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jueves, 26 de julio de 2018

Los 20 de Mayo y otros recuerdos de mi infancia



Nací en La Habana de 1942. En mi infancia, las dos fechas más esperadas eran el 6 de Enero, Día de los Reyes Magos, y el 20 de Mayo, Día de la Independencia. Cuando ingresé en la escuela primaria se sumarían dos más: la Semana del Niño y el 28 de Enero, aniversario del nacimiento de José Martí.

También, cómo no, las excursiones escolares, fueran al Parque Zoológico, el Valle de Viñales o las Cuevas de Bellamar; la preparación y entrega de la canastilla martiana el 28 de Enero; mantener ordenado el botiquín de la Cruz Roja; salir a la calle con una alcancía para recoger dinero el Día contra el Cáncer o visitar alguno de los Hogares del Veterano diseminados por la ciudad, que se ocupaban de la atención de los mambises que lucharon en nuestras guerras de independencia. Y, por supuesto, los carnavales, que se celebraban en el mes de febrero. En aquella época, las carrozas, comparsas, camiones y autos subían y bajaban por el Paseo del Prado, desde Malecón hasta la calle Monte, donde daban la vuelta. El público, en palcos, sillas o de pie, disfrutaba del espectáculo, diurno o nocturno a un lado y otro del paseo habanero más emblemático. Entonces, las barriadas de la capital tenían sus comparsas, la nuestra era Los Marqueses de Atarés, aunque también pasaba La Jardinera.

Lo que diferenciaba al 20 de Mayo de otras efemérides y actividades, era que se trataba de una jornada patriótico-festiva: junto a desfiles y banderas, se realizaban verbenas, retretas (conciertos) al aire libre y bailes populares, en clubes, sociedades o los Jardines de la Tropical. Ese día, la gente procuraba estrenarse una muda de ropa y un par de zapatos nuevos, una tradición que creo en Cuba mantienen los 31 de diciembre, los que pueden, claro.

Como el 20 de Mayo era feriado nacional, yo iba con mis padres a visitar a mi abuela Matilde en Luyanó. La guagua que cogíamos era la ruta 5 o la 10, que paraban en la Esquina de Tejas, a dos cuadras de la casa, y nos dejaba en la parada siguiente del hospital materno-infantil Hijas de Galicia. Regresábamos temprano en la tarde, lo que me permitía con amiguitas de la cuadra, dar una vuelta a la manzana o ir un rato al Parque La Normal, nombrado así porque quedaba frente a la Escuela Normal de Maestros de La Habana, en San Joaquín entre Pedroso y Amenidad, Cerro. Antes o después, para curiosear, pasábamos por la Sociedad del Pilar, en Estévez y San Gregorio.

Nuestro barrio se llamaba El Pilar, igual que la Sociedad y la Iglesia, situada en Estévez entre Castillo y San Jacinto y que por párroco tuvo a un cura muy famoso, el Padre Ismael Testé. Fundada en 1848, la Sociedad del Pilar fue una de las más importantes de La Habana. Hurgando en internet, encontré que sus fundadores fueron un habanero, un catalán y un gallego y en sus directivas figuraron seguidores del movimiento reformista de la década de 1860, algunos de los cuales serían futuros luchadores en la Guerra de los Diez Años.

Los 20 de Mayo y los 12 de Octubre, día de Nuestra Señora del Pilar, en la Sociedad había fiestas y bailes. A propósito, vale la pena mencionar que entre los vecinos más notorios de nuestro barrio hay tres músicos: el violinista Enrique Jorrín (1926-1987), director de la Orquesta América y creador del chachachá (el primero, La engañadora fue estrenado en marzo de 1953); el trompetista Elpidio Chapotín Delgado, cuyo tío-abuelo era el gran Félix Chapotín, y el compositor cubanoamericano Jorge Luis Piloto, hoy residente en Miami y quien a fines de la década de 1970 vivió en el mismo edificio donde nosotros vivíamos, en Romay 67 entre Monte y Zequeira. De los festejos por el onomástico de la virgen solo recuerdo que oficiaban una misa y una procesión recorría las calles cercanas a la iglesia.

De los 20 de Mayo, lo que más grabado se me ha quedado es la imagen de las banderas que los habaneros colgaban en puertas, ventanas, balcones... Más grandes o más pequeñas, más gastadas por el tiempo o acabadas de comprar: la enseña nacional formaba parte de la conmemoración de cada nuevo aniversario de la proclamación de Cuba como República. En el Parque Central, el Parque Maceo y el Anfiteatro, bandas de música, municipales o de la policía, ofrecían retretas. Eran gratuitas y asistían muchas personas, todas muy elegantes.

En el interior del país, las retretas o conciertos al aire libre no solo se ofrecían los 20 de Mayo y otras efemérides patrias, también los fines de semana. Al menos era así en Sancti Spiritus, cuando en las vacaciones de verano me pasaba una o dos semanas con familiares espirituanos. Una de las distracciones, el sábado o domingo, era sentarse a ver tocar a la banda de música desde la glorieta del parque que lleva el nombre de Serafín Sánchez (1846-1896), Mayor General del Ejército Libertador. O pasarse buena parte de la tarde o la noche dando vueltas por el parque, de brazos cogidos, por un lado las mujeres y por otro los hombres.

Por el blog Guantánamo City, he sabido que en la más oriental de las provincias, el 20 de mayo de 1902, en el Parque José Martí, situado frente a la Catedral de Santa Catalina de Ricci, a las doce del mediodía, varios veteranos, antiguos mambises, sembraron ocho palmas reales y una ceiba conmemorativa, justo en el momento en que en La Habana tomaba posesión de la presidencia de la República Don Tomás Estrada Palma. Donde actualmente se encuentra la estatua del Mayor General del Ejército Libertador, Pedro Agustín Pérez (1844-1914), existió una glorieta de dos pisos: en el inferior vendían helados, dulces y juguetes y en el superior la banda municipal tocaba la retreta. Y como en Guantánamo, en el resto de las seis provincias que había en Cuba antes de 1959, con gran fervor se conmemoraban los 20 de Mayo.

En las escuelas públicas, un acto cívico de los viernes siempre se dedicaba al Día de la Independencia. Se leían composiciones redactadas por los alumnos y poemas alegóricos. Uno de los más conocidos era Victoriosa, de la escritora y poetisa camagüeyana Aurelia Castillo de González (1842-1920):

¡La Bandera en el Morro! ¿No es un sueño?
¡La Bandera en Palacio! ¿No es delirio?
¿Cesó del corazón el cruel martirio?
¿Realizóse por fin el arduo empeño?
¡Muestra tu rostro juvenil, risueño,
enciende, ¡oh Cuba!, de tu Pascua el cirio,
que surge tu bandera como un lirio,
único en los colores y el diseño!
Sus anchos pliegues al espacio libran
los mástiles que altivos se levantan;
los niños la conocen y la adoran.
¡Y sólo al verla nuestros cuerpos vibran!
¡Y sólo al verla nuestros labios cantan!
¡Y sólo al verla nuestros ojos lloran!

Zilia L. Laje, cubana residente en Miami y autora, entre otros, de valiosos testimonios estudiantiles (algunos publicados en mi blog), me cuenta que cuando ella cursó la Escuela Primaria Superior No. 16 Domingo F. Sarmiento, en Santos Suárez, en las clases de música, entre otros himnos cantaban uno dedicado al 20 de Mayo, compuesto por el pedagogo, compositor y violinista Ramón Figueroa Morales (Santiago de Cuba 1862-1928).

Zilia no se acuerda de la letra completa del Himno del 20 de Mayo, sí de una parte:

Fecha augusta es el Veinte de Mayo
porque en ella la Patria surgió
como estrella radiante que vence
de la noche sombría el horror.
Es el Veinte de Mayo el gran triunfo
de la Patria ideal de Martí,
que en sus sueños de magno poeta
concibióla cordial y feliz.

Con una memoria prodigiosa, Zilia recuerda estrofas de poesías dedicadas al 20 de Mayo: “Ya mi bandera en el Morro tremola alegre y ufana/ Bendita por siempre sea la República cubana”, de Marín Varona y Villoch. Y “Yo levanto mi bandera/ con honor y gallardía,/ Llena el alma de alegría/ en esta fiesta de amor/ Porque es hoy veinte de mayo/ fiesta que a todos invita/ mi frase alegre palpita/ y un ¡Viva! a mi Cuba doy”, de Margarita Monreal.

No retengo las letras de canciones y poemas, recientes o de hace tiempo. Lo que suelo recordar son nombres, como el de mi escuela pública, la número 126 Ramón Rosaínz, en Monte y Pila. La directora se llamaba Modesta Agüero y el día de su cumpleaños, el 4 de marzo, le hacíamos un regalo. Tampoco he olvidado los nombres de casi todas las 'seños' o maestras (Carmen, Adolfina, Margarita, Roxana, Lucila, Amelia, Inés), el de muchas compañeras de aulas, y el de la conserje Cusa, negra alta y risueña que a la hora del recreo nos repartía galleticas de vainilla o chocolate con crema. Y también de un cubano ilustre que escribió sobre el 20 de Mayo: Emeterio Santovenia (https://www.encaribe.org/es/article/emeterio-s.-santovenia-echaide/1610), historiador, político, periodista y escritor.

Por cierto, siempre pensé que el Asilo Santovenia, situado en la Calzada del Cerro entre Patria y Carvajal, se habría construido gracias a Emeterio Santovenia. Pero en un post de 2009 del blog de Eufrates del Valle, encontré la aclaración: "El actual Asilo Santovenia era conocido como La Quinta del Cerro, mansión palaciega propiedad de los Condes de Santovenia. La casa quinta fue construida entre 1832 y 1841 por Manuel Eusebio Martínez de Campos en El Cerro, el barrio de lujo habanero del siglo XIX. Los Condes de Santovenia vivieron allí unos años y luego la pusieron en venta. En 1886 fue adquirida por los albaceas testamentarios de la acaudalada cubana Susana Benítez de Parejo, fallecida en Madrid en 1885". La intención era fundar un asilo con capacidad para 200 ancianos, dirigido por las Hermanitas de los Ancianos Desemparados. Hoy, el Asilo Santovenia alberga el doble de internados, está considerado el mejor hogar de ancianos de Cuba, ha sido declarado Monumento Nacional y sigue siendo administrado y atendido por monjas católicas.

Un par de aclaraciones más. Doña Susana Benítez de Parejo, nacida en Bejucal en 1811, en segundas nupcias, se casó con Antonio Juan Parejo Cañero (1807-1856), adinerado caballero de Puente Genil, Córdoba, Andalucía, que había emigrado a la Isla en busca de inversiones. Para saber más de los Condes de Santovenia, sugiero leer sobre la rama cubana de la Familia Martínez de Campos, que se estableció en La Habana a mediados del siglo XVII.

En Un día como hoy, publicado en 1946, Emeterio Santovenia describió los acontecimientos del 20 de Mayo de 1902. Al ser un texto que alguna vez leímos en mi escuela o en otra de Cuba, con él me gustaría terminar estos recuerdos:

“La intervención de los Estados Unidos de América en los negocios públicos de Cuba fue breve, más breve de lo que se esperaba hasta por patriotas de la Isla muy optimistas. La reunión de la Convención Constituyente, la adopción de la carta fundamental, la solución dada al serio problema de las relaciones que permanentemente debían existir entre la Unión y la mayor de las Antillas y la celebración de elecciones para cubrir los cargos nacionales y provinciales cuya designación dependía del pueblo en un ordenamiento democrático fueron hechos y sucesos que aceleraron y anunciaron el advenimiento definitivo de la República. En el mes de mayo de 1902 todo estuvo listo para que el día 20 Tomás Estrada Palma asumiese la jefatura del Estado y el Congreso se hallase organizado y en condiciones de laborar.

“El 20 de mayo de 1902, a las doce horas del día, se llevo a cabo en el Palacio de la Plaza de Armas, en La Habana, la ceremonia de transmisión de poderes. Leonard Wood, gobernador militar de la Isla hasta aquel momento en representación de los Estados Unidos, leyó dos documentos: uno firmado por Theodore Roosevelt, presidente de la Unión, y otro suscrito por él, con el carácter expresado. Ambos estaban dirigidos al Presidente y al Congreso de la República de Cuba. El de Roosevelt expresó sus votos por el buen éxito del nuevo gobierno y por el mantenimiento de la amistad entre los Estados Unidos y Cuba. El de Wood, más extenso, entró en consideraciones acerca de la administración que cesaba y declaró terminados la ocupación y el gobierno de la Isla por la Unión. Estrada Palma leyó una corta exposición, dirigida a Wood, por la cual se dio por enterado oficialmente de lo dicho por Roosevelt y Wood y admitió que Isla de Pinos, como acababa de manifestar el Gobernador, quedaba bajo la jurisdicción de Cuba, a reserva de lo que sobre su situación jurídica definitiva acordasen los gobiernos de Washington y La Habana.

“El cambio de banderas se efectuó en los mismos momentos en que se producía en Palacio la ceremonia en que hablaron Wood y Estrada Palma. Minutos después el Presidente de la República, requerido por el del Tribunal Supremo de justicia, prometió por su honor desempeñar fielmente su cargo, cumpliendo y haciendo cumplir la constitución y las leyes del país. Estos actos, en los que no podía faltar una honda emoción, estuvieron acompañados del entusiasmo delirante de las muchedumbres que en distintos lugares de la capital de la Isla participaban de la alegría de un hecho glorioso. Las mujeres y los hombres que presenciaron la mudanza de pabellones aplaudieron y lloraron: sus vítores y lágrimas resumían los anhelos y sacrificios de varias generaciones de patriotas, de los que unos habían perecido en la demanda heroica y otros eran actores y testigos del grande acontecimiento que a todos conmovía.

“El hecho de que en los edificios públicos ondease la bandera de la estrella solitaria simbolizaba mucho más que, una transmisión de poderes: simbolizaba el advenimiento de Cuba a la soberanía internacional. Ya la Isla, desde el 20 de mayo de 1902, formaba parte del concierto de las naciones libres e independientes. Lo que esto llevaba costado, llenaba las mejores páginas de la historia patria. En la mayor de las islas del Caribe se iniciaba una vida nueva: la vida vigorizada y lustrada por la soberanía internacional.”

Tania Quintero

Foto: Visita que el 24 de febrero de 1952 la maestra Carmen Córdoba y un grupo de alumnas de la Escuela Pública No. 126 Ramón Rosaínz hicimos al Hogar del Veterano, en San Miguel y Agustina, en el municipio habanero de 10 de Octubre. Además de conversar con viejos mambises, le obsequiamos una caja de tabacos. Yo soy la del chalequito, en la fila delantera, la tercera de izquierda a derecha.

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