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lunes, 20 de septiembre de 2021

Lydia Cabrera o la felicidad (II y final)



Lydia Cabrera es el escritor feliz; la que no escribe: oye y apunta. Desconoce la angustia de la página en blanco. Nada que ver, por ejemplo, con los artificios verbales de un Sarduy, esos magníficos triunfos de la voluntad donde la Forma va arrebatando, milímetro a milímetro, espacio al informe vacío. En ella todo se mueve, por el contrario, en sentido inverso: los negros son "los verdaderos autores".

Muy significativo, a propósito, es el episodio de la nganga Camposanto Medianoche, que aparece en el prólogo de El monte. Resulta que un brujo que, años atrás, se había negado a la petición de la etnógrafa de fotografiar la prenda ("hasta la fecha, santeros y paleros son inflexibles"), un día se apareció en su casa con el caldero en un saco, alegando que "el espíritu que en éste moraba le había manifestado que quería retratarse y que estaba bien que la 'moana mundele' guardase su retrato". Una buena metáfora para la obra toda de Lydia Cabrera, la delicadeza con que se acerca al mundo negro a partir de ese arte de la escucha que de tanta paciencia requiere.

En 1957, Lydia acompaña a Pierre Verger en un viaje a través de Cuba. Para el libro que recoge las fotos realizadas por el etnógrafo francés, publicado en París en 1958, ella escribe una breve introducción, disponible en español, inglés y francés. Allí la geografía física del país ocupa casi todo el espacio, y la reseña histórica culmina, significativamente, con la etapa colonial: "Tras una intervención de dos años, el 20 de mayo de 1902, se inauguró, regida por una constitución propia, la actual república de Cuba".

Cuando uno hojea ese volumen editado casi en las vísperas de la revolución de 1959, viene enseguida a la mente el contraste con The Crime of Cuba, el reportaje de Carleton Beals ilustrado por las fotos Walker Evans, que denunciaba la penetración norteamericana en la economía y la política de la isla. Si las instantáneas de Evans, tomadas unos meses antes de la revolución del 33, parecen captar algo de la convulsión histórica que estaba en el aire, en las de Verger predomina la belleza calma del paisaje y de la arquitectura; no aparece la "cuestión social" ni la inquietud política; nada se adivina de la tormenta.

Menos aun en la introducción de Lydia Cabrera, donde Cuba se presenta como naturaleza arcádica, donde no hay "ni fieras, ni una sola alimaña de las que creó el diablo, que le impida [al hombre cubano] tenderse a dormir confiado en pleno campo solitario, al amor de las estrellas", pero sí tierras que "además de la mejor caña de azúcar, producen las frutas más dulces y perfumadas del mundo. Bastará con nombrar el mamey de pulpa rosada como el fuego, el anón, la guanábana, los plátanos, nísperos, aguacates y cocos, 'que dan de beber y comer en una misma pieza', la piña, según Oviedo coronada por la naturaleza para reinar sobre todas las demás frutas".

Poco después, esa estampa de paradisíaca felicidad sería destrozada por los demonios de la historia. "La Revolución, la Revolución realiza su trabajo de prisa; la Revolución trabaja rápido y avanza rápido", decía Fidel Castro el 31 de diciembre de 1960, y esa prisa hecha programa era, desde luego, lo opuesto al "tenderse a dormir", la tradicional "indolencia cubana" inseparable de cierto imaginario colonial: Viaje a La Habana (1844), de la Condesa de Merlin; "En la hamaca"(1870), de Diego Vicente Tejera; La siesta (1888), de Guillermo Collazo. Lo opuesto, asimismo, al "remanso colonial" de la quinta San José, que al decir de María Zambrano mostraba "en una perfecta continuidad la vida cubana en su más puro estilo, sin desmentirse a través de sus dos centurias".

Ahora la continuidad tendría su desmentido; a la memoria, se oponía el futuro, el tiempo futuro que con voracidad inaudita había que recobrar. Un cataclismo, bien lo sabían los griegos, es justo eso: inundación de futuro que amenaza el hilo de la memoria. Carleton Beals estará, por cierto, entre los que saludan a la revolución (Cuba: transformación del hombre, Casa de las Américas, 1960, incluye un breve testimonio suyo); Lydia Cabrera entre los que experimentan la revolución como una calamidad. Calamidad: lo que nos cae encima.

La "tristeza del destierro" planea como una sombra en sus escritos del exilio, pero el insomnio y la melancolía no acabaron con la felicidad de su escritura. La memoria no es inconsolable sino consuelo y bálsamo en los espléndidos Itinerarios del insomnio, librito donde la arcadia colonial toma forma en la evocación de un entrañable reducto de tradición, a salvo de los cataclismos de la historia y del ruido de los automóviles. De Trinidad de Cuba, dice:

"Adonde siempre me encaminaba el insomnio es a ella, a su tranquilidad inmutable, a su puro silencio lleno de antiguos rumores; y me encuentro en la calle del Lirio, del Rosario, de Jesús María, Real del Jigüe, del Cristo o San Procopio, viendo pasar los burros cargados de maloja o de botijas de leche, las sombras de los vianderos, y a las 'dulceritas' de antaño, a Caridad y a Má Merced que llevan en cajas de límpidos cristales cubiertos con una servilleta impecable de largos flecos en los bordes, almíbar en tazas de bola, merengue, jaleas, dulce de coco, de leche, de naranja y de guayaba en cajitas de papel".

Duanel Díaz Infante
Diario de Cuba, 14 de febrero de 2012.
Foto: Orlando Jiménez Leal.
Leer también: Honoring Lydia Cabrera's Story.

lunes, 13 de septiembre de 2021

Lydia Cabrera o la felicidad (I)




Nota.- El 19 de septiembre de 2021 se cumplen treinta años del fallecimiento de Lydia Cabrera (Lydia Cabrera - Wikipedia, la enciclopedia libre), una de las más importantes etnólogas cubanas de todos los tiempos. Por ese motivo, reproducimos tres posts que sobre ella hemos publicado en este blog. TQ.

Se ha señalado que en Cuba no hay tradición de escritores de derecha o conservadores, solo alguna que otra excepción como el injustamente olvidado Alberto Lamar Schweyer. Pienso, por mi parte, que en cierto sentido el escritor cubano más propiamente contrarrevolucionario es Lydia Cabrera. Aunque más conocida que Lamar Schweyer, la autora de El Monte está, por cierto, mucho más al margen de cualquier grupo o tradición intelectual cubana que él. Éste procede del "minorismo", al que queda vinculado, aunque sea polémicamente; Lydia Cabrera, en cambio, es ajena a esos debates generacionales, nada tiene que ver las actitudes renovadoras de aquellos años veinte donde surge, al calor de protestas y manifiestos, una cultura cubana de izquierdas. Nada, o poco, con el vanguardismo de la revista de avance, pero tampoco con el catolicismo de Orígenes.

El Monte no parece tener modelos ni antecedentes, tampoco descendencia. Más que a los letrados latinoamericanos posteriores a la independencia, desvelados en la constitución del orden republicano, recuerda a cierto tipo de escritura colonial, la de los cronistas, esa escritura híbrida, con sus glosarios de especies americanas y sus relatos intercalados, sus ilustraciones sorprendentes y sus graciosas estampas, anterior al surgimiento de la autoridad propiamente literaria a fines del siglo XIX, que no por gusto es contemporánea de la cristalización de la ciencia etnológica en los primeros trabajos de Ortiz. Acaso la última gran obra del costumbrismo cubano, El monte se publica en los cincuenta, pero da la impresión de que pudo haberse escrito décadas antes.

Si el pasatismo de los origenistas, con su idealización del siglo XIX y su culto a los padres fundadores, es sentimental, se diría que Lydia es ingenua: escribe como fuera del tiempo, como si la historia misma no existiera. Los Cuentos negros remiten al mundo intemporal de la fábula y la leyenda, a la eternidad y universalidad de la naturaleza humana: la envidia, la astucia, la avaricia, la enfermedad y la muerte… Son pocas las referencias históricas en esos relatos; cuando las hay, son a la colonia. No la colonia de los horrores de la plantación, sino una más amable, patriarcal; a la obra de Lydia Cabrera parece subyacer algo de "arcadia colonial", esa idealización de la colonia que compartía con su amiga venezolana Teresa de la Parra, y que puede encontrarse en la siguiente cita:

"En las clases altas, a los esclavos domésticos se les quería como a miembros de la familia. Esto en las de más alta alcurnia. Creo que es harto sabido el lugar que la vieja 'criandera' ocupaba en el hogar, su autoridad sobre los niños de la casa, sin exceptuar al Niño y a la Niña que eran sus amos. Paternalismo, diríamos despectivamente hoy, pero aquel mutuo afecto que los unía hacía honor al siervo y ahora daría envidia a los nuevos esclavos de un moderno implacable régimen esclavista." ("La influencia africana en el pueblo de Cuba").

Desde esa perspectiva conservadora, la independencia misma era un cataclismo; la revolución, entonces, venía a ser una segunda hecatombe, una que venía a destruir lo que quedaba del pasado colonial.

Aunque, según se dice, fue su cuñado Fernando Ortiz quien la llevó por primera vez a las ceremonias ñáñigas, el mundo de Lydia Cabrera es esencialmente distinto al de Ortiz; más cercano, acaso, al del brasileño Gilberto Freyre. En Casa grande y Senzala, su reconstrucción nostálgica de la cultura precapitalista del Nordeste brasilero en los tiempos de esplendor del azúcar, Freyre evoca la riqueza del mundo oral de los esclavos domésticos que transmitían cultura a las niñas blancas analfabetas y, particularmente, la figura del ama de leche que mastica la comida antes de dársela al amito de la casa, como mastica el idioma, y lo suaviza todo. En la obra de Lydia es crucial esa figura de la negra criandera, como advirtiera agudamente María Zambrano en su reseña de los Cuentos negros:

"La raza de piel oscura es la nodriza verdadera de la blanca, de todos los blancos en sentido legendario. Lo ha sido de hecho desde la esclavitud y verdadera libertad del liberto de esta Isla de Cuba donde las gentes de más clara estirpe fueron criados por la vieja aya de piel reluciente, cuyos dichos, relatos y canciones mecieron, despertando y adurmiendo a un tiempo, su infancia. Y así la venturosa 'edad de oro' de la vida de cada uno se confunde en la misma lejanía con 'el tiempo aquel' de la fábula, ¡felices los que tuvieron pedagogía fabulosa! Quizá ese vínculo de amor por la vieja aya, por el mundo que rodeó a su infancia de leyendas sea el secreto que a Lydia le ha permitido adentrarse en el mundo de la metamorfosis que a la par es el de la poesía y el de la primera infancia. Memoria, fiel enamorada que ha proseguido su viaje a través de las zonas diversas en que cosas y seres danzan."

Me parece que es justo esta centralidad de la memoria lo que mantiene a Lydia Cabrera fuera de la antinomia de civilización y barbarie, tan medular en la constitución de los estados nacionales en América Latina. En la tradición cubana, ese discurso ilustrado pasa desde Saco ("¿Quién no tiembla al pensar en el enjambre de africanos que nos surca?") a los letrados autonomistas y, ya en la República, a los de Cuba Contemporánea, pero sobre todo se realiza en Ortiz del Hampa afrocubana. Aunque más joven que él, se diría que espiritualmente Lydia es anterior; anterior a la dicotomía entre lombrosianismo y negrismo, la criminalización positivista del negro y su idealización vanguardista, el primer Ortiz y el segundo.

Es sabido que el giro en el pensamiento de Ortiz se enmarca en la crisis general de la Cuba de la década del veinte, cuando se redefine la identidad nacional a partir de una cierta aceptación de la marginada población negra por la élite blanca. En esta coyuntura, Ortiz saluda a comienzos de los treinta la poesía "mulata" (Nicolás Guillén, Eusebia Cosme) como un anuncio de la liberación del "tesoro escondido por la presión infame de la esclavitud": la total asimilación nacional de este rico legado, cuyas más notables expresiones son la música y el baile de los negros, implicaría la superación definitiva de una enajenación que para él sólo puede ser vencida por la atracción erótica amestizadora. El motivo de las nalgas de la negra (que él llama "la metáfora nalgar"), recurrente en la poesía negrista, es leído por Ortiz como la metonimia de un goce que preside el abandono, simbólico y efectivo, de la opresión esclavista.

En el proyecto de nacionalización de lo negro hay, así, una clara consciencia de ese "pecado original" de la nación que fue la esclavitud, y el propósito de exorcizarlo en el espacio integrador, incluso redentor, del afrocubanismo. En mi opinión, poco hay en Lydia Cabrera de esa conciencia histórica de los letrados nacionalistas. En su imagen de Cuba como "un país en que la raza blanca dominante convivió armoniosamente con la negra" ("Las religiones africanas en Cuba") se esfuma la violencia del entrepuente y el barracón, por no hablar de la masacre de 1912, mucho más problemática para los intelectuales republicanos en tanto se produjo ya fuera del orden colonial, es decir, la violencia no recayó sobre súbditos sino sobre ciudadanos.

En El monte, Lydia Cabrera reconoce que la influencia africana sobre la población blanca es "hoy más evidente que en los días de la colonia", pero no emite juicio. "Ha sido mi propósito ofrecer a los especialistas, con toda modestia y la mayor fidelidad, un material que no ha pasado por el filtro peligroso de la interpretación, y de enfrentarlos con los documentos vivos que he tenido la suerte de encontrar."

Aunque su concepción del negro como niño, habitante de ese mundo mágico del que el hombre blanco se habría alejado, está en consonancia con el interés por las culturas africanas con el que tuvo contacto durante su larga estancia en París, Lydia Cabrera no es primitivista. Al menos no en el sentido más vanguardista, ese que informa las aventuras radicales de ciertos surrealistas fascinados por el vudú o los cultos mexicanos. Si ese primitivismo, muy influido por las ideas sobre la "decadencia de Occidente" tan en boga en el período de entreguerras, tiende a celebrar lo irracional de la cultura africana como una fuente de vitalidad, a Lydia lo que le fascina del mundo negro es más bien su poesía. Nada que ver con un Artaud persiguiendo en los ancestrales ritos tarahumaras una salida de la cárcel de la subjetividad burguesa. Si semejante primitivismo está ligado a la noción moderna de literatura como "experiencia de los límites", Lydia parece a salvo de ese tipo de conciencia infeliz.

Duanel Díaz Infante
Diario de Cuba, 14 de febrero de 2012.
Foto: Mitra Encyclopedia

lunes, 6 de septiembre de 2021

Sobre los viejos comunistas y sobre mí



"A mí me gustaría saber más de las negociaciones de Blas Roca con Fulgencio Batista cuando los comunistas del PSP (Partido Socialista Popular) se incorporaron al gobierno de Batista en la década de 1940 y su papel en la redacción de la Constitución de 1940. También de las broncas de Blas, que imagino fueron muchísimas, con Fidel, así como un juicio histórico objetivo de por qué los viejos comunistas y los sindicatos liderados por Lázaro Peña se los entregaron a los barbudos de la Sierra Maestra", me preguntó un amigo residente en República Dominicana después de leer Blas Roca y Dulce Antúnez, dos cubanos de a pie, publicado en este blog el lunes 2 de agosto de 2021.

A modo de una primera respuesta, copio el párrafo final de Harry Potter y la revolución escatimada, un testimonio sobre los 19 meses que trabajé como mecanógrafa en el PSP que publiqué en mi blog en junio de 2009 y en agosto de 2021 reproduje en cuatro partes con el título Recuerdos hilvanados:

"La historia de las relaciones entre los viejos comunistas y los hermanos Castro esta aún por escribir. En el libro Fidel, el desleal, el francés Serge Raffy especula al respecto, pero deben ser investigadas y comprobadas algunas de sus afirmaciones, particularmente las referidas a supuestos contactos entre Fidel Castro y Fabio Grobart desde los años 40. No lo dudo, solo digo que están por comprobar. Sesenta y dos años después de la llegada al poder de los barbudos, me sigo cuestionando por qué los dirigentes y militantes del Partido Socialista Popular, quienes habían fundado y consolidado un partido comunista dentro del capitalismo, dentro de gobiernos más o menos democráticos y que ellos mismos, con más o menos imperfecciones, en sus organizaciones y publicaciones hacían valer la libertad de expresión y las discrepancias tenían cabida, no vieron, no intuyeron, la personalidad egocentrista de Fidel Castro ni el peligro que su poder absoluto representaba para el país. ¿Es que no lo vieron o no lo quisieron ver?".

En una segunda respuesta, debo aclarar que nací y crecí no solo en el entorno de Blas, su mujer, mi tía Dulce, y sus cuatro hijos, mis primos Lydia, Francisco, Vladimiro y Joaquín, si no también muy cerca de otras familias comunistas y sus hijos, como los de Joaquín Ordoqui y Aníbal Escalante, con quienes en mi niñez participé en actividades infantiles organizadas por el movimiento femenino, sobre todo por la paz, algo común en Cuba después de la Segunda Guerra Mundial. También los hijos de los viejos comunistas estábamos muy identificados con la Guerra Civil Española, como escribí en El blog de Tania Quintero: De la vida de Juan José Portillo (I)

A diferencia de mis primos y de los hijos de los dirigentes del PSP, soy la única que en 1959 trabajó directamente con ellos y pude conocerlos más allá de las relaciones personales y familiares, porque no es lo mismo visitar sus casas, participar en cumpleaños y conocerlos dentro de sus hogares, que trabajar seriamente con ellos, mecanografiándoles sus escritos, incluidas las actas de las reuniones del comité nacional del PSP, que las tomaba a mano Flavio Bravo y yo las pasaba en limpio. Entonces tenía 17 años, los asuntos políticos no me eran ajenos, pero como las actas de las reuniones y los mensajes que en su oficina me dictaba Aníbal Escalante para 'Alejandro' (Fidel Castro) eran estrictamente secretos, cuando los terminaba de teclear ya los había olvidado. A nadie, ni siquiera a mi padre, jamás comenté lo que allí escribía, leía o escuchaba.

Si en 2005 decidí contar esos 19 meses de mi vida (publicados en mi blog en junio de 2009 y reproducidos en agosto de 2021), fue por insistencia de mi amigo Canek Sánchez Guevara, que en paz descanse. Ese testimonio, son vivencias, anécdotas, con cierto valor histórico-periodístico, pero insuficientes para hacer un análisis profundo sobre el comportamiento político de los viejos comunistas del PSP antes y después de 1959.

A fines de 2002, uno de los planes que tenía era sentarme a conversar con Edith García Buchaca, que vivía cerca de la casa de mi prima Lydia en Nuevo Vedado. También, revisar cartas, papeles, documentos, fotos, de Blas Roca y mi tía Dulce Antúnez, conservados por Lydia en su cuarto. Pero la llegada de la oleada represiva en marzo de 2003 cambió no solo mis planes, también mi vida. Desde la distancia poco puedo hacer.

Tania Quintero

Foto: Uno de los muchos bonos que para recaudar dinero el PSP vendía a la población, cada persona daba lo que podía (10, 20 o 50 centavos). Este bono debe haber sido de la década de 1940, cuando María Argüelles se postuló para Representante y Manuel Luzardo para Gobernador. A los dos los conocí en mi infancia. Tomado de Cuba Collectibles.com.

lunes, 30 de agosto de 2021

Recuerdos hilvanados (IV y final)


Tensos fueron también los días por desbancar a David Salvador y su grupo de la dirigencia de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), cuya sede central quedaba muy cerca del periódico Hoy. En el centro de aquellas pugnas estaba Lázaro Peña, finalmente elegido secretario general de la CTC.

Lázaro tenía una voz ronca, no acorde con su carácter alegre y su sonrisa Colgate. Como casi todos los comunistas de la época, se vestía con guayaberas, de mangas largas o cortas, y cuando la ocasión lo requería, de traje, con cuello y corbata o sólo con el saco.

Desde la década de 1940, la clase obrera había tenido en Lázaro a su mayor representante. No fue el único: estaban también Aracelio Iglesias, portavoz de los portuarios, y Jesús Menéndez, líder de los azucareros. A los dos los conocí, a los dos los asesinaron en 1948.

El 22 de enero, cuando descendía de un tren en la estación de Manzanillo, a 800 kilómetros al este de La Habana, dispararon hasta acabar con la vida de Jesús Menéndez, al frente de la poderosa FNTA (Federación Nacional de Trabajadores Azucareros) y tratar así de detener importantes reivindicaciones conseguidas por Menéndez, como el llamado diferencial azucarero: al aumentar los precios de los productos estadounidenses importados por Cuba, los americanos se vieron obligados a elevar sustancialmente el importe del crudo cubano. En 1947 el diferencial alcanzó 37 millones de pesos, de los cuales 29 millones correspondieron a los trabajadores azucareros.

El 17 de octubre de 1948, Aracelio Iglesias fue acribillado a balazos mientras se encontraba en la sede del sindicato portuario, en la calle Oficios, Habana Vieja. Pistoleros pagados por compañías navieras foráneas a las cuales Aracelio se había enfrentado para conseguir mejores salarios y condiciones laborales, sobre todo después que fuera elegido secretario general de la Federación Obrera Marítima Nacional, decidieron eliminarlo del mismo modo gangsteril como ocho meses atrás habían eliminado a Jesús Menéndez.

La tercera esposa de Lázaro fue Zoila, más conocida por su nombre artístico: Tania Castellanos. Lázaro combinaba muy bien su faceta de dirigente político y obrero con la música y la vida cultural. En los primeros tiempos, los Peña vivieron en el edificio Areíto, en Infanta y Manglar. Más de una vez, cuando Adalberto, el chofer, me llevaba o traía de su casa, coincidí con Ignacio Villa, Bola de Nieve, vecino del inmueble.

A Bola lo recuerdo siempre impecable, gentil, con un paraguas negro. Otras veces lo vi caminando por Infanta y tengo la impresión de que siempre fue a pie al Monseñor, restaurante donde cada noche actuaba. Servían buena comida y tenía un bar acogedor, pero lo que realmente valía era disfrutar de Bola de Nieve tocando el piano e interpretando Chivo que rompe tambó, Vete de mí, Si me pudieras querer... Cualquier canción en su voz era un regalo. No ha nacido otro como él ni como Benny Moré, a quien mi padre nunca me dejó ir a ver actuar al Ali Bar. Decía que ése "no era sitio para señoritas".

Tania Castellanos y Lázaro Peña tenían muchos amigos en el mundo artístico, uno de los más allegados fue Pacho Alonso. Ya desde que el PSP fundara la emisora Mil Diez, en la década de 1940, la vinculación de los comunistas cubanos con la música, el arte y la cultura fue muy destacada. Lázaro era un negociador innato. Buena parte de la dictadura de Batista la había pasado primero en Praga, en la Federación Sindical Mundial, y después en México, en otra misión del partido.

Los más cercanos colaboradores de Lázaro en ese momento fueron Carlos Fernández R. y Rafael Ávila, sindicalista de buenos modales, pero Carlitos, como le decíamos a Fernández, era más ácido que un limón criollo. Tan berrinchoso como él eran los hermanos Escalante, enérgicos y nerviosos. Carlos Rafael, no tan pesado como prepotente. Los mas caballerosos: Salvador García Agüero, Juan Marinello y Fabio Grobart. Los más campechanos: Severo Aguirre, Antero Regalado, Ramón Monguito Calcines y, por supuesto, Blas Roca. el "tío Paco".

No sé cómo (me lo imagino) los del PSP se enteraron muy pronto de que los americanos nos iban a quitar la cuota azucarera y a continuación vendría una represalia (aún sin nombre, después sabríamos que se trataba del embargo decretado en marzo de 1962, aún vigente). Y allí me fui yo otra vez, a la oficina de Blas, ahora a mecanografiarle a Carlos Rafael tablas con decenas de cifras. Tenía que hacerlo con las hojas apaisadas, usando todo el tiempo el tabulador. El destinatario no lo sabía: también me lo imaginaba. Lo mío era ver, oír, mecanografiar y callar.

Los trajines de Joaquín Ordoqui y Osvaldo Sánchez pasaban por el verde olivo, por las nacientes Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior. Flavio Bravo y César Escalante tuvieron activa participación en la creación de las milicias. La ley de reforma agraria y la creación de la Asociación Nacional de Pequeños Agricultores (ANAP) fueron tamizados también en el colador del 'pesepé'. Los experimentados en el tema agrícola eran Romárico Cordero, José "Pepe" Ramírez, Antero Regalado y Severo Aguirre. De la vieja guardia provinciana, los más recordados son Juan Taquechel, de Santiago de Cuba, y Gilberto del Pino, camagüeyano. De los poetas, Nicolás Guillén, miembro del comité nacional del PSP, y el manzanillero Manuel Navarro Luna.

Cuando la extraña desaparición de Camilo Cienfuegos, en octubre de 1959, Navarro Luna estaba en La Habana. Por aquellos días me encontraba trabajando en la oficina de Lázaro, una de las más amplias y cercanas a la entrada porque era la más visitada. Una mañana vino Navarro Luna y me pidió que le pasara en limpio un poema que acababa de componer. Me dio el papel y cuando terminé, lo declamó. Lo más impactante para mí era aquella estrofa: "Tienes que estar muerto, tremendamente muerto, Camilo...". El poema apareció al día siguiente en el periódico Hoy. También el órgano del PSP publicaría la poesía que a Camilo le dedicara Guillén, mulato camagüeyano, irónico y peculiar.

Del ahora mítico Che Guevara mis primeras impresiones fueron las de una piedra en el zapato. Para referirse a él le llamaban "el argentino", no por desprecio nacionalista, sino como una forma de distinguirlo. Siempre que algo se estaba adobando o a punto de ir a la candela, aparecía una opinión distinta, la del Che. Por ello no es descabellado pensar que pronto la dirección máxima de la revolución quisiera deshacerse del atravesado argentino. Su paso por la revolución cubana fue breve, pero intenso: de 1956 a 1965. Nueve años.

Cuando las clases se reanudaron en la Escuela de Comercio me matriculé en la sesión nocturna. Así que hasta febrero de 1961, cuando me fui a pasar un curso de maestros voluntarios en Minas del Frío, Sierra Maestra, trabajaba mañana y tarde y por las noches, de lunes a viernes, estudiaba. Si no conseguía "botella" me iba a pie, por todo Carlos III hasta Ayestarán. La carrera de contador público la dejé en segundo año.

Si no caía ninguna tiñosa, los fines de semana me iba a la Biblioteca Nacional, entonces una maravilla, cuidada, con mobiliario nuevo. En la cafetería siempre pedía lo mismo: 'disco volador' (pan de molde tostado) de jamón y queso y batido de mamey. Otras veces iba al Palacio de Bellas Artes, a alguna exposición o curso (asistí a uno de arte precolombino) o a algún concierto en el Auditorium, en Calzada y D, Vedado, hoy Amadeo Roldán, y que ya no es la sombra de aquel emblemático teatro habanero.

Los contactos del PSP con comunistas de la Unión Soviética y de Estados Unidos, entre otros, databan de los años 30 y después de 1959 los mantuvieron y afianzaron. Pero en aquellos diecinueve meses sentí que eran más cercanos y naturales los vínculos con los latinoamericanos. El ejemplo más conocido fue la amistad de Blas con Luiz Carlos Prestes, del Partido Comunista de Brasil. La historia de su esposa, Olga Benario, quien murió en un campo nazi de concentración, fue muy conocida en Cuba.

Monguito Calcines era el encargado de las relaciones internacionales. A través de él conocí a un grupo de nicaragüenses que en 1960, después de una estancia en Cuba, viajaron a la República Democrática Alemana. Entre ellos se encontraba Carlos Fonseca Amador. Lo recuerdo alto, delgado, amable, con sus espejuelos de armadura negra y gruesos cristales (yo también era miope). El día de la despedida, los nicas me pidieron mi dirección. Se las di, pero nunca me escribieron.

Quien me escribió fue un joven alemán que se acercó a ellos para practicar el español. La carta la recibí unos días antes de irme a la Sierra, en febrero de 1961. La guardé. No le respondí hasta el mes de junio, cuando regresé, con 130 libras de peso y el orgullo de haber subido tres veces el Pico Turquino. Mi amistad con aquel alemán se ha mantenido hasta el presente. Pero si en Alemania en todo este tiempo muchos cambios han ocurrido, en Cuba las cosas van para peor, desgraciadamente.

La historia de las relaciones entre los viejos comunistas y los hermanos Castro esta aún por escribir. En el libro Fidel, el desleal, el francés Serge Raffy especula al respecto, pero deben ser investigadas y comprobadas algunas de sus afirmaciones, particularmente las referidas a supuestos contactos entre Fidel Castro y Fabio Grobart desde los años 40. No lo dudo, sólo digo que están por comprobar.

Sesenta y dos años después de la llegada al poder de los barbudos, me sigo cuestionando por qué los dirigentes y militantes del Partido Socialista Popular, que habían fundado y consolidado un partido comunista dentro del capitalismo, dentro de gobiernos más o menos democráticos y que ellos mismos, con más o menos imperfecciones, en sus organizaciones y publicaciones hacían valer la libertad de expresión y las discrepancias tenían cabida, no vieron, no intuyeron, la personalidad egocentrista de Fidel Castro ni el peligro que su poder absoluto representaba para el país. ¿Es que no lo vieron o no lo quisieron ver?

Tania Quintero

Versión revisada y actualizada de Harry Potter y la revolución escatimada, testimonio publicado en cinco partes en este blog en junio de 2009.

Video: Ignacio Villa, Bola de Nieve, en Chivo que rompe tambó, que según algunos el origen de la canción es un proverbio afrocubano que dice que "chivo que rompe tambor, con su pellejo lo paga" y según otros, está basado en un hecho real ocurrido en Santiago de Cuba a mediados del siglo XIX.

lunes, 23 de agosto de 2021

Recuerdos hilvanados (III)



En 1959, en la planta baja del Comité Nacional y del Comité Provincial del ya extinto Partido Socialista Popular, en Carlos III y Marqués González, quedaba un local de conferencias. Allí se celebraban las Charlas de los Jueves. No me perdía ninguna. Fue mi primera escuela de 'comunismo'. Habían pasado seis años y ya había olvidado a Liu Shao Shi y su manual. Resuelta a zambullirme de cabeza en la doctrina marxista leninista, le pedí al "tío Paco" una relación de libros que debía leer. Me hizo dos listas: una contenía la literatura básica, elemental, y otra más avanzada.

A raíz de su muerte, el 25 de abril de 1987, doné al Instituto de Historia del Comité Central del Partido Comunista de Cuba los manuscritos de Blas Roca, entre ellos los dos listados para un autoadoctrinamiento que nunca seguí al pie de la letra.

Los comunistas no eran nuevos en la Avenida Carlos III: hasta julio de 1953 en esa misma cuadra y acera de la céntrica calle, habían tenido sus oficinas nacionales, pero tras la represión desatada por el asalto al cuartel Moncada, fueron obligadas a cerrarlas. Volvieron a abrirlas en 1959, pero no en el mismo sitio: el antiguo local había sido convertido en almacén de tabacos. En la misma esquina de Marqués González tuvieron la suerte de encontrar y poder alquilar una casona de dos plantas con amplios salones. La planta baja, con acceso directo a la calle, la destinaron para actos y conferencias como las Charlas de los Jueves.

Cuando se subía por la amplia escalera, en el primer piso, a la izquierda, estaban las oficinas nacionales y a la derecha las provinciales del PSP en La Habana, que entonces era una sola provincia. Su secretario general era César Escalante, hermano de Aníbal. Los Escalante provenían de una familia de raigambre patriótica. César, alto y delgado, no se parecía a Aníbal, más gordo y siempre con un sombrero tejano. En el carácter sí: los dos tenían fuertes personalidades. A César se debe la creación de la primera COR (Comisión de Orientación Revolucionaria), después devenida en DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria). Charlas, folletos, propaganda: todo eso y más se le acreditaba a César y su equipo de colaboradores.

Los días previos a la ley de nacionalización de las compañías extranjeras, estadounidenses en su mayoría, en 1960, César tuvo una actividad febril, junto a otros miembros del comité nacional del PSP. Lo recuerdo ir y venir desde sus oficinas a las nuestras, serio, apurado. Fueron dos días con sus noches muy tensos y de mucho correcorre, con reuniones continuas, llamadas, idas y venidas, imagino que para deliberar con Fidel y Raúl. Y yo, claro, mecanografiando, cambiando párrafos, rehaciendo cuartillas.

El colofón sería un acto en el Stadium del Cerro (actual Estadio Latinoamericano), el sábado 6 de agosto de 1960. Por si no bastara su repercusión, tuvo un ingrediente mediático extra: en medio de su discurso Fidel Castro enmudeció. De aquella Ley trascendental, la imagen que me ha quedado es el caminar apresurado de César Escalante, Fidel afónico, los americanos encabronados y yo muerta de cansancio.

Si en aquel potaje la "especialidad" de César era la ideología, la de su hermano Aníbal era el rumbo político de la revolución. O al menos eso era lo que me parecía, pues Aníbal era el enlace entre la dirección nacional del PSP y Alejandro, seudónimo de Fidel Castro. Cada vez que un mensaje escrito debía ser enviado a Alejandro, Guerrero me hacía dejar lo que estuviera realizando y de prisa me llevaba para la oficina de Aníbal, situada entre la de Guerrero y Manolo Luzardo, al fondo del local.

En una Underwood situada en un rincón, Aníbal me mandaba a sentar, mientras él, dando zancadas de un lado a otro, empezaba a dictarme. Y yo tiquitiquitiquiti. Hacía una pausa y me decía:

-A ver, léeme qué has puesto ahí.

-Aníbal, puse lo que usted me dictó.

-Vamos, vamos, lee y no hables.

Y yo le leía. Si le parecía bien seguía dictando, si no, me hacía sacar el papel, él lo rompía y empezaba a dictar de nuevo. Aníbal me decía las comas, puntos y aparte, punto y seguido, aunque no se necesitaban demasiadas reglas ortográficas: siempre eran mensajes cortos, apremiantes.

Desde que veía a Guerrero venir hacia mí como un gallito culeco, para mis adentros decía: "Uf, ahí viene Guerrero para un corta y clava de Aníbal".

Ninguna de esas urgencias me causaban mayor preocupación. Era joven y aquellos dimes y diretes políticos no me quitaban el sueño. Joven, pero no tonta, me daba cuenta de que tenían razón los enemigos incipientes de la revolución cuando comenzaron a propagar que "la revolución era como un melón, verde por fuera y roja por dentro". Sin sonrojarse, Fidel los desmentía y aseguraba que era más verde que las palmas.

Sí, que las palmas del Soviet de Mabay: el 13 de septiembre de 1933, dirigidos por el comunista Rogelio Recio, los campesinos del ingenio Mabay, en el poblado del mismo nombre, en la antigua provincia de Oriente, decidieron unirse y fundar un gobierno popular, bautizado con el nombre de Soviet de Mabay; ese día, en lo más alto del central azucarero ondearía la bandera roja con la hoz y el martillo.

Por suerte, siempre que aparecía un corta y clava yo estaba ahí y no tomándome un café con leche en la cafetería al lado del periódico Revolución, en Carlos III y Oquendo o más arriba, en otra más pequeña, detrás de la Compañía Cubana de Eletricidad, donde por una peseta (0.20 centavos de peso) me tomaba una deliciosa limonada frappé. Esas salidas eran para merendar.

A donde solía escaparme era al periódico Hoy, a tres cuadras, en la calle Desagüe, o a la librería de Lalo Carrasco, enfrente. A veces iba con mi padre a tomar café con leche en Reina y Belascoaín y aprovechaba para comprar algunas de las delicias vendidas en una tiendecita aledaña: cremitas de leche de Cascorro, cucuruchos de Baracoa, raspadura, boniatillo, coquitos prietos o acaramelados, pasta de tamarindo, guayaba en barra, mermelada o casquitos, en fin, dulces cubanos tradicionales.

Tania Quintero

Versión revisada y actualizada de Harry Potter y la revolución escatimada, testimonio publicado en cinco partes en este blog en junio de 2009.

Foto: Calle Reina en los años 50. Tomada de Viejas fotos históricas de La Habana.

lunes, 16 de agosto de 2021

Recuerdos hilvanados (II)



En mi expediente laboral aparecía una carta, fechada en agosto de 1959, con papel timbrado del Partido Socialista Popular (PSP), en la cual Blas Roca Calderío decía que me conocía desde hacía tiempo (él quería poner desde que nací, pero a mí esa realidad no me gustó y lo cambió) y yo era una persona de toda moral y confianza. Esas dos cualidades valían antes y ahora, pero la plaza me la gané no porque era sobrina de la esposa de Blas ni porque mi padre habia sido su guardaespaldas durante más de veinte años. Tampoco decidió el hecho de haber nacido y crecido entre los comunistas del PSP. Me contrataron porque mecanografiaba con destreza, no tenía faltas de ortografía y sabía redactar cartas.

Al "tío Paco" le tecleé más porque era el secretario general y porque escribía como un condenado, en blocks pequeños, de papel gaceta, sin rayas, de ésos que costaban dos quilos en las quincallas. Tenía la letra pequeñita, pero legible y escribía parejito, como si pasara una línea.

Blas, Juan (Marinello) y Carlos (Rafael Rodríguez) eran los más exigentes. No admitían la más mínima chapucería. Tenía una buena goma Pelikan, pero ellos no me pasaban ni un borrón. Cuando me equivocaba tenía que repetir la hoja. Entonces no había esos papelitos para borrar -o sí, pero yo no los conocía. Por 46 pesos trabajaba de lunes a domingo, mañana, tarde, noche y madrugada si era preciso. Liu Shao Shi debió haber escrito un manual de cómo ser un buen explotador comunista.

En 1959, Blas decidió reeditar su libro Los fundamentos del socialismo en Cuba. Cogió la última edición y la hizo leña. Iba arrancando hoja por hoja y en ellas directamente iba haciéndole los arreglos. La complicación venía cuando añadía nuevos párrafos y ponía numeritos en las hojitas de blocks de dos quilos.

Ser la hija de Quintero y trabajar como una caballa a esa edad tenía sus ventajas: de vez en cuando hacía lo que me daba la gana. Por ello saqué la máquina de escribir de la biblioteca y la llevé para la oficina de Blas, simple como la de todos en aquella época: un buró, tres taburetes y un librero.

Allí podía trabajar con tranquilidad, pues Blas, para poder concentrarse, estaba pasándose un tiempo en una casa en la playa de Guanabo, él solo, con dos escoltas. A las cinco de la mañana se despertaba, hacía café y se sentaba a escribir. Antes que el sol apretara, caminaba un rato por la arena y volvía a la revisión de su libro. Con un chofer me enviaba las hojas a mecanografiar y cuando las tenía listas, avisaba y las venían a recoger.

Pero a veces Blas me mandaba a buscar. Me encantaba ir en el Impala, sentada alante, disfrutando el paisaje de la costa norte habanera. La contentura pronto se me quitaba, cuando veía que había hecho arreglos en las cuartillas ya mecanografiadas. Después vendría lo peor: quedarme a almorzar con él.

Blas enseguida se daba cuenta de la cara de mierda que ponía y con su hablar pausado, típico de los orientales, me decía:

-De verdad que eres una vaina. Carmen y Quintero (mis padres) te han criado muy mal, con bistecitos y platanitos fritos. Y no te han enseñado a comer ni calabaza con cáscara, no porque engorda las piernas, sino porque en la cáscara es donde está el alimento.

Y a continuación soltaba una disertación sobre las propiedades de la calabaza. Mientras, tenía que hacer de tripas corazón y tomarme sin rechistar aquella sopa anaranjada y olorosa de flores de calabaza, cogidas del huerto detrás de la casa, cuidado con esmero por Blas.

Desde una ventana los escoltas miraban con disimulo y se reían, los muy cabrones, porque ellos no eran los que tenían que tomarse aquello. A ellos, dos veces al día, le traían cantinas con comida "normal" y no ese invento de sopa de flores de calabaza.

No recuerdo con exactitud, pero todo el trabajo con Blas a propósito de la reedición en 1959 de Los fundamentos del socialismo en Cuba se hizo en un mes. Al ser la única mecanógrafa y bibliotecaria en ese momento, no podía darme el lujo de desatender al resto de los que allí tenían oficina permanente: Aníbal Escalante, Secundino Guerra, Lázaro Peña, Carlos Fernandez R., Ramón Calcines, Severo Aguirre y Antero Regalado, entre otros.

Posteriormente el "secretariado" aumentaría con tres mecanógrafas más: Dulce, la esposa del sindicalista Rafael Ávila; Edilia, esposa de Pancho, el chofer de Joaquín Ordoqui y María, una guatemalteca que tras el derribamiento de Jacobo Arbenz había emigrado a México con su esposo e hijos y terminaría residiendo en La Habana.

Los que trabajaban en sus casas o en otros lugares también venían y si me lo pedían tenía que mecanografiarles, como Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, Salvador García Agüero, Flavio Bravo, Osvaldo Sánchez y los camaradas de las provincias. Cuando había reunión nacional debía salir de la biblioteca porque allí se celebraba, en torno a una gran mesa y taburetes, el modelo de silla preferido por estos comunistas de hoz y martillo. Flavio Bravo hacía las funciones de secretario de actas. A diferencia de Blas, tenía una letra enrevesada e ilegible. Pasaba tanto trabajo para descifrar las notas tomadas por Flavio, que no retenía los contenidos. Y es una lástima, porque en aquellas reuniones se hablaba de la Meca y la Ceca.

La Mora era la encargada del pantry, una pequeña cocina donde se la pasaba colando café. Los días de reuniones, ella, Mario (el encargado de la limpieza) y yo, al mediodía íbamos a La Fama China, restaurante situado en Belascoaín y Maloja, a dos cuadras, a buscar treinta y tantas cajitas, unas con arroz frito y otras con chop suey de puerco o pollo, con antelación encargadas. El almuerzo lo acompañaban con refresco y al final, café de nuevo. Algunos fumaban: en aquella época la Organización Mundial de la Salud no le había declarado la guerra al tabaco y a quienes como a mí molestaba el humo teníamos que salir a tomar aire fuera.

La biblioteca la atendía sin complicaciones. En una ocasión, del Ministerio de Relaciones Exteriores me mandaron a pedir unos libros de filosofía y marxismo y enseguida se los envié con un chofer. Cuando venció el préstamo, junto con los libros adjuntaron una carta muy gentil, dirigida a la "Dra. Tania Quintero, directora de la Biblioteca del Partido Socialista Popular". Todavía la estoy vacilando.

La cara grata era ésa: atender la biblioteca, ayudar a la Mora a repartir café y cajitas de comida china, ir al correo a comprar sellos y enviar montones de cartas y andar en carro pa'rriba y pa'bajo. Los 46 pesos dejaron de ser un trauma desde el primer mes: en El Encanto me compré un frasco de Miss Dior por cinco pesos (sí, pesos, la moneda nacional). Crucé al Ten Cent de Galiano y San Rafael y después de merendar llevé para la casa una libra de chocolate con almendras (0,99 centavos). Seguí hasta Ultra y allí terminé de gastar mi primer salario. Adquirí un par de sandalias, una cartera, una saya, una blusa, un pañuelo de cabeza, dos bloomers y dos ajustadores. Y todavía me quedó para regresar en taxi a la casa.

El lado ingrato, el desasosiego y la incertidumbre en que habíamos empezado a vivir los cubanos en la isla entera. Pese a mi juventud y mi inexperiencia política, me daba perfecta cuenta de que por aquel local de Carlos III y Marqués González, donde laboré desde agosto de 1959 hasta febrero de 1961, pasaba todo lo que en ese momento se sazonaba y cocinaba en el fogón de la revolución.

Tania Quintero

Versión revisada y actualizada de Harry Potter y la revolución escatimada, testimonio publicado en cinco partes en este blog en junio de 2009.

Foto: Esquina de Galiano y San Rafael. A la izquierda, la tienda Woolworth. Tomada de Algunos recuerdos de La Habana de 1958.

lunes, 9 de agosto de 2021

Recuerdos hilvanados (I)



Diciembre de 1958. Aquel día, desde una azotea de una casona en la Habana Vieja, buena parte de la visita a una familia amiga de mis padres me la pasé ensimismada, asustada, con una mezcla de temor y misterio, mirando el gran movimiento de tropas militares que sin necesidad de anteojos se divisaba desde el privilegiado lugar, muy cerca de la entrada del túnel. Una vista panorámica, fantástica, de la bahía y de la fortaleza de La Cabaña veía desde ahí.

En noviembre había cumplido dieciséis años y mis preocupaciones, debo confesar, guardaban relación con aquel ir y venir de militares: el Ejército Rebelde, me lo había dicho mi padre, estaba a punto de tomar la ciudad de Santa Clara, en el centro mismo de la isla. Pero mi padre, que todo me lo decía, no me había dicho que el bulto grande y pesado que yo había recibido de un desconocido y guardado en un recoveco de nuestra casa, eran luces de bengala, para ser utilizadas en el descarrilamiento de un tren en Las Villas.

Sesenta y tres años atrás, en diciembre del 58, no podía imaginarme que la dictadura de Batista pronto desaparecería. Ni que apenas un mes después de aquel día en que pasé varias horas embobecida mirando los movimientos de vehículos militares, yo estaría allí, en La Cabaña. Y almorzaría frijoles colorados en el comedor de los barbudos. Y vería por vez primera al Che y le daría la mano.

Los meses de enero a julio de 1959 los recuerdo como si yo y todos los que me rodeaban hubiéramos estado viviendo en un limbo. A pesar de las noticias y corazonadas, los acontecimientos se sucedieron con la velocidad de vértigo en las actuales carreras de Formula 1 y el sube y baja de un cachumbambé.

De pronto el rojinegro se convirtió en la combinación de moda, desplazando los colores de la bandera. Los católicos, por si acaso, decidieron mantener oculta la imagen del Sagrado Corazón. Los espiritistas, seguidores de Clavelito, sí dejaron el vaso de agua a la vista. Pero fue mayoría la que se sumó a la catarsis fidelista y en las puertas de las casas comenzaron a aparecer cartelitos de Gracias, Fidel.

En mi casa nunca hubo ninguna imagen religiosa y a no ser mi tía Candita, hermana de mi madre, nadie creía en el espiritismo. No éramos fanáticos y no pusimos ningún cartelito. Vivíamos en un tercer piso y nadie lo hubiera visto, pero esa no fue la razón. Mi padre no veía con buenos ojos a Fidel Castro. Cuando el día después del asalto al cuartel Moncada vi aquellos titulares en la prensa, le pedí una explicación. Me lo dijo rápido y corto:

-Eso fue un putsch y ese Fidel Castro es un putschista.

Me quedé en China. Decidí no preguntarle, pero él se dio cuenta y a China me mandó. Fue al escaparate y sacó un pequeño libro. Se titulaba "Cómo ser un buen comunista", de Liu Shao Shi.

-Léetelo bien, así no tendrás que preguntar más.

Cuando terminé de leer el panfleto seguí sin saber qué era un putsch, quién en realidad era Fidel Castro y por qué para ser un buen comunista debía orientarme por un chino. Si todavía hubiera sido Confucio...

Febrero de 1959. Con el tíbiritábara de la revolución, en la Escuela Profesional de Comercio de La Habana no habían empezado las clases, y había tremenda fajazón entre los del Movimiento 26 de Julio, el Directorio y la Juventud Socialista, por controlar la asociación de estudiantes. Me había sumado a la huelga estudiantil decretada en 1958 en todo el país y llevaba un año sin estudiar. Y me empezó el culillo por trabajar para tener mi propio sustento.

Una noche, después de comer, a boca de jarro dije a mi padre:

-Pipo, quiero trabajar.

-¿Trabajar? ¿En qué? Si tú nada sabes hacer.

-Yo dí clases de corte y costura con mi tía Cuca...

-Sí, y qué, ¿vas a trabajar en un taller de confecciones?

-A lo mejor, o puedo coser para la calle. Ya sé hacerme mi ropa.

-Mira, acuéstate a dormir y mañana seguimos hablando.

Al día siguiente le traje una propuesta: pasar un curso de mecanografía y taquigrafía en inglés y español, en la Havana Business Academy, al doblar de la casa, en Monte entre Romay y San Joaquín, Cerro. El problema era que costaba ocho pesos al mes.

Logré convencerlo -al final era su única hija- y me pagó dos meses, marzo y abril. Se presentó un obstáculo: para mecanografiar con velocidad y poder conseguir pronto un trabajo tenía que practicar todos los días. Y a eso sí mi padre se negó: a comprarme una Remington que en cuarenta pesos vendía un vecino. La solución fue irme todos los días a las oficinas del Comité Nacional del Partido Socialista Popular, en Carlos III esquina a Marqués González, Centro Habana, donde él trabajaba cuidando el local. Y tantas veces fui que terminé sustituyendo a Aleida, la mecanógrafa, a punto de dar a luz.

El administrador era Secundino Guerra, alias Guerrero. Y el tesorero Manolo Luzardo. Él fue quien determinó mi salario: 46 pesos. Cuando me lo dijo, formé bateo. Y él, grande y gordo como mi padre y también tacaño como él, me respondió: "Todavía no has cumplido los 17, ¿para qué necesitas tú más dinero? ¿Tú no sabes que el dinero corrompe?".

Por respeto no le respondí. Pero me acordé de Liu Shao Shi y de su madre.

Tania Quintero

Versión revisada y actualizada de Harry Potter y la revolución escatimada, testimonio publicado en cinco partes en este blog en junio de 2009.

Foto: Vista de La Habana desde el otro lado de la bahía. Tomada de Algunos recuerdos de La Habana de 1958.

lunes, 2 de agosto de 2021

Dulce Antúnez y Blas Roca, dos cubanos de a pie



A modo de aclaración:

En un polémico artículo de Arturo López-Levy, publicado el 14 de junio de 2021 en La Joven Cuba, dejé el siguiente comentario:

López-Levy, me llamo Tania Quintero Antúnez, nací en La Habana en 1942, fui veinte años periodista oficial en Cuba, primero en la revista Bohemia y después en el ICRT y a partir de 1995 periodista independiente de Cuba Press. Desde noviembre de 2003 vivo en Suiza como refugiada política. Mi padre, José Manuel Quintero Suárez, fue guardaespaldas de Blas Roca Calderío hasta que después del asalto al Moncada, Blas pasó a la clandestinidad. Mi padre se casó con Carmen Antúnez, hermana de Dulce Antúnez, quien durante 50 años fuera esposa de Blas y con él tuviera cuatro hijos, mis primos Lydia, Francisco, Vladimiro y Joaquín.

O sea, Blas era cuñado de mi madre. Pero si no bastara esa cercanía con "el tío Paco", como siempre le dije, en agosto de 1959 comencé a trabajar como mecanógrafa en el Comité Nacional del Partido Socialista Popular, en Carlos III y Marqués González. Todo esto para decirle que eso que escribió de que Blas quiso ser enterrado en el Cacahual no solo es una gran mentira, también es una gran difamación.

Lamentablemente mi prima Lydia ya murió y si alguno de sus hijos o hermanos lo conservó, pudiera fotocopiarse y mostrarse que la verdad y la realidad es todo lo contrario. Cuando Blas falleció, Fidel Castro quiso que lo velaran en la Base del Monumento a José Martí, y por si no bastara el despliegue funerario que Fidel Castro quiso darle al 'compañero Blas', él despidió el duelo en la Plaza de la Revolución y después una larga caravana de autos y ómnibus de turismo, donde íbamos los familiares, se dirigió al Cacahual, porque fue Fidel Castro, quien sin consultar con nadie de su familia, decidió que lo enterraran allí.

Volviendo a ese día. En un momento del velorio, mi prima Lydia me llamó aparte y me mostró el papel, que en una hojita de esos blogs de papel gaceta donde Blas solía escribir con su diminuta letra y sin faltas de ortografía (lo sé bien pues le mecanografié la primera y única edición de Los Fundamentos del Socialismo en Cuba, más sobre los 19 meses que trabajé con la plana mayor del PSP se puede leer en la serie de cinco posts que en 2009 publiqué en El Blog de Tania Quintero con el título Harry Potter y la revolución escatimada). En esa hojita, Blas pedía que cuando se muriera lo enterraran en la tierra, no en tumbas ni mausoleos, un entierro sencillo.

López-Levy, cuando no se conocen las cosas, mejor no mencionarlas y si se mencionan, hacerlo con respeto. A Blas no se le conocieron combates militares porque nunca fue militar. Sin embargo, su pariente, Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, no hace mucho ascendido a general por su ex suegro Raúl Castro, se supone que con tan alto grado, tenga un historial de combates militares. Si los tiene, nunca se han divulgado. Si lo de Blas fue siempre la política, lo de su pariente siempre han sido las finanzas, controlar el dinero desde el GAE.

El sábado 19 de junio, cuando revisé Hotmail, tenía un correo del 14 de junio del editor de La Joven Cuba: "Estimada Tania: Mi nombre es José Manuel, soy el editor de La Joven Cuba. Hemos visto y publicado su comentario al texto de López-Levy sobre el lugar de enterramiento de Blas Roca. Realmente lo que él señala en su artículo es lo que la mayoría de los cubanos creemos. Por eso me gustaría invitarla a que escriba algo al respecto y con mucho gusto lo publicamos. Ayudaría así a acabar con un mito tan extendido y a hacer justicia con una figura importante de la historia de Cuba. Espero su respuesta. Reciba un cordial saludo desde Cuba, JM".

A continuación le respondí: "Estimado José Manuel, disculpa la demora en responder. Acepto la propuesta de escribir sobre Blas Roca. Por cierto, iba a escribirle a Lázaro Yuri Valle Roca, el primer nieto de Blas e hijo mayor de mi prima Lydia Roca Antúnez, para que revisara si ese papel escrito a mano aún lo conservaban y en eso me entero que lo citaron a una unidad de policía, para supuestamente cerrar una acusación de 'desacato' que tenía pendiente desde 2020 y fue un ardid del DSE para detenerlo y mantenerlo incomunicado en Villa Marista. Saludos desde Lucerna, Tania Quintero".

El escrito solicitado por el editor de La Joven Cuba lo terminé de escribir el 20 de junio, pero como en vez de las 1,200 palabras solicitadas tenía 1,700, hice una segunda versión y se la envié una semana después, el 27 de junio, con cuatro fotos. Hasta la fecha, La Joven Cuba no me ha dicho por qué decidieron no publicarlo. A continuación, el texto original, más completo, de 1,700 palabras, pero con seis fotos en vez de cuatro.



En junio de 1979, como periodista de la revista Bohemia, estuve tres semanas en la ex República Democrática Alemana. Uno de los lugares visitados fue la casa de verano de Albert Einstein en Caputh, cerca de Potsdam. La simplicidad del mobiliario de aquella casa de madera, pero sobre todo la mesa y la silla del 'despacho' de Einstein, trajo a mi memoria el 'despacho' de Blas Roca Calderío, mi primer jefe, en 1959.

En los 37 años de mi vida laboral en Cuba, en mi expediente aparecía una carta, fechada en agosto de 1959, en la cual Blas, entonces secretario general del Partido Socialista Popular (PSP), decía que me conocía desde hacía tiempo (él quería poner desde que nací, pero no me gustó y lo cambió) y que yo era una persona de toda moral y confianza. Pero el puesto de mecanógrafa en el Comité Nacional del PSP, en Carlos III y Marqués González, no me lo dieron por esa recomendación, ni por ser sobrina de la esposa de Blas ni porque mi padre había sido su guardaespaldas por más de veinte años. Me contrataron porque después de un curso de dos meses de taquigrafía y mecanografía en español e inglés, en la Havana Business Academy que quedaba al doblar de mi casa, aprendí a mecanografiar con destreza en los dos idiomas, no tenía faltas de ortografía y sabía redactar cartas y documentos.

Al "tío Paco" le tecleé más porque era el secretario general y porque escribía como un condenado, en blocks pequeños, de papel gaceta, sin rayas, de ésos que costaban dos quilos en las quincallas que había en todos los barrios. Tenía la letra pequeñita, pero legible y escribía parejito, como si pasara una línea con una regla. Blas, como Juan (Marinello) y Carlos (Rafael Rodríguez) eran muy exigentes. No admitían borrones ni chapucerías. En 1959, Blas decidió reeditar su libro Los fundamentos del socialismo en Cuba. Cogió la última edición y la hizo leña. Iba arrancando página por página y en ellas directamente iba haciéndole los arreglos. La complicación venía cuando añadía nuevos párrafos y ponía numeritos aquí y allá. Para poder concentrarse, Blas decidió pasarse unos días en una casa en la playa de Guanabo, y yo, para poder mecanografiar con tranquilidad el libro, me mudé para su oficina, donde solo había un librero y tres taburetes: uno para él sentarse y dos para los visitantes.

Por eso mientras recorría la casa de verano de Einstein y su mujer Elsa en Caputh, mis pensamientos volaron a La Habana. Y recordé que no solo Blas era una persona muy austera, también lo era su esposa, mi tía Dulce María Antúnez Aragón, los dos de orígenes muy humildes, con largas historias de lucha en favor de la justicia social, él las iniciaría en su natal Manzanillo, ella en Sancti Spiritus. Simples y sencillos igualmente eran los tres hombres que acompañaban a Blas antes de 1959: René López, su secretario, Fiallo, su chofer y Quintero, su escolta, mi padre. Blas nunca se iba solo a almorzar a su casa, en Estrada Palma 107 entre Poey y Heredia, Santos Suárez: en la misma mesa almorzaban René, Fiallo y mi padre. Una vez al año, Blas y Dulce y sus cuatro hijos (Lydia, Francisco, Vladimiro y Joaquín) salían de vacaciones: alquilaban una casa en Guanabo, la playa entonces de moda, o iban al Balneario San José del Lago, en Mayajigua, Sancti Spiritus, desde donde a mis padres y a mí nos enviaban una postal, como esta de 1951:



Si hubo dos comunistas en Cuba que fueron verdaderos cubanos de a pie, esos fueron Blas y Dulce. No sé quién ni por qué, echó a rodar la bola de que Blas pidió ser enterrado en el Cacahual, donde descansan los restos de Antonio Maceo y su ayudante Panchito Gómez Toro. Nada más falso, inverosímil, injusto, difamatorio...

En Mi tiro de gracia, Alcibíades Hidalgo, quien fuera jefe de despacho de Raúl Castro y miembro del comité central del PCC, da una pista: "La organización de funerales y el traslado de restos ilustres como arma política abundan en la hoja de servicios del único General de Ejército en la historia nacional. En 1987 logró vencer la reticencia inicial de su hermano mayor para enterrar en el Monumento Nacional Cacahual, junto al legendario teniente general Antonio Maceo, a Blas Roca, el dirigente comunista que entregó incondicionalmente su viejo Partido Socialista Popular a los barbudos de la Sierra Maestra, consolidando la confianza de Moscú hacia los nuevos gobernantes de Cuba. En el terreno de la simbología revolucionaria, la entrada de Blas Roca al Cacahual rompió los respetuosos límites que resguardaban los sepulcros de los jefes mambises y creó un antecedente válido para llevar años después al propio Fidel Castro al lado de José Martí".


De su puño y letra, Blas había escrito que cuando muriera, quería que lo enterraran en la tierra. En un texto publicado en 2017, Lázaro Yuri Valle Roca, primer nieto de Dulce y Blas y primer hijo de Lydia, la primógenita del matrimonio Roca-Antúnez, recordaba: "Cuando mi abuelo murió, me indignó que lo velaran con tanta fanfarria, él siempre quiso y dejó escrito que lo enterraran en la tierra, no en el Cacahual, si no en el patio de su casa, algo sencillo, sin tanta cosa".

En septiembre de 2013 en mi blog escribía: "Lydia Roca Antúnez, mi prima más cercana, acaba de fallecer en La Habana. No quiso que la velaran ni gastaran dinero en flores. Que lo antes posible la incineraran. Todo acorde a la austeridad heredada de su padre, Blas Roca Calderío, y de su madre, Dulce Antúnez Aragón. Pese a haber sido una de las figuras históricas del comunismo cubano, Blas y los suyos eran una personas sumamente modestas. Como también lo eran y siguen siendo los Antúnez, un clan que en mis tías Dulce María y María Luisa tuvo a sus mujeres más comprometidas políticamente".

El 26 de abril de 1987, durante el funeral que la cúpula partidista le organizara a Blas Roca en la Base del Monumento a José Martí, en la Plaza de la Revolución, mi prima Lydia me contó que su padre hizo esa nota-testamento después de una fuerte angina de pecho que tuvo, probablemente debido a serias discrepancias que en ese momento tenía con Fidel Castro. Eso, me aclaró, fue antes de la constitución del Partido Comunista, el 3 de octubre de 1965. Blas no solo pensó que podía morir, también que su carrera política había llegado a su fin. Pero evidentemente las aguas se calmaron pues Blas resultó electo miembro del primer comité central del PCC en 1965. Diez años más tarde, en el primer Congreso del Partido, en 1975, integraría el buró político y el secretariado; luego presidiría la primera legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular (1976-1981) y posteriormente estuvo al frente de la Comisión que redactó el proyecto de Constitución aprobado el 24 de febrero de 1976.

Del divorcio de Blas con mi tía Dulce después de cincuenta años de convivencia, de la división familiar que esto provocó, de la enfermedad y fallecimiento del histórico líder del PSP, le corresponde hablar o escribir a los dos hijos que aún viven, mis primos Francisco y Vladimiro Roca Antúnez, si lo estiman pertinente. O a Lázaro Yuri Valle Roca, el nieto mayor y el que más sufrió por la separación de sus abuelos. Por cierto, en Mi tiro de gracia, Alcibíades Hidalgo menciona una situación de la cual fui testigo, porque asistí al velorio de Blas como parte de la familia y como reportera de los Servicios Informativos de la Televisión Cubana, a los cuales en ese momento pertenecía: "La operación logística del funeral sin precedentes de Blas Roca incluyó un masivo velatorio en el Monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución, para el que hubo necesidad de trazar fronteras entre las dos familias rivales del fallecido líder de los viejos comunistas".

A propósito de ese artículo, originalmente publicado en el diario español ABC, Lázaro Yuri me envió este correo: "Mi prima, ese día del velorio, como sabes, mi abuela Dulce Antúnez se sentó junto al féretro del viejo. La cosa estaba bien caliente, por un lado su secretaria y 'viuda oficial', Justina Álvarez, y por el otro, nosotros, su familia de toda la vida. Fidel, Raúl, Guillermo García y Ramiro Valdés estaban detrás de un parabán viendo todo el show. En eso, Raúl Castro me llama y delante de varias personas me dice que le pidiera a mi abuela que se fuera y les dije que los que tenían que irse eran ellos. Durante el entierro en el Cacahual, mi madre, la hija mayor de mi abuelo y sus tres nietos mayores, quitamos a los hombres que estaban echando tierra sobre el féretro y seguimos echándosela nosotros".

Como la trayectoria política de mi "tío Paco" es bastante conocida, no así la de su compañera de luchas y madre de sus cuatro hijos, a los lectores sugiero leer, en este blog, Mi tía Dulce, primera y segunda parte.



Una evidencia de la sencillez, naturalidad y espontaneidad que fue la 'marca de fábrica' de Blas y Dulce. En la foto no sale todo el familión que ese domingo, 16 de abril de 1967, se reunió para celebrar el cumpleaños del 'viejo Paco', como le decíamos al padre de Blas, Francisco Antúnez, sentado, con gafas oscuras. Detrás, mi tía, con una blusa de rayas y a su lado, Blas. En la mesa, el cake que ya habían picado y repartido a los más pequeños. El muchachito con camisa balnca es el hijo de Esperanza, hermana de Blas. El bebé de dieciocho meses, cargado por una mujer embarazada, es Alejandro, el segundo hijo de mi primo Francisco. Ella, Miriam, era su segunda esposa y tal vez ésa haya sido una de sus últimas fotos: después que dio a luz, una hembra a quien pusieron Vivian, baldeando la casa, descalza, fue a desconectar una lámpara de pie y se electrocutó. La señora que se ve al fondo, con rolos y pañuelo en la cabeza es Viva, la esposa rusa de mi primo Vladimiro. Además del cake, una bandeja con pastelitos y dos de panecitos con pasta de bocadito. Lo típico en los cumpleaños de los cubanos de a pie.


En la foto del cumpleaños del 'viejo Paco', el padre de Blas Roca, la niña que aparece a la izquierda, pegada a la mesa, es mi hija Tamila, nacida el 1 de agosto de 1964. La bata, de algodón azul marino con motivos blancos, se la había regalado Julia, una española que vivía en los bajos de nuestro edificio, en Romay 67 entre Monte y Zequeira, Cerro. Casi tres años antes, en octubre de 1964, cuando mi madre, Carmen Antúnez Aragón, y yo fuimos de visita a casa de Zulema, la primera esposa de mi primo Francisco, que vivía en el cuarto o quinto piso en un edificio situado en la Avenida 26, Nuevo Vedado, y al poco rato llegó Blas, que quería conocer a la nieta del 'gordo Quintero', su fiel escolta, quien ese día no fue por encontrarse ya muy enfermo (murió el 7 de octubre de 1966, Blas no solo redactó una nota sobre el fallecimiento de José Manuel Quintero Suárez que salió publicada en el periódico Granma, también despidió el duelo bajo un torrencial aguacero en el Cementerio de Colón). Aunque Tamila tenía solo dos meses, cuando Blas la cargó, lo miró extrañada. Unos minutos antes había estado sonriéndole a su abuela Carmen, a la derecha en la foto. Mi madre era cuñada del que hasta hacía poco tiempo había sido durante más de dos décadas secretario general del Partido Socialista Popular.

Tania Quintero Antúnez

Fotos del álbum familiar que hasta su muerte en 2013 conservó mi prima Lydia Roca Antúnez. En la segunda aparecen Blas y Dulce con su amiga mexicana Adelina Zendejas (Adelina Zendejas Gómez - Wikipedia, la enciclopedia libre), la niña es Sonia Ramos Antúnez, sobrina que mi tía Dulce crió junto a sus cuatro hijos. En la tercera, Blas cargando a su nieto Yuri dentro de un avión, durante un vuelo nacional, en 1964 o 65.

lunes, 26 de julio de 2021

De la vida de Juan José Portillo (IV y final)



Mi recuperación fue lenta, pero mi ilusión fue creciendo día a día. Hice en todos estos años otra casita en Puerto Lápice para mi retiro dominguero. La carpintería la tuve que dejar, salvo algunas cosillas que hacía como favor al cliente. Con el negocio de la ferretería y los muebles, iba juntando en una hucha todo el dinero que llegaba a mis manos muy bien ganado por mi hija mayor y mi mujer, que prácticamente llevan el negocio ya que por aquel entonces yo me quedé en segundo plano.

Al sentirme con más ánimo y verme un poco mejor por ir recuperando parte de la salud que tanto deseaba, lo primero que hice fue y lo sigo haciendo hasta el día de hoy, darle gracias a Dios por tener a mis cuatro hijos a mi lado, apoyándome para emprender nuevos planes. Siempre han apoyado mis decisiones, con el debido sacrificio que todo esto requiere, para poco a poco ir delegando en ellos los trabajos más fuertes, y un servidor dedicarme a suplir y hacer trabajos más inferiores, puesto que los años aunque no se quiera, te echan freno en la vida, no pasan en balde para nadie y van pasando factura o dejando aberturas, difíciles de restaurar, cosas que debemos cuidar por la cuenta que nos tiene a todos, si es que de verdad queremos llegar a ser mayores.

Con los hijos casados, en estos años he tratado de ver las cosas de distinta manera, cuidando y manteniendo todo lo emprendido y siempre capeando los temporales que van surgiendo, tan difíciles de entender, ya que las cosas no siempre salen como uno quiere o piensa. La familia, que es lo más grande y sagrado de nuestra sociedad, no tiene la estabilidad que muchos de los mayores deseamos. Poco a poco, se va resquebrajando parte de lo que más queremos y tenemos, teniendo que aceptar las cosas con humilde paciencia y resignación cristiana y humana, en la que todos estamos incluidos. Nadie estamos exentos de estas cosas que pueden surgir, pienso que lo más importante es tener espíritu de superación para seguir adelante y tratar siempre de hacer las cosas lo más rectas y mejor que podamos o que sepamos, aceptando siempre con agrado los designios de Dios y que la vida pone en nuestras manos.

En estos últimos cinco años, sigo tratando de estar siempre sumergido en algo, para darme ilusión a mí mismo, puesto que sin ilusión no se puede vivir. Tratando siempre de ser útil para los demás e intentar sentirme siempre joven aunque no lo sea. Últimamente he vuelto a la banda de música de nuestro pueblo, después de haber estado ausente varios años y a la que dedico parte de mi tiempo para recrearme y crear ilusión en el atardecer de mi vida. Otra cosa muy importante dentro de mis inmensas debilidades, es tratar siempre de ser más sociable y participativo en la Iglesia y en la religión que profeso desde pequeño, puesto que estoy bautizado y confirmado, para ser desde la humildad apóstol del Señor en todo lo que puedo.

Actualmente la mayor parte del tiempo la dedico a leer y escribir, cosa que tantísimo me llena e instruye para poder expresarme ante las personas que se crucen en mi camino con sincera humildad. Tengo que decir también que todo esto me ha servido para adquirir algún reconocimiento de quien por medio de mis anotaciones se haya podido enriquecer y valorar algunas de mis pequeñas cosas, ya que por parte del Ayuntamiento de Herencia me ha sido concedido el primer premio de narrativa, un tercero en poesía y a nivel provincial, un tercer premio de narrativa entre los mayores.

Actualmente tengo ocho nietos, los que me transmiten vida e ilusión y muchísimas ganas de vivir momentos a su lado para también sentirme niño junto a ellos. Y hasta hoy, es todo lo que os puedo contar a grandes rasgos sobre esta insignificante persona, que como veis, os cuenta su vida a todos los herencianos y a cuantos quieran conocer la historia de una sencilla vida como otras muchas que existen en el mundo. Escribir anima y reconforta a quien quiere reflejar en las líneas de un pequeño libro, que se sienta protagonista del mismo. Os invito a escribir en vuestra vida, de ella y de todo, cuanto poseáis que pueda beneficiar a los demás, unas veces riendo y otras con lágrimas sobre la tinta.

Recuerdo con nostalgia mi infancia, cuando íbamos al colegio en el mes de mayo. Hacíamos un homenaje especial a nuestra madre María, poniendo su imagen en un pequeño altar que se hacía grande con las margaritas y las flores que con tanta ilusión todos le llevábamos en tarritos o vasos de cristal con agua, para que se conservaran más tiempo frescas. Cada uno estábamos pendientes de la pequeña ofrenda que le habíamos hecho a nuestra madre. También recuerdo que todos juntos le cantábamos a coro, como pajarillos de primavera, cantares que se van dejando de recitar. ¿Qué nos impide hacer hoy, de mayores, lo mismo? El estrés, el trabajo, los negocios y las muchas innecesarias obligaciones que cada día nosotros mismos nos fabricamos. Yo os propondría a todos y a mí mismo, dos de las muchas formas de agradar a nuestra madre María:

Primero, un altar aunque sea pequeño en cada una de nuestras casas y ponerle las mejores esencias y flores que tengamos en el mes de mayo.

Segundo, hacer un altar simbólico en nuestras familias, quitando asperezas y buscando cada uno lo mejor para el otro, al mismo tiempo que nos sentiremos más felices, haremos a nuestra madre del cielo la mejor ofrenda.

Con este grato recuerdo vamos a intentarlo todos en el mes de mayo, y si nos fuese posible, los trescientos sesenta y cinco días del año, para que nuestro pueblo de Herencia haga honor a los marianos que decimos ser. Hagámonos niños para tener siempre presente estos gratos recuerdos.

Juan José Portillo

Fragmentos de su libro Vida, Camino y Luz (NeoDigital Imprenta, Herencia, 2017).

Video: Yolanda Portillo, la hija menor de Juan José, interpreta Toda una vida, bolero del compositor cubano Osvaldo Farrés (Cuba 1902-Estados Unidos 1985), durante un concierto en el Auditorio de Herencia en mayo de 2019. La foto de la Virgen María fue tomada de Primeros Cristianos (¿Por qué Mayo es el mes de la Virgen María? - Primeros Cristianos).

lunes, 19 de julio de 2021

De la vida de Juan José Portillo (III)



Una vez que dejé Madrid, ya aquí en Herencia, encontré ocupación en Muebles Rodríguez, y me fue bastante bien, porque podía trabajar a sueldo o a destajo, aunque como no estaba acostumbrado a realizar trabajos difíciles, me mandaban los más sencillos. Me defendía bastante bien, e incluso llegué a ganar algunas semanas más que los mayores, que sabían más que yo, parece increíble, pero así fue. No me cansaba de trabajar y así estuve con esta empresa hasta que fracasó su negocio.

Tuve mis amoríos más o menos serios, ya que cuando regresé de Madrid, intenté por todos los medios conseguir el amor que tanto me atraía, mujer que en un futuro sería mi esposa. No la conseguí fácilmente, porque no me consideraba lo suficiente para ella, pero Dios siempre nos premia con más de lo que merecemos y así fue como conseguí una de las mayores ilusiones de mi vida y lo sigue siendo hasta el día de hoy.

Una vez fracasado el negocio de los Rodríguez intenté en casa instalar un pequeño taller, en el cual seguí luchando con las fuerzas que a esa edad se tienen, y así me mantuve unos meses, hasta que me fui a trabajar "a medias" con un maestro anciano que me garantizaba trabajo y al mismo tiempo enseñanza, puesto que yo quería hacerme un poco más profesional en el oficio del que estaba bastante verde, puesto que mi tiempo se había limitado solo a efectuar pequeñas obras de carpintería. Total, que entre unas cosas y otras, aprendí algo de carpintería y también de ebanistería, que aunque no se me daba muy bien, conseguí ir sacando el cuello y así aguanté hasta que me fui a la mili, porque aún siendo pequeñajo, no me libré de ella. Cuando me tallaron medía 1,58 cm de estatura sin zapatos, que por cierto, mi madre me arregló del todo.

Y fui con los primeros zapatos que tuve en mis pies, un traje (que no sé de qué sería, porque no paraba de sacar cerdas de las solapas, ya que me pinchaban en la cara) y un abrigo que me estaba más ancho que largo, no sé si sería el de la muestra reformado de casa del patacón. Pero mi madre estaba tan contenta y yo, muy feliz por verla a ella. Mal fachado como siempre lo he sido, pero con esta vestimenta y con los 21 años que tenía, estaba más hermoso que un sol. Pasé la mili en Alcalá de Henares, por mi forma de ser conseguí muchos amigos, tanto en mi reemplazo, como entre los reclutas que llegaron después. Las comidas eran malas, pero había que comer de lo que fuera.

Mi madre se volvió a quedar solar y sin haberes económicos, sólo lo que podía "picholear" al hacer esas horcas de ajos que se le daban bastante bien y sacaba algún dinerillo, porque mi hermano aunque le solía mandar algo de lo poco que le sobraba desde Madrid, al final tuvo que ir a la mili y como nos llevábamos trece meses de diferencia de edad, los dos nos juntamos haciéndola, aunque cada uno donde le tocó. Cáritas española tuvo la caridad y gentileza de llevarle algo a nuestra madre en estos meses, por mediación de los que en Herencia representaban esta buena obra.

En la mili tenía poca cosa en metálico, quitando las cincuenta pesetas que mi novia ganaba sirviendo durante todo un mes, las que me enviaba por gentileza de su padre que así se lo autorizaba y del que tengo un buen recuerdo, pues con este dinero yo me las apañaba haciendo combinaciones, compraba Cola Cao y leche condensada y de vez en cuando me echaba una jarrita y me confortaba bastante. Algunos compañeros muy guasones me llamaban 'Cola Cao', cosa que me hacía gracia. Una vez, mi madre me mandó ochenta pesetas, las que había conseguido con muchísimo sacrificio y me desaparecieron de la taquilla, por eso con todo dolor de mi alma, tuve que comunicárselo al teniente, no os riáis lectores, pues esta ridícula cantidad entonces eran como sesenta euros actuales, es decir, el sueldo de día y medio de trabajo.

El teniente formó el escuadrón y explicó lo que pasaba y cómo mi madre se había ganado ese dinero, pero en vista de que no aparecía, nos puso a paso ligero sin excluirme a mí, que también me tocó correr, hasta el extremo de que algunos cayeron reventados, viendo todo eso se ablandaron los corazones de los que habían cometido el delito y devolvieron el dinero y fueron perdonados, pero unos días de calabozo no se los quitó nadie. Muchos compañeros me felicitaron porque en la mili también existe el amor, la comprensión del joven que sabe valorar las cosas (...).

Terminé el servicio militar el día dieciocho de julio de 1961. Mi novia seguía sirviendo donde estaba, no ya por lo que ganaba, pues sus padres, de guardas en la sierra no tenían necesidad, pero se quedó por dos motivos, uno, por estar más cerca de mí, y así poder vernos con más frecuencia y la otra razón era por lo mucho que la apreciaban: se trataba de una señora muy anciana y su hija, que también pasaba de los sesenta años. Yo tan contento de poder verla, pues era la chica más guapa de Herencia, al menos para mí, y cada día que pasaba estaba más ilusionada por las cualidades que con mis ojos enamorados veía en ella.

Rápidamente intenté planear mi vida, pues ahora es cuando había que empezar y con ganas. Dinero no tenía ni un céntimo, sitio para trabajar tampoco, ya que mi casa era pequeña y antigua, además era compartida con mi tía, hermana de mi madre. De cuatro partes de la casa, tres eran de mi tía, total, que mis pensamientos quedaron descartados. Alquilé una habitación que daba a la calle en un sitio más céntrico, en la cual puse un escaparate y unas puertas que encontré por poquito dinero, pero ahora venía lo peor de esto, no tenía herramientas en condiciones. Tuve más que suerte, era la manos de Dios que estaba de mi parte, pues nunca me faltó y hablé con Leovigildo (carpintero retirado), que me ofreció todas las suyas a como pudiera pagárselas, no olvidaré jamás este detalle. Maquinaria no tenía, pero herramienta manual sí, así que imaginaos que contento estaba por tener un sitio donde trabajar, herramientas y ganas de hacer frente a la vida (...).

Con las ganancias de los primeros trabajos realizados, me compré lo que yo consideraba mi primera pieza de valor, fue un nike de color granate, unos pantalones y unos zapatos. Yo seguí igual de bajito y mal fachado como toda mi vida lo he sido, pero así parecía otro para agradar más a mi novia, aunque me consta que yo le agradaba como fuera (...). Yo seguía trabajando todo el día y también parte de la noche, aunque sin hacer mucho ruido para no molestar a los vecinos de la calle Tercia. Me busqué un nuevo trabajo para añadir a la carpintería, enmarcaba cuadros para vender y también para novios, comuniones y todo lo que saliera; los colocaba en un mal escaparate que hice con el debido permiso de los dueños de la casa. En dicho escaparate exponía todas las cosejas mejores para que la gente picara, me fui abriendo camino con los pros y los contras que todo esto lleva consigo, pues no todo era color de cosa. Seguí la marcha con mucha ilusión, eso nunca me faltó y siempre tratando de mejorar mi situación con valentía pues de los cobardes poco se puede escribir.

Empecé a pensar en el matrimonio y fui preparando mis cosejas, entonces no se llevaba tanto como ahora. Compré una radio, una cocina pequeña de gas, fabriqué los muebles de cocina y los del cuarto de estar; la alcoba era el hueso más duro de roer y conseguí que unos amigos de Alcázar de San Juan me dieran, por entonces, una buena alcoba, digo buena en calidad, no en lujo, porque yo como entendido en el tema sabía lo que compraba, la tuve que montar por mi cuenta, porque me la vendieron a precio de coste y facturada a treinta, sesenta y noventa días, es decir con facilidad para pagarla. Mi pobre madre, qué me iba a dar si no tenía nada, dio parte de su corazón, para que lo compartiera con otra mujer, mi futura esposa. La vivienda, los padres de mi novia, hicieron lo que pudieron para recogernos en su casa, dándonos una habitación bastante decena, la cual partimos para hacer alcoba y salita, la cocina en un trozo de galería y la despensa en un camarón antiguo colindante, donde yo hice un mueble para tener todo lo necesario recogido, lo que sí teníamos era una terraza espaciosa. Ya disponíamos de todo para unirnos en matrimonio gracias a Dios.

La boda se celebró teniendo ella veintidós años y un servidor, veintisiete. Por fin llegó ese día tan esperado para mi novia y para mí, un día dieciséis de agosto de 1965, fiesta de San Joaquín, día que tuvo gusto de casarnos nuestro querido párroco Don Joaquín, el que para mí fue un hombre de gran talento y personalidad. El día de mi boda es el más bello recuerdo tanto para mi esposa como para mí (...). Pasó el día y recogimos un dinerillo, ocho mil pesetas que por aquel entonces suponía un gran capital para nosotros.

Nos fuimos a Alicante, a casa de unos tíos de mi señora, con una moto vieja que yo había comprado anteriormente por poco dinero, fue un atrevimiento con semejante vehículo, pero resultó bien, tanto en la ida como en la vuelta, aunque en el regreso recuerdo que en el término de La Roda me dormí en la moto y bailamos un poco, pero no había el tráfico que hay ahora. Estuvimos en Alicante cuatro días, tan contentos y felices, una felicidad que se la deseo a todos y sobre todo, a los recién casados. Fuimos a los toros, paseamos en barca, estuvimos en Benidorm, es decir, que tiramos la casa por la ventana. Recuerdo que nos compramos dos bocadillos y sentados en una barqueja vieja que había en la orilla de la playa nos lo comimos, diréis que cuanto nos gastamos, pues para toda la juerga de las vacaciones, tres mil ochocientas pesetas.

Volvimos con muchas ganas de vivir. Pasamos la feria, que aquel año se celebró en Herencia, el veinticinco de agosto y yo con mi música, porque seguía con ella. Después de la feria, de nuevo a trabajar, los anillos no se me iban a caer, aunque ya tenía uno, la alianza de casado. Y seguí caminando hasta el diecinueve de junio del año siguiente, día en que el señor me regaló una muñeca que para mí fue el mayor tesoro en aquellos momentos, una niña enorme con cuatro kilos setecientos gramos, que le pudo costar la vida a mi mujer a consecuencia de dicho parto (...). Al año siguiente, el diez de agosto, el señor me regaló otro ser, un precioso niño el cual colmó mis ilusiones y me dio más impulso para el trabajo (...).

Las cosas no me iban mal y seguía trabajando con empeño. Hablé con un señor que en Herencia todos los mayores hemos conocido, José Antonio García Navas, que con todos sus defectos, como todos los tenemos, me hizo la obra (terminar la ampliación de la casa) con cierta facilidad de pago, cosa que tuve la oportunidad de agradecerle posteriormente. Lo cierto es que este buen señor y maestro hizo en el pueblo de Herencia que muchas familias humildes, pudieran tener cierta comodidad en cuanto a sus aposentos. Que Dios lo tenga en paz. A los dos años de terminar la obra, y en esto tenía yo de 27 a 34 años, Dios puso en mis manos otro nuevo hijo, rubio como el oro y pecoso, era una maravilla, solo que ya éramos cinco en la casa. No me importaba puesto que yo me consideraba joven y por supuesto este hijo nació en nuestro nuevo hogar.

Compramos una tele en blanco y negro y un frigorífico que pagaba a mil quinientas pesetas al mes, a otro buen hombre de los muchísimos que este pueblo dio, da y seguirá dando. También compré una lavadora eléctrica, puesto que para entonces mi señora lavaba en una pila de madera que con gran gusto le había hecho yo. Y así vivíamos, sin darnos muchos gustos. En mi vida no había gozado jamás de vacaciones y mis manos y las de mi señora eran las herramientas para hacerles a nuestros hijos lo que buenamente podíamos. Las mejores vacaciones las pasaba en casa, abrazado a mi señora y a mis pequeños, pues a pesar de todo siempre me he sentido feliz, con ilusión y muy optimista, porque Dios se preocupa de todos nosotros, sus hijos. Dos años después, un día nueve de diciembre nació otra morenilla con una carita redonda que me parecía una chinita, estos fueron al fin los cuatro regalos que el Señor puso como fruto de nuestro unido matrimonio hasta el día de hoy (...).

Dejé la habitación de alquiler, instalando mi taller aunque sin maquinaria en la casa de enfrente, donde ya vivía. Me ofrecieron otra casa, colindante a la nuestra (...). Me cobraron cincuenta mil pesetas, no la encontré cara y la podía pagar en dos veces (...). Entonces, tranquilamente, me decidí a tirar toda la casa yo solito porque mi mujer bastante tenía con cuatro churumbeles (...) Era feliz solo de pensar que me esperaban cuatro pajarillos para alegrarme con sus risas y llantos, y una mujer que me respetaba y me quería con todo su corazón (...). Como ya tenía sitio, empecé a vender cristales y alguna que otra madera, porque eso sí, yo siempre he tenido espíritu de comprar y vender. Al tener taller de carpintería, los vecinos del barrio solían pedirme clavos, escarpias, tornillos, en fin, cosejas de estas y yo me puse en órbita y pensé por qué no poner una pequeña ferretería.

Instalé un escaparate (...), hice un mostrador, que todavía conservo, y unas estanterías. Compré menudencias de ferretería y pequeño material eléctrico por valor de mil pesetas. Fui incrementando mi negocio (...) y atendiendo las necesidades de mi familia con cierta holgura (...). Me dediqué también al mueble más bien barato, todo esto con algún chiquejo ajeno para que me echara una mano, pues los míos también iban alzando el vuelo, pero con los estudios no podían ayudarme a nada. Cuando todo iba viento en popa, comencé a sentir molestias en el estómago (...).

Un veintinueve de febrero me tuvieron que intervenir. Pasé treinta y tres días de pena, luchando contra mi propia vida, todo para volverme a operar el tres de abril del mismo año 1984. Todas mis cosas se venían abajo, mi pobre mujer, en tres meses que estuve en cama entre la vida y la muerte, no se separó ni un día de mi lado, solo para ir a la misa de la capilla del hospital, a implorar al Señor su misericordia por el hombrecillo que amaba con todo su corazón. La verdad que me emociono al contar todo esto. Durante esos tres meses me quedé de sesenta y tres kilos que pesaba a cuarenta y ocho; todo un cadáver, mi mujer, de sesenta kilos pasó a pesar cuarenta y dos, los hijos abandonados a la buena de Dios, puesto que la mayor tenía dieciséis años, mi hija, tuvo que dejar los estudios y ya jamás los volvió a coger, aunque me consta que valía para ello. Otro con quince, otro con doce, y la otra con diez. Las cosas se me venían abajo, letras impagadas, más género fiado en la calle, la tienda que se vaciaba por falta de reposición de género, en fin, todo lo que os podés imaginar.

Juan José Portillo

Fragmentos de su libro Vida, Camino y Luz (NeoDigital Imprenta, Herencia, 2017).

Foto: Boda de Juan José Portillo Sánchez-Aguilera y Josefina Villarreal Fernández, el 16 de agosto de 1965. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Montserrat (1966), Juan José (1967), Ismael (1970) y Yolanda (1972).