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miércoles, 20 de agosto de 2014

La guitarra secreta de Noel Redding


Noel Davis Redding nació el día de Navidad de 1945, ya con la seguridad de que la Alemania Nazi había sido derrotada, y en la incertidumbre provocada por los primeros incidentes de la Guerra Fría estalinista.

Fue un niño prodigio, arropado en un hogar de la clase media inglesa que sobresalió en sus estudios mientras demostraba una innata habilidad para instrumentos tan disímiles como el violín, la mandolina y la guitarra, desde su infancia. Noel sorprendía a todos, paso a paso, y forma su primera banda a los 17 años, destacándose en la guitarra solista con un estilo muy singular que llamó la atención de sus contemporáneos, entre ellos los músicos de The Animals, Eric Clapton, Al Kooper y John Mayall.

Al ser un guitarrista de guitarristas, es decir, un guitarrista que más que al público interesaba a sus colegas, Noel Redding se convirtió en uno de los músicos mas solicitados de Londres, donde artistas ya establecidos buscaban un sonido que nadie más tuviera.

Uno de esos artistas no llegó a él por sí mismo, sino de la mano de Chas Chandler, antiguo bajista devenido manager de The Animals. El músico en cuestión era un joven norteamericano encandilado por el Londres de los 60, su nombre era Jimi Hendrix. Chandler le propuso a Redding que tocara el bajo, que dejara las guitarras a Hendrix y reclutó para la batería a un joven británico llamado Mitch Mitchell.

El trío tenía una interesante composición, un guitarrista de blues, un baterista de jazz dado a la improvisación y un verdadero corazón en el bajo, Noel estaba encargado de llevar el tiempo, mientras sus colegas de banda improvisaban con bastante libertad.

Desde las primeras sesiones de ensayo, quedó muy claro que Noel Redding no era un bajista común y corriente: encargó un bajo Hagstrom de ocho cuerdas, con un sonido increíble que se debía a la afinación en pares de octavas de sus cuerdas, y se hizo de un Fender VI, un bajo de seis cuerdas que usualmente afinaba como una guitarra.

En una actuación en el Olympia de París, le quitó la guitarra a un asombrado Keith Richards -que curioseaba tras el telón cómo era el entorno de Hendrix, conectó esa Telecaster al amplificador del bajo y tocó la versión de Red House por la cual Hendrix es más conocido. Esto no fue ni era lo que quería Hendrix, él solo quería un bajista, no un guitarrista de calibre que se portara como un bajista de más calibre aún.

Es curioso como en algunos bootlegs se dice que “Hendrix toca el bajo de ocho cuerdas”, sin decir mucho mas. No se menciona que mientras Hendrix experimentaba con ese bajo, la impresionante guitarra que se escuchaba era la de Noel Redding.

Un músico perfeccionista, decidió que las bandas que abrían para The Jimi Hendrix Experience no estaban a la altura adecuada. Entonces formó Fat Mattress, una banda en la cual tocaba la guitarra prima y que abría para Hendrix. Es decir, tocaba diariamente por unas tres horas frente a un público muy exigente, que no salía de su asombro al ver al guitarrista empuñar un bajo y tocar al lado de un guitarrista de una presencia como la de Hendrix.

La discografía de The Jimi Hendrix Experience está llena de aportes que un oído entrenado puede escuchar, salidos de las cuerdas de la guitarra y el bajo de Noel Redding. Lástima que los créditos de los discos jamás reflejaron esta realidad. Hasta la canción Fire se inspira en el perro de Cathy, la madre de Noel Redding, que robaba el espacio ante la chimenea cuando Jimi Hendrix frecuentaba el hogar de los Redding para componer.

Esta relación se deterioraría muchísimo por diferencias creativas, por la arrogancia de Hendrix en el estudio y sus celos de Redding cuando tocaban en vivo, y también según se me ha dicho en entrevistas privadas, por la relación de Hendrix con los Black Panthers. Éstos comenzaron por chantajear al músico por no ser “lo suficientemente negro” y en un verdadero Síndrome de Estocolmo, Hendrix se rindió a los chantajistas y comenzó a simpatizar con ellos.

Los del Black Panthers se envalentonaron y poco a poco fueron forzando la mano, al punto que los dos británicos llegaban al estudio y encontraban a otros músicos. Todo esto afectó mucho a Hendrix, que era un consumado anticomunista, pero que debido a su afición por las drogas y el alcohol era fácilmente manipulable.

Redding también sospechaba que durante los días de Londres operativos soviéticos de la KGB, infiltrados en la escena de la música y el arte como “emigrados rusos” con una cantidad de dinero en efectivo y una disponibilidad increíble de drogas, estaban poco a poco erosionando a los músicos ingleses y, por tanto, a la juventud del país.

En una entrevista en los años 90, Redding dijo que no le había sorprendido la muerte de Hendrix, y que no le sorprendería que Michael Jeffrey, manager de Hendrix le hubiera asesinado para ganar mucho más con la desaparición del músico y la subida repentina de las ventas de sus discos.

Luego de la desaparición física de Hendrix, Noel Redding forma Road, una banda psicodélica en la ciudad de Los Angeles. Graba un par de discos y de inmediato se enfrasca en una disputa con la familia Hendrix por sus derechos de autor y los créditos de los discos.

Amargado y después de vender su famoso bajo de ocho cuerdas debido a su situación económica, se retira a un pequeño poblado en la República de Irlanda, donde trabaja en el circuito de la música local sin pisar los grandes escenarios otra vez.

Un talento y una gran influencia en muchos músicos británicos y norteamericanos se comenzaba a apagar. Comienza a tocar sets acústicos en bares, y solo en raras ocasiones tocaría de nuevo un set eléctrico con un grupo de amigos, brillando como antes lo mismo en el bajo que en la guitarra.

La vida de Noel Redding llega a su fin en su retiro irlandés el 11 mayo de 2003. Aquejado de cirrosis hepática, su cuerpo cede. Al morir se encontraba aun en una encarnizada disputa con la casa productora que gestiona la publicación de los discos de Hendrix, con los abogados del músico americano, y con la fundación Hendrix comandada por la familia del guitarrista.

La disputa todavía no se ha resuelto, y Noel Redding es uno de los grandes estafados por un sistema de explotación de los músicos que cada día abiertamente se revela como un engendro brutal.

Los teóricos de las conspiraciones culpan de la muerte de Hendrix no solo a los Black Panthers, sino también al FBI, la CIA, la mafia, a los servicios secretos británicos y hasta el bajo mundo londinense.

Más bien, pienso, que fue algo fraguado y ejecutado a distancia por el manager Michael Jeffrey a través matones a sus órdenes. No solo había puesto a Redding y a Mitchell como asalariados sin derechos a nada mas que a un salario semanal, sino que había sacado una póliza de seguro sobre Hendrix, muy jugosa. Hendrix no era más que una propiedad muy interesante para Jeffrey, ya que producía mucho dinero en cada disco o actuación.

Cuando dejó de ser conveniente, precisamente por su adicción -a la cual le habían inducido para manipularlo y controlarlo- ahí mismo decidió sacrificarlo en lo más alto de su carrera. Cabe mencionar que Michael Jeffrey era un ex operativo de los servicios de inteligencia militar británicos. Murió en un accidente aéreo, dejando muchas preguntas por responder.

En cuanto a las simpatías de Hendrix por los Black Panthers, Jeffrey llegó a alegrarse públicamente de que los motines raciales en los Estados Unidos dejaran ciudades arrasadas. De que Washington DC fuera prácticamente asolada e incendiada tras el asesinato de Martin Luther King, está bien documentado, como si una cosa tuviera que ser respuesta a la otra.

También dedicó su canción Voodoo Chile (Slight Reprise) en el disco en vivo en el Filmore West (ya con su otro grupo de Band of Gypsys) a los Black Panthers diciendo que era “el nuevo himno nacional de los Black Panthers” de hecho favoreciendo su causa a un nivel nunca antes imaginado por ninguno de sus asociados.

Para la redacción de este artículo, entrevisté a tres personas del círculo de Redding y la banda Jimi Hendrix Experience que exigieron que respetara su anonimato. Ni varias cartas de Noel Redding que no se me permitió copiar, aunque luego encontré la carta a Jas Obretch en internet. Las tres personas a las cuales entrevisté estaban claramente atemorizadas, y les dejé garantías de no revelar mis fuentes.

Charlie Bravo

Video: Walking Through The Garden, compuesta por Noel Redding, es una de las canciones de las 10 canciones del LP Fat Mattress I, grabado en 1968-69 por la Polydor. Redding es el guitarrista y vocalista; en el bajo, Jimi Hendrix, y Mitch Mitchell en la batería. En 1970 lanzarían Fat Mattress II.

lunes, 18 de agosto de 2014

Gram Parsons



Gram Parsons fue el resultado de un matrimonio de leyendas. Su padre fue el as de la fuerza aérea Cecil Ingram “Coon Dog” Connor y la rica heredera agrícola Avis Snively. Nació el 5 de noviembre de 1946 y le pusieron Cecil Ingram Connor III, y heredó el buen ver de su padre y la aguda inteligencia de la madre. También su alcoholismo, como se vería mas tarde, y la naturaleza trágica de ambos.

Luego del suicidio del padre y el nuevo matrimonio de la madre, adoptó el nombre de Gram Parsons -una versión mas corta del nombre Ingram y el apellido de su padrastro. Su madre murió de cirrosis hepática el mismo dia de la graduación de enseñanza secundaria de Gram, que se vió de repente encargado de su hermana menor, a quien cariñosamente llamaba Graceless Lady, y en varias canciones hace referencia a ella y al sentido de culpa de no haber sido mejor hermano.

Aparte de su paso por The Byrds, con los grandes del folklore americano y por otras bandas, Gram tenía una curiosidad intelectual innata. Estudió teología durante un curso académico en Harvard, y sus andanzas con su nueva banda, The Flying Burrito Brothers, lo llevaron a conocer a los Rolling Stones, para quienes abrió en el infausto festival de Altamont.

De ahí a la vida en el sur de Francia fue solo un paso lógico. En la mansión de Nellcote, donde se habían refugiado los británicos, todo era alcohol y drogas, comida y diversión para los visitantes, mientras los Stones grababan Exile in Main Street. Gram tuvo una gran amistad con Keith Richards, y se dice que Mick Jagger estaba muy celoso de esa amistad, pero en realidad Gram estaba deslumbrado y abrumado por el genio de los “cabecillas” de los Rolling Stones.

Se dice que fue el quien introdujo a Keith Richards en la guitarra country americana, y se dice también que influyó a la banda en unos cuantos temas clásicos, como Honky Tonk Woman, que comenzó a gestarse como Country Tonk, Dead Flowers, y la famosísima Wild Horses. Gram también era un admirador de Merle Haggard y de Elvis Presley, y las proyecciones escénicas de éste y de Mick Jagger le marcaron mucho. Su guitarra eléctrica fue una telecaster, influida por la preferencia de Keith Richards.

Hay teorías encontradas sobre quién influyó a quién. En mi opinión, tanto los Stones fueron una gran influencia para Gram como Gram para la banda.

A pesar de no haber participado en la grabación del disco, por expresa orden de Mick Jagger, la influencia de Gram se escucha en el trabajo de los Stones, y en el trabajo de guitarras que luego desarrollaría Keith Richards con Ronnie Wood. Con Mick Taylor no fue posible desarrollar la técnica conocida como weaving, donde dos guitarristas tocan cosas diferentes al unísono para logar un sonido único.

Era una guerra de egos la de Taylor y Richards. Keith se refugiaba en los balcones de la mansión donde le acompañaba Gram con una guitarra. Muchos dicen que Keith fue lo peor que le pudo pasar a Gram, pero apreciaciones personales aparte, Gram fue lo mejor que le sucedió a los Stones en aquella época. Sin Gram no hubiera llegado el sonido de las guitarras acústicas y la influencia del country a los Stones.

La que hoy sigue siendo la mayor banda de rock en la historia, hubiera solamente bebido del rhythm and blues, del soul, del blues, y las baladas. La fuente del country es la fuente del weaving, de la presencia del slide guitar y el steel guitar, y sobretodo, de los arreglos melancólicos de las guitarras a los cuales contribuyó Keith Richards con su afición por las afinaciones alternativas.

Al misterio de las influencias cruzadas se agrega que no hay crédito como compositor o participante para Gram en ningún álbum de los Stones. Sin embargo, en Burrito De Luxe, el segundo álbum de su banda The Flying Burrito Brothers aparece como número de cierre Wild Horses. Se dice que Mick Jagger se lo permitió con una condición: que no lanzara la canción como single.

El arreglo de las guitarras es un poco diferente, y la voz de Gram suena muchísimo mas melódica que el lamento de Jagger en la versión de los Stones. Claro ha quedado que la devoción de Gram por los Stones le marcó para siempre, es decir por el par de años que quedaban de su corta vida.

Cuando murió, en medio de una borrachera de tequila sazonada con diferentes drogas duras, Gram Parsons no había cumplido los 27 años. Se encontraba con un grupo de colegas y amigos, en el desierto californiano en el área conocida como Joshua Tree. Era el 19 de septiembre del 1973.

Murió sin apenas enterarse de que moría, dejando inconcluso un trabajo con su última banda, The Fallen Angels, y un romance a medio consumar -dependiendo a quien se preste atención- con la entonces muy joven estrella del country Emmylou Harris.

Gretchen Burrell, su viuda, celosa de Emmylou. hizo desaparecer a la cantante de country del ultimo álbum de The Fallen Angels, al menos en los créditos, pero su voz aún se escucha.

Las guitarras de Gram Parsons habían desaparecido casi todas un tiempo antes, en un incendio que devoró su casa en Los Angeles. El fuego tuvo siempre algo mágico para Gram Parsons, sus trajes de escena, diseñado por Nudie Suits -es una referencia a los trajes que veían los aduladores en el emperador desnudo- a veces tenían diseños que incluían llamas.

El cuerpo de Gram Parsons fue birlado de una funeraria de los Angeles por dos de sus amigos, que lo condujeron de vuelta a Joshua Tree. Allí dieron fuego al cadáver, con una mezcla de gasolina y algunos licores, y fueron sorprendidos mientras revolvían el fuego en la improvisada pira. Las autoridades recobraron el cuerpo chamuscado del artista y hoy yace en el cementerio Garden of Memories en Métarie, Louisiana.

En el sitio de la improvisada cremación todavía hoy se encuentran mensajes, licor y guitarras, dejadas allí por los fans del inventor de la Cosmic American Music.

Charlie Bravo

viernes, 15 de agosto de 2014

Cuando el rosado se convirtió en un color psicodélico



Las historias del rock’n roll pasan muchas veces por enemistades, y por amistades que perduran en las más raras circunstancias.

Estos dos extremos los encontramos en la historia de Pink Floyd, una de las mas fascinantes bandas de rock del mundo, donde músicos consumados, artistas incomprendidos, y fanáticos políticos de la izquierda encontraron convivencia, y naturalmente, tuvieron desencuentros casi fatales.

La banda pasó por varias etapas, desde Meggadeaths a The Abdabs, pasando después a ser The Screaming Abdabs, y adoptando el nombre de The Tea Set. Al presentarse a tocar en un club, descubrieron que había otra banda del mismo nombre, y Syd Barrett rápidamente creó los nombres de Pink Floyd Sound y Pink Floyd Blues, por la influencia de dos cultores del Piedmont Blues de Georgia Pink Anderson y Floyd Council que tenía en su colección de discos americanos.

Más tarde, la banda redefinió la alineación y formato con el que ha sido universalmente conocida: Pink Floyd, en un principio formada por cuatro miembros, Syd Barret, Nick Mason, Rick Wrigth y Roger Waters.

Provenían del sofisticado ambiente del arte en Londres, algunos estudiaron arquitectura, luego música y pintura, la filosofía y la literatura ha estado siempre en todos ellos, haciendo de cada uno de los miembros de la banda un verdadero hombre del renacimiento.

Tuvieron un debut con altas y bajas, como todas las bandas de los 60, especialmente si tenemos en cuenta que estaban en medio de un ambiente creativo altamente competitivo, en el Swinging London había cientos de bandas, y solo unas cuantas estarían destinadas a triunfar. Les tocó compartir escena y publico con los Beatles, Rolling Stones, Who, Cream, y muchos otros.

Demostraron, con éxito, estar muy delante de su tiempo, y desde su primer álbum The Piper at the Gates of Dawn, produjeron una música y un espectáculo que quizás tardó algo en ser comprendido. En esa misma época, al deteriorarse la salud de Syd Barrett y al incrementarse su abuso indiscriminado de todo tipo de alcoholes, humos prohibidos y drogas, la banda decidió aceptar a un quinto miembro, el guitarrista David Gilmour, que era uno de los mejores amigos de Syd Barrett.

Los dos habían mendigado en las plazas de España y Francia, pasando el sombrero luego de descargar los más oscuros blues con sus guitarras acústicas, habían ido hasta Marruecos en una aventura hippie, y habían terminado en el hospital por desnutrición, debido al hambre que pasaron durante ese tiempo al descampado.

De inmediato, la banda ya con cinco miembros, vuelve a los estudios y a los escenarios, y el resultado no se hizo esperar, de los Abbey Road Studios salieron con un nuevo álbum, A Saucerful of Secrets que sería el ultimo de Syd Barrett, aunque posteriormente David Gilmour participaría como guitarrista y productor en los dos esfuerzos en solitario de Barrett.

El empuje creativo de Pink Floyd no pasó indadvertido a otros músicos y artistas, y el famoso David Bowie ha citado como inspiración para su persona musical, a nada más y nada menos que Syd Barrett. El director Michelangelo Antonioni los escogió para la música de su película de culto Zabrisky Point.

Ummagumma, Atom Heart Mother y Meddle siguieron en rápida sucesión en 1968, 1969, y 1970 respectivamente, ante el asombro del público y de la crítica, que estaban más acostumbrados al edulcorado sonido de Lennon y McCartney. No se había escuchado nada como Pink Floyd, y mucho menos, nunca se había visto que el espectáculo estuviera diseñado alrededor de la música, el álbum de rock conceptual había sido inventado. Y también el espectáculo audiovisual del rock.

El clásico The Dark Side of the Moon salió a la luz en 1973, después de un período de giras y encierro en el estudio, seguido por el no menos clásico Wish You Were Here, dedicado informalmente a Syd Barrett.

La novela corta de George Orwell inspiró el álbum siguiente, Animals que salió en 1975, y las contradicciones entre Roger Waters, que deslizaba su visión de extrema izquierda en todo lo que hacía y David Gilmour, se hicieron sentir bastante dramáticamente. Gilmour ha dicho que se sintió relegado a un plano sin importancia creativa alguna, y que Roger Waters trató a la banda como si fuese en realidad un grupo de músicos de alquiler para hacer un álbum en solitario.

Las contradicciones se hicieron aún más agudas con las sesiones de grabación que dieron origen, en 1978, a Another Brick in The Wall. Rick Wright estaba completamente frustrado con la banda aunque su trabajo en los teclados no lo refleja así, Nick Mason se limitaba a su batería, Roger Waters decía que no quería ser solo el bajista, que quería ser el artista central del grupo y David Gilmour se encerró en sí mismo y se dedicó a componer para proyectos futuros.

Con la guerra de las Malvinas, Roger Waters creció como extremista de la izquierda, y declaró que Pink Floyd había muerto como fuerza creativa, al ver que sus ideas chocaban con el rechazo de la banda. El material grabado se convirtió en el disco The Final Cut, y finalmente Roger Waters deja la banda en 1984. Irónicamente, como en otra novela de Orwell.

Durante la última década de la banda, de 1985 a 1995, ésta pasa a ser dirigida por David Gilmour, con dos discos de excelente factura como A Momentary Lapse of Reason y The Division Bell, que ya adelantaban el trabajo en solitario que vendría de la guitarra de Gilmour. La banda se mantuvo activa durante esta década con una buena cantidad de conciertos. Hubo reuniones con Waters por parte de los músicos en diferentes reediciones de The Wall como espectáculo, pero ya Pink Floyd había pasado a la historia, con muchísimo brillo y potencia.

El trabajo de Gilmour en solitario ha sido excelente, contando con la colaboración de Rick Wright hasta el deceso de este último. Desde descargas en el estudio personal del Gilmour a bordo de la barcaza Astoria, hasta giras por todo el mundo, Wright fue tan creativo en los teclados como lo había sido antes en Pink Floyd, con una dedicación muy especial. Gilmour siempre rindió homenaje a su amigo Barrett, a quien nunca más pudo ver, por sugerencia de la familia y los médicos de Syd, nada que recordase a Pink Floyd podía serle mencionado.

Hasta su fallecimiento, Syd se dedicó a la jardinería y la pintura, y durante todos esos años, Gilmour se ocupó de que el dinero de sus derechos de autor le llegara y fuera correctamente administrado, a pesar de que nunca volvió a ver a su amigo.

Otro testimonio de esta amistad es que Gilmour siempre toca varios números dedicados a Barrett en cada uno de sus conciertos, como Shine on You Crazy Diamond, y Comfortably Numb. El legado de Barrett no solo aparece en el primer álbum de Pink Floyd, sino en su recuerdo en otros discos, y en sus propias obras The Madcap Laughs, Barrett, y el mucho menos conocido Opel.

Pink Floyd vive en la banda sonora de una época magnífica. Tuve un amigo que siempre me recordó mucho a Syd. Ya murió. Curiosamente, a él di mi colección de discos de Pink Floyd, cuando pensé que me iría de Cuba. Pero él se fue un mes antes que yo. Un mañana, en la puerta de mi casa, dentro de una caja de madera, encontré los discos de vinilo y los cassettes, con una nota manuscrita llena de dibujos que explicaban como él había escuchado estos discos.

En caso que se estén preguntando, sí, mi amigo era un genio. Dibujaba con una soltura impresionante -como Barrett- y tenía también un talento musical que no demostraba nunca. Hablaba poco. Hoy lo hubieran diagnosticado como autista o como alguien que padece el síndrome de asperger. Pero yo lo consideraba un loco genial.

Nunca más nos vimos. Un día nos veremos en algún lugar. Para él solo puedo decir "Shine on, you crazy diamond, I wish you were here". Sé que nos veremos al final del viaje.

Charlie Bravo
Foto: Pink Floyd Timeline (1960-2000). Tomada del blog de Barry Ritholtz.

miércoles, 13 de agosto de 2014

21 años



Una existencia breve no tiene que ser sinónimo de poco tiempo para dedicarse por entero al arte.

La corta vida de Stuart Fergusson Victor Sutcliffe lo demuestra. En el corto período del 23 de junio de 1940 al 10 de abril de 1962, Stu Sutcliffe produjo un impresionante catalogo de pintura, poesía y música.

El joven, de carácter independiente, trabajó hasta de basurero municipal en Liverpool con tal de pagarse sus estudios de arte, en el Liverpool College of Art. Allí conoció entre otros a John Lennon, quien en una oportunidad le pidió “prestados” sus trabajos para incluirlos en su portafolio, iniciando así una carrera de plagiario y extorsionista juvenil.

A través de Lennon, conoce a Paul McCartney, George Harrison, y Pete Best, pues iría al Casbah Coffee Club que funcionaba en el sótano de la residencia de este último. Como Stu tenía conocimientos musicales, ya que de niño había tomado lecciones de piano y trompeta, aparte de disfrutar de la guitarra con su padre, era natural que los ambiciosos jóvenes vieran en él un perfecto candidato para su banda. Decidieron que Stu sería el bajista, y le persuadieron para que comprara un bajo Hofner que desde ese día le acompañaría.

Mientras los otros miembros de la banda con excepción de Pete Best se divertían en la zona de luz roja de la ciudad, Stu se codeaba con el entorno artístico local. Astrid Kirchher era ya una fotógrafa experimentada, y también se hizo amigo de Klaus Voormann, ilustrador y fotógrafo, a quien enseñó cómo tocar el bajo.

Gracias a Stu, Astrid tomó fotos del grupo, y comenzó a influirles en el vestuario. Voormann diseñaría la muy famosa portada del álbum Revolver en 1966 y, treinta años más tarde, la de Anthology 1. También diseñó portadas para otros importantes artistas, y para los demás integrantes de los Beatles luego de la separación de la banda, con la notable excepción de Paul McCartney. También llegaría a tocar el bajo en algunas ocasiones con Lennon después de la separación de los Beatles. Nada mal para alguien que fue el estudiante “del tipo ése que es el artista del grupo” como lo llamaba Lennon, a la vez que se mofaba del estilo minimalista del bajista.

Los Beatles se marcharon de Hamburgo por la puerta trasera con cargos de incendiarios presentados contra Paul McCartney y de violación de las leyes laborales por parte de George Harrison y su empleador alemán, quien adujo que el músico había mentido sobre su edad para ser contratado en un club. Lo mejor que se llevaron de Hamburgo fue el nombre de “Beatles” que fue una invención de Stu Sutcliffe, como alternativa a una larga cadena de nombres propuestas por Lennon.

La partida significó una liberación para Sutcliffe, que ya estaba harto de las críticas de Lennon sobre su apariencia en chaquetas de cuero, gafas Ray Ban y ajustados jeans. Fueran ya las botas de motociclista que usaba, su voz, sus habilidades con el bajo, su corta estatura, todo era un problema. Más bien serían celos, ya que McCartney se unía en la crítica y acusaba a Sutcliffe de ni siquiera saber afinar el bajo. Extrañamente, durante esa época McCartney no se atrevía a tocar el bajo, mientras criticaba constantemente el desempeño de Sutcliffe.

Stu Sutcliffe se quedó en Hamburgo con su novia Astrid Kirchherr. Ya se había integrado en el mundo del arte, y continuaba pintando y experimentando con la fotografía. Fue aceptado en la academia de arte de Hamburgo, donde estudió con Edoardo Paolozzi, un reconocido artista italiano en aquel entonces radicado en Alemania.

Se ha especulado mucho sobre la causa de la lesión cerebral que produjo la muerte de Stu Sutcliffe. Algunos autores se refieren a una pelea a la salida de un club, después de una actuación en la cual un grupo de maleantes la emprendió a golpes contra del bajista. Según esos autores, John Lennon y Pete Best habrían separado a Sutcliffe de sus agresores, pero ni Best hace referencia a esa pelea en sus entrevistas, ni aparece nada en ningún artículo de la época.

Sin embargo, Pauline Sutcliffe, hermana y curadora de la obra de Stu, tiene una versión muy diferente: según ella, su hermano le contó que Lennon un buen día le agredió sin que mediara provocación y desde ese momento, los dolores de cabeza comenzaron y gradualmente se fueron haciendo más fuertes. Interrogado sobre esta versión, Paul McCartney dijo haber “olvidado” si el incidente ocurrió o no.

A mi juicio, quien calla otorga. Naturalmente, Lennon no fue al funeral de Sutcliffe, ni envió flores o notas a su novia o la familia del artista. Sin embargo, colgó un par de sus obras en una de sus casas. Además de tratar infructuosamente de convertirse en amante de Astrid Kirchherr.

Charlie Bravo

Foto: Stuart Sutcliffe, autorretrato. Tomado de Cincuenta años sin el único 'quinto beatle'.


lunes, 11 de agosto de 2014

Campo Florido



Eso es lo que significa en castellano la versión inglesa del apellido alemán Blumfeldt, que en Estados Unidos fue transformado en Bloomfield. Y ése era el apellido de un señor llamado Michael Bernard, que fuera amigo de Al Kooper, inspirador de la famosa banda Blood, Sweat and Tears: Sangre, sudor y lágrimas.

Nacido el 28 de julio de 1943 en Chicago, Mike Bloomfield era un muchacho judío que se ganó su puesto como guitarrista de blues entre los negros del South Side, como se hacía en los viejos tiempos: a puñetazos, fumadas de 'hierba' (marihuana) y tragos de Moonshine (whisky clandestino). Y claro, con el sonido muy especial de una guitarra, ya que sus habilidades atrajeron a los grandes entre los grandes como Muddy Waters, Herbert Sumlin, y Buddy Guy.

Rápidamente, noticias de su destreza guitarrística cruzaron el Atlántico y músicos como Eric Clapton y Keith Richards no tardaron en demostrar su admiración. Mike Bloomfield admiraba muchísimo a Peter Green, el dios verde, y se sentía privilegiado por la admiración de Clapton y Richards.

Entre los grandes, B.B King se quitaba el sombrero ante él, y Mike Bloomfield encontró un amigo cercano en Bob Dylan, que decía que la guitarra de Bloomfield vivía y era fluida, orgánica, y cuanta razón tenía. La afirmación viene tras la mayúscula sorpresa que se lleva Dylan al escuchar la versión instrumental de su clásico “Like a Rolling Stone” interpretada por Mike Bloomfield.

Al Kooper, gran guitarrista también, dejó libres las cuerdas para Bloomfield y se sentó al teclado del órgano, como dando lugar respetuosamente a quien consideraba un guitarrista excepcional con mucha razón. Bob Dylan quedo fascinado, y llevo a ambos músicos a trabajar con él como músicos de sesión y en algunos conciertos.

Se dice que amó intensa y secretamente a Janis Joplin. La cantante buscaba su compañía constantemente y también le dio un la oportunidad de tocar con ella en el Kozmic Blues, la banda que la secundaba en sus actuaciones en vivo. Maestros del blues como Taj Mahal, Stephen Stills, Johnny Winter y tantos otros, buscaban todo tipo de oportunidades para tocar con Mike. Nunca rehusó Bloomfield a descargar con sus amigos músicos ni en publico ni en privado. No buscó la fama, no le interesaba.

Siendo un individualista, Bloomfield no estaba demasiado interesado en formar grupos, le complacía muchísimo más ser un solitario. Actuar en solitario, y en su soledad consumir las drogas que serían su demonio particular hasta el día de su muerte en San Francisco, el 15 de febrero de 1981.

En los cortos años que duró su carrera, se puede escuchar una gran variedad en su vocabulario melódico, con un tono privilegiado que sacaba de una vieja Les Paul. Con Al Kooper tuvo una colaboración intensa y éste llegó a invitar a otros músicos de renombre a tocar con él, también con Paul Butterfield, y con su propia banda Electric Flag, que duró muy poco.

Lo que verdaderamente interesaba a Mike Bloomfield era el blues de la vieja escuela. Como bluesman vivió y como bluesman murió. Sus descargas fueron siempre legendarias y muchos músicos llegaban al extremo de no tener un compromiso en los escenarios o los estudios el día o la noche en que Bloomfield actuaba en algún lugar.

A los grandes gustaba decir que el chico, 'the kid', podría ser blanco, pero que cuando tocaba, los negros palidecían ante su música. Sus actuaciones terminaban siempre en un clímax donde las mujeres bailaban descalzas, lo mismo sobre una mesa, que sobre el mostrador de un bar, o los pulidos suelos de la pista de danza.

Bloomfield, ensimismado, solo se ocupaba de dar algo más al publico, más música para más baile. Perdido en sus fantasías , todo lo que Mike deseaba era que otros músicos le escucharan tanto como les escuchaba él. Del frenesí del rock and roll, pasaba a la melancolía del blues, y al soñar del estilo psicodélico. Todo quizás en la misma pieza musical.

Su estilo no dependía de sofisticados efectos, ni se disfrazaba para actuar. Llegaba, conectaba su guitarra, y se perdía en un discurso melódico que devenía como otra voz en el grupo. Su versión de Dear Mr. Fantasy le muestra como un genio de la improvisación que no solo cubre el clásico tema de Traffic, sino también incluye una línea de las armonías de Hey Jude, antes de lanzarse en un diálogo con el bajo y el teclado.

Todos los que hemos escuchado con atención a Mike Bloomfield podemos decir que uno de sus conciertos más esperados y mas exitosos, fue aquel en que se reúne con su viejo amigo Paul Butterfield, en el teatro Fenway de Boston. Los dos músicos llegaron a establecer un dialogo que solo se había visto antes en músicos de la talla de James Cotton y Muddy Waters.

La voz y la armónica de Paul Butterfield literalmente le hablan a la guitarra de Mike Bloomfield y se complementan, del mismo modo en que dos cantantes hacen un dueto, son ellos quienes prácticamente borran las líneas definitorias de la raza en el blues de Chicago, tanto como los albinos Johnny y Edgar Winter habían borrado las diferencias raciales en el blues de Texas.

Mike Bloomfield terminó sus días alejado de la música. Las drogas duras lo habían destruido. Se sospecha que hasta el capítulo final de su vida está envuelto en misterio: a pesar de haber aparecido muerto tras el volante de su auto, la cantidad de drogas que tenía en su torrente sanguíneo no le habría permitido jamás ni siquiera caminar hasta el automóvil.

Alguien lo subió aún con vida al auto y lo colocó tras el volante, donde murió de una sobredosis. Se dice que dos hombres de mal aspecto le buscaban en aquella época. Quizás se lo llevaron de este mundo, pero Bloomfield nos dejó el campo florido de su música, resultado de ese largo viaje que fue su corta vida.

Charlie Bravo

Foto: Portada de It's Not Killing Me el primer disco de Mike Bloomfield, grabado en 1969 en los estudios de la Columbia en San Francisco.

viernes, 8 de agosto de 2014

La elegancia de la música en el danzón, el jazz y el blues


He visto a unas cuantas personas bailar sin moverse, desde un tipo al cual mi amigo McKenzie llamaba el embajador de Jamaica en la Habana -finto embajador, por cierto, más bien embajador del reggae y los humos prohibidos.

Era un negro corpulento, que parecía no tener peso, que reinaba desde un trono sacado por una puerta trasera de un palacio habanero, y colocado ante una pared descascarada frente a unas cortinas púrpura levantadas piadosamente del obispado.

Este señor, Hawthorne de apellido, Juan de nombre, bailaba sin moverse. O moviendo solamente el dedo meñique de su mano derecha mientras Bob Marley y Peter Tosh reinaban en su stereo, sin soda ni coda.

También vi, en uno de los exilios a una santera cubana y a una santera bahiana, enfrentadas. Bailaban las dos sin moverse, con el temblor de la carne poseída por espíritus opuestos, echando abajo el sonido de los tambores en un almacén abandonado de la Florida.

Vi todo, pero no vi jamás la elegancia de una pareja de baile en un apagón en La Habana, un matrimonio anciano, oloroso a lavanda y talco, que bailaba sobre una sola losa un danzón al son de un radio Zenith de la prehistoria -o del tiempo de la verdadera historia de Cuba.

Esa elegancia la vi dos veces más, en lo que llevo de vida: en un salón de New Orleans, cuando una mujer de ya avanzada edad bailaba sin moverse. Más se movían los helechos y las aspas del ventilador de techo, pero ella bailaba solamente con los labios y unas contracciones de las mejillas, mientras el jazz sonaba a danzón y los músicos llevaban el ritmo con movimientos casi imperceptibles.

Se llama elegancia eso de bailar sin moverse. Y como escribió Guillermo Cabrera Infante, la música en las Américas llega de verdad con los conquistadores, y el baile de verdad llega con los conquistadores y los negros, que el baile indígena al menos en el caso de Cuba, el areíto, era solo un amago de seguir con el paso el ritmo de un tambor.

La música en las Américas, Guillermo dixit, es el resultado del ritmo del negro, de la música del blanco, de la imaginación del mulato, combinado unos con otros. El escritor nos cuenta que de las Américas llega solo una influencia notable -y viva- hasta Europa de la música que se renueva y recrea bajo estas condiciones de negro, blanco y mulato en Estados Unidos, Cuba y Brasil. A lo cual agregaría Jamaica por lo del reggae, y más tarde a la Argentina de las idas y vueltas que llevan al tango.

Pero no es el tango, ni el bolero, ni otros ritmos lo que hoy me ocupa. Es el danzón y el jazz, el blues y la elegancia. La elegancia, como la de un maestro llamado Bebo Valdés, cuyos danzones fueron legendarios, tal como fue su jazz.

Antes quiero hacer un desvío y llegar al único lugar donde se baila sin moverse en Europa, que es España. Hay bailarines flamencos que caen en trance -¿se llamará trance jondo?- y que detenidos de cuerpo entero se lanzan solos y sólo en una danza de ojos y manos.

Bailan con los párpados y un rictus de satisfacción, y muñecas y dedos hacen el resto. Y los chulapos de Madrid, que bailan el chotis en que el hombre está tieso sobre una losa y la mujer lo guía, bailando alrededor suyo y haciéndole girar de un modo mágico.

De todo esto me acuerdo cuando Paquito D’Rivera, definiendo la ecuación de Cabrera Infante toma la escena en Madrid con Chano Domínguez y también, de esto hay mucho en New Orleans, cuando uno ve a un músico callejero que inmóvil casi entona un lamento de blues y cuando más allá de todo, le avisan a uno que hay un entierro o una celebración en el cementerio de Saint Louis, y allí cerca de la tumba de la dinastía musical Marsalis, se concentra una banda de jazz de marcha que toca piezas melancólicas que despiden de la vida a una persona a la vez que celebran su tiempo sobre la tierra.

Por cierto, el panteón de los Marsalis reza en creole “Muzik, Eglis, Biznis”, o literalmente música, iglesia y negocios. Pero con elegancia, mucha elegancia, que es una de las marcas más decididamente atacadas en este mundo de vulgaridad que habitamos hoy.

En fin, que hasta en la mítica New Orleans han dado estocadas mortales a la elegancia, para imponer la vulgaridad y el estropicio cultural.

Entre los defensores a capa y espada del jazz y la elegancia -que no son tantos- están los Marsalis. Y de la mano del heredero de la dinastía, devenido rey del jazz de New Orleans, Wynton Marsalis llega Eric Clapton a un concierto donde ambos tocan el blues, con la elegancia que puede conferir y confiere el jazz de New Orleans, que no es ése de los clubs para turistas. El de verdad, que vive solamente en los sentidos musicales de pocos hombres y mujeres.

Marsalis tuvo a bien invitar a Clapton hace ya un par de años a tocar con él, nada más y nada menos, que en el Lincoln Center de New York. Clapton aceptó ponerse al frente de la banda en paralelo con Marsalis y los resultados son sorprendentes.

Desde temas muy tradicionales hasta la famosa Layla, ese lamento de amor a la mujer que en aquel momento era inalcanzable, todo va de jazz a blues, con elegancia propia de los maestros. Y escondido tras las notas del jazz se nota que el danzón hace de las suyas en las mentes de los músicos. No sé si consciente o inconscientemente, pero ahí está el danzón.

Y me vienen a la mente mujeres elegantes, que marcan el paso en solo unos centímetros de pavimento, y que saben donde ir a cada vuelta, y qué hacer a cada compás. No se imagina uno cuán minimalista es el danzón, a pesar de las frases musicales de tanto vuelo. O el jazz, que también puede ser increíblemente minimalista.

Tan importante como las notas que se tocan son las que no se tocan, los silencios, bien combinados con el sonido, en el tempo justo, en las medidas del compás dan como resultado una música que es exclusivamente acerca de la elegancia.

Es por eso que la vulgaridad de la política siempre resulta letal para el arte. Aunque el arte es político, solo resistirse a ser vulgar es una posición política impresionante que toman los artistas verdaderos.

Charlie Bravo

Cuadro del pintor mexicano Carlos Orduña Barrera (Hidalgo, 1946). Tomado del blog Forma es vacío, vacío es forma.

Censurar al periodismo incómodo



La democracia como narrativa suena agradable. En cualquier sitio del planeta tiene partidarios dispuestos a desafiar gobiernos autocráticos arriesgando incluso sus vidas.

En Cuba los demócratas también corren riesgos. Pregúntenle a cualquier Dama de Blanco o activista de la UNPACU. Palizas, detenciones breves y pende como una espada de Damocles una Ley Mordaza que sanciona a 20 años de cárcel a todos aquéllos que se oponen a los Castro.

Ahora, algunos disidentes cubanos pueden viajar al extranjero y denunciar los atropellos de su gobierno. Diez años atrás no era así.

En la primavera de 2003, 75 opositores pacíficos fueron sancionados a penas de cárcel entre 18 y 27 años solo por pensar diferente. Como arma solo tenían la palabra.

Entre los reos había 27 periodistas libres. Gracias a la presión internacional fueron excarcelados en 2010. La mayoría debió marchar al destierro. Los 12 que quedan en Cuba, técnicamente, están en libertad condicional. Si el régimen verde olivo así lo desea, pueden volver tras las rejas.

A pesar de que Martha Beatriz Roque, Jorge Olivera, Arnaldo Ramos o Ángel Moya son rehenes políticos de los hermanos Castro, ellos con entereza, continúan denunciando los abusos del Estado y apostando por la democracia.

Para todos. No para unos cuantos. Pero cuatro décadas antes de las redadas a los disidentes pacíficos de 2003, en una fosa de la Fortaleza Militar de la Cabaña, al este de La Habana, el gobierno de Fidel Castro fusiló y encarceló a miles de demócratas, cristianos o liberales que luchaban por libertades políticas y económicas y una verdadera democracia.

La historia del presidio político después de 1959 debiera ser un cuaderno de cabecera para cualquier disidente cubano. Los modos de operar y las estrategias son diferentes. Pero el fin es el mismo: un país que respete los estatutos democráticos.

Se sabe dónde está y cómo actúa el adversario. Pero de un tiempo acá han surgido nuevos actores. Trabajan en la sombra. Viven al otro lado del charco y son empresarios de bolsillo amplio que patrocinan proyectos disidentes a cambio de sumisión y acomodar el perfil según sus intereses.

Mientras critiques al gobierno de Raúl Castro y el estado de cosas, aplausos. Cuando tus notas reprochan el comportamiento y tímido desempeño de un sector de la disidencia, amenazas. O ninguneo.

Yo lo he vivido. Las tácticas son conocidas. Desde llamadas telefónicas sibilinas para que cambies de actitud hasta la guerra sucia. Igual te pueden acusar de agente de los servicios especiales en la isla que llamarte envidioso, colaboracionista o mediocre.

En nombre de una supuesta y falsa unidad, piden silencio y no sacar a la luz los trapos sucios. No pertenezco a ningún proyecto disidente y mis relaciones de trabajo con los medios para los cuales escribo se basa en el respeto mutuo y la plena libertad de expresión.

Desde luego, algunos textos pueden no interesar a los editores. Están en todo su derecho. Pero jamás he recibido presión de medios como Diario de Cuba, El Mundo, Infobae, Diario las Américas o Martí Noticias.

Ni las aceptaría. Lamentablemente no todos tienen esa independencia. Hace unos días, los patrocinadores suecos que financian el semanario Primavera Digital, fundado el 22 de noviembre de 2007, decidieron cortarle la ayuda utilizando como pretexto argucias demasiado tontas para ser creídas.

Fue un vulgar chantaje. Si quieren plata, deben hacer lo que pedimos. Por supuesto, Juan González Febles y su equipo de cerca de 40 colaboradores no aceptaron. El asunto es simple: escribir sin mandato.

Son periodistas incómodos. En sus notas describen y analizan la otra Cuba que el gobierno pretende ocultar. También con mirada crítica juzgan a ciertos sectores disidentes y el clan de millonarios cubanoamericanos de la Florida que sueñan con un nuevo trato con los hermanos Castro.

Uno puede estar de acuerdo o no con las apreciaciones periodísticas de los redactores y colaboradores de Primavera Digital. O con su diseño o formato. Pero nadie puede negarles el derecho a existir y tener su propia línea editorial. La cacareada libertad de prensa queda en dudas.

Esto se veía venir. Desde 2009, al menos que yo conozca, hay una puja por ocupar espacios y desplazar a un grupo de periodistas independientes que la llamada “nueva disidencia” considera ineptos y políticamente incorrectos.

Es una estrategia. Rehacer la historia ninguneando el pasado. Y, con el pretexto de que los decanos del periodismo independiente no dominan las nuevas tecnologías, marginarlos. No conozco la mano negra que está detrás. Pero si algunos ejecutores en La Habana.

Durante seis años tuve magníficas relaciones personales con Yoani Sánchez. Me consta de su labor de zapa. Mientras algunos optaban por dialogar, para salvar las lógicas diferencias que pueden existir en cualquier grupo, la bloguera prefería conquistar a periodistas independientes que trabajaban en Primavera Digital con promesas materiales o profesionales.

Esa noción de 'competencia y democracia' de Yoani Sánchez no puede ser aceptada. Pero ocurre que muy pocos en Cuba se atreven a criticar abiertamente sus métodos.

Si usted hace un sondeo entre los opositores y periodistas libres, percibirá una amplia antipatía hacia la bloguera. No es por un asunto personal o de bajas pasiones humanas. Es por su forma de proceder, de no respetar al prójimo y por su inveterada costumbre de hablar en nombre de los demás.

Muy pocos periodistas independientes se sienten representados por Yoani, en 2013 nombrada por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) como integrante de la comisión de libertad de prensa, un cargo que se supone debe velar por los intereses de todos los periodistas cubanos.

Ahora mismo, tras el grosero chantaje financiero que reciben los colegas de Primavera Digital, ni la SIP, Reporteros sin Fronteras o 14ymedio, web de la Sánchez, se han solidarizado con ellos.

La solidaridad ha llegado de la disidencia interna, de las Damas de Blanco y del exilio. Para los patrocinadores suecos de Primavera Digital, ya resultaban aburridos los reportes semanales de las marchas, palizas y represiones a la oposición cubana.

Querían gente joven. Comedida. Obediente. Y que la publicación no fuera descaradamente anticastrista. Los de Primavera lo están pagando.

Iván García
Publicado en Diario de Cuba el 7 de agosto de 2014.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Crossroads


Cuando en la Florida dice a llover, es algo que uno tiene que tomarse muy en serio. Llueve con ganas. No como en Miami, o como en Hialeah, donde la lluvia huele a cemento. Llueve con un olor a pantano indescifrable, y si uno cierra los ojos puede ver en la oscuridad el brillo de los ojos de los cocodrilos.

Aquella noche fue una noche así. Estaba en el medio de un cruce de caminos perdido en el Everglade, con aquel negro Leroy que conocí en el Bananas Café de Coconut Grove. Lo conocí después de tocar con una banda que actuaba allí, con una guitarra prestada. El tipo estaba en una mesa cerca de mi puesto, y casi podía pisar el cable de la guitarra, seguían él y su mujer el ritmo de la música con movimientos de la cabeza, casi imperceptibles con esa gracia típica de los negros que bailan sin moverse.

Cuando terminó el set, se me acercó y estuvimos hablando. Su hermano, me dijo, había sido un buen guitarrista de blues. Murió en una pelea por una mujer, casi parece ser que ese es el destino de tantos guitarristas de blues. Me invitó a ver una banda medio siniestra en un lugar llamado Tobacco Road, en Miami. Nada mal.

Allí no toqué, pero disfruté enormemente de una de las más explosivas presentaciones de blues, género que en este Miami de la salsa y el merengue, de la música del boom boom y el tiki tiki escasea tanto.

El guitarrista me pareció un tipo místico. O misterioso. No lo sé. Ya en el parqueo, apoyados sobre 'el caimán', mi viejo Dodge del 82, mientras conversábamos sin que la conversación fuera a ningún lugar en particular, se ofreció a llevarme a ver una ceremonia de Crossroads: un guitarrista ofrecería su alma al diablo a cambio de ejercer la magia a través de su instrumento.

-Muy bien, le dije, pero más me interesa que me la hagan a mí. Le ofrezco a Legbá mi alma a cambio de que se lleve de una puta vez a los Castros de regreso a los mismísimos infiernos”

-¿Y como pagarás?, me preguntó, y antes de que yo pudiera responder me dijo:

-Silencio, eso se lo dirás a Ma’ Mamba.

-¿Y quién es Ma’ Mamba?, quise saber.

Me respondió que ella cuidaba de las llaves de Legbá, y que si me arriesgaba a todo pues él me llevaba al cruce de caminos. “No tengo guitarra, acabo de llegar a Miami y no tengo nada, ni dinero con qué pagar”, dije.

Me dijo de inmediato que no me preocupara por la guitarra, y que no hacía falta dinero, que llevara una botella de aguardiente de caña, y una buena cantidad de velas. Ojo, que muchas de esas velas tienen que ser negras.

Nada más fácil que conseguir todo eso en Miami.

Fuí a su casa de Overtown, un distrito mayoritariamente negro, nos montamos en su camioneta vieja, su mujer iba acurrucada entre nosotros, y tomamos carretera como si fuéramos para Tampa, a lo largo del Alligator Alley. Luego de contarme lo del asesinato de un cobrador de peaje en esa carretera y de pasar una cabina de cobro vacía, se desvió por lo que parecía un camino vecinal, como de entrada a una finca.

El trayecto daba la idea de que no acabaría nunca. Y en lo único que pensaba yo era si no había sido un ingenuo que ahora iba a ser asaltado y despojado de todo. ¿De todo? Me pregunté, si no tengo nada, nada de nada. Ya más tranquilo, casi me iba durmiendo cuando llegamos a un cruce, bajo la luz de la luna.

Ma’ Mamba estaba allí, sentada debajo de un árbol, como si no hubiera cocodrilos por aquella zona. Recordé que Lynyrd Skynyrd había caído en un avión sobre los Everglades. Y que algunos de los habitantes del pantano habían disparado sobre los sobrevivientes, según se contaba.

Ma’ Mamba me pidió las velas. Como buena bruja, tenía un mocho de tabaco entre las encías desdentadas. Me hizo desnudar.

Fue derritiendo un poco de las velas y preguntándome para quién eran, para ustedes, para mi hija, dije. Me puso un sombrero de guano, como de espantapájaros, y me pintó el pecho, la espalda, el estómago, y la planta de los pies con una mezcla de fango y carbón. Para la cara reservó una mezcla de fango y sangre de no sé qué animal, y ni quise saber.

-Ya casi estamos, dijo.

-No sé, respondí.

El negro Leroy trajo de la cama de su camioneta destartalada una guitarra más destartalada aún. Me dijo “Afínala”. Lo hice. Y para mi sorpresa, le vació casi todo el aguardiente dentro.

Tomó un largo trago, Ma’ Mamba también. Ni a mí ni a la mujer de Leroy nos dieron. Ma’ Mamba comenzó a invocar a Legbá mientras me daba con un latiguillo por todo el cuerpo. Legbá finalmente la montó y con una voz masculina con un acento indescifrable me preguntó qué quería.

-I am selling my soul, Legbá.

-For how much?, preguntó a través de Ma’ Mamba.

-I don’t want any money for it, Legbá, I want you to have it if you take the Castros with you, to burn in hell.

-And what would I like to take your soul? What would you do for me?

A lo que respondí: “I will live in eternal poverty playing for food and drinks wherever you want me to play for you”.

Ya la cera de las velas que tenía sobre los hombros y en las manos me estaba quemando de manera insoportable.

-Shake the fire off” ordenó Legbá. Dejé caer las velas. Cayeron en fango húmedo y casi todas se apagaron.

"Play that old guitar for me”. Me lancé en una frase que me sorprendió mucho, nunca la había hecho. Mis dedos aunque entumecidos tenían vida propia. Menos mal, dije, no se me han caído. En ese instante Ma’ Mamba -Legbá recogió la vela encendida y la lanzó en el hueco de la guitarra, forzándola con su mano huesuda entre las cuerdas y la madera, con rabia. El aguardiente se encendió, y lancé la guitarra con todas mis fuerzas al agua. Me quité el sombrero, lo lancé al suelo y me paré encima de mi ropa.

Ma’ Mamba volvió en sí. Leroy y su mujer contemplaban la escena como si fuera algo que vivieran todos los días. “Done deal” dijo Leroy. “Vámonos”. Me vestí con la ropa llena de fango, subí a la camioneta y al amanecer llegamos a Overtown. Soñé con Ma’ Mamba, y me pregunté si no había sido más que un sueño. Estaba lleno de fango y con ampollas en los hombros, todo real, me dije.

Hasta hoy, Legbá no me ha llevado ni a mí, ni a los Castro, quizás esto prueba que el Diablo es el mismísimo Castro, o viceversa.

Lo que hace uno por el blues.

Charlie Bravo

Video: Actuación de Eric Clapton, Ginger Baker en la batería, y el gran Jack Bruce en el bajo, durante su actuación en 2005 en el Royal Albert Hall de Londres. Ellos tenían el grupo Cream en los 60 y 70 y ahora se reunieron y tocan mejor de viejos que de jóvenes. La canción se llama precisamente Crossroads y es de Robert Johnson, leyenda del blues que la compuso en los años veinte. En el minuto 2:58 se puede ver en el público al guitarrista inglés Brian May, considerado entre los 100 mejores guitarristas del mundo.

martes, 5 de agosto de 2014

Las tres piedras de Víctor



Entre las pocas cosas que en noviembre de 2003 puse en una vieja maleta verde, sin rueditas, habían tres muestras de piedras muy significativas.

La más pequeña y reluciente, del Santuario de la Virgen del Cobre. La mediana, color tierra, del Muro de Berlín. Y la más grande, porosa y oscura, del volcán Irazú de Costa Rica.

Las tres me las trajo mi amigo Víctor, quien falleciera en La Habana el pasado 2 de agosto. La del Cobre, de una visita a Santiago de Cuba en 1999; la del Muro, cuando en 1989 estuvo en Berlín, poco después de la caída del odioso símbolo, y la del volcán, de un viaje a Costa Rica en 2001.

Víctor había nacido el 6 de marzo de 1946 en Pinar del Río. De una familia campesina y humilde, viajó a la capital para estudiar química, becado en una escuela de Marianao.

Durante veinte años trabajó en la industria azucarera, pero donde cosechó más éxitos y posibilidades, fue como traductor e intérprete de alemán, idioma que dominaba a la perfección.

Gracias a su laboriosidad, profesionalidad y don de gentes -era un relaciones públicas innato- logró sacar a su familia adelante.

Por la lejanía se fueron perdiendo los contactos, pero la distancia no logró borrar la amistad ni disipar los recuerdos. Fue un gran amigo mío y de los míos.

En la mañana del sábado 2 de agosto, una paloma gris se posó en el alero de la ventana de nuestra cocina. Era la primera vez que ocurría y aunque soy agnóstica, se me ocurrió pensar que podría ser el espíritu del vasco Sebastián Iradier, autor de la canción La paloma, a la cual dedicaré un homenaje en mi blog en el mes de septiembre.

Pero al saber la noticia de la muerte de Víctor, el 2 de agosto, prefiero creer que fue una paloma mensajera, que desde La Habana voló a Lucerna a traerme en su pico unas palabras de despedida.

Desde Suiza, mi hija Tamila y mi nieta Yania, quienes también sintieron un cariño especial por él, y yo, enviamos nuestro más sentido pésame a su viuda Hortensia, su hija Diana, su pequeña nieta, sus hermanos, sobrinos, cuñados y demás familiares, en Cuba y en otros países.

¡Descansa en paz, Víctor Martínez García!

Tania Quintero
Foto: Víctor, el día del segundo cumpleaños de Yania, el 3 de junio de 1996, celebrado en nuestro apartamento habanero de La Víbora.

lunes, 4 de agosto de 2014

Blues (y el trópico)


Hace unos días, recibí una agradabilísima sorpresa de una querida amiga. Una serie de retratos de ambos, y de nuestras coincidencias, en el trópico. Y sí, decidí que aquel lugar será el “trópico” para siempre. Con lo bueno, pero sobre todo lo malo, que tiene el trópico. Y ese lugar tiene una presencia muy pesada, es como una enorme piedra que cargamos encima. Hasta que nos decidimos a dejarla rodar cuesta abajo y darle la espalda.

Pero en el trópico había mucho de bueno, en personas que nos dieron todo, y a quienes dimos todo. Lo malo era malo de verdad, y para qué detenernos a contar esa parte.

Solamente recordaré que los encuentros bajo la luna del trópico -o las lunas de los trópicos, porque ahí cada luna parece ser distinta de las anteriores, se espera que haya luna esa noche, y no se sabe si habrá luna las noches siguientes- se desarrollaban con la música del enemigo de fondo, al decir de los censores, profesores de moral comunista y de marxismo, directores de escuela, presidentes del comité y secretarios del partido, y también tantos chivatos profesionales y aficionados.

Aparte de la música prohibida, vivíamos en un mundo prohibido, por los muy tropicales dictadores de esos que se dan tan fácilmente en los trópicos. Lo importante es la música.

Y yo seguía acariciando el pasado mientras escuchaba una nueva edición de unos discos que me acompañaron en el trópico. Los volúmenes primero, segundo, y tercero de la discografía de Led Zeppelin, presentados nada más y nada menos que por Jimmy Page en París. Por suerte, lejos del trópico, pensé.

Para mí, Jimmy Page es un músico excepcional, y muy interesante. Es un medievalista consumado -no solo en apreciación musical, pero en todas las artes. Es un erudito del blues -que ha copiado mucho de los más olvidados talentos, eso también. Es un orientalista de renombre, tal como si fuera un pintor pre-rafaelista. Es un inventor del rock, que bebe del folklore inglés y americano e incluso en su época resucitó un aparatejo inventado por un vejete llamado Leon Theremin, un ruso aplastado por el leninismo. Y como ella y yo sabemos, Page también es un maestro de lo oculto y del espiritismo. Y ella y yo sentimos y vemos presencias. Desde niños.

De sus idas y vueltas musicales, Page llegó a formar Led Zeppelin después de un glorioso paso por los Yardbirds. El blues era el origen y el final de su música, cerrándola en un circulo perfecto. Es decir, el blues es el infinito de su música. Uno lo asocia con las guitarras espectaculares de Led Zeppelin, pero hay piezas mas discretas, mas intimas, con mas silencios y con unas guitarras que imitan a una voz humana que entona un lamento. Y que mas podía sentir uno en el trópico, con esos lamentos que lejos de ser fatalistas eran liberadores.

Los amores sudados del trópico venían acompasados con una música que era decididamente ajena al paisaje. O recordaba los inviernos europeos, o los algodonales americanos, o el Mississippi, o un parque primaveral londinense. Lo que si no recordaban en modo alguno era al trópico. Uno respiraba hondo y decía para sus adentros, por suerte, y la música lo liberaba a uno sacándolo de ese país por unos momentos.

Escuché mucha música en mi juventud. Creo que en opinión de gente que me quería mucho, escuché demasiada música, y mucha de esa música tenía como protagonista a Jimmy Page. Por eso me dolió saber que había ido al trópico, y que allí le tendieron una encerrona unos segurosos disfrazados de musicantes. Me he enterado de varios detalles de la visita, y se los cuento, tal como me los contaron.

Aparentemente, el músico pensaba pasar por La Habana de incógnito, pero como son las cosas del trópico, alguien informó -sí, uso ese término- que llegaba, que había llegado, y en qué hotel se encontraba, aunque estaba registrado como Patrick Page.

Al parecer, como el guitarrista no cedía ante el acoso, ni apoyaba los tipos de compromisos políticos musicales que le trataban de embutir por la jaiba uno de los segurosos tuvo una idea genial: le obligó a comprar una foto del Che Guevara -el mismo que había perseguido sin descanso a los rockeros- y Page, por pena, pagó al vendedor de esa monstruosidad que extendía una mano mugrienta y de uñas largas manchadas de nicotina. Es decir, la limosna con escopeta típica del trópico.

Page se fue unos días antes. No encontró ningún músico que le pareciera interesante. Una pena.

De todos modos, una visita que pudo ser anecdótica se convirtió en solo un paso por un sitio sin escenarios, donde no había ni un solo rockero con el cual el famoso músico pudiera hablar en serio o compartir una sesión en el estudio. Otra pena. Y una suerte. Así no se destruyó la imagen de un músico que influyó a tantos.

En la prisión que es esa isla que flota en los trópicos, los blues de Page me sacaban de la realidad y me permitían ser libres por un rato. Cada noche, el sudor se me electrizaba y todo lo que sudaba también. La humedad y el calor quedaban pero la opresión desaparecía con el lamento de la voz y de las cuerdas. Y ni siquiera un té escaso, compartido, hacía parte de la realidad, el té que alcanzaba solo para uno se convertía en un té literario para dos, con lecturas de libros prohibidos, a la luz de una vela, no por romanticismo, sino por la tristeza práctica de un apagón.

La oscuridad, el calor, el olor a humedad que destruía los muros, y la visión de la pintura que se despegaba de las paredes, la madera carcomida, servían entonces de escenario miserable y fantástico a una realidad que existía solo en una dimensión paralela. El trópico.

La tristeza de los blues se convertía en una base sonora para recitar o leer poemas con voces entrecortadas, con la piel sudada contra la piel sudada, con el pelo salitroso de un día de playa.

La música era lo que nos permitía soñar despiertos en el trópico. Y por suerte, de la mano de un prodigioso guitarrista de blues, entre otros. Si bien no nos las secó, el trópico nos consumió muchas de las lágrimas.

Charlie Bravo

Nota.- Como la música está insertada en varios links en el texto, preferí ilustrar el excelente relato de mi amigo Charlie (el primero de doce que publicaremos en el blog a lo largo del mes de agosto), con una de las más famosas obras del arte universal, aunque no fue inspirada en el 'trópico' caribeño, si no en el andino. Se trata de Amanecer en el trópico, óleo sobre tela pintado en 1872 por el paisajista estadounidense Frederic Edwin Church (1826-1900).

En 1853, Church viajó a Colombia y Ecuador y en 1857 regresó a Ecuador. Allí realizó numerosos bocetos de la flora y la majestuosa topografía. Ya en Nueva York, pintó imaginativos paisajes basados en sus observaciones. La mujer andina que se ve en primer plano descansa en medio de una vegetación pintada con detalle casi científico. Su figura queda empequeñecida ante las cualidades imponentes de la desbordante naturaleza, la luz y la atmósfera del trópico. El cuadro se encuentra en el Museo de Arte de Ponce, Puerto Rico, de donde he tomado la foto y los datos (Tania Quintero).