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viernes, 3 de julio de 2015

La nueva moda: lucir la bandera americana



En La Habana, el descongelamiento diplomático entre Estados Unidos y Cuba vino acompañado de un inesperado despliegue de banderas... americanas.

Las barras y estrellas aparecieron en edificios y bicitaxis. Se lucen en camisetas y pañuelos. Sobre las lycras, como las cubanas llaman a los leggings, las barras se enroscan en más de una pierna.

"Estoy viendo cosas que nunca creí ver en Cuba", dijo un hombre de mediana edad, mientras mira los pantalones-bandera de una joven. La mujer, que se negó a dar su nombre y no quiso hablar del símbolo de una nación que sigue enemistada con Cuba en muchos temas, dijo que era un regalo de una amiga que sabe de su afición por la cultura pop norteamericana.

"Es moda y nada más. No es una declaración de principios", se apresuró a dejar en claro la joven, en un país donde cualquier oposición abierta al gobierno levanta sospechas o algo peor.

Pero hay un lugar donde la bandera todavía no aparece: el asta de la delegación diplomática conocida como Sección de Intereses, que fue embajada hasta que ambos países rompieron relaciones en 1961.

El 17 de diciembre de 2014, luego de anunciar su intención de avanzar en el restablecimiento de relaciones diplomáticas, Washington y La Habana siguen debatiendo cuándo y cómo reabrir las embajadas.

Durante la Cumbre de las Américas en Panamá, Barack Obama y Raúl Castro mantuvieron la primera reunión formal entre líderes de las dos naciones desde 1959. El encuentro se llevó a cabo sin la colocación de banderas.

Diplomáticos de uno y otro lado dijeron que esperan que, llegado el momento, las banderas puedan flamear en sus respectivas misiones diplomáticas. En las últimas semanas se han realizado trabajos de mantenimiento del asta ubicada en el exterior de la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba, frente al Malecón de La Habana, como anticipo de la reaparición oficial del pabellón estadounidense en más de medio siglo.

Pero más allá del devenir diplomático, el hecho de que tanta gente exhiba tan literalmente su fervor, demuestra que los cubanos nunca perdieron su amor por Estados Unidos, a pesar del controvertido embargo comercial y las décadas de hostilidad política.

Cuba ya pasó por otras oleadas de manía por banderas extranjeras. La bandera británica fue furor durante los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Los analistas de tendencias aseguran que ahora lo que proliferan son las prendas de ropa con la bandera de Estados Unidos, para consternación de más de uno en el gobierno cubano.

El año pasado, un artículo en el sitio oficial Cubadebate, criticaba esa moda como una forma de 'imperialismo cultural'. "Me duele ver cubanos arropados en la bandera norteamericana. Mi mente no lo acepta", comentaba una persona.

Considerada por muchos un símbolo de libertad, una prenda con la bandera también puede venir con un tufillo a contrabando. Los consumidores dicen que son introducidas de contrabando desde Florida o Panamá, y que a pesar del impulso que últimamente ha dado Cuba a los emprendedores, su venta está prohibida..

Así que parece que son numerosos los cubanos que tienen parientes y amigos amantes de la bandera americana que viven en el exterior. Como un mecánico de autos con una camiseta que dice I Love USA; un chico con un short-bandera caminando por una calle del interior de la isla o una adolescente engalanada de pies a cabeza con las barras y estrellas.

Algunos disidentes creen que la ropa con la bandera norteamericana es un grito que pide cambios, pero en general, los cubanos nunca dejaron de ser amistosos con los visitantes estadounidenses. Ni han dejado de seguir la música y el deporte de Estados Unidos. Muchos están dispuestos a hablar del béisbol de Grandes Ligas y a pasarse pen drives con las últimas series y películas Made in USA.

Sea o no una fugaz declaración en forma de moda, este estallido de banderas probablemente no se habría extendido tanto cuando Fidel Castro, que hoy tiene 88 años, estaba al mando del gobierno.

Desde el comienzo de la revolución cubana y hasta una reciente carta en la que deploraba las sanciones norteamericanas contra varios funcionarios venezolanos, Fidel ha tenido una relación de enfrentamiento mucho más frontal con Estados Unidos. Y el único flamear de banderas que entonces Estados Unidos inspiraba, eran las masas de cubanos que agitaban banderas de Cuba en las marchas contra el "imperio". Pero esas manifestaciones perdieron fuerza en 2006, cuando Raúl Castro reemplazó a su hermano enfermo.

Las decenas de astas con banderas cubanas que Cuba erigió hace unos años junto a la Sección de Intereses, para impedir que se pudiera ver la propaganda del gobierno estadounidense, ya no existen.

Artículo de Randal C. Archibold, de The New York Times, publicado en La Nación el 15 de abril de 2015.










Todas las fotos fueron tomadas de internet.

miércoles, 1 de julio de 2015

Del pitusa a la minifalda



En Cuba, al jean o vaquero le dicen pitusa. "Pitusa, mucho pitusa". Así describe el consumo de moda Yiusimi, de La Inesita, uno de los locales angostos típicos de La Habana, con sólo un mostrador y pocos percheros. En nada se parece a los shoppings argentinas ni a los centros de compras de otras capitales.

Sobre la peatonal y empedrada calle de Obispo, las vidrieras acumulan prendas que a duras penas se ven a través de vidrios muy envejecidos. En ellas, afiches de perfumes de Lolita Lempika y Nina Ricci conviven con un paisaje de pulóvers (T-shirts) y pantalones fuera de temporada.

Vaqueros lavados, manchados, desteñidos o rotos, más por el tiempo que por la intencionalidad de la moda, son la principal tendencia en esta ciudad donde el habitante medio se arregla con un guardarropa más que básico.

La alternativa al jeans o pitusa es el pantalón camuflado o la minifalda en denim, con blusas o camisetas escotadas. Es que la cubana suele vestirse de manera seductora, con faldas cortas, escotes y tacones altos... heredados de madres, tías o abuelas.

"Por la tarde se arreglan mucho", observa José Luis González, diseñador de vestuario, decorador y ambientador, después de su desfile en el céntrico Hotel Meliá. González pinta sus diseños sobre telas importadas por el gobierno. "Son los extranjeros los que consumen nuestras propuestas, pero a las cubanas también les gustan."

En sus desfiles, frecuentados por extranjeros, familiares y amigos, la modelo principal es una mujer orquesta: de día trabaja en la recepción de un hotel y por la noche en un restaurante de lujo.

Es que la moda en Cuba no es accesible ni rentable, aunque a la mayoría le interesa: el problema es que no hay con qué hacerla ni cómo venderla. La cultura tropical de la isla asoma en vestidos llenos de color, con volados, y en camisetas o camisas muy coloridas.

De esa movida alegre participa todo el mundo, desde vendedores ambulantes de habanos, mujeres que por la calle piden un bolígrafo o un jabón hasta taxistas de coches deportivos, quienes andan en descapotables de los años 50 en llamativos colores rosa, amarillo y turquesa y sólo alquilan a extranjeros.

En la Plaza de las Armas el turista se distingue a la legua por su look, mientras hojea los libros antiguos que ahí venden. Entre las ofertas, Vanidades, revista que antes de la revolución tenía una versión cubana. Un ejemplar muestra en su portada indumentaria de los años 50, cuando la moda parece haberse detenido en Cuba.

De todos modos, estudiantes, universitarios y jóvenes interesados en la moda maximizan recursos para actualizarse, con ropa que pasa de una generación a otra, compras que pueden hacer por las remesas que les llegan de sus familiares en el exterior o gracias a regalos de turistas y amistades foráneas.

Otra opción son las casas de barrio que decoran sus fachadas con ropa tejida a mano, y en su interior ofrecen todo tipo de souvenirs: pequeños autos hechos con viejas latas de refrescos, instrumentos musicales caseros, ceniceros, gorras con la imagen del Che y pinturas en óleo bien aguado. Todo está a la venta.

También en La Habana encuentras marcas como Mango, Zara o United Colors of Benetton, con franquicias en el país, manejadas por el gobierno, que compra a intermediarios textiles producciones de ésas y otras firmas y las revende a los turistas en pequeñas boutiques, pero son muestras desfasadas. La oferta más actualizada es la de los perfumes, que se pueden adquirir en las tiendas de los hoteles cuatro o cinco estrellas.

Roberto es ingeniero y maneja un taxi que era de su abuelo. En el interior, las bocinas de su modelo de los años 50 y su pantalla reproductora de DVD encajan casi perfectamente con su look, como salido de un videoclip: zapatillas (tenis) de marca, cadenas y reloj dorados y jeans que dejan ver sus boxers (calzoncillos). De fondo, hip hop cubano, muy similar al norteamericano. "Mi primo me trae todo de Venezuela. Acá nada de eso se consigue".

Mientras, en el rincón más turístico de la Habana Vieja, mujeres disfrazadas con ropa caribeña, se sientan frente a la Plaza de la Catedral y cobran dos dólares por foto. Dinero que cambiarán por pesos convertibles y que les permitirán comprar una bolsa leche en polvo, detergente y, con suerte, un pitusa.

Varadero, a 140 kilómetros al este de La Habana, es un destino de relax. Playa, mar y sol es la combinación elegida por el turismo internacional. Cuando llueve, las galerías de los hoteles todo incluido, se llenan de turistas. En locales alquilados, reconocidas marcas internacionales a precios altos venden colecciones de temporadas anteriores.

En Cuba circulan dos monedas: el peso cubano (CUP), que es la moneda nacional (MN), y el peso convertible (CUC) que es la divisa. Un helado en Copelia cuesta 2,50 de peso cubano (0,11 centavos de dólares). En un hotel, por el mismo helado, un extranjero paga el equivalente a 11,88 dólares. Gladys García, guía de turismo, explica que la ropa, los productos de aseo y los centros nocturnos son caros porque cobran en CUC".

Publicado en La Nación en 2010, cuando en Cuba aún no había prohibido la venta de ropa a particulares.

Foto: Tomada del blog La chiringa de Cuba.

lunes, 29 de junio de 2015

¿Cómo es hacer moda en Cuba?



Casi todo en Cuba se hace con pocos recursos y el mundo de la moda no iba a ser la excepción. Aún así, es un contexto donde sobresale la creatividad dentro de unas limitaciones que nada tienen que ver con el individuo y sus deseos de hacer arte. Y aunque el trabajo siempre debe de duplicarse, las ganas y el intercambio de información con otros hace que los procesos sean muy llevaderos y los resultados, trofeos que se atesoran como oro.

Rolando Rius lleva toda su vida creando y amando la moda. Es un veterano, muy conocido en el país. Egresado de la Escuela Superior de Diseño Textil de La Habana, desde hace seis años trabaja de manera independiente. "Trabajo en base a ser optimista, sin pensar en los problemas para conseguir materiales, reciclando, experimentando, la idea es mantenerse activo para que no muera el talento".

Yudel Rifat Contreras lleva menos en este mundo y es el diseñador de la empresa FAMA, adherida al Ministerio de la Industria Ligera, donde diseña prendas para el gobierno y de vez en cuando hace sus propias colecciones. "Hace poquito que estoy en serio en esto, pero siempre me ha gustado. No estudié, soy empírico y he recibido mucha ayuda de gente profesional que me ha apoyado, como Rolando".

"Ésa es una de las cuestiones que marcan el quehacer de la moda en Cuba: las colecciones. Rolando y Yudel hacen una colección anual a través del Ministerio de Industria Ligera, que organiza una estrategia inspirada en las tendencias internacionales y propone a los diseñadores la creación de una colección. No existen pasarelas como en otros países, es un sistema atípico, el Estado es el benefactor y ellos son los que les proporcionan los materiales, solo se hace una feria anual donde muestran sus creaciones. "Tenemos que hacer algo para la mayoría de la población y algo un poco más exclusivo para tiendas especializadas, pero no es suficiente" dice Yudel.

No siempre lo que les proporciona el ente gubernamental está actualizado y deben nutrirse de revistas de tendencias que amigos extranjeros o turistas les dejan. Los materiales son escasos y muy difíciles de conseguir, el lino y el algodón, los únicos textiles con los que se puede trabajar en un país con un clima tropical, provienen de una industria deprimida y adquirirlos es casi imposible. "No podemos compararnos con los diseñadores de fuera, primero aquí el clima y la economía nos remite a casi una sola vía: la comodidad" afirma Rolando.

En Cuba la gente está informada de la moda, pero con ingenio, con picardía. Durante el período especial (1991-1995) en Cuba nadie dejó de maquillarse o de estar totalmente de blanco para lo que fuera, eso da una idea del carácter del cubano que se moldeó a partir de esa crisis: se volvió más paciente. Necesitan crear para vivir, las crisis los vuelven invencibles, "siempre pensamos que podemos hacerlo" dice con orgullo Rolando.

"Podemos tener un aire internacional que siempre será cubano desde la manera de afrontar la vida; de la gestualidad. Creemos que una prenda hecha por nosotros, una persona que haya vivido en el trópico le sacaría más jugo. Nuestras pieles asimilan el color de otra manera, haciéndolo mas vivo y cadencioso. Le da una energía que proviene del sol que nos ilumina perennemente" reflexiona Yudel.

¿Cómo es hacer moda en Cuba?

Rolando: Es difícil, por la escasez de materiales. Sabes que la moda se basa en tendencias y lineamientos y a veces no tienes los tejidos con los colores adecuados para cada temporada, los estampados que se llevan, etc. Muchas veces no tienes accesorios o complementos para la ropa. Es un reto hacer moda en Cuba.

¿Y para recibir información?

Yudel: Eso ha mejorado. Ya existe internet y páginas web, es más fácil.

Pero en Cuba casi no hay internet...

Rolando: Hay más información ahora que en un período de tiempo donde la información escaseó mucho. Viene gente, esa gente trae revistas. Y bueno, a través de internet se resuelve más, aunque sea lenta.

¿Las cubanas compran moda?

Yudel: Les es difícil realmente comprar las cosas que se llevan o que se diseñan en Cuba. Muchas veces los diseñadores tenemos problemas para hacer producciones en serie. La industria nacional está deprimida, en el sentido de producir lo que verdaderamente puede ser llamado moda. Aunque al cubano le gusta, sobre todo a la gente joven, seguir las tendencias es muy complicado.

¿Dónde pueden ver lo último que se hace en moda los jóvenes cubanos?

Yudel: En internet, por revistas. Personas de afuera que ven en la calle y lo copian.

Rolando: Ahora mismo, tu traes ese look y a lo mejor alguien te lo copia. Se supone que la gente que viene está más informada.

Y en Cuba, ¿qué se confecciona?

Rolando: Mayoritariamente uniformes, se hace un poco de producción para las tiendas del Estado. Lo que no se puede es arriesgar mucho, hay que andar en un diapasón clásico. No es moda.

Y a ustedes, ¿quién les compra?

Rolando: Yo vendo mucho a las mismas modelos que son compradoras potenciales. O los que se mueven dentro de la farándula habanera, que sí están un poco más informados.

¿Qué es la farándula habanera?

La gente que se mueve más en la noche, que ha salido y viajado. Gente un poco más involucrada en la cultura, como los artistas plásticos. En general, personas con más sensibilidad.

Y los precios, ¿cómo son?

Cuando vendo de forma independiente, vendo a precios elevados porque me cuesta conseguir las cosas y sé cuál es la clientela que lo puede pagar.

¿Cuán elevado es un precio para un cubano?

Rolando: Que a lo mejor por una prenda pidas 50 pesos convertibles cubanos (aproximadamente 50 dólares) o más. A mí me compran también casas que hacen fotografías para quinceañeras. Son casas que están llevadas por personas que están o estuvieron vinculadas al mundo de la moda, como ex-modelos y maquillistas, y ahora trabajan para casas que hacen las fotografías de quince. Me compran mucho la ropa porque les gusta y las fotos entonces son un poco más trendy, más fashion en ese sentido.

¿Ustedes incentivan a otros jóvenes para que hagan moda?

Yudel: Somos portadores de información y usuarios. La escuela forma diseñadores industriales, que abarca todas las formas del diseño desde vestuario, calzado y accesorios hasta muebles, cerámica y diseño de interiores.

¿Dónde compran las telas?

Rolando: En tiendas de telas situadas en el centro de La Habana, que tienen precios bastante elevados. Las importan de distintos lugares. Existen textileras, pero están enfocadas a resolver problemas del país, como la confección de uniformes.

Hacer moda es difícil, ¿pero tiene alguna satisfacción para ustedes?

Rolando: Cuando ves el resultado sí. Porque al final es como un reto, lograr cosas se convierte en un desafío. Que puedas hacer algo y que tenga aceptación. Yo le llamo 'tropicalizar las tendencias', hacerlas cubanas.

¿Cómo ven las conversaciones con Estados Unidos?

Rolando: Pienso que es a largo plazo. Se abrirá en un futuro que no creo sea muy cercano. Y para que llegue al mundo de la moda, va a llevar un tiempo.

¿Qué esperan en sus vidas para el futuro?

Rolando: Pienso que ha habido cambios favorables en los últimos años, los cuales a corto o mediano plazo van a favorecer el desarrollo del país y abrirse a otros mercados. Eso permitirá que otros mercados entren a nuestras vidas y hará que ésta mejore.

Yudel: Suceda lo que suceda, espero seguir haciendo moda.

Texto y foto: Luis Cobelo
i-D, 25 de febrero de 2015.

viernes, 26 de junio de 2015

Mitos y verdades de las frutas de Brasil


Video del programa Domingo Espectacular, trasmitido el 22 de marzo de 2015 por la Rede Record. También conocida por TV Record, trasmite series, telenovelas, reportajes y reality shows. Fue fundada el 27 de septiembre de 1953.

miércoles, 24 de junio de 2015

La fresa, fruta prohibida para los cubanos



La fresa es una fruta prohibida para los cubanos. Su limitada producción nacional es para los turistas y los jerarcas de verde olivo.

El Estado limita la producción porque ésta se cotiza a 2,40 euros el kilogramo en el mercado internacional. Dicen algunos que en 1965 se introdujo en la Isla. Han pasado 50 años y todavía la población no puede consumirla.

La fresa tiene un ciclo corto y es rica en vitamina C. Sus compuestos tienen un alto poder antioxidante, así como incrementa la actividad anticancerígena, y previene el envejecimiento cerebral.

El pasado mes de febrero tuve oportunidad de hablar con dos vendedores de fresas, quienes indicaron: “Estamos aquí porque nuestro cliente nos dejó embarcado. Tenemos que vender los productos a los transeúntes antes que se deterioren. Vendemos el pote chiquito a 1 cuc y el grande a 3 cuc".

Decidí investigar dónde se cultiva la fresa, con el objetivo de indagar por qué el pueblo no puede comprarla.

Hay que llegar primero a la comunidad Las Cañas, en la frontera entre Alquízar y Artemisa. Luego, transitar por la carretera La Roncha. A partir de ahí comienzan las comunidades denominadas Maravilla, Calipso, Neptuno y La Pluma. Es en estos inaccesibles lugares es donde se cultivan las fresas. Son fincas particulares y pertenecen a la cooperativa Rigoberto Corcho, de Artemisa.

En la finca Calipso, el productor Nadir Jiménez me dio la siguiente justificación: “Lo siento, no podemos dar entrevistas a periodistas extranjeros que no vengan acreditados con una carta de la delegación municipal de la ANAP (Asociación Nacional de Agricultores Pequeños) en Artemisa, o una carta certificada del Ministerio de la Agricultura. Tampoco está permitido tirar fotos a los cultivos. Lo siento, no puedo ayudarte”.

Después, en la finca La Pluma, pude conversar con Julio César, un vendedor, quien fue más explícito: "La fresa es un producto exclusivo, destinado a hoteles cinco estrellas y contratos especiales establecidos con algunos bares y paladares (restaurantes privados), No podemos comercializar la fresa para la población. Los inspectores nos ponen mil pesos de multa y nos decomisan las fincas. Si te arriesgas a ir a La Habana, a vender una lata (5 kg) tienes que esquivar los puntos de control de la policía, de los inspectores y del mismísimo diablo. Si logramos sobrepasar esos controles, en la capital vendemos las fresas en potes de helado, a un cuc el pequeño y 3 cuc el grande".

En la carretera La Roncha me encontré con un matrimonio que había adquirido un pote grande de fresas a 3 cuc. Aunque no quisieron identificarse, dijeron que “si tienes amistades y buenos contactos con los mandamases del negocio de la frase y de la ANAP municipal, te puedes dar el lujo de venir y comprarla. Recomendamos que ningún extraño se acerque por aquí si no viene bien avalado.”

Norberto, un transeúnte, añadió: “La fresa es solo para los gobernantes, los turistas, los militares y la nueva burguesía. No para nosotros. La fresa es una fruta prohibida para los cubanos".

De nuevo en la ciudad, entré al Betty Boom, snack bar con estilo y diseño muy norteamericano, situado en 3ra. y 60, Miramar. Allí me tomé un refresco de fresa frappé que cuesta 2.80 cuc la copa grande.

Texto y foto: Isis Márquez
Cubanet, 17 de abril de 2015.
Leer también: Discurso de Fidel Castro en 1966, en Topes de Collantes, donde anunció el cultivo de uvas, fresas y espárragos en Cuba; Las frutas exóticas del delirio; Redención de las fresas cubanas; Manzanas en Alquízar y Cinco frutas desaparecidas en Cuba.

lunes, 22 de junio de 2015

Stalin y los melones de invierno


Fidel Castro y José Stalin, dos de los dictadores que más coincidieron en su política, sobre todo represiva y económica, eran verdaderos enfermos al culto de la personalidad, término descrito en 1956 por Nikita Jrushchov, cuando denunció al difunto Stalin en el XX Congreso del Partido Comunista.

A Stalin le gustaba reproducirse en cuadros y estatuas. Llegó a tener 151 en la estación de Moscú. A Fidel, aunque el 26 de marzo de 1962 expresara que era enemigo del culto a su persona, que no llevaría estrellas de general, ni permitiría estatuas, aparecía constantemente en la televisión, la radio y la prensa escrita, y a consecuencia de quienes aún practican devoción por él, esto continúa en los medios de comunicación y sus fotografías ampliadas se exponen en escuelas, oficinas, edificios.

Los que alimentan el culto a Fidel, en vez de poner en una balanza los garrafales errores que ha cometido, prefieren verlo por encima de los mortales en inteligencia y sabiduría, para no perder sus privilegios.

Fidel y Stalin son famosos por sus fracasos en proyectos muy similares, provocadores del hambre y la miseria de sus pueblos.

El georgiano realizó numerosos experimentos con los cítricos en la costa del Mar Negro, se empeñó en sembrar melones durante el rudo invierno moscovita y puso en práctica planes para alterar el ciclo vital de las plantas. Por orden suya, se sembraron inmensos cordones de cultivos en tierras inapropiadas, y en 1948, por iniciativa suya, en el Kremlin se aprobó un decreto que establecía transformar la naturaleza del país.

En Cuba, Fidel se empeñaba en desecar la Ciénaga de Zapata, en convertir las aguas de la bahía de La Habana en leche, en la zafra de los diez millones, en el cordón de La Habana y en las siembras de fresas, melocotones, o la producción de faisanes, de vacas enanas.

Hasta en gustos particulares coincidieron estos dos hombres que tanto daño le han hecho a sus pueblos. Si Stalin era fanático a Iván el Terrible, el zar más cruel de Rusia, Fidel lo es de Alejandro el Grande, gran rey macedonio que conquistó el mayor imperio del mundo antiguo y creó una reputación militar que ha tenido escasos parangones a lo largo de la historia.

Entre tantas coincidencias, también puede pensarse que un Nikita Kruschov en Cuba -tal vez sea el mismo Miguel Díaz-Canel-, en un congreso, le haga un balance a Fidel Castro, que le reconozca sus crímenes, la irracionalidad con que dirigió el país que tanto daño ha ocasionado a su economía, el caos en el que hoy están envueltos los cubanos. ¿Será eso posible?

Tania Díaz Castro
Cubanet, 23 de julio de 2013.
Ver también: La misteriosa muerte de Stalin.

viernes, 19 de junio de 2015

La nueva marca Cuba para los extranjeros



Apoltronado en una butaca de cuero en el lobby del hotel Saratoga, justo en el corazón de La Habana, Arthur, periodista free lancer de Massachusetts, observa atento la bóveda acristalada que cubre parte del salón y lentamente bebe una cerveza Heineken.

De fondo, un pianista con más oficio que talento, intenta tocar con decencia el tema del filme Casablanca. Varios huéspedes navegan por internet y beben mojitos a granel.

Arthur, especialista en autos, se siente en una nube. En un español impecable y ajeno a los precios de infarto del restaurante, dice que le encanta La Habana. “Mi abuelo trabajó para la empresa ATT en los años 50. En mi casa se hablaba de Cuba como si fuera un cuento de hadas. Ayer caminé por las calles de la ciudad. Es cierto que hay muchas edificaciones ruinosas y la urbe está sucia y tiene mala pinta. Las conexiones a internet son demasiado lentas y el servicio hotelero es de regular a malo. Pero la gente con la que hablé es de cinco estrellas. La Habana es una ciudad distinta. Hasta las comidas saben diferentes”.

El reportero estadounidense quiere escribir una historia sobre el club cubano de Harley Davidson y tantea la posibilidad de comprar un Dodge Desoto de 1950 en buen estado técnico. “Era el automóvil que usaba mi abuelo en La Habana”.

Turistas como Arthur son el prototipo de turistas que están visitando la Isla. A pocos les interesan si los derechos políticos de los cubanos son coartados o no por el régimen.

Ni siquiera les llama la atención que dos hermanos gobiernen desde hace casi seis décadas. Lo suyo es disfrutar de la playa, comprar Habanos, fotografiar coches viejos y aprender a bailar salsa.

Por supuesto, los hay más sórdidos. Como algunos vejetes canadienses o españoles, que pagan un puñado de dólares por acostarse con una adolescente menor de quince años.

En un bar de la bulliciosa calle Obispo, donde los usuarios tienen que hablar a gritos, debido a la música que toca un cuarteto sonero y el escándalo de un grupo de británicos ebrios, que en una pantalla plana siguen un partido del Chelsea, dos italianos en camiseta y bermuda pactan con un proxeneta el precio final de un par de chicas.

El tipo va pasando las fotos en su móvil inteligente y los turistas asienten. En cualquier discoteca, bar o en el malecón, es muy simple y barato ligar jineteras de cuerpos esculturales.

Junior, un chulo del barrio marginal de Colón, asegura que su negocio está en alza. “El 70% de los turistas viaja a Cuba a cuadrar ‘jevitas’ o ‘pingueros’. Tengo catálogos de niñas que son verdaderos ‘mangos’ (ricura). Los precios fluctúan según el momento y la calidad de la 'pieza': entre 40 y 70 dólares. Si los americanos vienen en manada, las tarifas de las jineteras se elevarán. El gobierno no posee infraestructura suficiente para ofrecer un servicio de primera a los turistas, pero te puedo asegurar que las putas no van a faltar”.

También existen visitantes como el peruano Jean Carlos. Con una boina verde olivo calada hasta las orejas, recorre museos para empaparse de la historia de la revolución y espera viajar a Santa Clara, 300 kilómetros al este de la capital, a conocer el mausoleo del Che Guevara.

Erasmo, empleado de un hotel habanero, afirma que “son minoría los turistas interesados por nuestras condiciones de vida y nuestro extravagante sistema. Lo que más abunda son matrimonios de jubilados a quienes solo les interesa tomar sol y bañarse en el mar. Pero no faltan los puteros incorregibles, que nos ven como una Tailandia del Caribe. También te encuentras con personajes en busca de negocios serios o aventureros que prefieren las ilegalidades. Y están los nostálgicos, que todavía piensan que Cuba es un faro de rebeldía y recorren sitios de propaganda revolucionaria o pagan cien dólares por montarse en una limusina que utilizó el comandante”.

Sergi, catalán, ha visitado la Isla una docena de veces. “Me cuesta definir qué es la marca Cuba. ¿Grandes bolsones de pobreza? Puede ser, aunque nunca al nivel de Bombay o Rio de Janeiro. ¿Ron, tabacos y mulatas? Creo que es mito publicitario. El ron de Guatemala o Nicaragua ahora mismo es mucho mejor que el cubano. Y el tabaco dominicano me parece superior. Hay mulatas que están para chuparse los dedos, pero también las encuentras en Venezuela o Brasil, a precios equivalentes. En un tiempo, la marca España era su equipo de fútbol. Ahora es el jamón y la crisis económica. Me parece que la marca indeleble de Cuba es Fidel Castro".

Y mientras bebe un daiquirí con ron blanco en el Sloppy Joe's, añade: "Es que en ninguna sociedad de la era moderna dos hermanos han gobernado por tanto tiempo”. Puede que lleve razón.

Iván García
Foto: Tomada de Share America.

miércoles, 17 de junio de 2015

En Cuba se roban hasta las estatuas



Un pedestal vacío y sin tarja en un pequeño parque en las intersecciones de las calles G y Línea en El Vedado alguna vez sostuvo una réplica de una famosa estatua de Johann Strauss, que fuera donada a Cuba en 2002 por autoridades austríacas. El regalo desapareció casualmente en un momento en que a las instituciones culturales cubanas les estaba prohibido cursar invitaciones a diplomáticos de la Unión Europea.

A unos escasos metros del lugar, en otro parque, aún permanecen los restos de lo que fuera un busto del fundador de la República de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk. Ambos monumentos pasaron a integrar la casi interminable lista de saqueos que incluye desde el ya rutinario robo de las gafas de la escultura habanera de John Lennon hasta la desaparición de una buena parte de un brazo de la efigie de Salvador Allende en la Avenida de los Presidentes.

Con la excepción de aquellas obras emplazadas en zonas fuertemente custodiadas, la mayoría de las piezas o conjuntos escultóricos de Cuba se encuentra amenazados por actitudes rapaces ligadas a estrategias de supervivencia, por una parte, y, por otra, a expresiones de indiferencia, protesta o de reafirmación de las individualidades en un ambiente político opresivo.

La mutilación de piezas de bronce, la sustracción de bustos completos, tarjas y revestimientos de mármol incluso de las tumbas en los cementerios son, para algunos, simples acciones de bandidaje. Para otros, los efectos de la existencia de un mercado negro ya no solo para coleccionistas caprichosos sino, mayoritariamente, para quienes dependen de la obtención de materias primas imprescindibles para sus oficios.

Como afirma Alexei Peraza, cuentapropista recolector de chatarras y otros objetos reciclables, “un saco de latas de cerveza (vacías) vale unos pocos pesos y cuesta un día de trabajo reunirlo. Una pieza de bronce o tan solo un buen pedazo que cualquiera arranca por ahí sin mucho esfuerzo, vale mucho más. Solo hay que saber a quién vendérselo”.

Sobre la “naturaleza práctica” de algunas de estas acciones, apuntan los comentarios de Freddy Ortiz, experimentado artesano habanero:

“Nunca he trabajado los metales, lo mío es el vidrio, los caracoles y cosas que no dan mucho dolor de cabeza, pero tengo amigos que sí y ¿de dónde crees que a veces obtienen la materia prima? Todo eso que se ha perdido por ahí, nadie lo va a encontrar jamás. Ha sido convertido en lamparitas, colgantes, portarretratos, lo que sea. No te digo que haya un loco que lo haga por joder, como lo que pasa con los espejuelos de John Lennon, pero cuando se llevan la cabeza de un tipo que nadie conoce, no es para ponerla de adorno ni para vendérsela a un turista, es para fundirla y pasarla a ‘mejor vida’. Si se llevan las ofrendas florales del Parque Maceo y las coronas de los cementerios para después revenderlas hechas ramitos, ¿cómo no se van a llevar lo demás?”.

Ibrahim Lambert, joven escultor y artesano, dice que es difícil acabar con el vandalismo en una sociedad que fue entrenada para destruir:

“La cosa es compleja si la ves desde nuestra idiosincrasia, pero también muy sencilla si la miras desde la realidad concreta. Al cubano no hay que darle un pretexto para que destruya cualquier cosa. Fíjate en la estatua de Estrada Palma, la arrancaron de cuajo antes de 1959, y ya con la revolución fue el desenfreno total. Por otro lado, el Estado no te vende esos materiales tan costosos ni te deja entrarlos al país, entonces hay que salir a buscarlos del modo más económico. El bronce, la plata, el oro eso sí es caro y hasta uno pudiera entender que se roben los bustos feos de extranjeros que nada tienen que ver con nosotros, pero ¿cuánto te cuesta un buen trozo de mármol? No mucho, pero te sale más barato si vas al monumento tal o cual y te llevas un pedazo. Después haces diez ceniceros, los vendes y es ganancia neta. La gente se ha acostumbrado a robar porque lo que dicen que es de todos, no es de nadie. Eso lo da la necesidad y la falta de cultura. Todo conspira para que lo hagas, porque a nadie le interesa. Y, además, siempre enseñaron a destruir”.

Uno de los complejos escultóricos más polémicos del país es una obra que pertenece al artista italiano Giovanni Nicolini. El gigantesco monumento, emplazado en los años 30 en la Calle G o Avenida de los Presidentes, El Vedado, con dinero aportado por los habitantes de la ciudad, está dedicado a José Miguel Gómez, segundo presidente de Cuba (1909-1913) y figura fundamental durante la Guerra de Independencia y la instauración de la República.

Muchos ignoran quién fue este hombre, repudiado por su responsabilidad directa en la masacre racista durante el levantamiento armado de los Independientes de Color. Sin embargo, el vandalismo contra el monumento no es el resultado del rechazo popular, sino parte de ese proceso de desmemoria, inducido desde el poder, que amenaza con liquidar todo cuanto precede al año 1959 o que no rinde homenaje al régimen.

Para la mayoría de los transeúntes, el lugar no guarda relación alguna con el pasado de la nación, sino con necesidades más imperiosas. En las inmediaciones existen varias paradas de ómnibus y las personas que esperan usan el monumento como baño público. Por las noches, es una de las zonas de encuentros sexuales fortuitos más populares de La Habana. Al caer el sol, no es recomendable transitar por el lugar, escenario de violentos asaltos. Tampoco es aconsejable pasar mucho tiempo bajo de su techo, a punto de desplomarse.

El fenómeno del vandalismo es visto por algunos como acciones, en cierto modo alentadas por un discurso oficial, que intentaba echar tierra sobre episodios históricos o expresiones artísticas o religiosas que no contribuían a la legitimización del proceso político posterior a 1959.

Acciones destructivas contra iglesias, templos u obras tachadas de “burguesas” se sucedieron a lo largo de las décadas 1960-1980, por lo que las obras de restauración emprendidas a partir de los 90 y en la actualidad se han visto afectadas por el arraigo de la indolencia y la pérdida de valores, por la desmemoria.

Odelín Pedroso, pastor bautista y vecino del Vedado, rememora los años en que entrar o aproximarse a una iglesia era un delito muy grave:

“Ir a la iglesia era contrarrevolución, así que muchos entusiastas iban y pintaban las paredes, tiraban piedras, rompían cristales... Era normal. Nadie iba al Cristo de Casablanca. Eso estaba abandonado, lleno de hierbas, después incluso vendieron cerveza y ron a sus pies, el lugar siempre estaba lleno de borrachos y de parejitas haciendo de las suyas. A la gente le inculcaron el irrespeto, todo eso estaba lleno de garabatos y de frases obscenas.

"Si no era una estatua de Martí o de Maceo, nadie se preocupaba por protegerla. Todo cayó en el olvido. Esculturas que eran verdaderas obras de arte desaparecieron y las que quedaron se convirtieron en un verdadero desastre. En las escuelas te hablan del monumento al Che, del mausoleo a los mártires del Moncada y de Celia Sánchez, pero no dicen nada de los demás, como si no hubieran existido, pero están ahí. Y los cubanos tienen que saber quiénes fueron, aunque hayan sido lo peor. Si no hay memoria, sea buena o mala, no hay país”.

Texto y foto: Ernesto Pérez Chang
Cubanet, 18 de mayo de 2015.
Ver aquí otras fotos hechas por el autor para este trabajo.

lunes, 15 de junio de 2015

La Avenida donde el Rey se mantiene



Cuando se decidió construirla, fue necesario modificar los niveles de la Calzada de San Luis Gonzaga (Reina), en su intersección con la que sería posteriormente la Calzada de Belascoaín, elevando en el centro una calle de 40 varas de ancho con muros de sillería, verjas de hierro y canapés de piedras, dejando a los costados dos calles laterales de 10 varas de ancho, para el tránsito de carretas y carretones.

El nuevo paseo, denominado al principio Paseo Militar, pues comunicaba el Castillo del Príncipe con la ciudad para el traslado de tropas, recibió después el nombre de Alameda de Tacón en honor a su realizador, el capitán general Miguel Tacón, pero en 1836, al trasladarse y colocarse al frente de la alameda una estatua del rey Carlos III que, como gratitud de los habaneros por su ejecutoria con respecto a Cuba, le había sido erigida en 1803, pasó a llamarse Paseo de Carlos III, y después Avenida de Carlos III.

Tenía una extensión, desde Belascoaín, donde comienza, hasta el Castillo del Príncipe, donde termina, de 1,210 metros, con un ancho general de 51 metros. En la primera rotonda, situada a su comienzo, poseía dos pilares de piedra, uno a cada lado, sosteniendo dos leones tallados en mármol, y también dos columnas dóricas de piedra, rematadas cada una con un jarrón. En esta rotonda fue donde se colocó la estatua de Carlos III, ejecutada en mármol de Carrara por Don Cosme de Velásquez, director de la Academia de Cádiz, un poco mayor que la estatura del rey, con manto real y bucles en la cabeza, al estilo de la época.

A 150 metros de ella se construyó la columna o Fuente de Ceres, siguiéndola las Fuentes de los Aldeanos o de las Frutas, la de los Sátiros o de las Flores y la de Esculapio. La segunda rotonda se construyó a la altura de la Calzada de Infanta, y la tercera a la altura de la calle Zapata, con una estatua de Esculapio. En 1902 se le dio el nombre de Avenida de la Independencia, pero todos continuaron llamándola de Carlos III, el que se ha mantenido, aunque desde hace algunos años la denominaron oficialmente de Salvador Allende, nombre por el que pocos la conocen.

Donde comienza, ocupando los número 502-508 (en Carlos III se continúa la numeración de las viviendas de la Calzada de Reina), se encuentra el edificio de la Gran Logia de la Isla de Cuba, conocido como el Gran Templo Nacional Masónico, construido en 1955, con una oficina de la Western Union en sus bajos que funcionó durante años, la escultura de José Martí, realizada por Juan José Sicre, y el mural de Manuel Mesa. En la edificación, ocupada arbitrariamente por las autoridades, la mayoría de los locales se encuentran en manos de ETECSA, la empresa estatal de telecomunicaciones, y solo unos pocos en las de sus verdaderos dueños: los masones cubanos, quienes esperan que algún día se les restituya su propiedad.

En un pequeño paseo central, se encuentra el pedestal vacío donde estuvo la estatua original de Carlos III. Enfrente, un pequeño parque denominado oficialmente Carlos Marx, con un relieve de este, y unas antiguas viviendas de piedra construidas en 1882, con los números 551 y 553. Más adelante, en la otra acera, el espacio donde se derrumbara una edificación de columnas, ocupado por unos kioscos recaudadores de divisas, y el moderno edificio que fuera de la Compañía Eléctrica de Cuba, y después pasara a manos del Ministerio de la Industria Básica, sufriendo grandes transformaciones en sus espacios interiores, que afectaron sensiblemente el proyecto original, triunfando la burocracia sobre la arquitectura.

A continuación, el edificio de piedra de la biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País, construido por el arquitecto Govantes. Tal sociedad fue desactivada y ocupado el inmueble por el Instituto de Literatura y Lingüística, con sus archivos llenos de polillas y sin condiciones de mantenimiento. Luego, cuando apareció una cuenta en euros que requería de su existencia para cobrarse, volvió a activarse apresuradamente, en un reducido espacio interior, la Sociedad Económica de Amigos del País. En el parterre frente al edificio puede encontrarse un pedestal con un busto de Carlos III, no por la avenida que lleva su nombre, sino porque su reinado propició la creación de la institución.

A continuación del edificio de la Sociedad Económica viene la casa, totalmente saqueada y depredada, que fuera de Alfredo Hornedo, propietario original del Teatro Blanquita, hoy nombrado Carlos Marx, así como del hotel Rosita de Hornedo, adaptado como centro administrativo Sierra Maestra, y del edificio Riomar, en estado ruinoso, todos en la zona de La Puntilla en la desembocadura del río Almendares. Hornedo fue propietario también del Casino Deportivo —transformado en una instalación recreativa del Ministerio del Interior, con el nombre de Comandante Cristino Naranjo—, del reparto Casino Deportivo, del Club de Cazadores de La Habana, del Mercado General de Abastos (Mercado Único), y de otras muchas propiedades.

Enfrente, más allá de la casa de Hornedo, se alza el local de la que fuera una fábrica de refrescos embotellados y el moderno edificio construido en la década de los 50 por la Financiera Nacional de Cuba para el Mercado de Carlos III, con rampas de acceso a todos sus pisos. Esta edificación estuvo cerrada y durante años devino en fábrica de figuras y partes del cuerpo humano para su utilización en la enseñanza de Medicina. Y es ahora una especie de gran mercado en divisas. A su entrada y en sus alrededores se desarrilla, pese a la represión continua de las autoridades, un lucrativo mercado negro donde se ofrecen artículos tanto existentes en el mercado como ausentes del mismo.

Se encuentran a continuación varios locales de viviendas venidos a menos, transformados en timbiriches particulares para la venta de comidas rápidas, adornos para fiestas y otros; la antigua fábrica de tabacos Por Larrañaga S.A., en el número 713, y, en la acera de enfrente, un policlínico y el edificio en eterna reparación del Hospital Municipal Freyre de Andrade, construido en 1920, más conocido como el Hospital de Emergencias. Al frente del mismo, un pedestal con un busto del doctor Joaquín Albarrán.

Viene después lo que queda del café y del cine Manzanares y, en la otra acera, también lo que queda del bar y restaurante Las Avenidas, con todo el piso superior sin techo y en proceso de desplome. Cruzando Infanta, se encuentra el edificio en forma de cuchillo que tiene un lateral por la Calzada de Ayestarán, también en peligro de derrumbe, y, cruzando esta, la Escuela de Veterinaria, en prolongada reparación, donde se supone que los habaneros atienden a sus mascotas, con pésima higiene y carencia de medicinas, y con veterinarios que sin condiciones para trabajar ni reconocimiento oficial (no entran en el aumento de salarios de los médicos ni pueden dar recetas ), tratan de hacer lo mejor que pueden.

Más adelante queda la que fuera La Antigua Chiquita, conocida por sus tapas de galleta con tasajo, y la calle Almendares, donde a principios del siglo XX se encontraba la glorieta y el terreno del club de béisbol Almendares, el eterno rival del club Habana. Enfrente, la Quinta de los Molinos, que fuera lugar de descanso de los Capitanes Generales durante la Colonia y, después, vivienda temporal del General Máximo Gómez y su Estado Mayor, terminada la Guerra de Independencia.

La quinta debe su nombre a unos molinos de tabaco de la antigua factoría, instalados en el año 1837. En el lugar se construyó entonces, entre ese año y 1840, una casa quinta de planta baja, rodeada de jardines, que se comunicaba con otra pequeña, destinada a criados, que fue posteriormente reedificada, agregándole otro piso y rodeándola con las columnas y verjas retiradas del Campo Militar o de Marte. A partir de entonces incluyó la casa quinta, fuentes rústicas, colinas artificiales, grutas, saltos de agua, glorietas, otras instalaciones de esparcimiento y hasta una valla de gallos para disfrute del Capitán General. En el año 1892 se hospedó en ella la Infanta Eulalia, huésped de honor de La Habana.

Al instalarse la República, se convirtió en jardín botánico de la Universidad de La Habana y un área formó parte de la Escuela de Agronomía. En condiciones de avanzado deterioro, en años recientes fue asumida por la Asociación Hermanos Saíz, de corte cultural dándole ahora una utilización de carácter más social, principalmente entre los jóvenes. La Quinta de los Molinos constituye un Monumento Nacional y en ella se encuentra instalado el Museo Máximo Gómez.

Al final de la avenida abre sus puertas la Escuela de Estomatología, un garaje y ponchera, y el espacio que una vez formara parte de la llamada Feria de la Juventud, ya inexistente, donde durante meses permaneciera amarrado con una cadena a una pata, en extraña exhibición, un triste elefante, hasta que fuera enviado al zoológico de 26. Emergiendo de la tierra, están todavía ahí tres teclados de piano a colores, que se dice es una obra escultórica ambiental donada por un artista venezolano a Cuba, pero que nadie entiende ni le presta atención.

Viene luego el Castillo del Príncipe, construido entre 1767 y 1779 en la llamada loma de Aróstegui, con el objetivo de completar las defensas de la ciudad, después de la experiencia obtenida con la invasión inglesa. Es de tipo pentagonal, con plaza de armas, cuarteles, almacenes, iglesia y otras facilidades. Utilizado durante años como prisión, fue declarado Monumento Nacional, y actualmente se encuentra ocupado por la unidad de ceremonias del MINFAR, que solamente ocupa una parte de él, prohibiendo además el libre acceso al mismo. Sin embargo, un mejor destino sería emplearlo, después de repararlo dado su mal estado, como centro cultural histórico abierto a los ciudadanos.

La Avenida de Carlos III, tal vez por su juventud y por haber sido totalmente reconstruida durante los 50, se mantiene agradable, con su arbolado, ancha vía central y vías paralelas con parqueo, notándose aún más esta diferencia, cuando se accede a ella desde las destartaladas calzadas de Reina y de Belascoaín.

Fernando Dámaso

Diario de Cuba, 14 de diciembre de 2014.
Foto de Carlos III hecha por Dazra Novak para el blog Habana por Dentro.

viernes, 12 de junio de 2015

Gilberto Ante, un fotógrafo olvidado (III) - Exposición en Colombia, agua mineral El Copey y cubanos de a pie



El 19 de mayo de 2009, el Museo de Antioquia, Colombia, inauguró una exposición-homenaje a los 50 años de la revolución cubana. Y lo hizo de una manera particular, con 50 fotos de Gilberto Ante. Tres días antes, la revista Semana publicó un reportaje titulado El domingo de la Revolución. Lo encabezó con una foto de Fidel Castro hecha por Ante en 1960, pero para este post decidí poner una menos conocida del barbudo.

No la escogí por estar con la cabeza baja, concentrado o pensando, váyase a saber. Tampoco por su pelo despeinado, el tabaco en una mano y los dos relojes que entonces siempre llevaba en la muñeca izquierda. La escogí por la botella de agua mineral El Copey, que me da pie para contar una breve historia (una botella igual a ésa, vacía, cuesta 85 dólares en Cuba Collectibles).

El Copey era -y debe seguir siendo- el nombre de un manantial en Madruga, municipio de la actual provincia Mayabeque, a unos 70 kilómetros de La Habana. Ya a finales del siglo XIX, sus aguas eran reconocidas como las mejores de Cuba, por sus propiedades minero-medicinales. En los años 20, personajes del mundo de la política y la cultura acudían a Madruga para bañarse en las casetas del balneario. El número de visitantes en busca de las curativas aguas aumentó considerablemente después de la construcción de la Carretera Central (1927-1931).

La zona montañosa conocida por Alturas de Bejucal Madruga Limonar es rica en manantiales. Y aunque la calidad de las aguas de Madruga tenían fama desde la época de la esclavitud, no fue hasta hace diez años, que las autoridades cubanas se 'cayeron de la mata' y decidieron envasar y comercializar agua mineral con la marca El Copey.

Según una nota publicada el 6 de junio de 2005 en DTCuba, "el producto procede de los manantiales de igual nombre, localizados en el municipio de Madruga. Por su composición, las aguas están clasificadas como bicarbonatadas, magnésicas y cálcicas sulfurosas, utilizadas además para tratamientos digestivos en el balneario La Paila. Actualmente, el producto de El Copey se distribuye en botellones de 19 litros y botellas de dos litros para su venta en el sector turístico y las tiendas que operan en moneda convertible".

En internet no encontré fotos ni datos de esos botellones ni de esas botellas de dos litros ofertados por divisas. Lo que sí encontré fue que Ernst Hemingway en su mesa-bar tenía "seis botellas de agua mineral efervescente El Copey, envasadas en Madruga, La Habana; una botella de scotch White Horse; una botella de ginebra Gordon's; seis botellas de Schweppes Indian Tonic; una botella de ron Bacardí; una botella de scotch Old Forester: una botella de vermut Cinzano, y una de champán, sin etiqueta".

Termino ya con el tema de las aguas minerales en Cuba. Antes de 1959, el agua mineral más famosa en la capital, era la de los manantiales La Cotorra, en Guanabacoa. En el resto del país había otras marcas: San Miguel, en Matanzas: Lobatón, en Camajuaní, Las Villas, y San Rafael y Valle del Maisí,en Santiago de Cuba. Ahora, las aguas minerales más 'populares', no para los cubanos de a pie, si para los cubanos con cuc, turistas y extranjeros, son Ciego Montero (Palmira, Cienfuegos) y Los Portales (Guanes, Pinar del Río).

Texto resumido de la revista Semana:

Si algo queda de la Revolución Cubana -además, claro, de los diarios y cartas del prolífico Che- es la fotografía. La fotografía épica cubana, como se dio en llamar al conjunto de la obra de los cuatro fotógrafos oficiales que le siguieron los pasos a Fidel Castro después del primero de enero de 1959: Alberto Korda (el ojo que registró la imagen del Che que hoy se ve reproducida y vuelta a reproducir en camisetas y afiches), Osvaldo y Norberto Salas y Liborio Noval y su registro de una Cuba triunfante y luchadora. Con revistas de altísima calidad fotográfica al estilo de Life, como la mítica Bohemia, fundada en 1908, y Verde Olivo, fundada por el Che y ya desaparecida.


Las fotografías que allí se publicaron quedarían para la posteridad y hoy se pueden ver en la Fototeca de La Habana: cientos de miles descansan en un juicioso archivo para hacer honor a la historia. Allí está todo lo que se sabe de los primeros años de la Cuba comunista. Todo, menos la historia de Gilberto Ante, el quinto fotógrafo de la revolución. De su archivo de 25 mil negativos, que se verá por primera vez a partir del 19 de mayo en el Museo de Antioquia, en Cuba no se conocen más de 10 fotografías.


Igual que el destino de su archivo, la vida de Gilberto Ante a duras penas llegó a la luz pública. La suya es la historia del nieto de la matrona de un prostíbulo de Manzanillo que, para emplearse en el oficio más demandado de la época (fotógrafo de matrimonios), cobró una indemnización por la pérdida de dos dedos, que él mismo se cortó. Un hombre cuya verdadera carrera empezó en 1959, después de conocer a Celia Sánchez, la mujer de Fidel durante más de 25 años, que para entonces reclutaba campesinos a las afueras de Manzanillo; la historia de un hombre que en los 60 estuvo muy cerca del poder, fue un orgulloso protagonista de la Historia, y se regodeó con las mujeres más lindas de La Habana, pero que terminó en una redacción haciendo copias fotográficas de las tiras cómicas de los diarios.


No se sabe por qué su archivo desapareció. Algunos dicen que Ante nunca entregó los negativos al "organismo ideológico" del Che (y tenía buenas razones para no hacerlo), otros que los retiró indignado al verse reducido a técnico. Lo cierto es que su nombre fue borrado y su archivo permaneció en la oscuridad.

Diez de las miles de fotos que a lo largo de sus 66 años Gilberto Ante hizo. Y no solo a los líderes de verde olivo y sus actos revolucionarios. También a la gente: milicianos, alfabetizadores, monjas, intelectuales, campesinos, mujeres o cubanos de a pie.













Mi agradecimiento a Antonio Ante López, por su generosidad al enviarme ese centenar de imágenes valiosas de su padre y la esperanza de que algún día en Manzanillo y en La Habana se puedan montar exposiciones iguales o mejores que la inaugurada por el Museo de Antioquia hace seis años. Y rendirle así el homenaje que Gilberto Ante Morales merece en su patria.

Tania Quintero
Las once fotos son de Gilberto Ante y fueron realizadas entre 1959 y 1961 en diversas provincias cubanas.

Aclaración: Tanto estas fotos como las publicadas en los dos posts anteriores, pueden ser copiadas y reproducidas, siempre y cuando se ponga el nombre del autor: Gilberto Ante (1925-1991).