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jueves, 2 de marzo de 2017

Recordando la Escuela Alfredo M. Aguayo (II y final)


Los uniformes de a diario eran azul con doble cuello, monograma con las letras EMA bordado sobre el lado izquierdo y botones al frente y en el cinto, en azul prusia, con un bolsillo a un lado de la saya. El de calistenia era una blusa blanca y unos shorts abombachados con una saya a media pierna azul por encima con botones azul prusia al frente. La escuela los proveía. El de gala era blanco con un bies y hebilla redonda del cinto en azul. Solamente teníamos que comprarnos los zapatos de reglamento, negros de cordones, y los tenis de educación física, Keds altos. Siempre usábamos medias blancas. No se enseñaba religión, ni jurábamos a la bandera, ni daban medallas por buena conducta. La primera comunión la hice por mi cuenta a los ocho años en La Milagrosa.

A la hora del recreo, salíamos a la pista, un traspatio de media manzana que daba a la calle Libertad, con cancha de baloncesto y una pista de grava apropiada para correr. No nos permitían sentarnos, nos estimulaban a que hiciéramos ejercicio; algunas alumnas jugaban baloncesto y otras pelota (béisbol), había otra cancha deportiva y a un costado unas barras con unas sogas. A mí no me gustaba ningún deporte, una vez tirando la cuerda, como era la más chica, me arrastraron por la tierra. A veces jugaba A la tabla maní pica'o... o La pájara pinta, pero trataba de escurrirme y sentarme en la hierba. Allí cosí una canastilla de la clase de costura y el cuello de las baticas no le habrían servido ni a un gato. Desde ahí se veía, el otro lado de la entrada al garaje en el sótano, donde guardaban los ómnibus, las ventanas de la cocina, con unos calderos enormes, unos cucharones largos y un olor peculiar a comida de institución. A veces, a un vendedor que se paraba en la acera de la calle Cortina, por la reja, le comprábamos un medio (5 centavos), de gofio de trigo en papel de estraza, lo que me imagino que debe haber estado prohibido.

Por la tarde, teníamos educación física y los maestros, equipados con un silbato, nos conducían marchando en fila por las galerías al compás de unas castañuelas. Aquello entonces me parecía la cosa más natural del mundo, pero al escribirlo me he reído, pues ahora sería algo ridículo. El profesor de educación física, Oscar Fornaguera, vivía en los bajos de la casa de mi tío paterno Juan, que era abogado y residía en la calle Consulado, en el centro de la ciudad.

La profesora de teoría y solfeo se llamaba Sara Estrada. Recuerdo las claves, sol, fa y do; los compases, de compasillo y binario. Teníamos una banda rítmica, en los primeros grados yo tocaba los jingles (cascabeles) y, cuando aquí en Miami vi en la vidriera de la tienda de música Philpitt's, unos cascabeles amarillos, me los compré. Fedora Capdevilla tocaba el piano. Una alumna nombrada Lirio Pérez, delgada, de pelo claro rizado, cantaba muy bien los solos. El himno escolar empezaba: "Las cruzadas de la vocación, nuestra patria intentamos salvar..." No recuerdo cómo se llamaba la maestra de canto, yo no sabía cantar.

Cantábamos el Himno de los Municipos, que en una parte decía, "el camino marcarás con claridad" y Marta se encaprichó en que sonaba, "el camino Partagás con claridad". Ella era bajita y a su hermana Rosa, que era un año mayor y más alta, delgada, la trataba con impaciencia. El padre escolapio Juan Capdevilla, de las Escuelas Pías, al doblar de mi casa en Flores, un par de veces envió conmigo medallitas y a mí me regaló una triangular con tres rosas al reverso. La maestra de ballet se llamaba Fernán Flor. Una alumna mas chica (¿Adriana?) compuso un "swing" al piano. El maestro Gonzalo Roig, director de la banda municipal, dirigía el coro de la escuela en actos oficiales. Una vez, para ensayar para el acto de fin de curso con las alumnas de Romualdo de la Cuesta nos llevaron a una nave por la calle Benjumeda, en la zona conocida como El Pontón.

A partir del 4to grado, por las tardes desde las 2 teníamos talleres de bordado a mano, bordado a máquina, costura, tejido y economía doméstica. Los de cocina, repujado, encuadernación y lavandería estaban en la mitad norte del sótano. A esos talleres les llamaban la escuela vocacional. Me gustó aprender a hacer dobladillo de ojo. Hacíamos flores con papel crepé. En cocina nos dictaban recetas, una de postres tenía un nombre original: Islas flotantes. De algunos alimentos decían que "ricos en albúmina".

La maestra de corte y costura, Edelmira Echemendía, mayor y malas pulgas, que inspiraba temor, por el método de María Teresa Bello enseñaba cómo trazar moldes con plantillas, instruyéndonos que las medidas se tomaban desde "la protuberancia ósea" -los libros no estaban redactados para niñas de 11 años. En esa clase hicimos la susodicha canastilla, que imagino formaban parte de las canastillas que otorgaban el día del natalicio de Martí. No aprendí a coser a máquina. Una compañera se hizo un vestido, al que le bordó su monograma a máquina. Yo me hice una bolsa de lona con asa de madera y mis iniciales bordadas en punto de cruz, como veía a otras compañeras. Llevé agujas de tejer y estambre y empecé a tejer un sweater color crema, pero nunca pasé del fajín, que se encaracolaba porque apretaba mucho el punto.

La maestra de lavandería, delgada, menuda, trigueña, se llamaba Ocilia Lozano Blanco, lavábamos con Lux, en unos fregaderos hondos, yo tenía miedo de enchufar la plancha, debajo de la pizarra. Era bastante torpe, a los diez años, repujando un monedero raspé la piel en seco, me enterré la lezna en el monte de la palma de la mano izquierda y tuvieron que ponerme la vacuna del tétanos. Era bastante callada, han pasado muchos años y ya no recuerdo; pero ahora me hago la idea de que debo haberme quedado azorada con los ojos abiertos. Tengo aquí un álbum de fotografías que encuaderné en 5to grado, forrado en un material aterciopelado color vino con un cordón dorado, pero nunca aprendí ninguna otra cosa. Vaya, que de chiquita no era nada hábil en las tareas domésticas. De adulta, sin embargo, empecé a aprender, sola, todo tipo de labores manuales, desde hacer una pantalla de lámpara, empapelar paredes y tapizar sillas, colocar losas hasta hacer vino y fabricar una mesa.

En la planta alta de la escuela, a la derecha de la escalera había una enfermería y una sala de aislamiento. Teníamos una peluquería, la peluquera se llamaba Ricarda y le decíamos Rico. A la izquierda una habitación abierta decía Biblioteca, pero allí nunca hubo un libro. Frente a la escalera quedaba un salón que decía Sala de Actos, con escenario y lunetas, nosotras le llamábamos 'el teatro'. Me acuerdo de las instructoras, con uniforme blanco y zapatos blancos de cordones.

Hacia la izquierda estaban los dormitorios de las internas. Había tres dormitorios ventilados, el A al frente, largo, de las alumnas de 6to grado, con María Santos de instructora, un baño en la esquina, el B del lado sur, ancho, con su propio baño adentro, para 4to grado, con Esperanza Yanes de instructora, de muy buen carácter, y detrás, el C, dividido del anterior por unas columnas, creo que de 2do grado, con la Sra. Simmons, mayor, a quien nunca vi de cerca, la divisaba de lejos, sentada en su sillón con la cabeza baja, supongo que leyendo, mientras las niñas dormían la siesta (o a lo mejor aprovechando para dormir ella). Hacia la derecha, tres dormitorios más. El D al frente, no sé si de 3er grado, con Margot Santos de instructora, hermana de María, un baño en la esquina, el E al costado norte con baño dentro, para 5to grado, con la Sra. Virginia Ramos de instructora y detrás el F, de 1er grado. Había otras instructoras, Claudina, hermana de Esperanza, siempre con el pelo recogido, Francis, otra Machado, hermana de Gladys, Lolita Vivó, bajita, algún tipo de supervisora que no estoy segura exactamente qué hacía.

Por algún motivo, en el B fue donde más tiempo pasé, tal vez tendría algo que ver con mi edad. Nunca estuve en el C o el F. Por mala conducta nos mandaban a la dirección y nos amenazaban con ponernos "una falta en el expediente". La disciplina era bastante estricta. Ardía un espíritu fuerte de patriotismo, con un matiz un poco militar. Cuando entraba al aula la directora o una profesora de otra aula, nos poníamos de pie. Nos trasladábamos de una clase o actividad a otra en fila. A mí me hicieron un permanente cuando tenía siete años, pero cuando mi mamá me peinaba, me halaba el pelo al desenredármelo. Quería dejarme crecer el pelo y a los nueve años, en 5to grado, porque no nos dejaban llevar el pelo largo suelto, usé trenzas, chicas, finas al frente, que se tejían dentro de las mas grandes, gruesas atrás, se doblaban hacia abajo y adentro sobre la nuca y se amarraban con cordones de zapatos, ya que no nos permitían llevar cintas ni hebillas de colores.

Entre otras alumnas de las cuales todavía me acuerdo se encontraban Estrella Soler, oriunda de Palmarito de Cauto, en Palma Soriano, Santiago de Cuba; Mercedes Dávila, Margarita Senra, Nívea Peláez... De los juegos, recuerdo los jacks, que se jugaba con una pelotica de goma y con la paletica de madera en inglés decíamos "one, two, three, arely and hilly". En una pequeña maleta de cartón llevábamos jabón en una jabonera, toallita, peine, cepillo de dientes en un estuche, pasta dental, desodorante en crema y una bata de casa, todo dentro de una bolsita de tela con cordón, que dejábamos en la taquilla durante la semana.

Por un tiempo estuve llevando un vaso plegable. A los diez años, la bata de casa me la hice de la saya de un vestido de baile rojo, blanco y negro, que mi tía materna Estrella mandó de Nueva York, me la entallé yo misma e hilvané a mano. Nos daban toallas de baño grandes blancas. Teníamos taquilla con llave y las camas (para las alumnas internas, de lunes a viernes) eran de metal esmaltado en colores, los mismos de las mesas de las aulas, rosado, azul, verde, melocotón, amarillo o aqua. En el baño recuerdo las cortinas de las duchas como si aún las estuviera mirando, de una tela color crema, calada, pero pesada, con unos cordones entretejidos cruzados formando cuadrados, colgadas con unas argollas de metal plateado, que algunas alumnas se llevaban para usar de llavero, sólo tenían agua fría, no caliente; había agua caliente sólo en los lavamanos. Las que queríamos bañarnos con agua tibia lo hacíamos de pie en chancletas de madera delante de las dos hileras de lavabos echándonos agua por encima. Estuvo de moda usar "Cue", un líquido rojo, para lavarse los dientes. Los viernes por la tarde me soltaba las trenzas. Cuando terminábamos de vestirnos, antes de bajar al comedor, nos sentábamos dos en las esquinas delanteras de cada cama. Me demoraba mucho vistiéndome y una tarde la Sra. Virginia me hizo bajar al comedor en refajo.

Había servicio de ómnibus, uno para la Víbora, uno para el Cerro, uno para Luyanó y otro para "la Habana", como entonces se le decía a las zonas céntricas y viejas de la capital. A la hora de salida, nos separaban a las externas en grupos, las de los cuatro ómnibus, "las que vienen a buscar" y "las que se van solas". Esos ómnibus azules no eran suficientes, viajábamos seis en cada asiento de a dos, tres mayores sentadas y tres mas chicas en las piernas, y el calor era sofocante. Nunca después he vuelto a sentir aquel calor asfixiante. A mí siempre me fue difícil levantarme temprano, cuando mi mamá me despertaba, le decía invariablemente, "un ratico más", no me daba tiempo de ir en el ómnibus y ella optó por llevarme. Por las tardes, el ómnibus a veces me dejaba en la casa de mi tío Ismael, a cuatro puertas de casa. Después de los primeros meses, le notificaron que, si ella podía llevarme por la mañana (vivíamos a seis cuadras), entonces no necesitaba que me llevaran a la casa por la tarde. Durante un poco de tiempo estuvo acompañándome una muchachita mayor, Asunción, que recuerdo tenía cejas y pestañas escasas, pero eso no duró mucho y de ahí en adelante, mi mamá iba a buscarme. Casi siempre íbamos y veníamos a pie por la calle Cortina. De regreso por la tarde, parábamos en casa de mi abuela, en la calle Lacret. Onelia y Zoraida Soto vivían en la acera de enfrente.

Todo en la escuela estaba muy limpio. Había varias empleadas para la limpieza, recuerdo a Sara, y Dalia, que tenían hijas que llevaban sus mismos nombres estudiando allí. No me acuerdo cómo les llamábamos, pero no criadas, estaba en boga una atmósfera imperante de justicia social un poco izquierdista. Me parece que en la Valdés Rodríguez, de varones, tenían piscina. Participábamos en la parada escolar el 28 de enero, día del natalicio de Martí marchando por el Paseo del Prado frente al Capitolio. Cerca de fin de curso celebraban una exposición de trabajos manuales y repartían premios. Una vez, cuando tendría yo unos diez años montaron una función de títeres y aún recuerdo los ensayos: "Soy un soldadito de plomo, mi madre es cuchara de sopa, no me muevo ni poco ni mucho y si andando el tiempo llego a capitán". Me encomendaron pintar un paisaje, una cabañita de campo inglesa con un camino de flores, sobre una tablita de madera; pero una cosa era dibujar a creyón sobre papel, en tiza sobre una pizarra o con un punto sobre cristal, y otra pintar con un pincel. La profesora lo retocó tanto que no reconocí lo que se exhibió: no se parecía en nada a lo que yo había intentado pintar.

En el Field Day realizábamos gimnasia con arcos de flores. En la Aguayo existía una asociación de alumnas, que elegía una presidenta y llevaban a cabo campañas. Entre otras, recuerdo a Amelia Pita, Lidia Cerecero, Carmen Maestri, Enriqueta no recuerdo si Costa. En una ocasión dibujé un pasquín para una de ellas, creo que Carmen, con el personaje Lorenzo Parachoques de los muñequitos, que colgaban de las columnas macizas en el comedor. Cantábamos lemas absurdos, por ejemplo, alentando a "comer más", con la música del Vals sobre las olas. Éramos muy aficionadas a la pelota (béisbol), yo simpatizaba con el equipo de Habana, cuyo uniforme era rojo. Tenía siete años cuando nos llevaron al Ministerio de Salubridad a vacunarnos contra la difteria. Nunca olvido la mañana que a mí y a otra alumna nos mandaron subir a la azotea de la escuela a izar la bandera. Dos niñas de diez años, solas, sin supervisión de adulto, con lo propensa que yo era a sufrir percances. Fue un milagro que no me cayera de la azotea y me rompiera la crisma.

Mi mamá estuvo enferma con lumbago, y una tarde le pidió a Pancho, el mensajero de la farmacia al lado de nuestra casa, que fuera a buscarme. Cuando llegó a la escuela, me preguntaron a mí si lo conocía, no debo haber sabido a quién me señalaban, y en un primer momento dije que no. Por poco no me dejan ir con él, regresamos en la ruta 14 vía Juan Bruno Zayas, y el hombre le contaba después a mi mamá que había pasado un mal rato horrible, hubieran podido acusarlo de querer secuestrarme. Había un par de alumnas que llevaban chaqueticas de astracán en el invierno. Un año se nos requirió que nos hiciéramos unos jackets, de gabardina azul prusia, muy presentables, con mangas largas, puños con un botón y una fajita a la cintura. Me parece que me lo hizo la esposa de mi primo materno, Lalita, que creo había asistido a esa misma escuela ocho años antes. Nos llevaron un día en una excursión a los jardines de la cervecería Polar en Puentes Grandes, a orillas del río Almendares. En el ómnibus cantábamos América inmortal. Tirándome por la canal, el metal caliente al sol, me pelé los dedos pulgares.

En una ocasión llevaron a unas alumnas de pedagogía a que trabajaran individualmente con las alumnas de 6to grado. Tengo una idea remota de que la universitaria a la que fui asignada en el proyecto se llamaba Amelia Naranjo. Cuando ella vio que al final todas las otras le llevaban algún obsequio a su alumna prometió llevarme algo, pero no volvió. Ese año tuvimos una tómbola, instalaron kioscos en la pista e hicieron rifas, asistieron las vecinas mías, yo me gané un pomo de caramelos.

Con retraso a la escuela ingresó una niña chica, no se adaptaba y quería escaparse. Era pelirroja, tenía el pelo lacio, corto, con cerquillo, decían que era judía. Mirando por la ventana del dormitorio una vez, la vimos de espalda, sentada en el muro junto a la acera mirando para la calle hacia el sur. Como ya yo me había adaptado, me parecía extraño que ella quisiera escaparse.

En la acera de enfrente de la Aguayo quedaba la Escuela Pública 118. En su mayoría, las escuelas públicas primarias eran casas particulares antiguas adaptadas, no solían ser muy amplias, por lo regular de cuatro piezas y funcionaban en dos sesiones: de 8 a 1 los grados inferiores y de 1 a 6 los superiores.

Un día, creo que en 6to grado, se perdió un peso en el aula, la maestra dijo que, si no había el civismo de confesarlo, nos dejaban a todas a dormir. En aquella época, una escuela pública, al menos ésa que era municipal, tenía potestad de imponer una penitencia así sin que los padres tuvieran voz ni voto en el asunto. No sé si en una privada o católica sería distinto. Había un alto sentido de compañerismo, si alguna sabía, delatar a otra se hubiera considerado "chota". Nos quedamos a dormir. Tengo idea de que era un viernes, porque teníamos suficientes camas donde acostarnos. Y para que les resultara un castigo también a las internas, no podía ser un día entre semana. No sé si a mi mamá le avisarían que no fuera a buscarme, o se lo anunciaron cuando apareció.

Nos acomodaron en el dormitorio E, del lado norte. Por la noche algunas muchachitas se levantaron y salieron a la puerta del dormitorio, cuando me levanté, ellas ya habían visto que la instructora se acercaba por la galería y venían corriendo de regreso, yo era la más chica, me tumbaron, me di un golpe en la cabeza contra la pata de la primera cama y se me fue la vista. Las compañeras, en una mal interpretada solidaridad, dijeron que yo había ido al baño y me había caído sola. Me quedó un chichón por largo tiempo. Mi mamá fue a buscarme a la mañana siguiente, que creo era sábado. Desayuné en una bodega camino a la casa, en la esquina de Durege y General Lee, y le conté a mi mamá de la caída.

Datos adicionales

La Escuela Municipal Romualdo de la Cuesta, en Estévez entre Flores y San Gregorio, barrio de El Pilar, en El Cerro, surgió por un legado que testara De la Cuesta durante la administración del Dr. Juan Ramón O'Farrill y Chapotín, entonces alcalde de La Habana. Se inauguró el 2 de febrero de 1903 y su primera directora fue Aurora Nussa. En los años 50 fue reconstruida y modernizada. En la actualidad, Romualdo de la Cuesta es una secundaria básica y sigue llevando el mismo nombre.

La Escuela Municipal José Miguel Gómez, en Avenida de Acosta y Porvenir, en la barriada de Lawton, fue nombrada así en honor del segundo presidente de la República de Cuba, que gobernó de 1909 a 1913. Fue inaugurada en 1927, durante la alcaldía de su hijo, Miguel Mariano Gómez Arias. La José Miguel Gómez se construyó en una elevación de la capital conocida como Loma del Quinto Distrito. Posteriormente fue convertida en el Quinto Distrito Militar y hoy es sede del Instituto Tecnológico Energético Hermanos Gómez.

La Escuela Municipal Alfredo M. Aguayo, en Estrada Palma entre Cortina y Figueroa, Santos Suárez, data de 1936 y llevaba el nombre de un prestigioso pedagogo, nacido en Ponce, Puerto Rico en 1866 y fallecido en La Habana en 1948. Sigue siendo una escuela primaria, ahora mixta, para hembras y varones, y mantiene el nombre original.

La Escuela Municipal Manuel Valdés Rodríguez, en la Calle 5ta entre 6 y 8, Vedado, surgió en 1942, durante la alcaldía de Raúl García Menocal y Seva. Pedagogo y director de la Enseñanza Superior en Cuba, Valdés Rodríguez había nacido en 1849 en Matanzas y murió en 1914 en La Habana. Aunque ya defectuosa, la Valdés Rodríguez se mantiene en pie en El Vedado y es una escuela primaria mixta

De las cuatro Escuelas Municipales que existieron en La Habana entre 1903 y 1958 se graduaron miles de alumnos de los dos sexos, procedentes de familias de bajos recursos. En Miami existió una Asociación de Antiguos Alumnos de las Escuelas Municipales de La Habana y hasta 1980 la dirigía Siomara Molina, antigua profesora. Celebraban almuerzos en el restaurante La Carreta, pero por falta de asociados lamentablemente se disolvió.

La primera escuela elemental municipal gratuita que hubo en La Habana, conocida como la Escuela Olavarrieta, estaba subvencionada por el Ayuntamiento y su fundación se debió a una donación del filántropo Dr. Don Felícito Carlos Olavarrieta. Ya existía en 1891 y tenía capacidad para 80 alumnos, todos varones. Se encontraba en Apodaca 22 entre Egido y Zulueta, en el barrio Arsenal. Honorato Valdés-Miranda y Peña fue su primer director.

He recopilado también datos sobre las universidades de Cuba, oficiales o públicas y privadas. Estoy trabada con el segundo apellido del Dr. Manuel J. Espinosa, que fuera rector de la Universidad de Occidente Rafael Morales y González, situada en Máximo Gómez (Este) No. 49-C, esquina Recreo, Reparto Otero, Pinar del Río. Comenzó a funcionar en marzo de 1955.

Zilia L. Laje*

Foto: Alumnas de 6to. grado de la Escuela Municipal Alfredo M. Aguayo. Visten el uniforme de gala. Zilia es la primera de la izquierda.

* Zilia L. Laje reside en Miami desde julio de 1961. Trabajó de Corporate Banking Assistant en el Southest Bank de Miami Springs por más de 12 años. También ha trabajado como traductora. Ha publicado dos novelas en español y en inglés La cortina de bagazo (The Sugar Cane Curtain) y Cartas son cartas (Love Letters in the Sand); Divagaciones, una colección de cuentos cortos; 100 Recetas Tradicionales de Cocina, y Genealogía - Laje, la genealogía de su familia. Es colaboradora habitual de la revista digital Pensamiento. Tiene un hijo, Alberto Domínguez, profesor de Física en dos escuelas de segunda enseñanza de la Florida. Zilia ya está jubilada.

Aclaraciones de Tania Quintero

Sobre Romualdo de la Cuesta apenas se encuentra información en internet. Por un libro de José Antonio Fernández de Castro uno se entera que "Don Romualdo de la Cuesta fue uno de los pocos benefactores públicos que hemos tenido los cubanos". Más datos ofrece Caridad Correa en un comentario dejado en el post Escuelas Municipales que había en La Habana antes de 1959, publicado el 8 de julio de 2008 en el blog Desarraigos Provocados:

"Romualdo de la Cuesta fue un hombre que le dio la libertad a sus esclavos y después construyó esa escuela. Cuando él murió, dejó el dinero para mantenerla, pero cuando el dinero se acabó, pasó a ser administrada por el municipio. En los años 50 la hicieron nueva, tenía dentista y médico. Era solo para niñas y por becas. Por la mañana teníamos clases regulares y por la tarde, clases de música, inglés, educación física, educación para el hogar, costura. Cuando empezaba el curso nos daban los zapatos y tela para hacernos los uniformes. En la clase de costura se confeccionaba una canastilla que se entregaba a la madre que diera a luz el día del natalicio de Romualdo de la Cuesta. La escuela tenía su himno, lo cantábamos los viernes cuando se juraba la bandera, también cantábamos el himno nacional. En esa época era una escuela muy limpia y muy organizada".

Médico de profesión, el Dr. Juan Ramón O'Farrill Chappotín fue el primer alcalde que tuvo La Habana cuando Cuba debutó como República, el 20 de mayo de 1902. En el municipio 10 de Octubre se le recuerda en dos calles, O'Farrill, que nace a dos cuadras del antiguo paradero de ómnibus de La Víbora, y Alcalde O'Farrill, en la barriada de Santos Suárez.

Por esta reseña biografía sobre la escultora y profesora Isabel Chappotín Jiménez, quien fuera cuñada del Dr. O'Farrill, nos enteramos que su familia estuvo implicada en la guerra de independencia. "Su cuñado, el médico Dr. Juan Ramón O'Farrill, salvó la vida del hijo de un oficial español y éste, en agradecimiento, avisó a tiempo que iba a ser apresado por lo que emigró en barco a Cayo Hueso en 1895. Al finalizar la guerra, O'Farrill regresa a Cuba y es nombrado el primer alcalde de La Habana por el gobierno de Don Tomás Estrada Palma. La familia se asienta en el municipio en la calle O'Farrill No. 3. Isabel viaja a Europa donde visita distintos países. En la década del 20 se trasladan para Lagueruela no. 53 entre Agustina y Céspedes (hoy Revolución) en el mismo municipio. Allí, Isabel convivirá con su hermana Esperanza, su cuñado el ex alcalde O'Farrill y sus sobrinos, hijos de este matrimonio".

En las búsquedas genealógicas que se pueden hacer por internet, como en este sitio, se descubre que los O'Farrill-Chapottin conformaron una amplia y destacada familia de la sociedad cubana en los siglos 19 y 20. Es el caso del abogado Juan Francisco O'Farrill Chappotín, catedrático de Historia General de Derecho Español en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, nombrado Secretario de Estado y Justicia en el gobierno de Estrada Palma.

José Miguel Gómez y Miguel Mariano Gómez fueron padre e hijo. La decisión de bautizar con el nombre Hermanos Gómez a la antigua escuela municipal que llevaba el nombre del segundo presidente republicano, supuestamente se ha basado en la historia de los hermanos Gómez Wangüemert y cuyas fotos pueden verse en el libro Wangüemert y Cuba, de Manuel de Paz.

Luis Gómez Wangüemert Lorenzo fue un destacado periodista y diplomático cubano, oriundo de La Palma, Islas Canarias, como su padre, Luis Felipe Gómez Wangüemert. En La Habana nació y murió José Luis Gómez-Wangüemert Maiquez, hijo de Luis y nieto de Luis Felipe Gómez Wangüemert.

La Escuela Municipal radicada en El Vedado debe su nombre al pedagogo Manuel Valdés Rodríguez y no al profesor, ensayista y crítico de cine José Manuel Valdés Rodríguez.

No encontré información sobre el filántropo Don Felícito Carlos Olavarrieta, pero como ese apellido es cien por ciento vasco, sugiero leer el libro Vascos en Cuba.

De quien sí encontré información fue de Honorato Valdés-Miranda y Peña, primer director de la primera escuela municipal habanera, la Olavarrieta. La encontré en la Estematoteca de los Valdés-Miranda y de la cual copié lo siguiente:

Don Honorato Valdés-Miranda y Peña nació en 1872 en Hoyo Colorado, Bauta, y falleció en La Habana en 1946. Fue maestro de Enseñanza Elemental (1888); director sustituto de la Escuela de Entrada para Varones de Güira de Melena (1892) y director de la Escuela de Entrada para Varones de Nueva Gerona, Isla de Pinos (1892). El 12 de enero de 1896 ingresó en el Ejército Mambí, terminando la Guerra de Independencia, en 1898, como Comandante del Cuartel General del Departamento Occidental. Se casó con Doña Rafaela López, con quien tuvo seis hijos, dos varones y cuatro hembras, todos apellidados Valdés-Miranda y López: Bruno (1901-1946); Delia (1902); Ledia (1905); Laidée (1906); Honorato (1907) y Diela Ondina (1908).

La saga familiar de los Valdés-Miranda también es amplia, dentro y fuera de Cuba, y con destaque en la educación según se desprende de este sitio.


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