos nichos conforman las paredes de su primer patio donde destacan sus lápidas, que hoy están consideradas como verdaderos tesoros del arte estatutario en bajo relieve, hechas de pizarra, hierro fundido y mármol. También se destacan las rejas de hierro por su calidad y terminado, las cuales delimitan tumbas y panteones y a ellas se unen admirables estatuas de mármol, como la de La bella durmiente, considerada una copia de otra que se encuentra en el cementerio de Stagueno, Italia.

Los nichos más antiguos que se conservan en el lugar son los de Andrés Dorticós Casseau (1843) y el de Juan Vives (1845). En esta necrópolis también se hallan los restos de insignes patriotas de nuestras gestas independentistas, entre ellos el general de brigada Henry Reeve, El Inglesito, el comandante José Manuel Cepero Abreu y el general Higinio Esquerra.

Declarado Monumento Nacional en 1986, el Cementerio de Reina necesita una urgente atención: a la inexorable acción del tiempo se unen las acciones delictivas que han provocado evidentes daños.

Texto y foto: Roberto Jesús Quiñones Haces
Cubanet, 15 de marzo de 2016.

sábado, 14 de mayo de 2016

Bayamo, ciudad de himno y combate



Bayamo es una ciudad bañada por las aguas del río del mismo nombre, actualmente la capital de la provincia de Granma y escenario de acontecimientos trascendentales que avalan su condición de Monumento Nacional y Cuna de la Nacionalidad Cubana.

Segunda villa fundada en Cuba por los colonizadores españoles, el 5 de noviembre de 1513, conserva su nombre aborigen y es la patria chica de próceres como Carlos Manuel de Céspedes, Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio (http://www.ecured.cu/Francisco_Maceo_Osorio) y otros dignos patriotas. Lugar de bellas tradiciones que han llegado hasta nuestros días y forman parte de la identidad nacional.

A más de cinco siglos de su fundación, Bayamo abre horizontes desde la voz y protagonismo de sus habitantes. Quienes la ven de formas diversas, pero con semejante pertenencia.

Julia Santisteban, 62 años, vecina del Reparto Jesús Menéndez, considera que “Bayamo ha cambiado mucho desde que la conocí, allá por el año 1953, pues nací en Santiago de Cuba. Es una ciudad cercana aunque nunca la hayas visitado, pues se habla de ella en los libros y en las escuelas, por su importancia en la historia cubana. Pero no se ha desarrollado como se merece. Para mí, Bayamo tiene más relevancia incluso que la ciudad donde nací".

Un detalle poco conocido de su fundación lo cuenta el historiador Aldo Daniel Naranjo: “En el año de 1517 Juana la Loca, hija de los Reyes Católicos y Reina de España, concede un escudo de armas a Bayamo, que fue el primero asignado a un pueblo del Nuevo Mundo. En la década de 1570, esta ciudad era la más próspera de las villas cubanas, al contar con un tercio de la población existente en esos momentos en la Isla. Ya en 1766, en el Convento de San Francisco, existía en Bayamo una Escuela de las Primeras Letras, Cuentas y Latinidad".

Luis Roa Miniet, ex estudiante de artes plásticas de la extinta Academia Oswaldo Guayasamín de Bayamo, señala que tuvo el privilegio de formarse en una de las escuelas con mayor prestigio en la formación de plásticos del país. "Y, además, en nuestra propia ciudad y provincia. Ahora, por decisiones que nadie entiende, hay que irse a estudiar a Holguín o Santiago de Cuba".

En el territorio que ocupa hoy el municipio de Yara, tuvo su primer asiento la ciudad insignia. El 29 de abril de 1604, el obispo Fray Juan de las Cabezas Altamirano fue raptado en Yara por el corsario francés Gilberto Girón. Este hecho, unido al rescate del obispo, sirvió de inspiración a Silvestre de Balboa Troya y Quesada para escribir, en 1608, el monumento más antiguo de la literatura cubana: Espejo de Paciencia.

El joven poeta Omar Parada Soto declara: “Vivimos orgullosos de las magistrales páginas literarias que se crearon en Bayamo por el bien de la nación. Pero es lamentable que los destinos de publicación y promoción de nuestras creaciones, vayan asociados al lugar donde vivas. Estar en una ciudad de interior no nos ayuda en nada. A pesar de la puesta en marcha de casa editoriales provinciales, La Habana y el Instituto Nacional del Libro siguen siendo los que determinan los planes editoriales y quiénes acceden a sus beneficios. Bayamo podría exponer y ofrecer mucho más al catálogo literario nacional, pues tenemos excelentes escritores.”

Primera ciudad liberada por el Ejército Mambí bajo el mando del patricio Carlos Manuel de Céspedes, quien constituyó en sus predios la República en Armas. En sus calles plenas de regocijo y fervor se compuso e interpretó por vez primera el Himno de Bayamo, hoy Himno Nacional de la República de Cuba.

Los bayamenses defienden su historia. Es el caso la octogenaria Francisca Fonseca: “Bayamo atesora hermosas leyendas y obras arquitectónicas entre las que se destacan la Capilla Nuestra Señora de los Dolores, hoy Catedral Arquidiócesis Bayamo- Manzanillo, el pórtico del primer Cementerio Católico de América Latina y las ruinas del glorioso incendio de 1869. La ciudad conformó su identidad cultural en el período colonial, presentando determinadas características en su devenir histórico con ciertos rasgos que aportan matices peculiares dentro de la unidad de la nación.”

La Bayamesa, considerada la primera canción romántica cubana, escrita por José Fornaris, puesta en música por Céspedes y Del Castillo e interpretada por el tenor Carlos Pérez Tamayo, acompaña, desde el 27 de marzo de 1851, ese halo libertario de paz y prosperidad de una ciudad que se antoja diferente.

Marcel Escobar, 24 años, dice: “Soy muy feliz en mi ciudad. Me encanta y la disfruto cada día. La extraño cuando estoy fuera y cuando la comparo con otras del país, me apego más a ella. Los bayameses somos personas abiertas y solidarias. Somos privilegiados de haber nacido y de vivir una ciudad que es símbolo para todos los cubanos. Aunque debemos protegerla y dignificarla más. Nos toca a los jóvenes ese papel".

Según Ludín Fonseca, historiador de la ciudad, su impronta en la senda de la patria, “le señala siempre presente. La etapa final de la lucha del pueblo cubano por su definitiva independencia tuvo en Bayamo a una ciudad aliada y cómplice. No se le ha cuidado como merece, su arquitectura colonial está muy deteriorada y faltan los recursos para su restauración. En Cuba hay urbes mejor conservadas que Bayamo y eso es triste y lamentable.”

Y es que esta ciudad de ensueños, bardos y poetas, hace honores a la sabia de grandes hombres que la redefinen, como el investigador Ángel Lago Vieito quien en su artículo La Identidad Cultural en el Bayamo Colonial escribe: “Bayamo fue considerado como el pueblo más díscolo y pleitista de la Isla; los capitanes generales sostenían el criterio de que sus habitantes eran desobedientes, no cumplían las disposiciones de las autoridades superiores, y cuando se intentaba castigarlos no era posible hacerlo porque se refugiaban armados en los montes”.

De esa razón de fuerza y espíritu se nutre y se levanta la nueva ciudad. Junto a ella, su pueblo, el cual con sus modos de percibirla y hacerla suya, la ofrenda al altar supremo de la patria.

Texto y foto: Ricardo Sánchez Tamayo
Cubanet, 5 de noviembre de 2015.

jueves, 12 de mayo de 2016

Boom poblacional en Cárdenas


Fuera y dentro de Cuba se conocen el próspero balneario de Varadero y los pozos de petróleo en tierras de la zona. Pero apenas se sabe de Cárdenas, a 150 kilómetros al este de La Habana, donde están enclavadas todas esas riquezas.

Es el municipio cubano que más crece en población, un caso raro en una nación de 11,2 millones de habitantes, marcada por el acelerado envejecimiento, entre otras causas debido a las bajas tasas de natalidad y fuerte emigración hacia otros países.

En la última década, Cárdenas vive un aumento anual de 1,36 por ciento de su gente, en su mayoría por el flujo migratorio interno, lo que actualmente la convierte en una localidad casi tan poblada como Matanzas, la capital de la provincia del mismo nombre, y de la cual el municipio forma parte.

“La ciudad no estaba concebida para un crecimiento de manera abrupta, que ha rebosado todos los servicios de infraestructura”, explica Lázaro Vicente Suárez, vicepresidente del gobierno municipal.

Las autoridades calculan en 150 mil el número de habitantes y en 20 mil personas de paso en Cárdenas, un territorio llano de 577 kilómetros cuadrados, de los que más de 300 los ocupa la ciudad cabecera del mismo nombre.

Suárez explicó que los migrantes vienen de todas partes de la isla, atraídos por las oportunidades en los sectores de turismo, petróleo y construcción. Y también en el floreciente sector privado, que registra 12.300 trabajadores, la mayor cifra de la provincia. Los trabajadores estatales reciben salarios superiores a los 24 dólares mensuales.

Los nacidos y criados en Cárdenas opinan que la naturaleza bendijo a estas tierras por partida triple.

En el municipio se ubican los 22 kilómetros de playas de Varadero, conocidas en otras latitudes por sus aguas azules y arenas blancas y muy finas. En Varadero se edificó y se sigue ampliando, el mayor polo turístico de Cuba, que facturó 38 por ciento de los 2,700 millones de dólares obtenidos en 2014 por la industria del ocio.

Debajo de esas costas paradisíacas, pasa un rico yacimiento de petróleo, denominado Varadero 1.000, explotado a través de la perforación horizontal más larga hecha en el archipiélago cubano. Con 90 pozos, ese campo aportó 185 millones de barriles entre 1971 y 2014.

Cádenas, además, está rodeada de canteras de minerales, canteras que han nutrido las grandes construcciones llevadas a cabo durante los últimos veinte años y siguen posibilitando la expansión del polo turístico, situado a 10 kilómetros del centro de la ciudad.

Pero la llegada sostenida de nueva población hizo colapsar los servicios básicos de abasto de agua, recolección de desechos, tratamiento de aguas servidas, generación de electricidad y hasta de educación y salud. En la periferia de Cárdenas crecieron los asentamientos informales.

Si uno se aleja unos pocos kilómetros del centro urbano, llega al caserío La Cartonera, llamado así por estar cerca de una fábrica de cartones. Entre calles polvorientas se alzan 200 viviendas ilegales de paredes de canto y techos de hormigón armado en su mayoría, aunque unas pocas tienen cubiertas ligeras de metal o fibrocemento.




En tendederas colocadas en lo que será el portal de su casa, la camarera Yelenis Irán, de 32 años, cuelga sábanas blancas y ropa para secarlas al sol. “Somos naturales de Baire y ya toda la familia ya está aquí”, dice Yelenis, madre y trabajadora de un hotel en Varadero. “Todavía no tenemos propiedad de la vivienda. Ellos (las autoridades) una vez nos dijeron que hiciéramos los papeles. Hicimos algunos trámites, pero nunca más han vuelto”, indica la joven, para quien la falta de agua y deficiente recolección de basuras son los principales problemas.

“El objetivo del gobierno es legalizar los 21 asentamientos en esa situación, para poder ordenarlos de manera adecuada”, señala Ernesto Pérez, desde hace cuatro años presidente (alcalde) del gobierno municipal de Cárdenas. Pérez asegura que "no es política del Estado cubano que esas personas sean desalojadas”.

Las autoridades tienen registradas alrededor de 4,500 viviendas ilegales, aunque en los últimos tiempos, la administración actual logró entregar las propiedades y mejorar la situación de ocho comunidades sin papeles.

“La ciudad se caracteriza por sus calles muy rectas. Eso se ha perdido en las zonas donde las personas construyeron en forma ilegal. Hasta las autoridades han tenido que demoler construcciones en lugares totalmente inadecuados”, aclara la profesora Beatriz Lima. A su juicio, “Cárdenas de alguna manera se ha detenido para desarrollar a Varadero. Me parece que todos los esfuerzos han ido hacia allá”.

Las autoridades locales no tienen todas las herramientas en sus manos para terminar con esa situación. Integrantes del consejo de gobierno municipal explicaron a IPS que el Instituto de Planificación Física carece de una norma para legalizar los asentamientos irregulares, como la hubo en un pasado reciente. Y en la localidad dependen de la decisión centralizada de dicho Instituto.

Como Cárdenas, los 168 municipios subordinados a las 15 provincias cubanas, sufren limitaciones para desempeñar su gestión, por el burocratismo y los grandes problemas acumulados por la postergación durante décadas de los planes territoriales, en un país de sistema centralizado y estatatizado que las reformas iniciadas en 2008 pretenden cambiar.

Aunque calificadas de lentas e insuficientes por los especialistas, las transformaciones realizadas por el gobierno de Raúl Castro pueden contribuir al empoderamiento de las municipalidades y, sobre todo, en la creación de pequeños fondos propios derivados de los impuestos al sector privado.

“La idea del impuesto de uno por ciento es magnífica porque todo va al desarrollo local”, sostiene el alcalde Ernesto Pérez, en referencia al gravamen sobre los ingresos que desde 2015 todas las empresas, sociedades mercantiles y cooperativas pagan a las arcas municipales.

En 2015, Cárdenas recaudó 7,6 millones de pesos cubanos (316,600 dólares) y en 2016 estima ingresar ocho millones (333,300 dólares). Del dinero ingresado el año pasado, destinaron fondos para la construcción del nuevo acueducto, en fase de ejecución, que ya ha beneficiado a 25 mil personas, aunque todavía otras 30 mil esperan por agua corriente.

Según el alcalde, manejan alternativas para la montaña de asuntos pendientes, en un plan de ordenamiento territorial y una estrategia de desarrollo local. Entre otros, discuten un proyecto para construir el ansiado alcantarillado, con la cooperación alemana planean un sistema de clasificación, recolección y reciclaje de basuras y tienen previsto un vertedero municipal, cuatro nuevas subestaciones de generación eléctrica así como un complejo escolar.

Muchas de esas medidas han sido originadas por el bloom poblacional en el municipio de Cárdenas.

Ivet González
IPS, 19 de febrero de 2016.
La foto de Yelenis Irán fue realizada por Jorge Luis Baños/IPS.
Ver video del compositor cubanoamericano Jorge Luis Piloto interpretando su canción dedicada a Cárdenas, su ciudad natal.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Santiago de Cuba: mercado de encantos




Muchas son las creencias que le han aportado al cubano las diferentes culturas que se fueron uniendo para formar nuestra nacionalidad. En Santiago de Cuba eso se respira en la personalidad de sus habitantes, en el ambiente de sus empinadas calles.

No son pocos los santiagueros que apuestan por recibir alguna ayuda de esos santos/orishas que a muchos les acompaña en diversos instantes de su existencia. Para lograr la “ayuda" precisada, siempre tendrás que hacer una ofrenda, bañarte con alguna yerba o utilizar animales o huevos en una “limpieza”.

Los “ingredientes del remedio santo” suelen ser difíciles de conseguir en otras provincias, pero en Santiago no es así. El nativo sabe que, por un determinado precio, en la intersección de la Avenida Martí con la Calle Moncada, se pueden encontrar esos elementos “necesarios” para continuar buscando la felicidad, sin temerle al "mal de ojo".

En esa especie de mercado de encantos venden desde palomas, jicoteas, gallinas prietas o de guinea, agua bendita, aceites con poderes especiales hasta yerbas como 'abre camino', 'rompe saragüey' o 'yo puedo más que tu', entre otros productos milagrosos.

Personas de bajos ingresos han encontrado en esos rudimentarios quioscos el sustento para ellos y sus familiares. Caminar por el inusual mercado es una experiencia interesante.






Texto y fotos: Taylor Emilio Torres Escalona
Havana Times, 29 de enero de 2016.

lunes, 9 de mayo de 2016

Matanzas, el París cubano



Matanzas y París, dos ciudades separadas por el Atlántico, distantes una de otra por cientos de millas, sin embargo tienen algo más en común que sus bellezas naturales.

Matanzas acogió y abrigó en su seno, desde épocas pasadas, a hijos de la tierra de Víctor Hugo. Aquí dejaron los parisinos su impronta haciendo posible que no solo nos una el hecho de contar con nombres en común: París, Louvre, Concordia o Versalles. Entonces ¿quién pone en duda la huella francesa en nuestra matanceridad?

Desde el siglo XVI existe constancia de la presencia francesa en la ciudad de Matanzas. Muestra de ello se evidencia en las construcciones, no solo por el estilo neoclásico de algunas de ellas, sino además porque fueron diseñadas y/o construidas por arquitectos franceses. Hoy esas obras son mudo testigo de ese lazo que une a ambos pueblos. Una relación que se ha mantenido por más de cinco siglos.

A Matanzas se le conoce por unos setenta sobrenombres, pero ninguno de ellos hace referencia o establece una similitud con la capital francesa. Es por ello que el presente trabajo pretende navegar a través de la historia para demostrar que a pesar del inmenso Atlántico que nos separa, París y Matanzas son ciudades con muchos aspectos en común, siendo imposible hablar de la ciudad sin tener en cuenta la huella francesa en nuestra identidad. Por eso me atrevo a decir que un sobrenombre que nos haría justicia sería Matanzas, el París cubano.

Se tiene constancia que desde 1537, marinos franceses rompieron el dique del aislamiento internacional de Cuba, estableciendo las primeras conexiones entre extranjeros y colonos de la isla. Alonso Suárez de Toledo durante más de cinco lustros estuvo abasteciendo de maíz, carne, casabe, cuero, sebo y miel a los corsarios franceses.

El 15 de diciembre de 1576, el barco francés El Príncipe, ancló en la bahía de Matanzas. Una parte de su tripulación navegó por el río San Juan hasta las propiedades de Suárez de Toledo para abastecerse de productos. Esto originó tal escándalo que llegó a oídos del rey Carlos I, lo cual provocó que el monarca español decidiera suprimir el amparo y acogimiento brindado en Matanzas a enemigos de su imperio.

Ya en el siglo XVIII, Matanzas es una ciudad moderna, abierta al mundo y que muestra un incipiente crecimiento poblacional. Con el fin de mensurar tierras acuden a nuestra urbe los agrimensores Luis de Lamar y Govín y el francés Miguel du Brocq y Lesspes.

A finales de ese siglo, exactamente el 14 de julio de 1789, ocurre un hecho que marcaría el destino de los pueblos del mundo, nadie como Víctor Hugo ilustraría mejor su influjo: "Con la inspiración de sus pensadores y poetas se han formado desde 1789 todos los héroes de todos los pueblos". Para la posteridad, el poeta avala la trascendental importancia de la Revolución Francesa, que marca un hito en la historia universal.

Su influencia llega a Cuba y se aprecia en los símbolos patrios, dos de ellos, el escudo y la bandera, creados por el matancero Miguel Teurbe Tolón. En su diseño y colores (azul, blanco y rojo), la bandera de la estrella solitaria no solo plasma las ideas de libertad sino también las de igualdad y fraternidad que inspiraron a la Revolución Francesa.

Brian Pablo González Lleonart, estudiante de periodismo
Periódico Girón, Matanzas, febrero de 2016.
Foto: Parque de la Libertad, en el centro de la ciudad de Matanzas. Tomada del periódico Girón.

Primero de una serie de cuatro reportajes: el segundo; el tercero y el cuarto.