miércoles, 19 de junio de 2013
El "período especial" fue del carajo (VIII)
Cuando el gobierno implanta el racionamiento, el 26 de marzo de 1962, crea dos libretas: la de productos alimenticios y la de productos industriales. La primera enseguida fue identificada como “la libreta de la comida”, y la segunda “la de la ropa”.
La libreta “de la ropa” permitía adquirir todo lo que no fuera alimentos, desde ropa y calzado, hasta hilos, bombillos y juguetes. No recuerdo ahora, pero a una mujer, por ejemplo, le tocaban dos o tres “vueltas” de blumers al año (cada “vuelta” podía ser de un blumer o de dos, según) e igual número de “vueltas” de ajustadores.
Con los zapatos eran menos espléndidos y a veces te ponían en la disyuntiva: si comprabas un par apropiado para salir, podías quedarte sin un par para ir a trabajar. A los niños solían darles un par “adicional”, para uso escolar y solo tenías dos opciones: de cordones, de corte bajo, o las llamadas botas rusas o cañeras, similares a las que usaban los militares y los cortadores de caña. Por ser más duraderas, las madres las preferían para sus hijos cuando ya tenían el pie más grande. Los niños -y también los adultos- que requerían zapatos ortopédicos perdían el derecho a comprarse un par de zapatos normales.
Los uniformes escolares se vendían -y todavía se venden- bajo un estricto control y, además, no le puedes comprar uno todos los años. Cuando nos fuimos, en noviembre de 2003, mi nieta estaba en 4to. grado y la madre le había acabado de comprar un uniforme para comenzar el curso, en septiembre, y ya no tenía más derecho. O sea que tenía que hacer 4to, 5to. y 6to. grado con ese solo uniforme, una niña como que con los 13 años que tiene ahora mide 1,73. Entonces en torno a los uniformes escolares hay un gran negocio, los que trabajan en los talleres se los roban y los revenden, de modo que un uniforme que el Estado te vende en 5 pesos, por 5 dólares (125 pesos) lo consigues “por fuera”.
Durante unos años por la libreta de productos industriales se distribuyeron juguetes, a razón de tres por niño, de 0 a 12 años: uno básico (de mayor tamaño, calidad y precio) y dos adicionales (jugueticos pequeños y baratos). Pero con la llegada del “período especial” esto se esfumó y ahora sólo se pueden comprar juguetes por dólares.
Los cakes para cumpleaños se daban por la libreta de productos alimenticios, a razón de uno hasta los 10 años. Eran malísimos y costaban 10 pesos. El cumpleañero tenía “derecho” también a un pomo de esencia de refresco (para ligar con agua y azúcar); un paquete de “pastillitas” (caramelos) y 25 panes, que las familias pican a la mitad o en cuatro partes, untan un poquito de “pastica” y lo reparten como “bocaditos”. Los que tienen un poco más de recursos, hacen croqueticas de “averigua” y una ensalada de coditos con mayonesa hecha en casa, con cebollinos y “perritos” (salchichas) picoteaditos.
En el mercado negro o subterráneo, en 2003 se podía comprar de todo: desde el último bestseller mundial o la última película producida en Hollywood hasta ropa, calzado y perfumes de marca, muebles, piezas para autos, computadoras, teléfonos celulares, botellas de aceite, piernas de jamón o puerco, sacos de papas, carne de res, CDs “quemados” (que es como se llama en Cuba a los discos pirateados o top mantas), instrumentos musicales, una bóveda en el cementerio, bicicletas, motos, autos, lanchas, tabacos Cohiba legítimos o falsificados, cuadros verdaderos o falsos, revistas del corazón, ediciones no tan recientes de El País o El Nuevo Herald, Viagra, toda clase de medicamentos y bebidas alcohólicas, tintes para el pelo, gafas, aceite de oliva, cajas de bombones, café y cigarros de importación. Absolutamente de todo. Siempre y cuando se tuvieran suficientes dólares o pesos para pagar lo que pidieran.
Las mujeres siempre han sido y siguen siendo, las más afectadas en todos los conflictos, trátese de guerras, catástrofes naturales o crisis económicas. Y junto con ellas, los niños, ancianos y enfermos.
Es una contradicción, pero las grandes víctimas de la revolución de Fidel Castro han sido las mujeres. Y, contradictoriamente, ha logrado mantenerse tantos años en el poder gracias a las mujeres.
¿Por qué? Precisamente por ser las más sufridas, debieron haber sido las que más pronto hubieran salido a las calles a protestar, sonando cazuelas o no. Por ello lo que están haciendo las Damas de Blanco tiene tanto valor. Ellas, es cierto, protestan por la libertad de sus esposos y familiares, pero en su protesta va implícita su oposición al régimen.
Desde el primer momento, Fidel Castro todo lo calculó (prohibió las huelgas, eliminó el Habeas Corpus en la jurisprudencia cubana, cerró todos los periódicos y revistas y de un tajo acabó con la libertad de expresión y reunión), y también previó mantener bajo control a las mujeres y en 1960 creó la Federación de Mujeres Cubanas.
En una serie sobre la mujer negra cubana, publicada en la web de la Sociedad Interamericana de Prensa en septiembre de 2003, escribí:
“La propia Federación de Mujeres Cubanas (FMC) es una organización estatal anquilosada. Aunque sus funcionarias participan en eventos internacionales y sus declaraciones se avienen con los últimos enfoques de género, en la ‘concreta’ los discursos no ‘cuadran’ con el día a día de las cubanas. Un diario vivir bastante precario y alejado de las tendencias modernas acerca de la mujer. La compleja gama de problemas que su condición representa en Cuba es materia pendiente. Desde su fundación, el 23 de agosto de 1960, la FMC ha estado presidida por Vilma Espín, blanca ingeniera de profesión y con un currículum guerrillero. Madre de cuatro hijos y esposa del número dos de la revolución, Raúl Castro, la señora Espín, con el mayor de los respetos, es arquetipo de inmovilismo. Al parecer, nada dentro del movimiento femenino cubano -con una historia muy anterior al triunfo de los barbudos- se modificará hasta que cese su mandato. O hasta que el actual estado de cosas cambie”.
En ese mismo trabajo digo: “Desde hace más de cuatro décadas una serie de problemas fueron clasificados como tabú en Cuba: el racionamiento alimentario decretado en 1962; el alto índice de abortos, divorcios y suicidios; la vida familiar de los dirigentes y el tópico negro, entre otros. Han estado engavetados o mantenidos en secreto, hasta que su volumen fue alarmante, la prostitución, el alocholismo, la drogadicción y la malnutrición, que ha incidido directamente en el bajo crecimiento de niños y adolescentes así como el retraso mental y anomalías congénitas relacionadas con causas que van desde incorrectos hábitos nutricionales hasta pésimas condiciones ambientales”.
El aporte de las abuelas ha sido igual o mayor que el de las madres, porque en Cuba las abuelas se asemejan bastante a las jefas de tribus matriarcales. Y como aquéllas, en éstas descansan todavía demasiados problemas: cuidar a los nietos, alimentar a la familia y hasta salir a la calle a vender maní o periódicos, para tratar de llevar unos quilos a la depauperada economía familiar.
El apoyo no sólo se vio entre abuelas, madres, hijas y nietas sino en general entre todas las mujeres, en particular en las más abiertas y comprensivas, y menos en las más egoístas y cerradas.
Como toda crisis económica y moral, el “período especial” no fue una excepción y obligó a mostrar a las cubanas, tradicionalmente generosas y hospitalarias, una cara ingrata: tener que disimular o esconder alimentos o el café -en Cuba, toda la vida, a las visitas se les ofrece café y durante el “período especial” no se podía ofrecer, so pena de quedarse uno sin el buchito para tomar al otro día.
Otras veces llegaba una visita y si uno estaba preparando el almuerzo (los cubanos suelen almorzar entre las 12 y la 1 del día) o la comida (lo que los españoles llaman cena, en Cuba se acostumbra comer entre las 6 de la tarde y las 8 de la noche) había que esperar a que se fuera, porque tenía lo justo y no alcanzaba para invitarlo.
Recuerdo que una vez me fuí con una vasija a hacer cola para comprar arroz con sardinas, en uno de esos comedores que cocinaban para llevar a casa y sólo daban dos raciones por persona. Cuando llegué, le serví a Iván y me disponía a comer mi ración (que para nada me apetecía, pero no había otra cosa), cuando llegó el hijo de una amiga nuestra, quien siempre que iba a su casa no me dejaba ir sin invitarme a comer algo, y le dije:
“Llegaste a tiempo, no sé si te gusta el arroz con sardinas, pero es lo único que tenemos”. Él, que como casi todos en aquellos días, estaba muerto de hambre. Y se lo comió como si se tratara de una paella valenciana.
Tania Quintero
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lunes, 17 de junio de 2013
El "período especial" fue del carajo (VII)
Los más agónicos de todos los apagones eran los que se producían antes y después de un ciclón: fácilmente podías estar cuatro o cinco días sin luz. Uno de los últimos huracanes que pasé en La Habana fue anunciado con fuerza 5. Logré preparar un poco de almuerzo en casa de una vecina y después de comer, mis hijos y mi nieta hicieron lo único que se podía hacer en esos casos: acostarse a dormir. Y que fuera lo que dios quisiera.
Ya en amplias zonas del municipio Diez de Octubre no había fluido eléctrico y los pocos vecinos que tenían radio de pilas (baterías) oían los últimos partes del Instituto de Meteorología y a voz en cuello se lo trasmitían a los otros. “Oye, fulano, están diciendo que hay que quitar las antenas y limpiar bien las azoteas”. Al poco rato: “Caballeros, tienen que asegurar puertas y ventanas de cristal, porque dicen que el socio (el huracán) va a acabar con la quinta y con los mangos”.
Iván, quien heredó la misma sangre de horchata (carácter flemático) de mi padre y familia paterna, me decía: “No cojas lucha, acuéstate a dormir, deja que el ciclón acabe de llegar y desbarate lo que va a desbaratar”. Ellos roncando y yo sentada en el sillón de la sala, con mi radiecito Sony, oyendo las últimas noticias, mirando fijamente la ventana de cristales de la sala, para no perderme cuando la fuerza de los vientos la hiciera añicos. A las cinco de la tarde todo estaba oscuro como boca de lobo y yo allí, esperando lo peor.
Esa vez, de nuevo, el huracán se alió con Fidel Castro y no descargó su furia sobre La Habana. La capital volvió a salir ilesa de un huracán fuerza 5. Eso debe haber sido después de abril de 2001 o en el 2002, porque ya mi madre había fallecido. Estuvimos cuatro días sin luz. Inenarrable.
No todos en Cuba ni en La Habana sufren por igual los apagones. Los que viven en “zonas priorizadas” (cerca de una unidad militar, embajada, hospital u hotel, entre otras instalaciones consideradas importantes) apenas se ven afectados por los cortes de electricidad. Dentro de nuestro propio barrio había cuadras en las que nunca se iba la luz y a veces ocurrió que acababa de conectar para hacer arroz en la olla arrocera y, pum, el jodío apagón.
Cuando eso ocurría, la primera esposa de Iván, cogía la olla y se iba a casa de unas amistades de ella que vivían pegado al Paradero de la Víbora donde no se iba nunca la luz, porque su zona era “priorizada”. Después, cuando ellos se separaron, no me quedaba más remedio que sacar el caldero de hierro y terminar de cocinarlo allí. A veces ocurría un milagro y de pronto volvía la luz, pero ya yo, a punto de estallar, lo dejaba en el caldero, quedara como quedara.
Mi madre había sido 'especialista' en cocinar arroz: siempre le quedaba blanquito y desgranadito y por ello a mis hijos nunca nadie les pudo hacer comer arroz ensopado. Si me quedaba 'empegostado' no lo tiraba a la basura, se lo llevaba a algún vecino. Porque si algo en medio de aquella caótica y agobiante vida a mí me consolaba era saber que había muchísima gente peor que nosotros.
La reapertura de los mercados agropecuarios en 1994, abruptamente aniquilados en 1990-91, mejoró considerablemente la situación, sobre todo porque resurgieron al año siguiente de la despenalización del dólar. Esos dos hechos, la despenalización del dólar en julio de 1993 y la reapertura de los mercados campesinos en el 94, contribuyeron en un alto porcentaje a aliviar la pésima calidad de vida y a mejorar la mala alimentación, que tan nefastas consecuencias trajo para la salud de miles de cubanos y particularmente para mujeres jóvenes en edad reproductiva, cuando salieron embarazadas y dieron a luz tuvieron bebés de bajo peso, producto de las carencias nutricionales de sus madres.
Pero también estas dos nuevas realidades contribuyeron a ahondar aún más los contrastes entre los niveles de vida de unos cubanos y otros. A grosso modo esa brecha se simplificó llamando a unos “los sindólares”, los que no tenían FE (familia en el exterior), la gran mayoría de la población, y a otros “los condólares”, los que tenían FE o dentro del gobierno trabajaban en turismo o corporaciones donde una parte del salario era devengado en divisas.
Nuevamente para paliar un problema se creaba otro, como en 1986, cuando Fidel Castro decidió renovar la policía y potenciar el desarrollo turístico: comenzaron a venir turistas, con ellos las ansiadas divisas, pero también todo un submundo de marginalidad, antítesis del sueño del hombre nuevo preconizado por el Che, que en menos de una década nos invadió de un extremo a otro de la isla. Las jineteras, proxenetas, bisneros y pingueros, entre otros, podían haber nacido en La Habana, pero también en Cienfuegos, Camagüey, Holguín, Pinar del Río o Guantánamo.
Los “sindólares”, lógicamente, trataron de buscarse los “fulas” a como diera lugar, pues en los mercados campesinos se conseguía arroz, frijoles, carne de cerdo o carnero, viandas y frutas, pero no jabón, detergente, desodorante, ropa y zapatos. Hasta que no se abrieron las Cadecas (Cajas de Cambio), el suministro de billetes verdes provenía de los “condólares”.
Fue una etapa de un gran meroliqueo, de una gran especulación y un gran mercado negro. El cambio al inicio era de 150 pesos por un dólar, después bajó a 100 pesos por un dólar.
Hacia fines de 1993 estaba a “cien por uno” y con 14 dólares que teníamos guardados para ir preparando la canastilla -mi primera nieta tenía previsto nacer en julio de 1994, finalmente se adelantó y nació un mes antes, el 3 de junio- compramos catorce metros de “tela antiséptica”, como llaman en Cuba a una tela blanca, de algodón, tradicionalmente utilizada para confeccionar pañales y sabanitas. Los culeros suelen ser “de gasa”, un tejido más suave, que se lava y seca más rápido (eran excepcionales las recién paridas que podían comprar culeros desechables o pampers).
Pese al trapicheo y el frenesí por conseguir “fulas”, indiscutiblemente la apertura de los mercados agropecuarios ayudaron a la población a enriquecer su dieta diaria.
Hasta mi salida de Cuba, en noviembre de 2003, por la libreta de racionamiento mensualmente se podía adquirir, per cápita: 6 libras de arroz blanco; 3 libras de azúcar blanca y 3 libras de azúcar prieta; 20 onzas de frijoles (negros, blancos, colorados o chícharos); un paquete de sal yodada (lo vendían un mes sí y otro no); un paquetico de 4 onzas de café mezclado con chícharos, una vez cada quince días, y media libra de aceite per cápita, no todos los meses.
La distribución de leche y yogurt se circunscribía a niños hasta los 7 años, embarazadas y enfermos crónicos. Los ancianos tenían “derecho” a una ración de un cereal incomible denominado Cerelac y que muchos preferían dejarlo en la bodega. Huevos daban 8 per cápita al mes. El pollo, carne de res, pescado y embutidos no tenían fecha fija para ser vendidos y la cuota asignada a una persona se comía de una vez, en almuerzo o comida.
Una acotación: en la capital suelen dar más cantidad de productos y con más frecuencia, en el interior del país, menos. Los domingos, el periódico Tribuna de La Habana publicaba la relación de alimentos que el Ministerio de Comercio Interior tenía previsto distribuir para la semana siguiente, pero en la edición digital no se reproducía, para no darle “trigo” al “enemigo”.
Las cuotas asignadas por el Ministerio de Comercio Interior no satisfacían a todos por igual, lógicamente. No todos tenían el mismo apetito y estaba en dependencia del número de personas en la libreta y de la composición del núcleo familiar: en los hogares con niños pequeños, por ejemplo, los adultos podían disponer de más café, pero lo más seguro es que el azúcar no alcanzara. Pero, en general, una persona de estómago normal y apetito limitado, con esas cuotas podía comer una semana, o a mucho tirar, diez días.
Tania Quintero
Foto: Tomada de Cubanet.
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viernes, 14 de junio de 2013
El "período especial" fue del carajo (VI)
En Suiza no puedo olvidar los apagones. No porque esté al tanto de que siguen existiendo y continúen haciéndole la vida un yogurt a los cubanos, sino por la enorme cantidad de velas, linternas, baterías, lámparas portátiles y unas cajas inmensas de fósforos de madera que parece fueron diseñados para guiarlo a uno en la oscuridad: duran más de un minuto encendidos. Es del carajo: unos con mucho de todo y otros sin nada de nada.
Si comer era la cuestión, conseguir velas y fósforos también era vital. A mi madre le gustaba iluminarse con “mechones”. Ella misma los preparaba: en un pomo de cristal de boca ancha, de ésos donde alguna vez envasaron mermelada de guayaba o mango, cogía un tubo vacío de pasta Perla (de aluminio, sin ninguna marca ni diseño), lo picaba por debajo y le daba unos cortes de modo que se pudiera parar, le introducía una mecha o algodón y lo colocaba en el centro del pomo.
Con cuidado echaba por el borde un poco de luz brillante (kerosene), no mucho. Y como todo estaba oscuro no te dabas cuenta del hollín que iba soltando ni que alrededor todo se iba tiñendo de negro. Lo peor no era la cochinada que se formaba, ni el olor del kerosene, sino lo dañino que era -y es- para las vías respiratorias.
Mi hijo Iván, asmático desde niño, cuando mi mamá encendía un mechón se iba para la calle: el humo y el olor le desataban crisis asmáticas. Aprovecho para decir que a partir del período especial, el número de asmáticos y de enfermedades respiratorias se incrementó alarmantemente.
No sólo a Iván el kerosene afectaba, a mí también: desde niña padecí de bronquitis asmática crónica. A menudo mis padres me llevaban al Hospital Infantil, en 27 y G, Vedado. Mi pediatra era un hombre negro ya mayor, el Dr. Labordette. Tendría seis o siete años cuando me dio una tosferina de larga duración: varios meses con aquella tos perruna.
Como casi todas las mujeres de origen campesino, mi madre creía más en los remedios naturales que en los químicos. Mi tos se sentía a una cuadra, parecía un perro boxer ladrando. Todas las noches mi mamá me empavesaba pecho, espalda y cuello con “Vick Vap-o-rub”, en el pecho me ponía un paño previamente calentado en una sartén de hierro y ya en la cama, tenía que hacer inhalaciones de agua hirviendo con hojas de eucalipto dentro.
Por las mañanas, en ayunas, me daba un par de cucharadas del “caldito” que soltaba la remolacha después de toda la noche en un platico con azúcar en el balcón, con su buena dosis de contaminación ambiental: el churre que me tomaba con el “caldito” a ella nunca le preocupó, a fin de cuentas, ella decía que lo mejor que había para curar las heridas era restregarse con jabón prieto, usado para lavar la ropa.
Teoría que mi madre mantenía en una época en que había toda clase de desodorantes, fabricados en la ya entonces desarrollada industria cubana de jabonería y perfumería, como Crusellas y Sabatés, o importados de Estados Unidos y Francia -igualmente decía que “el mejor desodorante era el bicarbonato”, algo que yo no soportaba, aparte de que su uso continuado quemaba las axilas.
Para levantar las “defensas” y no coger anemia, todos los días tenía que tomarme un jarro de jugo de naranja con zanahoria; comerme una manzana (cerca de la casa vendían manzanas, peras, uvas y melocotones de California); tomarme un plato de caldo de vegetales (espinaca, zanahoria, remolacha, apio, berro, ajo porro, aji, cebolla, tomate) y un par de cucharadas de “bistí”, como ella llamaba al líquido que iba soltando un bistec que mi madre ponía sobre una parrilla encima del carbón y recogía en una cacharrita.
Todo eso fue en la década de 1940-50, antes de la revolución. Estoy hablando de una familia pobre, que vivía con un peso al día y miren cómo a mí me alimentaban. Cocinábamos con carbón y no teníamos refrigerador ni televisor. En el hospital nos daban las medicinas gratis y jamás mi padre pagó un centavo por ninguno de los tratamientos que a mí me mandaban (y creo que si hubiera tenido que pagar no me los hubiera dado).
El Infantil fue construido en 1933 y fue el primer hospital pediátrico de Cuba. Contaba con casi todas las especialidades médico-quirúrgicas infantiles y disponía de 500 camas. De este hospital salieron los mejores médicos, pediatras y cirujanos de la isla. En 1961 le pusieron Pedro Borrás Astorga, miliciano muerto durante los combates de Playa Girón.
Debido a la falta de cuidado y mantenimiento, se encontraba en un deplorable estado. Allá quien se crea que Fidel Castro fue el salvador de la patria: fue el gran demoledor.
Tania Quintero
Foto: Tomada de El país del parche.
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miércoles, 12 de junio de 2013
El "período especial" fue del carajo (V)
Si en una agonía se convirtió alimentarse, vestirse, calzarse, bañarse, limpiar la casa y contener la sangre menstrual, en un verdadero calvario devino el transporte urbano e interprovincial.
Surgieron en La Habana los “camellos”, culpables en buena medida de la destrucción de las avenidas por donde pasaban con su pesada carga (casi 200 personas en cada uno), los bicitaxis y las bicicletas cambiaron el panorama y también llevaron dolor a muchos hogares, por la cantidad de muertos causados.
En el interior de la isla renacieron los carretones y coches tirados por caballos y los viajes de una provincia a otra se hacían en cualquier vehículo rodante, fuese la parte de atrás de un camión o de una rastra. Los vuelos nacionales de Cubana de Aviación se redujeron a la mitad o menos, los trenes, lentos y viejos, fueron incapaces de satisfacer la demanda, sobre todo en meses de vacaciones y fin de año.
Los añejos carros americanos -más conocidos por almendrones- exteriormente delataban el fabricante (Ford, Chrysler, Oldsmobile, Chevrolet, Buick) y la década (1940-50), pero para que de verdad funcionaran había que ponerles motores “nuevos”, la mayor parte de las veces procedentes de autos rusos (Lada, Volga, Moskvich). Los mecánicos comenzaron a ser cotizadísimos: eran capaces de armar verdaderos frankensteines automovilísticos.
Dicen que el “deporte nacional” en Cuba no es la pelota (béisbol) sino pegar tarros (poner los cuernos) a novios o maridos. Pero el “periodo especial” dejó tan deshuavinados a los cubanos, que sin ganas de templar (follar) se quedaron.
El gobierno cubano en salud y educación dice tener sus dos grandes logros. Miente: la libreta de racionamiento y los apagones son también otros dos grandísimos logros.
Si excluimos aldeas tribales africanas, indígenas o asiáticas, donde aún no ha llegado la electricidad, Cuba tiene dos récords que deberían figurar en el Libro Guinness: la población que más años ha vivido con cartilla de racionamiento y la que acumula más horas de oscuridad, de falta de agua y de combustible para cocinar.
Los “apagones programados” -ésos que te avisaban por la prensa que tal día a tal hora en la zona número tal habría cortes de fluído eléctrico en el horario tal- tienen la ventaja de que como “guerra avisada no mata soldados”, puedes prepararte, pero, sobre todo, resignarte a que ese día todo irá al revés.
Pero los que desequilibran a masantín el torero son los “apagones no programados”, casi siempre producidos por una rotura en una termoeléctrica o porque el transformador del poste de la esquina empezó a chisporrotear por un cortocircuíto. Dado el deterioro de los equipos, esas averías eran bastante frecuentes y podían ocurrir cualquier día de la semana, a cualquier hora y crearte un estrés extra no programado.
A unos y otros apagones trataba de cogerlos con calma, pero no podía. Es algo superior al aguante del cubano más ecuánime, sobre todo, de las mujeres, quienes siempre estábamos al borde del ataque de nervios.
Los apagones diurnos no eran más llevaderos: impiden a las amas de casa hacer sus quehaceres, los refrigeradores empiezan a descongelarse, el agua a ponerse “bomba” (caliente) y los ventiladores sin echar el necesario aire en cualquier época del año.
Si no tenías pencas ni abanicos, a echarse fresco con un pedazo de cartón. Tampoco podías poner el motor del agua, hacer un batido, cocinar el arroz en la olla arrocera y como el “apagoncito” puede afectar el suministro de gas, no tienes candela para preparar la comida o calentar agua para bañarte (la inmensa mayoría de los cubanos se bañan con cubos de agua).
Los “criminales” de verdad eran los apagones nocturnos, sobre todo si en casa tienes un niño (mientras más pequeño, peor) o un enfermo (mientras más viejo, peor). Lo único que me gustaba era el silencio reinante. Entonces yo, superdesafinada, en medio de aquel silencio empezaba a improvisar y “cantar”, bien alto, para que todo el vecindario me oyera (antes de 1995 sabían que era periodista oficial, o sea “revolucionaria”, despues del 95 sabían que me había convertido en periodista independiente, es decir “contrarrevolucionaria”): “El apagón, gon, gon, me gusta un cojón, jon, jon”. O si no: “Ay que rico, cómo me gusta estar así, bien oscurita, irme a dormir pa’mi camita, con ese calorcito y los mosquitos pican que te pican”. Si tenía encendido el bombillito de la creatividad, me quedaban mejor los cánticos, si no, una auténtica pesadez.
En mi casa me decían “cállate ya, no jodas más, que todavía va a venir alguien del comité y se forma un lío por gusto”. Otras veces me sentaba en la terraza con mi Sony de 13 bandas y ponía bien alto la emisora extranjera que en ese momento pudiera sintonizar, fuera la BBC, Radio Exterior de España, VOA o Radio Martí.
Tania Quintero
Foto: Portada del libro Devorando a lo cubano, de Rita de Maeseneer (Editorial Vervuert, 2012). Una lectura gastrocrítica a textos relacionados con el siglo XIX y el Período Especial.
Para el siglo XIX, Rita De Maeseneer establece un diálogo con planteamientos de índole racial, social, (proto)identitaria y metaliteraria a partir de las remisiones culinarias en textos como Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde, La Havane de la condesa de Merlin, relatos de viajeros como Fredrika Bremer y Cimarrón de Miguel Barnet. El Período Especial es abordado desde la (est)ética de la carencia en un abanico de novelas de Leonardo Padura Fuentes, Zoé Valdés, Daína Chaviano, Pedro Juan Gutiérrez, Karla Suárez, Ena Lucía Portela, Robert Arellano y Ronaldo Menéndez. A modo de conclusión, el estudio propone una reflexión sobre el ensayo Las comidas profundas de Antonio José Ponte. Algunas ilustraciones de marquillas y litografías del siglo XIX y breves remisiones a películas para el período postsoviético enriquecen los análisis de textos.
Rita De Maeseneer es catedrática de Literatura Latinoamericana en la Universiteit Antwerpen (Bélgica). Es autora de El festín de Alejo Carpentier (2003), Encuentro con la narrativa dominicana contemporánea (2006), Ocho veces Luis Rafael Sánchez (2008), Seis ensayos sobre narrativa dominicana contemporánea (2011).
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lunes, 10 de junio de 2013
El "período especial" fue del carajo (IV)
Mi madre, de origen campesino, sustituyó los chicharrones de puerco, por “chicharroncitos” obtenidos del pellejo del pollo, tremendamente dañino por el alto contenido de colesterol, pero a ella “toda esa bobería que ahora hablan los médicos” le entraba por un oido y le salia por el otro, “porque uno se va a morir cuando le toca y no porque coma esto o lo otro”, decía.
Descubrió que con la grasa obtenida después de freír los pellejos de pollo, podía echarle “mantequita” al arroz y, sobre todo, freír huevos, porque eso de freírlos en agua -otro de los “inventos de período especial”- era tan antinatural como el café mezclado con chícharos.
Mucho antes de la llegada del “período especial”, eran excepcionales los cubanos que podían tener papel sanitario en el baño: la mayoría utilizaba papel de periódico (la escasez de papel fue generalizada, menos para imprimir el periódico Granma y toda la folletería política editada por el partido) y algunos, como una vecina mía, en el baño de su casa decidió poner los libros de marxismo utilizados por sus hijos en la universidad, pues “pa’qué los queremos, si ya el comunismo se cayó”.
Menos risueña fue la realidad de las cubanas trabajadoras: salvo excepciones, la inmensa mayoría, después de orinar, se secaban con hojas de papel y modelos que una vez fueron utilizados para hacer burocráticos informes y estaban tirados en cualquier almacén, sucios, amarillentos y con rastros de haber servido de guarida a ratones y cucarachas.
No sé si habrán datos al respecto, pero en esos años deben haber aumentado considerablemente las infecciones urinarias y vaginales de las mujeres cubanas.
Capítulo aparte merece la desaparición del algodón y las íntimas (almohadillas sanitarias). Como no se podía impedir que las mujeres en edad reproductiva dejaran masivamente de menstruar, la solución fue comenzar a utilizar trapos, obtenidos de sábanas, toallas y cuanta ropa vieja o pasada de moda se encontrara.
Aquellas mujeres que aún conservaban pañales de cuando sus hijos fueron bebitos, tuvieron un tesoro y sufrieron un poco menos. Esos trapos no se botaban: se enjuagaban bien y se ponían a hervir, la mayor parte de las veces sin jabón o, si acaso, con una astillita de jabón.
Las astillitas de jabón, otrora botadas o menospreciadas, alcanzaron categoria VIP. En mi casa, y en casi todas las casas, se clasificaban: en una lata se ponían a hervir las astillitas de jabón de tocador y en otra las de jabón de lavar.
El “período especial”, no se puede negar, desarrolló la inventiva y mucha gente se “especializó” en la fabricación casera de jabón. No se me olvida que una vez no teníamos jabón para bañarnos y mi hija consiguió uno en su trabajo, grande y azul. Llegó contenta con su trofeo: lo podíamos picar en dos y tendríamos jabón por lo menos para bañarnos durante dos semanas. Pero cuando mi hijo lo vió se negó rotundamente a bañarse y ni siquiera a lavarse las manos, porque se iba a enfermar de la piel. El jabón era azul porque contenía añil.
Por esa época tenía muchos amigos brasileños. Al principio, por pena, no les pedía nada. Así una vez una brasileña me mandó un juego de cuchillos de acero inoxidable, de la marca Tramontina, ideales para cortar todo tipo de carnes.
A través de una tía, que solía “resolver” productos alimenticios con una búlgara, me cambió el juego de cuchillos de calidad por dos bandejas de picadillo (carne de res de segunda molida) cuyo costo no sobrepasaba los ocho dólares. Por suerte, después empecé a recibir jabones, champú, desodorante y hasta agua de colonia.
Cristina Agostinho, una escritora de Minas Gerais, con un amigo me mandó un maletín lleno de jabones Palmolive. El hombre me dijo que pasara por el Hotel Riviera a recoger un “encargo” enviado por Cristina. Cuando bajó de la habitación con aquel maletín de cuero le pregunté su contenido. Me dijo: “Sabonetes”.
El maletín pesaba tanto que no lo podía cargar y tuve que llevarlo arrastrando hasta la parada de la ruta 37, en Línea y A, afuera del teatro Mella. A un señor que me ayudó a subirlo a la guagua le regalé dos jabones. Cuando llegué a la casa y lo abrí habían 70 “sabonetes” Palmolive de 150 gramos cada uno.
Distribuí una cantidad entre familiares, amigos y vecinos y los restantes nos alcanzó para bañarnos durante tres meses. ¿Quién dijo que la felicidad no existe?
Tania Quintero
Foto: jesusromerop, Panoramio.
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viernes, 7 de junio de 2013
El "período especial" fue del carajo (III)
A López solía llamarle “científico por cuenta propia”. Fue uno de los que coadyuvó, en el muy temprano 1965, a introducir la computación en Cuba y desde entonces domina la informática y trabaja con ordenadores, casi todos modelos desfasados y “cacharreados” por él mismo. Consciente de que no podía hacerle llegar su mensaje a toda la población, López empezó a redactar y reproducir consejos de cómo sortear el insorteable “periodo especial”.
En uno de esos consejos, López decía que si comíamos arroz blanco, frijoles negros, ensalada de tomate y un platanito, teníamos suficientes nutrientes para mantenernos en pie y no afectar demasiado nuestro organismo. Recomendaba echarle limón a las ensaladas, comer a menudo maní tostado y aunque fuera de vez en cuando una guayaba, naranja, mandarina o un mango y sugería pedirle a familiares y amigos en el extranjero que nos enviaran multivitaminas. “Si nos tomamos una tableta diaria de vitaminas y minerales capeamos el temporal”, solía decir.
También aconsejaba no “coger lucha”: la cifra de cubanos muertos por “coger lucha” está por averiguar, uno de ellos fue Desiderio García, profesor en ginecología y obstetricia del hospital Hijas de Galicia, quien empezó a criar un puerco en la bañadera del cuarto de criados de su casa y convirtió en pollera el patio hogareño. Tanta lucha cogió que una mañana su corazón estalló y murió de un infarto masivo.
López conminaba a familiares y amigos a llevar una vida lo más sosegada posible; dormir la siesta cuando fuera posible y evitar pedalear a pleno sol en las pesadas bicicletas chinas (en el 90, también con asesoría de López hice un Puntos de Vista sobre las bicicletas y entre los entrevistados estuvo el Embajador de Holanda en ese momento).
Esas recomendaciones fueron de gran ayuda para mí y otras amigas mías, tan enloquecidas como yo “inventando” qué cocinar cada día. Los precios en el mercado negro se dispararon a precios inimaginables y uno no tenía reparos en comprar cualquier lata ya vencida de carne rusa o de sardinas de Albania.
La comida se convirtió en una verdadera obsesión nacional, al extremo que en una ocasión le pregunté a un diplomático español, si alguna vez en su vida, cuando se acostó o cuando se levantó, lo hizo pensando en qué iba a comer ese día. Por supuesto, nunca eso le ocupó ni la millonésima parte de una neurona de su cerebro. Los únicos momentos en que los cubanos lograban “quitar el plug” (desconectar) de la realidad, era cuando por las noches, si había luz, se sentaban a ver telenovelas, brasileñas o cubanas, daba lo mismo. O cuando así, con el estómago a media capacidad, se tomaban una botella de ron de mala muerte.
Lo más agobiante, estresante, desesperante, alucinante, -me faltan los calificativos- fue conseguir comida; después, con qué bañarse, lavar la ropa y limpiar la casa y en último lugar, pero no menos importante, procurar que no faltara el alcohol o luz brillante (kerosene) para cocinar. En toda la isla comenzaron a cocinar como en tiempos prehistóricos o como si se estuviera viviendo en un picnic perenne: haciendo fogatas.
Se cuenta que en el interior, ante la escasez de árboles y maderas propicios, le echaron mano a muebles, puertas y ventanas y después de desguazarlos con un hacha, los convertían en leña para cocinar. Las amas de casa más afortunadas éramos las que teníamos “gas de la calle” y así y todo, sufrimos muchísimo, porque a veces era tan poco el servicio de la empresa de gas manufacturado que te pasabas hasta un día sin poder prender la candela. A veces tenías gas, pero no fósforos.
Comer o no comer. He ahí la cuestión. Shakespeare hubiera escrito mejores dramas si hubiera nacido en la isla del doctor Castro. Cuando de sobrevivir se trata, todo vale. Además de gatos y perros, otros animales comenzaron a desaparecer, incluidos algunos de los zoológicos. Raúl Rivero escribió excelentes crónicas donde “el período especial” estaba de fondo, una de las que ahora recuerdo se titula “Aura” y aparece en uno de sus libros publicados en 2003.
Hubo cubanos que les salió el cocinero que todos llevamos dentro y prefirieron hacer aportes a la gastronomía criolla. Toda una variedad de platos a partir del fongo o plátano burro surgió: “picadillo” hecho con la cáscara; “compota” para los niños y “confitura” a base de un plátano muy consumido en las regiones orientales, pero no entre los habaneros, acostumbrados a acompañar sus comidas con plátanos maduros fritos, tostones o mariquitas hechas de la variedad conocida como “vianda” o “macho”.
Los “privilegiados” que poseían especies y sazonadores en la alacena de su cocina, preparaban verdaderos menús. Nació el “arroz saborizado”, a base de cuadritos de caldo de pollo o carne, que quedaba súper si se le podía añadir un sofrito con ajo, cebolla, ají y tomate, los cuatro condimentos básicos de la cocina cubana. El comino, orégano, laurel, pimentón, con sus olores y sabores quedaron en la memoria de tías y abuelas.
Era todo un festín si ese “arroz sin nada”, como también se le decía, se podía acompañar con unas “croquetas de averigua”, confeccionadas con harina de castilla a la cual se le daba un toque de ajo, cebolla o cebollinos.
Tania Quintero
Caricatura: Tomada de Treinta días viviendo como un cubano.
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miércoles, 5 de junio de 2013
El "período especial" fue del carajo (II)
Como ya expliqué, estaba más o menos al tanto de lo que se nos venía encima tras la llegada al poder de Mijail Gorbachov, la perestroika y la glásnost, fenómenos muy seguidos por mucha gente en la isla, pero vistos con antipatía y temor por la jerarquía más conservadora dentro del régimen cubano.
No fue casual que en 1986-87, cuando pasé a formar parte del equipo a cargo del programa Puntos de Vista, espacio televisivo de opiniones callejeras trasmitido en horario estelar una vez por semana, le planteara a mi jefe en la Redacción de Programas Especiales de los Servicios Informativos de la Televisión Cubana, la realización de una serie de seis programas centrados en la nutrición.
Mi jefe no estaba muy convencido de la temática, pero le gustó la idea. Como asesor busqué a José Ramón López, ingeniero electrónico, cincuentón, flaco y desencajado, que llevaba más de veinte años estudiando todo lo relacionado con el organismo humano, la nutrición y su impacto en la salud. López había trabajado en el INDER y fue allí donde creó el Club de Corredores Andarín Carvajal, en honor a un célebre corredor cubano del siglo XX.
Además de correr a diario y de estar siempre al tanto del próximo maratón para participar con sus “andarines”, López trataba de que su familia y sus amigos comieran lo más sano posible. Una verdadera hazaña en una nación con cuotas miserables de alimentos adquiridos a través de una libreta de racionamiento vigente desde marzo de 1962, con una población cada vez con peores hábitos alimentarios, por causa de un proceso revolucionario incapaz de suministrar los alimentos necesarios para una saludable nutrición.
¿Cómo conozco a López? Por un amigo que había asistido a Salud para Todos, congreso cada dos años celebrado entonces en Cuba. Ese amigo había quedado gratamente impresionado con la intervención hecha por el atípico ingeniero. Conseguí el video con su intervención y dije: “Ésta es la persona que necesito para asesorarme en mis programas”.
Después de varias y largas conversaciones en su destartalado taller, a dos cuadras de su domicilio, López y yo planificamos los seis programas. Sólo pudimos hacer tres: Vivir para comer, Comer para vivir y Algo más que comer.
Fue arriesgado por parte de López y mía, cuestionar públicamente temas tabúes jamás debatidos por la prensa oficial, como el exceso de carbohidratos y azúcares consumidos por los cubanos, quienes a su dieta diaria habían incorporado una gran cantidad de pan con croquetas, pizzas, espaguetis, dulces, refrescos y helados.
Recuerdo que en uno de los programas queríamos que una especialista del Instituto Nacional de Alimentación, Higiene y Epidemiología dijera lo dañino de la gran cantidad de mantequilla que le echaban al helado Coppelia, para hacerlo más cremoso. Pero ella se negó: ¿criticar una de las más preciadas creaciones de “papá Fidel”?
Lo narrado ocurrió casi cuatro años antes de la declaración del “periodo especial en tiempos de paz”, cuando los cubanos ni soñaban que estaba próximo el día en que apenas nada tendríamos para comer. Fue cuando los gatos comenzaron a desaparecer, se desayunaba con “sopa de gallo” (agua con azúcar prieta) y el fongo o plátano burro se convirtió en plato nacional.
Si tabú era el tema de la alimentación, más vedado era hablar de carnes. Pero López y yo, que no padecíamos de “autocensuritis”, decidimos preguntar también a la gente en la calle cuáles carnes consideraban más saludables, si las rojas o blancas. Por supuesto, todos decían que las rojas, sólo una mujer, en un supermercado situado en San Lázaro y Marina, respondió las blancas: ella había leído que un personaje famoso en los Estados Unidos, diagnosticado de cáncer, había dejado de comer carne vacuna y si alguna vez ingería carne, era de pollo o pescado.
Otra gran desinformación que nos encontramos en esos tres programas, grabados en distintos barrios habaneros y en municipios agrícolas en las afueras, es que la gente llamaba “fibra” a las carnes, sobre todo a la de res. Si hubiéramos llegado a hacer un cuarto programa, hubiéramos podido profundizar sobre los alimentos integrales, que tímidamente habían comenzado a venderse en la capital.
A pesar de intuir que padeceríamos aún más carestías, para mí, López y 10 millones de cubanos, el “período especial” fue un verdadero batacazo en el mismo medio de la cabeza y en nuestro cuerpo todo. En mi album conservo una foto, hecha en 1995 por mi amiga Mariana Badell, del día que me pasé con mi nieta Yania en su casa, en Miramar. Tengo cargada a Yania, entonces con un año, y las dos parecemos acabadas de salir de un campo de refugiados en Darfour.
Tania Quintero
Foto: Tomada de El Período especial as Special Period
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lunes, 3 de junio de 2013
De la componenda
Desde que hace meses recibí un email donde se explicaba al exilio que todas las organizaciones de la disidencia interna se unirían en una sola vertiente supe que esto sucedería y acabaría mal. Mi respuesta fue de inmediato: “Aquel que los mandó a unirse en un solo movimiento es el chivato”. Me contestaron que no, que de ninguna manera, que lo hacía nada menos que Guillermo (Coco) Fariñas, y de tal modo decidieron unirse todos en una voz única. Eso mismo ya sucedió diez años atrás, cuando desde La Habana, Elizardo Sánchez exigió que nos uniéramos todos (disidencia y exilio) en un bulto tan “original” que denominaron Todos Unidos, bajo la égida suya, y desde el exilio bajo la égida de la hija de un militar castrista fusilado. No, no se les ocurrió nombrar a la hija de un fusilado “normal”, como ha habido tantos. Pero los fusilados “normales” ya ni siquiera cuentan.
No hay nada más evidentemente reaccionario que en el camino hacia la democracia se concluya que la solución pase por aliarse a un solo convoy. Fue, dicho sea de paso, la táctica que usó Fidel Castro para acabar con la democracia en Cuba: desbaratar primero toda la pluralidad a su alrededor.
La libertad estriba precisamente en la construcción de esa pluralidad, en la aceptación de la diversidad, en la cantidad de puntos de vista diferentes con los que reconstruiremos nuestro país. La democracia estriba en la variedad de ideas, de partidos políticos. Lo primero sería reconstruirse en partidos políticos y organizar varios proyectos políticos, y advertir a los cubanos, mediante movimientos de penetración a todo lo largo y ancho de la isla, para que los asimilen, los discutan, los voten… Eso es lo que hacían y hacen gente como Antúnez, Iris Tamara, y Sonia Garro Alfonso, y su marido Ramón Alejandro Muñoz, todavía encarcelados sin juicios. Así es que se prepara la libertad, por la democracia, sin los tiranos, aceptando a los demócratas de todas instancias y orígenes, excluyendo a los tiranos ni a toda su parentela. Una democracia que se respete no aceptará a los tiranos en el poder, una cosa es tolerarlos en la vida, tolerar su existencia y hasta su participación social, pero no la política. No es lo mismo la aceptación que la tolerancia. La aceptación es natural, la tolerancia impuesta, por las leyes en la mayoría de las ocasiones, por lo que hay que acatarla.
Con pocas horas de diferencia salieron publicadas varias declaraciones. Como es habitual ya en los casos de Cuba, la declaración que a mi juicio tiene mayor importancia, por su madurez y esencialidad específica, ha sido bastante ignorada, para darle bombo y platillo al amarillismo de otras. Recomiendo leer Rosa María Paya en exclusiva y El líder perdido de Martha Beatriz Roque.
He leído también con atención el artículo publicado en El Confidencial titulado La oposición cubana busca apoyo español para forzar a Castro al diálogo, con un subtítulo que añade “Fariñas viaja a España para buscar asesoramiento”. Espero que cuando Fariñas llegue a España visite antes que a nadie a los presos políticos desalojados y abandonados en las calles, que han tenido que pasar el rudo invierno de este año a la intemperie; puesto que si estas personas, incluidas niños y ancianos, han tenido que soportar estos percances en los que hubieran podido morir, es debido a las gestiones de Fariñas y su asistida huelga de hambre con el gobierno español, el régimen castrista y la iglesia castrista, en la que pidió, a pocas horas de morir Orlando Zapata Tamayo, negociar con el gobierno de Zapatero que los presos políticos y sus familiares partieran todos a España, como declaró a ABC y a la prensa internacional. Una negociación que hizo Fariñas, que aprobaron los disidentes, y que el régimen de La Habana aceptó con los ojos cerrados y hasta “benevolencia”, autorizando que el ex Coronel Fariñas discutiera con el embajador, con el cardenal, y con cuanto personaje se le ocurrió a él (si es que fue a él a quien se le ocurrió), que estas personas fueran deportadas bajo licencia extrapenal, que no es lo mismo que liberadas.
Y ya que no es lo mismo, tampoco es lo mismo poner su vida “en peligro” bajo una huelga de hambre asistida, que sólo favoreció al régimen (algo que los cubanos han olvidado ya), que pasar un invierno de los más fríos que ha habido en Europa en muchos años, con frío, hambre, y sin casas. Espero que estos hombres y mujeres le pidan cuentas al gobierno español. Pero al principal que le tienen que pedir cuentas es a Fariñas que los envió a ese calvario, y que ahora se pasea como un héroe de la disidencia por el mundo, como otros, sin que nadie además pueda cuestionarlos, ni siquiera enfrentarse a ellos en una mesa redonda, con las razones que nos convocan a una gran cantidad de exiliados para no aceptar sus componendas con el régimen.
No, todavía a ninguno de los patrocinadores de este show mediático se le ha ocurrido que en alguno de esos eventos que muchos pagamos con nuestros impuestos, tenemos derechos a participar, y a discutir con ellos, de manera democrática. Los mismos derechos a reunirnos con las personalidades con las que ellos se reunieron para exponer nuestros puntos de vista. Pero es que la democracia no entra en sus entendederas, o en las entendederas de los que organizan esos eventos, que a estas alturas todavía no sabemos quiénes son, ya que sus identidades no han sido reveladas.
De modo que al principal creador de la UNPACU, José Daniel Ferrer, no le permiten viajar -según el artículo de El Confidencial- pero sí se lo permiten a Fariñas. Vaya, qué cosa tan extraña, ¿verdad? Que no impidan viajar a una persona que es menos conocida que el otro, que al serlo como lo es Fariñas podría ser más peligroso para el régimen en el extranjero.
En el artículo se comienza explicando que la “novedad de este proyecto”, sin brindar el nombre del mismo, es la siguiente: “Ni Estados Unidos ni Venezuela ni ningún otro gobierno nos va a imponer reglas ni proyectos. Este es un proceso impulsado desde la disidencia interna cubana y basado en la soberanía del pueblo cubano, en el que no vamos a permitir ningún tipo de injerencia”, así habló José Daniel Ferrer, al que ya ese diario considera que podría ser cabeza de lista de ¡unas elecciones organizadas por el mismo Raúl Castro!
Señoras y señores, tremendas mazorcas de maíz que se están fumando en ese periódico o en el Oriente de Cuba. De modo que Raúl Castro organizará él mismo unas elecciones para que José Daniel Ferrer sea cabeza de lista. ¿Y por qué no aceptaron los Castro el Proyecto Varela con Oswaldo Payá Sardiñas a la cabeza? Se cae de la mata, ¿no?
Pero además, la UNPACU no aceptará que ni Estados Unidos ni Venezuela, ni ningún otro gobierno les imponga nada. ¿Y por qué entonces van a buscar apaños y ayuda con el gobierno español, con la que está cayendo en España? Para colmo, después que el gobierno español no ha reparado en despreciar la causa cubana como les ha salido de sus verijas. Y de contra, poner en la misma balanza al gobierno venezolano con el gobierno norteamericano es lo mismo que hizo Yoani Sánchez cuando le mandó siete preguntas al presidente Obama y las mismas siete a Raúl Castro, es decir: dar por descontado que el gobierno venezolano tiene la misma legitimidad que el gobierno estadounidense, que no la tiene. Y de recontra, estamos nuevamente olvidando la historia, nuestra historia, o sea de la que debemos aprender y sacar experiencias.
Cuando España nos dejó en la miseria total y más aberrante (campos de concentración incluidos) tras una larga Guerra de Independencia, ¿quiénes construyeron escuelas, hospitales, carreteras? ¿Quiénes intervinieron para pactar una democracia? Democracia que después fastidiaron los cubanos mismos, por cierto. Pues, no fueron otros que los norteamericanos, a los que los cubanos debieran respetar un poco más, y no hacer el juego ni el discurso del régimen. Un discurso que es por demás hipócrita, porque mientras que la disidencia se permite esos planteamientos viejos y obsoletos, la hija del tirano recibe premios en el corazón de Filadelfia por “demócrata y amiga de los homosexuales castristas” y el hijo de Fidel Castro se nos hace campeón de golf vestido de Armani y con un tremendo Cohiba entre los labios.
De manera que la disidencia tiene que apartar de sus labios ese enorme tabacón requemado de los Estados Unidos como enemigo y como no sé qué tontería, que no es más que un discurso obsoleto del castrismo dirigido al pueblo, pero a los demás, al resto del mundo, les están clamando como locos la presencia de Estados Unidos por debajo del tapete, todo lo contrario de lo que le pidieron al inicio: “Yanki, go home!” Ahora reclaman con lamentos: “Yanki, come back!” Cumpliéndose las palabras de Guillermo Cabrera Infante.
Y continúa José Daniel Ferrer soltando perlas: “Nuestro proyecto no tiene nada que ver con la resistencia de Miami. Es la oposición de los cubanos que nos hemos quedado en Cuba la que quiere impulsar esta idea. Aunque, evidentemente, no excluimos a nadie”.
Bien, siento informarle a José Daniel Ferrer que él ni nadie puede excluir a ningún cubano de ningún proyecto que tenga que ver con la libertad de Cuba, viva donde viva. Viva en Cuba, en Miami, o en La Conchinchina, y mucho menos en Miami, donde se encuentra la mayor cantidad de presos políticos, de víctimas del castrismo, y la mayor comunidad exiliada. Ignorarlos sería la muerte prematura de su proyecto. Cosa que, por supuesto, no ha hecho Fariñas, su portavoz, que a donde primero fue a pedir apoyos fue a Miami, donde lo recibieron pese a su largo y grueso historial castrista, donde ha sido sumamente bien tratado junto a su madre, incluso por la viuda de uno de los líderes más radicales del exilio: Jorge Mas Canosa, quien como Martí, si se despierta en su tumba se vuelve a morir. Así que expresarse de esa manera tan díscola de la fuente que le da de beber, es querer morir de sed antes de que el chorro de la fuente asome.
Por supuesto, quien escribió la nota añade que Ferrer insiste en ello para desligarse de “los liderazgos urdidos desde Miami, siempre sospechosos de vasallaje con los intereses norteamericanos sobre el futuro de la isla caribeña”.
Dios santo, lenguaje más castrista que éste habría que encargarlo directamente al Consejo de Estado. Fíjense bien, les ruego que se trasladen por un instante a la época de José Martí, ¿sus reuniones con los tabaqueros en Tampa, sus corretajes en el exilio de Nueva York, su preparación de desembarco por Playitas, fue solamente un liderazgo urdido en las entrañas del monstruo, que él tanto conoció interesado en nuestra isla, que no tiene nada más que ofrecer que pobreza y mendigos jeremiquiantes? Vaya, por Dios, qué visión del futuro tienen los americanos… Pero además, los 200 mil dólares que recibió Fidel Castro de parte de Carlos Prío Socarrás desde el exilio miamense, para el desembarco del Granma, ¿qué fue, cómo lo llamamos? ¡Doscientos mil dólares de la época! ¿Y cómo llamamos a la ayuda “desinteresada de los hermanos soviéticos” que no fue más que una invasión sumamente interesada de los comunistas bolos por más de treinta años?
Pero aquí es donde está la perla de las perlas: “Pedimos el diálogo con el gobierno de Castro, tutelado o no por ONGs de calidad, y que ese diálogo sea público. Que la gente de Cuba y del exterior sepa que existe ese diálogo y que cada paso que se dé se vaya trasladando a la población y a los medios internacionales de forma objetiva”.
Bien de lo que debemos interpretar fácilmente lo siguiente: que la UNPACU prefiere dialogar con los dictadores devenidos ahora presidentes de ONG’s (como la FMC se transformó en CENESEX), por obra y milagro del castrismo, antes que con los exiliados y con gobiernos demócratas como Estados Unidos, y que sepamos que eso es ya una cosa hecha y dada, sin que podamos oponernos, y tendrán la gentileza, además, de que se nos irá informando de “forma objetiva”. Nosotros, punto en boca. ¿Le preguntaron ellos al pueblo sobre esto, mediante elecciones o algo parecido? No, al igual que hizo Fidel Castro desde la Sierra Maestra, por sus timbales, esto es lo que hay y habrá. Lo que nos toca por la libreta porque ya ellos y unos cuantos, en posible diálogo con la tiranía lo decidieron. Y el resto, boca cosida, repito.
Entonces vuelven con lo tan trillado de que ellos obligarán al régimen cubano a sentarse a dialogar. ¿Qué le estarán inoculando a los boniatos por allá por donde vive José Daniel Ferrer? ¿De verdad cree que nos hará creer que el “gobierno” castrista está dispuesto a dialogar, a sentarse con la disidencia para cambiar lo que han hecho esos dos malditos en ese país? Y en caso de que lo lograran, cuáles serán las demandas de la UNPACU frente al régimen, qué le pedirán que cambie, cómo lo harán. ¿Piensan ellos que obtendrán puestos en la Asamblea, que podrán decidir por encima de los dictados de la tiranía? Bueno, es probable que semejante truco se produzca, visto el juego de espejos y espejismos que está imponiendo la dictadura para que el mundo piense que ellos están haciendo cambios favorables. Pero, ¿por qué tenemos que aguantar como carneros nosotros que se nos engañe de ese modo? ¿Por qué Cuba debiera recorrer el camino de China o de la antigua URSS, hacia una nueva forma de dictadura? ¿Por qué no seguimos en el camino de la lucha por la libertad y la democracia sin los tiranos? ¿Por qué le están ellos insuflando más vida a ese régimen?
Más adelante, el cantinfleo continúa: “Es de vital importancia, en muchos de los procesos que queremos emprender, que nos ayuden desde fuera a plantear las cosas con criterios racionales. No es una petición de tutela. Es una petición de formación, de consejo, de asesoría. Tienen que tener en cuenta que la gente que ha estado en la lucha tampoco ha tenido mucho tiempo de formarse. No queremos que abogados, políticos y economistas de fuera lideren la transición”, resalta Ferrer”.
¿Qué es lo que quieren de nosotros en definitiva? ¿Les queda claro a ustedes? A mí no. O sí, a medias. No quieren que participemos, no quieren que nos impliquemos, sólo que toleremos sus imposiciones enviando de vez en cuando consejos y asesorías. ¿Se ha enterado Ferrer que los consejos y asesorías se pagan, que forman parte del trabajo de muchos de nosotros? ¿Se ha enterado que a diario en el exilio muchos exiliados se levantan a las cinco o seis de la mañana para doblar el lomo y trabajar para poder pagar las escuelas de sus hijos, los alquileres, los empleados, impuestos, y además de eso él le está exigiendo que manden consejos y asesoría en sus pocas horas de descanso? Consejos y asesorías que tal vez ellos aceptarán o no, en dependencia de si su principal partner, el régimen castrista, accede a escucharlos o a borrarlos del mapa cuando llegue el momento conveniente para los tiranos. Francamente, yo pensaba que Ferrer era una persona más inteligente, pero en este p’atrás y p’alante no lo entiende nadie, o quizás haya que entender lo que hay detrás, el veneno que hay en el fondo empozado.
Y vuelve a la carga con que harán la transición a la española.
“…personalidades que han ocupado altos cargos en los distintos gobiernos españoles y algunos puestos de alta responsabilidad en el organigrama de la Unión Europea. Los primeros contactos ya se han establecido, aseguran. Y uno de los motivos del viaje a España de Guillermo Fariñas es apuntalarlos. Probablemente, a lo largo del mes de junio se irán conociendo las identidades de este oficioso think-tank político-económico. Un énfasis más: insisten en que en este grupo estarán representadas todas las ideologías democráticas. De nuevo, persistencia en recalcar que Unpacu se desmarca de la desprestigiada oposición anticastrista germinada de la derecha económica o el neoliberalismo estadounidense. De Miami. “Si ellos (los Castro) aceptan el diálogo, sencillamente el diálogo, podremos decir que estamos en sintonía con ellos. No abogamos por un proceso rupturista radical. Buscamos un proceso de reconciliación nacional”.
Con la que está cayendo en España y este disidente se baja con que serán los políticos españoles, de toda franja ideológica, los que ayudarán a los cubanos a conseguir el diálogo, no la libertad, no, el diálogo con el castrismo. Pero si ni el mismo gobierno español ha conseguido dialogar no ya con los Castro, con su mismo país, ¡con su mismo pueblo! Le recomiendo a Ferrer que se informe en qué punto se encuentra varada la investigación de la muerte de Oswaldo Payá Sardiñas y de Harold Cepero, qué ha hecho el gobierno español para que estas muertes se aclaren y al menos se haga justicia con dos ciudadanos españoles implicados, tanto Payá como Carromero.
Pero cómo se puede además decir que ellos oirán a estos políticos españoles y despreciar por otro lado la ayuda de políticos cubanoamericanos, por ejemplo, y de otras tendencias políticas que las del gobierno norteamericano actual. ¿O sea, prefieren oír a un político español antes que a Ileana Ros-Lehtinen o a Mario Díaz-Balart? ¿Por qué? Que alguien lo explique. Porque lo que no se explica es tanta sarta de incoherencias y de numeritos para encandilar de nuevo al exilio, en el peor estilo de la misma dictadura castrista.
Tres últimas cosas, una nueva recomendación, asesoría, o consejo, como mejor prefiera, que lea el reciente libro de Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido. Ahí se enterará de lo que es España hoy en día, y desde hace rato. Si eso es lo que él quiere para Cuba, estamos más perdidos que un pedo en un baile.
La gran mayoría de cubanos a los que el castrismo les quitó las propiedades en épocas de Batista ha muerto o están demasiado ancianos para ir a ripiarse por una casucha en ruinas, o por una mansión a punto del desplome. Sus hijos, nacidos en el exilio, son propietarios de mejores casas en diferentes partes del planeta, y de mejores negocios que los que tenían en Cuba. Cuba ya no es la Perla de las Antillas, Cuba es la pocilga de las Antillas. Invertir energías en ella con los tiranos en el poder es perder siempre. Como acaban de perder otros pobres dementes buscando petróleo en terreno baldío. Hay más leche en la teta de una vaca muerta que petróleo en la isla.
Y para finalizar: lo que tenemos que buscar los cubanos no es un proceso de reconciliación nacional, es la libertad. La nación no se ha peleado con nadie. Ni podrá haber reconciliación hasta que no haya libertad. Mírense en el espejo de la misma España hoy en día, todo eran espejismos. Todo lo que era sólido es hoy endeble, frágil. España es otra vez una de las últimas pordioseras, no ya de Europa, del mundo, como escribe Muñoz Molina. Cuba nunca lo fue antes del castrismo, ni siquiera en la época en que luchaba en contra del dominio español. Con el castrismo no es más que la última de las putas de turno.
Han sido los Castro los que han destruido la nación, el país. Con ellos no puede haber reconciliación ninguna hasta que no sean ajusticiados por la enorme cantidad de vidas que se han perdido por su culpa y por la destrucción de una nación y de un país. Lo que tienen que pedir los cubanos al unísono, todos los disidentes del interior y los del exilio, frente a Naciones Unidas y frente al mundo, es un ajusticiamiento de la familia Castro por crímenes contra la humanidad, y que sean perseguidos y juzgados, allí donde se metan, para que Cuba sea libre por siempre. Y que todos los cubanos, todos, seamos los primeros protagonistas, los protagonistas privilegiados del único cambio irreversible, el que nos guiará hacia la democracia.
Zoé Valdés*
Añadido: Curioso que quieran liderear ese diálogo sin consenso con quienes los oprimen y no con quienes les desean la libertad, y sobre todo con quienes han tratado despiadadamente a presos políticos cubanos y sus familiares, dejándolos en las calles, y todo eso negociado mediante la persona que no ha hecho más que hundir a la disidencia. La misma persona que entregó 200 firmas falsas al Proyecto Varela según los mismos líderes del Movimiento Cristiano Liberación.
Foto de la reunión celebrada el 26 de febrero de 2013 por los principales dirigentes del Foro Antitotalitario Unido (FANTU) y la Unión Patriótica de Cuba (UNPAC). De izquierda a derecha, Héctor Palacios, Félix Navarro, Guillermo Fariñas, José Daniel Ferrer e Iván Hernández Carrillo. Leer también La nueva UNPACU.
* Publicado en su blog el 2 de junio de 2013. Se reproduce con autorización de la autora.
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El "período especial" fue del carajo (I)
Los testimonios que a continuación leerán es la versión periodística de un texto redactado entre enero y febrero de 2006 para la tesis de grado de una universitaria francesa, quien por tema escogió Cubanas en Período Especial. Posteriormente lo dividí en seis partes, algunas ya publicadas. Entre el 3 y 21 de enero de 2012, en 10 partes lo subí al blog, con el título Así viví el 'período especial'. Pero como el tema ha cobrado actualidad a partir de un estudio realizado en Estados Unidos, que valora como bueno el impacto que esos desgraciados y angustiosos años tuvieron en la salud de los cubanos, he decidido publicarlo de nuevo, esta vez con un título más elocuente.
Quienes no vivieron en Cuba en 1990, año de comienzo del “período especial en tiempos de paz”, con estos testimonios tendrán suficientes elementos y podrán juzgar si para los cubanos fue positiva o negativa esa guerra sin tronar de cañones decretada por Fidel Castro, su hermano y su gobierno con un claro fin: capear el temporal y seguir perpetuándose en el poder. Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.
Preámbulo
La implantación del “período especial” en Cuba, desde mi punto de vista, tiene dos lecturas. La primera: fue una consecuencia directa del desmembramiento de la URSS, la caída del Muro de Berlín y la desaparición del campo socialista en el Este de Europa. Y la segunda: evidenció el fracaso de todos los planes agrícolas y pecuarios puestos en marcha por el “máximo líder”. De esto mucho se podría hablar, pero no es ahora el objetivo.
En 1986 me ocurrieron algunas cosas como periodista oficial que de cierta manera me hicieron presentir que algo tenso, difícil y no exactamente “especial”, positivo, se avecinaba.
El 12 de mayo de 1986 Fidel Castro me citó a su despacho en el Palacio de la Revolución, a propósito de una carta que yo había enviado al entonces ministro del Interior José Abrantes, denunciando el aumento del jineterismo y la marginalidad en torno a turistas (se sobreentiende que eran extranjeros: el turismo nacional es tan insignificante que no se denomina como tal).
¿Por qué Fidel Castro quiso hablar conmigo? Porque él estaba trabajando en un plan de renovación y fortalecimiento de la policía y mis vivencias le eran útiles. ¿Para qué quería él remodelar la policía? Para poder iniciar el despegue del turismo, visto como una tabla de salvación ante la realidad de que ya no íbamos a seguir mamando la teta de la vaca del Kremlin, o sea, dejaríamos de ser subvencionados y tenidos como “hijos preferidos” de la “madre patria soviética”. Una vaca que en vez de leche nos daba petróleo, mucho petróleo.
No haré aquí el relato de aquella reunión, pueden leerla en Cita en el Palacio de la Revolución, pero sí resaltar que uno de los problemas a vencer por la nueva policía, era contrarrestar el jineterismo, la prostitución y la delincuencia que ya en ese año, 1986, comenzaba a girar alrededor del turismo. La reunión, debo aclarar, se mantuvo en la mayor discreción y apenas fue conocida por mis colegas y jefes.
Pese a figurar en la lista de periodistas “confiables”, es decir, gozar de la confianza del régimen, a partir de ese encuentro, todo un “honor” en una época en que Castro sólo recibía a periodistas-estrellas del primer mundo (para él los periodistas cubanos éramos plato de segunda mesa) los funcionarios del DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria, nombre del aparato ideológico y propagandístico del gobierno cubano), que sí supieron de esa cita, empezaron a verme de una manera distinta, como si el hecho de haber sido citada y recibida por el “comandante” me hubiera otorgado una categoría superior. Entonces comenzaron a posibilitarme accesos hasta ese momento restringidos a un grupo muy selecto de dirigentes y funcionarios del partido.
Un funcionario del DOR una vez me llevó a una oficina y me dejó sola, leyendo actas del Consejo de Ministros. En otra ocasión, a ver un video destinado a la élite partidaria -y de la cual no formaba parte, pues nunca fui militante del PCC ni de la UJC. Ese video era una comparecencia de Fidel Castro ante la “máxima dirección del país”.
Para ilustrar la situación en que Cuba se encontraba, en tono dramático Castro dijo que era como si todos los días, habituados a ver salir el sol desde una ventana, un día, de pronto, nos asomábamos y descubríamos que el sol no había salido ese día ni nunca saldria más. El ejemplo puesto se podía traducir así: durante muchos años los cubanos habíamos estado tranquilos, confiados en que sin fallar una semana o un mes, a los puertos cubanos arribarían barcos cargados de petróleo procedentes de la URSS.
Fueron tiempos de un clima angustioso, incierto. Los cubanos no se imaginaban lo que se les venía encima. No sé si fuera de Cuba la opinión pública tenía suficiente idea de que lo que se avecinaba, pero la gente dentro de la isla pensábamos -y en voz baja comentábamos- que si la revolución hubiera hecho una verdadera reforma agraria, los planes agropecuarios hubieran cuajado y los campesinos hubieran podido trabajar a gusto y con eficiencia la tierra, produciendo suficientes frutos, la llegada del “período especial” no hubiera tenido las consecuencias que tuvo.
Cuesta creerlo, pero fue verdad: durante los años de la Segunda Guerra Mundial, Cuba exportaba papas, tomates y otras verduras a grandes fábricas procesadoras de alimentos en los Estados Unidos, de donde salían deshidratadas, envasadas y llevadas a países europeos en conflicto. Ya desde finales de la década de 1930, cuando la Guerra Civil Española, en Cuba se llevaron a cabo jornadas solidarias y hacia España salieron cajas de alimentos, ropa y medicamentos. Ese tipo de acciones solidarias volverían a repetirse en los 40: ciudadanos de a pie recolectaban latas de leche condensada, azúcar, chocolate y otros alimentos no perecederos para enviar a los “hermanos combatientes soviéticos”.
Quien vivió antes de 1959 en Cuba sabe que en el país nunca faltaron frutas, vegetales, legumbres ni tampoco leche, queso, mantequilla, carnes, pescados, mariscos. Existía una industria alimenticia con un desarrollo tecnológico acorde a la época. Y el cubano se encontraba entre los pueblos mejor alimentados del continente americano y probablemente del europeo.
Lo más terrible no era que hubiéramos llegado a 1990 con el anuncio de la instauración de un “período especial en tiempos de paz” y de que algo todavía peor, la Opción Cero (cero comida, cero nada) estaba ahí, a la vuelta de la esquina. Lo más doloroso era que ese proyecto denominado “revolución” hubiera sido incapaz en cuatro décadas de contar con una agricultura y una ganadería no ya igual, sino superior a la que teníamos cuando Fidel Castro llegó al poder en 1959.
Tania Quintero
Caricatura: Pong. Tomada de Historias de las mil y un período.Leer también: ¿Qué pasa cuándo un país es obligado a comer menos y andar más?.
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viernes, 31 de mayo de 2013
Ray Tico, eterno desconocido
Un artista puede dejar este mundo, pero sus andanzas siguen revelando nuevas facetas, datos desconocidos que continúan forjando una imagen que parece no tener fin. Esto sucede con nuestro compositor, guitarrista y cantante Ray Tico, quien nos dejó el 15 de agosto del 2007, pero que sigue dándonos sorpresas.
Cuando pacté escribir su biografía, Ray enfatizó que la investigación alcanzaría solo el aspecto artístico de su vida. Tal condición fue respetada, al extremo de que el compositor, ya gravemente enfermo, retiró algunos párrafos del borrador que consideró inoportunos. Siempre en esa misma línea, me permito agregar aquí algunos datos artísticos y humanos que enriquecen la figura de nuestro compositor.
Los Panchos. En 2004, Pablo Marcial Ortiz Ramos (puertorriqueño conocido como Tito Ortiz) publicó un libro llamado El trío Los Panchos. Historia y crónica (Editora Corripio, República Dominicana). Ortiz es uno de los coleccionistas más reconocidos de la música de aquel grupo mexicano. En ese libro se hace un estudio exhaustivo de la historia, la discografía, las anécdotas y los cantantes que pasaron por tan afamado grupo.
Entre los siete cantantes que integraron el trío Los Panchos se encuentra Julito Rodríguez, músico puertoriqueño nacido el 5 de octubre de 1925, quien estuvo con los mexicanos entre 1953 y 1956. En esa aventura artística, Rodríguez grabó 122 canciones con el trío, entre todas sobresale una llamada Dueña mía, del compositor costarricense Ray Tico. Esta melodía -hasta ahora desconocida- se incluye en el libro de Ortiz, en el capítulo que recoge la discografía de Julito (pág. 382). Los grandes coleccionistas de la música de Los Panchos no poseen esta joya.
José Aicardo González, coleccionista colombiano residente en Medellín, declara que Dueña mía es una de las cuatro grabaciones del trío que él aún no posee; tampoco disponen de ella el mismo Tito Ortiz ni el coleccionista norteamericano Carl Anderson. Existe un japonés que asegura tener toda la discografía de Los Panchos, y hacia allá se enfilan las miradas.
En mis años de amistad y bohemia junto a Ray Tico, nunca le escuché decir que existía esa canción o que ella hubiese sido grabada por el famoso trío. En toda la documentación que consulté para escribir la biografía del compositor costarricense, no aparece Dueña mía. Sin embargo, es bien sabido que, en la mitad del siglo XX, no eran rigurosos el registro ni la inscripción de toda la producción de un compositor popular hispanoamericano. Algunas canciones de aquellos creadores se han perdido o se acreditan a otros artistas, y la paternidad de ciertos temas continúa siendo tarea pendiente para los investigadores y coleccionistas.
Olga Guillot. La historia ha recogido la presentación de Ray Tico en el cabaret Tropicana, de la Habana, en julio de 1954, junto al consagrado cantante cubano Miguelito Valdés y a la temperamental Olga Guillot. Esta fue una mecenas de la carrera de Ray en Cuba, y nuestro compatriota siempre agradeció su apoyo. Así lo manifestó Ray en enero del 2006, cuando nos juntamos a charlar con el escritor y coleccionista colombiano Jaime Rico Salazar.
Entonces almorzamos los tres en el Rincón Cevichero Mexicano, de San Sebastián (San José, Costa Rica). En determinado momento, Ray tomó la guitarra y se largó a cantar con la espontaneidad que solo él poseía. Después de tocar varias piezas, Ray hizo una pausa para atender las preguntas de Rico Salazar, el objetivo de la reunión.
La charla fue decantándose hacia las innumerables giras del cantor por Centro y Suramérica y por los Estados Unidos. Sobre todo, hablamos de su estadía en Cuba, cuando la isla era el emporio de la música popular hispanoamericana.
En ese diálogo, Ray Tico nos reveló la existencia de una relación sentimental ocurrida entre él y Olga Guillot durante 1953 y 1954, cuando Ray permaneció en Cuba. Nada de extraño tenía en el mundo de la farándula habanera: lo insólito quizá habría sido que no hubiese ocurrido tal encuentro, dados el carácter arrebatado de la cantante y la juventud del guitarrista.
Cinco mil firmas. En la documentación que poseía Ray se menciona con insistencia una guitarra de su propiedad que contenía cinco mil firmas sobre las maderas. El hecho podría parecer fantasioso si no fuese por un recorte del diario Últimas Noticias, de Caracas, del 18 de abril de 1949. En él se menciona la guitarra de nuestro Ray, con firmas del torero español Manolete, del presidente norteamericano Dwight Eisenhower, del guitarrista español Andrés Segovia y de otras personas. El reportaje incluye una fotografía de la guitarra.
La nota de prensa enfatiza que dicho instrumento “será donado” por el artista al Museo Nacional de Costa Rica. Una vez consulté a Ray sobre este instrumento, y lacónicamente me contestó que no sabía de su destino. No obstante, en fecha reciente supe, por boca del propietario actual, que la famosa guitarra está en manos del artista nacional Ricardo Padilla.
Ignoro la forma en que ese instrumento llegó a sus manos, pero intuyo que las adversidades económicas del compositor lo llevaron a vender tan apreciado instrumento. Queda la satisfacción de que, al menos, aquella guitarra está en buenas manos.
Matrimonio en Puerto Rico. A finales de agosto del 2007 salió mi biografía de Ray Tico, tan solo dos semanas después de su muerte. Aunque el artista no llegó a ver el libro impreso, sí alcanzó a revisar un borrador bastante avanzado. La obra tuvo presentaciones informales en grupos de amigos hasta su presentación formal en el Instituto de México el 6 de septiembre del 2007.
El lunes 3 de septiembre del 2007 me visitó en mi oficina una persona interesada en el libro. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me encontré con un hombre cuarentón muy parecido a Ray Tico. Me dijo que era su hijo, Ramón Ricaurte Herrera Pagán, fruto del matrimonio de Ray con Juanita Pagán, celebrado en 1957 en Puerto Rico. De esa unión existe otro hijo, llamado Agosto Herrera Pagán. Ambos residen en la isla boricua.
Ramón Ricaurte también es guitarrista y lleva el nombre de quien Ray siempre consideró su padre adoptivo: Ricaurte Aguilar Jiménez, casado con Lidia Meneses Mora, pareja que residió en el barrio La California de San José. Estos datos son relevantes pues construyen el perfil humano del artista y amarran una serie de cabos sueltos que quedaron en su biografía.
Radio cubana. En agosto del 2008 presenté la biografía de Ray Tico en el XVII Encuentro Matancero, celebrado en Medellín, Colombia. El público y los coleccionistas asistentes se sorprendieron por la calidad de la producción de nuestro compatriota y ante la cantidad de intérpretes que difundieron sus creaciones por el mundo.
Entre todas las opiniones que recogí en ese encuentro, destaco la del investigador, musicólogo y escritor cubano Cristóbal Díaz-Ayala. Según él, varios programas de las emisoras cubanas de los años 50 abrían y cerraban sus audiciones con una obra de Ray: Romance en La Habana. Más que una cita anecdótica, esto fue y es un gran homenaje para Ray Tico y para toda la música popular costarricense.
Mario Zaldívar, investigador musical.
La Nación de Costa Rica, 16 de agosto de 2009.
Video: Romance en La Habana, interpretada por su autor, Ray Tico. Como ventana musical en la radio cubana era utilizada la versión instrumental. La última, de renombrada calidad ,es la que aparece en el disco El arte del sabor, con Bebo Valdés al piano, Cachao en el contrabajo, Patato Valdés en la percusión y Paquito D'Rivera en el saxofón. El dominicano Alberto Beltrán (1923-1997) la convirtió en un bolero.
Datos sobre Ray Tico (1928-2007), tomados del Diccionario biográfico del Sistema Nacional de Bibliotecas de Costa Rica. Considerado un ícono de la música popular costarricense, ha sido el único extranjero que formó parte del movimiento del 'filin' cubano. Cantante y guitarrista, compuso conocidas canciones como Romance en La Habana, Eso es imposible, Dominicana, México de luz y color, Dialoguemos, Solo para recordar y Me quedo callado, entre otras. Muchos de estos números fueron interpretados por reconocidos cantantes como Marco Antonio Muñiz y Alberto Beltrán. Su nombre de pila fue Ramón Jacinto Herrera Córdoba. A los 22 años viajó a Colombia, regresó a Costa Rica en 1950 y tres años después recorrió Centroamérica. Viajó a Cuba, donde conoció a Olga Guillot, Benny Moré y la Sonora Matancera, entre otros artistas y orquestas famosas de la época. Recibió varios reconocimientos nacionales e internacionales. El 13 de abril de cada año, en Miami se declaró "El día de Ray Tico", un homenaje de la colonia cubana en esa ciudad. Sus restos fueron incinerados y según sus deseos, sus cenizas esparcidas en la playa Los Baños, en Limón, su pueblo natal.
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