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lunes, 13 de enero de 2020

De la genealogía


Compilar una genealogía es una tarea larga y lenta.

Teniendo apenas once años, comencé a preguntarle a mi mamá sobre mis tíos. Mis abuelos paternos habían muerto antes de que mis padres se casaran; pero ella me proporcionó lo que sabía. Mi tío materno mayor, Ismael, había ido anotando datos de la familia Bello celosamente en una libreta, y me los facilitó. Una prima cuarta materna, Renée, me ofreció información sobre mi bisabuelo materno, Riquelme.

Cuando me casé, una tía paterna política menor, la Madre María Asunción, me envió de Pontevedra los lugares de nacimiento de todos sus hermanos, Domínguez. En Genealogías habaneras, de Rafael Nieto Cortadellas, encontré al abuelo paterno de mi abuela materna, Hortensia, mi tatarabuelo, y por medio de la genealogista Mayra F. Sánchez-Johnson, en Taylorsville, Utah, obtuve la partida de su matrimonio en 1834 con mi tatarabuela.

En Historia de familias cubanas, de Francisco X. de Santa Cruz y Mallén, en la biblioteca pública del Condado encontré al bisabuelo materno de mi abuela materna. Encontré datos biográficos de un antepasado de mi abuela materna en Cuba en la mano de Esteban Roldán Oliarte y datos sobre otro en Economía y Sociedad de Leví Marrero y Artiles. Le debo los nombres de los esposos e hijos de mis primos segundos, los hijos de mi primo materno Ismael en Cuba, a una prima materna, Beba. Mi primo materno Chicky, en New York, me brindó los nombres de los esposos e hijos de sus hijos, mis primos segundos.

Encuentro investigar nuestras raíces fascinante, pero es una labor agotadora que nunca se termina.

Investigando la genealogía, me tropecé con una coincidencia sorprendente: Expuesto en términos sencillos, mi quinto abuelo paterno Gregorio Hidalgo-Gato y Vergara y mi quinta abuela materna María Micaela Fernández de Zaldívar y Ximénez eran concuños. Hé aquí cómo eso ocurrió:

El hermano menor de mi quinto abuelo paterno Gregorio, Nicolás José Hidalgo-Gato y Vergara, dos de once hijos de José Matías Hidalgo-Gato y Salazar y de Leonor de Vergara y Córdova, se casó en febrero de 1734 en la Catedral de La Habana con la hermana menor de mi quinta abuela materna María Micaela, Eugenia Fernández de Zaldívar y Ximénez, hijas ellas de Francisco Fernández de Zaldívar y Trimiño, de la casa de los condes de Zaldívar, y de Ana Apolonia Ximénez y Borroto. Gregorio Hidalgo-Gato y Vergara se había casado en febrero de 1733 con Ana María Rodríguez-Morejón y González de Alverja, mi quinta abuela paterna. María Micaela Fernández de Zaldívar y Ximénez estaba casada en noviembre de 1721 con José Armenteros-y-Guzmán y Sotolongo, Capitán de Caballos de la Plaza de La Habana, mi quinto abuelo materno.

Pero mi abuela paterna, María Mercedes Hidalgo-Gato y Flores, y mi abuela materna, María Hortensia Riquelme Roca, ambas naturales de La Habana en el siglo XIX, nunca se conocieron. Cómo se entrelazan las vidas de las personas a través de las generaciones.

Hay otras coincidencias curiosas: las esposas de mi tío materno mayor, Ismael Daniel, se apodaban Chicha y Cheché, ambas de pelo castaño claro y ojos verdes, y las dos suegras, Caridad Arias y Mary Rooney, eran ciegas.

Las esposas de los hijos de mi primo materno Ismael Francisco, en Cuba, se llaman ambas Lourdes, López y Cabrera. Las segundas esposas de los hijos de mis dos primos en Estados Unidos, Chicky y Lílliam (que no se conocen), norteamericanas, las dos se llaman Barbara, Gilbert y Shayeb.

En Estados Unidos, Mi primo Chicky, en Estados Unidos, y mi primo segundo Roberto Fausto, en Cuba, tienen dos hijas nombradas Karen. Dos tíos políticos maternos, Julio y Paco, tenían hermanas nombradas Aurora.

Las esposas de dos primos maternos, Ismael y Heriberto, tenían hermanas nombradas Hilda Hernández. Mi prima paterna Isolina Delgado se casó, consecutivamente, con dos hermanos, Luis y Guillermo Penelas Lage.

El bisabuelo paterno de mi hijo, Francisco Domínguez Núñez, se casó con dos hermanas, Matilde y Dula González Fernández. Segundo, mi primo tercero paterno, al quedar viudo se casó con una sobrina de su esposa, Toñita.

Hay todavía algunos datos que me eluden, como el nombre de la aldea de origen de un antepasado paterno, la iglesia de bautizo de mi padre y las fé de bautismo de mis bisabuelos maternos.

Mucho mas enredado y no tan curioso, pero me pareció aún lo suficientemente interesante, que José Armenteros-y-Guzmán y Sotolongo, hijo de Graciana Sotolongo y Calvo de la Puerta, mi sexta abuela materna, se casó en 1721 con María Micaela Fernández de Zaldívar y Ximénez en la parroquia de San Matías de Río Blanco del Norte, en el término municipal de Consolación del Norte, en la provincia de Pinar del Río.

Las hermanas Sotolongo y Olivera, de la calle Primelles, en el reparto Las Cañas, en El Cerro, eran naturales del barrio de San Antonio de Río Blanco del Norte, en el término municipal de Jaruco, en la provincia de La Habana. En 1808 se edifició la iglesia de San Antonio of Río Blanco del Norte en terrenos que cedió Antonio García, tomando el nombre de la población de San Matías de Río Blanco del Norte, a cuatro kilómetros, a la orilla este del río Jaruco cerca del ingenio Río Blanco. ¿Confuso? Sin duda.

Zilia L. Laje
Foto: Blasonario de la Consanguinidad Ibérica, 1980, libro donde encontré el escudo de armas del apellido.

lunes, 6 de enero de 2020

El caso Elián, veinte años después


Ningún acontecimiento ha logrado sacudir la historia compartida entre Cuba y Miami en los últimos 20 años como el caso de Elián González Brotons. Con el paso del tiempo, que es verdadero juez de cualquier episodio humano, me reafirmo en la certeza de que los sucesos que rodearon este conflicto tripartito entre La Habana-Washington-Miami fueron un terremoto que generó más cambios en términos de estrategias políticas, comportamientos sociales y pertenencias culturales de los que hoy todavía podemos aquilatar en profundidad.

Hablo en primera persona sobre este tema, pues me tocó estar en el epicentro de la disputa legal y familiar desde el mismo día del hallazgo del niño náufrago, de cinco años, flotando sobre un neumático a tres millas de la costa, en las cercanías de Fort Lauderdale. No se sabía aún su nombre ni mayores detalles de lo sucedido cuando tuve que cerrar el primer reporte sobre el dramático naufragio de la embarcación procedente de Cárdenas, Matanzas, pero la mirada de Elián, fija, perdida, desconcertada, era en sí una huella indeleble de dolor.

Era el 25 de noviembre de 1999 y mi guardia periodística del Thanksgiving Day (Día de Acción de Gracias) se extendió por muchas horas más de las previstas. Comenzaba a perfilarse así un drama que durante 216 días estremeció el sur de la Florida y acaparó la atención mundial en medio de una enconada disputa de reclamos legales y políticos. El diluvio nos empapó a todos y los medios de comunicación -aun sin la impronta de las redes sociales- vivieron también jornadas de esquizofrenia y tirantez.

La tragedia de Elián -y enfatizo la definición con toda intencionalidad- fue un parteaguas en la vida de la comunidad exiliada, que también trajo interrogantes de identidad para los cubanoamericanos y transformó la visión en las relaciones con el régimen cubano desde los altos círculos políticos de Washington. El caso desató una aguda polarización entre los cubanos exiliados sobre el destino del menor, y a la vez tensas discrepancias sobre la política y los asuntos legales de Estados Unidos en relación con Cuba.

Fue también la última clarinada de movilizaciones masivas de Fidel Castro en torno a una causa que convertiría en obsesión hasta el retorno de Elián a Cuba. Es curioso que la muerte de Fidel Castro, el 25 de noviembre de 2016, coincidiera 17 años después con la fecha de la llegada de Elián a Miami.

Por esas concurrencias del azar, la llegada de Elián González a Miami trastrocó por siete meses mi trayectoria profesional. De pronto me vi inmerso en una tormenta informativa que demandó esfuerzos adicionales de tenacidad, paciencia y energía para coberturas en calles, tribunales y la propia casa donde permanecía Elián en La Pequeña Habana. Nunca había recibido tantas llamadas telefónicas de medios estadounidenses como el 6 de diciembre de 1999, cuando el fotorreportero Carlos M. Guerrero (ya fallecido) y yo fuimos los únicos periodistas presentes en el sexto cumpleaños que celebró Elián en un salón del A.D. Barnes Park, en el suroeste de Miami.

Elián aparecería luego en tres ocasiones -entre enero y mayo de 2000- en la portada de la revista Time, récord para un tema o una figura cubana. Su nombre escaló hasta las enciclopedias y su historia despertó devoción en credos religiosos de distintas denominaciones alrededor del mundo. Tuvo una moneda conmemorativa de plata de alta calidad, diseñada por el artista ruso Alexander Shagin, y hasta una millonaria cuenta bancaria para su educación y su futuro en Estados Unidos. Una mujer suicida de Oklahoma llegó a cambiar su testamento para dejarle la mitad de su herencia de 500 mil dólares en beneficio de los familiares de Elián en Miami. La suerte del niño náufrago había rendido al mundo.

En el atardecer del 28 de junio de 2000, cuando el avión que lo regresó con su padre a La Habana aterrizó en el Aeropuerto Internacional José Martí, se iniciaba la segunda temporada de esta saga cubana que tiene aún mucho por desentrañar y sacar a la luz. Aunque parezca definitivamente concluida, la historia de Elián tiene todavía varios capítulos por escribir. Veinte años después de la fatídica travesía que terminó con la muerte de su madre, Elizabeth Brotons y otros diez inmigrantes cubanos, a continuación, algunos apuntes guardados durante la cobertura del caso y revisados con la perspectiva de que los archivos suelen ejercer un magisterio infalible.

El rescate de Elián de las aguas cercanas a la Florida emergió como un gesto humanitario en una fecha de profundo significado familiar en Estados Unidos, el Día de Acción de Gracias. El trauma de ver desaparecer ante sus ojos a su madre y su padrastro fue aliviado con la acogida de una familia que le dio cariño desde el primer día: sus tíos abuelos Caridad, Lázaro y Delfín González, y su prima Marisleysis.

Se habían producido contactos entre los familiares de Miami y el padre de Elián, Juan Miguel González Quintana, mientras el niño estaba en el hospital para saber si era alérgico a algún medicamento o tenía otra limitación. Incluso una cuenta telefónica de Lázaro González registraba una llamada previa de Juan Miguel, supuestamente anunciándoles que Elián había salido en una embarcación rumbo a Florida y pidiéndoles que lo cuidaran.

Pero para el 29 de noviembre ya habían aflorado ciertas fricciones. Cuba exigió la devolución del niño a petición del padre, mientras la familia de Miami consideró que Juan Miguel estaba siendo presionado por el gobierno, por lo que trataría de garantizarle a Elián "un futuro de bien en este país libre". Se abría así la primera batalla por la custodia legal del menor. En una nota de portada para El Nuevo Herald, escribí ese día: "Elián González podría convertirse en una nueva manzana de la discordia entre el gobierno castrista y los cubanos de la diáspora". Creo que no me equivoqué.

De repente, todo se precipitó hacia las aguas de la política. Una foto tomada a Juan Miguel en su casa en Cárdenas, con una foto del Che Guevara de fondo, avivó las pasiones. Los congresistas cubanoamericanos y líderes de organizaciones como la Fundación Nacional Cubanoamericana arroparon el caso. Fidel Castro proclamó que el niño estaba secuestrado y lanzó una cruzada nacional para recuperarlo.

El caso humanitario se había politizado. La lección invariable -para hoy y para las generaciones de cubanos que nos sucederán- que la politización de los asuntos familiares acaba por destruir las posibilidades de entendimiento y terminan imponiéndose la irracionalidad y el oportunismo.

La comunidad exiliada respaldó la permanencia de Elián en Estados Unidos, para evitar que Fidel Castro convirtiera al niño en trofeo de guerra. La Secretaria de Justicia, Janet Reno, rechazó la custodia temporal otorgada en una corte de distrito a los familiares de Elián y ordenó la devolución del menor a su padre el 14 de enero de 2000.

Lo que vino después fue el atrincheramiento de las partes y una batalla campal entre el gobierno cubano y los exiliados. A estas alturas de politización y diatribas, Elián estaba atrapado entre el fuego cruzado y ninguna salida parecía enteramente beneficiosa para el menor. Ya sabemos en lo que se ha convertido Elián dentro de Cuba, triste marioneta de la propaganda castrista, pero no sé si su permanencia en Miami hubiera posibilitado desatarlo de las órbitas y los compromisos políticos que gravitaron sobre su caso. Es una interrogante para la que no tengo una respuesta definitiva al cabo de veinte años.

El 5 de diciembre de 1999, Fidel Castro se reunió con el padre y los abuelos de Elián en las oficinas del Consejo de Estado en La Habana. Ese día, tras la conversación, el gobernante comprendió que no iba a tener obstáculos para echar a andar una batalla con todos los ingredientes de triunfo a su favor. La situación era perfecta. Los familiares en Cuba eran personas simples, dúctiles y fácilmente manipulables para tales fines.

El reclamo de la devolución de "un niño secuestrado" se convertiría en dardos punzantes contra el exilio de Miami, que enfrentaría el dilema de negar los derecho de paternidad. Esto empeoraría las tensiones de poderosos sectores del exilio con la administración de Bill Clinton, que a su vez no podía hacer otra cosa que defender el retorno de Elián con su padre. Estados Unidos tenía en esos momentos unos 65 reclamos familiares por secuestros de niños estadounidenses en otros países, de manera que no podía justificar la permanencia de Elián en Miami si su padre insistía en regresarlo con él a su domicilio en Cuba.

No había manera de perder con semejante ecuación ganadora. Clinton pidió a su abogado y viejo amigo Gregory Craig que interviniera en la solución del caso. Lo único que estaba en cuestionamiento ante la opinión pública era la razón por la que el padre de Elián no había venido a rescatarlo. Craig se fue a La Habana y convenció a Fidel Castro de que la presencia de Juan Miguel en Estados Unidos era clave para ganar la custodia de Elián ante los tribunales. El 6 de abril de 2000, Juan Miguel, su esposa e hijo menor arribaron a Washington. A partir de ese momento el regreso de Elián era una cuestión de tiempo.

Las decisiones legales apuntaban a la entrega de Elián a su padre. Una veintena de abogados pulsaba con el gobierno federal para reclamar el derecho del menor a tener su día en corte y ventilar la petición de sus familiares exiliados. La familia de Miami se había mostrado renuente a entregar el niño a las autoridades del Servicio de Inmigración. En ese escenario de crispación, el entonces alcalde de Miami-Dade, Alex Penelas, realizó una comparecencia pública, rodeado de una veintena de alcaldes municipales, para declarar que los cuerpos locales de policía no cooperarían con los agentes de inmigración para sacar al niño de Miami.

Fue un momento de definición, porque Penelas perdió la confianza del gobierno federal y vio esfumarse la posibilidad de compartir la boleta a la candidatura presidencial por el Partido Demócrata junto a Al Gore. Las críticas a Penelas llovieron desde las altas esferas gubernamentales y los medios nacionales. Hoy su decisión es vista como precursora de las llamadas "ciudades santuario", pero en aquel momento resultó una alarma para las autoridades federales.

Eso explicará una determinación posterior de Washington a la hora de ordenar el operativo armado para sacar a Elián del hogar familiar de Miami. Ni el alcalde Joe Carollo ni ninguno de los representantes cubanoamericanos de la ciudad de Miami, fueron avisados previamente del ataque de las fuerzas federales a la Pequeña Habana, lo cual sí se le comunicó horas antes al jefe de la Policía, William O'Brien, con la indicación de no reportarlo a su superior. Penelas, que aún mantiene que su decisión fue la adecuada, aspira a retomar la alcaldía del condado en 2020.

El litigio legal en torno a Elián había entrado en una encrucijada, con un creciente desgaste emocional para los familiares de Miami. El 19 de abril de 2000, el Tribunal de Apelaciones de Atlanta dictaminó que el menor debía permanecer en Estados Unidos hasta que se agotara el proceso legal del caso, lo que provocó un estallido de euforia en los alrededores de la vivienda de los González. Pero el dictamen judicial fue solo un respiro ilusorio para los partidarios de dejar a Elián en predios miamenses.

El equipo legal de los familiares sabía que debía buscar una salida decorosa ante el desenlace inevitable que presagiaban los tribunales, y justamente se había logrado llegar a un entendimiento con los González reconociendo el derecho del padre a la custodia del niño. Era Semana Santa y para el viernes 21 de abril, las negociaciones estaban en un punto de cierre, con un acuerdo para la reunificación familiar voluntaria.

Ambas partes habían ya intercambiado borradores para un acuerdo, negociado con la intervención por vía telefónica de Janet Reno. El acuerdo estipulaba que el niño se entregaría al padre y que por un tiempo ambos grupos familiares se establecerían en dos viviendas colindantes en el área de Tallahassee, la capital del estado de Florida, para asegurar un traspaso sin desgarramientos emocionales sicológicos para el menor. La noche final de las negociaciones, con Reno al teléfono, estaban en la casa de la Pequeña Habana los abogados Kendall Coffey y Manny Díaz, y los líderes comunitarios Carlos de la Cruz y Carlos Saladrigas, y el jurista y mediador designado, Aaron Podhurst, integrante de la Asociación de Abogados Litigantes de Estados Unidos.

A las 4 de la madrugada del sábado 22 de abril, Reno dijo sorpresivamente que ella no podía seguir negociando. La negociación de buena fe se había interrumpido. Minutos después, un operativo federal de hombres armados con ametralladoras y gas pimienta irrumpieron en la vivienda destrozando la puerta principal y le arrancaron a Elián de los brazos de Donato Dalrymple, el pescador que lo había rescatado en el mar.

El desenlace violento con fuerza excesiva desbordó la ira popular en las calles. Reno, fallecida en 2016, se llevó el secreto a la tumba sobre los pormenores de su decisión. Su nombre queda también asociado a la historia a la masacre de Waco, Texas, en 1993. La orden de asaltar la vivienda de los González y sacar a Elián a punta de pistola estuvo en manos de Bill Clinton, que tal vez pueda explicar todavía las razones de fuerza mayor que determinaron ese desenlace innecesario. Pero todo apunta a que los contactos de alto nivel que sostenía la Casa Blanca con Fidel Castro y Ricardo Alarcón a través del abogado Gregory Craig, según consta en documentación desclasificada, fueron determinantes para no acceder a la transferencia pacífica del menor a su padre.

La foto de Alan Díaz, fallecido en 2018, con el agente apuntando su arma a un Elián aterrorizado, es el testimonio de un desatino que el gobierno de Clinton no pudo ocultar al mundo.

Cuando pienso en la saga de Elián González, regreso siempre a un nombre demasiado olvidado y vilipendiado en esta hecatombe familiar que es también una parábola inequívoca del drama cubano de los últimos 60 años.

Elizabeth Brotons Rodríguez, una madre de 30 años que se lanzó a una aventura marítima para darle una mejor vida a su hijo, es la víctima mayor de este caso. En sus recuerdos de aquellos minutos aciagos en alta mar, Elián recuerda los esfuerzos de su mamá por salvarlo cuando la embarcación zozobró, hasta verla perderse en la inmensidad de las aguas. Su cadáver no estuvo entre los siete rescatados y sepultados en Miami, y su lecho final tal vez fueran las aguas turbulentas de Fort Lauderdale, a pocas millas de la costa floridana.

Creo que su memoria no ha sido suficientemente respetada. El primer agravio imperdonable corresponde al gobierno cubano y, particularmente a Fidel Castro, artífice de un editorial en seis partes y 33 páginas, publicado en el diario Granma el 8 de febrero del 2000. El artículo se titula Conducida por la amenaza y la violencia a la tragedia y pretende ser una reivindicación de Brotons, pero termina siendo una pieza denigratoria de su persona, poniendo a la luz cuestiones médicas de su intimidad que no hubieran tenido cabida en otro lugar del mundo.

Han pasado dos décadas y todavía no puedo salir de la indignación cuando releo esta pieza que clasifica para la historia de la infamia del periodismo nacional. Resulta un hecho insólito, generado solo por la malignidad de una cruzada política, que este artículo incluya fragmentos del resumen de historia clínica de la consulta de riesgo genético de Juan Miguel y Elizabeth, archivada en el Hospital Gineco-Obstétrico Ramón González Coro de La Habana.

No hay justificación para que un gobierno determine hacer uso del expediente médico de una persona fallecida, aunque cuente con la muy reprobable "autorización del padre y los abuelos de Elián". El artículo hace el conteo de siete embarazos fallidos de Elizabeth, para llegar a una vergonzosa conclusión propagandística que solo pudo salir de la cabeza de Fidel Castro: "La obra esmerada de la Revolución Cubana en la atención a la maternidad y la infancia hizo posible el milagro de que Elián viniera al mundo. No fueron médicos de un hospital norteamericano los que la alentaron y la atendieron esmeradamente. En aquel país, las familias modestas no pueden pagar esos costosos servicios, calculados en decenas de miles de dólares, que en Cuba son absolutamente gratuitos".

Tal vez en una Cuba futura, las organizaciones de una prensa de servicio público se pronuncien por un desagravio ante este acto mezquino del uso de la comunicación para fines políticos. Tampoco nunca pude entender que en su precipitado viaje a Miami para encontrarse con Elián, en enero de 2000, Raquel Rodríguez, la madre de Elizabeth Brotons, no tuviera espacio siquiera para, de alguna manera, rendir homenaje a su hija desaparecida.

No quiero juzgar a Raquel, que ya ha partido de este mundo, porque su paso por Miami estuvo marcado por presiones de todo tipo, desde un fallido operativo de la inteligencia cubana para llevarse a Elián hasta un olvidable incidente con la abuela paterna, Mariela Quintana, tocando y preguntándole al menor si el pene le había crecido. Hubo luego revelaciones de la monja Jeanne O'Laughlin, mediadora y anfitriona de la visita, de que Raquel hizo un aparte con ella para confesarle que deseaba quedarse en Estados Unidos.

De cualquier forma, el olvido en torno a la madre de Elián es un capítulo triste en la desmemoria cubana de nuestros días. Elizabeth Brotons fue realmente el móvil de esta historia. Equivocada o no, acertada o no en sus pasiones y decisiones, se arriesgó en una travesía para escapar de una realidad que le resultaba insostenible.

Si se dejó arrastrar por su nuevo marido o decidió seguirle por amor, no quiso que quedara atrás su más preciada creación: el hijo al que le dio la vida, le trató de procurar un futuro mejor y hasta sus últimas energías iba a proteger, salvándolo de la muerte. Elián le debe todo a ella: la existencia y esta desgarradora historia de sobrevida, porfías y tormentas políticas, devenida símbolo del sufrimiento cubano.

Wilfredo Cancio Isla
Cibercuba, 25 de noviembre de 2019.
Leer también: Historia oficial, Elián, diez años después, Los santeros del servicio secreto, Reaparece en público Elián González y Elián, será comunista o disidente?.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Diez rituales de fin de año en Cuba


Llega el fin de año y todos, vivamos donde vivamos, dispongamos de más o menos recursos, dedicamos los últimos días del almanaque a repensar los doce meses vividos y festejar al que ya asoma a la puerta. Al margen del consumismo en muchos países, la verdadera esencia y valor de estas fechas es la celebración y alegría por lo construido y la presteza para afrontar el futuro.

Es cierto que en Cuba las calles no se abarrotan de luces navideñas, en los comercios no se escuchan villancicos, en muchos hogares no ponen arbolitos y las familias no suelen hacerse regalos el 25 de diciembre, Día de Navidad. Pero los cubanos celebran el fin de año y esperan la llegada del nuevo.

Aunque algunos pudieran recibir estas palabras como una desatención hacia los problemas políticos, económicos y sociales existentes en la Isla, y aunque se pudiera tildar de frivolidad hablar de festividades en lugar de detenciones, hablar de tradiciones en lugar de libertades, tapar la celebración por el fin de año en la Isla es despojar a los cubanos de un disfrute y una alegría que por derecho les asiste. Porque los cubanos se lo merecen, hicimos esta lista de diez cosas que distinguen el fin de año en Cuba.

Ambiente. En diciembre, la fiesta se siente y se palpa en casi todos los hogares cubanos.

Familia. Terminar y empezar el año en familia es un ritual sagrado para muchos en Cuba.

Colas. Conseguir el pedacito de carne de cerdo, los frijoles negros, la yuca (y no digamos ya los turrones para quienes puedan permitírselos), no es algo que en la Isla tome poco tiempo. Las cantidades son pocas y 'vuelan', por eso los agromercados y tiendas por divisas se convierten en hervideros de personas que tienen que hacer largas colas si quieren comprar lo que necesitan para preparar la cena de la última noche del año.

Ausencias. En Cuba, donde tantas y tantas familias sufren la emigración de uno o más de sus integrantes, es inevitable que el 31 de diciembre se llene de ausencias, vacíos, recuerdos, nostalgias...

Llamada. Quienes viven en el extranjero saben de lo imposible que se torna la comunicación telefónica con Cuba ese día, igual que el día de las madres o de los padres. Quienes viven en la Isla saben que muchos están pendientes del timbre del teléfono, para escuchar la voz del hijo, madre, hermano o el amigo de la infancia.

Candela. La quema de un muñeco que simboliza el año que se va y que suele llevar el nombre de un personaje negativo, es una costumbre de otros países que algunos cubanos realizan. También, botar muebles viejos.

Música. El 31 en Cuba es de todo menos silencioso, con música a todo volumen por todos los barrios.

Tragos. Las celebraciones se convierten en treguas y momentos para perdonar, olvidar y brindar.

Comida. El menú de la última cena del año en Cuba suele muy similar a la del 24 de diciembre, día de Nochebuena: cerdo asado, arroz blanco y frijoles negros o congrí, yuca con mojo, plátano o boniato frito, ensalada de tomate, pepino y lechuga, postre, refresco, cerveza, vino y ron.

Purificación. Hay quien tira un cubo de agua por la ventana o el balcón hacia la calle. Otros limpian bien toda la casa, le dan un traguito de aguardiente a su santo y de moda se ha puesto darle la vuelta a la manzana con una maleta y durante el recorrido pedir para que se dé el viaje que se tramita o con el cual se sueña.


Versión de un texto de Marlén González publicado en Cibercuba en diciembre de 2015.
Video: Año Nuevo, por los Billo's Caracas Boys.

lunes, 23 de diciembre de 2019

La Navidad en mi infancia


Durante 61 años viví en La Habana, la ciudad donde nací el 10 de noviembre de 1942. Desde 2003, vivo como refugiada política en Lucerna, cantón de la Suiza alemana. Pero tanto en Lucerna como en La Habana, cuando llega diciembre y con él los días navideños, mentalmente siempre vuelvo a mi infancia, pues fue en esa época que disfruté el verdadero espíritu de la Navidad.

Pese a pertenecer a una familia humilde y trabajadora, siempre pudimos reunirnos para cenar el 24 de diciembre en casa de mi abuela paterna. Se llamaba Matilde y era una multa alta y corpulenta, como sus seis hijos, mis tías y mi tíos, uno de ellos mi padre, José Manuel Quintero, a quien sus amigos decían "el gordo Quintero".

Mi abuela Matilde vivía en Luyanó, barrio donde vivían muchos obreros y sindicalistas antes de 1959. Por la mañana del 24 de diciembre, en la Esquina de Tejas -uno de los sitios céntricos de la capital cubana-, a dos cuadras de nuestro domicilio, cogíamos una guagua (ómnibus) de la ruta 10, que nos dejaba cerca de la casa de la abuela Matilde.

Mientras mi padre y mis tíos se encargaban de ir a la bodega, a comprar las botellas de vino y refrescos, mi mamá y yo nos poníamos a ayudar en la preparación de la cena de Nochebuena, consistente en arroz blanco, frijoles negros, lechón asado, ensalada de lechuga, tomate y rábanos, yuca con mojo y fricasé de guineo o gallina. De postre, dulces caseros en almíbar, de naranja, toronja o cascos de guayaba, que se comían con queso blanco; turrones españoles de jijona, alicante, yema y mazapán y dátiles e higos secos de algún país árabe. Para beber, vino tinto, los mayores, y mi abuela y los menores, Materva o Salutaris, dos marcas nacionales de refrescos.

Después de cenar, a partir nueces y avellanas, que a granel vendían en las bodegas. Y a conversar y a hacer chistes, mientras en la radio se escuchaban danzones interpretados por Barbarito Diez, boleros de Benny Moré, y viejas canciones de María Teresa Vera, una de las grandes de todos los tiempos de la música cubana. En ese tiempo, en casa de mi abuela no había televisor.

Al filo de las 12 de la noche mis padres y yo, hija única, regresábamos a nuestra casa. Al día siguiente, de nuevo nos reuníamos en la casa de la abuela Matilde, esta vez para almorzar lo que en Cuba se llamaba "la montería", o sea, lo que había quedado de la cena de Nochebuena. Y a la que siempre, al menos en casa de mi abuela, añadían tres platos con tres tipos de chicharrones: empellitas, el pellejo del puerco frito con masa; tripitas, pedacitos de tripa de puerco fritos, y de viento, inflados y crujientes. Estos chicharrones eran unas de las tantas frituras y golosinas vendidas por los chinos que a finales del siglo 19 y principios del 20, arribaron a Cuba.

Unos días antes del 24, mi familia compraba un puerco grande vivo, lo mataba en el patio, le sacaba la grasa y vísceras, y ya limpio y adobado (con sal, ajo, cebolla, naranja agria y orégano molido), lo llevaba a la panadería, donde por esos días, además de elaborar pan, galletas y palitroques, se dedicaban a asar cerdos por encargo.

Había familias que tenían cocinas de gas con horno, y preferían asar el puerco entero o una pierna en su casa. Y las de menos recursos, por poco dinero podía comprar pedazos de lechón en las panaderías que los asaban, o en los numerosos quioscos habilitados por toda la ciudad, y en los cuales por 0.20 centavos uno se podía comer un pan de flauta, fresco y tostado, con masas de lechón, con un aliño, con o sin picante, untado con una brocha hecha de tusas de maíz. El perfume identificativo del mes de diciembre en La Habana -y en el resto de la Isla- era el olor a lechón asado, la 'figura' central de la Navidad cubana desde los tiempos coloniales.

Mis tíos y tías acompañaban "la montería" con cerveza fría y embotellada, de las marcas Hatuey, Cristal y Polar, las principales elaboradas en Cuba, antes de que llegara el comandante, mandara a parar lo que en su barbuda mente consideraba "diversiones", y aboliera todas las tradiciones, desde la Navidad y los Reyes Magos, hasta los Carnavales y la celebración del 20 de Mayo, día en que los cubanos conmemorábamos la proclamación de Cuba como República, en 1902.

El 31 de diciembre también nos reuníamos de casa de la abuela Matilde, para esperar la llegada del Nuevo Año. La cena consistía en arroz congrí (arroz blanco cocinado con frijoles negros), fricasé de guanajo (pavo), ensalada y tostones de plátano verde. De postre, de nuevo turrones y dulces caseros. Para beber, vino blanco para los adultos, y para los niños y la abuela, malta o maltina, de las mismas marcas cerveceras.

En lo que esperábamos las 12 de la noche, de una gran fuente podíamos comer manzanas, peras, melocotones y albaricoques, compradas en Frutas Rivas, un gran almacén importador de frutas frescas de California, situado frente al Mercado Único, en Monte entre Arroyo y Matadero, a menos de dos cuadras de mi escuela y a cuatro de nuestro domicilio, en la barriada habanera del Cerro.

También en Frutas Rivas, mi familia compraba las uvas, moradas y verdes, y con ellas preparaban ramitos de 12 uvas, que a cada uno mis tías repartían, poco antes del reloj dar las doce campanadas. Para brindar, mayores y niños, sidra asturiana El Gaitero, la más consumida entonces.

He preferido contar mis recuerdos infantiles porque, sinceramente, no me siento identificada con la celebración de la Navidad en Suiza ni en Europa. Que debe ser muy entrañable para ellos, pero no para mí. A no ser por la nieve y la figura de Papá Noel o Santa Claus, que de alguna manera me recuerdan las postales que nos regalábamos en mi infancia. De tanto ver al viejo gordo vestido de rojo, los niños cubanos lo hicimos nuestro, igual que el Merry Christmas y el algodón encima de las ramas de los arbolitos navideños.

Tania Quintero
Versión de trabajo publicado en este blog el 24 de diciembre de 2010.
Video: Cheo Marquetti en A comer lechón, de Sergio Siaba.

Leer también: Ilusión y Retro-nostalgia.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Humor con humor se paga


Uno de los grandes ausentes en el mundo totalitario es el humor. La risa franca y reflexiva siempre es una sospechosa habitual en las tiranías. El desacato a la autoridad a través del humor es una muestra de suprema libertad; una necesidad de oxígeno sin la cual se asfixian otras autonomías ciudadanas. Por eso, porque el humor es crítico y al mismo tiempo corrección, es un arma muy peligrosa en el mundo de los serios, los fracasados y los abusadores.

Desde los tiempos de Aristófanes (Atenas, 444 a. C.-385 a. C.), a quien se atribuye la comedia antigua, reírse del poder era un ingrediente básico del humor. En Los Caballeros el ateniense ridiculizaba al poderoso Cleón. En los inicios de la Modernidad hay un redescubrimiento del humor contra la infalibilidad por parte del parisino Moliere (Jean-Baptiste Poquelin, 1622-1673). Encontraba el autor en la vanidad de los listos, las mentiras de los doctores, los abogados, los políticos y en los papelazos de los nuevos ricos, modelos humorísticos. Por esa misma época, el fraile Tirso de Molina en España, y el gran Lope de Vega, daban a la comedia de enredos y de capa y espadas el tono satírico de la época.

Aunque muchos han estudiado el tema, sin duda corresponde a Sigmund Freud (1856-1939) haber penetrado el oscuro mundo del inconsciente humano para explicarnos por qué el poder es fuente de humor, aun cuando la lógica aconseja no reírse de la autoridad. En El chiste y su relación con el inconsciente (1905) Freud desnuda lo que hay detrás de los chistes reflexivos. Sería demasiado extenso dar una explicación completa en tan breve espacio.

A grandes rasgos, el padre del psicoanálisis planteaba que uno de los mecanismos de defensa -adaptación- humana es a través de reprimir cosas. Desde pequeños, los padres y la sociedad enseñan el temor a las represalias del poderoso y a aceptar la humillación de los que se las saben todas: maestros, doctores, políticos e intelectuales. Cuando se vive en un ambiente excesivamente rígido, cercado por reglas absurdas y castrantes, el escape de la persona humana es posible a través del humor y otros mecanismos de defensa como la sublimación y el desplazamiento (1). El humor, escribió Freud, es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo”.

El tema de la risa y el poder fue utilizado con éxito por Umberto Eco (1932-2016) en su novela El nombre de la rosa (1980). El hilo conductor de la trama policiaca medieval gira en torno a un texto que el venerable Jorge de Burgos esconde de todos por su apología al humor, a la risa pensante. “La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho”, dice el asesino en diálogo antológico con su némesis, el franciscano Guillermo de Baskerville.

Era de esperar de un momento a otro, ante la crisis social, económica y cultural cubana, y las medidas incoherentes, ineficaces para superarlas, que florecieran los humoristas y los chistes; como contraparte, los amargados y sus amenazas veladas, y a veces sin velo alguno. La pregunta de orden es por qué en ciertas etapas el régimen ha permitido en público chistes sobre sus calamidades, inclusive ha dejado crear grupos y centros de formación de humoristas.

El humor es una válvula de escape necesaria. Si se tiene la olla cogida por el mango, y se vigila la llave, no hay nada que temer. El control sobre los humoristas y su trabajo es directamente proporcional a la posibilidad de coartación social existente. Dado que ningún gracioso ni sus bromas tumban un gobierno tiránico, el performance humorístico es presentado como un acto de libertad de expresión, de firmeza y seguridad. También la autocensura del humorista, y hasta del público -elementos inconscientes que llegan a operar de manera autónoma-, bastan para encerrar a los subversivos alegres entre las cuatro paredes de una jaula llamada teatro.

Que el ser humano ría de sus propias desgracias, que el chiste inteligente mueva sus sentimientos, no quiere decir que moverá sus conductas. Para cambiar la conducta humana, el chiste necesita cultura y mínimo juicio. Desgraciadamente, el pueblo cubano, como el de muchos otros países, parece hundido en una regresión cultural; se lee menos, menos música culta, no se disfruta la plástica clásica, hay un desconocimiento abismal de las grandes religiones y su aporte a la Humanidad (2). En Cuba, el proceso de “inculturación en reversa” tiene el agregado de la denominada “cultura de la resistencia”, lo cual impide ver más allá de las letras rojas del periódico Granma, el órgano oficial, del bigote de Rafael Serrano, el presentador del Noticiero Nacional de Televisión, de la Mesa Redonda cuadrada por largos y repetitivos veinte años (3).

En ese sentido, los humoristas cubanos caminan sobre una cuerda floja. Tan pronto el régimen advierte que una obra puede mover los corazones -y después los pies- toma medidas físicas y sociológicas para impedir la propagación del chiste redentor. El ejemplo paradigmático fue en su tiempo Alicia en el pueblo de maravillas (Daniel Díaz Torres, 1991). Por ciertos e inexplicables temores, la película fue exhibida por muy breve tiempo, y se dice que al cine acudían miembros del Partido Comunista, citados por sus núcleos, para aplacar cualquier intento de rebelión in situ. La campaña mediática contra el filme no ha temido paralelo en la historia cinematográfica cubana.

Con Santa y Andrés (Carlos Lechuga, 2016) el régimen no quiso correr riesgos. Es otra época. No hay militantes para tanta gente, ni los medios estatales pueden contar con que la película no será un taquillazo. La misma suerte o peor ha sufrido la obra humorística de Eduardo del Llano con su personaje Nicanor O’Donnell. En opinión de muchos especialistas, del Llano ha logrado a través del absurdo -el propio régimen es un desatino total- hacer el mejor humor de nuestros días, fino, inteligente, aquel que hace pensar con sonrisa en los labios y profundas reflexiones en el corazón.

Los humoristas cubanos deben ir previendo que el espacio para la broma inteligente dentro de la Isla se irá agotando. Ya han sonado las primeras alarmas: el horno no está para chistecitos (4). Tampoco Miami, a donde vienen casi todos con la esperanza dual de hacer reír y de paso cobrar por ello, es un sitio apropiado para recordar los dislates del régimen. A algunos miamenses kubiches no les gusta recordar ni en jarana un pasado de desgracias. El humor que enjuicia críticamente aquel manicomio cada día tiene menos seguidores en la Florida.

El Mundo al revés: en Estados Unidos el programa Saturday Night Live presenta parodias de presidentes y ejecutivos del gobierno desde los años setenta. Es también una costumbre de los presidentes tener el encuentro anual con los corresponsales de la Casa Blanca y los ejecutivos de los medios en un ambiente distendido, de relajación. Los mandatarios suelen ser ridiculizados y no pocas veces ellos mismos se prestan para bromas y sketches. La relación tóxica entre Donald Trump y la prensa ha hecho que el actual mandatario no haya acudido a los últimos encuentros anuales.

No puedo imaginarme una versión criolla de Noche del Sábado en Vivo con parodias al Designado (Díaz-Canel) y sus vicepresidentes añosos. O sobre las anunciadas medidas de control de precios, las subidas de los salarios, y los chinos como antes los bolos fueron objeto de bromas. En Cuba siempre habrá tela por donde cortar en el humor. Pero cuando veamos esos chistes en la televisión, la tijera habrá dejado de tener un solo dueño.

Francisco Almagro
Cubaencuentro, 21 de agosto de 2019

Notas del autor

(1) A grandes rasgos, el “desplazamiento” redirige hacia otra persona u objeto aquellas situaciones peligrosas o conflictivas para el individuo; el ejemplo más socorrido son los sueños. En cambio, la “sublimación” es un mecanismo en el cual la vida inconsciente busca la manera de hacerse placentera y socialmente aceptable a través de la realización consciente; en clave “humorística”, los mentirosos se harán políticos, los ladrones, policías, y los hipocondriacos, médicos.

(2) Uno de mis chistes preferidos, y que necesita cierta cultura para disfrutarlo, es aquel que pregunta por los cinco judíos que cambiaron el curso de la Humanidad. El primero, Moisés: todo es la Ley; el segundo fue Jesucristo, todo es el amor; el tercero es Marx: la plusvalía lo es todo; Freud diría después: la libido lo es todo. Por último, Albert Einstein nos dijo que todo era relativo.

(3) Paradójicamente, la represión ha hecho que el humor cubano sea cada día más elaborado, sutil, alejado del clásico choteo, del teatro bufo con sus acostumbrados arquetipos. Jorge Maňach en ese ensayo imprescindible que es Indagación del Choteo (ofrecido como conferencia en 1928) explica que una condición de nuestra idiosincrasia criolla es ‘tirarlo todo a relajo”. Para el creador de la Universidad del Aire, “no tomar en serio nada de lo que generalmente se toma por serio” era, a la vez que un mecanismo de defensa contra la autoridad, de independencia, una falta de profundidad. “Vemos las cosas en contornos más que en relieves. Las implicaciones más hondas, los alcances más lejanos, se nos escapan casi siempre”, escribe. Hoy podemos decir que en Cuba no hay nada más serio y más profundo que el humor y los humoristas cubanos.

(4) Con el artículo Humor en un solo sentido, publicado el 8 de agosto de 2019, Granma ha hecho, extraoficialmente, la apertura de la temporada de cacería de humoristas.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Cuba, el oficio de ser pobre



La pobreza no es un estado de ánimo ni una sutil corriente espiritual, que se instala de pronto como una enfermedad, en una familia o en un segmento de la sociedad. Ser pobre de una manera profesional y definitiva en Cuba, por ejemplo, es una experiencia dolorosa y permanente que, entre otras carencias, ausencias y necesidades, produce hambre y sed. Y lo que puede ser peor: apaga la esperanza y el porvenir.

La gente muy pobre no puede conseguir el pan para poner en la mesa, le faltan los alimentos básicos de una dieta natural humana, no tiene agua corriente en sus casas y vive sin conexión eléctrica. Como ya se ha dicho, esa dura realidad en una Isla con todos los caminos cerrados, deja a las personas con los sueños congelados y el alma presa de una inopia sin fronteras.

Lo que pasa es que la pobreza en aquel país no es un bloque único y generalizado que afecta por igual a todos los sectores. Hay variantes más agudas para unos o algo livianas y pasajeras para otros grupos.

Una verdad que nadie puede negar, ni ocultar es que el espectro de la escasez y la miseria se mueve como un fantasma empecinado por cada zona de la sociedad. Desde luego que donde único ese duende maldito no puede aparecer es en los recintos de lujo que se han hecho levantar en Cuba los compañeros de la Sierra Maestra y su seleccionada milicia de guatacas y sirvientes.

Un informe reciente del Observatorio Cubano de Derechos Humanos, con sede en Madrid, hace una reseña sobre la actualidad cubana en la que asegura que el 55,4 por ciento de las familias ingresa menos de 100 dólares mensuales, con un salario mínimo equivalente a 16 dólares. Uno de cada cuatro hogares recibe entre 50 y 100 dólares al mes y cerca del 12 por ciento no llega siquiera a los 20 dólares.

El Observatorio radicado en España afirma que “más de la mitad de los hogares de Cuba viven por debajo del umbral de la pobreza” y añade que “se pone de manifiesto la incapacidad de la amplia mayoría de los ciudadanos cubanos para vivir de una forma digna y con acceso a suministros de agua o electricidad.”

Entre las muchas definiciones que he buscado para encontrar un buen retrato de la pobreza, creo que ha sido un leve apunte de la ONU donde hallé el mejor reflejo del escenario de Cuba: “La condición caracterizada por una privación severa de necesidades humanas básicas, incluyendo alimentos, agua potable, instalaciones sanitarias, salud, vivienda, educación e información.”

Raúl Rivero
Blog de la FNCA, de donde se tomó la foto.
Leer también: Ruinas y El problema es la gente.

lunes, 2 de diciembre de 2019

La cosmética nacional


El dólar ha vuelto a entrar en Cuba. Queríamos pasar de dos monedas a una, pero hemos pasado de dos monedas a tres.

Esta medida busca superar o paliar a corto plazo la crisis económica que enfrenta el país y que se ha agudizado luego de las últimas restricciones impuestas por Washington a La Habana como parte de la política de embargo.

No obstante, a largo plazo, la introducción del dólar no supone una medida esperanzadora que desarrolle el sistema productivo cubano y complica aún más el enrevesado sistema monetario de la isla, con una influencia enorme, decisiva, de la economía paraestatal y el mercado negro en la vida de la gente.

Ya se habla de la caída estrepitosa del CUC (peso cubano convertible), y de los múltiples negocios informales que se pueden poner en práctica en las nuevas circunstancias.

Hubo muchos nombres para el dólar una vez entró a Cuba en la década de los noventa. Algunos quedaron. Fulas, verdes, guaniquiqui. ¿Reciclaremos algunas de estas voces, seguiremos usando las que ya usamos, o incorporaremos algunas nuevas?

La cosmética nacional cambia, lo que no cambia es la cara avejentada de Cuba.

El Estornudo, 28 de octubre de 2019.
Leer también: La Habana: tiendas dolarizadas y vigiladas, Nuevas tiendas para captar divisas y El gobierno vuelve a saquear a la población cubana.

lunes, 25 de noviembre de 2019

En Texas, Ana Francy espera que EEUU le conceda el asilo político



Cuando usted le pregunta a Ana Francy Pita Domínguez, 27 años, una habanera que espera con incertidumbre en San Antonio, Texas, que el próximo 29 de noviembre la Corte se pronuncie sobre su petición de asilo, cuál es su opinión del régimen cubano, la joven responde de manera concisa: “Es una dictadura. Uno conoce mejor el absurdo que vivimos en Cuba cuando tenemos la experiencia de residir en una sociedad abierta y democrática”, expresa a través de WhatsApp.

La emigración en Cuba es un grifo que nunca se ha cerrado. Desde que Fidel Castro llegó al poder a punta de carabina en enero de 1959, casi tres millones de compatriotas se han marchado de su patria. Han dejado atrás familiares, amigos de la infancia, propiedades, recuerdos y nostalgias.

Es cierto que la primera oleada migratoria, además de abiertamente anticastrista, era más politizada. El resto, ya sea por el éxodo del Mariel, la Base de Guantánamo o el goteo imparable que continuó huyendo de Cuba a partir de 2013, cuando la autocracia verde olivo flexibilizó los trámites migratorios, no se puede encuadrar como emigrantes económicos. Es una vieja treta del régimen para lavar la vergüenza de miles de jóvenes y profesionales que escapan del manicomio ideológico recorriendo un auténtico maratón terrestre por varios países de Sudamérica y Centroamérica o tirándose al mar en cualquier cosa que flote.

Para solicitar refugio humanitario o político en Estados Unidos no siempre hay que ser un disidente, periodista independiente o activista de derechos humanos. La nueva generación de cubanos ha sido víctima de un bombardeo indiscriminado de propaganda política en una nación donde el Estado vela por lo que ven y leen los ciudadanos. Y hasta por lo que piensan.

Después de casi 25 años ejerciendo como periodista libre, he tenido la posibilidad de conversar con empleados del turismo que le roban al gobierno, profesionales descontentos, emprendedores privados frustrados y también con jóvenes de barrios marginales que viven de vender drogas, el juego prohibido o la prostitución.

Ninguno me habló con simpatía del gobierno. Todos están insatisfechos por las penurias económicas que sufren. Desde luego, la mayoría teme enrolarse en un grupo de la disidencia. Tampoco la oposición cubana ha sabido aprovechar la formidable materia prima que le rodea. Ocho de cada diez cubanos, cuando usted en confianza conversa con ellas, le confiesan que están en contra del régimen.

He conocido numerosas personas que me han aportado información de primera mano en un bar, un taxi colectivo o simplemente se han puesto en contacto conmigo por teléfono. Ana Francy fue de esas personas.

Cuando la conocí tenía 17 años, unos grandes ojos que miraban con asombro y era muy delgada. Yo estaba con un amigo en una pizzería particular en La Víbora. La chica, tímida y en voz baja, me dijo que quería hablar conmigo. Alguien le había dicho que yo ‘era de los derechos humanos’, como le dicen en Cuba a quienes abiertamente disienten del régimen.

Había concluido sus estudios de técnico medio y no tenía trabajo. Su padre, médico de profesión, había estado en una misión en Timor Oriental y la autocracia nunca le pagó los 50 pesos convertibles que le prometieron dar de por vida. Vivía con su abuela y necesitaba trabajar. Estaba haciendo los trámites para sacar la licencia de trabajadora por cuenta propia como manicure.

Recuerdo que me confesó: “No soporto este sistema. Mira mi familia, honesta y trabajadora, nunca sale adelante. Quiero reparar mi casa y no tengo dinero. Quiero desayunar, almorzar y comer. No hacer una sola comida al día. Quiero que mi abuelita tenga una vejez feliz. Este gobierno no me da opciones”.

Al final de su conversación me preguntó si podía integrarse en la disidencia. "Hago cualquier cosa. Sé limpiar, mecanografiar, coser, cocinar”. De momento me quedé sin respuesta. Pero después le dije que era muy joven, lo duro que resultaba el acoso de la Seguridad del Estado, las consecuencias que podría tener una decisión de ese tipo y que inclusive podía ir a la cárcel. Ana Francy insistía. Pensaba en su padre, a quien conocía del barrio.

Le prometí, para salir del trance, consultar con algunos colegas de la disidencia. Al cabo de tres años volví a verla. “Nunca me diste respuesta”, me dijo. Entonces le propuse que colaborara conmigo dándome información sobre el trabajo privado y la salud. Tenía parientes y amistades que laboraban en esos sectores.

Me presentó a decenas de personas que me aportaron informaciones valiosas. Ella misma me contó sobre la corrupción de los inspectores que regulan el empleo por cuenta propia y el acoso sexual del jefe del sector de la policía de su zona. A través de Ana Francy conocí a médicos, enfermeros, economistas y emprendedores privados. Al principio nos veíamos en una cafetería frente a su casa. Luego el grupo creció -alrededor de quince personas- y nos reuníamos en su casa. Eran jóvenes que siempre estaban atentos a las noticias que les llevaba en una memoria flash con reportajes sobre Cuba publicado por la prensa independiente y extranjera.

El martes 7 de marzo de 2017, un oficial de la policía le llevó una citación a su casa. Fue la primera vez que la Seguridad del Estado intentó intimidarla.“Fui con mi madre a la unidad. El oficial que me citó era flaco. Sacó su carnet de la Seguridad del Estado. Andaba con un abrigo puesto en medio de un calor tremendo. Era joven, pero parecía viejo. Me citó tres veces. No sé de qué forma consiguió el número de móvil y me llamaba insistentemente”, cuenta y añade:

“Me dijo que se llamaba Alejandro. Quería que yo trabajara para la Seguridad del Estado. Habló mil mierdas de ti. Que tu mamá, Tania Quintero, era una opositora peligrosa. Que tú eras un agente de la CIA preparado para crear redes de influencia y prostitución. La muela más loca que escuché en mi vida”, rememora Ana Francy por WhatsApp.

Desde el primer instante, Ana Francy me contó el asedio de la Seguridad del Estado. Escribí una crónica que Diario Las Américas publicó el 19 de marzo de 2019 con el título Seguridad cubana acosa a corresponsal de Diario Las Américas en la Isla y que en el blog Desde La Habana salió con el título "Hace cinco años estamos investigando a Iván García". Públicamente le dije a la Seguridad que si tenían interés en mí, que me preguntaran directamente, que no molestaran a mis fuentes (además de Ana Francy, citaron a otras personas).

El acoso de los servicios especiales hacia Ana Francy arreció. Constantemente visitaban a sus padres. Tras el fallecimiento de su abuela, Ana Francy y su novio, un cubano radicado en Estados Unidos hace siete años, comprendieron que la única opción viable era emigrar.

El 10 de marzo de 2019, en una mañana nublada que presagiaba un temporal, Ana Francy abordó en La Habana un avión rumbo a México. “La odisea que sufrí no se la deseo ni a mi peor enemigo. Pensaba entrar por Laredo, pero en ese tiempo habían secuestrado un ómnibus de cubanos. Cogí mucho miedo y decidí irme por El Paso. Cuando llegué solo tenía 500 pesos mexicanos. No sabía qué hacer. Cuando fui a la iglesia a que me facilitaran un número para la solicitud de asilo me dieron el 9898. Imagínate, en ese momento iban por el 7000. Con un grupo de cubanos salí a buscar trabajo. Me puse a trabajar en una peluquería. Me pagaban mil quinientos pesos mexicanos. Llegó un momento que por el puente internacional no pasaba nadie. Cinco al día, dos o ninguno. No sabía qué hacer. Estaba trabajando, pero todas las fronteras de México con Estados Unidos son muy peligrosas”, rememora Ana Francy.

Quince días después, con 700 dólares ahorrados, decidió tomar un vuelo barato a Reynosa, en Tamaulipas, al noreste de México. “Reynosa sí da miedo, dicen que es una ciudad tomada por el narco. Todas las noches se escuchaban los tiroteos. Una tarde, cuando fui a cobrar un dinero por la Western Union, en la casa donde estábamos alquilados un grupo de cubanos, la mujer y su esposo que se dedicaban al negocio del secuestro, nos quitaron mil dólares a cada uno, con el pretexto de pagarle a un coyote para entrar a Estados Unidos. Todo era mentira. Decidí esperar mi número de solicitud de asilo. Como tenía personas en Texas que me avalaban, me dejaron pasar hasta el día que fuera a la Corte. Tuve suerte, pues ahora no dejan entrar a nadie. Tienen que esperar en México”.

La aspiración de Ana Francy, como la gran mayoría de los cubanos que emigran, es trabajar, superarse, formar una familia, vivir dignamente y respetar las leyes. “Quiero seguir estudiando, mejorar mi inglés, ser una persona libre que no tenga que preocuparse por lo que va a comer cada día. Y por las noches, antes de acostarme, rezar para que mi madre y mi padre puedan vivir en una Cuba diferente, democrática. Han trabajado toda su vida y no tienen nada”.

El próximo 29 de noviembre una Corte de Texas dictará sentencia. Ana Francy espera.

Iván García
Foto de Ana Francy Pita Domínguez enviada por Whatsapp.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Mantilla, una barriada habanera



En 1841, Mantilla tenía 139 habitantes ubicados en una veintena de casas dispersas a lo largo de aproximadamente 500 metros sobre la Calzada de Managua que iba desde el entronque con la Calzada al Bejucal al Calvario.

En su mayoría, las casas eran de guano y unas pocas de madera y tejas; habían sido construidas por los hombres que participaban activamente en el Portazgo que se encontraba sobre el Arroyo Polo, eran gentes humildes, algunos de ellos esclavos.

En 1867 el caserío tendría 247 habitantes, de ellos 39 eran esclavos algunos en proceso de ser coartados. Su tasa de crecimiento fue de 2,3 por ciento anual, superior a la del actual Reparto El Calvario que tuvo un crecimiento negativo y del cual era un apéndice. La población urbana, o por mejor decir agrupada (1), tenía un peso considerable en el territorio al sur de la ciudad y tuvo un importante desarrollo económico en la esfera de los servicios y en la producción artesanal y naturalmente en el transporte, vocación esta que se verá ampliada y confirmada en el siglo XX.

Algunos caminos, callejones y serventías desembocaban en el área donde iba desarrollándose el poblado como por ejemplo el camino construido por Ramón Osma al cual ya me he referido en Arroyo Apolo en el siglo XIX. Otro de importancia fue el Camino de María Ayala que partiendo desde donde hoy se encuentra la calle Pocito y Calzada de 10 de Octubre, llegaba a la actual calle de María Ayala en Mantilla.

Para finales de siglo aparecerán algunas casas de recreo con hermosos jardines, lo cual debió presentar cierto aire burgués y ciudadano en esta localidad en la que predominaba la población dedicada a las actividades manuales. De alguna forma, que no pude dilucidar en el Archivo Nacional, por esos años finiseculares J. E. Barlow and Co. y The Havana Land Co.(2), especializados en bienes raíces tenían intereses en el territorio y utilizaban firmas de ingenieros como la Olds and Stevens para levantar sus planos y otros trabajos. A The Havana Land Co. tuvo que comprarle Juan Gualberto Gómez una parcela para construir su modesta casa a poca distancia del cruce de La Palma.

En los años 20 comienza el desarrollo del transporte automotor y entre 1923 y 1924 surge La Esperanza en El Calvario, propiedad de José Mederos y entre 1924 y 1925, Demetrio Serviño y Serafín Coca inician un recorrido desde Mantilla hasta el Ayuntamiento. En 1926 ambas “rutas” se unen con el nombre de Esperanza-Mantilla, lo cual fue el final de una competencia que pudo haberse tornado cruenta ya que se amenazaban unos a otros con sus respectivos pistolas.

Los años 30 fueron difíciles para todo el país y de esa situación de penurias no escapó Mantilla. Mientras esto ocurría, en la mansión construida por uno de los personeros del machadato, de apellido Averhoff, en una altura entre Mantilla y el Calvario, se brindaban fiestas y bailes. El pueblo comparaba el derroche de este político con la modesta vivienda de Juan Gualberto Gómez que había sido un político honesto, fallecido en marzo de 1933.

En julio de 1933 había estallado una huelga de los propietarios de ómnibus y los trabajadores de la ruta Esperanza-Mantilla. La huelga se había iniciado cuando los propietarios se negaron a pagar el peso que por cada ómnibus exigía, diariamente, Pepito Izquierdo, quien era el jefe del Distrito Central, un organismo que había eliminado el ayuntamiento y había integrado varios municipios que bordeaban el municipio habanero.

El magnate Izquierdo se había propuesto controlar el negocio del transporte urbano y por ello fue desafiado por los propietarios y los trabajadores de la ruta Esperanza-Mantilla, quienes se enfrentaron a la policía que había ido a Mantilla a detener la huelga. Dos ómnibus fueron incendiados y la huelga fue abarcando a más sectores hasta convertirse en general.

Tres meses antes, en abril de 1933, se había realizado un intento de organizar el transporte con la creación de la Asociación de Propietarios de Ómnibus la cual podemos considerar el antecedente de la Cooperativa de Ómnibus Aliados (COA) que sería fundada en mayo de 1935.

Esta cooperativa de propietarios de ómnibus sufrirá el lógico proceso de concentración y centralización capitalista, donde los más poderosos absorberán a los más débiles. La Ruta 4 fue un claro ejemplo: empezó como todas las rutas, con una decena de propietarios y poco a poco algunos de ellos fueron comprando nuevos ómnibus, más económicos y rentables, sacando de circulación a los equipos más viejos y deteriorados los cuales no podían competir. Se compraban acciones y para mantener el control en las juntas directivas se ponían los ómnibus a nombre de otra persona, que se convertían en “propietarios de dedo”, como les llamaban y servían para mantener mayoría de votos en las elecciones.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) vino a completar el proceso ya que la carencia de neumáticos, y otras piezas, así como la reducción de la gasolina disponible, puso a los pequeños propietarios bajo la égida de aquéllos que con un mayor capital, tenían el control de los almacenes y talleres, y podían distribuir el combustible de acuerdo a sus intereses.

Hacia finales de la década de 1940 e inicio de los 50, la Ruta 4 estaba prácticamente en mano de una sola persona: Elpidio Núñez (3), que incluso había aprovechado la huelga de los tranvías para atraer hábilmente los pasajeros que utilizaban ese medio de transporte.

La Ruta 4 importaba ómnibus de uso, pero en excelentes condiciones y también nuevos (4) y los mantenía en perfecto estado higiénico y mecánico, obligando al personal a vestir correctamente y brindando un servicio contínuo de ómnibus con una frecuencia muy baja entre unos y otros, en ocasiones inferiores a cinco minutos en las horas de más volumen de pasajeros.

Con esta hábil combinación de rejuegos políticos, presiones económicas, buen servicio y cierta relación paternalista hacia los trabajadores, unido al control patronal del sindicato, de una cooperativa de pequeños propietarios, la Ruta 4 devino en un productivo monopolio en manos de un solo empresario.

En los años 40, la fuente de trabajo más importante en Mantilla era el paradero de la Ruta 4, aunque no encontramos datos exactos para definir cuantos choferes y empleados dependían del trabajo en la ruta, pero podemos afirmar, según lo investigado, que sumaban cientos. A ello hay que agregar los pequeños comerciantes, vendedores ambulantes y establecimientos de servicios que se nucleaban alrededor de la terminal de ómnibus.

En las proximidades de la terminal se ubicaban fondas, cafeterías, bares, barberías, bodegas, zapateros remendones, limpiabotas, vendedores de comidas ligeras, dulces, periódicos... Respondiendo a las leyes de la oferta y la demanda, se había creado un sistema de servicios a los trabajadores de la ruta, a los pasajeros y los pobladores local. Era una red económica que abarcaba y daba trabajo a cientos de personas y en gran medida constituía el eje central de la economía de la barriada habanera de Mantilla.

En La Habana, el intenso y concentrado movimiento económico alrededor de las terminales de ómnibus, contribuyó al repoblamiento de las localidades donde estaban situados, además de garantizar quienes trabajaban en lugares distantes pudiesen trasladarse con relativa facilidad y comodidad.

De acuerdo al Censo de 1943, la población de Mantilla solo llegaba aproximadamente a 900 habitantes, para 1953 esa cifra prácticamente se había duplicado. Sin embargo, se mantenían ciertas características rurales: los vecinos de Mantilla vivían en condiciones muy similares a las existentes en unas zonas de la capital que en realidad parecían zonas rurales que urbanas. En gran parte de Mantilla no existían calles, aceras, tampoco alumbrado público. Chivos, caballos e incluso vacas podían verse deambulando por lugares céntricos.

Además de su impacto económico, la terminal de ómnibus tuvo una importante, casi decisiva, influencia en la evolución política y en el desarrollo del sindicalismo en toda la provincia, sin olvidar su significación en el orden deportivo ya que del gimnasio que se constituyó en la Ruta 4 salieron figuras reconocidas como el pugilista Luis Manuel Rodríguez, que alcanzó el título mundial welter y se encuentra en el Salón de la Fama del Boxeo.

El 4 de marzo de 1959 el gobierno de Fidel Castro intervino la COA y comenzó la debacle del transporte urbano. En 1962 fueron retirados los ómnibus General Motors por falta de piezas y el deterioro fue creciendo.

Hoy, en los alrededores de lo que fue el paradero de la Ruta 4, nada recuerde su etapa de esplendor. Mantilla ahora es una población- dormitorio donde sus habitantes deben salir a ganarse el sustento y regresar a dormir. El problema es encontrar un transporte para salir de allí y luego volver.

Waldo Acebo Meirles
Cubaencuentro,
Foto: Paradero de la ruta 4 en la década de 1950. Tomada de Cubaencuentro.

Notas al margen

(1) Preferimos el término población agrupada al de urbana ya que en realidad no reunía los requisitos para ser considerados, desde ningún punto de vista, un pueblo, eran simples caseríos, más o menos dispersos, carentes de calles, iglesias, alcantarillado, alumbrado público, y otros elementos propios de una población urbana por pequeña que sea.

(2) De estas dos compañías la más importante fue la J. E. Barlow que se había establecido desde septiembre de 1898 abriendo sus oficinas en Prado 126, ellos fueron los principales agentes de bienes raíces urbanos y le vendieron al gobierno de Estados Unidos edificios de oficinas, almacenes, etc., e incluso los mil acres de tierra donde se estableció el Campamento Militar de Columbia.

(3) Cuando utilizaba fuentes orales, por no tener otra a mi alcance, al mencionar el nombre de Elpidio Núñez, mi interlocutor ponía una cara indescifrable y evadía el tema. Fue aquí en Estados Unidos que descubrí el por qué de esa reacción.

(4) Los primeros ómnibus fueron General Motors del modelo GM TGH 3101 de 31 asientos, seguido por el modelo TDH-3612 de 36 asientos. Estos ómnibus comenzaron a ser introducidos en las calles de La Habana desde marzo de 1949. Para mediados de los 50, se introdujo el TDH-4512 con 45 asientos, una estructura muy similar a los modelos anteriores, pero más largo para alcanzar el aumento de su capacidad, dotado de transmisión hidráulica y con un novedoso sistema de suspensión de aire. A este último modelo, los habaneros le decían “las divorciadas”, porque en la banda del chofer solo tenían una hilera de un solo asiento en el tramo inicial, a diferencia de la banda contraria con los dos asientos tradicionales.

lunes, 11 de noviembre de 2019

De La Habana musical



Hay muchas Habanas hoy día. Hay una Habana tangible; sufrible y sufrida, amable y amada con igual fiereza; hay una Habana de postal colorida por obra y gracia de filtros y Photoshop, pija y poderosa, potentada, que se empeña en defender una blancura imposible; los límites geográficos de esa Habana no conocen a Atarés, ni Los Sitios, ni La Cuevita, ni La Lisa, ni nada que huela a barrio periférico o marginal; pero La Habana real, la verdadera, la sufrible y sufrida, y también amable y amada, es total y abarcadora y no deja huérfanas -no puede hacerlo- a esas zonas que a veces se prefiere evitar o ignorar, y donde hay cultura raigal.

Y está la otra Habana, la que no existe ya, pero que, aún desde el no ser, se niega a abandonar los atisbos con que ha marcado a todas esas otras Habanas de hoy. Esa Habana que fue y no será más, solo late en el recuerdo de los que la vivieron, pero el latido y la huella es tan enorme e importante que hoy estremece el conocimiento admirado de los que aún no estaban; es origen y crisol de una parte de la cultura cubana de tanto significado, que no muere, que aún está, aunque se desconozca. De esa Habana, en lo musical, hay sitios a los que una excursión turística nunca te llevará:

1. Los Jardines de la Tropical, donde fue habitual Arsenio Rodríguez y su Conjunto, y todas las mejores orquestas. Tocaban en los bailes más fabulosos de los años 40, 50 y e inicios de los 60, que disfrutaron nuestros padres y abuelos. Y ya que está cerca, mencionemos las ruinas de lo que fue también otro memorable sitio donde se medían las mejores orquestas cubanas y la gente gozaba: los Jardines de La Polar. Obra de arquitectos catalanes, estos parques construídos por los dueños de las industrias cerveceras y sus fábricas de hielo, en su época esplendor poco tuvieron que envidiar al famoso Parque Güell de Barcelona. De La Tropical aún se conservan espacios e instalaciones de una belleza que debes conocer. No hay un ballroom en Estados Unidos que tenga la historia acumulada por estos jardines de baile, cerveza, son, guaracha, mambo y chachachá.

2.El Alí Bar, en una zona cercana al Caballo Blanco, el cuartel general de Benny Moré, el sitio que se amoldó a él y a sus éxitos; donde el Bárbaro del Ritmo alimentó una buena parte de sus mitos. Era de esos cabarets que llamaban «de segunda», pero donde dicen se presentaban los cantantes y agrupaciones más populares entre la gente. Y por supuesto, por muy de segunda que fuera, allá iban todos a verlo a él, al Benny. Lo que pasa es que el Alí Bar estaba justo donde Benny quería vivir, en la periferia, no en Miramar ni en el Vedado. Así era él. Con tal historia, El Alí Bar es un olvidado.

3. En la esquina de Prado y Cárcel radicaba la radioemisora RHC Cadena Azul y en el mismo edificio también un discreto hotel nombrado Packard. Chano Pozo llegó a la RHC Cadena Azul, cantó, bailó, quinteó y arrasó. (Sí, ya sé que ahí está ahora un nuevo y flamante hotel Packard, pero los que llevan su publicidad y comunicacion prefiere ignorar al gran tamborero y hablar de otros huéspedes foráneos, también ilustres, como Marlon Brando y Pablo Neruda).

4.El Club La Red, en 19 entre K y L, en el Vedado, hoy tan venido a menos, fue donde La Lupe comenzó a tejer la leyenda de su “arte nervioso” y su buen cantar. Su temperamental modo de asumir una canción, y el modo en que interactuaba con músicos y público, rompió moldes y convenciones y atrajo hacia ese minúsculo semi-sótano de la calle 17 casi esquina a L, en El Vedado, a lo más exótico y rupturista de la intelectualidad habanera de principios de los años sesenta y a muchos nombres importantes que estaban de paso por La Habana. Fueron dos años donde La Lupe escribió el preámbulo de que luego sería su meteórica carrera internacional. Y fue allí, en La Red.

5.El Pico Blanco del Hotel Saint John's, en O entre 23 y 25, Vedado, La Rampa, entonces templo del filin, donde comenzó a cantar Pablo Milanés, y Elena Burke hizo época. En definitiva, meca de los cantantes y músicos del filin, donde confluyeron la generación iniciática con sus continuadores. Marta Valdés se encargó de escribir los inicios de Milanés en este sitio de atractivo innnegable, y de qué modo comenzó a dejar en estado de gracias a quienes acudían allí noche a noche a oirle cantar. Desde allí y aún bajo el influjo del filin, Pablo se lanzó a nuevos descubrimientos y empezó a transitar hacia una nueva canción.

6. El edificio ruinoso del Teatro Amadeo Roldán (antes Teatro Auditorium) aún duele desde la altivez de su maltratada fachada. En su escenario actuaron grandes de nuestra música: Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig, Rodrigo Prats, Jorge Bolet, Esther Borja, Rita Montaner, Rosita Fornés, Zenaida Manfugás, Ivette Hernández, Bola de Nieve, Benny Moré, Leo Brouwer, Frank Fernández o Jorge Luis Prats. De igual forma, acogió en diferentes etapas a la Orquesta Filarmónica de La Habana y a la Sinfónica de La Habana, junto a las que se presentaron importantes músicos extranjeros, como los Niños Cantores de Viena, Herbert von Karajan, Leopold Stokowsky, Erich Kleiber, Ígor Stravinsky, Heitor Villa-Lobos, Sergei Prokofiev, Vladimir Horowitz, Arthur Rubinstein, Claudio Arrau, Andrés Segovia, Yehudi Menuhin y Jascha Heifetz, por solo citar algunos. Y mejor no hablar de la cafetería El Carmelo, cuya exquisitez es mejor hoy no recordar. Situada frente al teatro, siempre fue como una extensión socorrida del teatro, a donde todos nos íbamos al concluir la función. Y cuando digo todos, entiéndase todas las luminarias que por allí desfilaban, y nosotros, los comunes mortales.

7.En la calle Zulueta donde hoy está la ampliación el hotel Parque Central, estuvo antes el cabaret Zombie Club. Allí Dámaso Pérez Prado empezó como pianista su camino hacia la internacionalización del mambo y de sí mismo. Dicen que fue ahí donde comenzó a hacerse notar y asombrar con su tremendo desempeño en el piano.

8.El estudio de Radio Progreso, en Infanta esquina 25, con una historia tan grande como la del estudio Areíto (antiguo Panart) y la ventaja de que allí no sólo se transmitía la programación radial, sino que también se realizaron muchísimas de las más memorables grabaciones de la música popular cubana. En Radio Progreso grabó Benny Moré; allí Celia Cruz con La Sonora Matancera grabaron muchos de los temas que se volvieron íconos guaracheros en la mayoría de sus discos registrados en Cuba. No menos importante fueron los discos registrados en Progreso por la Orquesta Aragón, Cachao, Bebo Valdés, y muchos otros importantes músicos.

9. En las ruinas del Teatro Campoamor, gracias al sabio Fernando Ortiz, por primera vez en un recinto teatral sonaron unos tambores batá en manos de Trinidad Torregrosa, Pablo Roche y Giraldo Rodríguez, con la carga de conocimiento, alarma y ruptura a los prejuicios que aquello conllevaba. El Campoamor tiene una historia cultural imposible de obviar. Sería interminable mencionar todos los importantes artistas, músicos y bailarines cubanos y extranjeros que pasaron por el escenario de este teatro capitalino.

10.En la Playa de Marianao, el Pennsylvania y otros clubes, frente a lo que hoy es el parque infantil (antiguo Coney Island). Ahí, tarde, noche y madrugada, la discreta peregrinación de nativos y foráneos, iba a ver tocar al Chori, desde Marlon Brando y Ava Gardner, hasta Josephine Baker y Tito Puente. Alguna vez Juan Formell dijo que sus inicios como bajista estaban en la Playa de Marianao.

11.El Salón Mambí, creado cuando se decidió hacer de Tropicana un sitio popular. Hoy ese espacio ha sido condenado a ser parqueo del afamado cabaret, pero allí brillaron las más importantes orquestas bailables del momento, y también fue el sitio del bautismo de fuego de Chucho Valdés y su Irakere, cuando desataron el furor de los bailadores al ritmo de Bacalao con Pan y otras de sus primeras grabaciones.

12.La esquina de Humboldt e Infanta donde estaba el desaparecido Bar Celeste: busquen o imaginen la farola que estaba a su entrada, desde la cual, recostada a ella, comenzó a cantar en público la gran Freddy sus boleros de amor y desamor. Por suerte, Ela O’Farrill se apresuró a componer para ella «Freddy» (Soy una mujer que canta / para mitigar las penas…) y Guillermo Cabrera Infante se encargó de convertirla en «La Estrella» de su novela «Tres Tristes Tigres», para, desde su memoria enfebrecida de La Habana, recordarnos que debíamos tener como un clásico el único disco LP que Freddy alcanzara a grabar en sus 28 años de vida.

13.El bar-restaurant Monseigneur, imposible de imaginar sin Bola de Nieve y su piano, cada noche, cada día, durante muchos años. Habríamos querido que fuese para siempre. Allí Bola tuvo su casa y también el crisol donde fusionó y compartió toda la experiencia de sus múltiples andaduras internacionales, que le permitieron una entrega sin fisuras, con perfección y plenitud de sentimientos. En síntesis, cubanía enriquecida.

14. El Johnny’s Dream, en la calle 0 de Miramar, fue lo más parecido a un legendario club de jazz que tuvo La Habana alguna vez, a pesar de que hubo otros intentos. Eran los años 70 y todos los pasos de los músicos en búsqueda de libertad creativa y personal se encaminaban hacia allí. En una noche, sin esperarlo ni proponértelo, podías ver descargar allí a Emiliano Salvador, Nicolás Reinoso y el primer Afrocuba, a Pablo Menéndez o a Paquito D’Rivera. Hoy se llama Río Club y es otra cosa. Qué bien que hubiera sobrevivido para ser, con su carga legendaria, nuestra Village Vanguard criolla.

De los lugares asociados a la rumba en la capital no hablo. Bien se podría hacer una verdadera ruta de la rumba por los barrios habaneros: de Atarés a Belén; de Colón a Los Sitios, de Cayo Hueso a Pogolotti y a Santa Amalia, y revivir el espíritu de los grandes mitos rumberos sin los que esos barrios no serían lo que han llegado a ser en la historia musical de esta capital que cumple 500 años.

Rosa Marquetti Torres
Blog Desmemoriados. Historias de la música cubana.
Video: Fragmento del documental Nosotros la música (1964) del cineasta Rogelio París (La Habana 1936-2016). Miguelito Cuní y Chappotín con sus Estrellas tocan La guarapachanga, del guantanamero Juan Rivera Prevot, en Los Jardines de La Tropical, situado en la localidad habanera de Puentes Grandes.

Ver fotos publicadas en el post, cuyo título original es "La Habana musical: 14 sitios con historia, a los que no te llevará un tour".

Notas al margen.- Muchas veces fui al Pico Blanco del Saint John's a escuchar las descargas de José Antonio Méndez, uno de los padres del feeling, que falleció por un accidente de tránsito el 10 de junio de 1989 en La Habana, la ciudad que le vio nacer en 1927. A pocas cuadras, en O entre 17 y 19, César Portillo de la Luz, otro de los padres del feeling, había hecho suyo El Gato Tuerto, donde en la década de 1960 cantaba y actuaba Myriam Acevedo.Un poco más lejos, en Imágenes, situado en Calzada y C, Vedado, Frank Domínguez cada noche deleitaba a los noctámbulos habaneros. Durante un tiempo, los seguidores de Elena Burke, la señora sentimiento, podían verla en Scherezade, en 17 y M, en los bajos del Focsa, que aún sigue siendo el edificio más alto de Cuba (Tania Quintero).

Leer también: La Habana nocturna.