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viernes, 17 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (IX) Doris Delgado "Japón"



Doris Delgado, Japón

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Nieta de chinos, Doris Delgado tenía un tipo exótico cuando se unió a los rebeldes que peleaban en la Sierra Maestra. Era muy menudita, pesaba solo 92 libras y llevaba una melena negra cortica. Un día, mientras descansaba en un bohío, se le acercó un periodista americano llamado Anderson que había subido a la Sierra, le tiró una foto y le dijo que parecía 'una japonesa'. Dora había sido monaguillo y cumplió misiones durante un año, ayudando al padre Francisco Guzmán, que trabajaba con el obispo de Santiago de Cuba, Monseñor Pérez Serantes. El 1 de enero de 1959 la sorprendió en el central Contramaestre, cerca de su área de operaciones con el Tercer Frente Oriental.

"Al día siguiente, el padre Guzmán iba a dar la misa en Santiago de Cuba. Allí estaban Raúl Castro y Manuel Piñeiro, Barba Roja, quien dijo que no se podía celebrar la misa. El padre Guzmán decidió que nos fuésemos para la iglesia del Colegio Dolores y me dijo: 'Mira, tú eres muy jovencita, hemos luchado y la única esperanza que tenemos es que Fidel Castro no tome el camino equivocado'. Yo era estudiante y jugadora de softball, acababa de cumplir 20 años y no me arrepentía de haber conspirado contra la dictadura anterior. Cuando el padre me dice eso, le contesto: 'Pues ya estamos virados, a trabajar, a ver si esto se endereza".

En la Sierra, el propio Fidel Castro le dio un pase para la tropa Mariana Grajales, pero ella no formaba parte de la tropa, si no del grupo de Olguita Guevara, Violeta Casals, Ricardo Martínez, Jorge Enrique Mendoza, Orestes Valera y Alicia Santa Coloma. Allí conoció a Errol Flynn, que se encontraba de visita en Cuba, tratando de hacer una película, pero la actriz Violeta Casals le puso tantos requisitos y le exigió tanto dinero que el proyecto de filmación se vino abajo. A principios de 1959, la revista Bohemia publicó una foto de Errol Flynn con ella en la Sierra Maestra. Un día, mientras preparaba arroz frito, en vez de Japón, el actor la llamó Japonesa. No fueron ésos sus únicos nombres de guerra. Cuando un año más tarde salió de Miami para infiltrarse en Cuba, el jefe de la operación, Ramón González, le dijo que como Japón y Japonesa estaban identificados con ella, para el clandestinaje se llamaría Gina.

"Ya en 1960 yo había conspirado extensamente en el giro del transporte con camioneros, porque mi cuñado tenía camiones. El padre Guzmán temía por mí y me decía que dondequiera que me escondiera, me iban a agarrar. Y a dos camioneros y a mí nos llevó a una entrevista con Mr. Smith, en la embajada americana. Al día siguiente, Mr. Smith me dijo que a mí me daba la salida, pero a los hombres no, pues alguien tenía que quedarse para tumbar a Fidel. Le agradecí sus atenciones y le dije que 'si ellos tenían que coger pa'l Escambray, yo también me iba'. Nos dieron los papeles a los tres y al día siguiente, 7 de octubre de 1960, salimos para Miami por Varadero.

"Me fui a vivir a New Jersey, y allí me inscribí en el Ejército de Liberación, pero después de hacerme las placas me dijeron que las mujeres no iban. Mis dos compañeros sí fueron a la invasión. El 31 de diciembre de 1960 volví a entrar a Cuba y el 1 de enero conocí a Bernardo Corrales, vino el alzamiento de Pinar del Río, rompimos el cerco y nos echaron encima 32 mil milicianos. El 5 de agosto de 1961 cambiaron la moneda en Cuba y la cosa estaba muy mala, no había quien te escondiera. Fui a parar a casa de mi hermana y en media hora, disfrazada y todo, me cogieron Tony Santiago y Eduardo González, pero no me asociaron con Gina, la alzada de Pinar del Río.

Cuando agarraron a los muchachos en Playa Girón, sospechaban que yo estaría allí. Me acusaron por lo del transporte y por salida y entrada ilegal al país. En el juicio en La Cabaña, en la Causa 538 de 1961, que llamaron de unidad porque incluyeron a varios grupos de acción, con la Dra. Dora Rivas como defensora, me condenaron como La Japonesa a 30 años. Ese mismo día, en ausencia, en Pinar del Río me condenaron como Gina a 20 años.

"En total me condenaron a 50 años de prisión. Inicialmente me llevaron al Confidencial del G-2, frente por frente al Malecón, y como a las cuatro de la mañana comenzaron a hacerme el papeleo. De un cuartico con rejas sacaron a las tres muchachas acusadas del incendio de la tienda El Encanto, Ada González, Dalia e Hilda Herrera y a varias personas más, y me metieron a mi sola en el cuartico. Sabían que me familia estaba afuera y me chantajeaban con eso y cada dos horas me llamaban para interrogarme. Un proceso fuerte que duró como un mes. Me llevaron para Guanabacoa y recibí la visita de la abogada Dra. Rivas.

"El 15 de septiembre me vino a buscar un carro patrullero y me dejaron en una casa donde inexplicablemente estaba yo sola. Tras varios días, empezaron a traer gente, habían apresado a muchos, Griselda Nogueras, Lydia Pino, Guillermina García La Flaca, Alicia Álvarez, María Antonia, la gente del avión... La única que yo conocía de antes era a Caridad Fernández López, que había sido bailarina de Tropicana. Empecé a desesperarme y reclamaba que me devolvieran a Guanabacoa, pero ignoraban mis protestas. Entonces grité que me iba a declarar en huelga de hambre y se me unieron todas las demás. Me devolvieron a Guanabacoa. Recuerdo que era la noche del 27 de octubre, víspera de San Judas Tadeo, y las muchachitas habían conseguido flores.

"Yo estaba en Guanajay cuando murió mi mamá. Llevaba cinco años de cárcel y durante ese tiempo solo la pude ver cuatro veces. Fue cuando estuve en la celda tapiada con Pilar Mora. A Pilar le quitaron de la pared el retrato de su hermano Menelao Mora, muerto en el ataque al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957. Formamos una tremenda fajazón y a todas nos llevaron castigadas. Cuando las que quedaban se enteraron de esto, empezaron a dar un toque de lata y a romper cosas, lo mismo hicimos nosotras cuando las castigaron y ellas.

"Fue entonces que se ahorcó Alba, una presa común. Las comunes tenían su propio pabellón y estaban clasificadas. Esta muchacha, muy fina y muy callada, era de Mayarí y le traían a su hijito de visita. Ella tuvo un problema con Irma Vargas, otra común, y como castigo mandan a Alba a servirnos la comida en la tapiada. Ella le pidió al director, un hombre joven, que no dejara que su hijito la viera con el uniforme de castigo. El día antes de la visita todavía no le había contestado, le volvió a preguntar y le dijo que le avisaría. Cuando a las cuatro de la tarde vino a la tapiada, a traernos un poco de agua, nos aconsejó que nos portásemos bien. Extrañadas, le preguntamos si la iban a trasladar y nos dijo: 'Sí, creo que sí'. Una hora después la encontraron ahorcada en su celda.

"Nuestra prisión fue muy dura. Pero lo peor fue la muerte de mi madre. Y si peleando por Cuba no puedes alzarte en el monte, es mejor estar desafiándolos en la cárcel. Recuerdo que hice una pelotica con un cordel y un pedazo de lona de un catre y cuando salíamos al patio jugábamos a la pelota con un palo. Un día, recién sacadas de un castigo, el jefe de prisiones, Manolo Martínez, nos trajo unos bates y pelotas, para congraciarse con nosotras. Le dije que no aceptaba nada de ellos, que ellos nos daban castigos, patadas, dolor... Se enfureció tanto que me iba a venir para arriba, pero el director vio la situación y lo paró. Si me llega a tocar, le parto el bate en la cabeza. Cuando estás en una tapiada es cuando entra Dios. No es que tu lo llames, entra él solo, viene a ampararte.

Únicamente así soportas golpizas, como la que nos dieron cuando respaldamos a los hombres en La Cabaña. Un guardía le iba a dar un machetazo a Teresita y yo quise parar el golpe y quitarle el machete, pero allí estaba Miguel Toledo, que me dio una patada tan fuerte en la cara que me rompió el músculo facial completo. Durante tres meses tuve la cara irreconocible, la parálisis facial me duró un año. Me desbarató la cara. La herida se me infectó y todavía lo estoy padeciendo, a pesar de los tratamientos. Ni siquiera puedo vivir con mi hermana en New Jersey porque no puedo resistir el dolor del frío en la cara. Perdí muchos dientes y los que me quedan están flojos. Entre tantas tapiadas y golpizas, esa patada fue la que desgració mi cara y mi vida".

miércoles, 15 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (VIII) Sarah del Toro



Sarah del Toro

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Casada con Amador Odio, conocido empresario y propietario de Tráfico y Transporte, Sarah del Toro disfrutaba de una vida muelle con su esposo y sus diez hijos. Fundadores del Movimiento 26 de Julio, tenían la certeza de que estaban ayudando a reincorporar a Cuba a la vida constitucional, tras el golpe de estado del 10 de marzo de 1952. El gobierno de Batista nunca los molestó, pero cuando después de 1959 comenzaron los crímenes y atropellos, Sarah y Aamador decidieron no abandonar Cuba y afrontar la situación.

"Escondimos a muchos en nuestra finca y gracias a los contactos que teníamos con todas las embajadas, conseguíamos visas y pudimos embarcar a los sacerdotes de la Iglesia de San Antonio. Pronto se dio cuenta Fidel de lo que hacíamos. Nos apresaron a los dos al mismo tiempo. Yo acababa de llegar de Miami y traía un recado para Reynol González, que era el jefe en ese momento, un señor de cuyo nombre quisiera olvidarme: 'Reynol, más vale que te vayas, mi casa de Miramar está rodeada y la han registrado'. Él me contestó: 'No, no, es que yo me embarco por la mañana y voy a comer aquí y después me voy'. Dos criados delataron el asunto al G-2 y uno de ellos, Ramiro, vino a decirnos: 'La finca está sitiada'.

"Seguí tejiendo como si nada y cuando irrumpieron en la casa, nos identificaron uno por uno. 'Quién es usted'. 'Yo soy Amador Odio'. 'Y usted'. 'Yo soy la señora'. Y Reynol respondió con su nombre de guerra: 'Antonio'. Prosiguieron a registrar la casa, especialmente una cisterna donde decían que había armas escondidas. Mi esposo les dijo que allí solo encontrarían bebidas, porque se conservaban más frescas. Levantaron las tapas de las cajas y lo comprobaron. Pero se llevaron a Reynol mientras mi esposo sacaba a la suegra por el fondo de la casa hacia su automóvil, que estaba repleto de papeles y proclamas que ella fue botando por la carretera. Todo esto a la vista de los criados, sin sospechar de que éstos eran los delatores.

"Habíamos tratado de asilar a Amador en Venezuela, el embajador y la cónsul eran muy amigos nuestros. Ella lo dejó dormir allí esa noche, porque 'ya a ese hombre (Reynol) lo arrestaron y seguramente no habla nada'. Y ese hombre habló como un perioco y embarcó a un movimiento completo. Nosotros teníamos los apartamentos de mis hijos Sylvia y César en el edificio Focsa y allí se quedó mi esposo, yo me quedé en la casa con mis hijos. A las dos semanas, el 27 de octubre de 1961, Amador quiso ver a los niños y se presentó un ejército completo en la casa y nos arrestaron a los dos. Mis cinco hijos chiquiticos se quedaron llorando y uno de los guardias que era más humano, me dijo: 'Déle un beso a los niños'. Haciéndome la inocente le pregunté: 'Ah, pero es que no voy a regresar... Y me contestó: 'Probablemente no'. Entonces Amador, el mayorcito de estos cinco, les dijo a los otros: 'Vamos, entren'.

"Me quité todas las prendas, menos el reloj, un Rolex, y se las entregué a una de las sirvientas, que se llamaba Calixta. No se me olvida el nombre porque ella se robó todas mis prendas. En cambio el G-2 me devolvió el reloj, pero con la condición de que se lo diera a un comandante, haciéndome creer que con eso el hombre iba a soltar a Amador. Era mentira, pero no me importó, si lo que tenía importancia estaba perdido. Estuve un mes aislada en el G-2. Mentiría si dijera que me dieron golpes, pero el maltrato psicológico si fue terrible. Me decían que a Amador lo iban a fusilar, a mí me entrevistaron solo una vez, mientras que a otros los entrevistaban constantemente.

"Al fin se produjo el juicio. Todos despreciaron a Reynol González. Quise ser un poco más humana y le pregunté por Teresita, su mujer. Me dijo que había tenido jimaguas. Eso fue todo lo que le hablé. A Amador lo condenaron a 30 años y a mí a 6. Amador y yo nos vimos, pero no nos permitieron siquiera saludarnos con la mano. De ahí me llevaron para la cárcel de Guanabacoa, que fue el primer choque con la realidad que me tocaría vivir. Recién llegada yo, una presa moría de parto sin recibir atención médica. Nos llevaron al mismo pabellón de las presas comunes, mujeres a quienes maltrataban sin piedad y a quienes predisponían contra nosotras, las políticas, diciéndoles que a nosotras nos daban arroz con pollo. Esto las enfurecía y nos gritaban obscenidades. Lo único bueno en Guanabacoa fue que Arturo Hevia pudo hacerme llegar algunas cartas de Amador porque a él no lo registraban.

"Pero inexplicablemente se produjo mi traslado a Guanajay. Se nos dijo que el traslado era para las rebeldes, pero nos dividieron a su manera. Me pusieron en el A por buena conducta, pues no era contestona ni desafiante, pero me llevaron para el B, luego para el C y terminé en el D, con las más rebeldes y varias idas y venidas de Guanabacoa a Guanajay y viceversa. Pero un día, trasladaron a unas muchachitas y a escondidas recibimos una carta que hablaba del nuevo lugar. 'Estamos en un lugar precioso, aunque no deja de ser una cárcel. Hay árboles frondosos y una mata de mamey que es una maravilla'. Mata de mamey que es una maravilla... Ésa es mi finca. Trasladaron a un grupo grande y el director, Ramos, que fue una buena persona, dijo: 'Muchachitas, recojan colchones y almohadas para un traslado, menos Sarah del Toro'. Cuando le pregunté por qué yo no, contestó: 'Usted va la última, no se preocupe'.

"Mi impresión al llegar a la finca es indeleble. Al bajarnos del ómnibus vino a recibirme llorando un antiguo empleado, Juanito: 'Señora Sarah', pero rápidamente lo alejaron de mí. La finca donde mis hijos jugaban... hasta los tractorcitos que Masvidal les había mandado a hacer en la Firestone los pusieron a la vista, para lastimarme. Esperanza Peña me hizo una seña y vi el enorme hueco donde Amador había escondido cubiertos de plata, vajillas, cantidad de cosas... Se lo habían robado todo. Me llevaron a la bolera, un salón inmenso al que llamábamos 'el club'. Solo quedaba el cemento, del área donde estaba el cine y los equipos de entretenimiento, solo quedaba el piso de granito. Cuando llegamos frente a mi dormitorio, en la casa principal, ya no pude más, se me cerró la glotis y hubo que traer al médico de la casa vecina. Al verme, dijo: 'Sarah se muere aquí en su finca'. Mis nervios estaban muy dañados. En Guanabacoa me llené de llagas de pies a cabeza y me diagnosticaron que era incurable. Gracias a Dios me curé, porque era de los nervios.

"La guarnición vivía en la casa, en los altos. En los bajos tenían la planta de radio. La miliciana que estaba al frente de nosotras era Flor Chala, más conocida como La Chacal de América Libre, aunque conmigo trataba de tener deferencias, pero yo no se lo aceptaba. Zenaida, otra miliciana que también tenía fama de ser muy mala, me decía: 'No me mire mientras le hablo. Su hija Sarita le escribió, tuvo un varón y está bien. A Amadorcito lo operaron de apendicitis'... Creo que les apenaba verme presa en mi propia casa, tan llena de recuerdos de mi esposo y de mis hijos y ni siquiera tener el consuelo de recibir sus cartas. Otra miliciana, que cuando hacía requisa te quitaba todo, comida, ropa, imágenes de santos, se me acercó un día y me dijo: 'Sarah del Toro, usted que tiene tanta fe en ese santo, pídale por mi hija para que no pierda el ojo, porque se clavó un paraguas'. Ese santo era Santa Teresita, cuya imagen siempre aparecía debajo de mi almohada, no sé quién me la ponía allí. Le dije: 'No, yo no se lo puedo pedir, entra y pídeselo tú. Si se lo pides con fe te lo concederá'. Entró y se lo pidió. Un mes después le pregunté por su hija. Me contestó que se le había mejorado el ojo. Le dije que le dé las gracias a Santa Teresita. Entró y a partir de ahí me traía recados de gente que estaba fuera. Santa Teresita me protegió en la cárcel.

"Un día, vino la plana mayor del Ministerio del Interior para la fiesta de las reeducadas y se inició una revuelta porque una dijo 'Miren cómo viven los ricos' y empezó a insultar. Una presa le tiró una piedra y me buscaron para que ripostara. Mi respuesta fue: 'No tiren piedras, lo que está diciendo es verdad, yo fui rica, pero repartí mucho y por eso los vecinos me respetan'. Y cuando le pregunté a Juanito, corroboró mis palabras. Pobrecito, él recogía aguacates o mangos y les decía a las reeducadas: 'Lléveselo a Sarah y en tal lugar le voy a dejar un aguacate para usted.

"El 27 de octubre me dejaron libre, pero el día antes me llevaron al Ministerio del Interior y me dijeron que si yo pensaba que iba a salir mañana, porque podemos decirle que va a un cumplir un año más. Les contesté: 'Sí, lo creo, por lo mucho que ustedes pregonan su justicia revolucionria. Y si me trajeron aquí es para que yo firme mi salida'. Las presas lloraban porque creían que no me iban a dar la salida.

"Entonces uno me llevó afuera y me dijo que él era hijo de Pascual, nuestro pintor en la Abastecedora, otro negocio que tenía mi marido. 'Soy el jefe de la Regional, cuando usted salga de aquí, vaya para la Regional a sacar su pasaporte para que se vaya enseguida. Yo nunca olvido lo que usted hizo. Ustedes recogían las cartas que nuestros hijos mandaban a los Reyes Magos y nos entregaban a nosotros los juguetes, para llevarlos a nuestras casas. Por maldad, pedí una bicicleta que estaba en la vidriera de la tienda y usted me la regaló'.

"Cuando salí en libertad, no dejaron que las muchachitas se acercaran a mí, ellas estaban trabajando en el campo. Tampoco dejaron que el carro entrara a buscarme. Tuve que ir caminando hasta encontrarlo en la carretera. Cuando por última vez miré hacia atrás, todas en silencio, alzaron las palas y azadones para despedirme".

lunes, 13 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (VII) María de los Angeles Habache



María de los Angeles Habache

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Maestra de tercer grado en el Colegio Baldor y estudiante de Pedagogía en la Universidad Católica Santo Tomás de Villanueva, María de los Angeles Habache y su hermana vivían en la Congregación Rosa Mística hasta que su familia se pudiera trasladar desde Sagua La Grande hacia La Habana. Su hermano, Eduardo Habache, residía en la Agrupación Católica y dirigía un espacio dominical de televisión titulado El Hombre y Dios.

Pero un domingo, en el programa decidieron enfocar un paralelo entre el capitalismo y el comunismo. Fue intervenido por el gobierno castrista y a la Iglesia se le advirtió que en lo adelante, el programa sería revisado antes de salir al aire. Eduardo se opuso y comenzó un hostigamiento que alcanzaría a María de los Angeles. La directiva de la Agrupación propuso a Habache que se mudara, para no comprometer a los demás, y las dos hermanas decidieron mudarse para el pequeño apartamento junto a su hermano Eduardo. Poco tiempo después se les unieron sus padres.

"La Acción Católica tenía un proyecto llamado Vanguardias Apostólicas. Los fines de semana íbamos a los pueblos y caseríos pobres cercanos a la capital, visitábamos casa por casa y en la iglesia bautizábamos a los niños. Cantábamos acompañadas por guitarras, poníamos películas para las familias y llevábamos al Dr. Ruiz Leiro para atender a los enfermos. Era una labor puramente religiosa y social. Pero las cosas comenzaron a ensombrecerse.

"Un día, le pregunté a mi amiga Teresita Álvarez si ella conocía alguien que estuviera conspirando, que me pusiera en contacto. En el balcón de su casa, en la calle Línea, le pedí a Dios que guiara mis pasos para combatir a su peor enemigo, el comunismo. Ella me presentó a Reynol González, del Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP) y me uno a su grupo estudiantil. Teresita y Reynol se habían casado clandestinamente y estaban juntos todo el tiempo, pero ella salió en estado y Reynol me pidió que fuera trabajar con la sección obrera. Yo buscaba asilo en las embajadas y me convertí en su persona de confianza. En eso conocí a Roberto Torres, que más tarde sería mi esposo. Teresita traía jimaguas y logramos convencerla de sacarla para Miami.

"El 4 de agosto de 1961, Roberto, mi novio y coordinador provincial obrero, cae preso en una redada en la que también cayó la gente de El Encanto, pero no los identificaron y se salvaron del paredón, los condenaron a 20 años. En una visita a Roberto a la cárcel supe que Reynol también estaba preso y traté de avisar a los otros. Me aconsejaron que me asilara, el movimiento comenzaba a debilitarse. Nunca había hecho sabotajes aunque participaba en el traslado y escondite de armas. Pero cuando hizo falta gente para quemar algunas tiendas, Roberto se opuso a que yo participara. A una reunión donde se iban a repartir petacas incendiarias, a mí me tenía que llevar un individuo cuyo nombre de guerra era Emilio. También era el encargado de quitarle el sello.

"A Dalia Jorge, que tenía más experiencia, le darían las petacas que demoraban menos tiempo en explotar y a mí las que demoraban más. Dalia y yo intercambiamos las petacas y gracias a ese cambio, hay algo que los castristas dejan de saber, porque sabían todo lo demás: quién te llevaba, quién te trasladaba. Dalía lo sabía todo, pero hasta que se reunió con nosotros en la casa, de ahí en adelante no supo más nada. Emilio me llevó hasta Fin de Siglo, que yo había visitado esa misma mañana para estudiar el mejor lugar donde colocar la petaca. Él le quitó el sello a mi primera petaca y cuando entré a la tienda ya estaba caliente. La segunda la puse en el tocador de señoras, calculando la hora del cierre de la tienda, para asegurarme de que no habría nadie adentro. Salí con el último timbre que salieron las empleadas. Pero a Dalia la cogieron en Sears.

"Para mí, que todo estaba preparado. Tan pronto la cogen a ella, empiezan a revisar todas las tiendas. Mis petacas ya estaban prendiéndose cuando las encontraron. Uno de los cargos más severos contra mí es que en mi casa se habían repartido las petacas y yo declaré que yo misma las había repartido, recibidas de Tony Veciana, que se había ido en una lancha y estaba a salvo. Cuando visité a Roberto en la cárcel, me dijo que le avisara a Dalia Jorge que tratara de asilarse porque estaban preguntando por ella. Le di el recado, pero Dalia rechazó la oferta de asilo: 'No, no, yo no me asilo, me voy a esconder en una finca'. Aparentemente, estuvo escondida una semana y volvió a reaparecer. Se decía que ella había sido infiltrada en el grupo, había tenido un romance con uno de los fiscales de apellido Flores y quedó embarazada. Infiltrada o no, parece que le contó todo a él y comenzaron a seguirnos.

"Mis padres no aprobaban los riesgos, pero siempre respetaron mis decisiones. Ya mi hermano estaba asilado en la embajada de Venezuela. El 15 de octubre de 1961, estando mi mamá en misa, vinieron a apresarme. Cuando dijeron que iban a hacerme un registro, les expliqué que estaba en pijama y que compartía el cuarto con mi hermana. Al preguntar cuál era mi parte, les mostré la de mi hermana, que registraron y no encontraro nada. Cuando me llevaron para el G-2 en Quinta y 14, mi madre, que era más G-2 que ellos, registró mi parte del cuarto y la encontró llena de armas y panfletos contrarrevolucionarios. Localizó a los del grupo y los alertó.

"Antes de comenzar a interrogarme en el G-2, el tipo me dijo: 'Párate y camina. Vuélvete a sentar. Te describieron tal como eres'. A mí no me gustó mucho aquello y comenzó a leer un largo mamotrero donde aparecían todos mis cargos. En mi casa se había hecho una reunión donde estaban Dalia Jorge, que iba a quemar Sears, y otros compañeros que iban a hacer otros sabotajes. Y aquel hombre me relató la reunión completica, inclusive que en el comedor estaban mis hermanos escribiendo a máquina. Alguién nos había delatado.

"Pasan varios días y me llevan a interrogatorios con los ojos vendados, dentro de un camión blindado. Creo que me llevaron a Las Cabañitas, en La Coronela, donde Reynol escribió su libro, lugar sombrío que antes había sido una hermosa residencia, ahora malolienta con todas las ventanas tapiadas. Se podía oir algo, pero nada podía verse. Sobre el piso cubierto de cenizas y colillas de cigarros, un colchón mugriento. En el techo, unos reflectores potentísimos y el aire acondicionado al máximo. Las ventanas estaban tapiadas con maderas. Había un baño y una reja para que la posta pudiera mirar hacia adentro. No te podías mover. Allí te retiran todas las pertenencias y solo te dejan lo puesto. Era un lugar de torturas. Yo oía cómo torturaban a los de al lado mío. A mí me torturaron mentalmente los psicólogos rusos, pero no físicamente. Cuando me llevaban a los interrogatorios me vendaban los ojos y me ponían cordones eléctricos en el piso y me decían: 'Cuidado, que pisas la corriente'.

"Me preguntaban cómo yo conocí a Reynol e insistían que él había hablado de mí. Yo no soltaba prenda y contestaba que él estaba casado con una amiga mía. En eso, el interrogador gritó: 'Basta ya, tráiganlo como está'. Y me escondieron detrás de un bar. Cuando le preguntaron si me conocía y oí la voz de Reynol contestando 'Sí, yo la conozco de la calle G, es amiga de mi esposa', salí de mi escondite, no podía dar crédito. La cabeza de Reynol era un balón, el cuerpo todo hinchado. Era como un sapo con una cabeza enorme. Ellos se fueron y nos dejaron solos. Manifestamos pesar por los demás, que estaban siendo torturados y Reynol me dio instrucciones que nadie se dejara torturar por no entregarlo a él, porque ya en ese instante iba a aceptar los cargos en su contra. Insistía que si él aceptaba confesarse culpable en la televisión, les conmutarían las penas de muerte a los muchachos.

"Le insistí en que yo podía cargar con las culpas, pues no me estaban torturando físicamente. No volví a ver a Reynol, pero en la pared del G-2 dejé escrito Aquí estuvo Mary Habache. Cuando subieron a los muchachos para interrogarlos, supieron que yo había estado allí. A ellos, entre otras torturas, los metían cabeza abajo en un pozo, y cuando los sacaban, medio ahogados, les preguntaban nombres, direcciones... Eso duró tres días y tres noches, manteniéndoles de pie, sin dejarlos dormir. Eran unos monstruos. A nosotros nos servían la comida en platos de lata, pero un día, al preso al lado de mi cuartico le dieron uno de loza y se cortó las venas. Aquel pobre hombre no pudo soportar más las torturas. Le metían un perro en la celda, azuzándolo para que lo mordiera. Aquel guiñapo humano gritaba. mientras daba vueltas en aquel estrecho cubículo sin poder escapar del furioso animal, y eso se repetía día tras día. Estaban, además, los 'fusilamientos' en el patio, los 'fusilaban' con salvas, una y otra vez.

"Un día, el de la posta me trae una revista italiana donde aparecía el nombre de Dalia Jorge. Otro día me llevaron a verla. Mi sorpresa no tuvo límites: su cuarto era de lujo, tenía muebles, su mamá le traía la comida de su casa, y ella tenía el pelo limpio, recogido con rolos. Era el cuarto de La Princesa frente al de La Cenicienta. Y yo, de tonta, pensé que era porque a ella la detuvieron primero. Entonces me contó que cuando la arrestaron, estuvo tres días inconsciente y que la habían violado. Le contesté que a pesar de las torturas psicológicas sufridas, a mí no me habían tocado. Luego supe que sus vómitos era del embarazo por su romance con el fiscal Flores. Dalia era muy hábil. Como ella trabajaba en la compañía de teléfonos, conocía a muchas personas, tenía acceso a mucha información y delató a mucha gente. La llevaron a juicio y nos cambiaron los papeles. A ella la quitaron de la causa de acción y sabotaje, donde me pusieron a mí, a ella la soltaron y a mí me condenaron. Como ella conocía a todos dentro del movimiento, se dedicó a mirar por un espejo e identificó a cada uno de los nuestros.

"Regresé al G-2 y de ahí me mandaron a la prisión de Guanabacoa, pero allí hicimos un plante y como castigo nos trasladaron a Guanajay. Cuando me celebraron juicio junto a todos los demás, aunque ya él estaba condenado a 20 años, trajeron a Roberto: Dalia denunció que él no se llamaba Daniel, sino Roberto Torres y dijo que era mi novio. Cuando me llamaron a declarar, custodiada por cuatro militares con armas largas, tras decir el fiscal 'Para esta chica yo pediría la pena de muerte', ante el juez, fiscales, abogados y testigos dije lo que había confesado en privado: 'Soy la única responsable de repartir las petacas y yo fui sola, nadie me acompañó'.

"A ellos no les convenía esta declaración pública, porque a mí no me iban a fusilar, pero con eso lograba que les conmutaran la pena de muerte. Ese juicio no se terminó. De Guanajay me mandaron para Baracoa, castigada. Estando allí me avisó el abogado que era un buen momento para reabrir el juicio, pero necesitaba mi consentimiento para hacerlo sin mí. Sabía que me iban a condenar de 20 a 30 años, así que rechacé el abogado. Me condenaron a 20 años, de los que cumplí diez".

viernes, 10 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (VI) Reina Peñate



Reina Peñate

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Cuando Fidel Castro tomó el poder, Reina Peñate trabajaba como operadora de computadoras en el Ministerio de Educación, y sus esperanzas de que se lograría vivir en un régimen de derechos se desvanecieron tan pronto comenzaron a funcionar los paredes de fusilamiento sin juicio previo, las arbitrarias confiscaciones de propiedades y los desmanes de los nuevos amos.

Su descontento se fue haciendo evidente hasta el punto de confiar sus afanes conspirativos en Pepito Argibay, amigo desde la infancia y ahora comandante castrista, quien era visita frecuente de la familia Peñate en el central Preston, en Oriente. Argibay fingió involucrarse en el viaje clandestino de unos jóvenes que harían contacto con grupos contrarrevolucionarios en Miami, ofreciéndose a llevarlos, conjuntamente con Reina, hasta el barco que esperaba en las costas de Pinar del Río. Quienes los esperaban eran agentes del temido G-2. Ajena a lo que habría de suceder a bordo, Reina regresó a su casa. Tras varios días sin recibir confirmación desde Miami, Reina comenzó a inquietarse e hizo contacto con otros conspiradores para implementar un plan de acción.

"Es la parte más dura de todo este proceso, la traición. Es primera vez que cuento este episodio. Cuando Argibay me recogió en su auto, fue cuando le indiqué la dirección donde tendríamos la reunión, en El Vedado. Poco antes de llegar al sitio, me dice 'Déjame parar un momento en casa de Lydia Castro'. Lydia es prima hermana mía y a su vez, media hermana de Fidel, pero no por el lado mío. Fidel no es nada mío. Alegando que tenía un recado que darle a Lydia, Argibay se bajó del carro y enseguida regresó. Comenzó a arrancar el motor y a quejarse de que el auto estaba ahogado. El carro caminaba un poquito y se paraba. Cuando pudimos llegar a la esquina donde nos esperaban los muchachos, no estaban allí. Ya los había recogido el G-2. Toda indicaría que yo los había entregado, pero al final ellos supieron toda la verdad. Cuando estuvo en casa de Lydia Castro, Argibay alertó al G-2.

"Aprovechando mi amistad con la embajadora de Panamá, comencé a gestionar mi asilo. Decidí irme y continuar ayudando desde fuera. No volví a ver a Argibay, pero él seguía de cerca mis pasos. En una incursión que hice a Calabazar el 17 de mayo de 1961, me apresaron junto con el matrimonio al que yo estaba visitando, quienes no sabían de mis actividades. Entre el G-2 de Quinta y 14, Miramar, y otra instalación similar, pasé mis primeros veintipico de días detenida, hasta que me llevaron para la cárcel de Guanabacoa.

"El juicio en el cual nos encausaron a los cuatro muchachos y a mí fue una completa pantomima. Tanto el fiscal como los otros, estaban casi dormidos, con los pies puestos sobre las mesas, indiferentes a todo, un show mal preparado. Me sentenciaron a 9 años. Guanabacoa fue la prisión preventiva y de ahí me trasladaron a Guanajay, que era la cárcel para mujeres. En el G-2 dejé mis primeras libras. El despotismo y aquella comida indigente, tirada en platos de metal, me sirvieron de introducción a lo que me esperaría en Guanabacoa antes de iniciar el recorrido por varias cárceles. En Guanajay entré al pabellón B, estuve siempre entre las rebeldes y cogí muchos golpes. Como castigo por el intento de fuga de ocho muchachitas, a 65 de las rebeldes nos llevaron para Baracoa, Oriente, donde estuvimos en condiciones infrahumanas. Pero veníamos de Guanajay, una prisión que por muy pacifista que una sea aprende a defenderse, a contraatacar, a luchar con uñas y dientes por la propia supervivencia.

"Irónicamente la llamaban América Libre, pero cuando llegamos a esa granja, a las muchachitas las avasallaban demasiado, tenían que hacer el recuento a las 5 de la mañana y a esa hora salir a trabajar. Todo era muy estricto. Pero llegamos nosotras gritando Abajo el comunismo y negándonos a salir a trabajar y empezaron las confrontaciones. Ya no podían seguir chantajeándonos con ponernos con las comunes. Estábamos bien plantadas en lo nuestro. Aún así, los abusos eran frecuentes. Cuando la pelea por el sketch sobre Fidel, Celia y el Che, para hacer reír a las muchachitas, antes de empezar la obra, Emma Rodríguez y yo estábamos cantando, cuando entró la milicia, arrancó el telón y empezó el zafarrancho de combate.

"Cuando nos dieron una fuerte golpiza, por respaldar la huelga de los hombres en La Cabaña, a Gladys Chinea le dieron unos latigazos por la espalda con cables eléctricos torcidos. A Mercy Peña le pusieron los senos negros y a La Chavalita la cara negra. Corríamos para alante y para atrás y cuando un miliciano grandísimo fue a darle a Clarita González, se me ocurrió tirarle una piedra y me dieron un palazo tal por la espalda, un brazo y una nalga que los tuve negros mucho tiempo. En la nalga se me formó un quiste que tuvieron que abrírmelo. La atención médica era pésima. Tuve una fiebre altísima y me llevaron al hospital y el médico me hizo orinar en un pomito. Lo miró a trasluz y me dijo: 'Ah, sí, tiene infección en la orina'. Y me dio una pastilla y un vaso de agua. Eso fue todo".

Con una voz tenue, a veces inaudible, Reina Peñate narró su recorrido por las prisiones castristas. Cuesta asimilar cómo una mujer tan suave, tan femenina, se convirtió en una de las presas más rebeldes contra el sistema carcelario que maltrató y humilló en lo más íntimo de su sensibilidad a estas valerosas cubanas, en un desmedido esfuerzo por deshumanizarlas y convertirlas en no personas.

miércoles, 8 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (V) Cary Roque



Cary Roque

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Una viva muestra del peso que cargó sobre sus hombros la juventud cubana es Caridad Roque. Con solo 19 años de edad, trabajaba como locutora y actriz en CMQ Radio, actriz de telenovelas en CMQ Televisión y en la exitosa obra teatral Los Malditos. Además, estudiaba periodismo en la escuela Márquez Sterling. Como tantos otros jóvenes de su generación, Cary creyó honestamente que la revolución traería a Cuba un estado de derecho, sin golpes militares y con un absoluto respeto a la Constitución de 1940.

Poco le duró la ilusión. Casi desde el primer día, comenzó a ser testigo de la violencia desatada dentro de la propia CMQ. Se sintió defraudada por la revolución, pero aún más por las represalias contra quienes querían desligarse del sistema. El director de la escuela de periodismo, el Dr. Quintana, fue destituido y reemplazado por Carlos Rafael Rodríguez. Los alumnos que no simpatizaban con el nuevo régimen fueron depurados y se les prohibió acercarse a la escuela. Algo similar sucedía en la CMQ.

A diario, las también actrices Violeta Jiménez, Raquel Revuelta y Maritza Rosales presionaban a todas las demás para que se inscribieran en las recién estrenadas milicias. "Cuándo vas a unirte a las milicias, Cary. El domingo hay guardia", preguntaban con marca insistencia. Un día, en tono conminatorio, Violeta Jiménez la emplazó: "Estoy hablando contigo, Cary Roque, cuándo vas a ser miliciana?". A lo que Cary ripostó: "Nunca, porque yo no nací para andar con un fusil arriba, yo tengo una carrera, una educación y me gustan los pantalones como ropa de sport, no como uniforme". El círculo se cerraba más.

Cary había prometido a su madre no involucrarse en actividades contrarrevolucionarias y trataba de mantenerse alejada. Pero las promesas se las lleva el viento cuando hay que tomar decisiones mayores. Conoció a Margot Roselló y de inmediata se produjo identificación política entre ellas. Margot y su hermana Mercedes conspiraban con el Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR). Cary comenzó a conspirar en acción y sabotaje.

"El 17 de abril de 1961 Margot y yo nos encontrábamos en la clínica Sagrado Corazón con Mercedes, quien había tenido un embarazo extrauterino. La casa de Mercedes, al lado del Parque Zoológico, era el cuartel general de operaciones, de ahí salían armas para el Escambray. Desgraciadamente, nuestro grupo fue infiltrado por un muchacho llamado Pepe Silva, a quien Mercedes defendía. Silva trabajaba en la Base de San Antonio de los Baños y tenía un contacto que nos suministraba granadas y armas. Nos denunció a todos y denunció la casa.

"En la clínica, Mercedes nos pidió que nos fuésemos para la casa porque Betty, su niña, estaba sola con la tata. Qué sorpresa nos llevamos. Allí estaba escondido un sobrino de Mercedes, fugado de la cárcel de Santa Clara. Y dentro de la casa todos estaban presos. La tata de la niña, asomada a la ventana de la cocina, nos abría los ojos, indicándonos que algo andaba mal, pero no nos dieron chance. Saltaron sobre nosotras con armas largas y al grito de 'Cogimos a las que esperábamos' nos apresaron. Hasta el abuelo de las Roselló, con las medallas de veterano de la Guerra de Independencia en su pecho, cayó preso.

"Tras permanecer ocho horas detenidos en casa de Mercedes, de madrugada nos llevaron para el MINFAR (Ministerio de las Fuerzas Armadas), donde nos esperaba Barba Roja, como le decían a Manuel Piñeiro y junto a él, Pepe Silva. Margot y yo nos miramos y pensamos: 'Bueno, se confirma lo que tanto dijimos y Mercedes negaba: Pepe nos ha denunciado'. Años más tarde, supimos que lo habían fusilado por robar armas para venderlas. Caer presas el 17 de abril, con todos los cuadros de la resistencia listos para cuando llegara la invasión, nos tomó por sorpresa, nos agarró desarticulados y sin información.

"Barba Roja me lanzó a la cara un montón de fotos tomadas por Pepe Silva durante un trasiego de armas, instándome a confesar que las mujeres en las fotos éramos Mercedes y yo. Yo hasta llevaba puestos los mismos espejuelos que en una foto, pero lo negaba una y otra vez. Fueron momentos muy duros. Fusilaron a muchos sin juicio. Por suerte, el esposo de Mercedes ni sabía que ella estaba conspirando, así que el infiltrado no pudo delatarlo. El pobre hombre estaba lívido al saber lo que estas tres mujeres venían haciendo en su casa y a sus espaldas. Así y todo, estuvo preso varios meses y salió loco.

"En aquellos días de Bahía de Cochinos, el paredón no dejó de funcionar. La consigna era 'Paredón, paredón, para saya y pantalón'. Todo preso que tú te encuentres hoy en Miami y que estuvo en La Cabaña en aquella época, te contará cómo llegaban a las galeras y decía: 'Tú, tú y tú, Fulano, Mengano y Zutano', sin juicio ni nada. Pero igual sucedía en cualquier estación de policía y en el MINFAR. A Mercedes la arrestaron en la clínica. Le querían quitar los sueros, transfusión y demás, pero su médico se les encaró y les explicó que ella estaba muy grave, tras haberla operado por un embarazo extrauterino. Dijo que la mantuvieran bajo custodia, pero que no la movieran. A Margot y a mí, por separado, nos llevaron para el G-2.

"Aquello era terrible, en un solo cuarto habíamos más de 70 mujeres. Me encontré con una conocida, Juanita, que trabajaba en la CMQ. A su esposo le ocuparon una planta de radio, logró escapar, pero la agarraron a ella. Allí comencé a conocer a quienes con los años se convertirían en mis hermanas. Gloria, mi verdadera hermana, trabajaba en la Pan American y la sacaron para Miami, no volví a verla en veinte años. Después de un mes en el G-2, junto con un grupo me trasladaron para una casa tapiada, a unas dos cuadras, creo que había sido la residencia de uno de los dueños de la tienda El Encanto. La habían subdividido en celdas, con dos literas en cada una. A mí me tocó compartir mucho tiempo con María del Carmen Muñoz y Grau, una muchacha muy inteligente que logró salir en libertad. Era de la Juventud Católica, de la Universidad de Villanueva y el Directorio, pero nunca lograron ubicarla y la soltaron. Ahí conocí a Reina Peñate y a Noelía Ramírez, a quien apodaríamos La Preciosa.

"Durante dos meses y medio estuve bajo interrogaroios constantes, de día y de noche, a veces me sacaban y me dejaban sola horas y horas, en un salón helado. El peor de los interrogadores, el más sinvergüenza, era Idelfonso Canales. Me presionaba mucho, amenazándome con fusilar a mi padre si yo no hablaba. Mis padres no sabían de mí desde el 17 de abril, seguro me daban por muerta. Pero Saturno se come a sus propios hijos y al igual que a Pepe Silva, a Canales lo fusilaron por traficar con dólares. Un día me dejaron ver a mis padres durante 15 minutos. Mi madre estaba destruida de los nervios y mi padre era un anciano: en un mes se había puesto blanco en canas. Le habían robado la vida. A su pregunta, les confesé que yo era culpable y que estaría presa por muchos años. No volví a ver a mis padres hasta que me trasladaron para Guanabacoa.

"El 22 de septiembre de 1961 se dictó nuestra sentencia en un juicio con Pelayito Paredón de juez y Flores Ibarra de fiscal, una combinación clave para la pena de muerte, que se la pidieron a 18 hombres y las condenas más severas para Margot y Mercedes Roselló y para mí. Fue un juicio desgarrador, con la sala atestada de familiares que gritaban cuando dictaban sentencia de muerte. Al finalizar el juicio, procedían a la apelación, a nosotras nos rebajaron las condenas a 20 años. Nos habían sentado en orden alfabético y a mi lado quedó Ángel 'Polín' Posada Gutiérrez, joven lleno de vida, revolucionario y ex capitán del Ejército Rebelde, para quien pidieron pena de muerte.

"Su esposa Norma Albuerne, presa y con tres meses de embarazo, quedaba en primera fila. Él me tomó la mano y apretándomela fuertemente me dijo: 'Lo único que voy a pedirte, Cary, es que la cuides y que mi hijo nazca en un país libre'. En ese juicio condenaron a muerte a Aldo Vera estando prófugo, al comandante Gonzalo Miranda, de la Marina de Guerra Revolucionaria le conmutaron la pena de muerte. Muchos venían del Movimiento 26 de Julio, era una conspiración netamente salida de las filas de la revolución. Era un juicio de mucha fuerza, por estar involucradas las tres armas, el Ejército, la Marina y la Policía. Importantes personalidades y varios embajadores estaban presentes, como el de Inglaterra. Tras cada sentencia de muerte, el preso quería abrazar por última vez a sus hijos, a su esposa, sus padres...

"Cuando terminó el juicio, los familiares se tiraron arriba de los que iban a fusilar y los policías, los cascos militares, a culatazo limpio nos golpeaban a todos. Los nuestros nos halaban para que no nos metieran en la jaula. Cuando a empujones nos montaron en la jaula para llevarnos a la cárcel de Guanabacoa, los familiares le cayeron atrás, mientras se oían los gritos de los que iban a fusilar. Horrible, horrible. Éramos 110 acusados y casi 400 familiares. Nunca olvidaré la cara de mi padre apretándose los puños y mordiéndose los labios, cargado de impotencia.

"En un nuevo traslado de Guanajay para Guanabacoa, nos pusieron con un grupo de las comunes, Ya habían reformado Guanabacoa y tenía un muro. La parte de atrás estaba repleta de las comunes y nosotras éramos 30 y pico en la galera 4. En la 5 estaba sola, separada, La Niña del Escambray. Todos los días hacían recuentos.

Un día cuando al fin había logrado baño, me estaba bañando cuando un miliciano me gritó que saliera para el recuento. Yo le dije: 'No, yo no puedo salir desnuda, por lo tanto, cuéntame desde aquí si quiere y si no, no me cuentes'. A los tres días nos llamaron a una corte disciplinaria. Llegaron cuatro milicianos al patio y nos hicieron un juicio por indisciplina y nosotras lo rechazamos, no lo admitimos. Aquello terminó a piñazos. Entró la guarnición y a ocho nos mandaron para las tapiadas: Gladys Hernández, Riselda 'La Chavala' Martínez, María Magdalena 'Maruca' Álvarez, María Amalia Fernández del Cueto, Teresita Vidal, Dora 'Japón' Delgado, Olguita Morgan y yo.

"Una tapiada de Guanabacoa es como una bartolina, con una hermética plancha de hierro por puerta, tiene un muro como cama de piedra y en el piso un hueco con dos planchitas de concreto, llamadas 'patines', para poner los pies, agacharte y hacer tus necesidades, cuando puedes y las ratas no te saltan desde el hueco para morderte. Del techo cuelga una cadena para soltar agua sobre ese hueco y es el mismo hueco donde cae el agua para bañarte, cuando te dan agua. Estando allí con Teresita Vidal se tupió el hueco aquel, salió el excremento y nosotras pidiendo a gritos que nos sacaran de aquella podredumbre que ya nos llegaba a las rodillas. Nos tuvieron así 48 horas, nos sacaron y nos llevaron para otra tapiada donde estaba Gladys Hernández. Nos turnábamos para dormir en la cama de piedra y las otras dos nos poníamos en cuclillas junto a la pared, porque no había espacio para sentarnos en el piso y estirar las piernas.

"Las celdas tapiadas de Guanabacoa tienen una peculiaridad sobre las de otras cárceles: son soterradas. Están bajo tierra, a mucha profundidad y sin ventilación, con una humedad indescriptible, por eso las llaman Los Pozos. Estuvimos un mes completo. Cuando cumplimos el castigo y nos regresaron a la galera, María Amalia me confió que tenía un plan de fuga. Se lo dijimos a las del grupo nuestro, Mary Martínez Ibarra, Japón y La Chavala. María Amalia tenía un contacto, una miliciana, para pasarle una segueta dentro de un colchón. Todo funcionó a la perfección. Durante una semana segueteamos los barrotes de la ventana sobre la cama de Japón, y para que no se oyera el ruido, las muchachitas cantaban o hablaban en voz alta. Entonces, ya en plan de fuga, nos trajeron a Aida Valdés Santana, que era de la microfracción, grupo de la vieja guardia comunista, molesto con la línea unipersonal con que gobernaba Fidel Castro. Nos llamó la atención que en vez de llevarla con Hilda Felipe y su gente a una cárcel especial, nos la plantaran, para que ella contara cómo pensábamos, cómo vivíamos.

"Entra la miliciana y nos dice: 'Aquí tienen a una presa que no es igual que ustedes porque ella es comunista arrepentida y por eso está aquí'. Aida aclaró su posición y le dijimos: 'Nosotras creemos que los comunistas te trajeron para acá pensando que íbamos a comerte por una pata porque eres comunista, pero aquí hay un respeto absoluto al derecho de cada como ser humano. Tienes tu espacio, pero aquí hay leyes, aquí no se chismea con ellos, no se habla con el verdeolivo. O tu eres plantada o te tienes que ir'. Pero teníamos la fuga metida por el medio. Yo me senté frente a Aida Valdés Santana y se puso más blanca que una vela. Le dije: 'Mira, tu ves esa ventana? La estamos segueteando. Nos vamos cinco y el resto lo sabe. Llevamos juntas muchos años y no desconfiamos unas de otras. Si esto se sabe es por ti y tu cabeza rueda por el polaco (el hueco)'. Se llenó de pánico, si la llamaban para ir al médico se negaba a ir sola, pedía que la acompañara otra presa, para tener testigos de que ella no hablaba.

"Yo sí creo que ella era del G-2, pero no delató la fuga. Eventualmente la sacaron de entre nosotras y la pusieron en la otra galera con La Niña del Escambray y Polita Grau, que ya había llegado. La Niña tuvo a Aida entre ceja y ceja desde el primer momento y a pesar de su hermetismo, tuvo con ella una fuerte bronca y alertaba a Pola: 'Te la han echado para conocer cosas de tu causa que el G-2 no pudo averiguar'. Fue una presa común, una negrita llamada Ileana Ruiz Terry, la que nos ayudó en la fuga, amontonando arena bajo la ventana por la cual nos tiraríamos desde la tercera litera. Al ser la más alta y delgada del grupo, salí la primera, descolgándome por una sábana para ir recibiendo a las otras en la caída. Como La Chavala era gordita, dos tendrían que subirla al techo.

"El primer guardia estaba borracho como una uva porque se había vaciado una botella de ron. Cuando Mary Martínez se agarró al techo, esa parte estaba rota, cayó sobre un cable de 220 que le quemó la nariz, le partió la boca y la lanzó por el aire contra el pavimento. El choque hizo parpadear las luces y esto alertó a los guardias. Japón era la única que ya estaba sobre el techo y pudo haberse fugado, pero al vernos imposibilitadas de seguirla, no quiso brincar el muro. Empezaron a tirarnos fuerte durante varios minutos, nuestras compañeras les gritaban Asesinos, asesinos... De nuevo para las celdas tapiadas. Para colmo de males, cogimos piojos. Japón y yo nos pelamos al rape con unas tijeritas. Si daban visita era cada seis meses, si daban jabas eran cada seis meses también".

lunes, 6 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (IV) Vivian de Castro



Vivian de Castro

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Viviana Fernández Rodríguez, popular actriz de radio y televisión de la CMQ, tenía una extensa trayectoria profesional en México, donde era admirada y públicamente conocida como Vivian de Castro. Madre de dos hijos, la llegada de Fidel Castro al poder fue fuente de honda preocupación en su vida. Buscó asesoramiento político entre personas más experimentadas que ellas, como el Dr. Alvaro de Villa, destacado intelectual y autor teatral.

Vivian comenzó a conspirar con varias organizaciones y casi sin darse cuenta, accedió al pedido de una colega, China Lee, de ocupar su lugar y subir al Escambray para entrevistarse con los insurrectos que tenían dificultades con el suministro de los armamentos. Su asociación con grupos del clandestinaje le había permitido visitar casas donde estaban escondidas armas que podrían hacerse llegar a los alzados. Se convirtió en una mujer arriesgada. Era vistosa, de palabra fácil, reconocida por el público: ante las autoridades no tenía el perfil típico de una clandestina.

Era el contacto ideal para no levantar sospechas. Tras un breve incidente que demoró su reunión con un joven que la acompañaría y que posteriormente fuera fusilado, el 3 de ooctubre de 1960 logró subir al Escambray y entrevistarse con Osvaldo Ramírez, líder de la operación. Para protegerla, Ramírez le dio el sobrenombre de 'Margarita'.

Producto de una delación, súbitamente, el grupo es emboscado, en lo que se conoció como "el primer cerco del Escambray". Acosados por una abrumadora mayoría, que incluía personal fresco traído de La Habana, se desata una violenta batalla, muchos alzados logran huir y otros son capturados. Vivian trata de adentrarse en la montaña con algunos alzados, pero alguien la agarra por el pelo y la obliga a esconderse. De los apresados, cinco son fusilados, incluyendo a Osvaldo Ramírez. Vivian es arrestada en Topes de Collantes.

La envían al hospital local, donde la mantuvieron varios días aislada, durmiento en el suelo, sin asearse y recibiendo una mísera comida al día. Después la llevan a la cárcel de Santa Clara y tras un violento interrogatorio que duró dos días, la encarcelan con presos comunes. A los dos días la llevan a juicio , junto con casi 200 hombres. La sentencian a 15 años. Al día siguiente, acompañada por un militar y otra presa, la trasladan a la prisión de Guanajay.

"Cuando me agarraron, a los guajiros les grité que yo era una artista y me identifiqué. Aquello corrió como la pólvora para disgusto de mis captores que comentaban: 'Ya todo el mundo sabe que Vivian de Castro fue apresada y eso no nos conviene'. Nunca se confirmó que había otra mujer. Me lo contó un guardia que me estaba cuidando y me dijo: 'Usted sí es bonita, la otra que está presa es fea'. Nunca la llevaron a juicio, quizás como era desconocida la desaparecieron. No sé qué hicieron con ella. Ya en Guanajay me concedieron la primera visita. Le pedí a mis padres y hermanos que sacaran a mis hijos de Cuba. Mi hijo mayor, de 12 años, se iría con su padre a México, donde vivía hacía años. Él era cubano, compositor y director de orquesta. El pequeño, de 5 años, quedaría al cuidado de mis padres y hermanos. Mi hermana me consideraba un 'pájaro de mal agüero' y se negaba a aceptar que yo pasaría largos años presa. Llegar a Guanajay y mirar aquellas ventanitas repletas de mujeres con las cuales tendría que compartir muchos años de mi vida tuvo un impacto imborrable en mí.

"Allí encontré amigas afines y otras no tan afines, pero todas nos ayudamos y nos mantuvimos unidas en la mala. Comulgáramos o no con ciertas actitudes, todas nos respetamos y nos respaldamos. Teníamos una cosa muy importante en común: el amor a la patria, el amor a la libertad. En mi grupo inmediato estaban Ana María Rojas, la Dra. Isabel Rodríguez, Lydia Herrera, Sinesia Drake, Esther Ferro, Mechito Rodríguez, María Isabel López, La Gallega, que vive en Australia y fue como una hermana para mí. Párrafo aparte es Pola Grau. De ella tengo un recuerdo muy especial, porque me dio valor y una gran lección estando juntas durante un castigo en Guanajay.

"Yo no era pobre paupérrima, pero nunca fui rica. Pola sí fue una mujer rica y hasta vivió en el Palacio Presidencial, cuando fue primera dama como sobrina del presidente Grau. Un día, sentadas frente a frente, nos entregan un plato de harina llena de gusanos, no había quien se la tragara. Las lágrimas me caían dentro del plato. Y Pola, que había comido en los mejores restaurantes del mundo, con la cabeza en alto y sin mirar el plato se tragaba una cucharada tras la otra. Fueron 10 años de castigos crueles, a veces unos más largos que otros, como el que duró tres años, entre el traslado a Baracoa y al regreso, el encierro en celdas tapiadas".

Cuando sale de la cárcel, se encuentra que su madre ha muerto, su padre está casi ciego y su hermano se ha apropiado de la casa y todas las pertenencias de ella y de su hermana. Le dice que Fidel se la había regalado, que ella ya no tiene nada. Sin hogar y sin familia, acepta irse a vivir con Ramón Rey (ex preso hijo de españoles a quien había conocido en prisión) y sus padres. Pero con la condición de no casarse en Cuba, para no complicar sus respectivas salidas del país.

Vivian llega a Miami en 1977 y sufre el rechazo de sus hijos. Y la salida de Rey de Cuba no se produce hasta abril de 1979 y cuando llega a Miami parece un espectro. En el aeropuerto, Rey le pregunta quién está primero, sus hijos o él. Ella le responde: "Te ganaste el primer lugar, porque mis hijos me han abandonado". Pero el distanciamiento y las constantes recriminaciones de los hijos atormentan a Vivian hasta el borde del suicidio. Con un valor extraordinario, ella es la que rompe los lazos y renuncia a todo vínculo con sus hijos. Es entonces cuando comienza a rescatarlos.

Los años de cárcel fueron años de maltratos y sufrimientos para Vivian, pero para sus hijos fueron tiempos muy duros también, sin su madre, con una familia fragmentada, sin orientación. Poco a poco, Vivian y su hijo mayor residente en México con su esposa e hijos, han emprendido un largo camino de comprensión y respeto mutuo.

viernes, 3 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (III) Manuela Calvo



Manuela Calvo

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Fundadora del Movimiento Demócrata Cristiano en 1959 y coordinadora nacional del Movimiento Femenino por la Democracia Cristiana, Manuel Calvo, mujer de aspecto gentil, pero de fuerte temple, concentró sus esfuerzos en escribir y repartir proclamas mimeografiadas, relacionadas con la ley de la patria potestad y encontrar casas para esconder a muchachos perseguidos, transportarlos, buscarles asilo en embajadas y sacarlos de Cuba.

'Juana', nombre con el cual Manuela era conocida dentro de su movimiento, fue arrestada por primera vez como presunta cómplice en la fuga de varios jóvenes, seguidores del comandante Huber Matos en la Sierra Maestra que estaban cumpliendo prisión en el Castillo del Morro. Cuando Matos fue apresado y acusado de 'traidor a la revolución', esos jóvenes también fueron detenidos. El padre Testé, párroco de la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar, en El Cerro, pidió permiso para visitarlos y ofrecerles confesión, mientras se preparaba la fuga. Cuando ésta se produce, Manuela esconde a varios temporalmente. En ese primer arresto, a Manuela no pueden probarle nada.

"Una vez cumplida esa labor, por toda la Isla me dediqué a organizar el movimiento femenino y a escribir y distribuir el boletín. El Dr. José Ignacio Rasco fue uno de los fundadores de la Democracia Cristiana y en el Diario La Marina publicó unas declaraciones. Después Rasco salió al exilio, la Democracia Cristiana pasó a la clandestinidad. Yo seguí haciendo y distribuyendo proclamas en las iglesias, que una y otra vez eran copiadas, para un efecto multiplicador. En esas actividades estaba yo cuando el 7 de septiembre de 1960 me detuvieron en el aeropuerto de Santiago de Cuba. En ese viaje conocí a Jorge Mas Canosa, entonces tenía 17 años. Jorge salió clandestino de Cuba, si lo cogen, lo hubieran fusilado. En ese viaje a Santiago, paré en el domicilio de la familia de Pepín Fernández Badur y cuando estaba sentada en el aeropuerto, acompañada por el abogado Dr. Ulises Calzado, quien también regresaba a La Habana, un militar me dice: 'Venga conmigo, tengo una orden de registro, no sabemos por qué usted está aquí'.

"Agarré mi maletín en el que solo llevaba una muda de ropa y le contesté: 'Ah, pues se lo digo, acabo de venir de El Cobre en un carro de alquiler'. Ripostó: 'Pero el día de la Caridad es mañana y no hoy'. A lo que yo respondí: 'Sí, es verdad, es mañana, pero no me meto en el molote que va a haber ahí. Solo vine a cumplir una promesa y ya me voy'. Me registró y al no encontrar nada, me dejó ir. Al pasar junto al Dr. Calzado entre dientes le dije: 'No te sientes junto a mí en el avión'. En el aeropuerto de La Habana me esperaba Pepín Fernández Badur, al verlo le dije: 'No me sigas, me voy por otro camino'. Trabajábamos de esa forma, para no compremeter a nadie.

"El 13 de octubre de 1960, a las doce de la noche, tocaron a la puerta de mi casa, con ese toque especial, temido y esperado. Estaba divorciada y vivía con mi hija de 18 años y mi madre. Cuando abrí la puerta, me dijeron: 'Nos tiene que acompañar, tenemos que hacerle unas preguntas, enseguida regresa'. Yo pensé 'veremos', pero dije: 'Está bien, y cuál es la razón?'. 'Es tan solo una investigación, unas preguntas que le queremos hacer', fue la respuesta.

"Llegamos al G-2, en Quinta y 14, Miramar y me tiraron como un fardo. No me llamaron en todo el día siguiente. En la noche comenzaban los interrogatorios, bajos luces y más luces, con un frío inaguantable, a punto de congelación. Viene uno y te pregunta y vienen otro y otro, todos acosándote de preguntas y tú negándolo todo... A los tres días de estar en el G-2, durante un interrogatorio quitaron el frío y escuché unas pisadas que pasaban y tuve una corazonada de que era ella, mi hija. Entonces vino un tipo llamado Casanova y me dijo: 'A su hija la tenemos al lado y dice que usted está conspirando', a lo que yo contesto: 'Mire, ella no puede decirle eso, porque yo no estoy con el gobierno, pero no estoy conspirando'. Y nos enfrascamos en una discusión.

"Quinta y 14 era la típica residencia de Miramar, con el garage separado y cuartos para la servidumbre. En los altos mantenían detenidas a las mujeres y en los bajos a los hombres. En ambos pisos se oían toda clase de gritos, angustiosos lamentos y golpes en las paredes, para desestabilizarnos. Allí llevaron a mi hija y cuando nos reunimos me dijo: 'Mima, me han vuelto loca, pero yo no sabía nada de lo que me preguntaban'. Ésa era mi tranquilidad, siempre la mantuve al margen. A los tres días la soltaron y le dijeron: 'Váyase a cuidar a su abuela'.

"Llevaba doce días en el G-2 cuando agarran a Nancy Ibargollin, una joven que cumplió allí los 18 años y a quien no lograron sacarle una palabra, fue una tumba. Nancy cantaba muy bonito y para acallar su angustia, se ponía a cantar. Entonces 'Furry' (Abelardo Colomé Ibarra), que en esa época estaba de jefe del G-2, le mandó a decir que si cantaba, la iba a meter en el calabozo. Las persianas ésas que tenían las ventanas en Cuba las habían clavado, pero algunas no cerraban bien y por ahí veíamos a los hombres y mujeres que traían. Aquello era un desfile constante, día y noche. Así vimos cuando trajeron a Jesús Carreras y a William Morgan, posteriormente fusilados.

"Sin celebrarme juicio, me llevan para la cárcel de Guanabacoa y luego para la de Guanajay, pero me devuelven porque no nos habían enjuiciado. Mi hija insistió en que tuviera un abogado, el Dr. Carro, pero ni siquiera lo dejaron hablar. Olvidé su nombre, pero el nombre que no olvido es el del fiscal Armando Torres Santrail, un abogado negro, alto, creo que después lo enviaron como embajador a un país africano. El presidente del tribunal era Pelayo Fernández Rubio. Le decían Pelayito Paredón. El juicio duró un día entero, nos juzgaron a dos mujeres y a trece hombres, quince en total. Nos vejaron, nos insultaron y nos dijeron horrores. A una parte de los hombres los condenaron a 25 años, al resto a 9 y a las dos mujeres a 6 años de prisión.

"A las dos mujeres nos llevan para Guanabacoa. Era el Día de las Madres, en mayo de 1961, y fue el día de las mangueras y los golpes. Todavía con las madres y los hijos de las presas de visita, nos entraron a manguerazos y chorros de agua tan fuertes que nos hacían rodar por el piso. Nos llamaron por una lista y a chorros de agua nos metieron en guaguas colegiales y nos llevaron castigadas para Guanajay, pero allí se formó la debacle. Éramos unas 25, entre ellas Beba Canaval, Clarivel Hernández, Nancy Ibargollin, Zeida Cuesta, Minín Hernández, Hilda Pelegrín, Estrella de Oro, Berta Portillo, Violeta Blanco y la americana Geraldine Chapman.

"A la semana de estar en Guanajay quitaron a la directora Leila Vázquez. Nombraron a una señora de color, María Argüelles, comunista por convicción y convencida de que nosotras estábamos equivocadas. Le explicábamos que ese sistema no servía y en esa lucha pasamos mucho tiempo. Nada cambiaba. Nos quitaban las visitas y las cartas, nos hacían requisas y se llevaban lo poquito que dejaban pasar: azúcar, gofio, leche condensada y, a veces, carne asada que picoteaban para revisarla y nos llegaba hecho un asco. Hubo una fuga de siete presas políticas, cuando un pabellón se quedó sin llave y le pusieron un candado con una cadena, la cadena se partió y se pudo abrir. Caía uno de esos aguaceros que no permite ver ni a dos metros y se fugaron Nancy Ibargollin, Hilda Pelegrín, Raquel Romero, Dora Victoria Reyes Gómez, María Antonieta López y Vivian de Castro. Milagros Bermúdez tuvo que quedarse quieta en el suelo, pegada al muro, porque en ese momento escampó y la posta recomenzó su recorrido. Cuando descubrieron la fuga, empezaron a desmochar cuanta mata había en el penal y nosotras a cantar: 'Ahí no están, no las busquen en las matas que ya se fueron".

"Cuando nos trasladaron de la cárcel de Baracoa a la de Guanajay, nos despidieron haciendo burlas de que en Guanajay no llovería, en respuesta a nuestros rosarios y oraciones en el patio. A culatazos y empujones nos montaron en dos camiones hasta Santiago de Cuba. Cuando pasamos por Guantánamo gritamos que éramos presas políticas y el pueblo entero salió a la calle. Nos escoltaron 'caballitos' de la policía en motocicletas, pero nosotras no paramos de gritar 'Somos presas políticas', 'Hay que tumbar este gobierno', 'Fidel Castro, asesino', 'Abajo el comunismo'. La gente se amotinaba en las esquinas. Nos llevaron hasta el aeropuerto de Santiago y de allí viajamos hasta el aeropuerto militar de las FAR, para no entrar a La Habana por el aeropuerto de Rancho Boyeros.

"Del aeropuerto militar nos llevaron para Guanajay, hacinadas en el piso de un camión, cubiertas con la misma loneta. Cuando llegamos a Guanajay, colocaron el camión bien pegado a la reja del pabellón y empezaron a bajarnos a pescozones. Nos dieron golpes y gaznatones de todo tipo. La pobre Reina Peñate se cayó al bajarse y ya en el piso le dieron patadas. Así, a golpes, nos metieron en las celdas, cada una tenía tres colombinas sucias y rotas, sostenidas una sobre la otra. Había una con un hueco tan grande, que la de abajo apenas podía moverse, por si la de arriba le caía encima. Allí pasamos tres meses, sin visita, sin ver el sol. El único alimento era un panecito duro y un pozuelito de agua de frijoles que nos daba a las 3 de la tarde, hasta el próximo día a la misma hora.

"La salud de algunas no resistió, se desamayaban y hubo que inyectarlas. A los tres meses me sacaron de la galera, pero tuvieron que llevarme directo a la enfermería y ponerme un suero, no me podía levantar. Ahí empecé con pérdida de memoria y las migrañas que sigo padeciendo. Las presas comunes pudieron disfrutar de la capillita del reclusorio donde un sacerdote iba a celebrar misa, pero cuando llegamos nosotras, las políticas, la desmantelaron y en su lugar pusieron un taller de confecciones, al que nos obligaron a ir a trabajar cuando terminó el castigo.

"Allí hacíamos uniformes para el ejército y, de paso, hacíamos horrores. Como yo no entendía la máquina de coser Merrow, me pusieron a cortar y si me tocaba la talla 38, la convertía en 32. Las que trabajaban en el huerto se achicharraban al sol, dando pico y guataca, pero cuando podían, también hacían diabluras... Saboteaban las siembras, se robaban frutas y verduras y nos las llevaban escondidas entre los muslos. 'La valija diplomática' le decíamos a la original forma de traernos esos productos".

miércoles, 1 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (II) Mercedes Chirino



Mercedes Chirino

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Muy pronto, los desmanes de los barbudos bajados de la Sierra Maestra. Lentamente, y desde oriente hacia occidente, avanzaba la columna del triunfo, con Fidel Castro como desafiante mascarón de proa sobre un tanque de guerra. Sin asesoramiento legal, los tribunales revolucionarios impartían sentencias de muerte a diestra y siniestra, a todo lo ancho y largo de la Isla. Solo bastaba que se alzara un índice acusador, para llevar a un pobre diablo ante el pelotón de fusilamiento o para imponerle a un inocente injustas y desmesuradas condenas carcelarias.

Una de las primeras víctimas de esa infamia fue Mercedes Chirino, destacada líder obrera del sector tabacalero. Huérfana desde los 6 años, ella y sus hermanos sufrieron miseria y desde muy joven tuvo que trabajar en las vegas de tabaco para sobrevivir. Los votos de sus compañeros la convirtieron en dirigente laboral. Tras una ardua lucha, ella logró que las jóvenes obreras recibieran un aumento por la picadura de tabaco, que se pagaba a cinco centavos. Cuando se desploma el gobierno de Batista, el 1 de enero de 1959, Mercedes tenía preparada una asamblea con la participación de las provincias tabacaleras de Pinar del Río y Las Villas, pues había logrado un aumento de hasta 20 centavos en el interior del país (en la capital, la picadura no se cortaba, solo se despalillaba).

En reconocimiento a su liderazgo, Mercedes había sido invitada a formar parte del Consejo Consultivo del presidente Fulgencio Batista. Ese nombramiento le costó el arresto por las huestes fidelistas en enero del 59 y el encarcelamiento en Mantilla, en La Habana, hasta marzo de 1961. Después de ser puesta en libertad, se esconde en casa de su antigua secretaria, Gloria Mejía. Para no comprometer a la familia, Mercedes se entrega a los rebeldes.

Es nuevamente arrestada, pero esta vez la llevan al tenebroso G-2, acusada falsamente por unos presuntos compañeros de Caimito del Guayabal, región que no era tabacalera y jamás visitada por Mercedes. Esposada y custodiada por seis hombres armados con fusiles, Mercedes fue paseada en humillante desfile por la Avenida de Rancho Boyeros y calles aledañas, sin permitírsele a su hermana y otros familiares tener acceso a ella. De allí, a Mercedes la llevaron en un carro patrullero hasta el G-2, donde permaneció incomunicada por varios días, y es testigo de las escenas de horror que caracterizaron ese antro infernal.

"Fui enviada a la prisión de Guanabacoa, pero al producirse el desembarco en la Bahía de Cochinos, en abril del 61, me trasladaron de nuevo al G-2, donde tuvo lugar un encuentro muy interesante. Cuando en 1959 estuve presa en Mantilla, cerraron el barrio de Colón (zona de tolerancia de La Habana). Durante la redada, a estas mujeres les dijeron horrores de Raquel Valladares, de mí y de las demás presas políticas, para provocar choques, pero no lo lograron. Una a quien llamaban Julita Macho, le pidió un favor a mi hermana, quien se lo hizo sin aceptar un centavo. Me trasladaron nuevamente para Guanabacoa y me pusieron con las presas comunes. El Dr. Labrit, que me había operado de un seno en el Instituto del Cáncer, trató de verme, pero no lo dejaron. Cuando me entraron a la galera, me aferré a la reja y así pasé toda la noche hasta que amaneció, temblando y haciendo mis necesidades.

"Aún prendida a la reja, veo aparecer una mujer, la reconocí y grité: 'Ay, es Julita Macho'. Ella se paró y cuando me reconoció, amenazó a las comunes: 'Oigánme todas, quien toque a esta mujer que se dé por muerta'. Era una mujer de la calle, una cualquiera, que quiso protegerme en medio de aquella terrible galera. Mentiría si dijera que ellas se metieron conmigo o me trataron mal, pero la galera de las comunes era horrible, mujeres de la peor ralea. Cuando las presas políticas supieron que yo estaba junto con las comunes, gritaban: 'Mercedes no puede estar ahí, sáquenla de ahí'. Tras mucho batallar, mi abogado, el Dr. Tamayo, logró cambiarme para la galera de las políticas.

"Un mes más tarde volví a mi casa. La habían saqueado. Allí guardaba las compras que yo iba haciendo a fines de año, para repartirles juguetes a los niños y darle ropas y zapatos a mis compañeras en el campo. Siempre protegía a los míos, en lo oficial y en lo particular".

En 1995, Mercedes tenía 84 años, su salud estaba muy quebrantada y la vida se le escapaba entre las manos, sin haber podido regresar a sus amadas vegas de tabaco en Las Villas, su provincial natal.

Nota.- Como de unas ex presas se localizan fotos y de otras no, hayan fallecido o la vida les haya regalado más tiempo, los 14 posts a ellas dedicados los encabezaré con flores de mariposa. Su nombre científico es Heychium coronarium y el 13 de octubre de 1936 fue elegida Flor Nacional de Cuba. Su blancura representa la pureza de los ideales independentistas, es símbolo de la paz y su color blanco está presente en las franjas de la bandera nacional. Sus flores, unidas al tallo central simbolizan, la unión de los cubanos. Es también paradigma de la gracia y la esbeltez de la mujer cubana. Se cuenta que durante las guerras de independencia en estas flores, prendidas en velos y mantones, se escondían mensajes que aguerridas compatriotas llevaban al Ejército Libertador (TQ).

lunes, 30 de marzo de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (I)



Olvidar no se debe. No se puede. Sobre todo a quienes en los primeros años de la llegada al poder de Fidel Castro pagaron con su vida su oposición a un régimen que presentían totalitario (y no se equivocaron). O que fueron a parar a las cárceles, no detenidas por varias semanas o meses, si no en ocasiones por largos años.

Si duros fueron esos años en prisiones diseminadas por toda la Isla para los hombres, más duros aún lo fueron para las mujeres. A partir de hoy y hasta el viernes 1 de mayo, recordaremos a algunas de aquellas cubanas que fueron arrancadas de sus familias por el solo hecho de no querer que Cuba fuera gobernada por un ejército de barbudos que vestían de verde olivo, pero al aliarse a los viejos comunistas y a la URSS, se colorearon de rojo.

Mi agradecimiento a Nelson Rodríguez, preso político de la Causa 43/1962, y a Frida Masdeu, refugiada política, los dos residentes en Estados Unidos, por haberme enviado por correo la primera edición de libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, publicada en enero de 1995 por el Fondo de Estudios Cubanos de la Fundación Nacional Cubano Americana.

"La obra de Mignon Medrano refleja fielmente el calvario del presidio político cubano. Leyéndola, mi mente recorrió cárceles, prisiones y campos de concentración. Jamás se ha maltratado a las presas políticas con tanta crueldad como a la mujer cubana; espantosa fue y aún es la odisea que estas heroínas han sufrido. En sus interminables años de cautiverio lo entregaron todo por la libertad de la Patria: hogar, juventud, vida. Para ellas, nuestro eterno respeto y reconocimiento". Mario Chanes de Armas, combatiente revolucionario y preso político plantado durante 30 años.

Frida y Nelson también me enviaron el Calendario 2015 dedicado a las ex presas políticas cubanas y del cual reproduzco algunos testimonios, nombres y datos.

"Estas heroínas del presidio político cubano desde el inicio de la tiranía comunista en Cuba la enfrentaron, fueron las seguidoras de nuestras mambisas. Fueron víctimas de los peores maltratos, golpizas, aislamiento, hambre, sed, sin visitas ni atención médica. Son la verdaderas protagonistas en esta etapa por la democracia, la justicia, los derechos humanos y la plena libertad". Nelson Rodríguez

"En las golpizas, con fracturas de huesos y heridas, durante el traslado de las presas políticas de la cárcel de Guanabacoa a la Guanajay participó Manuel Martínez, director de Cárceles y Prisiones, junto a otros oficiales esbirros del Ministerio del Interior. Entre otras, fueron golpeadas Isabel Molgado, María Julia Martínez, Clara González, Gladys Chinea, Gladys Suárez, Zoila Águila, Esther Castellanos, Miriam Ortega y María Magdalena Álvarez".

"El dolor de cada una era el de todas. Nos sostuvo la fe, la convicción de nuestras ideas, el amor de nuestras abnegadas familias, el apoyo de quienes padecían a nuestro lado y llegaron a ser verdaderos hermanos. Trataron de destruirnos física y espiritualmente -y aquí estamos-, damos gracias a Dios de no sentir odio, pero sí legítimas ansias de justicia". Teresita Bastanzuri Barrios

"La mujer cubana, una vez más en la historia de Cuba, demuestra su valentía, coraje y sacrificio a la Patria. Cuba es una isla pequeña y uno de los pocos países del mundo donde mayor cantidad de mujeres han pasado por las cárceles, desde menores de edad hasta ancianas. Han sido golpeadas, encerradas en celdas tapiadas, incomunicadas y torturadas psíquicamente para arrancarle confesiones. Y para hacerle más duro el castigo, las privaban de la visita familiar y el aliciente de recibir una carta y un abrazo. Muchas vivieron, sufrieron y vivieron sin ver sus esfuerzos coronados por la Libertad. Por Cuba y por las que no están, seguiremos adelante". Isabel Tejera García

"Nadie imagina el horror hasta que vive el tormento del encarcelamiento, las torturas, vejaciones y maltratos. Nuestro delito: querer una Cuba libre de tiranos. El castigo: tapiadas en estrechas y húmedas celdas sin luz y poco agua, altoparlantes con bocinas al máximo volumen de 4 a 6 horas cada día. Buscaban quebrar nuestra entereza. No lo lograron. La búsqueda de la libertad jamás será detenida por la brutalidad de las bayonetas de los verdugos. La libertad se conquista, no se implora y puede costar hasta la vida.

Lo hicimos por nuestros hijos, por nuestro pueblo. Por un futuro sin odio y con justicia". Fidelina Fernández.

"El 24 de julio de 1961, estando detenida en la Seguridad del Estado, en 5ta. Avenida y 14, Miramar, vi ahorcada a la madre de Carlos Salabarría, llamada Sarah Rodríguez. Ella se ahorcó debido a las torturas de los interrogatorios, donde le aseguraban que fusilarían a su hijo que se encontraba detenido". Irene Ardavin

"En 1964 ante el tribunal número uno de La Cabaña y la causa 119, acusados de 'atentar contra los poderes del Estado', fuimos juzgados y condenados mi hermana Aleja, mi hermano Víctor y yo. La condena fue de 30 años para Aleja, 6 para Víctor y 6 años también para mí. Mi hermano y yo cumplimos nuestras condenas y permanecimos en Cuba en espera de Aleja, que estuvo presa hasta cumplir la mitad de su condena original. Por gestiones del gobierno de Estados Unidos se permitió salir de Cuba a presos políticos y sus familiares. En junio de 1979 llegamos a este gran país al que respeto mucho por sus libertades. Soy de las que piensan que lo más importante que tiene un ser humano en la vida es la libertad". Juana Sánchez Alejo

"Por los años 70, estando en la granja América Libre, nombre muy mal puesto, llegó la miliciana Angela Caly y comenzó su acostumbrado recuento. Lo realizó dos veces y al momento vinieron más milicianas. Nos enteramos que supuestamente faltaba una presa, enseguida llegó la guarnición de hombres y mujeres con palos, bates y todo lo que encontraron en su camino. Recuerdo al sargento Carmenate, un hombre alto y fuerte, que todo lo que tenía de fuerte lo tenía de maldad, en sus manos gigantes traía un bate y a batazos preguntaba quién se fugó. Así siguió hasta que llegaron los bomberos con chorros de agua, nosotras con toallas en el cuello por los gases lagrimógenos. Aquello terminó con muchas presas golpeadas, pero realizaron una nueva requisa y lo más curioso fue que nadie se había fugado". Gladys Ruisánchez

Listado, incompleto, de ex presas políticas cubanas:

1) Nora Ríos. Causa 101/1959, condenada a 30 años.
2) Manuela Calvo. 461/1960.
3) Teresa Vidal. 585/1960.
4) Hilda Pelegri. 892/1960, 9 años, La Habana.
5) Gloria Argudín Moreno. 829/1960. Fue la primera mujer detenida en la zona guerrillera del Escambray y llevada a Tope de Collantes, donde fue acostada en una camilla donde la amarraron y la inyectaron, durmiéndola. Al despertarse se encontraba entre dos cadáveres. El de la izquierda era el de Orlando Blanco González, el otro no lo supo identificar. Había un mal olor terrible, debido a que los cuerpos estaban ya en descomposición.
6) Zoila Álvarez Hernández. 20/1960, 20 años, Holguín.
7) Dra. Isabel Rodríguez. 588/1960.
8) Dra. Caridad Vega. 588/1960.
9) Vivian de Castro. 302/1960. 15 años, La Habana.
10) Alicia del Busto. 561/1960.
11) Hilda Pérez Dopico. 549/1960, 9 años.
12) Teresa Pérez Pous. 585/1960.
13) Sixta Roque. 51/1961.
14) Isabel Hernández. 13/1961, 10 años.
15) Fidelina Fernández. 369/1961.
16) Ana María Rojas. 135/1961, 6 años, Mayarí.
17) Gladys Hernández, 81/1961. 30 años, Marianao.
18) Celeste Roque. 511/1961, La Habana.
19) Gladys Martínez. 866/1961, 9 años.
20) Mary Santos. 135/1961, 6 años.
21) Magdalena Fernández. 29/1961, 4 años.
22) Nereyda Polo. 295/1961, 30 años.
23) Concepción Bello, 78/1961, 30 años.
24) María Julia Martínez, AB/1961, 9 años, Pinar del Río.
25) Esther Castellanos Collazo. 360/1961, 30 años, La Habana.
26) Haydée Álvarez. 866/1961.
27) Adelma Arenado Elías, 135/1961.
28) Angela Álvarez Álvarez. 353/1961.
29) Gisela Santos. 510/1961.
30) Ilya Herrera, 102/1961, 30 años.
31) Reina C. Peñate de Tito. 214/1961, Oriente.
32) Nélida Rodríguez Collado. Causa abierta 1961.
33) Cary Roque. 238/1961, 20 años.
34) Milagros Bermúdez. 102/1961.
35) Mercedes Roselló. 238/1961.
36) María A. Fernández del Cueto. 477/1961, 20 años.
37) Débora Díaz. 365/1961, 3 años.
38) Elaine Hernández. 365/1961, 3 años.
39) Gladys Chinea. 123/1961, 20 años.
40) María Cristina González. 27/1961.
41) Gloria Solano. 510/1961, 9 años, La Habana.
42) Onelia Valdés. 340/1961, 20 años, Guanabacoa.
43) Regla Pérez Pérez. 15/1961.
44) Gladys Ruisánchez. 340/1961.
45) Olga Morgan. 1014/1961, 30 años.
46) Vera Wilson. 74/1961.
47) Fidelina Fernández. 369/1961.
48) Silvia Roque. 61/1961, 10 años.
49) Neira Trejo Potal. 510/1961, 9 años, La Habana.
50) Bárbara Pérez Pérez. 15/1961.
51) Irene Ardavin. AB/1962.
52) Ana Luisa Alfonso. 60/1962.
53) Xiomara Fernández. AB/1862.
54) Teresita Bastanzuri Barrios. 409/1962, 30 años.
55) Lydia Álvarez, Tía Ly. Falleció. Ya era mayor cuando en 1962 llegó a la prisión de Guanajay. Recordada con mucho cariño por sus compañeras de prisión. No se tiene más información.
56) Sarah Carranza. 409/1962, 20 años, La Habana.
57) Nilda Díaz. 409/1962, 20 años.
58) María Magdalena Álvarez. 409/1962, 20 años.
59) Amparo Ruiz. 27/1962.
60) Isabel Tejera García. 27/1962, 9 años, La Habana.
61) María Calil Faroy. Causa abierta 1962, 30 años.
62) Ada Rebeca Olivera. 32/1962.
63) Mary Martínez. 15/1962, 20 años.
64) Oneida Izquierdo. 31/1962.
65) Martica de la Paz. 339/1962.
66) Gloria Lasalle. 43/1962.
67) Annette Escandón. 253/1962.
68) Flora Bosch. 333/1962, 9 años.
69) María del Carmen Gómez. 291/1962, 9 años, Artemisa.
70) Clara Berta Cantón. 291/1962.
71) Josefina Hernández. AB/1962.
72) Nieves Llobre Aceituno. 426/1963.
73) Margarita Rodríguez Gutiérrez. 442/1963.
74) Oneida Fernández Salas. 119/1963, 10 años.
75) Gladys Suárez. 779/63, 9 años, La Habana.
76) Martha Labrada. AB/1963.
77) Carmina Trueba. 1963, 20 años.
78) Olimpia Bombino. 111/1963, 15 años, Sancti Spiritus.
79) Clara Gladys González. 33/1963.
80) Nelis Rojas. 33/1963.
81) Ágata Villarquides. 33/1963.
82) Carmen Salduendo. 774/1963, 30 años.
83) Elizenda Rodríguez. 557/1963, 9 años, Camagüey.
84) Aleja Sánchez Piloto. 119/1964.
85) Juana Sánchez Piloto. 119/1964.
86) Carmelina Casanova. 412/1964, 10 años, La Habana.
87) Arelis Rodríguez Sanromán. 709/1964, 30 años, Pinar del Río.
88) Concepción E. Bustillo. 554/1964, 9 años, Isla de Pinos. Su esposo, Abel A. Calante, fue juzgado y fusilado en la misma causa, el 2 de noviembre de 1964 en Isla de Pinos.
89) Mercedes Peña. 674/1964.
90) Yara Marase Murillo. 499/1964, 15 años.
91) Neira Trejo Portal. 460/1964.
92) Mercy Peregrín. 340/1964.
93) Irmina Martín Vasallo. 388/1964, 9 años.
94) Emelin Núñez. 709/1964.
95) Carmen Veloso. 318/1964, 30 años.
96) Martha Rubiera. 458/1964.
97) Pola Grau. 38/1965, 30 años.
98) Nena Nietzen. 38/1965, 20 años.
99) Nenita Caramés. 38/1965, 9 años.
100) Albertina O'Farrill. 38/1965.
101) Gina Otero. 41/1965, 6 años, La Habana.
102) Mireya Muro Morales. 214/1965, 10 años, Las Villas.
103) Isabel Barrios Esquivel. 245/1965.
104) Greteen de las Casas. 430/1965, 6 años.
105) Cristina Cabezas. 41/1965, 6 años, La Habana.
106) Gladys Wong. 430/1965, 9 años, La Habana.
107) Liliam Ramírez. 83/1966, 15 años.
108) Georgina Reyes. 940/1966.
109) Carmen García Prieto. 129/1966, 15 años.
110) Elda Torres Pérez. 89/1967, 10 años, Marianao.
111) Magda Castro Hernández de Juan. 272/1967.
112) Estrella Riesgo. 65/1969.
113) Ileana Curra. AB/1994.
114) Zoila Águila Almeida, la niña del Escambray. Su esposo y su hermano fueron fusilados.
115) Olivia Vázquez. Causa Escambray, condenada a 9 años
116) Margarita Simone. Fallecida, Santa Clara.
117) Angela Coto Cruz. Dirigente tabacalera.
118) Nereida Amigo Falcón. Causa CTC, condenada a 9 años.
119) Aida Rosa Pérez. Hermana de la Caridad, falleció en el hospital militar donde fue llevada por la Seguridad del Estado en 1969.
120) Dora Delgado, Japón. Condenada a 30 años, Stgo. de Cuba.
121) María Antonio Mier.
122) Josefina Hernández.
123) Mireya Núñez.
124) Leonor Bárbara Oliveros.
125) María Elena Pujol.
126) Nancy Pérez.
127) Clara Alonso.
128) Nieves Fábregas.
129) Teresita de Jesús Astorga.
130) Maritza Lugo Fernández.

Por una nota publicada el 9 de mayo de 1998 en el Diario las Américas, supe del fallecimiento de Sarah del Toro Abril, madre de diez hijos, que cuando fue arrestada en octubre de 1961, la menor tenía dos años. Por otra nota, Homenaje a expresas políticas cubanas, publicada en enero de 2014, me enteré que en 2013 murieron 36 de estas valerosas mujeres.

Y por Frida Masdeu, supe que había fallecido Blanca Mencía (Carrizo era su apellido de soltera). Natural de Sancti Spiritus, Blanca cumplió 3 años de prisión. "Una verdadera heroína. Callada, digna. Adorada compañera de presidio de mis muchas amigas ex presas. Especialmente de Gladys Chinea y de Reina Peñate, compañera de causa de mi padre. Que en Paz Descanse la querida compatriota Blanca Mencía", me dijo Frida.

Fue el 14 de diciembre de 2014 cuando Frida me dio la noticia. Ese día, decidí que no podía demorar más en dedicarle varios posts a las decenas de cubanas encarceladas por Fidel Castro, casi todas en los primeros años de una revolución que muy pronto se convirtió en un régimen represivo y totalitario.

Tania Quintero
Foto: Tomada de Martí Noticias.

viernes, 27 de marzo de 2015

La espiral de Guacarnaco - cuento inédito de Canek Sánchez Guevara



Guacarnaco Cool salía todas las noches a pistear por Centro Habana. Caminaba bamboleando su flaco cuerpo, castañeando los dedos rítmicamente, con el hombro izquierdo más caído que el derecho, inclinado como cierta torre para él desconocida. La mano zurda colgaba con los dedos extendidos y el otro brazo, marcando un cadencioso tumbao. Al caminar arrastraba ligeramente una de sus larguísimas piernas, y lo hacía con el torso un tanto echado hacia el frente, mirada al piso y cigarro entre los labios. Aparentaba desgano a cada paso, pero sus ojos incansables sondeaban los rincones de la noche.

En una esquina divisó a Yunisleidi -¡có-mó-mé gusta esa jebita, cabaiero!-, una mujer de trece añitos que tenía de cabeza a todos los varones del barrio; y a todas las novias y esposas, a un paso del homicidio. Estaba también Mongo, un friki callado y loco más inofensivo que el pan -siempre en su planeta de jevi métal y pastillitas rosadas-; y también Diablo, un prieto prieto y cuadrado, duro como el concreto y con un serio desbarajuste cerebral (onda de faltarle engranes, tuercas, tornillos y hasta arandelas): en fin, un toro de veintidós abriles. Todos en el barrio recuerdan el día que Diablo salió del tanque -cumplió dos años por disturbios en la vía pública, agresión y resistencia al arresto (cuentan que tumbó a siete guardias antes de que pudieran con él)- y al abrir la puerta de su cuarto, en el solar, y ver la tremenda barriga que su jeba portaba, secamente preguntó Quién y, para cuando ella terminó de pronunciar el nombre de la futura víctima, él ya le había roto cuatro dientes y zafado la mandíbula a ella: Pa'que aprendas que a este negro nadie le pone los tarros; ¿entiendes? Tú, resingá. Y le pateó con tanta fuerza el vientre que el feto, en forma de hemorragia, huyó de la matriz. A continuación fue por el pobre imbécil que tuvo la ocurrencia de singarse, precisamente, a la mujer del matón del solar (un guajiro de Las Tunas que vino a morir a La Habana, dicen que está escrito en su lápida), y lo molió a palos delante de todos, en plena calle, bajo el sol de agosto. Diablo se perdió del mapa antes de que llegara la cana. Desapareció durante meses.

Cada vez que Guacarnaco Cool recuerda ese fatídico día, se le revuelve el estómago. Claro que él estaba ahí, como todo el mundo. Estaba tan ahí, que se quitó las gafas para ver mejor y un chorrito de sangre le salpicó en el ojo, otro en el pulóver nuevo y uno más en el zapato blanco. Estaba tan ahí que cuando llegó la pe-ene-erre fue al primero al que cogieron -se quedó petrificado, ésa es la verdá- y fue, también, el primero en salir: En el solar se murmuró entonces que Guacarnaco había hablado de más...

Esa noche Guacarnaco Cool saludó a Diablo temblando, aunque hacía más calor que de costumbre y ninguna brisa movía las hojas de los escasos arbustos. Guacarnaco cogió aire, siseó profundamente y un breve saludo escapó de sus labios: Aaa-tsssssere.

-Mi ecobio, respondió Diablo, casi azul bajo la lámpara de tungsteno. Yunisleidi le dió un beso de lo más sonoro, y puteó un rato con Guacarnaco, calentándolo con frialdad, jugando con él. Mongo apenas levantó la vista, murmuró algo, y siguió concentrado en el ruido que los audífonos inyectaban en sus tímpanos. Vestía Mongo un tísher negro de Destructorum (post-apocaliptic death metal, aparece escrito en la espalda) y unos pantalones negros entubados. Su cabello de alambrada de campo de concentración resultaba un verdadero peligro para el prójimo, ente absolutamente desconocido para él. Yunisleidi vestía unos shorts de licra de un color entre limón y pollo, y un topecito rosa que parecía desvanecerse en su pecho. Diablo, fiel a su costumbre, llevaba una cochambrosa camisa desabotonada y un pantalón azul oscuro, roto en los bajos eternamente pisoteados por la suela de sus chancletas chinas. Guacarnaco era otra cosa, claro, un mulato fino, aseguraba él. Se paseaba por el barrio con zapatos de dos tonos, o de charol rojo, o boticas brillantes, y con unos pantalones tan ridículos como sólo él podía usarlos. Las camisas eran un mundo aparte: las tenía de bacterias y de palmeras, de paisajes lunares y urbanos, de supermán y de bruce lee, rojas, amarillas, azules, carmelitas y moradas; sin olvidar su colección de gorras, sombreros, pañuelos y demás mariconerías que usaba día tras día. Pero él no es pájaro, no qué va, a él simplemente le gustan las cosas lindas. Al menos eso suele afirmar de tarde en tarde, como para dejar bien claro que juega en el equipo correcto. De vez en cuando, y sobre todo cuando están a solas, Diablo lo mira con unos ojos que parecen poner en duda su hombría y eso a Guacarnaco no le gusta nadita-nadita; inmediatamente siente cómo sus nalgas se contraen y un ronquido expele su garganta: ¡Negro bugarrón! (pero muy bajito para que Diablo no lo oiga). Enseguida saca Guacarnaco de su inseparable bolso sus inseparables revistas porno y se las entrega a Diablo para que éste se concentre en otros culos y no en el suyo: Es el vicio del presidiario, piensa Guacarnaco.

Pero esta noche Diablo está de buen humor. Todos fuman populares y una botella de chispaetrén circula de mano en mano y de garganta en garganta. Cada cierto tiempo alguien se acerca sigilosamente a ellos, y sigilosamente secretea con Guacarnaco, y sigilosamente le entrega un billete. Entonces Guacarnaco, siempre sigilosamente, le entrega a su vez un bultico de nosequé envuelto en papel de estraza.

-Aya, Guacarnaco. Estás hecho un lince pal bisne. Todo un don Corleone , le dice Yunisleidi tras el cuarto o quinto cliente.

-¿Y tú? ¿Hoy no trabaja, o qué?

-No seas fresco que yo sí te bajo tremendo piano, pa-ra-qué-lo-sepas.

-Tú lo único que me va a bajar son los calzoncillos, chica. Y después me va a mamar el pingón, tú. Anda, échate pa'llá que viene otro cliente.

-Oye Guacarnaco, interviene Diablo, déjame un fori ahí pa'mí, asere, que estoy estrallao.

-Déjame hacer un negocito aquí, mi socio, y a ver si te puedo tocar con algo. Aguanta, mi hermano, que esto va pa'lante.

-¡Qué pa'lante ni qué pinga, consorte! Yo lo quiero es un fori, ningún pa'lante, ni ná.

-Shhh, asere, que me asusta a la clientela. Compórtate, compadre que esto no es prescolar.

-Ay, ya basta ustedes dos, cojones, todo es una singá discutidera en este país de mierda...

-Oye, asere, pero ¿qué pinga le pasa a ésta? —pregunta Diablo bebiendo otro trago.

-Shhh, compadre... —y le hace Guacarnaco una seña pa que se calle.

Guacarnaco Cool, en efecto, atiende su bisnecito como todo un don Corleone tropical, mafioso cul y con estáil, asegura él mirándose en la vidriera de la shopping: O yea, béib. Gesticula como si bailara un suave break dance, dislocándose lentamente, sin rigidez ni tensión... Negocia ahora con un turista alemán y logra tumbarle quince fulas por unas miserables migajas de mariguana.

-Ñó, yo sí que soy un mostro, asere. Quince fulitas así na'má. Gesticula como si tuviera un filo en la diestra, y remata: -A la yugular, consorte.

-¡Caballero!, exclama Diablo sonriendo de buena ley.

-Pipo, dice Yunisleidi empalagosa y puta pero reputa, llévame a bailar, papito. Vamo a gozal tú y yo, mulato...

Diablo miró al piso, Yunisleidi sonrió maliciosamente y hasta Mongo, que de ninguna manera se había interesado en la conversación, se quitó los audífonos y abrió los ojos como platos (como muñequito japonés, vaya) y se hizo un silencio más espeso que el potaje de chícharos. Todos en el barrio saben —o intuyen, y en estos casos es lo mismo— que Guacarnaco padece la más innombrable de las discapacidades masculinas, y una especie de pacto jamás pactado ha mantenido las bocas cerradas, al menos frente a él. Ahora Yunisleidi mira a Guacarnaco con tremenda burla, y éste, rojo, empieza a gaguear:

-Co-co-co-coño, chica, no jodas más, cojo-jones. Vete pa'llá con tu putería, repinga, que estoy bisneando. Ya no interrumpas más.

Yunisleidi se rió pero ya no dijo más ná, y Diablo, contra toda costumbre intentó contemporizar:

-Oye, pero la putica ésta tiene razón, compadre. Ya hiciste unos faos, asere, eso hay que celebrarlo. Vamo, vamo pal solal que yo tengo ahí guardadito un pomo de aguardiente macho. Vamo, compadre. Anima ese féis, que acabas de hacer tremendo bisne.

Guacarnaco poco a poco recobra lo Cool, y sonriendo con todos los dientes, afirma: -¡Qué pinga! Tenemos fulas, tenemos fori y tenemos alcohol... Vamo pa'llá.

Están los cuatro en la pequeña escalinata del solar. Frente a ellos, un inmenso charco de aguas pútridas sirve de escenario al combate naval que los niños de la cuadra entablan con barquitos de papel, y una rata gorda y peluda corre entre sus pies. Guacarnaco enrolla la hierba con la estraza, y al fumarla, la garganta se le hace tiritas. Bebe aguardiente para cauterizar la herida y fuma otra vez. Yunisleidi se pone de pie y avanza hacia un tipo que la mira con insistencia desde la esquina.

-Ésta ya encontró cliente , afirma Diablo alargando el brazo en busca del fori.

-Y tú, asere ¿ya no pinchas?, le pregunta Guacarnaco sin mirarlo. Diablo aspira con fuerza el humo y lo retiene casi un minuto, inundándose de cannabis y empalideciendo.

-Na. Estaba de estibador en el puerto pero qué va, asere, eso es pincha de esclavo.

-¿Y el Turco?

-Ne. La última vez que pinché pa' él, todo salió mal. Teníamos que cobrarle unos pesitos a un sapingo ahí que le debía, pero se me fue la mano en la calentaíta y fue a parar a emergencia. El Turco se puso de lo más bruto y me dijo que si el fiera ése se moría, a mí me iban a encontrar tó descojonao flotando en el almendares. Más nunca, muchacho, más nunca me acerco al tipo ése. Está quimbao, pa' que lo sepas. Quím-Bao. Y hace el inconfundible gesto del índice girando en la sien.

Lo que más sorprendió a Guacarnaco, sin embargo, fue la mirada de terror de Diablo ante la mención de el Turco, un jabao capirro de dos metros y docientitantas libras, capaz de poner en órbita a cualquiera de un sólo manazo. -Ese tipo es malo de verdá. Cuidaíto. Y Guacarnaco sintió un temblor bajo su piel.

Yunisleidi desapareció con su cliente por espacio de quince minutos y al regresar se detuvo ante una pila casi a ras del suelo para enjuagarse la boca, el rostro y sí, también ahí, encima de las teticas.

-¡Aya mamaora!, grita Diablo jubiloso. Ven acá putica, dame una mamaíta ahí, anda.

-Cállate so-puerco, que yo namá estoy resolviendo, y zarandea frente a la risueña jeta de Diablo un breve fajo de estilla.

Guacarnaco, ya medio curda comenzó a murmurar con insistencia:

-¡País de pinga éste!

-¿Qué te pasa compadre? ¿Por qué tan patriota ahora, asere?, intervino Mongo sin desconectarse de su ruido.

-Na, es que esto es una pinga, y pensándolo bien agrega: Si al menos volviera a ser como antes...

-Como antes de qué, compadre.

-Como Antes, cojones, como Antes.

-¿Y cómo era Antes según tú, Guacarnaco?, interroga Yunisleidi pintándose los labios de rojo bandera.

-Ñó, pila de incultos. Antes uno hacía lo que le daba la gana, ¿no lo saben? Los extranjeros venían aquí con una tonga de faos y se la gastaban toa en el bollito de Yunisleidi o en el fori que yo vendo, y después se iban toa la noche a pistear, a beber y a singar... Si esto era antes el paraíso, chico. Tremendísimo güiro tó el tiempo. Y toos con fulas y pasándola de lo más bien. Tremenda fiesta, pa'que lo sepan...

Tres extranjeros apareciecieron en la esquina y cometieron el error de preguntarle al Múpet algo incomprensible para él; éste, luego de muchos malentendidos, señaló hacia donde estaban los cuatro sentados. Guacarnaco se puso de pie con elegancia, midió a sus potenciales clientes y le susurró a Diablo que subiera a bañarse pero en fa; a Yunisleidi lo mismo (¡y no te pongas blúmer, que no hace falta!) y a Mongo nada porque de todas formas no lo habría oído. Diablo intentó protestar pero cuando alzó el brazo, un fuerte olor a podrido escapó de su sobaco.

-Ñó, mijo. A la verdá que usté es un puerco —informó Yunisleidi sin piedad.

-Ya, ya. Pero no entiendo pa' qué tanta cosa, consorte.

-Pa' que te gane unos fulita esta noche, asere. Pa' eso, cerró Guacarnaco la conversación al tiempo que echaba a andar rumbo a la esquina. Y ahí estaban los turistas, de pie, sin saber qué hacer y con toda la cara del marciano que por error, ha aterrizado en Centro Habana. Los tres parecían recién salidos de unos muñequitos rusos: una chica regordeta, rubia y nada fea que al parecer se había robado cada prenda de su atuendo de una tendedera distinta; un tipo con aspecto de bulldog vestido con un mono azul y un sobretodo verde, y otra mujer con cara de tonta que nunca habló y que vestía como señorita de colegio inglés. Tremendos elementos, resumió Guacarnaco.

-Gud nái, mái frens. Mái néim is Guacarnaco Cool an am yor local díler jiir, pronunció pastosamente y los otros parecieron entender. So if du yu uan pinga ai jaf pinga for yu, if du yu uan bollo ai jaf bollo for yu, an if du yu uan drogas ai jaf a lor of drogas for yu. Du yu onderstén? So, uarever yu uan, an nou márer uat yu nid, áif gáret, an áif gáret ráig foquin náu an ráig foquin jiir ,y señala su estrecho territorio con orgullo y provocación. So, uat du yu uan, aseres?

La gordita no se hizo del rogar y se llevó a Diablo por módicos cien faos -pagados al instante a Guacarnaco, claro está- más los gastos de manutención del negrón durante toda la noche. El bulldog se volvió loco y comenzó a babear cuando Guacarnaco Cool le puso enfrente a Yunisleidi, ya bañadita y perfumadita, con un vestidito negro que le marcaba la pendejera y los pezones; y le dijo: Shis viryin, pal, is tru, an shi jas de táigtes pusi in dis foquin táun, mái fren. Ai can garantí, tros mi, dijo Guacarnaco al tiempo que solicitaba ciento cincuenta fulas por la compañía de la señorita. Además, pagaron otros cien faítos por una libra de una mariguana de mierda, infumable, capaz de provocar cáncer de garganta a la primera calada. La gorda y el bulldog ya se iban, la mar de contentos con sus improvisadas parejas, cuando notaron que faltaba la caretonta por situar.

Caretonta miró a Guacarnaco con ojos infantiles y suplicantes y éste tragó en seco recordando su último ridículo en una situación semejante (y lo peor fue tener que devolverle el dinero íntegro a la puta oficinista española ésa que tanto se burlaba de él); pero siempre queda una carta escondida, y Guacarnaco, jugador experimentado, sacó a Mongo al baile:

-Ji uil roc yu ol náit, mái darlin. Ol náit long, bilivmi, dijo, guiñándole un ojo. Long, repitió insinuante Guacarnaco.

Mongo no entendió ni pinga, pero dopado como vive, se puso de pie, se rascó los cojones y se alisó los cables esos que lleva adheridos al cráneo. Fue alquilado en ochenta dólares, más gastos.

Guacarnaco Cool sigue sentado en el portal del solar y de vez en cuando un cliente del barrio se le acerca en busca de fori; y después de atenderlo, Guacarnaco lo apura:

-Agila, agila que me estropeas el bisnecito.

-¿Cómo que agila, compadre? Agila se le dice a los perros.

-Vamos, fuera, shú... ¿Tú no ves que afeas el ornato público, negro? Vamos, muévete anda...

Y cuando por fin se queda solo, Guacarnaco Cool saca el altero de billetes que carga en el bolsillo, y contándolos y recontándolos, murmura dulcemente:

-Ah, si todo fuera otra vez como era antes. ¡Si tan sólo volviera a ser como Antes!

Y se ve a sí mismo en un descapotable rojo lleno de jebitas, y se sueña como todo un don Corleone tropical... Así, muy cul y con estáil.

Oaxaca, 17 de diciembre de 2004.
Graffiti Bird Head.Tomado de Graffart.EU. Graffiti and Streetart from all over the World.