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miércoles, 29 de octubre de 2014

Memoria personal de la invasión soviética a Checoslovaquia




20 de agosto. Una fecha que para algunos puede ser algo común y corriente. Para mí es una fecha que ha quedado marcada para siempre y es la fecha del fin de la llamada Primavera de Praga.

Fue la fatídica jornada en que 200 mil soldados del Pacto de Varsovia, principalmente del “Glorioso Ejército Rojo de la Unión Soviética”, apoyado por 2,300 tanques, invadieron Checoslovaquia, uno de los sitios más queridos de mi infancia y uno de los países más bellos del mundo, para aplastar con toda su maquinaria de guerra al gobierno socialista de Alexander Dubcek, tal vez la única oportunidad que ha habido en esta tierra de la existencia de un verdadero “socialismo con rostro humano”.

Bajo la Doctrina Brezhnev, llamada así en honor al líder soviético Leonid Brezhnev, quien fue el primero en declararla públicamente, se puso en marcha la invasión. Brezhnev fue el elegido por parte de los comunistas radicales soviéticos, para recuperar e implantar de nuevo el estalinismo, luego del triste período de Nikita Kruschev.

Brezhnev, un siniestro líder comunista, se encargó también de afianzar en el poder a pura hoz y martillo, a fieles dictadores como Janos Kadar en Hungría, Todor Zhivkov en Bulgaria, Erich Honecker en la Republica Democrática Alemana y Wojciech Jaruzelski en Polonia.

Tuvo mucho que ver en sembrar en el poder hasta nuestros días a los viejos comunistas cubanos, la mayoría provenientes del Partido Socialista Popular, que fueron todos y han sido hasta el final de sus días unos furibundos estalinistas, con la misión de acabar con la Revolución Nacionalista Cubana, la cual duró lo que dura un merengue en la puerta de un colegio.

La Doctrina Brezhnev se aplicó durante las décadas de los 60 y 70 hasta que fue remplazada por la Doctrina Sinatra bajo el régimen de Mijaíl Gorbachov, en los años 80, y que terminó, por suerte y para siempre, con todo ese régimen de terror.

En 1968 yo tenía 7 años. Habíamos tenido que irnos de Praga, donde vivíamos desde 1965, rumbo a La Habana, como consecuencia de los graves acontecimientos. Mi padre había sido atacado y gravemente herido, nuestra escuela soviética había sido cerrada y había una gran inestabilidad.

Al bajarnos en el aeropuerto José Martí, habían quedado atrás “nuestros años soviéticos”, en los que asumimos toda una cultura bajo la supervisión directa de los soviéticos y agentes de la KGB, al grado que teníamos restringida toda relación con los ciudadanos checos. Solo podíamos relacionarnos con personal soviético y las familias latinoamericanas, todos miembros de los partidos comunistas acreditados en Checoslovaquia. Nuestros grandes amigos cubanos en Praga eran la familia del escritor Heberto Padilla y la del pintor y fotógrafo Salvador Corratgé.

Cuando llegué a Cuba no sabía leer ni escribir en español y algunos niños, absurdamente, me llamaban “el rusito”. Patricia Belatti fue la niña cubana encargada de enseñarme no solo el español sino también “el idioma cubano”. Recuerdo que su madre fue una de las integrantes del cuarteto Las D'Aida en los años 60.

Me volví cubano para siempre y la verdad que me gustó mucho más ser cubano que ser soviético, porque ya ven: ser cubano es ser eterno y ser soviético significó desaparecer en algunos años. Corrían los días grises de la Guerra Fría y, niños al fin, ignorábamos que el mundo estaba a punto de explotar.

En esos primeros días en Cuba, yo no entendía nada de lo que sucedía ahí, todo me parecía un gran escándalo, el número de decibeles me resultaba demasiado alto y para colmo, me costaba mucho trabajo entender la manera de hablar de los cubanos.

En el recreo de mi escuela primaria Nguyen Van Troi, los niños se peleaban y enseguida se armaba un gran círculo. Mientras se daba la trifulca en el centro, otros niños y niñas gritaban de manera incesante y dando palmadas: ¡La galleta, la galleta, la galleta!

Llegaba frustrado a casa y le comentaba a mi madre: "Mamá, no entiendo cómo los niños pueden entrarse a golpes y los demás piden galletas al mismo tiempo. Pero lo peor es que nunca veo que salgan las cajas y repartan las galletas. ¡No entiendo nada!" Y seguido comenzaba mi berrinche y mi llanto porque quería regresar a Praga.

Yo aún pensaba que nuestra estancia en La Habana sería transitoria, por pocas semanas o unos meses meses quizás. Extrañaba a mis amigos del barrio, mis maestros, mi escuela, la nieve, mi barrio, el Castillo de Praga, el Museo de la Técnica, los títeres de Jirry Trinka, La linterna mágica... y todo mi mundo en Checoslovaquia, que era algo parecido a vivir en un cuento de Hans Christian Andersen.

De manera oficial y a través de un discurso de Fidel Castro, recuerdo se decía que lo sucedido en Checoslovaquia “era una conspiración del imperialismo para terminar con los deseos socialistas del pueblo checo y que al pacto de Varsovia, al sistema socialista, no le había quedado otro camino de recurrir a la fuerza y así frustrar los planes de la CIA y el imperialismo”.

En efecto, fue toda una “conspiración imperialista”, pero Fidel Castro era el primero en saber que se trataba de una conspiración del imperialismo soviético, que no estaba dispuesto a tolerar nada que tuviera que ver con la democracia.

Y a Occidente le importaron un carajo las reformas socialistas checas y el aplastamiento y la represión fue doble, no solo por parte de los tanques soviéticos, sino también por la ignorancia de Occidente. El célebre escritor Milan Kundera, una figura clave de la intelectualidad y de toda esa revuelta socialista, no le interesaba en lo más mínimo a Occidente en esos días. En definitiva “se trataba de una pelea entre socialistas radicales soviéticos y socialistas reformadores y democráticos”. Todo eso en ese momento, a Occidente le resultaba ajeno.

La brutalidad y el instinto criminal de los “gloriosos” soldados del Ejército Rojo quedaron evidenciados en las imágenes filmadas el 20 de agosto de 1968. Ese mismo instinto se había impuesto en Hungría en 1956, se impuso en Afganistán, en Chechenia y últimamente en Ucrania. Los rusos, al igual que los chinos, ingleses, franceses, norteamericanos y japoneses, han sido imperialistas siempre. Los rusos lo fueron desde antes de los zares, durante el largo y oscuro período de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y lo siguen siendo ahora en la era Putin.

Pensé que nunca más regresaría a Praga y para ello, tuvieron que pasar casi cuatro décadas. Hace dos años estuve ahí visitando mis castillos y reinos, lo que fue mi barrio, mi casa y todo ese entorno de mi infancia. Todo estaba intacto, como si hubiese salido de ahí hace tres semanas. Mi memoria me ayudó a no sentir nada extraño ni desconocido. Praga sigue siendo, por supuesto, uno de los sitios más bellos y hermosos que existen en esta tierra, una ciudad que considero incluso más bella que París.

Me alegró saber que hay una especie de ley que prohíbe el fascismo, de manera tajante, pero al mismo tiempo y de manera muy severa, está prohibido también el comunismo y por ende el estalinismo. Ambas cosas son ahora piezas de museos. Pienso que eso es lo mejor y lo más sano que le pudiera suceder a una nación en el siglo XXI.

Jorge Dalton*
Café Fuerte, 20 de agosto de 2014.
*Cineasta cubano-salvadoreño, hijo del poeta salvadoreño Roque Dalton (1935-1975). Creció entre Praga y La Habana, y se afincó finalmente en San Salvador, donde actualmente reside y trabaja como realizador de audiovisuales.

lunes, 27 de octubre de 2014

Hungría: la invasión soviética de 1956


viernes, 24 de octubre de 2014

Del plátano burro a las hamburguesas



De toda la vida, a los habaneros siempre nos gustó acompañar las comidas con plátano vianda o macho, maduro, verde o pintón, frito o hervido. El de fruta más consumido era el platanito manzano.

Pero con la llegada de los barbudos y sus desastres agrícolas, el plátano vianda dejó de ser presencia diaria en nuestras mesas, también el manzano. En la variedad de fruta nos fueron imponiendo el plátano johnson, que lo mismo se comía maduro o verde, hervido como 'fufú' o frito como 'mariquitas'.

En 1990, tras la desaparición de la URSS y la caída del Muro de Berlín, Fidel y Raúl Castro implantaron el 'período especial en tiempos de paz'. Con él llegaron los estómagos vacíos, los apagones, la falta de transporte, de jabón y de almohadillas sanitarias para las mujeres, entre otras muchas carencias.

Pero llegaron también los 'inventos fidelistas'. Uno de ellos fue el plátano-microjet. Castro I puso a los habaneros y a todos los cubanos, a comer plátano burro o 'fongo', muy consumido en las provincias orientales, pero no en la capital.

Hace veinte años, la consigna no era 'patria o muerte', si no 'comer o morir', sobre todo si tenías que recorrer a pie la ciudad o pedalear cientos de kilómetros en pesadas bicicletas chinas. Así que no nos quedó más remedio que adaptarnos al plátano burro, que era el producido por el método microjet.

A falta de compotas rusas de manzana -venían en pomos de cristal, después utilizados en sustitución de las tacitas de café, desaparecidas del mercado, como tantas otras cosas-, muchas madres las hacían de 'fongo': lo hervían con agua y azúcar y las que no tenían batidora, lo pasaban por un colador.

Ya en 1994, los plátanos johnson y burro formaban parte del menú habanero. Solo los más viejos recordaban aquellas bolas de plátano pintón rellenas con queso blanco o con carne de res molida, sazonada con ajo, cebolla, tomate, comino, orégano, laurel, pasas, aceitunas y alcaparras.

Veinte años atrás, los condimentos tradicionales -casi todos heredados de los españoles- fueron sustituidos por cebollinos, orégano de la tierra y culantro, entre otras yerbas, pero en particular por los cuadritos de caldo, de res, pollo, bacon o vegetales.

Con los 'calditos', como les decían, se preparaban potajes. Los chícharos y frijoles colorados quedaban aceptables con los de bacon. Por suerte, el potaje de frijoles negros, típico de la cocina cubana, al igual que el congrí, con poca sazón quedaba sabroso.

Platos de moda en aquellos años fueron el 'arroz saborizado', las 'croquetas de averigua', las frituras de harina con cebollinos (aún se siguen elaborando) y los 'pudgom': pudines que al no llevar leche ni mantequilla, solo pan viejo, agua y almíbar con sabor a naranja o limón, quedaban tan gomosos que si usabas dentadura postiza se te podía caer

Así y todo, los inventos caseros eran mejores que los 'fidelistas'. Además del microjet, otro de sus inventos famosos, fue el helado de cítricos, de limón, naranja o toronja y que supuestamente contenía vitamina C.

Como las máquinas de hacer frozen, traídas de Argentina y que una vez vendieron helados de chocolate, fresa y vainilla en barquillo, se estaban echando a perder por falta de materia prima, Fidel Castro determinó que en ellas se elaborarían y venderían esos helados sosos y aguados.

Otra creación suya fueron las hamburguesas Zas, con carne de cerdo molida. Antes de lanzarlas al mercado habanero, Castro probó las auténticas. En vuelos especiales procedentes de tres o cuatro países, le llevaron varios tipos de McDonald's. Luego de probarlas, dijo que las Zas eran mucho mejores.

De que las hamburguesas Zas eran superiores a las McDonald's salió en un periódico Juventud Rebelde, pero yo tuve oportunidad de leer el acta de una reunión del Consejo de Ministros donde Castro, minuciosamente, contó sobre su proyecto de las hamburguesas y los helados de cítricos.

Eso fue cuando 'la glasnost y la perestroika' eran seguidas con atención entre altos cargos del gobierno y el partido de la isla. Entonces era periodista oficial y para que no me quejara más de 'falta de información y transparencia', del departamento ideológico me dijeron que me iban a permitir leer varias actas del Consejo de Ministros. Pero solo puder leer una. Los lentes duros de contacto que usaba por mi avanzada miopía, me dañaron la córnea y tuve que permanecer más de un mes sin poder leer ni salir a la calle.

Las hamburgueserías Zas, que con bombo y platillo habían sido inauguradas en distintas barriadas de la capital, fueron languideciendo y dejaron de existir, sin que su creador explicara los motivos.

Mientras, en las carnicerías, por la libreta de racionamiento, cada vez se distribuía menos pollo. En su lugar, una amplia variedad de bodrios fidelistas, como el picadillo de soya o 'texturizado', la masa cárnica, el 'perro' sin tripas y la pasta de oca. La macarela y el jurel congelados fueron sustituidos por jurel en lata chileno.

En las bodegas, el producto estrella era el 'cerelac', una especie de gofio destinado a los mayores de 60 años. Los ancianos eran quienes peor lo pasaban, sin poder desayunar café con leche, sino cocimientos con hojas de naranja, limón o toronja o 'sopa de gallo', como le decían al agua tibia con azúcar prieta.

Por dólares, además de los 'calditos', en 1994 lo más popular eran los 'perritos' (salchichas de pollo) de Canadá, el picadillo de pavo de California y los sobres de refresco instántaneo, de fresa, uva o melocotón.

Hoy, la vida en La Habana y en el interior sigue siendo estresante y difícil. Pero al menos ahora la gente tiene lo que hace veinte años ni soñar podíamos: la apertura de timbiriches, cafeterías y restaurantes particulares, donde puedes comer desde churros rellenos hasta sandwiches de jamón y queso.

Tania Quintero

miércoles, 22 de octubre de 2014

Maderas preciosas, sólo para el dictador



En estos tiempos en que el calor se hace insoportable y las lluvias apenas refrescan, no puedo dejar de recordar la casa donde nací y viví los primeros años. Era amplia, de madera, con techo a dos aguas, de tejas planas (francesas), con un portal alrededor y grandes ventanales.

Desde la época colonial, las construcciones de madera fueron muy apreciadas en Cuba. Existía una cultura de la arquitectura en madera, avalada por muchos y buenos carpinteros que dejaban en sus obras un sello de sencillez y buen gusto.

Unido a esto, ya desde principios del siglo pasado se tomaban medidas para evitar la deforestación. En 1923 se dictó una ley para proteger los bosques, que regulaba la explotación forestal indiscriminada. En 1933 se creó la Escuela Forestal, cuyo principal objetivo era enseñar el cuidado y conservación de los bosques.

Luego, el rápido crecimiento de la población en el período republicano estimuló la creación de un nuevo tipo de arquitectura, caracterizada por la construcción de edificios, fundamentalmente en La Habana. Pero las casas de madera seguían construyéndose en ciudades, pueblos y zonas rurales, donde representan una parte considerable del inmobiliario.

Pero a pesar de que estas viviendas se adecúan muy bien a nuestro clima, su construcción y conservación se ha desestimado. En 1959, el gobierno revolucionario se adjudicó el derecho exclusivo de explotación de nuestros recursos naturales. Cualquier uso privado de éstos, aunque fuera en pequeña escala, fue proscrito y demonizado bajo el estigma de “indiscriminado” o “furtivo”.

Así como ocurre con la langosta o las cotorras de Isla de Pinos, los bosques pasaron a formar parte del patrimonio gubernamental. Obtener, adquirir o comercializar madera se convirtió en un delito por el cual no pocas personas han ido a prisión.

Muchas veces en documentales de países desarrollados, vemos que las construcciones de madera siguen ocupando un lugar importante. En Cuba la situación es bien diferente.

En la revista Bohemia del 16 de mayo de 2014, la periodista Tania Chappi publicó un reportaje al que muy acertadamente tituló Paisaje para el recuerdo, sobre las viviendas de madera en Punta Gorda, en la ciudad de Cienfuegos.

Chappi destaca que esos inmuebles tienen valor patrimonial, y por ello a sus propietarios les está prohibido modificar drásticamente fachadas o la estructura de las casas. Sin embargo, no se les brindan recursos ni posibilidades de adquirir madera y tejas para poderlas reparar, ya que todo lo que se comercializa es para inmuebles de mampostería.

Esas bellas edificaciones están en peligro de desaparecer. La situación se repite en otras localidades de valor patrimonial a lo largo y ancho del país.

Mientras, la noche del 12 de agosto, vísperas del 88 cumpleaños de Fidel Castro, la televisión cubana emitió un amplio reportaje sobre la reparación capital que se hizo en Birán, Mayarí, provincia de Holguín, a la casa natal de los Castro. Que es de madera.

Texto y foto: Gladys Linares
Cubanet, 15 de agosto de 2014.
Foto: Casas de madera en la barriada habanera de Lawton.

lunes, 20 de octubre de 2014

La lenta muerte del teatro Campoamor



El Capitolio, monumento nacional, sede del Congreso de la República hasta 1958, está en reparaciones.

A solo unos pasos, en la esquina de Industria y San José, desde hace más medio siglo, el Teatro Campoamor está condenado a muerte.

En este hermoso teatro en forma de herradura, artesonado con orlas doradas y palcos con barandillas de bronce, se daba cita la sociedad habanera y también el populacho, que se apelotonaba en el gallinero para chiflarle al tenor de opereta cuando se le escapaba un 'gallo'.

En el Campoamor brillaron Rita Montaner, Libertad Lamarque, Imperio Argentina y Lola Flores, entre otras famosas de entonces.

En el teatro de moda de la década 1930-40, Fernando Ortíz celebró sus veladas afrocubanas. Y por primera vez se escucharon los tambores batá de Pablo Roche, en 1936. Ese mismo año, Ortiz auspició allí el Festival de Poesía que dirigió Juan Ramón Jiménez.

Por su escenario pasaron las grandes compañías españolas y cubanas de vodevil, con Angelita Castany, Blanquita Amaro, y también lo más chispeante del teatro vernáculo. En sainetes con música de Rodrigo Prats, Alicia Rico y el viejito Bringuier, con chispa contagiosa, improvisaban 'morcillas', atacando a los políticos.

En un ejemplar de la revista Lux de 1938 aparecía este anuncio:“Cine-velada 15 de agosto en Campoamor: 1. Más gatitos (cartón de Artistas Unidos); 2. Noticiero (Universal); 3, Noches de Fuego (International Films)".

En un noticiero proyectado en el Campoamor, pudo verse al presidente Roosevelt dirigirse a las naciones civilizadas, para que proscribieran la barbarie bélica que se aproximaba. Un mensaje que ese año fue escuchado por 50 millones de personas a través de 1,300 estaciones de radio del mundo.

En 1954 se proyectaron dos grandes filmes, la producción británica Hamlet, y Roma, cittá aperta, exponente del neorrealismo italiano. Los habaneros también tuvieron oportunidad de ver películas mexicanas y melodramas argentinos, algunos con el ídolo del tango Carlos Gardel.

El Campoamor combinaba los sainetes bufos con compañías de vodevil y proyecciones cinematográficas. En cada función exhibía dos largometrajes, cortos de noticias y de humor.

Era costumbre que un espectáculo dramático-musical, por lo general piezas picarescas con doble sentido o alusiones políticas, se mantuviera por largo tiempo en escena. Por exigencia del gremio de músicos y artistas, el gobierno obligaba a los dueños de salas- teatros, a ofrecer películas conjuntamente con espectáculos en vivo.

El afamado criminalista argentino Osvaldo Laudet, en una conferencia en el Campoamor, expresó: “¡Vivir es una cosa diferente a existir!”. Sentencia aplicable a este teatro, porque entre vigas, techos y paredes en ruinas, existen piedras que cuentan historias secretas de amor, llanto, risas y esperanzas.

En el filme Arte nuevo de hacer ruinas, del alemán Florian Borchmeyer, basado en una crónica del escritor Antonio José Ponte, la cámara entra a las ruinas del Campoamor.

Y en lo que fuera el artesonado del escenario, vivía Reinaldo, trabajador del teatro durante ocho años, y que al quedarse sin casa, como tantos cubanos, residió entre escombros. Sobrecoge el amor de este hombre por las memorables piedras. Reinaldo falleció a consecuencia de un derrumbe que en 2012 se produjo en el interior del teatro, su vivienda.

El Teatro Campoamor, situado en el entorno de la Habana Vieja, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, por su historia y arquitectura, es un inmueble patrimonial. Pero la mandarria de la revolución lo convirtió en ruinas.

Reinaldo Cosano Alén
Cubanet, 30 de julio de 2014.
Foto tomada de Cubanet.

viernes, 17 de octubre de 2014

El sexo puede ser una aventura




Yasmani creía haber dejado atrás lo más difícil. Su romance con Roxana fue a largo plazo. “Flirteábamos desde segundo año del pre. Alguna que otra vez íbamos a una fiesta y tonteábamos un poco, pero no me decidía a lanzarme. Cuando yo estaba en cuarto año de la carrera de Derecho nos hicimos novios”, recuerda.

Y llegaron las vacaciones de verano. Los padres del joven, por sus buenas notas académicas, le regalaron 25 pesos convertibles. “Planificamos ir a una discoteca y luego alquilar tres horas en una casa para parejas. Pero en la disco nos excedimos en los gastos. Al final terminamos haciendo el amor en el patio de una escuela, como siempre”, cuenta Yasmani.

Su caso no es una excepción. Incluso matrimonios consolidados de muchos años tienen que ser muy creativos a la hora tener sexo. Mario, padre de tres hijos, duerme en un sofá de la sala de su casa.

“En la vivienda hay tres habitaciones. Mis suegros duermen en una. En la otra, la hermana de mi esposa con su marido y sus dos hijos. Y en la tercera, dos de mis hijos en una litera y el otro con su madre en una cama personal. No hay cama para tanta gente”, dice con una sonrisa.

Según Mario, hacer el amor es casi una hazaña. “Es como jugar a los escondidos. Cuando más lo deseamos, a la suegra le da por ver la tele hasta altas horas de la noche. Cuando éramos jóvenes íbamos a parques oscuros o en la escalera de algún edificio. Ya no estamos para esos trotes. Nuestras citas son de madrugada. Pero a esa hora casi siempre estamos cansados”, señala.

Matrimonios como el de Mario no tienen dinero para pagar unas horas en alguna casa de alquiler que como flores surgen en La Habana. El déficit habitacional en Cuba complica la privacidad y la estabilidad conyugal.

“Es muy raro que en en Cuba, en una casa no vivan cuando menos tres generaciones diferentes. Si tienen hijos, es habitual que ellos duerman en el mismo cuarto con sus padres. Lo cual dificulta las relaciones de pareja”, apunta Arturo, sexólogo.

Antes de 1989, cuando Cuba comenzó su largo trayecto por el desierto de la actual crisis económica estacionaria, que se inició con el llamado ‘período especial’, existían posadas, casas de citas a precios módicos en distintos sitios de la capital.

Todavía Renato se acuerda de los tiempos en que hacía el amor con su novia en una desvencijada posada habanera de su barrio.

“Habían posadas de varias categorías, según el bolsillo. En la Avenida Acosta y Carmen, en Lawton, estaba ubicada la peor de todas. Las ventanas eran de concreto, parecía que estabas en una celda. Las habitaciones no estaban climatizadas y el posadero tenía pinta de borracho o asesino. En los cuartos existían pequeños orificios donde mirones desde la calle se dedicaban a fisgonear. Una vez cogí a un tipo introduciendo un pequeño espejo entre los barrotes de cemento. Aquello era un infierno”, evoca Renato.

No todas las posadas eran tugurios de paredes colmadas de frases lascivas de mal gusto y donde merodeaban rescabuchadores y jamoneros. “En el Vedado y por la carretera Monumental, al este de La Habana, habían posadas discretas, con aire acondicionado y neveras con cerveza y refrigerios. Eran más caras. Pero cualquier trabajador podían ir”, dice Renato.

Hiram, posadero retirado, señala que “las posadas eran un buen negocio. Siempre había colas. Los posaderos teníamos dos o tres cuartos habilitados para las parejas que pagaban un dinero extra. En esa época no estaba autorizado alquilarle a los homosexuales”.

En el siglo XXI, las posadas estatales son un recuerdo lejano. Casi todas se han transformado en albergues para personas que han perdido sus casas debido a derrumbes.

Si deseas compartir con tu pareja en un sitio confortable debes disponer de no menos de 120 pesos, la mitad del salario mínimo en Cuba. En La Habana existen más de 450 casas particulares para citas.

Casi todas con aire acondicionado, agua fría y caliente, neveras con bebidas y algunas hasta con jacuzzi. Tienen servicio de comida y tres horas pueden costar 5 cuc o 120 pesos, las más baratas.

Por las noches, los dueños prefieren rentar el cuarto a 10 pesos convertibles toda la madrugada. “Es mejor. Después de las dos o tres de la madrugada es difícil que vengan nuevos clientes”, apunta Norberto, dueño de una casa que alquila a parejas en la barriada de La Víbora.

Hay casas de citas para todos los gustos. Residencias exclusivas con piscina y un bar bien surtido. En otras, sobre todo en la parte vieja de la ciudad, los cuartos son auténticos cobertizos calurosos. Por lo regular son alquilados por vecinos a personas que ligan prostituas y pingueros y cobran 25 pesos la media hora.

En estas casas se permiten parejas homosexuales y orgías discretas con lesbianas. “Cualquier cosa mientras paguen, cuiden la propiedad y no sean muy ruidosos. Lo único que prohibo es el acceso de menores de edad”, comenta Miguel, propietario de una precaria casa de citas.

Según Carlos, sociólogo, la prostitución, la infidelidad matrimonial y el homosexualismo han convertido el hospedaje de parejas en un excelente negocio. “El machismo rampante en Cuba provoca que sea de buen gusto que los hombres de éxito o con poder tengan una o varias amantes. Esas casas suelen ser sus nidos de amor”, acota el sociólogo.

Mientras muchas parejas reservan en habitaciones confortables, otros como Mario o Yasmani deben jugar al gato y al ratón con sus suegros o el custodio de una escuela si quieren tener un rato de intimidad. Para ellos el sexo es una aventura.

Iván García

miércoles, 15 de octubre de 2014

Sexo a las puertas de la cancillería


Túneles militares o trincheras abandonados, matorrales al fondo de edificaciones, inmuebles en peligro de derrumbes, centros deportivos en estado deplorable como el Estadio José Martí (colindante con el Ministerio de Relaciones Exteriores), monumentos históricos como el del expresidente José Miguel Gómez, en la calle G, Vedado, son espacios frecuentados por todo tipo de parejas.

Expuestos a ser asaltados por maleantes, reprendidos por la policía o a morir atrapados en los escombros de un desplome, miles de personas que no cuentan con un lugar donde pasar un rato, acuden a estos sitios que, además, sirven de refugio a enfermos mentales desamparados o a gente que no tiene un techo donde cobijarse, como es el caso de Orlando Suárez, de Santiago de Cuba, que nos explica cómo decidió venir para La Habana después que el último ciclón que afectara el oriente cubano le destruyera la casa.

Suárez nos cuenta que al igual que él, otros muchos orientales que perdieron sus casas y aún esperan por la ayuda del gobierno, utilizan los parques y las instalaciones en ruina para pasar la noche.

Dice que todos los días pasan por ese lugar decenas de personas, unas para hacer sexo, otras para orinar o defecar en esos mismos locales que él y otros usan para pernoctar. Nos muestra el lugar donde duerme, un espacio techado, pero repleto de inmundicias de todo tipo: aguas pútridas, condones usados, paredes derruidas, algunas con advertencias de derrumbe.

Echa un trozo de paño en el piso y se tira a dormir. En la mañana recoge sus “propiedades”, las carga en una mochila y deambula por las calles del Vedado haciendo pequeñas faenas en jardines que le proporcionan algo para sobrevivir.

Joel Cano, vecino de los alrededores de la cancillería, es de los pocos que aún utilizan la pista abandonada del antiguo estadio. Todas las tardes ve cómo, al caer la noche, la zona se llena de gente en busca de un lugar para dormir y resguardarse de la lluvia. O mantener relaciones sexuales, a solo unos metros y casi a la vista de los funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores, a quienes no parece preocuparles la situación.

Joel ha sido testigo de asaltos y abusos por parte de malhechores que aprovechan el desamparo de la zona. Actúan contra las parejas o contra aquellos infelices, sin techo propio, que logran reunir algún dinero a merced de las limosnas o los oficios que ejercen, algunos muy parecidos a la prostitución, inclusive más inhumanos.

Por eso, Joel jamás se queda hasta muy tarde en la calle y nos recomienda que abandonemos el parque antes de que caiga el sol. "Es muy peligroso y los pueden asaltar", nos advierte.

Lo mismo ocurre en la llamada Potajera, al fondo del hospital Calixto García y en las faldas del Castillo del Príncipe, en pleno centro del Vedado. Después de las 9 de la noche, la zona es frecuentada principalmente por homosexuales en busca de encuentros casuales o por parejas gays rechazados socialmente, y no cuentan con un lugar para la intimidad.

El sitio es conocido por los sistemáticos asaltos y muertes violentas. Hace apenas cinco años, soldados de la unidad militar del Castillo del Príncipe, durante meses se dedicaron a engatusar a una decena de homosexuales para luego asaltarlos, ultimarlos y enterrarlos en el lugar, muy cercano a los túneles militares de la zona, ahora clausurados.

La Habana, abarrotada de calles oscuras, edificios en ruinas, yerbazales, carente de servicios esenciales para una población que en su mayoría vive por debajo del nivel de pobreza, está llena de tales escenarios.

En estos lugares no penetra el ojo de la prensa oficial, a pesar de que en algunos, como el Estadio José Martí, está practicamente en el vestíbulo de un ministerio muy preocupado por lo que ocurre más allá de sus fronteras o bien adentro de sus oficinas, pero inconmovible ante el teatro dantesco que los diplomáticos cubanos pudieran palpar con solo sacar la mano por las ventanas.

A finales de la década de los 90, el gobierno cubano decretó el cierre de todas las posadas, pequeños moteles con pésimas condiciones sanitarias que aún así servían como casas de citas a parejas que no tenían un lugar donde pasar unas horas.

El acceso a los hoteles estaba prohibido a la mayor parte de la población y aunque no hubiera existido la absurda restricción, los precios y la moneda (dólares) en que se cobraban los servicios, no estaban al alcance de la mayoría de la población. Solo militares y personas ligadas a las élites de poder eran inmunes a las exclusiones. Situación que no ha cambiado mucho en la actualidad.

Aunque era pésimo, el servicio de las posadas (actualmente convertidas en ciudadelas, demolidas o transformadas en oficinas estatales) era imprescindible en una ciudad donde muy pocos matrimonios o parejas podían darse el lujo de comprar o rentar una casa o apartamento.

Desaparecidas las posadas, surgieron negocios particulares, muchos de ellos ilegales, que cobran un promedio de 1 a 5 cuc por hora, un precio prohibitivo para quienes viven de sus salarios.

Es por eso que, en toda La Habana, tanto en el centro como en la periferia, han proliferado las zonas de encuentros o de “tolerancia”, donde acuden las parejas en busca de unas horas de placer.

Maira Cairo y Ernesto Pérez Chang
Cubanet, 5 de septiembre de 2014.

lunes, 13 de octubre de 2014

Réquiem por las posadas


Como la letra de aquel viejo tango agridulce, “caminito que el tiempo ha borrado”, así también quedaron dentro del “cagastrismo” las posadas cubanas, tal vez la última expresión de libertad corporal que el régimen permitía sin su vigilancia total.

En el directorio telefónico de Ciudad de La Habana en 1979 estaban registradas 57 posadas, unos años después en 1989 quedaban 31. Hoy en día no sobrevive ninguna.

Las posadas, o su revolucionario nombre de Albergues INIT, cambiaron su rostro a medida que la vieja dama indigna del socialismo envejeció.

Así de lugares medio misteriosos, silenciosos, cómplices y discretos como se caracterizaron al principio, se convirtieron después en ruidosos, indiscretos y sobre todo desagradables.

Si las “señoritas” que decidían desfogar sus hormonas se escondían en una esquina en las primeras décadas del desastre revolucionario y era el novio el que llegaba a la cola para marcar, en los años siguientes ellas mismas preguntaban: ¿Quién es el último?

Esperar por hacer el sexo se transformó en una tertulia donde muchas veces se hablaba de la película de acción de turno, las habilidades de un pelotero hasta de la política internacional con una participación de todos los que estaban en la fila.

Lo peor de aquel trance sexual eran los cuartos malolientes, con aquel tufillo a rancio y fluidos corporales cortados que podrían espantar a cualquiera no nacido dentro de la isla.

Lo mejor, aparte del jolgorio carnal, era leer los graffiti en las paredes con redacciones groseras y faltas de ortografías como “Aquí estubo Pepe con Carmita y hecharon cuatro palos” o los poéticos edulcorados de “Juan ama hasta la eternidad a Yiya”. Por supuesto alguna que otra vez aparecían los “Abajo Fidel”.

Y como la demanda del jubileo siempre estaba arriba de la oferta, los ardorosos cubanos trataban de buscar las mejores posadas, aunque en una madrugada de rones y apretones mal contenidos cualquier sitio resultaba bueno.

La pasión muchas veces nos hizo cerrar los ojos ante los colchones en mal estado, paredes carcomidas por la humedad y la ausencia de acondicionadores de aires o ventiladores en aquellas tristes habitaciones sin amor preparadas para hacer el amor.

Quizás muchos recuerden algunos de estos nombres de posadas como la popular 11 y 24 del Vedado, Las Casitas de Ayestarán, La Campiña, La Canadá Dry, Venus, Dos Palmas, Aseo, Serafines, El Morro, La Monumental, Isla de Chipre, Areca, entre otras, fueron muy populares. Hoy no existen para ese cometido social. La magnánima revolución decidió darle otro cometido a los legendarios albergues.

No importa que las parejas tengan problemas graves de vivienda y solo en uno de esos recintos pueden tener un poco de libertad sexual sin molestar a sus parientes donde viven agregados. Eso no importa.

No importa que la gente tenga necesidades físicas y normales de querer hacer el sexo. Eso no importa.

La crisis económica y, sobre todo, la crisis por la falta de casas, convirtieron a las posadas en refugios para familias damnificadas por ciclones, derrumbes o la combinación de ambos.

El régimen decidió “penetrar” una vez más a la sociedad con la idea de que en este caso, esas instalaciones debían entregarse como albergues a las personas que no tenían casa. ¡Qué maravilla, qué generosidad, qué altruismo socialista¡.

Pero siempre hay cubanos con chispa y entendimiento del negocio, quienes transformaron sus casas en posadas. Cobran por hora o por noche. Los cuartos tienen aire acondicionado, televisor, equipo de video y peliculitas pornográficas. Con un costo de cinco pesos convertibles.

Otras de esas viviendas-posadas-familiares que no tienen aire acondicionado, sino ventilador, cobran entre 60 y 80 pesos por tres horas con una buena higiene, según me comentó un conocido.

Y, por supuesto, no todos tienen esa posibilidad y deben recurrir entonces a escaleras, azoteas, pasillos y parques, en un sexo sin barreras, por llanos y montañas.

A los hombres y mujeres de mediana edad nos quedará el reflejo pavloviano de “levantarnos el ánimo” unos y "sofocarse" otros, al recordar esos días de posadas y amores a veces prohibidos.

Los más jóvenes quizás no entiendan este réquiem por las posadas, otra víctima más en este medio siglo de locuras “cagastrísticas”.

Gilberto Dihigo

El Palenque de Dihigo, 17 de enero de 2011.

viernes, 10 de octubre de 2014

Aquellas posadas



Primeramente fueron llamados "Albergues INIT", porque eran administrados por el entonces Instituto Nacional de la Industria Turística. Sin embargo, los cubanos les pusieron el nombre por el que aún siguen siendo recordados: posadas.

En su concepción original, las posadas eran sitios para pernoctar cuando se llegaba a la ciudad a realizar algún tipo de gestión que requería de varios días. También eran lugares para parejas que buscaban un espacio para estar unas horas a gusto.

La mayoría de los hombres que no poseían una vivienda buscaban el modo de convencer a sus ocasionales o estables parejas para ir a una posada. En esa etapa, alquilar una habitación en el hotel Habana Libre costaba alrededor de 22 pesos la noche. Pero en los años 70 y 80, 22 pesos era algo duro de conseguir.

Generalmente, las mujeres le hacían cierto rechazo a la idea de ir a las posadas. Si eran muy jóvenes, tenían miedo a ser reconocidas por alguien del barrio o la escuela. Si eran más adultas, ponían cierto reparo ante la higiene en las habitaciones y los huecos en las paredes. Era latente el peligro de infectarse con cierta clase de bichos francamente indeseables, los denominados 'caránganos'.

Era recomendable revisar las paredes y en especial la puerta. Los huecos, y los correspondientes mirones, parecían formar parte del inexistente servicio al usuario. Desde mediados de los 80, las posadas empeoraron aún más.

Quien se lanzaba a la gran aventura de visitarlas, sin estar debidamente preparado, podía correr ciertos riesgos. Hay quien tuvo que lidiar con una habitación cuya cama estaba sostenida por cuatro ladrillos. También era posible encontrarse con colchones con más huecos que el paisaje lunar.

Los fines de semana era complicado reservar un cuarto. Las filas resultaban largas y tediosas. Era común pagar diez o incluso veinte pesos, para entrar más rápido. Aparte, el posadero manejaba dos o tres habitaciones para alquilarlas a quienes pagaban el sobreprecio. Como valor añadido, existía la posibilidad de que el colchón, la cama y la sábana fueran nuevos o al menos la sábana estuviera limpia.

La habitación solía tener un pequeño baño donde nunca había agua. Dentro, a un costado, se hallaba un recipiente más o menos idóneo para recogerla. El preciado líquido se buscaba al final del pasillo en un tanque o, con suerte, se tomaba de un grifo.

El destino de las posadas, al menos en La Habana, cambió definitivamente después de la llamada Tormenta del siglo, en marzo de 1993. En esa época, la mayoría de las posadas se hallaban en manos del Poder Popular. Algunas estaban en mal estado, con problemas de filtraciones y humedad en las paredes. Sin embargo, rápidamente, los antiguos albergues se convirtieron en casas de vivienda para damnificados.

"Al principio, tuvimos que poner un cartel en la entrada: ESTO YA NO ES POSADA, AQUÍ VIVEN FAMILIAS, NO MOLESTE, contó a este reportero un inquilino de la antigua posada Venus, cercana a la estación central de trenes, en la Habana Vieja.

"Es que las parejas llegaban aquí, borrachas o arrebatadas, gritando: ¡Posadero, dame un cuarto que estamos locos por templar! Tremenda pena ese show con niños y personas, pero ya todo eso pasó."

Aunque en La Habana han desaparecido las posadas, en otras ciudades del país, como en Holguín, se conserva esa modalidad de hospedaje. Allí, años atrás, el gobierno local logró destinar un presupuesto en la reparación básica de antiguos hoteles en el área urbana, como el Majestic y el Turquino. Y se mantuvo el pago del servicio en moneda nacional.

En Santa Clara, el hotel Modelo recibió una supuesta reparación general y fue reinaugurado con bombos y platillos. Al poco tiempo los problemas afloraron y está más o menos igual que antes.

El papel que jugaban las posadas es asumido hoy por los arrendatarios de habitaciones en casas particulares. En Holguín se cobra la estadía por horas, consideran que es más lucrativo hacerlo así y no por días de estancia. En Cienfuegos y Santiago de Cuba, el precio de alquiler diario es de entre 8 y 10 cuc, en dependencia de las condiciones de la habitación, si tiene aire acondicionado o ventilador.

En La Habana, el precio obedece a la ubicación y las comodidades ofertadas. Se cobra más caro en el Vedado, cerca de la zona de los hospitales Oncológico y Calixto García. En Playa, los arrendatarios situados cerca de la Casa de la Música de Miramar, cobran por horas y tienen clientela fija.

En fecha reciente, el Estado autorizó a las empresas que poseen pequeños o medianos moteles, conocidos como Casas de Visita, a ofrecer servicio de hospedaje a cualquier persona que lo solicite. Las habitaciones pueden ser alquiladas por días o por horas. El pago es en cup, la devaluada moneda nacional.

Sin embargo, en el recuerdo de los mayores de 50 años perviven aún aquellas posadas, donde muchos descubrieron la magia imperecedera del sexo.

Camilo Ernesto Olivera
Diario de Cuba, 29 de agosto de 2014.

jueves, 9 de octubre de 2014

¿Crisis en la disidencia cubana?



Los egos y los protagonismos están proyectando un panorama incierto dentro de la oposición pacífica en Cuba. Es como una orquesta sinfónica sin director, donde los instrumentistas tocan a su aire.

No es por falta de programas políticos que los activistas cubanos ceden espacio. Sobran ideas, proyectos y plataformas de cara a un cambio democrático. Unos son más coherentes que otros.

Y aunque todas las plataformas y partidos políticos tienen derecho a tener sus doctrinas y programas, la realidad en Cuba viene demostrando la inoperancia de las tesis disidentes.

Nacen deformadas por una cuestión de génesis. No tienen apoyo popular. Cada vez menos son cintillos en medios de la Florida, en la prensa española o la BBC.

Desde luego, ser opositor en la Isla es un acto de valor incuestionable. Flota en el aire de la República una tenebrosa ley que sanciona con hasta veinte años tras las rejas a quienes se oponen al régimen o escriben sin mandato.

Pero la represión, feroz o sutil, la falta de espacio público ha transformado a la disidencia en un grupo de tertulianos de café, sin soporte en sus vecindarios.

La muestra de su incompetencia es la falta de sintonía con el cubano de a pie. Nunca antes en 55 años del gobierno de los hermanos Castro, el porcentaje de desaprobación ha sido tan alta entre la ciudadanía.

Cualquier encuesta o conversación con la gente en la calle sirve para confirmarlo. Pero ha faltado proselitismo político para encauzar y organizar ese enojo.

Los intereses son desiguales aunque suenen análogos. Carlos, carpintero, también quiere democracia. Siente que la autocracia militar le ha estafado el futuro de su familia con promesas incumplidas. Pero no confía en el discurso y la narrativa de los opositores cubanos.

En los viejos taxis de La Habana, en las colas para hacer gestiones burocráticas o en un estadio de béisbol, la gente te habla sin afeites de un cambio radical que mejore la economía y su precaria calidad de vida.

Algunos han leído o escuchado hablar de un documento opositor. Pero no les entusiasman. Lo ven tan distante como un ministro. A pesar que los disidentes son sus vecinos en la misma cuadra, poco han hecho en favor de su barrio o municipio.

Están desconectados, igual que un cosmonauta de la tierra. El mundo particular de la disidencia es generar noticias, reportar reuniones, hacer propuestas o denunciar abusos policiales, pero carecen de una base de calado para convertirse en actores legítimos de cara al futuro que se nos viene encima.

La suerte de la Isla se decide en los próximos cinco años. Quizás antes. La Unión Europea, Estados Unidos y América Latina, en su gran mayoría, también apuestan por una Cuba democrática.

Pero la materia prima opositora para gestionar ese futuro es endeble. Entonces la estrategia de la comunidad internacional es pactar una transición estrafalaria del totalitarismo al autoritarismo con partidarios de los Castro. Según su percepción, es la vía menos mala.

Por cuestiones que van desde la represión a la sinvergüencería, la oposición ha degenerado en una disidencia golondrina que a la primera de cambio pide asilo político, preferentemente en Estados Unidos.

Los que se quedan son tenaces, pero se han acomodado a las reglas de juego dictadas por el régimen. Hay una ley no escrita de lo que se puede hacer dentro del realismo mágico de la autocracia.

Los ancianos gobernantes han pasado de un sistema anacrónico y totalitario a otro autoritario con un barniz de modernidad y leyes más flexibles.

En 2014 no se va preso por escribir notas críticas en contra del gobierno. Lo más que te puede pasar es una detención de corto plazo en una mazmorra policial, un acto de repudio o un gaznatón en la vía pública por un sicario enfadado.

Según las circunstancias, a la disidencia le permiten realizar tertulias, foros y debates en domicilios particulares. Desde hace dos años, solo por disentir, en la cárcel duermen, a la espera de juicio, Sonia Garro y su esposo Ramón Alejandro Muñoz, los dos de la raza negra. Otra docena de activistas también son reos o aguardan ser sentenciados.

Pero el campo de juego hoy es mucho más amplio que antes de 2003. Desde febrero de 2013, a la mayoría de los opositores y periodistas independientes se les permite viajar al exterior.

Una oportunidad de oro para hacer lobby político más efectivo. Y que no la están aprovechando. Todo se queda en encuentros estériles. Probablemente el programa más coherente es el que lidera Antonio G. Rodiles con su Demanda ciudadana Por otra Cuba.

Es razonable, porque tiene asidero en la realidad y no en la ciencia ficción política de otros grupos con sus llamamientos descabellados. Rodiles viene utilizando una lógica primaria.

Si deseamos que Cuba cambie, el gobierno debe ratificar los Pactos Internacionales de la ONU firmados en 2008. Ésa es la puerta de entrada para legalizar una futura sociedad civil donde además de libertades y derechos humanos, exista pluralismo político.

Todos los opositores debieran apoyar a Rodiles y la campaña Por otra Cuba. Pero priman los egos y los protagonismos. Cada líder disidente se rodea de una nube de adláteres que defienden su proyecto como si fuese un islote asediado.

A su vez, atacan y desacreditan las propuestas del contrario. Lo peor de esas riñas arteras es que no generan ninguna propuesta creíble. Solo fanfarronerías y perogrulladas. Detrás están los servicios especiales con su estrategia de dividir.

Lamentablemente, las Damas de Blanco, una organización que con sus marchas callejeras en 2010 obligó al gobierno a liberar 75 disidentes encarcelados en la Primavera de 2003, se ha venido escindiendo por intrigas y personalismos desmedidos.

El desguace también alcanza a otros grupos disidentes. Más que crisis interna o de liderazgo, la oposición cubana padece de inmovilismo e incapacidad para aglutinar a los ciudadanos.

Cuando leo que algunos grupos opositores afirman contar con el apoyo de miles de seguidores, no sé si enojarme o sonreír. Cualquier evento que desencadene una protesta masiva solo necesita líderes capaces. Y es lo que nos está faltando.

Iván García
Foto: Antonio G. Rodiles, Regina Coyula e Iván García en un panel sobre periodismo independiente en Cuba organizado por Estado de Sats en La Habana, el 4 de septiembre de 2014.