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lunes, 8 de febrero de 2016

Pregones, pregoneros y canciones


Con Los no sabores y la estafa, Irina Pino en Havana Times, y Pablo González en Cubanet, con un video y un texto sobre pregoneros y vendedores ambulantes, han retratado la realidad de una población rodeada de escasez y penurias que se ha visto obligada a 'inventarla' para poder sobrevivir.

Según Wikipedia, "el pregón es un acto de promulgación en voz alta de un asunto de interés para el público y, particularmente, el acto con el que se inicia una celebración. Pronto se acompañaron de música, pasando de un modo de venta para convertirse en un un género musical.

"El pregonero tuvo su auge al final del siglo XIX y comienzos del siglo XX, para hallarse y después para ir desapareciendo de las ciudades paulatinamente con el tamaño de los edificios, otros sistemas de comunicación o la propia inseguridad.

"La costumbre del pregón parece estar relacionada con el clima, dado que a bajas temperaturas la disposición de los vendedores, que dieron lugar a esta costumbre, a vocear en la calle al aire libre es menor. Existen pregoneros en la mayoría de los países del Mediterráneo y también en América Latina".

Pregones y canciones dedicadas a pregones:


Además de inmortalizar Frutas del Caney, de Félix B. Caignet, el Trío Matamoros le dedicó una canción al pregón.

Félix Chapottín y Miguelito Cuní alcanzaron gran popularidad con El carbonero y Los Guaracheros de Oriente con El pregón de los chicharrones.

Igual que Celia Cruz con la Sonora Matancero en El yerberito moderno; Caramelo a quilo y Los pregones de San Cristóbal, entre otros.

Celia y el puertorriqueño Johny Pacheco en El pregón del pescador.

Caridad Cuervo en Pregones.

Niño Rivera en Pregón criollo.

Caridad Hierrezuelo en Pregones de ayer.

Pregonera turística en Santiago de Cuba.

Vendedora de maní por las calles de la Habana Vieja.

El manisero, de Moisés Simmons, es un pregón y es una de las canciones cubanas más interpretadas en el mundo. Ya en 1927 formaba parte del repertorio de Rita Montaner.

En el interior de la isla se localizan vendedores de aguacates; cremitas de coco; pan o de varias cosas.


Cuatro textos sobre el pregón cubano





Tania Quintero

viernes, 5 de febrero de 2016

El último judío de Palma Soriano



Esta historia estuvo pendiente de contarse a petición de su protagonista, el judío Jaime Ganz Grin, pues según declaró al periodista, “tengo miedo a represalias del gobierno y los nuevos rabinos cubanos, pero ahora que mi vida se acaba quiero revelar lo que ha sido mi vida judía en Cuba”.

Hijo de un sobreviviente de los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial, Jaime llegó a Cuba con su familia en 1949 y todos se asentaron en Palma Soriano, municipio de la provincia Santiago de Cuba, a unos 860 kilómetros al este de La Habana. Allí abrieron una tienda de ropa que les fue bien y gracias a la cual lograron una solvencia económica por aquellos años.

“Es cierto lo que dicen de los judíos: somos ahorrativos. Para nosotros un centavo es un peso y un dólar mil. La tienda prosperó porque gastábamos lo justo. Además hacíamos préstamos con interés, lo que era un riesgo, pero mi padre decía que el valor del judío es oro y siempre nos fue bien”, cuenta.

Vive en la misma casa, grande y de puntales altos, carcomida por el tiempo y el abandono. Tiene muchos libros, entre ellos uno de su coautoría llamado Atlas del judaísmo en Cuba, que me obsequia.

Lo escribió junto a Eugenia Farín Levy y Conrado Pérez Maletá, y fue publicado por la Editorial Oriente en 2009. Cuenta la historia de la comunidad judía en Cuba, comenzando con la ayuda recibida por Colón de sus amigos judíos, que le ofrecieron fondos, mapas y cartas marinas para su viaje del descubrimiento. En la expedición transoceánica vinieron varios judíos, entre ellos Luis Torres, a quien se le atribuye el mérito de dar a conocer en Europa el uso del tabaco.

“Los primeros judíos que llegaron a Cuba huían de la Inquisición, fomentaron el cultivo de la caña de azúcar y el tabaco. Durante los siglos XVII y XVIII sostuvieron vínculos con el comercio de contrabando. Incluso el obispo de Cuba Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, falleció en 1768 volteado hacia la pared (actitud que adoptan los fieles de la fe mosaica en su último momento), recitando el Shemá Israel Adonay Elojheinu Ehad: Oye pueblo de Israel”.

La incidencia judía en las guerras independentistas cubanas fue notable. Ahí están los ejemplos del comandante Luis Schlesinger, un judío húngaro que desembarcó en 1851 con Narciso López; del mayor general Carlos Roloff, jefe de las tropas cubanas en Las Villas; del capitán Schwartz, ayudante del general Calixto García, o la comunidad hebrea de Cayo Hueso, que recaudó fondos para ayudar a José Martí en su guerra necesaria.

Tras la independencia de Cuba del colonialismo español, comienzan a llegar a la Isla muchos judíos procedentes de Estados Unidos, y en 1906 fundan en La Habana la primera comunidad judía: United Hebrew Congregation. Posteriormente arriban judíos desde Turquía y otros países balcánicos y en 1914 crean la Hebrea Chevet Ahim. Durante la década de 1930, judíos procedentes de Alemania, Bélgica y Austria que huyen del terror nazifascista en el viejo continente, encuentran refugio en la Isla.

En los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial se estableció en Cuba el mayor número de judíos de toda la historia: 16,500. Entre ellos se encontraban Jaime y su familia. Numerosas sinagogas se establecieron a todo lo largo del país y se organizaron instituciones de carácter benéfico y de ayuda mutua entre los asociados hebreos, posbilitando el desarrollo de su vida social y cultural.



A finales de 1959, los judíos se hallaban establecidos en más de noventa ciudades y pueblos del territorio nacional. En La Habana radicaba el 75 por ciento, con una notable actividad periodística, literaria e intelectual.

Los cambios radicales ocurridos luego del triunfo de la Revolución afectaron económicamente a la mayoría de los judíos. Su nivel de vida entonces era considerado de clase media y algunos sobresalían entre las personas más adineradas de Cuba.

Las primeras medidas implantadas, como la desmonetización del dinero circulante y la nacionalización de empresas privadas, perjudicaron severamente a los judíos. Fue el inicio de un éxodo progresivo hacia Estados Unidos, Isreal y países de Latinoamérica.

“Este éxodo provocó que en los años 90 quedara sólo un 10 por ciento de la comunidad judía, y en 2009 se estimaba en solo 1,200 el total de judíos viviendo en Cuba. A partir de 1991 comenzó un proceso de reanimación para acercar a los fieles que se habían alejado. Se abrieron nuevos espacios de estudio, seminarios, cursos. Demasiado tarde: el daño infligido fue muy grande”.

En un pequeño patio interior, Jaime cultiva calabaza, plátano y maíz. Con eso se sustenta. Ha escrito un testimonio, El Tzadir de Kishinev, la historia de su abuelo, quien en Polonia luchó contra las violentas manifestaciones antisemitas que culpaban a los judíos de los desastres naturales, las epidemias y las agudas crisis económicas en el antiguo y vasto imperio zarista.

“Mi abuelo sufrió una brutal golpiza que casi lo mata. Sobrevivió junto a mi padre tres inviernos en un campo de concentración nazi. Cuando logramos llegar a Cuba en 1949, compramos esta casa y montamos la tienda. Pero cuando nuestros sueños judíos comenzaban a materializarse, apareció la revolución. Nos cerraron la tienda y el miedo de volver al terror del que habíamos escapado se apoderó de nosotros. Terminamos hundidos en la marginalidad, la turbación, la locura... Esta casa era lujosa y la tienda siempre estaba concurrida. Hoy es desolación y hastío”.

Jaime no tuvo descendencia, ocupado en sobrevivir, apuntalar la vivienda que se desmoronaba y enterrar a sus muertos en el cementerio judío de Santiago. “De la tienda solo queda el espacio vacío. Hasta los anaqueles de madera tuve que utilizarlos como leña para poder cocinar en el fogón”. Y termina confesando:

“Tenía miedo de hacer pública mi historia, porque ahora el gobierno y los nuevos rabinos intentan borrar el pasado. Pero en estas navidades lo vi todo claro. Voy a morir pronto y he decidido hacerlo como un judío: trabajando hasta mi último instante. Revisando el testimonio, corrigiendo, sintetizando, para dejar una obra auténtica. Un alegato de lo que hemos sufrido los judíos, para que no se olvide”.

Texto y fotos: Frank Correa
Cubanet, 31 de diciembre de 2015.

miércoles, 3 de febrero de 2016

El periplo habanero de Albert Einstein



A bordo del vapor Belgenland, en la mañana del 19 de diciembre de 1930 el eminente físico matemático alemán Albert Einstein, arribaba al puerto de La Habana acompañado de su esposa Elsa, como parte de un viaje iniciado 17 días antes en Amberes, Bélgica, y cuyo destino final era la ciudad californiana de San Diego, en la costa del Pacífico.

Hasta el mismo barco fueron a saludarlo directivos de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana y de la Sociedad Geográfica de Cuba, quienes además de darle una cálida bienvenida, lo invitaron a un agasajo que le habían preparado en la sede de la Academia antes mencionada.

Los efectos del intenso sol tropical hicieron que el Premio Nobel de Física en 1921 sudara copiosamente, mientras trataba a la vez de protegerse el rostro de la fuerte radiación, en particular los ojos, con la ayuda de ambas manos.

Como narra el profesor José Altshuler en su libro Las 30 horas de Einstein en Cuba, el creador de la Teoría de la Relatividad manifestó enseguida su deseo de ir primero a comprar un sombrero que lo resguardara de la molesta luz de los rayos solares.

Prestos a complacerlo, sus anfitriones lo llevaron de inmediato a la tienda El Encanto, la más famosa y lujosa de la urbe habanera. Una vez allí el gerente tuvo la iniciativa de obsequiarle uno de los mejores jipijapas que ofertaban ese día.

Einstein insistió en pagarlo, pero el dueño del establecimiento quiso regalárselo. Finalmente le pidió al sabio alemán que aceptara posar para hacerse un retrato en el estudio fotográfico del centro comercial, con la finalidad de tener un recuerdo permanente de aquella visita.

Tras colocar al célebre científico delante de un fondo negro para resaltar toda la expresividad de su cara bondadosa, el artista Gonzalo Lobo tomó la foto, que constituye el único retrato de estudio hecho a tan ilustre personalidad en suelo cubano.

Satisfecho con el sombrero, Einstein lo colocó en su cabeza y acompañado, entre otros, por el ingeniero José Carlos Millás, director del Observatorio Nacional y vicepresidente de la Sociedad Geográfica de Cuba, y el doctor Juan Manuel Planas, presidente de la propia organización, realizó una breve visita de cortesía a la Secretaría de Estado, cargo ocupado en ese momento por Rafael Martínez Ortiz.

De acuerdo con lo expresado a Granma por el profesor Luis Enrique Ramos Guadalupe, historiador de la meteorología en la isla, los probados conocimientos de Millás en Ma­temática y Física superiores y su dominio de varios idiomas, pesaron mucho en la decisión de que se le encomendara acompañar de manera permanente a Einstein durante su estancia en la mayor de las Antillas.

Ramos aclara que la Secretaría de Estado era la entidad que acogía a la Sociedad Geográfica de Cuba, de ahí la razón por la cual fue el primer sitio oficial incluido en el programa de lugares a transitar durante el periplo habanero del distinguido huésped.

Luego Albert Einstein asistió al solemne homenaje que le tributaron en la sede de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, sita en la calle Cuba No. 460, cuyo discurso de bienvenida estuvo a cargo del doctor Francisco María Fernández, en su condición de presidente de la institución.

Desde el paraninfo del histórico inmueble, el ilustre visitante agradeció las atenciones recibidas por parte de los académicos y los miembros de la Sociedad Geográfica y de la Sociedad Cubana de Ingenieros y enalteció las virtudes del pueblo cubano.

Tomando en cuenta la solicitud que le hicieran de dejar plasmadas algunas ideas en el Libro de Oro de la Sociedad Geográfica, Einstein escribió: “La primera sociedad verdaderamente universal fue la sociedad de los investigadores. Ojalá pueda la generación venidera establecer una sociedad económica y política que evite con seguridad las catástrofes”.

La apretada agenda en su primer día de estancia en Cuba incluyó igualmente un encuentro con la comunidad hebrea, el almuerzo ofrecido por el presidente de la Academia de Ciencias en el hotel Plaza, y un paseo en automóvil en horas de la tarde, que él mismo había solicitado para conocer más La Habana y sus alrededores.

Siempre en compañía de su esposa, el recorrido incluyó los exclusivos Country Club y Havana Yacht Club, áreas rurales de Santiago de las Vegas, el aeropuerto de Rancho Boyeros, la Escuela Técnica Industrial, las obras del Acueducto de Vento, y el asilo de enfermos mentales de Mazorra.

Finalmente participó en una recepción preparada por la Sociedad Cubana de Ingenieros, a las cinco de la tarde. En su discurso de agradecimiento, Einstein le deseó a la nación cubana un porvenir venturoso.

Extenuado después de tan agitada jornada, rehusó la invitación oficial de pasar la noche en el Hotel Nacional, a punto de inaugurarse, y prefirió dormir en el vapor Belgenland, atracado en la rada habanera.

Al día siguiente y en horas tempranas de la mañana, el ingeniero José Carlos Millás fue a buscarlo para que diera un paseo por los lugares de la ciudad que él escogiera.

Con esa sensibilidad y excelente capacidad de observación que lo caracterizaba, Einstein pidió ir a los lugares de mayor pobreza, pues si el día anterior había visto las grandes residencias de las personas ricas, ahora quería apreciar cómo era la vida en muchos hogares de las personas más humildes de la urbe.

Guiado por su principal anfitrión, visitó varios solares y cuarterías de la Habana Vieja, los barrios populares de Llega y Pon, y Pan con Timba, algunas tiendecitas modestas de la Calzada de Monte, y la zona del Mercado Único, quedando fuertemente impactado por las condiciones de acentuada miseria predominante en esos lugares.

Casi al filo de la una de la tarde del 20 de diciembre de 1930, el buque Belgenland con Einstein a bordo abandonaba el puerto de La Habana en dirección al Canal de Panamá.

Percatado de la verdadera realidad de la Cuba de entonces, ese día, en su diario de notas escribiría: “Clubes lujosos al lado de una pobreza atroz, que afecta principalmente a las personas de color”.

Aquella breve visita, 85 años atrás, acaparó titulares en la prensa de la época, y devino en uno de los sucesos noticiosos más trascendentales del convulso 1930 en Cuba.

Orfilio Peláez
Granma, 18 de diciembre de 2015.
Foto de Albert Einstein realizada el 19 de diciembre de 1930 en el estudio fotográfico de la tienda El Encanto, La Habana. Tomada de Granma.


lunes, 1 de febrero de 2016

Joaquín Ordoqui y la "grandeza de la revolución"



El miércoles 24 de septiembre de 2014, el periódico Granma fue autorizado a invitar -en su sección Culturales- a la presentación en el Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello, el viernes 26, del documental Los amagos de Saturno. La realizadora Rosario Alfonso Parodi, investigadora de aquel instituto, enfocó las motivaciones del delator de los mártires de Humboldt 7.

Los francotiradores de la blogosfera cubiche aprovecharon la ocasión para comentar el documental y no abordaron la suerte que corrió el comandante Joaquín Ordoqui Mesa.

La propia CIA se atribuyó el juicio por delación contra Marcos Rodríguez Alfonso, alias Marquitos (Causa 72-1959 de la Sala Cuarta de lo Criminal de la Audiencia de La Habana), como “primera reacción a la operación AMROD dentro de Cuba” (Expediente 80T01357A, Registro NARA 104-10118-10001, página 3.

Pero la conexión de Marquitos vía AMROD con Ordoqui es falaz. Aquel cayó fusilado por su delación y Ordoqui cayó en desgracia porque Castro nunca admitió haberse ido con una bola de la CIA.

El 3 abril de 1963, la CIA aplicó una medida activa con ánimo de fragmentar la coalición castrista: Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7), Directorio Revolucionario 13 de Marzo (DR) y Partido Socialista Popular (PSP), y socavar la alianza entre Castro y Moscú. Un agente “desafecto” de la CIA vendió a la Dirección General de Inteligencia (DGI) en Ciudad México documentos que endilgaban a Joaquín Ordoqui Mesa haber pasado información militar a Estados Unidos durante la Crisis de los Misiles (1962).

Hacia noviembre de 1963, otros documentos falsos expusieron como agente de la CIA a la attaché cultural de la embajada de Cuba en México, María Teresa Proenza, alias La Momia, exsecretaria de Diego Rivera y militante de la vieja guardia comunista, quien de vuelta a la Isla fue arrestada, pero saldría pronto en libertad y terminó en una biblioteca.

El 16 de noviembre de 1964, Ordoqui fue detenido y sustituido por Juan Almeida como viceministro de las FAR. La nota oficial puntualizó que se procedía a la “investigación completa de su conducta política (desde 1957) con entero espíritu de objetividad y justicia”. Acotó que esto llevaría tiempo, pero si se despejaba “toda duda”, Ordoqui Mesa sería “restituido en sus cargos y recibiría pública satisfacción”.

Junto a su esposa Edith García Buchaca, Ordoqui quedaría confinado en una casa de campo en Calabazar, en las afueras de La Habana. El 16 de abril de 1973, el Buró Político decidiría “no acusarlo ante los tribunales y suspender las restricciones”, pero sí separarlo del Partido Comunista y de las FAR por “debilidades de la conducta revolucionaria y serios indicios de culpabilidad”, aunque no constaran “pruebas definitivas”. Ordoqui Mesa fallecería de cáncer dos meses después, el 19 de junio de 1973.

Tal como puede apreciarse en su número de radicación, la causa penal contra Marquitos venía andando desde 1959, por denuncia de la viuda de Fructuoso Rodríguez, uno de los cuatro mártires de Humboldt 7. Marquitos acabó siendo detenido el 10 de enero de 1961 en Praga y compareció a juicio el 14 de marzo de 1964. Faure Chomón, líder del Directorio Revolucionario 13 de Marzo (DR), abrió la caja de Pandora con una carta de Marquitos a Ordoqui fechada el 10 de septiembre de 1962.

Castro arremetió contra Ordoqui Mesa por no haber “presentado esta carta inmediatamente al Partido (Unido de la Revolución Socialista, PURS)”, pero dejó claro que se debía “exonerar enteramente” a García Buchaca de la grave imputación vertida por Marquitos en la carta: que durante su exilio en México él habría confesado a ella la delación de los militantes del DR en Humboldt 7 y ella, tras reponer que cosas así habían pasado también en China, terminaría aconsejándolo: “Bueno, tienes que hacerte más fiel al Partido (Socialista Popular, PSP)”.

Castro puntualizó que tras el careo entre García Buchaca y Marquitos “delante del compañero (Osvaldo) Dorticós, Blas (Roca), Faure (Chomón), Ramirito (Ramiro Valdés) y (Emilio) Aragonés”, todos tuvieron “la impresión unánime de que aquello era una calumnia”.

Una leyenda urbana reza que Ordoqui y su esposa eran agentes a sueldo de la CIA desde 1957 y Proenza con Teté Casuso se encargaba de hacerles llegar el dinero. Otra versión asegura que el coronel batistiano Esteban Ventura tenía una llave del apartamento donde se escondían los militantes del DR en Humboldt 7 y Marquitos jamás tuvo posesión de ninguna. Otra más envuelve en misterio cómo el padre de Marquitos pudo sacar de la cárcel la carta a Ordoqui Mesa, que Roberto Fandiño tecleó para dar copias a Chomón, Alfredo Guevara y el G-2.

Todas las habladurías y novelerías sobre la inocencia de Marquitos, siendo culpable, y la culpabilidad de Ordoqui Mesa, siendo inocente, son una muestra de la mentalidad de trastienda y el afán de correveidile con que suelen buscarse inquietud y excitación antes que comprensión, en ese fenómeno histórico denominado revolución cubana.

Para fusilar a Marquitos bastaba la ley, que imponía pena de muerte por el delito de confidencia. Sin embargo, Castro aprovechó su comparencia en el juicio -para dar testimonio y opinión sobre su propio interrogatorio extrajudicial a Marquitos- al efecto de sentar que no admitiría más discusiones entre las banderías concurrentes (MR-26-7, DR y PSP) sobre la denominación de origen de su revolución.

No en balde profirió: “Hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos”. Y agregó: “Tenemos que estar a su altura”. No hacía falta puntualizar que él mismo se encargaba de fijar el listón en cada circunstancia.

En el expediente de la CIA consta que hacia marzo de 1966, la operación AMROD concluyó porque los cubanos “perdieron interés”. Tal eufemismo indica que la DGI tuvo noticia de la trampa, que ni fragmentó al PURS (para esa fecha, Partido Comunista de Cuba, PCC) ni conmovió la alianza estratégica de Castro con Moscú.

Pero sí amargó por el resto de su vida a Joaquín Ordoqui Mesa y su familia, ya que Fidel Castro se negó a reconocer que había tragado un señuelo de la CIA.

Arnaldo M. Fernández
Cubaencuentro, 9 de octubre de 2014.
Foto: Joaquín Ordoqui Mesa (1901-1973). Tomada de EcuRed.

viernes, 29 de enero de 2016

Freddy anda por las calles


“Hacía tiempo que algo no me conmovía así y comencé a sonreírme en alta voz, porque acababa de reconocer la canción, a reírme, a soltar carcajadas porque era Noche de ronda y pensé, Agustín (Lara) no has inventado nada, no has compuesto nada, esta mujer está inventando tu canción ahora: ven mañana y recógela y cópiala y ponla a tu nombre de nuevo: Noche de ronda está naciendo esta noche”.
Guillermo Cabrera Infante en Tres Tristes Tigres.

Nadie repara en su imagen actual. No figura en ninguna de las rutas formales que llevan a los turistas de manera empecinada a lugares diversos y recurrentes de la ciudad. No hay siquiera un aviso, una alerta, un llamado de atención, un anuncio… Acaso no se mantuvo en pie el farol debajo del cual seguía cantando cuando las puertas del bar, muy cerca del amanecer, comenzaban a cerrarse invitándola a abandonar el lugar. Pocos recuerdan que se trata de uno de esos sitios en la capital, que existieron para identificarse hasta la eternidad con una figura excelsa, famosa, o popular.

Desde hace décadas, convertido hoy en un inverosímil ente burocrático, la imagen del bar Celeste, en la esquina de Infanta y Humboldt, dejó de ser la misma de aquellos años, cuando ella llegaba y comenzaba a entonar con su voz andrógina un bolero, una canción, un standart de jazz hasta el cansancio, sin más acompañamiento que su angustioso desenfado, sólo a cambio de que unos tragos le permitieran abrir las compuertas para que saliera aquel torrente imparable de sentimientos.

Probablemente, nunca pretendió mucho más con su voz de contralto increíble, que cantar como confesión catártica a los trasnochadores que quisieran escucharle en aquel bar, convertido sin permiso de nadie en su refugio personal; o quizás cantar sólo para conjurar, desde la más auténtica humildad, los temores y los dolores que, parece ser, nunca la abandonaría, como luego alcanzara a adivinar con veracidad, pero sin demasiada información antecedente, Ela O’Farrill en su canción homenaje.

En 1959 aquel recinto se iba haciendo habitual para músicos, bailarines, cantantes, quienes lo frecuentaban al concluír los espectáculos donde trabajaban en los muchos clubes y cabarets que singularizaban la zona de El Vedado. Allí comían, bebían y descargaban… hasta que aquella mujer negra y descomunal, que hacía su abarcadora aparición pasadas las diez de la noche, se fue convirtiendo en la razón de la afluencia creciente de noctámbulos hacia la esquina atípica de Infanta y Humboldt. Su dueño, Enrique Fernández, nunca supo a cuánto ascendieron sus deudas, pero al parecer transó por considerarlas saldadas con aquel canto visceral y único de Freddy.

Desde que descubrí sus grabaciones, me dejo perseguir por esa imposible voz femenina cuando canta The Man I Love; me contagia la tristeza ostensible de su Noche de Ronda, y pienso cada vez en ella, en su destino triste y en su vida frugal y breve en demasía, con el consuelo probable de que, al menos, fue feliz en la transitoriedad de las ovaciones que noche a noche la despedían adorándola, desde el bar Celeste, hasta la candilejas del Casino de Capri.

Escuchando una y otra vez esas doce canciones, siempre conjeturo acerca de qué gran tesoro habría quedado en cintas magnetofónicas, si Freddy hubiera alcanzado a grabar todos los títulos que el anecdotario y la memoria ajena le adjudicaron como intérprete en aquellas noches: No te empeñes más; I love Paris, Stormy Weather, Anoche aprendí, Cada vez más, Nocturnal, Añorado encuentro, Yo tengo un pecado nuevo, Nosotros… Y me pregunto cómo pudo demostrar tal refinamiento y buen gusto al elegir de modo espontáneo lo que iba a cantar. Es indudable que su referente inicial tenía que ser únicamente lo que escuchaba a través de la radio, en medio de las labores que le aseguraban su frugal sustento.

Esas canciones se escuchaban en el Celeste, de su propia voz, cualquier día de aquel tremendo 1959. Los astros se alinearon para que un día venturoso de ese año Marta Valdés reparara en aquella extraordinaria voz de contralto y asumiera como compromiso consigo misma convocar a todos los posibles e imposibles a escuchar y conocer a aquella revelación de voz grave, profunda. Acerca del papel que jugó la Valdés en el descubrimiento de Freddy y de lo mucho que hizo para intentar encauzar aquel talento natural y desbordante, no digo más, no podría hacerlo mejor que ella misma, así que recomiendo de modo absoluto, la lectura de Freddy la cantante, su invaluable testimonio en su libro Palabras.

También los astros favorecieron a Freddy para que el abogado y criminalista Carlos Manuel Palma, conocedor e influyente como pocos en el mundo del espectáculo, fundador y dueño de la popular revista Show y morador de un apartamento en los altos del bar Celeste, también descubriera su potencial genuino, y en un trance premonitorio se decidiera a escribir en su propia revista: “Del servicio doméstico surge una bolerista que ha de ser célebre. Se llama Freddy García y pesa nada menos que 220 libras. Su rostro parece una luna llena color sepia. ¡Pero cómo canta boleros esta voluminosa mujer! La escuchamos en el bar Celeste, junto a integrantes del Cuarteto “Los Riveros” y el bailarín Arnaldo Silva y nos quedamos estupefactos. Hizo una creación de “Cada vez más” de René Touzet. Siguió en sus interpretaciones, con un estilo tan original, tan único, tan distinto, que su poder creador nos permitió a todos vaticinarle un porvenir triunfal, un futuro sin inquietudes. Sus días en el servicio doméstico naturalmente que están contados, porque cuando cualquier empresa la lance habrá enseguida que programarla en televisión, en radio, la harán cantante favorita y las compañías disqueras se disputarán sus grabaciones".

Muchos comenzaron a recalar en el Celeste, atraídos por el canto de aquella sirena de voluminosa ternura, pues de algún modo, sabían que algo importante se estaba gestando allí. Pero, sin dudas, Humberto Anido, el mago descubridor que se estrenaba como productor del Casino de Capri, fue quien tomó los mayores riesgos, convencido de estar ante un diamante en bruto y de que su promoción a los escenarios sería “un escándalo mucho más grande de lo que se piensa”. Convenció a la empresa que gestionaba el cabaret, a través de su manager Marvin Krause, para incluírla en el próximo show que ya se ensayaba.

Así, ya oficialmente rebautizada como Freddy, con sólo 24 años, en septiembre de 1959 Fredesvinda (¿o Fredelina?) García haría su debut profesional en el espectáculo Pimienta y Sal, una producción del propio Anido con coreografías de Ceferino Barrios, y en los créditos principales la vedette Raquel Mata, Rolo Martínez, Isidro Cámara, Kary Russi, la pareja de bailes Mitsuko y Roberto y el Cuarteto de Faxas. Freddy tuvo la fortuna de montar las canciones que interpretaría bajo la guía de Rafael Somavilla, uno de los grandes pianistas, arreglistas y directores orquestales de Cuba, y quien entonces dirigía la orquesta del Casino de Capri. Suerte de angel guardián, Humberto Anido apostó sin reservas por aquella voz que no tenía el respaldo seguro de una belleza moldeada en la esbeltez de un cuerpo, o en un rostro fascinante. Freddy era un amasijo de potencia vocal, expresión palpable y sentimiento en estado puro, transmutado en una capacidad inusual de comunicación e inducción al éxtasis del disfrute. Los titulares de los principales medios subrayaban la conmoción que el fenómeno Freddy ocasionaba en el público del afamado cabaret. Comienzan a llamarle “la Ella Fitzgerald cubana”.

En su columna en el diario Revolución, la compositora Marta Valdés, complacida de su hallazgo, llamaba también la atención de los lectores, suscribiendo el éxito que estaba conquistando la nueva revelación: “No podemos contentarnos con valorar el suyo como uno más de los números que componen la nueva producción del Capri. Hay que dar crédito a la increíble Freddy como voz y como realidad en la pista. Por primera vez en mucho tiempo, una figura -y nuestra- ha puesto de pie al público de un cabaret, levantando aplausos de teatro.” Aunque su popularidad en ese momento se limitaba a los que frecuentaban estos sitios -que no eran, ni con mucho, la mayoría- , pero comenzaban a correr la voz.

Carlos M. Palma, en su afán de destacar los valores de la cantante y el impacto que ya causaba a pocos meses de su aparición en el mundo del espectáculo, la declara Mujer del Año en el recuento anual realizado por la revista Show al finalizar 1959. La producción Pimienta y Sal continuó triunfante en la cartelera del Casino de Capri, aunque en enero de 1960, a casi cuatro meses de su estreno, Anido decidió renovar el elenco, pero a los únicos que mantuvo fue a Rolo Martínez y a Freddy, quien ya arrasaba con sus personalísimas versiones de El hombre que yo amé, y Noche de Ronda, acompañada por una orquesta también renovada, ahora dirigida por otra grande y olvidada batuta: Rafael Ortega.

En abril, el escenario del Capri exhibía una nueva producción de Anido: Ajiaco a la francesa, donde también la diva de la voz grave centraba un elenco de estrellas: los cantantes Manolo Torriente, Luis Donald, Raúl D’Mesa; la vedette Nelly Castell, el Cuarteto Rendón, Teresita Ferrán, y los bailarines Clarita Castillo y Néstor Vichot. Freddy impactaba cada noche con sus personalísimas recreaciones de Stormy Weather (Harold Arlen y Ted Koehler), I Love Paris (Cole Porter) y Anoche aprendí (René Touzet). Tanta fama nocturna llevó también a Freddy a las pantallas de la televisión cubana, donde hizo su aparición en el programa Jueves de Partagás, del Canal 6, se dice que compartiendo cartel con Benny Moré y Celia Cruz. El popular programa Casino de la Alegría -en horario estelar- la presentaría el 16 de marzo de ese mismo año, junto Alba Marina, Los Rivero, la Orquesta Sensación y al cantante panameño Tony Moro, quien era popular en La Habana por aquellos días. Por desgracia, los kinescopios de esos programas parece que no sobrevivieron para llegar a nuestros días y confirmar estas afirmaciones.

En abril del 60, la carrera de Freddy llegaba a otro momento lógico: Jesús Goris, dueño del sello Puchito, la contrata para grabar un vinilo de larga duración (LP), con el respaldo de la orquesta de Humberto Suárez, que serían, en definitiva, las únicas grabaciones que quedarían de la cantante del bar Celeste. Como era usual entonces, a la salida del LP le antecedieron algunos discos de 45 rpm, que recogían siempre los temas de mayor impacto en el momento. En el caso de Freddy, consta que, al menos, fueron editados en formato de 45 rpm los temas El hombe que yo amé (The Man I Love) y Noche de Ronda (Puchito 521) y Bésame mucho (Consuelo Velázquez) y Tengo (Marta Valdés) (Puchito 522), aunque probablemente hubo otros. La revista Bohemia anunciaba, en su edición del 24 de abril de 1960, la salida al mercado del LP-556 del sello Puchito bajo el título Freddy, con un penoso diseño de carátula, que en nada hacía justicia a la riqueza musical que contenía.

Marta Valdés, tras el seudónimo de M. Elevé, escribiría desde su columna en el diario Revolución, para anunciarlo a los cuatro vientos: “El LP de Fredy ya salió”. En reseña con este título, la Valdés no dudó en exponer sinceramente lo que pensaba sobre el disco, el tratamiento dado a las extraordinarias condiciones interpretativas de Freddy y sus posibilidades aún sin revelar para el gran público:

“Estimamos que para ser un primer intento de sacar esta voz a la calle, el disco se ha concebido con dignidad, se nota en la elección del material el deseo de llegar a todos los gustos –tal vez con demasiada tendencia a caer en lo que pudiéramos llamar “clásicos” de la canción latina. Puede que esto, y la inclusión de melodías americanas con letras en español- de las cuales la única cuya presencia el disco está justificada, por haber sido durante mucho tiempo repertorio de Freddy es El hombre que yo amé, sea un acierto en cuanto a las posibilidades comerciales. Como tal, lo aceptamos, es un primer LP. Pero Freddy tiene una cosa 'suya' y hay que tender a desarrollarla, con un repertorio característico de ella. Por ejemplo: más justificada que Bésame mucho, habría resultado incluír Nocturnal, Cada vez más, Añorado encuentro o Yo tengo un pecado nuevo, números en los cuales esta cancionera logra una creación desde hace mucho tiempo. Y llegamos al punto preciso: lo que por una parte -como decíamos- puede resultar beneficioso a la intérprete, resulta perjudicial en el sentido de que ha tenido que atarse a las exigencias de un repertorio que no puede serle cómodo (conocemos bien su estilo) y a ciertos aspectos de los arreglos que la fuerzan en cuanto a interpretación”.

Hay, necesariamente, que coincidir con Marta Valdés cuando lamenta lo inadecuado de las orquestaciones, distantes de la altura que demandaba la entrega íntima y visceral de Freddy en cada canción, y añora piezas más acertadas en la selección de los temas, que acusa una presencia intencionada de boleros de compositores mexicanos, quizás en previsión de una posible incursión de la cantante por aquel país. Años después, convertida ya Freddy en mito incontestable, muchas han sido las valoraciones coincidentes con este criterio, y se destacan en particular las de estudiosos como el Dr. Cristóbal Díaz Ayala, desde Puerto Rico y Jairo Grijalba desde Colombia.

Mientras tanto, Freddy continuaría su nueva vida de cantante, sobre todo desde la pista del Casino de Capri. Durante los carnavales de 1960, formaría parte de un show presentado por la cerveza Cristal en una de las tarimas creadas para realizar bailables y presentar espectáculos durante los festejos. En ese show, la cantante compartió cartel con el cuarteto Los Rivero, Rolando Laserie, la pareja de bailes Anisia y Rolando, Pototo y Filomeno, Las Mulatas de Fuego, Merceditas Valdés y El Jilguero.

Resulta curiosa la coincidencia en el surgimiento y esplendor de dos fenómenos fugaces, pero míticos en la música cubana: Freddy y La Lupe; ambas con orígenes humildísimos, imagen escénica poco común y cualidades vocales extraordinarias, aunque de estilos completamente diferentes. La revolución popular que instaló una nueva realidad político-social en el país al amanecer de 1959 intentaba remover con rapidez estamentos clasistas y prejuicios sociales y raciales de toda índole, y aunque en 1960 todavía convivía con estos intentos reivindicativos una buena parte de la estructura social precedente, a ningún portero de ningún bar o cabaret se le habría ocurrido cerrarle el paso a alguien como Freddy. Por eso pudo hacer del bar Celeste el entorno ideal para su canto. Por eso nadie pudo impedir que Anido la presentara como una verdadera estrella en la pista del Casino de Capri.

Una buena parte de la joven intelectualidad habanera -poetas, escritores, periodistas, actores, actrices, bailarines-, contribuyó sobremanera a llamar la atención sobre la valía de estas dos cantantes y a que ambas conquistaran un amplio reconocimiento. Era tal la popularidad de estas dos anti-divas en el sentido estricto del término, que cuentan que los empresarios que regenteaban el Casino de Capri y el Club La Red llegaron a un acuerdo para que no coincidieran los horarios de presentación de Freddy, en el primero, y la Lupe, en el segundo.

A finales de septiembre Freddy sale a cumplir su primer contrato internacional con el empresario Hugo Romani, que la lleva a presentarse en Venezuela, en programas de Radio Caracas, en Coney Island y en el cabaret Pasapoga, junto a otros artistas cubanos en el espectáculo Carnaval Carioca, producido por el coreógrafo cubano Gustavo Roig, y donde, sin dudas, fue también la sensación del momento. De su paso por Caracas y la favorable reacción que motivó, da fe la reseña que el 22 de octubre de 1960 publicara el cronista venezolano Bernardo Viera Trejo en la revista Elite, de Caracas: “Desde hace una semana Freddy estremece a los venezolanos con su estilo limpio, original, purísimo. Por la noche, la pista del night club donde trabaja se llena con su cuerpo y el night club todo se llena con su voz redonda y sonora que se parece a ninguna. Freddy es aplaudida una vez. Y otra. Y otra más. Y canta diez y doce canciones cada noche. Entonces nadie ve el tronco de mujerota: todos ven su voz, su pureza, la ternura de sus expresiones. Una vez más, la ley de la compensación".

En octubre del mismo año ya Anido pensaba en ella para su próxima producción -Serenata Mulata-, pero no hubo una tercera vez para la anti-diva en el Casino de Capri. Freddy no regresaría a La Habana: en febrero de 1961 ya está con su manager personal Néstor Baguer, en México, como parte de un espectáculo con figuras del cabaret Tropicana, bajo la dirección de Rodney y con Julio Gutiérrez a cargo de los arreglos y la dirección musical. Se presentan inicialmente en el Teatro Lírico, pero pasan de inmediato a un sitio de mayor categoría: el cabaret Señorial, aunque al parecer, Freddy no duró mucho tiempo en este elenco, donde surgieron problemas económicos con los contratantes mexicanos, a juzgar por informaciones enviadas por Rodney a la prensa cubana.

Algunas fuentes indican que la cantante habría estado preparando o quizás grabando su segundo disco en México, bajo la producción musical de Julio Gutiérrez, pero es Marta Valdés quien nos ofrece la única prueba hallada hasta ahora de que tal hecho pudo haberse concretado o estar muy cerca de hacerse realidad: “Debe haber sido a finales de febrero o comienzos de marzo de 1961 cuando alguien puso en mis manos una carta de Julio Gutiérrez, fechada el 19 de febrero, que he conservado con verdadero celo. En ella se refiere al estreno exitoso de la producción, la noche anterior, así como al proyecto suyo y de Freddy de incluír mi canción Tú no sospechas, 'que a ella y a mí me gusta mucho' en el nuevo long-playing de la cantante que comenzaría a grabarse a la semana siguiente en aquella ciudad. Fue la última noticia que tuve acerca de ella. Si el disco se grabó, con qué sello pudo haber sido, si algunos fragmentos de la grabación yacen en un almacén de cintas magnetofónicas de México por no haber resultado interesantes para los discósofos de entonces, es un misterio". Misterio que en 54 años no ha podido ser resuelto.

Rodney, Julio Gutiérrez y los integrantes del espectáculo de Tropicana abandonan México y ponen rumbo a Miami, pero Freddy está breve tiempo en esa ciudad. Sin muchos más datos, ni otras fuentes de información, que lo publicado por Carlos Manuel Palma en su revista Show, se sabe que la compañía lidereada por Rodney “se desintegró en México, al fracasar Carlos Amador con un espectáculo importado de La Habana, le entregaron al excoreógrafo de Tropicana las riendas del cabaret El Señorial, pero con material humano de cubanos que ya estaban radicados en el país. Así las cosas, los artistas que en su origen había llevado Rodney en su compañía, quedaron varados en Miami, disgregándose el nutrido grupo tomando cada uno rumbos diferentes. Freddy no tuvo medios de defenderse en Miami, viéndose en la necesidad de dirigirse a Puerto Rico".

Según esa publicación, allí es acogida en el hogar del músico y compositor Bobby Collazo, en Santurce, en la calle Figueroa No. 656. Para muchos artistas cubanos, son meses de incertidumbres y decisiones dramáticas y hasta definitivas, en términos de vida. Según Carlos M. Palma, citando a Bobby Collazo, Freddy había dejado a su pequeña hija de 9 años al cuidado de una amiga nombrada María Sánchez, que residía en la calle San Gregorio, en el barrio habanero de El Pilar, en El Cerro. Diversas e intensas debieron ser las emociones y sentimientos que violentaron por esos años la vida de Freddy, desde que su talento nato la catapultó, de la cocina de la residencia de la familia Bengochea, al escenario del Casino de Capri, y después a triunfar en otros países.

Su corazón soportó demasiado, además del sobrepeso, las emociones enfrentadas de una alegría inmensa y frecuentes tristezas, y a pesar de que la noche anterior fue de jolgorio en una de las tertulias que animaba Collazo en su casa, le sobrevino un sorpresivo infarto y la vida abandonó su cuerpo el 31 de julio del propio 1961. La cantante boricua Myrta Silva, quien había vivido muchos años en Cuba y fue para siempre una de las voces más trascendentes de las muchas que pasaron por La Sonora Matancera, se empeñó en ayudar para que Freddy, en su final, tuviera la dignidad que merecía, decisión que apoyaron muchos artistas cubanos que entonces se encontraban en Puerto Rico.

No creo que exista en la música cubana un mito como el de Freddy, quien en escasos dieciocho meses y un puñado de doce canciones precariamente orquestadas se instaló en el imaginario musical de un país de un modo tan persistente, que su imagen y su voz se resisten a abandonarla. Su disco long playing es de esas piezas que, a pesar de su imperfección, han clasificado por años como objeto de culto para legiones de melómanos y ha mantenido esta cualidad a través del relevo en los formatos de consumo musical, desde el vinilo, al CD y luego al download y el streaming. La vida breve no le alcanzó para conquistar y disfrutar la fama, eso vino después, cuando redescubierta en esas canciones no ha parado de hacerse escuchar. Su huella marcó a hombres y mujeres de más de una generación, que la siguieron y veneraron desde el asombro todo el tiempo que les fue posible, que fue muy poco.

Uno de ellos, el eminente escritor Guillermo Cabrera Infante () fue también de los primeros en descubrirla y experimentar el impacto de su inmensidad corporal y de la ternura de aquella voz de contralto excepcional. Quizás sin proponérselo, Cabrera Infante aseguró la inmortalidad de Freddy en su novela Tres Tristes Tigres. La historia de “La Estrella Rodríguez” retrata con ingenio y dosis habituales de ironía en la literatura de su autor, la relación del fotógrafo Códac con aquella inconcebible voz, con una fuerza y un brillo de tal relevancia dentro de la narrativa de la obra, que en sí misma adquiere independencia, al punto conquistar, treinta años después, su propio camino reviviendo en la publicación de Ella cantaba boleros como historia independiente en su catálogo autoral.

Para suerte de Fredesvinda (¿o Fredelina?) García, su despegue, ascenso, triunfo y paso a la eternidad del mito llegaron casi al mismo tiempo, poco más de 50 años atrás. La imposibilidad de seguir en detalle el rastro de su vida anterior al éxito, la ausencia de datos precisos sobre su últimos días lejos de todo lo que quiso y de los que la quisieron, han alimentado la leyenda. Pero, ¡atentos! Freddy aún camina por ahí, desanda ciudades vestida de otras voces tremendas, talentos naturales también como gemas sin pulir, en cuerpos y rostros muy distantes de ser complacientes con la estética parcializada y ajena que día a día se nos trata de imponer como premisa para el triunfo.

Esas anti-divas postmodernas cantan asombrando calles que trasmutan en escenarios improvisados, teatros y sitios de la noche que se dejan estremecer por su virtuosismo empírico o académico, complaciendo a entendidos y a advenedizos, pero que son invisibles a los ojos de los empresarios cubanos del mundo musical. Tienen que venir de mucho más lejos quienes las descubren, seguros de que el riesgo mayor sería no escuchar y atender su canto virtuoso. El ideal globalizado y castrante de la imagen es sordo al talento de “La Estrella” que inmortalizó Cabrera Infante, pero no lo dude: Freddy aún camina por las calles, cantando lo mismo El Manisero que Night and Day con su voz poderosa, desenfadada, casi retadora, haciendo caso omiso a la estética de moda, porque lo que importa es cantar, siempre cantar, estremecer con su cálida ternura de diosa desbordada, y sin dudas, aunque la ignoren, el talento terminará por imponerse.

Freddy debió nacer, en 1935, y aunque la mayoría de las fuentes consultadas fijan su nacimiento en la provincia de Camagüey, la propia cantante, en entrevista realizada en Radio Progreso y publicada luego en la revista Pizarra Verde (agosto de 1960) dice: "Nací en el Cerro". Falleció en Puerto Rico, el 31 de julio de 1961, con sólo 26 años.

Después de escribir este trabajo, tuve acceso al sitio www.ancestry.com y ahí pude acceder al Registro Civil de Puerto Rico. En él hallé y consulté el Certificado de Defunción emitido por el Departamento de Salud del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, que por una serie de coincidencias se puede asegurar que está referido a nuestra Freddy.

El documento aporta datos de importancia sobre la cantante, si se tiene en cuenta que hasta ahora, al parecer, no ha sido localizado ningún documento que los proporcione: su nombre verdadero se indica como FREDELINA GARCIA. Según el mismo documento, nació en La Habana el 11 de noviembre de 1934 y sus padres fueron Justo García y Manuela Herrera, ambos de La Habana, Cuba. Consigna como su oficio "TEATRO". La hora del fallecimiento se indica a las 4pm y las causas del deceso, insuficiencia cardíaca congestiva, hipertensión y obesidad.

El documento también indica que hacía un mes que residía en Puerto Rico, que fue atendida en el Hospital de Mujeres de Santurce y su cadáver fue enterrado en el Cementerio de la Capital. Se consigna como Informante a Eugenio M. Portilla, y en la casilla "Relación con el fallecido" se indica "FUND/DIR" (probablemente Director de Funeraria, que debió ser, según el mismo documento, el Puerto Rico Memorial, de Santurce. El Certificado de Defunción está fechado un día después de su fallecimiento, el 1 de agosto de 1961, con el número 1131, registro 64. Aquí pueden ver una copia fascimilar:



GRABACIONES
  • LP Puchito 521 FREDDY. LA VOZ DEL SENTIMIENTO (Re-ediciones: USA como Adria P-50. En formato CD Antilla-50; USA Melodie 79599.2 en Francia en 1995; Big World en 1995; Música del Sol MSCD-7201 en 1998; en descarga digital en iTunes bajo el sello Antilla Records, etc).
  • The Man I Love (George Gershwin)
  • Tengo (Marta Valdés)
  • La cita (Gabriel Ruiz)
  • Noche y día (Cole Porter)
  • Vivamos hoy (Wilfredo Riquelme)
  • Freddy (Ela O'Farrill)
  • Noche de ronda (Agustín Lara)
  • Tengo que decirte (Rafael Pedraza)
  • Debí llorar (Piloto y Vera)
  • Sombras y más sombras (Humberto Suárez)
  • Gracias, mi amor (Jesús Faneity)
  • Bésame mucho (Consuelo Velázquez)
Un agradecimiento especial a Marta Valdés.

Rosa Marquetti
Desmemoriados. Historias de la música cubana
9 de noviembre de 2015.

miércoles, 27 de enero de 2016

Toda una gema para Marta Valdés



Cuando dio a conocer su álbum Derramando luz, Gema Corredera hizo saber a sus seguidores que la madurez ya le había llegado, atreviéndose en ese empeño con nuevas sonoridades y ritmos diversos que el manejo de su voz cálida y expresiva le permitió sortear con esa excelencia que pareciera sobrepasar cualquier dificultad.

Los que conocemos su manera de abordar la canción, su capacidad creativa, amén de su cuidada técnica vocal, nos alegramos ante un disco como ese. Y nos preguntamos cuál sería el nuevo episodio de esta saga de admiración y respeto que Gema Corredera ha ido entregándonos a lo largo de una carrera en la cual permanece alerta ante los facilismos, desde los días de su célebre dúo con Pavel Urquiza hasta estas fechas, cuando regresa a Marta Valdés para decirnos cómo vive y canta hoy, siempre pensando a Cuba, desde cualquier cardinal.

Cercana al teatro de algún modo u otro, Gema debutó cantando en el escenario de la sala Hubert de Blanck. Algún tiempo después, ya graduada como musicóloga en el Instituto Superior de Arte, regresó a esas tablas con el Teatro Estudio, y fue parte de las famosas peñas de la Casona de Línea en las que Marta Valdés era un centro generoso. La descubrí en el abigarrado elenco de aquel montaje de Concierto Barroco que Raquel Revuelta dirigió un tanto a su pesar, y que viajó a España, al Festival de Cádiz, como saludo al controversial Quinto Centenario del Descubrimiento.

Luego vendrían los discos que, desde España, nos decían que Gema y Pavel no dejarían de cantar. Radicada en Miami, ha conservado no solo esa voz que aporta una excelente compañía, sino además la lucidez que defiende la mejor música de la Isla, al tiempo que la fusiona con aires, ritmos y tendencias que ella amalgama mediante su personalidad, a un tiempo tan libre y tan contenida.

Poseyendo ese aparato vocal privilegiado, rara vez se le oye alardear de sus potencialidades, como no sea para jugar sanamente, a la manera en que lo demuestra en su delirante reapropiación de “Yo quisiera parar de fumar”. Esa es también su riqueza, la de alguien que sabiéndose dueña de un don no lo malgasta. Lo cuida como la joya que mejor le pertenece, para compartirla elegantemente.

Alguna vez dijo Gema Corredera que la cualidad que más admiraba en una mujer era la paciencia. Feeling Marta, el álbum que llega a dos años de Derramando luz, corrobora esa apreciación. Conociendo a la compositora de En la imaginación, aprendiendo de ella en conversaciones que se hilvanan desde el respeto mutuo a la música, hubiera podido lanzarse en un proyecto como este hace algún tiempo.

Pero ha sabido esperar, y de esa cualidad, tan extraña entre los cubanos, proviene lo mejor de este disco, en el que las canciones de la Valdés esplenden con nuevo brillo, que proviene de ese tiempo en el que Gema fue madurando la idea, y entrando en la historia pública y secreta de estos temas hasta encontrar en ellos el trasfondo de una verdad propia.

Libre de cualquier apresuramiento, el resultado no solo une a la maestra y a la discípula, a la compositora y a una intérprete fiel, sino también a quien escucha, en un círculo perfecto de complicidad, que explica, por sí solo, el lugar irrebatible que Marta Valdés tiene en nuestra cultura, y el riesgo indudable que su singularidad impone a quien se acerque a sus canciones. Un riesgo que solo se reduce si el compromiso es auténtico, si el sentir es genuino, si la voz encuentra ese camino preciso entre la confesión y la armonía.

Quien aspira a encontrar esto no saldrá defraudado tras escuchar Feeling Marta. Sentir a Marta, reza el título del álbum, haciendo un lazo con la memoria del filin como movimiento en la historia de la música cubana contemporánea. Pero insistiendo también allí en esa condición particularizada del sentimiento que la Valdés ha ido filtrando de canción en canción, y que sus admiradores compartimos como un código, una señal secreta, que va de la poesía a la música, sin necesidad de ser parodia ni imitación vaga de lo propiamente poético.

El mundo sonoro de Marta Valdés, cercano sin duda a la poesía, a la tradición de lo lírico, tiene su propia fuerza poética, su organicidad en un conjunto de símbolos que se van organizando a lo largo de su trayectoria, y que nunca resulta impostada, logrando esa atmósfera tan singular en un tono que jamás se traiciona. Marta Valdés ha rehuido tal vez a conciencia el no identificarse como autora de hits, aunque algunos de sus temas lo sean.

No en balde fueron los poetas de La Habana y Matanzas los que me hicieron llegar a sus versos. Y digo verso donde otros dicen canción, porque ella es una compositora poeta, una figura para algunos distante o solitaria, que sin embargo estará siempre arropada por sus composiciones, y por el celo de quienes la entendemos en ese ámbito tan suyo. Desde ese ámbito, ese sentimiento-Marta, vienen las canciones elegidas por Gema Corredera para su álbum, que funciona como una excelente carta de presentación. Si es que usted no conoce estas estrofas, o nunca antes ha escuchado cantar a Gema Corredera.

Acompañada por Robertico Carcassés, Carlos Ríos, Yissi García y Oliver Valdés, en esta producción de GC Music, Gema apela a lo conquistado en sus discos anteriores para ir a diferentes ritmos y sonoridades en pos de su lectura personal de estos temas de Marta Valdés. El jazz, un aire de bossa nova, el teclado limpio y solo en pos de la balada, el rejuego vocal junto a la española Martirio en No es preciso, se extienden a lo largo de los 14 cortes del álbum.

Consciente de lo que Marta Valdés dice y calla en sus composiciones, hay también una búsqueda consciente de lo íntimo, de la voz que se despoja de cualquier aderezo para defender en soledad lo que aspira a comunicarnos. Así, cuando se enfrenta a Palabras, su canto no requiere de respaldo alguno en los primeros segundos.

Luego, cuando culmina Sin ir más lejos, cierra el tema con un scatting al que tampoco acompaña instrumento alguno, libre en su manera de jugar con el tema que le sirvió de punto de partida. Y de este modo, cuando se despide, nos ofrece Más allá de la música, enteramente a capella, llegando a ese momento tan difícil que ha ido anunciándonos a lo largo de toda la entrega, y que viene a ser el cierre orgánico, y eficaz, de un empeño en el que, de algún modo, nos dice de qué modo esas canciones ya la habitan, ya no precisan de acompañamiento para ser parte de lo que ella entiende del amor y del mundo.

Si no bastara con ello, ahí está esa pieza inédita que es Última estación, un regalo que confirma que Marta Valdés aún puede brindarnos páginas de excelencia. Ella nos advierte a través del canto de Gema: “Allá en el cielo me llaman/ pero aún no subiré./ Mil razones lo reclaman,/ mil motivos encontré”. Y uno no deja de alegrarse ante esa confirmación de vida, ante esa promesa que anuncia nuevos encuentros y más canciones. Ubicada estratégicamente, destaca entre las reapropiaciones que Gema ha hecho de canciones infaltables de ese repertorio, como Llora, En la imaginación, José Jacinto y Aunque no te vi llegar, que cuento entre mis preferidas.

Pero si tuviera que elegir una sola entre todas, no dudaría en seleccionar su manera de entender, sentir y devolvernos Canción fácil, la cual, a pesar de su título, es uno de los más exigentes momentos del catálogo de Marta Valdés. La actriz que hay en la cantante que es Gema le permite hacer de esa canción un monólogo vibrante, una cuidada aparición, que perdura en la memoria por todo lo que alude durante esos tres minutos y poco más de pura poesía.

Qué memoria de mi vida me ha tocado revivir a través de esa manera en la que Gema se adueña de una canción tan delicada, es lo que me pregunto al escucharla una y otra vez. Encanto o misterio: dos posibles respuestas que tal vez me ayuden a agradecerle constantemente su logro.

Yendo por esa memoria, pienso en las otras mujeres, en las otras cantantes notables que han entrado al mundo de Marta para legarnos discos íntegros o parcialmente dedicados a su repertorio. Elena Burke, Doris de la Torre, Miriam Ramos, Sara González, Renée Barrios y muy recientemente Haydée Milanés. Feeling Marta dialoga con esas voces, no para suplantarlas ni restarles valor, sino para demostrar que en la obra de la Valdés aún queda mucho por revisitar, y al mismo tiempo rinde tributo a varias de esas grandes intérpretes.

Gema, que adelantaba en su Derramando luz una versión esplendorosa de Tengo, a la que antecedía una grabación de la mítica Freddy, nos preparaba de algún modo ya para que recibiéramos este disco en su dimensión más nítida. Sería inútil comparar esta obra con otras, porque en esta producción de tan cuidados detalles Gema Corredera ha conseguido un nuevo retrato de su proyección como artista, mediante las palabras, los giros, las alusiones, los silencios incluso, de esa compositora inimitable que es Marta Valdés.

Puesto a la hora de exigencia, confieso que mucho me hubiese gustado oír otros temas de la autora de Por La Habana en la voz de Gema Corredera. Pienso en Como un río, en Canción desde otro mundo, en No hagas caso, Canción sin título, o en el gozo que ella nos hubiera procurado con Aves de madera y Las piñas del Templete. Acaso queden para una próxima vuelta a ese espacio tan ceñido y sensible que Marta Valdés ha ido creando con paciencia y mirada tan sabia.

Ya dije alguna vez, y me excuso por repetirme, que su música es una especie de gusto adquirido, al que se llega mediante una senda de exigencias y querencias nada complacientes. Estoy seguro de que Feeling Marta ayudará a muchos a llegar a ese gusto peculiar que permitirá el disfrute más provechoso de estas y otras canciones.

Es un momento de plenitud, una fruta madurada y tentadora en la estación idónea, cuando todo se combina para que cada uno de sus elementos alcance el equilibrio y la delicadeza necesaria. Una gran compositora y una gran intérprete nos regalan un puñado de canciones, más que hermosas, memorables. Ellas se ven a sí mismas en este repertorio y procuran que las acompañen las cuerdas, el teclado, los instrumentos estrictamente necesarios.

En una época en la cual el oído del cubano está siendo tan maltratado (y con el oído, el alma), este disco es un regalo de puro sentimiento. Cuánto me gustaría que se escuchara entre nosotros como merece. Y así ayudara a salvarnos, a hacernos ver, en la música, otro color, otra Habana. Y el trasluz de otra Cuba.

Norge Espinosa Mendoza
Cuba Contemporánea, 1 de diciembre de 2015.

lunes, 25 de enero de 2016

Meme Solís, no tan clandestino



Su talento como compositor, pianista y cantante, así como los azares de la vida de Meme Solís (Mayajigua, 1939), uno de los más grandes músicos cubanos que respira hoy en el mundo, demuestran que la censura y el odio de los represores no prosperan en la memoria ni conocen el pulso y las serventías de la nostalgia.

El hombre era una leyenda en los años 60 en su país y la gente se enamoraba con sus canciones, las fiestas privadas se animaban con las melodías del llamado Cuarteto de Meme, donde estaba, por cierto, Moraima Secada, y sus piezas eran himnos particulares o emblemas de la cubanía como la que todavía identifica los espectáculos del cabaret Tropicana.

Solís se inició como pianista acompañante de otro mito, Elena Burke, y tenía un programa musical diario que se escuchaba en todo el país con porfía de radionovela. Y por las noches se podía ver en el bar El Patio del hotel Habana Libre, sitio donde trabajó hasta 1969.

El Patio era una especie de santuario para los jóvenes que iban a oír todo el recital convencidos de que, al final, podrían corear con Meme la balada Otro amanecer, una obra que las nuevas generaciones se aprendieron en las tertulias familiares y en los discos y grabaciones particulares que nadie podía prohibir, aunque se debían oír con el volumen lo más bajo posible.

La ofensiva del régimen contra el compositor se desató el mismo día que el hombre anunció que quería salir de Cuba. Deseaba irse a vivir y a trabajar a otros sitios y, de inmediato, se censuró su música en los medios, se extendió entre los artistas el miedo a pronunciar su nombre y Solís fue enviado a trabajar como obrero a una fabrica de cajas de cartón con un salario mínimo.

Más tarde, gracias a la gestión de un amigo, lo mandaron a trabajar a una oficina de estadísticas y después en pequeños clubes de las playas del este de La Habana, hasta que "la Revolución decida cuándo se puede ir".

El artista no dejó de escribir su música y algunas cantantes como Elena Burke y Ela Calvo, con discreción, se atrevían a incluirlo en sus repertorios. Solís se convirtió en un compositor fantasma para otros artistas que cantaban sus piezas sin mencionar al autor y para el público que no lo volvió a ver en la televisión ni a escucharlo en la radio y se tenía que conformar con las noticias de que alguien lo había visto en Cienfuegos o por una calle de Santa Clara.

De alguna manera continuaron en el aire canciones como Orquídea, Traigo mi voz, Destino de los dos, Estos días de lluvia y Amor, ayúdame, entre otras.

En la última etapa de los casi 20 años que Solís vivió ese insilio especial, se le permitió actuar en cabarets y teatros hasta que salió para España en 1987. Y a Madrid volvió, acompañado por Malena Burke, donde el 11 de diciembre tuvo con los madrileños una Cita en Navidad, en el teatro Santiago Rusiñol.

Solís regresó libre, seguro de que nada se puede olvidar y con las palabras que hace unos meses dijo, cuando lo invitaron a recibir un homenaje en su país: "No creo que vaya a Cuba mientras esté ese gobierno. Una cosa es que mi música se ponga allí y otra que yo vaya. Yo mismo sabré si algún día regreso a Cuba".

Raúl Rivero
El Mundo, 26 de noviembre de 2015.

Video: Meme Solís, Xiomara Laugart y el grupo vocal D'Meme.



viernes, 22 de enero de 2016

Despedida, por ahora, del Abicú


Mi querida y nobilísima Tania:

Debes pararle bola al petimetre (hay que ver la cara de garduña almizclera que se gasta ese nauseabundo jabao guayabú con ínfulas de catedrático abstruso). Bajo ningún concepto debes rebajarte a llenar semejante cuestionario, sibilinamente amañado para hacerte la cama a fuerza de carantoñas y, a su vieja usanza paradójica, descaracterizarte autobiográficamente como opositora militante sacando a relucir entre líneas tu prehistoria familiar en el PSP.

A fuer de sincero y esperando que no me lo tomes a mal, un reproche colegial que, si mal no recuerdo, sin caer en el ejercicio estéril de denigrar a los muertos, tenías que haber matizado mucho más tu valoración. Ya hemos tocado a fondo el tema por teléfono, pero debo decirte que hasta cierto punto tú misma -tal vez debido a la poética nostalgia manriqueña de un pasado republicano que en nuestro caso particular pese a sus innegables defectos, a todas luces, fue incomparablemente mejor que el futuro que nos cayó encima después- sueles dar pie, id est, ofrecerle inconscientemente un flanco débil a ese tipo de asechanzas diversionistas.

Sin ir más lejos, verbigracia internós, la semblanza favorable del difunto tribuno comunista Salvador que reprodujiste anteayer en tu blog, tomada de una enciclopedia, pero precedida de una afectuosa nota introductoria de tu cosecha da una visión tendenciosa, obviamente demasiado apologética no sólo del personaje sino también del papel real del PSP en el, sin el concurso suicida del establecimiento republicano en pleno, fácilmente contenible ascenso al poder de los hermanos Castro. Indudablemente, a Salvador no lo enviaron por gusto a la remota Guinea sino porque, como los microfacciosos de Aníbal Escalante, los sabuesos del G-2 se percataron enseguida de que él seguía siendo dogmáticamente leal.

Fue una especie de ostracismo muy habitual en la Alta Nomenclatura. Igual, dueño de una imagen pública positiva, podía ser a la vez buena persona en la vida privada. Pero hasta ahí, porque el cultivo de la caballerosidad y los buenos modales formaba entonces parte de la política de relaciones humanas de todas las filiales del PCUS en el ámbito intelectual. Ahora bien, desde el punto de vista objetivo, en última instancia tanto el PSP como su distinguida pléyade de intelectuales estaban al servicio de una potencia extranjera. Y no es ni remotamente verdad eso de que hayan sido traicionados por el Magno Paciente.

Al contrario, igual que las mal llamadas “clases vivas” y el resto de la partidocracia burguesa de la época, los comunistas criollos se embromaron varias veces a sí mismos, traicionando a sabiendas sus respectivos credos político-ideológicos hasta que ya fue demasiado tarde para enmendar el cúmulo de ingenuidades, entuertos y desatinos mutuos. A partir de esos pecados originales en serie, como la maldición hereditaria en las tragedias clásicas del teatro griego a lo Esquilo-Sófocles, se fue hilvanando una larga cadena de traiciones cuyo penúltimo eslabón es precisamente el bufo subversivo que hace ahora mismo las angustias –que para mi Alter Ego serían más bien delicias- de los cuatro gatos endemoniados del “Eje del Mal”.

Sobra ahí demasiada tela por donde cortar para desplegar aquí todo el pesado fardo de culpas ajenas que propiciaron estultamente el cambio de opinión de las masas populares y aquella fatídica apoteosis castrista a fines del 58. Resumiendo, sé que nadie escarmienta por cabeza ajena, pero aquí te va mi catecismo personal como ex militante del PCC para desactivar de antemano esos petardos autobiográficos y alcanzar la invulnerabilidad por ese sensible costado humano:

(1) Renunciar programáticamente a la visión maniquea de la humanidad, obligando a Dios y al Diablo a alumbrarse con la misma vela crítica.

(2) Empezar por redefinirme y amarme a mí mismo como un hijo de vecina con su entrañable balance de virtudes y defectos.

(3) Eliminar todo rezago traumático de complejos de culpa a través de una catarsis pública y radical del inventario completo de las pasadas culpas voluntarias e involuntarias, reales o imaginarias, del Abicú.

(4) No aspirar a ningún tipo de gratitudes ni recompensas por las buenas obras realizadas, considerándome en compensación espiritualmente por satisfecho, por un lado, con los múltiples placeres epicúreos que me doy a diario en el exilio colonés y, por el otro, con el natural sentimiento de alegría por el mal ajeno de todo aquel degenerado que se lo merezca con creces.

Tanto más cuanto más mi Alter Ego pueda ufanarse a justo título de haber contribuido sustancialmente a provocarlo y/o agravarlo a un extremo sensible. Culpas que, como por suerte me consta que te ocurre a ti -igual que mi Alter Ego, a quien, cuando por fin egresamos de la beca latinista en Ariza, reapareciendo con la frente en alto en la sede de la UNEAC y la Editorial Arte y Literatura en el Palacio del Segundo Cabo, nadie pudo señalar con el dedo- distan largo trecho de ser inconfesables.

Por lo demás, mi amiga, en este jodido mundo nadie nace viejo y sabio.

Un abrazo fuerte,
Jorge A. Pomar
Colonia, 9 de diciembre de 2010.


Video: Subido por Pomar a You Tube el 31 de agosto de 2011.

miércoles, 20 de enero de 2016

Un microbrigadista llamado Pomar



Hola, Tania:

Interesante la biografía de Ángel Moya Acosta, pero más interesante todavía es el detalle de que lo hayan mandado a cumplir sentencia a Guantánamo. Quiere decir que no era espía. No obstante, sobre todo en su caso, un joven de la calle sin maldad política como Zapata Tamayo, la filia retroprogre combinada con la influencia corruptora del entorno disidencial, puede haber hecho los usuales estragos en su integridad moral. Tal vez no, pero es evidente que su mujer ha sucumbido al andancio endémico...

Por cierto, entre 1977 y 1980 trabajé como microbrigadista en la ECOA 8 de Alamar, donde me gané el actual apartamento de mis hijos en la Zona 13 con el sudor de mi frente y, sobre todo, la astucia de mi frente para evitar las diez horas diarias de lunes a sábado. Aproximadamente al año de laborar a pie de obra como mezclero, "inventé mi maquinaria": el oasis caliente, pero salvador de la impermeabilización de techos.

En ese giro, bajo la dirección de mi jefe oriental Manfugás, viejo chévere que ya tenía su apartamento y se desquitaba del rigor disciplinario haciendo lo que le daba la gana (lo suyo era dirigir las operaciones en calidad de técnico), asumí el mando de la caldera de alquitrán. Nunca me quemé porque preferí el calor del traje a correr riesgos respetando las normas de protección al pie de la letra.

O sea, lucía como un samurai con armadura, mandil, guantes y careta. Oficio peligroso debido al peligro de explosión o quemadura de tercer grado con chapapote en la azotea pero, aparte de la brisa y vista del mar lejos de los ojos de los inspectores, ofrecía ventajas de lo más apreciables:

(1) Cuando no faltaban los bloques de papel alquitranado, faltaban los rollos de folio de aluminio o, en su defecto, la gravilla o los escobillones para untar el chapapote caliente.O bien, el combustible para la caldera. Incluso los cinco ayudantes por haber sido enviada la brigada a otras labores.

(2) El trabajo completo duraba normalmente unos 5 días, tras los cuales Manfugás solicitaba el camión para el traslado de la caldera y la grúa Cato para bajarla de la azotea terminada y subirla a la siguiente, solía suceder lo siguiente: cuando aparecía el camión, no llegaba la grúa. O viceversa. No siendo rara la ausencia de ambos.

(3) Cuando algún chaparrón mojaba el techo, había que esperar a que se volviera a secar. Entretanto, transcurrían los días conmigo holgazaneando o traduciendo a destajo para el Instituo Cubano del Libro (en el apartamento del quinto piso donde se guardaban los materiales, que cuando se terciaba también usaba clandestinamente a guisa de posada) y el jefe esperando tranquilamente en su casa a que yo fuese a avisarle.

(4) Puesto en cada edificio el personal de la brigada en cuestión --cuyo jefe se esmeraba en tratarnos a cuerpo de rey con tal de evitar futuras goteras-- pertenecía al sindicato de tabacaleros, matarifes, hoteleros, destiladores, transportistas, etc, resulta que una semana comparíamos almuerzo para turistas con ellos; la otra nos obsequiaban con sendos gruesos mazos de habanos selectos; la sigueinte con un paquete de picadillo del matadero de Luyanó, la de más arriba con un par de botellas de ron, y así sucesivamente. Y lo mejor eran los "conectos" de largo plazo con los tabaqueros -después algunos me seguían localizando para venderme puros torcidos a mano a precio de socios- y sobre todo los hoteleros: trabé fructífera amistad, por ejemplo, con uno de los maîtres del Hotel Nacional, que me colaba de contrabando por una noche en alguna habitación vacante.

(5) En ese vacilón estaba cuando, de golpe y porrazo, a tenor del Sistema de Dirección y Planificación de la Economía del CAME, entró en vigor aquella ley o decreto que establecía el pago de primas por condiciones anormales de trabajo.Tres de ellas nos correspondían. De modo que, al final de cada mes, junto con los magros 163 pesos devengados como traductor en el MINBAS, recibía otro con similar cantidad por concepto de peligrosidad, nocividad y altura. No me venía nada mal la paga adicional: junto con el sueldo básico y los honorarios de las traduciones a destajo para el Instituto Cubano del Libro, redondeaban una bonita suma.

En fin, como solíamos bromear el viejo Manfugás y yo, ésas eran "las ventajas del socialismo". Menudeaban también los momentos jocosos. Como este, para cerrar con broche yoruba este relato sobre las microbrigadas de Máximo Andión: a fin de que el chapapote estuviese a punto de cochura, el Abicú debía estar en su puesto de trabajo en la azotea una hora antes del inicio de la jornada. Pues, bien, resulta que unos días más tarde estaba previsto celebrar la temible asamblea de reparto de viviendas, en la que los microbrigadistas no tenían nada seguro porque siempre sobraban necesitados y faltaban apartamentos.

Hete aquí que, sentado ya de cara al litoral en el pretil para fumarme el primer habano de la mañana mientras se caldeaba la caldera, a lo lejos veo acercarse entre los matorrales, más de media hora antes del campanazo, a un asere mestizo, enjuto como un güin con su mano de Orula y su amasijo de collares de santería aomando por el cuello de la camisa. Venía "sigiliao", ojeando a diestra y siniestra, delante y detrás, abajo y arriba, para cerciorarse de que no había pitirres en el alambre. Instintivamente, me incliné hacia el lado contrario para no proyectar siluetas detatoras con el sol tan bajo en el horizonte. De pronto, ¡ehhh, qué estará haciendo Lázarito encorvado con tanto misterio en esa esquina del edificio?

Criado durante años en Cárdenas por mi abuela materna, en cuya casa había un cuarto entero para los altares yorubas, no tardé mucho en descifrar sus intenciones. En efecto, tomando de nuevo las mismas precauciones de la llegada, Lazarito avanzó liviano hasta el siguiente canto y repitió el ritual. Habiéndolo seguido por arriba, esta vez pillé bien lo ya maliado: con la mano derecha extrajo de uno de los bolsillos traseros una bolsita azul, zafó la atadura, se vertió el polvoriento contenido sobre la palma abierta de la mano derecha, infló el pecho de paloma, se inclinó para tomar impulso y, con la máxima fuerza de sus pulmones de fumador empedernido, sopló aquel polvo mágico contra el segundo ángulo.

Completada la cuarta maniobra, se alejaba del sitio frotándose las manos cuando un grito desde lo alto ("¡Vaya, Lazaribio...!") se le clavó entre los omóplatos, dejándolo tieso y lívido como un difunto en rigor mortis. Contuve el aliento y la risa hasta que, con los ojos desorbitados de espanto giró como pudo sobre sus talones y divisó allá arriba al militante del Partido que era mi Alter Ego:

-"¡Despreocúpate, consorte, que ahora sí no hay quien te tumbe el gao!" Y solté una carcajada tan larga y estruendosa que todavía debe de estar resonando en aquel paraje. Despavorido, el pobre aprendiz de brujo subió a trancos la escalera y, en menos de lo que yo tardé en descontorsionarme, levantó la tapa de acceso a la azotea y casi se arodilla ante el guasón:

-¡Por su madrecita sa-santa, Po-pomar (era medio gago y fañoso, pero un tipo de rompe y raja)... Y perdone Uuusté (todavía no me tuteaba) que se la mencione... ¡Pe-pe-pero si Usted se va de lengua, por la pura le juro (levanta el índice en señal de advertencia), co-coño que yo lo coso a Usté mismo a pu-puñaladas...!

Ya el horno de la caldera ardía sobre la azotea del próximo edificio en la Siberia alamareña cuando, al verlo acercarse al edificio desde la carretera, supe por el mero modo de caminar, sobre todo por el gesto de la mano derecha alzada con un pequeño objeto brillante entre índice y pulgar, que Lázaro y su familia al fin eran felices. Me traía dos preciosa cajas selladas de charutos Sancho Panza, cada uno con sus correspondientes vitolas: "Del buti, de exportación", exclamó. "Coño, ya hacia rato que me lo sospechaba: ¡además de gusano, ladrón!"

Resumiendo, fue una velada feliz y bulliciosa con lechón asado y rumba de cajón. Espléndido como soy, correspondí al gesto asistiendo a la inauración dominical del flamante apartamento prefabricado con un caja de cerveza Hatuey y dos botellas de ron Añejo 7 Años. Y no me despedí tambaleante en el umbral sin antes sacar del maletín de las maravillas uno de cuatro relucientes llavines de cuatro pines, provenientes del almacén de la ECOA 8, para asegurar la puerta de la nueva morada de mi amigo como manda el Hermes criollo...

-Ah, sí... -trato de ponerme serio porque tampoco era para menos. Conque además de insinuar que soy un chivato, me amenazas de muerte. Pues no faltaba más....

-No, no, pe-perdone el a-caloramiento. Ahora ve-veo --empieza calmarse-- que Usté es u-un hombre y los hombres co-como Usté no chivatean. Lo que pasa es que ya yo voy para cinco años en esta lu-lucha.Como Usté bien sabe, en el primer reeeparto hace dos años me, me fui en blanco. Mire, yo no soy más que un pobre pa-padre de familia inculto, yyyy ya lle-llevo cinco años en esta lucha.

-Sí, sí, ya me aprendí ese cuento memoria: "con mujer, tres hijos chiquitos y una suegra inválida en un cuartucho de solar pegado a los inodoros" y demás calamidades. Sin contar la querida, claro, a la que no hay que mantener, pero sí estimular de vez en cuando. Lo único que te sobran son los tabacos: si me sobornas con humo como a tu Elegguá, te juro que seré una tumba...

Jorge A. Pomar
Colonia, 26 de mayo de 2010.

lunes, 18 de enero de 2016

Felicitación a Laura


Con motivo de su graduación en Cuba como doctora en Oncología, a varios amigos, vía email, Pomar nos envió una copia de la carta que le hizo a Laura Selis Pomar, su hija mayor.

Hola, Laura:

¡FELICIDADES, DOCTORA! Ya me había enterado por email de tu hermano Mauro de la excelente nota: ¡97,28! La puntuación más alta de la jornada en Oncología. Rebajándole lo todo lo que hubiere menester, alcanzaría de sobra para el Summa cum laude hasta en las universidades más exigentes del planeta. En verdad, no esperaba ese notición tan pronto, así que di en pensar que se trataría más bien de algún examen intermedio y quedé a la espera de tu confirmación. Pero, en fin, ya sabes la alegría que le das a tu padre: le acabas de quitar un canto del pecho.

El mejor consuelo imaginable en medio de este invierno crudo y precoz que no respeta los pronósticos catastrofistas de los calentólogos. Los huevos que tu padre planeaba freír al sol en el balcón desde el inicio de la estación los está friendo con los labios cada vez que abre la puerta de la cocina. Gris el cielo permanentemente encapotado, suelos cubiertos de nieve, árboles de la avenida del frente y el patio del fondo hechos unos esqueletos espectrales, ventoleras a cada rato y una frialdad que cala huesos.

Así se está comportando mi decimoséptimo aniversario por estas latitudes nórdicas. Arribé al aeropuerto de Düsseldorf exactamente el 21 de noviembre de 1993, ataviado con un flamígero traje de gabardina china y unos mocasines de piel de serpiente que me había obsequiado la tía de Gipsia. Sin guantes ni sombrero bajo la fina ventisca de aguanieve, aquella salida al descampado fue como una inmersión en la pila bautismal. Menos mal que no tardó mucho en acudir al rescate el proverbial comité de recepción, qué si no...

Ya se respiran aires navideños y todas las tabernas se animan con los preparativos para el famoso carnaval de Colonia. Para que te hagas una idea: años atrás, de regreso a casa una tarde invernal, pasé por el supermercado a comprar una caja de cervezas frías y, temiendo que se me enfriasen por el camino, me impulsé a todo lo que daba la catalina. Tanto que al frenar de golpe sobre el pavimento congelado ante un semáforo en rojo, ambas gomas derraparon pavorosamente contra el contén.

De milagro, algo contuso, pero por lo demás ileso, libré del acrobático despatarre. Pero héte aquí que, a todas éstas, sólo mientras, aprovechando el cambio de luces, recogía el reguero de fragmentos de las botellas reventadas vine a caer en la cuenta de lo absurdo de la situación: “¿Cómo diantres, so pedazo de mongo –increpome más que merecidamente mi enfurecido Alter Ego--, quieres que se nos caliente el láguer si el termómetro de esa farmacia ahí al lado marca 15 grados bajo cero?".

Sin duda tiene también sus encantos este mes de los suicidios gerontocráticos aquí en Teutolandia, pero aún así, pese a la experiencia de los años, noviembre sigue siendo un mes de brusca transición al que aún no logro acostumbrarme. También por la trapera que hay que ponerse para salir a la calle: calzoncillos corto y largo, medias gruesas, fardo de corduroy, botines o zapatos con forro algodonado, camiseta, pulóver, enguatada, chaqueta de piel, recio gabán, gorro o sombrero, guantes, bufanda, paraguas...

¡Del carajo la vela el lío que me armo cada vez que tengo que buscar las llaves, el celular, la cartera, los espejuelos o cualquier otro objeto en ese sinfín de bolsillos! Para colmo, la jodienda de andar espiándome a mí mismo en el taxi, metro, tranvía o tren de cercanías, porque a menudo me distraigo durante el trayecto, dejando regada la bufanda, uno de los guantes o el sombrero.

Lo dicho: ya iba siendo hora de que dejaras atrás la fase estudiantil. Asimilada la buena nueva que acabas de darme, ahora mismo me pongo la armadura completa y parto raudo hacia el supermercado a buscar una botella del mejor champán para descorcharla en la cena de esta noche en honor de mi docta hija mayor. Aquí a mis espaldas, Anna me pide que te trasmita sus congratulaciones y votos de salud, felicidad y toda clase de éxitos profesionales.

Besos y abrazos a todos, te abraza con un corazón cálido de emoción a orillas del gélido Rhin...
Papá

Jorge A. Pomar
Colonia, 1 de diciembre de 2010.

PD: Lo que no le pude aclarar a mi hija en el discreto email de felicitación vía Infomed, pero ni falta que hace porque sé que consciente está del detalle: cierto, se graduó de Oncología gracias a su tesón y a la Revolución, pero algún papel habrán jugado los 30 cuc de sueldo mensual promedio devengados por su madre, internista durante toda su vida laboral, los 231 pesos ídem percibidos por su padre licenciado hasta el 93 por sus servicios como traductor-editor y, sobre todo, los 17 que lleva a la jila girándoles remesas en divisas, ropa y zapatos, cosméticos, laptops, etc.

Video: Con el título Laura, la primera salchicha alemana en el Altmarkt (Mercado Viejo) de Colonia, Pomar subió este video a You Tube el 7 de mayo de 2013. La voz que se escucha es la de Anna Klümper, la esposa alemana y ahora viuda del Abicú.