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jueves, 1 de diciembre de 2016

Zenaida Manfugás, piano virtuoso en pie de guerra (I)


Zenaida Manfugás es uno de los nombres prominentes, pero olvidados en el pianismo en Cuba, tierra de grandes pianistas.

En la cercanía del final, su reducido departamento de Elizabeth, New Jersey era quizás el marco menos ideal para el recuento, pero daba igual: las preguntas que ella, en ejercicio de autoconfesión, podría hacerse a esas alturas, sin temor a confirmar ciertas respuestas, serían probablemente las mismas que tanto admiradores como detractores compartían: ¿había ganado la batalla que había sido su vida? ¿O no? ¿Qué era en definitiva el triunfo: los aplausos, las buenas críticas, la fama… o conquistar, poseer lo que podría hacerla perdurable, parte indiscutible de la cultura de su país? ¿Qué precio tuvo que pagar por ser ella misma y a la vez intentar sin descanso ser aceptada por aquellos a quienes sentía hostiles en el reconocimiento de su innegable talento? ¿Fue en realidad esclava de las decisiones que, para bien o para mal, tuvo que tomar en momentos cruciales de su vida artística?

De algo estaba segura, y lo había dicho antes en público: Zenaida Manfugás, quisiéranlo o no, era ya parte de la cultura cubana. Ciertamente, y lo recordaba, tuvo que batirse al ataque y también a la defensiva en fuertes contiendas y en contextos inimaginados, siempre sin mirar atrás y mucho menos, sin pensar en una retirada. Sabía que, aunque siempre ese obstáculo estuvo presente en su discurso mucho más de lo aconsejable, logró romper a su modo y cuanto pudo (¡que siempre quedaron deudas con ella!) la barrera racial y social que tuvo que sufrir y que siempre la obsesionó de un modo opresivo. En definitiva, toda zancadilla fue para ella el estímulo justo para no detenerse, aunque no supiera muy bien a veces hacia dónde iba. Lo que siempre quiso fue no apartarse del piano. También sabía que la muerte le llegaría sin remedio muy lejos de Guantánamo, del Malecón habanero, de la Isla, lo que ocurrió treinta y ocho años después que saliera de ella para vivir en otra parte y sin fecha prevista de retorno.

Paradoja íntima, en alguien que tuvo en el piano su patria, porque a través de él fue ella misma la expresión de lo cubano de un modo inteligente, desenfadado, auténtico, virtuoso: será difícil olvidar sus magistrales interpretaciones del repertorio pianístico cubano más característico -Saumell, Cervantes, Lecuona-; ni tampoco su ser cubana del modo más llano y elemental, a veces derrochando sabiduría y otras, en lenguaje afilado, de mercado, de rompe y raja, sublimada a la más común y no convencional de las expresiones públicas, extremo supuestamente incompatible con el icónico refinamiento de la música que interpretaba y el entorno social que, muchas décadas atrás, formaba el público de sus conciertos y recitales, pero del que sólo consiguió el asombro ante su talento imposible, como rara pieza de exhibición, y la elevación a la categoría de lo inadmisible de muchos rasgos de su carácter que en otros y otras eran percibidos sólo como detalles picarescos y perdonables.

Estaba hecha de antagonismos: su complexión robusta, de pequeña estatura, sus manos de dedos cortos y nada finos contradecían su asombrosa digitación y elegancia interpretativa; la falta de una ostensible belleza exterior se compensaba con un carácter controversial, pero a la larga atrayente; su talento extraordinario, su fina sensibilidad interpretativa reñían con una rampante incapacidad para demostrar, en ciertas circunstancias, finura en su actuar y su decir. Su avasalladora cultura de lectora voraz, de melómana insaciable, su prodigiosa memoria, enorme sagacidad y rapidez de reacción, su insumisión e irreverencia dejaban sin argumentos a sus interlocutores y perplejos a sus detractores, quienes nunca estaban preparados para enfrentar una personalidad tan contradictoria y brillante.

Al final de su vida, Zenaida Manfugás debió estar segura del legado que dejaba, del mito que había construido y de las verdades que había demostrado sobre las teclas de un piano, aunque nunca los asumiera como argumentos incontestables a los que debió haber echado mano sin reservas para defender lo conquistado. Debió tener, sin embargo, la tranquilidad agradecida del deber cumplido para con Andrea Manfugás Crombet, su madre -de quien tomó el apellido en su honor-, su primera maestra de piano, de quien se dice descubrió el inusual talento de aquella niña y puso todo el empeño del mundo en hacerlo valer. “A los cinco años mi madre me puso a estudiar piano, narró Zenaida alguna vez. Era una anticipada a la técnica moderna: nada de dos años de solfeo, aprendíamos las notas cuando estábamos tocando; era una de las mejores pianistas de Cuba y una de las más elegantes.No fue nunca a un concierto mío y nunca tocó públicamente. Decidí cuando me hice ciudadana americana, adoptar el apellido de mi mamá y honrarla.”

Andrea estaba emparentada con el célebre Nené Manfugás, el primer tresero de quien, al parecer, se tuvo noticia y que, según la memoria oral, se dice que bajó el instrumento de las lomas de Baracoa y Guantánamo, y lo llevó a Santiago de Cuba; fue notable pedagoga, de reconocido magisterio en Guantánamo, lugar donde vivía la familia y donde nacieron todas las hijas de su matrimonio con Amado González Veranes. Se dice que Andrea enseñó el piano a sus otras hijas y que incluso, la mayor de todas, Aida Esther, llegó a ser también una reconocida pianista concertista, pero más conocida por su dilatada carrera como pianista popular. Delia, Alicia y Aida Esther, junto a la pequeña Zenaida solían tocar danzones en el ámbito familiar, pero ésta destacaba por su inusual talento, una especie de niña prodigio criolla, que también podía interpretar al piano piezas de Mozart y Beethoven. Puede ser parte del mito, pero algunas fuentes aseguran que a los ocho años ya tocaba el Concierto en Re Mayor La Coronación, de Mozart. Muy pronto la familia debe mudarse a Baracoa, al ser nombrado el padre como juez municipal, circunstancia ideal para que Andrea Manfugás demuestre su capacidad de adaptación y constituya allí una escuela de música que estaría afiliada al Conservatorio Orbón, de la capital.

La joven Zenaida no cesa de estudiar y Andrea sabe que, para encaminarla, La Habana es el próximo destino, no importa cuán precarios fuera los ahorros ni inciertas las perspectivas de sobreviviencia en la capital, a donde llegan en las cercanías de 1949. Se gradúa en el Conservatorio Municipal ese mismo año y domina ya un repertorio impresionante para su edad. Consigue debutar, con apenas diecisiete años, en el Anfiteatro de la Avenida del Puerto, con la Banda Municipal que entonces dirigía el maestro Gonzalo Roig y tocando en esa ocasión el Concierto en La Menor de Edward Grieg, en un arreglo del propio Roig, en su esfuerzo por apoyarla. Su prodigioso desempeño motivó de modo especial el apoyo de figuras públicas como el periodista Agustín Tamargo, quien llamó la atención del padre José Rubinos Ramos –religioso jesuita que entonces impartía literatura en el Colegio de Belén– y del propio Maestro Roig, quien de nuevo la invita a dar un concierto en la Plaza de la Catedral de La Habana. En el lugar se había colocado una centena de sillas para los asistentes que de manera libre podrían presenciarlo.

La Manfugás recordaría años después su preocupación: “Un momento antes del concierto le dije a Roig: “Pero, maestro, ¿quién calla a esa chusma”. “Ay, mi’jita, no te preocupes, tú sales y tocas”, le respondió. “Cuando puse la mano en el piano -una negrita que pesaba 101 libras-, era como si hubiera hipnotizado a toda aquella gente con “Rhapsody in Blue”, de Gershwin.”

En esos momentos la joven guantanamera carecía de un piano propio, y sólo podía ejercitase gracias a que algunas familias que poseían el instrumento le invitaban. En la de Margot del Monte y Ramón de la Cruz –donde casualmente también se abrieron las puertas al pintor Fidelio Ponce para crear cuando no tenía dónde hacerlo- fue donde la vio el intelectual y ensayista Jorge Mañach por primera vez. Y también quedó impactado. Las campañas sociales, e incluso de marketing político, eran entonces un vehículo movilizador en favor de una causa justa y puntual, de modo que la peculiar notoriedad de la joven pianista la hizo centro de algunas; la primera fue auspiciada por el periodista, poeta y ensayista Gastón Baquero quien da muestras de sinceridad en su premonitoria crónica “Pidiendo un piano para una promesa: Zenaida González Manfugás”, publicada en su columna Panorama en el Diario de la Marina, el 11 de enero de 1950: “De esta joven artista, han escrito dos compañeros ilustres: Antonio Iraizoz y Juan J. Remos. Ambos han coincidido en la apreciación. Se trata de una muchacha, una niña casi, que con unos seis años de estudios pianísticos, muy penosos, muy difíciles, interpreta ya a los grandes maestros con tanta alma, con tanta elegancia, que no se necesita ser un técnico de la apreciación musical para comprender que se tiene delante una promesa genuina.”

El recital que la joven Manfugás ofreciera el día antes, el 10 de enero, en la Casa Cultural de Católicas y propiciado por la organización de las Damas Isabelinas de Cuba motiva a Baquero a romper lanzas en favor de la chica prodigiosa, e inspira al prestigioso intelectual Jorge Mañach, quien tras asistir al recital, no dudó en escribir también en el Diario de la Marina su asombro por el talento demostrado por la joven pianista, que impacta en esa ocasión con un programa conformado por la Sonata en Re Mayor de Mozart, variaciones sobre una obra de Haydn, una selección de tres preludios, dos nocturnos, un rondó y un scherzo de Chopin, cerrando con Córdoba, de Isaac Albéniz; Sarabande, de Claude Debussy y la Danza de la Pastora de Ernesto Halffter.

Mañach era consciente del tremendo reto que tenía la joven promesa, sobre todo por su condición de mujer y negra, y apuntaba a la acción de “ciertas formas difusas de resistencia social. Éstas existen, por sutiles que se nos muestren y por reprobables que a algunos nos parezcan, y para sobreponerse a un público en que tales complejos operan, el talento tiene que ser de una calidad muy genuina”. Y enseguida enfatiza: “Antier, en la Casa Cultural de las Católicas, Zenaida Manfugás tocó ‘como los ángeles’ en más de un sentido. Quiero decir que se hizo ella misma incorpórea, mera presencia musical. Ni siquiera se deslizaron en sus modos de interpretación aquellos acentos que una crítica sobreaguda suele asociar a su raza – la exuberancia, la voluptuosidad en el regodeo melódico, cierto íntimo patetismo superpuesto. Fue (hasta donde se le alcanza a quien sabe poco de estas cosas) música de una gran sobriedad, castidad, pureza interpretativa; esa música que no cae en los engreimientos a medias y que, por consiguiente, sólo se escucha en la etapa reveladora o en la etapa ya muy gloriosa de los grandes talentos”.

Con sinceridad evidente, Gastón Baquero se une a la exaltación de las virtudes de la joven Manfugás: “La admiración despertada en quienes escuchaban en la tarde de ayer a esta heroica muchacha, crecía al conocer ciertos detalles de su situación personal. Zenaida González, que posee un temperamento hecho de sobriedad –su interpretación de Córdoba de Albéniz fue una prueba de su buen gusto-, de precisión –la Danza de la Pastora dijo de su capacidad en este difícil terreno-, de respeto -los Preludios de Chopin fueron interpretados sin el menor coqueteo con el “virtuosismo”-, tiene casi todo lo que necesita una persona para llegar a ser una gran pianista: lo único que le falta, para servir mejor su deseo de riguroso estudio, es que se la coloque en condiciones de estudiar a conciencia. Ella posee grandes dotes, pero -casi da pena decirlo- no tiene ni un piano propio en el cual estudiar todo el tiempo necesario.” Y remata el texto abogando por el apoyo social a la solución de esta carencia. Los comentarios sobre la excelencia de la joven guantanamera -rareza en la percepción de quienes asumían la música sinfónica a partir de un rasero de exclusividad clasista- corrían con velocidad por la ciudad entre los entendidos.

Dos días después, desde ese mismo espacio Baquero anuncia en triunfal titular: “Ya tiene su piano esa muchacha”. Y explica: “La Primera Dama de la República ha tenido la generosidad de responder a nuestro llamamiento en favor de la joven pianista Zenaida González Manfugás” y asombra después con una rápida reacción: decide rechazar el piano que ofrecía Mary Tarrero, la esposa del presidente Carlos Prío Socarrás: “…vamos a permitirnos el desplante de no aceptarle a la primera Dama el piano que ofrece. La razón es esta: otra persona perteneciente también a la familia presidencial, Antonio Prío Socarrás, se apresuró no sólo a escribirnos, sino a adquirir el piano que pedimos. Por eso, y recordando que Zenaida González (Manfugás) necesita, además de su piano, una beca, un medio de estudiar en los centros donde pueda alcanzar la práctica y las enseñanzas superiores que todavía necesita por varios años, pedimos a la Primera Dama nos perdone la negativa de su oferta de un piano y acceda en cambio a interponer sus inmejorables oficios a fin de que esta muchacha obtenga una beca.”

¡Claro que el escenario era electoral y propicio para que Antonio Prío rentabilizara el gesto! Pero es Gastón Baquero quien emplaza a los poderes presidenciales para que concedan la beca que la joven Manfugás necesita. A pesar del destaque mediático, la gestión no fluye, la beca tarda en concretarse y sobreviene la caída del gobierno de Prío al producirse el golpe de estado perpetrado por Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952.

Mientras tanto, se habla de aquella joven y de su prodigio, y acaso fueran diversas las motivaciones de unos y otros para dirigir las miradas hacia ella, pero lo cierto es que junto con Roig, Mañach, Agustín Tamargo y Baquero, otros nombres de prestigio se proponen apoyarla, como es el caso de Ernesto Lecuona, quien la había conocido a través de Roig y la invita a participar en uno de sus conciertos, como muestra de la profunda impresión que le había causado aquel talento emergente; así la recomienda a empresarios y promotores, con la generosidad que le era propia, iniciando una amistad que viviría hasta la muerte del Maestro. Ofrece recitales, como aquel organizado por el Departamento Municipal de Bellas Artes, el 29 de marzo de 1951 y en el que interpreta obras de Schumann, Mendelssohn, Ravel, y espera impaciente que lleguen tiempos mejores.

Rosa Marquetti Torres
Desmemoriados. Historias de la Música Cubana, junio de 2016.

Ver fotos y datos en Desmemoriados.
Leer también: Manos de luz sobre el teclado.

Fidel Castro ensayó sus funerales en vida con la muerte de Juan Almeida



Fidel Castro, el hombre que hizo de Cuba una isla dividida entre aliados y enemigos, adeptos y traidores, continúa funcionando como artefacto perfecto para acaparar titulares.

Dictador para unos, revolucionario para otros, Fidel, que solo escuchaba su voz, fusionó magistralmente su biografía personal con la historia nacional Hasta hace una década, su nombre fue sinónimo de omnipresencia. Pero hoy las nuevas generaciones tienen que acudir a internet para conocer su historia.

Por eso, el exmandatario, contradictorio, astuto, colérico e implacable, cuando se percató de que su figura estaba perdiendo protagonismo y cuando interiorizó, aunque sin decirlo abiertamente, que era igual al resto de los comunes mortales, diseñó hasta el más mínimo detalle su propio funeral.

Tanto empeño le añadió a los preparativos de sus propias exequias que en septiembre de 2009, ordenó realizar un ensayo general.

Ya tenían listo el cadáver, expuesto y preparado para ser llevado al enterramiento. Se trataba del comandante de la revolución Juan Almeida Bosque, fallecido el 11 de septiembre de 2009, al que le organizó un funeral de trazos excepcionales, y que por tratarse de una persona con una trayectoria excepcional en el grupo de los históricos de la revolución, no provocaría ningún cuestionamiento.

Miles de personas, a todo lo largo del territorio nacional, rindieron sentido y póstumo homenaje a la foto del escogido. Igual que ahora, los restos del extinto elegido viajaron de La Habana a Santiago de Cuba y allí, en la hospitalaria ciudad, multitud de orientales presenciaron el paso del convoy militar que durante más de cuatro horas recorrió 150 kilómetros, custodiando el ataúd del comandante Juan Almeida Bosque hasta su destino final, un nicho en la ladera de la Sierra Maestra.

Como en aquella ocasión, el próximo 4 de diciembre, un oficial ordenará al corneta el toque de silencio y 21 salvas de cañón pondrán punto final a la vida de Fidel Castro y de toda la generación impulsora de la Revolución cubana.

Ni Fidel Castro era tan impredecible, ni su Revolución es tan fuerte como muchos de sus enemigos aseguran.

El General Raúl Castro, con más seguridad que seguidores, anunció que se retira el 24 de febrero de 2018. Con 85 años, ya no tiene tiempo real para cumplir lo prometido en los lineamientos del Partido, que definen el nuevo modelo económico.

El General mantendrá el poder con discretas aperturas y recurrentes erupciones de violencia, o siguiendo a pie juntillas la vieja política de “los militares primero”. De todas formas, ya estamos en conteo regresivo. La biología es una maquinaria a prueba de fallo.

La muerte del Comandante en jefe en retiro, abre en nuestro pueblo una brecha de vacilación, pero también de mucha esperanza, que sin reparo debemos aprovechar para capitalizar el descontento de 11 millones de cubanos.

Bienvenida la fase post-Castro.

Juan Juan Almeida García
Diario Las Américas, 29 de noviembre de 2016.

Foto: Juan Almeida Bosque con su hijo Juan Juan, caminando por los mangles de la playa Las Coloradas, un 2 de diciembre, rememorando el desembarco del Granma. Del album personal del autor.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

"Ese espíritu anda por ahí y allá a quien se le encarne"


Algunos usuarios suscritos a Granma y a Juventud Rebelde no recibieron sus periódicos este lunes, pero en las esquinas de la calle Obispo, uno de los boulevares más transitados por turistas, en la Habana Vieja, se vendían a cinco pesos cubanos convertibles (cuc) los ejemplares de las ediciones dedicadas a la muerte de Fidel Castro.

"Los yumas (extranjeros) empezaron pagando dos por cinco", dice Michel que vive de lo que puede 'raspar', y sigue actualizando la cotización del periódico en la bolsa negra: "ya hoy dan cinco fulas por un solo periódico".

De repente en la zona, la venta de diarios ha dejado de ser un trabajo exclusivo de mendigos y ancianos para ser realizado por jóvenes y 'jineteros'.

"La gente sabe cómo sacarle partido a todo", dice una habanera que intenta negociar con uno de los improvisados vendedores de periódicos.

En algunos lugares, la capital intenta volver a su rutina habitual, aunque sin música, sin venta de bebidas alcohólicas y con puntos para firmar el Juramento de Lealtad al Concepto de Revolución, definido por Fidel Castro en un discurso pronunciado el 1 de mayo del año 2000.

Otra cosa es la Plaza de la Revolución, donde se rinde homenaje al dictador, y sus alrededores. "Hay gente que va porque realmente lo siente, hay quien va por curiosidad y están los que van porque no les queda más remedio", analiza Fabián y observa cómo al principio "todo parecía muy espontáneo", pero ahora "ya hay guaguas que salen de los centros de trabajo y gente con pulóvers impresos para la ocasión, y eso de espontáneo no tiene nada".

"Ya empezaron a quitar guaguas de todas partes", dice una señora qua ha llevado a su nieta a "rendirle homenaje a Fidel, pero a quien le coja la noche en la calle...". Y no le falta razón. En horarios de la mañana del lunes 28 de noviembre, el transporte público parecía "estar bueno", pero a partir de las 5 de la tarde las paradas eran "un infierno".

A Maydelín le han dicho que el martes 29 no lleve a su hija a la escuela para que los maestros puedan ir a la plaza, aunque el lunes "tampoco tuvo clases". En el patio de la Asociación de Artesanos de Cuba, ante la letanía de la televisión, que tiene toda la programación dedicada a Castro, un artesano exclama a media voz: "Ay, cómo lo quise, ¡pero que lo acaben de enterrar, coño!".

La gente se pregunta, ¿por qué no hay cuerpo? ¿por que no hay cenizas? ¿por qué son nueve días? Y es que las cenizas de Castro permanecían en la Sala Granma del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, cerca del Memorial José Martí, pero lejos de la población.

"¿Viste qué casualidad? Hay que esperar nueve días, como con todo santero", dice Jessica. Su madre, tiene coronado Oshún hace más de veinte años, como otros tantos santeros, siempre ha sostenido que Fidel tenía hecho santo.

"A los santeros no se les crema y hay que esperar un tiempo necesario para, al final, hacerle el desayuno y el Oro al Eggun", aclara un babalao que prefiere hacerse llamar por Obbara Meyi, su oddun de Ifá. "Pero ese espíritu ya debe de haber pasado por el Ituto, que es la ceremonia en la que se le da camino a los santos del iniciado, donde se rompe la tinaja del río, la misma que recibió el día en que se coronó".

Obbara Meyi, al igual que otros babalaos, recuerda los viajes realizados por Fidel Castro a distintas naciones africanas. Una vieja santera lo recuerda vestido de blanco y rodeado de babalaos en Nigeria (ver nota al final). "Dicen que es hijo de Oddua, por eso le hicieron Obatalá porque, de los 16 caminos de ese Orisha, Oddua es el más viejo, pero eso son solo especulaciones porque él todo lo ha llevado en el más absoluto silencio".

Otro santero comenta: "Se dedujo que era Oddua porque en la ceremonia que recordamos que se le hizo en África había elefantes, además de las piezas que se dice que él tiene. Si realmente le hicieron santo allá, en Nigeria, o en el Congo, el proceso de coronación fue diferente, muchas cosas son secretas pero, por ejemplo, se sabe que en África se pinta todo el cuerpo, en vez de solo la cabeza, como hacemos nosotros aquí".

"Imagínate si es fuerte, que Oddua es el capataz de los muertos y así nos ha tenido a todos, como muertos vivientes", dice una Iyabó.

Obbara Meyi recomienda a su pueblo religioso salir a la calle con la cabeza cubierta, porque "ese espíritu anda por ahí y allá a quien se le encarne".

En el ambiente religioso hay quien no habla del tema porque "la religión no se los permite" o porque "en algún momento, cuando salieron letras del año en que se podía hacer ebbo para que el pueblo se quitara al dictador de encima, la Seguridad del Estado vigiló y persiguió a quien se atreviera a comprar más de un ingrediente mágico", recuerda otro babalao que ni siquiera quiere dar sus señas religiosas.

Casi todos los seguidores de la religión afrocubana consultados coinciden en que "lo único que ellos no han podido calcular", aunque lo parezca, "es el día 4 de diciembre como último día de las ceremonias".

"Quién sabe, a lo mejor quien nos hizo el favor fue el Cabo, Changó, y el novenario. Lo cuentes como lo cuentes, cierra el 4 de diciembre por eso", dice la vieja santera. También hay quien cree que "nunca sabremos donde está realmente enterrado el cuerpo".

"¿Tú te imaginas el poder que puede llegar a tener el que se robe uno de esos huesos?", dice un hijo de Eleguá. "Y, como hay gente para todo, hasta con el polvo de la incineración se puede hacer tremenda brujería".

Maritza Betanzos
Publicado en Diario de Cuba el 29 de noviembre de 2016 con el título "A cinco fulas los periódicos dedicados a la muerte de Castro".
Foto: Tomada de La Patilla.

Nota.- En algunas biografías y sitios en internet aparece que Fidel Castro habría realizado su primer viaje a África, a Argelia, en 1973, donde fue recibido por Hoauri Boumediene. Pero un año antes, en 1972, habló en un pueblo llamado Kankan. En 1976 viaja de nuevo a Argelia, vuelve a entrevistarse con Boumediene, y luego viaja a Guinea, donde es recibido por su presidente Sekou Touré y participa en un masivo acto en Conakry y pronuncia un discurso.

En 1977 visita Libia y se reúne con Gadafi, encuentro que se produjo antes de proseguir viaje rumbo a Angola, Mozambique y Tanzania, que según esta información, después habría volado a Somalia. Y fue cierto: el 13 de marzo de 1977 pronunció un discurso en Mogadiscio, la capital somalí.

En 1977, antes de una visita a la RDA, hizo escala en Argelia, lo dijo en este discurso. Ese año, estuvo también en Yemen del Sur, donde parece que no habló si no que sostuvo una reunión cuatripartita en Adén, la capita sudyemenita. El dato lo encontré en el libro La historia cubana en África, de Ramón Pérez Cabrera.

En 1978 viaja a Etiopía, donde lo recibe Mengistu Haile Mariam y habla en Adis Abeba. En 1986 vuelve a Angola y en Luanda se dirige a miles de internacionalistas cubanos. Ese segundo viaje a Angola no es mencionado en esta nota de Granma.

Sobre Namibia, esta información de El País y esta nota en Cuba sobre San Nujoma, considerado el padre de la patria namibia. En 1991, poco después de salir de la cárcel, Nelson Mandela visita Cuba y tres años después, en 1994, Fidel Castro viaja por primera y única vez a Sudáfrica.

Pero todo parece indicar que Fidel Castro nunca estuvo en Nigeria y que forma parte de una de las tantas leyendas alrededor de su figura. Entonces, ¿dónde fue que él se vistió de blanco? Según este blog, fue en uno de sus viajes a Guinea. ¿En cuál de los dos viajes que hizo a Guinea,? Fue en el primer viaje, en 1972.

A la visita que hizo a la Universidad de Conakry fue con su uniforme verde olivo. No sé si ese mismo día se encontró con Agostinho Neto en Guinea, el angolano está de civil, el cubano uniformado y los guineanos todos de blanco, color de su traje típico. A este otro acto sí fue vestido de blanco. Otra foto de ese acto y saludando a las mujeres que bailaron en su honor.

¿Le hicieron santo a Fidel en Guinea u otro país africano? También se especula que le habrían hecho una brujería, para protegerlo de enfermedades, accidentes e intentos de asesinato. Mientras se despejan las incógnitas, es interesante saber que el nuevo rey de Nigeria ha expresado su deseo de trabajar por la unidad de los cerca de 40 millones de yorubas que hay en el mundo, entre ellos en Cuba. El anterior rey estuvo estuvo en Cuba y fue recibido por Fidel Castro. Cuando en 2015 falleció, la Asociación Yoruba de Cuba envió un mensaje.

Tania Quintero

Leer también: La muerte de Fidel Castro y la santería; El simbolismo del funeral santero; La ceiba del comandante; ¿Brujería detrás de la resurrección de Fidel Castro?; La Letra del Año 2016; Santería oficialista; La mala sombra de Fidel Castro; Castro, el enterrador; Fidel Castro y la Regla de Ocha; Así usó Fidel sus santeros en Venezuela y Lo que presagia el corte de la ceiba de El Templete de La Habana.

martes, 29 de noviembre de 2016

Fidel Castro, ascendido a los cielos



La muerte biológica de Fidel Castro el viernes 25 de noviembre, a los 90 años, no lo borrará del escenario político de su país, como no lo pudo borrar su muerte política cuando en 2006 se retiró de todos sus cargos obligado por una grave enfermedad.

La verdad es que ahora su fallecimiento lo acaba de ascender al rango definitivo de diosecillo del proletariado y continuará, desde los altares que le preparan, como fundador y garante de la ideología de la dictadura. Ya no tendrá que volver a aparecer con su traje deportivo de Adidas como el honorable anciano guerrillero que se apoderó de un país y lo convirtió en su finca privada, dedicado a recibir a sus visitantes extranjeros, a escribir unas notas que nadie más entendía y a promover unas yerbas que aliviarían el hambre que él mismo provocó entre sus compatriotas.

Desde el momento en que los expertos de los laboratorios del Partido Comunista organicen su santuario y sus lugares de culto, Fidel Castro asumirá con todas las de la ley su papel de guía y mentor intelectual de la doctrina política que conduce el país en la que Marx y Lenin murieron hace tiempo y José Martí ha sido, como se dice en el béisbol, un bate de emergente.

Sí, a los cubanos les espera de inmediato la sacralización del Comandante Fidel Castro y sus discursos, entrevistas y todo lo que dicho o ha escrito en 60 años, serán materia de estudio a la que habrá que llegar con fervor revolucionario para conocer, en teoría, en qué país se vive y hacia dónde queda el porvenir.

En este nuevo cargo que le otorga la muerte y refrendan sus amigos, Fidel Castro comienza a liberarse del desastre real que deja en su país.

Empieza el periodo de evocarlo por sus peroratas agotadoras para no tener que recordarlo como el promotor principal de la ruina económica de la isla, la prohibición de los partidos políticos, la muerte del periodismo, la represión brutal a los opositores, los miles de presos políticos, los cubanos fusilados, la división de la familia y la obsesión de los jóvenes por irse de la tierra donde nacieron.

A la hora de mencionar su gestión al frente del Gobierno, ya se sabe que los laboratorios de propaganda oficial hablarán de los éxitos de su trabajo en la educación y la salud pública. Y, otra vez, nada más se lo van a creer los extranjeros que no tienen que padecer el adoctrinamiento de sus hijos ni unos servicios médicos de buenos profesionales en medio de una infraestructura africana. Además, suele decir el humor cubano, uno no quiere pasarse la vida enfermo o estudiando.

Fidel Castro se muere en un país incierto y pobre que él diseñó con saña. No se trata de un país socialista porque ese sistema no funciona. Se ha muerto en una nación reprimida y sin libertad que no le puede garantizar ni un vaso leche diario a los ciudadanos, sobrevive con una libreta de racionamiento desde el año 1963 y ha tenido que ponerse unos remiendos de capitalismo barato para que la nomenclatura pueda continuar con su vida de ricos y los grandes sectores sueñen que las cosas van a cambiar.

Creo que la noticia se recibe dentro de la isla con más indiferencia que júbilo o pesar. Ya Fidel Castro estaba fuera del juego para la mayoría. De todas formas habrá de todo, desde grandes celebraciones disimuladas hasta lágrimas entre los nostálgicos de las viejas generaciones porque los dictadores tienen seguidores fieles en todos los países.

Los más alegres, aunque se presenten compungidos y de luto, son sus compañeros de viaje y de poder que controlan el país. Ellos se libran para siempre de su presencia y de sus eventuales regaños desde el retiro y lo asumen como un santón callado que les ayuda a justificar la prolongación de la dictadura.

En el exilio la fiesta es abierta y múltiple. Centenares de cubanos esperaron el amanecer del sábado en distintos escenarios de la Pequeña Habana y, en especial, en las cercanías de los restaurantes Versailles y La Carreta en la céntrica calle Ocho.

Llevaban tambores y cacerolas y arrollaron toda la madrugada, mientras se producían desfiles de automóviles con las banderas cubanas.

Entre los letreros escritos con urgencia que llevaban los exiliados en sus manifestaciones en Miami, me gusta destacar este porque es una sabia combinación de alegría y reflexión: "Raúl tirano, vete con tu hermano".

Raúl Rivero
El Mundo, 27 de noviembre de 2016.
Foto: Tomada de El Nuevo Herald.

lunes, 28 de noviembre de 2016

La samba, a ritmo de centenario


El 27 de noviembre de 1916 en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro quedaba registrada la composición Pelo telefone, de Ernesto dos Santos (Donga) y Mauro de Almeida. Unos meses más tarde iba a convertirse en el gran éxito del carnaval.

Desde luego no era la primera samba, ni está claro que fuese la primera vez que la palabra figuraba en la etiqueta de un disco (Odeon 121322), pero como señala Sérgio Cabral, con Pelo telefone la samba se puso de moda y entró en la sociedad de consumo.

Samba -el samba, dicen los brasileños- tendría su origen en un término bantú. En Brasil se aplica a una música y baile en compás binario y acompañamiento sincopado. Se dice que llegó a Río procedente de Bahía con los libertos negros -en Brasil la esclavitud quedó oficialmente abolida en 1888-, que habían sido mano de obra para la caña de azúcar o el café, y andaban en busca de trabajo. Entre 1890 y 1917 la población de la ciudad, entonces capital de la República, se duplicó: de medio millón de habitantes a un millón. Esa comunidad se fue asentando en zonas del centro y el puerto, en un territorio que se conocía popularmente como la Pequeña África.

Allí vivía Hilária Batista de Almeida, una de las referencias espirituales de los afrobahianos, que se ganaba la vida vendiendo dulces, y a la que todos llamaban Tía Ciata. Donga, hijo de Tía Amélia, era uno de los asiduos de la casa, por la que en días de fiesta se dejaban caer los músicos João da Baiana, nieto de esclavos, o Heitor dos Prazeres, cuyos cuadros primitivistas están expuestos en museos. Y por los alrededores de la plaza Once andaba el mulato José Barbosa da Silva, apodado Sinhô, funcionario de correos y autor de Gosto que me enrosco.

La samba era una forma de vida. Aquellas reuniones de guitarras, cavaquinhos, panderos y tambores, con mucha cerveza, carne asada, fiambres… podían durar dos o tres días. Lo mismo que las celebradas en casas de otras tías: las mujeres desempeñaron un papel esencial en la cohesión de la comunidad.

Durante el siglo XIX, los festivos batuques originarios de Angola y Congo, ya habían dado forma a la samba rural de Bahía. A partir de aquella samba, de matriz africana con elementos de la cultura portuguesa, se estaba gestando en la Pequeña África la samba urbana. Sin que faltasen las polémicas, entre cariocas y bahianos, sobre su paternidad. Se ha escrito muchas veces que se había desarrollado en los morros de Río. Donga lo negó. La policía perseguía a los sambistas y los morros eran solo un refugio posible. Pobre del que caminase por la calle con una guitarra y, peor aún, si era negro.

En el barrio de Estácio, sambistas como Ismael Silva, Bide, Marçal… añaden a la música el surdo -tambor construído con una lata grande recubierta por un trozo de cuero- y alteran su ritmo con idea de poder desfilar. Hablaba Ismael Silva de samba de “bum bum paticumbum prugurundum”. Durante los años 30, coincidiendo con la irrupción de la radio, surgen grandes compositores: Ary Barroso –autor de Aquarela do Brasil y otros monumentos de exaltación patriótica; Ataulfo Alves, un pilar de la consolidación de la samba; Noel Rosa, que murió de tuberculosis con solo 26 años, dejando poéticas crónicas de lo cotidiano; Dorival Caymmi, con su célebre Samba da minha Terra, que en su letra dice “a quien no le gusta la samba o está mal de la cabeza o enfermo de los pies”, y Geraldo Pereira, uno de los preferidos de João Gilberto, que siempre ha sostenido que lo que él hace es samba.

Justo antes de la eclosión de la bossa nova, hubo un tiempo de samba-canção, de ritmo más lento y letras sentimentales, que ya se había insinuado en décadas anteriores y encontró acomodo en la intimidad de los clubes de Copacabana. La samba es género matriz de la música brasileña. Tomó la forma de samba enredo para escuelas de samba, samba de breque de carácter humorístico, samba de gafieira con arreglos inspirados en las antiguas big bands estadounidenses, samba-jazz, samba-rock, samba-rap…

En su historia están Nelson Cavaquinho, fallecido en 1986, y Cartola, que murió en 1980. Ellos dos, que sufrieron años de ostracismo hasta ser redescubiertos, junto a Zé Kéti, Candeia, Elton Medeiros, Clara Nunes y Clementina de Jesus, entre otros, conectaron la samba con un público universitario. Son indiscutibles hombres como Paulinho da Viola o Martinho da Vila. Y en un mundo machista, mujeres como Beth Carvalho, Alcione o Dona Ivone Lara.

De los pagodes (fiestas) de los años 80 proceden Zeca Pagodinho, Almir Guineto, Arlindo Cruz… Más tarde apareció Dudu Nobre y, ahora, Diogo Nogueira, hijo de João Nogueira. Y graban samba los jóvenes del grupo Casuarina y cantantes como Teresa Cristina, Roberta Sá o Maria Rita, la hija de Elis Regina.

Un siglo para ver cómo una música de marginados, despreciada por las clases dominantes, y reprimida por la policía, llegó a convertirse en la mayor expresión de la identidad cultural de un país. De ritmo maldito a música nacional. Lo cantaba Zé Kéti: “Soy la samba / la voz del morro soy yo, sí señor / soy yo quien llevo la alegría / a millones de corazones brasileños”.

Carlos Galilea
El País, 8 de julio de 2016.

Video: Uno de los conciertos ofrecidos en Brasil por María Rita y en el cual interpretó canciones de su DVD Samba Meu, lanzado en 2007.

domingo, 27 de noviembre de 2016

De luz y sombras: Fidel Castro


En Santiago de Cuba, Fidel Alejandro Castro Ruz quiso inscribir el inicio y el final de su camino. Allí, donde el 26 de julio de 1953 se produjo el asalto al Cuartel Moncada, su primer y fallido intento de quitar del poder a Fulgencio Batista.

A partir de ese episodio, todo lo que se ha dicho sobre Fidel está envuelto en mitos, rumores, mentiras, adaptaciones y silencios.

En marzo de 1952, dos semanas después del incruento golpe de Fulgencio Batista, el joven doctor en Derecho Civil presentaba ante el tribunal de Urgencia de La Habana un recurso en el que exigía castigo “al usurpador”.

“La política es la consagración del oportunismo de los que tienen medios y recursos”, escribiría ‘Alejandro’, el joven de 26 años que dejaba la toga y el birrete por la causa insurgente.

El fallido asalto al Moncada, el 26 de julio de 1953, fue la primera piedra de la acción revolucionaria de Castro. Una cincuentena de rebeldes perdieron la vida. El jurista, su hermano Raúl y otros veinte de sus seguidores fueron a parar a la cárcel.

La amnistía de Batista en 1955 los liberó. Siguió el exilió a México y volver a la carga a finales del 56 en el yate Granma, con fondos recogidos entre la diáspora cubana en Estados Unidos y con el respaldo de 81 rebeldes, incluido un nuevo adepto, el Che Guevara. Aunque la pequeña navegación encalló antes de llegar a destino, la estrategia revolucionaria la continuaron 17 insurrectos desde la sierra, al oriente isleño, cerca de Santiago.

El movimiento publicó en 1957 El Manifiesto de Sierra Maestra, en el que se comprometía, una vez derrocado Batista, a restaurar la Constitución de 1940, celebrar elecciones libres, instaurar una reforma agraria, liberar a todos los presos políticos y restablecer la libertad de prensa.

El 1 de enero de 1959, el comandante en jefe del Ejército Rebelde, de 33 años y 1.90 de estatura, daba el primero de innumerables y prolongados discursos en los 47 años que permaneció al frente de Cuba: “En Santiago de Cuba y en la Sierra Maestra tendrá la Revolución sus dos mejores fortalezas”, dijo entonces. Una semana después ocupaba el poder en La Habana, para no separarse de él hasta el 31 de julio de 2006, a los 79 años de edad, cuando dejó las riendas del gobierno a su hermano Raúl.

El momento del último adiós a Fidel ha llegado y las miradas se vuelven de nuevo hacia Santiago. Para los cubanos, resta un largo y obligado duelo, ceremonias y programas, y aquellos con acceso a internet miran, con el ceño fruncido, cómo los medios extranjeros abordamos la noticia y osamos hablar de la Cuba sin Fidel.

Pero la actuación de este dirigente rebasó fronteras. Para muchos latinoamericanos, Fidel Castro fue la única figura que ha retado al imperialismo estadounidense hasta sus últimas consecuencias, sin doblegarse. Para los idealistas, cubanos y extranjeros, fue el hombre que intentó, al lado del Che Guevara, crear un modelo de sociedad más justa, con educación y medicina para todos. Otros simplemente tildan a Fidel de dictador, de asesino.

Entre los isleños -los que como nadie saben qué es vivir bajo el castrismo-, evidentemente también las opiniones son encontradas, aunque coinciden en un punto: todo lo que se diga del Comandante fuera de la isla son pinceladas vagas.

La comunidad cubana en Suiza poco gusta de expresar abiertamente su opinión sobre Fidel. Algunos permiten entrever en sus comentarios su repulsión a tantos actos en los que, comentan, se vieron obligados a venerar al líder revolucionario. Otros, en cambio, conservan una gran admiración por el otrora hombre fuerte de la isla, como es el caso de una cubana de 40 años, casada con un suizo, y que vive en el país alpino desde hace dos años:

“Crecí con Fidel. Lo quise mucho, hizo muchas cosas buenas por Cuba. Los estudiantes lo adorábamos”, recuerda de sus tiempos como bachiller. “Sí siento su muerte y todos los cubanos la sentimos, aunque la gente está más descontenta ahora. Lo que esperamos es el fin del bloqueo de Estados Unidos, y yo, que mantengamos lo mejor que tenemos en Cuba, porque en mi país no hay los problemas que tienen otros: armas, criminalidad… y aunque haya mucho subdesarrollo, tenemos muchas escuelas, atención a la salud y mucha superación del pueblo. Esto tiene tremendo mérito”.

La periodista cubana Tania Quintero, en el exilio en Suiza desde el 26 de noviembre de 2003, fue una de muchos cubanos que creía que Fidel transformaría la isla en símbolo de libertad y democracia. Tenía 16 años cuando Fidel llegó al poder.

“Siempre lo vi como un hombre carismático, con don de palabra. Pero no como un ser superior a los demás. Al principio creí que iba a transformar a Cuba en un país democrático y desarrollado, pero mi desencanto comenzó en 1970, cuando se le metió en la cabeza hacer una zafra de diez millones de toneladas de azúcar. Después, con los éxodos masivos de cubanos en 1980 y 1994. Hasta que finalmente se le cayó la careta de revolucionario y salvador de la patria y la humanidad, y le salió su verdadero rostro, el de un autócrata”.

Y como muchos de sus compatriotas, Quintero, que mantiene su blog desde Suiza, considera que “en Cuba todo está amarrado para que la dinastía de los Castro siga gobernando”.

El médico suizo Franco Cavalli, uno de los fundadores de Medicuba, ONG que colabora con La Habana, subraya que el principal aporte de Fidel ha sido “transformar a Cuba en un país orgulloso e independiente, con índices ejemplares a escala mundial en salud, educación e investigación”.

Sobre el papel de Fidel a escala planetaria: “Sin la ayuda cubana, probablemente Nelson Mandela hubiera muerto en prisión y no hubiera terminado el Apartheid en Sudáfrica: No olvidemos que las tropas cubanas derrotaron al ejército sudafricano”.

Además, “los médicos cubanos están presentes en muchos países. De Haití a Pakistán, de la Sierra Leona a Brasil. Cuba ha demostrado en la práctica que la sanidad debería ser el fundamento de la política extranjera”.

Marl Kuster, suizo de 41 años que tiene su hogar en Camagüey opina que “Fidel fue un hombre con tantas ideas, con tantas iniciativas para crear una sociedad con mayor justicia social, para hacer un mundo mejor. También el pueblo lo ha querido mucho. Es el político más importante de los últimos 50 años y de los próximos 50 años. Avanzó discusiones sobre modelos sociales distintos, dando acento al sistema educativo, a la seguridad. Valores muy importantes. Y el pueblo está agradecido por ello”.

“La isla vive de su pueblo, lo que me emocionó y que no conocí en Suiza, en donde el medio es el material y no el humano”, dice Kuster, que creó en 2001 Camaquito, proyecto de apoyo a la juventud.

El otrora presidente de la sección juvenil del derechista Partido Popular Suizo (o Unión Democrática de Centro, UDC), que desde 1998 quedó impresionado con la vida en Cuba, señala sobre el futuro de Cuba sin Fidel: “No sabemos realmente que pasará con las relaciones con Estados Unidos. Que Cuba siga unida, esa es la clave del éxito: Que Cuba decida a dónde va, y no otros”.

“Con Fidel teníamos mejor vida”, dice Leonora, desde su hogar cercano al muelle de Santiago, allí donde sus antepasados, los primeros esclavos africanos, llegaron a la isla. Hoy lo que ve llegar a su ciudad es el turismo, sin que esto, afirma, le beneficie en nada. Considera que las reformas que emprendió Raúl Castro no sirven. “Estos cambios solo han beneficiado a aquellos con familia en el extranjero. Los que no tenemos nada, estamos más pobres, sin comida, sin zapatos”.

El dedo en la llaga lo pone el periodista Iván García, cuyo blog Desde La Habana cumplió en marzo de 2016 seis años. En su escrito ‘Fidel Castro, de protagonista a actor de reparto’, en pocas palabras, García dejaba claro lo que representa la figura del comandante:

"Para sus devotos, está por encima del bien o el mal. Para sus detractores, es el culpable del desastre económico en Cuba, el déficit habitacional y la infraestructura de cuarto mundo. Durante 47 años gobernó con puño de hierro los destinos de la isla. Su revolución hizo más hincapié en lo político que en lo económico. Coartó la libertad de expresión y de prensa y eliminó el habeas corpus y administró el país como una finca de su propiedad”.

Patricia Islas
Swissinfo, 26 de noviembre de 2016.
Foto: Tomada de Swissinfo.

jueves, 24 de noviembre de 2016

"Cuba es la madre de la salsa"


La orquesta venezolana Dimensión Latina, considerada toda una leyenda viva dentro del género musical conocido como salsa, acaba de grabar en Cuba su más reciente producción musical titulada A puño cerrado.

El músico Manolito Simonet es el gestor y productor del nuevo fonograma aún en proceso de premezcla. Este álbum es el resultado de una coproducción entre la disquera King Productions y el sello discográfico BisMusic. Además, forma parte de un intercambio cultural entre grupos cubanos y venezolanos, que lleva a cabo, desde hace un tiempo, el director del Trabuco.

En exclusiva conversamos con el trombonista Cesar Monges (Albóndiga), director de Dimensión Latina, orquesta conocida como Los Generales de la Salsa, por ser una de las agrupaciones de mayor renombre en la música caribeña. Albóndiga confiesa ser un admirador de Cuba y su gente. Ese amor por la salsa se lo inculcó su progenitor:

“Mi papá era seguidor de la música cubana. Le estoy hablando de hace mil años casi porque yo tengo 66. Cuba es una tierra que siempre hemos querido y admirado por la musicalidad que le ha dado al mundo. Es un honor, un placer y un gusto para nosotros haber departido con músicos cubanos en los estudios de grabación de Manolito Simonet. En verdad todos los salseros tenemos algo que ver con Cuba porque es la raíz, es la madre de todo este movimiento”.

¿Cómo usted conoció a Manolito Simonet?

-Conocía la música de Manolito por grabaciones. Él ya llevaba un tiempo trabajando en este proyecto sobre el cual nosotros no teníamos ni la menor idea. A mediados de diciembre nos reunimos en Venezuela. En verdad me sorprendí porque pensé que la reunión era con el propósito de contratar a Dimensión Latina para que se presentara en Cuba. Ya habíamos estado aquí en La Habana, el año pasado, en el mes de septiembre.

-Mi mayor sorpresa fue cuando me enteré de que era para realizar un proyecto de grabación. Creo que es lo mejor que nos ha sucedido en los 44 años de vida que tiene Dimensión Latina. Así empezamos las conversaciones hasta que se gestó el disco. Esta es la segunda vez que venimos a grabar.

-Ya estuvimos aquí hace un mes y medio e hicimos toda la base del disco. Viajamos todos los integrantes de la orquesta así que va a sonar original. Ahora regresamos a grabar las voces que nos faltaban. En estos momentos nos encontramos en la recta final porque estamos en la premezcla.

Durante el proceso de grabación se manejaron varios nombres para el fonograma. ¿Cuál será, finalmente, el título del disco?

-Se va a llamar A puño cerrado porque nos gustó esa frase que dice Ricardo Amaray, vocalista del Trabuco. Es como su eslogan. El cantante Rodrigo Mendoza la tomó como bandera. Pensamos en varias opciones. Nos gustaba el nombre Dimensionando, porque tenemos un programa de radio en Venezuela que se llama así. Otro nombre fue Los generales, como nos dicen a nosotros, pero, al final nos quedamos con A puño cerrado.

¿Cuántos temas lo integran?

-El disco tiene catorce temas. Siete cubanos y siete del repertorio de Dimensión Latina. Hay músicos y cantantes cubanos invitados como Tony Calá, el cantante de NG La Banda; Dayan Carrera, el cantante de Pupy y los que Son Son; Dagoberto Vásquez, el cantante de la orquesta Revé, y Mayito Rivera, ex cantante de Los Van Van.

-Una parte de la melodía la interpreta Rodrigo, un excelente sonero venezolano. Vladimir Lozano, un bolerista por excelencia, el Rey del sentimiento, el Diamante negro, como le dicen en todas partes donde se presenta, canta el tema Llorarás que forma parte del repertorio de Dimensión Latina.

-De los temas románticos destacaría El breve espacio en que no estás, de Pablo Milanés, con una arreglo para cuatro trombones, en formato de septeto: tres, guitarra, bongó y bajo. Las demás piezas cubanas son buenísimas porque Manolito y nosotros escogimos, entre otras, La guagua, Si me preguntas cómo estoy, Más viejo que ayer, Seis semanas y El son de la madrugada.

¿Cómo ha sido la experiencia de compartir la música de Dimensión Latina con la manera de hacer de varios músicos cubanos?

-Ha sido una experiencia increíble para nosotros los integrantes de Dimensión Latina: este servidor, César Monges, en la dirección y los arreglos musicales; José Rodríguez, el timbalero; Elio Pacheco, conguero; José Rojas, trombonista y los cantantes Vladimir y Rodrigo.

-Tuvimos la oportunidad de grabar el disco junto a músicos como el tresero Pancho Amat. Hay una buena vibra, como decimos nosotros en Venezuela, una gran energía positiva cuando todos juntos cantamos, tocamos e improvisamos. Lo hicimos con la intención de entregarle lo mejor al público cubano que es tan exigente. Estamos seguros de que lo van a disfrutar tanto como nosotros. Los hemos hecho con todo el corazón y con toda la admiración hacia la cubanía.

¿Cuándo podremos escuchar este disco en Cuba?

-Dios mediante vamos a estar el 7 de septiembre en el Festival Internacional del Son, en Santiago de Cuba. Allí va a ser el lanzamiento. Imagínese usted, es un compromiso tremendo para nosotros, pero eso es algo importantísimo.

También vamos a participar en el mes de noviembre en el Festival Baila en Cuba. Pensamos tocar todos los temas del disco además de otros del repertorio habitual de Dimensión Latina que ya pegaron, pero con innovaciones, armonizados, actuales, con otras moñas, para darle una variedad al público.

¿Existen muchos seguidores de la música cubana en Venezuela?

-Claro que sí. Con el nuevo nieto de la salsa, que es la timba, se están presentando muchas orquestas cubanas y actualizando todo el panorama musical. Hay una cantidad de seguidores impresionante.

-Hace unos cinco años tuve que viajar a Perú y me quedé impresionado porque todos los grupos tocaban timba o estaban involucrados con ese movimiento. Había una influencia tremenda de la música cubana. El propio Manolito se presenta allá todos los años con su orquesta.

Fundada el 15 de marzo del año 1972, Dimensión Latina cuenta en su haber con más de 37 discos. En sus 44 años de historia ha vendido unos 30 millones de discos y acumula más de tres mil presentaciones en vivo.

Para la historia musical cubana constituye un verdadero acontecimiento que A puño cerrado, su más reciente obra discográfica, se esté gestando en Cuba y cuente con la producción musical de Manolito Simonet.

Maya Quiroga
On Cuba Magazine, 11 de julio de 2016.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Yesterday Made In Cuba


Horacio 'El Negro' Hernández es uno de los mejores bateristas del mundo. Antes de venir a Estados Unidos y tocar con Carlos Santana, Paquito D’Rivera, Alejandro Sanz y Michel Camilo, 'El Negro' vivía en La Habana y formaba parte de bandas empeñadas en que la mediocridad política no privara a los cubanos de rock en vivo.

Pero como casi todo en Cuba, conseguir o reparar una batería no era fácil. Cuando se le rompían las láminas de un redoblante o de un bombo tenía que buscar 'placas' de rayos X para arreglarlos. No era raro que sus baquetas descargaran en la radiografía del fémur, el omóplato o el parietal de alguno de los que estaba en la fiesta.

De esas cosas se entera usted al ver A Contratiempo, documental de Jorge A. Soliño estrenado en el Teatro Tower, de La Pequeña Habana de Miami. Antes de que la mala memoria y el olvido empezaran a enterrar lo que hoy parecen alucinaciones sicodélicas, Soliño se las arregló para reunir testimonios de aquellos invencibles roqueros tropicales, protagonistas de una sublevación que en el fondo era más vital que musical.

Ahí está el recuerdo de los días pasados en celdas de Villa Marista, la sede de la Seguridad del Estado de Cuba, por el imperdonable pecado de interpretar Stairways to Heaven. Tenga el privilegio de ver lo que dice El Conde, rey de reyes en el abolengo del rock cubano, pero -como Celia Cruz- condenado a morir en Miami sin haber podido volver a cantar en La Habana. Lo difícil que era conseguir una guitarra eléctrica, o los retos de hacerla Made in Cuba, con madera de un escaparate y gruesas cuerdas de piano. Ahí está el bajista que terminaba la fiesta y volvía a casa con los dedos ensangrentados por pulsar esas cuerdas, quién sabe si pensando escribir también la palabra FIDEL en una pared, y al lado una frase, PLEASED TO MEET YOU: HOPE YOU GUESS MY NAME (Encantado de conocerte, espero que adivines mi nombre) El mío, Fidel Castro, no el tuyo. Sé que quieres endiosarte, pero aquí estoy para impedirlo.

Hay que ver las fotos: en casi todas aparece una muchacha. A Soliño le preguntan por qué tantas bandas cubanas de rock en aquella época tenían una mujer entre sus integrantes. Pero no. Era la que cumplía los 15. La censura obligaba a Los Gnomos, a Los Kent, a Almas Vertiginosas, a los Jets, a Los Pacíficos y a todos esos grupos insurgentes a tocar casi siempre en fiestas privadas. La música del enemigo debía hacerse en silencio, o bajito, entre cuatro paredes.

Estos muchachos sacaron la cara no por el rock. Sacaron la cara por la libertad, y la disfrutaron intensamente, lo mismo en salones furtivos que en espacios callejeros a los que entonces llegaba la policía con orejas de hierro. Ellos les ganaban con música de corazón.

Muchas de las entrevistas fueron hechas aquí, en Miami, pero a algunos los fue a buscar a La Habana el eterno cómplice, Jorge Dalton, un salvadoreño -hijo del poeta Roque Dalton- cuya partida de nacimiento sufre hace rato serios trastornos de identidad. Los roqueros de allá se quedaron a vivir su vida donde siempre, y no falta quien confiese que sólo la vive en los recuerdos de una noche a medio camino entre Deep Purple y Led Zepellin. Los de acá han sufrido una doble alienación: cuando eran jóvenes se sentían en el lugar equivocado; cuando llegaron a la meca del rock, ya les habían aguado la fiesta.

Nunca mejor dicho: a contratiempo. Lo aplastante, sin embargo, es oírles decir que fueron felices.

José Antonio Évora
Diario las Américas, 9 de mayo de 2016.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Facundo Rivero o la carretera del Sans Souci


Facundo Rivero es otro de esos huecos negros en una cultura con problemas de memoria. Nacido en 1910 debutó como pianista en un teatro de Santa Clara hasta comenzar a tocar en orquestas de charanga, primero en la de Raimundo Plá y luego en la de Belisario López. Más tarde ingresó con su instrumento en el cuarteto Siboney, fundado en 1940 por la también pianista y compositora Isolina Carrillo (1907-1996).

Se iniciaba así una tradición actuante durante mucho tiempo en la música cubana con agrupaciones vocales como las de Orlando de la Rosa, las Hermanas Lago, Los Faxas, Las D' Aida, Llopiz-Dulzaides, Los Modernistas, Los Meme, Los Zafiros y el Cuarteto del Rey, entre otras, todas bajo el ala norteamericana, pero no por ello menos criollas, un clásico ejercicio de antropofagia cultural, como el feeling. En 1941 fundó su cuarteto, integrado por Mercedes Romay, Jesús Leyte, Welia Núñez y Abelardo Rivero. Por ahí también pasaron figuras como Elena Burke (1928-2002).

Facundo tiene en su expediente ciertos lauros. Uno consiste en haber vislumbrado y promovido el talento y la voz de Olga Guillot (1922-2010), una joven santiaguera que en 1939 se había presentado en la Corte Suprema del Arte junto a su hermana María Luisa, y ex integrante del Cuarteto Siboney. En 1945 la colocó en el Zombie Club, en la calle Zulueta 256, cerca del Sloopy Joe's. Al año siguiente la Guillot incorporaría en su repertorio Lluvia gris, versión en español del ya desde entonces clásico Stormy Weather, todo un éxito en aquella Habana de sonoridades, hedonismos y corrupciones auténticas; entonces fue nombrada “la cancionera más destacada de Cuba”. Otro, en ser el compositor de Quédate, negra, uno de los números con que Úrsula Hilaria Celia de la Caridad Cruz Alfonso, en breve Celia Cruz (1925-2003), inició su carrera en solitario en Venezuela.

En los 50, Facundo Rivero se presentó en los Estados Unidos, por entonces bajo la euforia del mambo. En 1953 actuó con su cuarteto en el Chateau Madrid de Nueva York, a dos cuadras del famosísimo Copacabana, y probablemente también lo hiciera en el Palladium y su gran salón de baile. Allí muy bien pudo haber conocido a Marlon Brando, un verdadero asiduo. Bajo el influjo de aquella locura social, ese año el pianista y orquestador puertorriqueño Joe Loco organizó una gira por la Unión, Mambo USA, a la que se sumó mucho de lo que brillaba y valía en el género. Una movida sin dudas redituable, porque al año siguiente se repitió incorporando a otros protagonistas, uno de ellos al pianista Facundo Rivero, junto a Machito y sus Afrocubans, Tito Rodríguez y varios sonados músicos del momento.

El percusionista ítalo-americano Jack Costanzo, más conocido por Mr. Bongo en los círculos jazzísticos de la época, fue una persona que se hizo a sí misma aprendiendo a tocar el bongó en su natal Chicago, pero en los años 40 viajó más de una vez a La Habana para perfeccionar su técnica, un camino de Santiago que también recorrieron otros: ir o no ir a la fuente viva era la cuestión. Trabajó en agrupaciones como los Lecuona Cuban Boys y con Stan Kenton, Nat King Cole, Frank Sinatra y Dámaso Pérez Prado. También tocó con Marlon Brando en descargas públicas y privadas.

Entrevistado a principios de este siglo por Erick González para Herencia Latina dijo del hombre del tranvía y el deseo lo que otros han dicho, aunque tal vez con un poco de irreverencia y distanciamiento: “para ser un aficionado, no tocaba mal. Era un verdadero adicto a la tumbadora”. Esto para diferenciarlo de James Dean y Gary Cooper, genuinos desastres en esos menesteres, pero tragados por la moda. Y testimonió un peculiar jam session en la casa de Brando en Los Ángeles. Le dijo a González:

"Fui a una fiesta en su casa en honor de Edith Piaff, una famosa cantante francesa. Él me invitó. Allí estaba también un pianista cubano llamado Facundo Rivero. Marlon Brando le alquiló esa casa a una actriz de cine llamada Ann Miller".

Es esto justamente lo que explica la reacción de Brando en la carretera del cabaret Sans Souci aquella última madrugada de febrero de 1956. Un momento de la entrevista que se sustenta en sí mismo, pero con todo de contextualización necesaria. Aquí el joven Cabrera Infante se está ejercitando en la técnica del iceberg:

En medio de la conversación, una máquina se detiene junto a la nuestra.

-¿Está ahí Marlon Brando?, pregunta alguien en español.

-No, no está Marlon Brando, responde Marlon Brando en español.

Pero dentro del auto desciende alguien y dice:

-¡Cómo no! Si es Marlon. Hey, Marlon, it´s me! Facundo.

Es Facundo Rivero. Marlon lo saluda con verdadera alegría.

Con esa anagnórisis que al fin lo libera de la pesadilla de otro fan, Brando manifiesta, de hecho, haber querido repetir una experiencia musical previa con el pianista al otro lado del Estrecho:

-Eh, Facundo, ¿dónde has estado? Te he buscado por toda La Habana. Quería que organizáramos un grupo para tocar un rato.

Facundo habla su mezcla de inglés y español, que no es ninguna de las dos cosas. A través de la ventanilla:

-¡Muchacho, hasta Pardo Llada lo dijo! Marlon Brando está buscando a Facundo Rivero.

Marlon Brando no sabe quién es Pardo Llada, pero el énfasis de Facundo es tan amplio que creo comienza a adivinarlo.

-¿Cuándo te vas?

-Mañana por la mañana.

-Es una lástima.

-Sí, es u-na pe-na, dice Marlon en español. Pero puedes venir por casa cuando estés en Nueva York.

Facundo lo promete y se marcha después de saludar a Dorothy Dandridge.

La entrevista concluye con lo que se inician muchas evocaciones de la estancia cubana de Brando -por cierto, la única documentada-, aunque las razones sean más complejas de lo que el propio actor le exterioriza a la Dandridge.

En la madrugada, Dorothy hace una pregunta y la respuesta revela el carácter de ese gran actor del cine y personalidad extraordinaria que es Marlon Brando:

-¿Qué te ha traído por La Habana?

-Estaba en Miami en asuntos de negocios y de pronto se me ocurrió comprar una tumbadora.

Alfredo Prieto
Siete días, 6 de abril de 2015.

Video: Escena del filme mexicano Mujeres sin mañana (1951) donde Facundo Rivero y su Cuarteto cantan y bailan el sucu-sucu Felipe Blanco, de Eliseo Grenet (La Habana 1893-1950). La mujer que se incorpora al baile es la actriz chilena Olga Donoso.

Ver a Facundo Rivero y su Cuarteto en Jelengue y María Cristina me quiere gobernar.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Bob Dylan: la leyenda sigue en la carretera


El 24 de mayo, Bob Dylan llegó a los 75 años con la cabeza bien alta. Recibido en la Casa Blanca, es citado por jueces y filósofos. Acumula los suficientes reconocimientos para permitirse acudir a recoger premios… o no. Hasta Duluth, la ciudad donde nació, escenifica la reconciliación con su hijo ingrato. Y le conceden una nueva oportunidad en la ficción audiovisual: con dinero de Amazon, Lionsgate prepara una serie basada en su cancionero.

Se acepta su modus operandi, que nada tiene de normal. Desde 1988, ofrece un centenar de conciertos anuales. No obedece a imperativos económicos, como ocurre con tantos veteranos de la canción: los derechos de autor y las regalías de sus discos le permitirían retirarse o dosificar sus apariciones. Es una opción personal: entiende su existencia como una actualización del oficio del juglar, en perpetuo movimiento, pero encerrado en su burbuja.

Su planteamiento incluye también la reinvención de su repertorio. Nada ha dañado tanto su reputación como el persistente maltrato en directo de su obra,agravado por sus carencias vocales. Cabe sospechar que tampoco Dylan se siente muy seguro de sus frutos: tras casi treinta años de su Never ending tour, no ha editado ningún álbum en vivo, aparte de temas sueltos. Parece haberse alcanzado cierto equilibrio entre sus misteriosas necesidades creativas y las expectativas de su público.

Pocos artistas han mantenido una relación tan antagónica con sus seguidores primigenios. Solo podemos calibrar esa tensión si asumimos que Dylan fue mucho más que un cantante: en los sesenta, portaba la antorcha que iluminaba la insurgencia generacional. En la primera oportunidad, rechazó el papel de profeta (algo perfectamente comprensible, considerando los finales de Malcolm X, Robert Kennedy o Martin Luther King), lo que creó sensación de orfandad entre sus fieles. Con el tiempo, estos discípulos han aceptado a regañadientes algunos de sus volantazos: el acercamiento al country, el valor musical de sus coléricos discos de cristiano fundamentalista.

Pero queda un poso de rencor. Felizmente para Dylan, ha ido renovando su grey. Se han incorporado fans de las siguientes generaciones, que no comparten esa sensación de haber sido traicionados ni hacen comparaciones con el Dylan imperial (1965-6). Se ha librado así de procesos revisionistas: las luminarias del feminismo han obviado sus venenosos retratos de las mujeres que le desairaron durante los 60, mientras que Mick Jagger ha sido triturado por la misoginia de las canciones que hacía en la época.

Dylan ha alcanzado un extraordinario grado de libertad: se mueve en las sombras, raciona las entrevistas, evita comprometerse. Un ejemplo de su ductilidad: el hombre que presumía de haber liquidado el negocio de Tin Pan Alley (la fábrica de standards que nutría a crooners y torch singers) ahora puede permitirse dar su visión de lo que llaman el Great American Songbook.

¡Rebobinemos! En 1985, durante la entrevista para la preparación de la caja Biograph, alardeaba de que “Tin Pan Alley ya no existe; yo acabé con aquello”. Aquellos maestros (mayormente judíos) de las letras y las melodías cedieron ante el modelo de Dylan, que primaba la autoexpresión y no reconocía límites en temática o lenguaje. Esa jubilación forzosa fue una catástrofe cultural, pero Bob extiende hoy una rama de olivo: ha lanzado su segunda colección de standards, unidos por el leve hilo de haber sido cantados por Frank Sinatra.

Tales caprichos se facilitan por su decisión de 2001, cuando pasó a autoproducirse bajo el seudónimo de Jack Frost. Eliminaba así sus mayores dolores de cabeza: los sucesivos choques con productores que pretendían modernizarle. Aceleraba el proceso de grabación, al recurrir a su disciplinada banda de directo, que entiende su idea del clasicismo sonoro y los arreglos funcionales.

Aún así, cuando terminó las sesiones de grabación en el estudio de Capitol que se materializarían en Shadows in the Night y Fallen Angels, acudió a la casa de Daniel Lanois para que escuchara los resultados. Explicó al productor canadiense que aquellas sofisticadas canciones le habían conmovido cuando era un adolescente. ¿Cómo? ¿No habíamos quedado en que era un hijo del rock and roll revitalizado por el folk?

Tal vez reincidía en un deporte favorito: la reescritura de su biografía. Aunque, tras la primera entrega, nunca completó Crónicas, su prometida trilogía autobiográfica. Hizo bien: con las actuales herramientas informáticas, sus “préstamos” son fácilmente detectables. Dado el grado de fanatismo que despierta, resultó inevitable que se descubrieran docenas de deudas de Crónicas Vol. 1 con Jack London, Mezz Mezzrow y otras fuentes inesperadas (¡un número de la revista Time de 1961!).

En música, se acepta su coartada: trabaja en la tradición folk donde se reciclan constantemente los hallazgos del pasado, aunque se espera que cites el original; en el universo literario, suelen ser más estrictos con los plagios. Tranquilos: no tiene muchas posibilidades de que le otorguen el Nobel.

Diego A. Manrique
El País, 24 de mayo de 2016.