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lunes, 27 de febrero de 2017

Recordando la Escuela Alfredo M. Aguayo (I)


Esperando en el departamento de radiología del Hospital Mercy, en Miami, un jueves para hacerme una radiografía, me encontré con una compañera de la escuela primaria, que no hubiera reconocido jamás (hacía ya 51 años que no nos veíamos), sino porque la llamaron por su nombre y yo tengo mucha más retentiva para los nombres que para la fisonomía.

Cuando oí a la enfermera decir Marta Villar, le dije enseguida: "Yo tenía una compañera de colegio que se llamaba Marta Villar. ¿Tú fuiste a la escuela Aguayo?". Me respondió: "Sí". Le dije entonces: "¿Marta Villar Campillo? Yo soy Zilia Laje, tú tenías una hermana mayor, Rosa". No creo que se recordara de mí, pero tuvo la delicadeza de decirme que se había acordado de los ojos. No estábamos en la misma clase, ella es tres años mayor que yo, pero estaba en un grado más atrasado. Yo tendría 9 años y Marta 12 cuando en canto, de pie, nos situábamos una al lado de la otra.

La escuela Aguayo estaba situada en Estrada Palma 375 entre Cortina y Figueroa, en la barriada habanera de Santos Suárez. Era un colegio municipal y público, solo para hembras, pero muy adelantado para su época. Fue nombrado así en honor al pedagogo Alfredo María Aguayo Sánchez.

Al igual que las otras tres escuelas municipales más existentes en la capital (José Miguel Gómez en 10 de Octubre, Manuel Valdés Rodríguez en El Vedado y Romualdo de la Cuesta en El Cerro), la Alfredo M. Aguayo estaba auspiciada por el Ayuntamiento de La Habana. El ingreso era por becas concedidas por los representantes a la Cámara y los concejales municipales. La mía la obtuvo mi tío Julio, que trabajaba en el Ayuntamiento. En todas, la educación era de primera y los maestros excelentes.

Había sido construida alrededor del año 1936, durante la administración del alcalde Antonio Beruff Mendieta y ocupaba toda una manzana. La arquitectura era de estilo geométrico, parte Art Déco, parte aerodinámica. El vestíbulo de entrada, circular, en lo alto de las paredes tenía palabras dichas por José Martí (Sólo la verdad nos pondrá la toga viril) y Antonio Maceo (Ay de los pueblos sin escuelas, ay de los espíritus sin temple). La oficina quedaba a la derecha, la dirección a continuación. La directora era la Dra. Alicia Cuervo Barrena y la sub-directora Elena Blanco. La secretaria se nombraba Margarita Alcalde.

A la izquierda había una escalera curva ancha. Enfrente, un salón de recreo con mesitas para jugar a las damas. A un lado, un baño, y hacia la derecha, las aulas impares (1, 3 y 5). Delante había un muro desde donde se podía mirar hacia abajo, pero no recuerdo qué se vería en el sótano, quizás otro patio (o a lo mejor por mi estatura yo no alcanzaba). El laboratorio quedaba en la esquina, también había una escalera para subir a la planta alta y bajar al sótano con pasamanos planos de madera; al doblar, a la izquierda estaba el comedor con varias puertas, y a continuación, el pantry, donde había una nevera roja de Coca-Cola que decía Ice Cold. Para cada grado, había dos aulas amplias y de puntal alto, las clases A y B. No tenían pupitres individuales, sino mesas de madera, cada una para cuatro alumnas, redondas o cuadradas, pintadas en tonos pastel, rosado, azul, verde, melocotón, amarillo, aqua o lila. En cada aula había dos pizarras y estantes con libros bajo las ventanas altas y a lo largo de dos paredes.

Al otro lado había otro baño, y hacia la izquierda estaban las aulas pares (2, 4 y 6), un patio interior cementado, en la esquina el apartamento de la directora, que la Dra. Cuervo no usaba, pero una directora que hubo después, sí ocupó, con cuatro hijas, que asistían como alumnas y correteaban por las galerías. En la planta alta quedaban los talleres de corte y costura y puericultura, y en la esquina, el departamento de pintura. Por la galería al fondo, las aulas 8 y 10, a la izquierda la escalera a la pista, y a la derecha, las aulas 7 y 9. El piso era de fragmentos de mármol con unas líneas doradas, precursor del terrazzo. La Aguayo tenía capacidad para 300 alumnas pupilas y 200 externas. Se decía que el Dr. Calixto Suárez había sido el primer director de la escuela, y después habría pasado a serlo de la José Miguel Gómez, en Avenida de Acosta y Porvenir, 10 de Octubre.

Las alumnas externas entrábamos a las 8:30 de la mañana y salíamos a las 6:30 de la tarde. Allí desayunábamos, almorzábamos, merendábamos, comíamos y nos bañábamos, y las más chicas hasta el 3er grado dormían la siesta. Por la mañana teníamos las clases académicas. Enseñaban inglés a partir del 4to grado, con el método El inglés en acción, de Leonardo Sorzano Jorrín, con Tom, Mary, Mr. Blake y Mr. White. La profesora de Inglés se llamaba Josefina Cadenas. También dábamos Dibujo, creo que era María de los Angeles Fernández de Castro, que vivía cerca, en la calle Rabí. Aprendí a trazar letra gótica y dibujar siluetas de damas antiguas en tinta china sobre cristal. No enseñaban caligrafía.

El comedor tenía 16 mesas largas de granito, que muchas veces conté, con banqueticas circulares que salían de las patas de las mesas, para 32 alumnas. La instructora, Gladys Machado, se sentaba en una silla alta como si fuera un guarda de prisión, para poder dominar el salón entero. Su voz como un látigo infundía terror. La Machado tenía una sobrina estudiando en Aguayo, Lidia se llamaba, ella y su familia vivían al doblar de mi casa en la calle San Benigno. Los primeros días cuando empecé en la escuela yo no quería comer. Las alumnas nos sentábamos en grupitos de a cuatro, en los que una alumna de 6to grado nos servía a las otras tres más chicas de las fuentes en las cuales nos subían la comida por un elevador manual. Yo estaba delgadita. Una alumna mayor me cargó y me llevó para el pantry a que me dieran leche. Solo tomaba leche condensada, trataron de animarme endulzándome la leche de vaca con azúcar; pero yo no la tragaba y seguía sollozando descompasadamente. No sabía cortar la carne, una alumna mayor me la cortaba, pero a mí los pedazos siempre me resultaban demasiado grandes.

El desayuno era café con leche, al que se le formaba una nata fina, y pan de flauta, algunas veces chocolate caliente. El almuerzo y la comida consistían en sopa o potaje, de chícharos, garbanzos, lentejas, judías, frijoles negros o colorados, biftec, picadillo, carne con papas o rueda de pescado, pollo los viernes, no recuerdo qué otra carne servían. Arroz blanco siempre, algunas veces viandas, papas, plátanos o malanga, y de postre mermelada de guayaba, arroz con leche, fruta bomba, harina en dulce, coco rallado, cascos de guayaba, natilla de chocolate u orejones de albaricoque, a los que algunas aprendimos a abrirles la semilla y nos comíamos el cotiledón (años después, de ahí se extraería el Laetril o Vitamina B-17).

Nos servían el agua en un vasito de aluminio. Llevábamos nuestra propia servilleta con las iniciales bordadas en punto de cruz en hilo azul color royal. Los platos eran de loza. Como había poco espacio, después que terminábamos el potaje, colocábamos el plato llano encima del hondo vacío y ahí comíamos. Recuerdo un biftec con un agradable sabor ahumado y el arroz con leche muy rico, pero se estilaba criticar todo con desdén. De merienda a menudo nos daban un pedazo de dulce de guayaba en una galleta de sal. La comida era buena, sana, limpia, fresca (excepto el pan, que ya para el viernes parecía como elástico) y abundante, pero algunas veces los garbanzos quedaban duros y entonces nos los tirábamos de una mesa a otra. Con frecuencia nos cambiaban de asiento y a veces cuando llegaba a la puerta del comedor, me detenía momentáneamente con pánico, se me había olvidado cuál era mi asiento.

De aquellos tiempos recuerdo a Marta y Gladys Sosa, mayores, gruesas, a Nadina Roja y Míriam Orihuela. Y por supuesto, no olvido el primer día de clases, en el 2do grado, en el aula 7, en el mes de octubre. A otras dos alumnas que también habían empezado el curso tarde, nos sentaron alrededor de la maestra, Dulce María Pereira. Una de las nuevas, Perla Rodríguez, era muy blanca, de pelo negro, zurda y con una letra redonda. La otra era Brunilda Sampedro y hace muchos años me encontré con ella en Miami, en el restaurante Camagüey.

Los primeros días en la Aguayo me los pasé llorando. De esa clase recuerdo a Sonia Menocal, Angela Mederos, que tenía dos mechones rizados con permanente a los lados de la cara, Eulalia Puertas y Xiomara Paredes y cuyos apellidos, puertas y paredes, me llamaron la atención. Casi todas tenían siete años, yo tenía seis, había entrado en la escuela en segundo grado. El primer grado lo cursé en una escuelita que había en la sala de una casa en altos, en Correa 53 entre Rabí y San Indalecio, Santos Suárez. Con la maestra, la Srta. Estela Mauri Catalá, aprendí a leer, escribir, sumar, restar y multiplicar por una cifra.

Para ingresar en segundo grado no necesitaba saber multiplicar, pero sí saber el reloj. Yo sabía los nombres de los siete días de la semana y de los doce meses del año, pero no sabía el reloj. Carlos, un primo tercero por parte de padre, mayor que yo, pacientemente me lo enseñó y pude entrar en el segundo grado. Ya me había acostumbrado a la escuelita de barrio a dos cuadras de la casa, cuando me ponen en esta otra, inmensa, donde en cada aula había unas 30 alumnas. En 2do grado aprendí a dividir y construir jueguitos de sala con cajetillas de cigarros rígidas vacías forradas con papel de colores. Ese año agregaron dos aulas más, las números 11 y 12, que correspondían a 1er y 2do grados y funcionaban en el sótano. La otra maestra de segundo se llamaba Dulce María Solano y era amiga de mi mamá, y de vez en cuando subía a vigilar cómo me iba. Nos calificaban a base de 5 puntos y hacían reportes mensuales. De ese curso recuerdo a Camelia Fernández, Orquídea Rodríguez.

La maestra de 3er grado era gruesa, rubia, creo que se llamaba Hilda Acosta y el aula era la 3. Ya para entonces había dejado de llorar. Dibujábamos mapas de la provincia de La Habana y estudiamos los cuatro viajes de Cristóbal Colón. Los libros de texto estaban en los estantes a lo largo de las paredes. Los temas los escribíamos con lápiz en cuadernos de papel de algodón con una carátula anaranjada, que pasábamos después en limpio. Me aburría en la clase, no prestaba atención, me distraía, me ponía a dibujar, hablaba mucho o me entretenía jugando con el arito dorado de la pluma de fuente. De ese curso recuerdo a Berarda Salabarría.

La maestra de 4to grado era Celia Estrada, trigueña, de pelo lacio recogido, en el aula 2. De esa clase recuerdo a América Gómez Castellón, con quien me encontré en Miami en los años 70. Ella había sido la que mejor nota sacaba en aritmética y, cuando la Srta. Celia tuvo el poco tacto de decir que yo "le daba carta y raya" a las demás, ella me tomó una mala voluntad horrible. Me acuerdo de las siete primeras colonias fundadas por Diego Velázquez: Baracoa, Bayamo, Trinidad, Sancti Spíritus, Puerto Príncipe, Santiago de Cuba y La Habana. De esa clase recuerdo a Martha Díaz Pérez, Norma Pérez López, las dos muy bonitas, me parece que eran primas, Zoé Azcuy y América Miyares, que unos años después salió electa en un concurso, creo que del Ministerio de Comunicaciones. Uno de los nombres más comunes entre las alumnas era el de Marta. Uno de mis libros favoritos era Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. La maestra Celia Estrada fue mas tarde directora de la escuela.

La maestra de 5to grado era Mercedes Couzo, de pelo castaño claro, se había graduado de la Escuela Normal para Maestros y estaba estudiando pedagogía en la Universidad. De esa clase, en el aula 8, recuerdo a Rina Crespo Catalá, gordita, hija de españoles y tenía acento español, vivía en la calle Noriega en el Reparto La Fernanda, inventamos un alfabeto clave propio y estaba muy orgullosa de ser prima de la bailarina infantil Adria Catalá. También recuerdo a Haydée Balado, que decía ser ahijada de Batista, Norma Armas, Isabel Rosell, con trenzas y Albertina Pumariega. Descubrieron que yo sabía dibujar y ese año tuve que dibujar arbolitos de Navidad y Santa Claus con tizas de colores en una pizarra de nuestra propia aula y en la del aula 10, de otro grado, que quedaba al lado. Varias compañeras me pidieron que les dibujara con tinta la portada de cartulina de las libretas con líneas, a las que les poníamos una cintica. A las libretas de Anatomía de unas compañeras dibujé, a petición suya, un hígado y una vesícula, y a la mía de Geografía Universal, unos planetas. Aunque de tanto oirla me aprendí la letra del vals Il Bacio, de Luigi Arditi, no fue muy buen curso: en Historia saqué 2 puntos. De una compañera solo recuerdo que vivía en la calle Condesa, de quien sí me acuerdo es de Delia Lajara y de Rina, quien se fue de la escuela y un día invernal nos visitó vistiendo un juego de sweater de mangas cortas y largas amarillo claro, Anhelaba un juego así, pero tuve que conformarme con un sweater de mangas cortas color fresa.

La maestra de 6to grado, en el aula 6, era Concepción Piñera, prematuramente canosa. En sexto estudiamos historia americana, las 13 primeras colonias y geografía de todo el mundo. Prestaba más atención y recuerdo los límites de Europa: Montes Urales, río Ural, mar Caspio, Montes Cáucasos, mar Negro, estrecho de Bósforo, mar de Mármara y estrecho de los Dardanelos; los tres estados bálticos, Estonia, Letonia y Lituania; los estrechos Skagerrat, Kattegat y Sund; los ríos de Siberia, Obí, Yeniséi y Lena; las tres islas de Indonesia, Borneo, Sumatra y Java. Para un proyecto de geografía escogí Brasil y dibujé la bandera. Para que comprendiéramos el movimiento de traslación en el sistema solar, nos asignaron nombres de planetas y nos pusieron a girar en órbitas alrededor del Sol. Encontré un libro en un estante y me aprendí de memoria una poesía que decía, "De una dama era galán un vidriero que vivía en Tenesén y tenía un grande amigo". Tenía once años.

Del 6to grado recuerdo a Blanca Pire, que trabajó después en una farmacia en Miami; Magaly Quevedo Rodríguez, que me regaló un cintillo rojo por Navidad y tenía un novio nombrado Miguel Pimentel; Santa Delgado, quien no le hacía honor a su nombre de pila y era la comediante de la clase; Irma Fiallo, que vivía en una esquina de la calle Santa Irene y su padre tenía una funeraria en la Calzada de 10 de Octubre. Un hermano de Teresa Vega Martínez era policía y un día llevó fotografías de ella, que tenía 15 años, con el uniforme del hermano puesto. De mis años en la Escuela Municipal Alfredo M. Aguayo solo tengo dos fotografías, pues en aquella época no teníamos una cámara propia. Una de las fotos la verán en la primera parte de mi relato y la otra en la segunda parte y final. Y ha sido posible gracias a Gladys Zamora, también antigua alumna de Aguayo, que me hizo el favor de escanearlas.

Zilia L. Laje*

Foto: Alumnas de 5to. grado, con el uniforme de diario, de la Escuela Municipal Alfredo M. Aguayo. Hecha en uno de los patios interiores, en ella aparece Raúl García-Menocal Seva, entonces alcalde de La Habana; la maestra del aula, la Srta. Mercedes; la sub-directora, que era entonces la Dra. Dulce María Pereira, que había sido maestra de 2do grado, y la instructora, Claudina Yanes. A Zilia, la primera de la izquierda, el uniforme le quedaba corto de talle, de ahí los puños cerrados y su expresión de pocos amigos.

* Zilia L. Laje reside en Miami desde julio de 1961. Trabajó de Corporate Banking Assistant en el Southest Bank de Miami Springs por más de 12 años. También ha trabajado como traductora. Ha publicado dos novelas en español y en inglés, La cortina de bagazo (The Sugar Cane Curtain) y Cartas son cartas (Love Letters in the Sand); Divagaciones, una colección de cuentos cortos; 100 Recetas Tradicionales de Cocina, y Genealogía - Laje, la genealogía de su familia. Es colaboradora habitual de la revista digital Pensamiento. Tiene un hijo, Alberto Domínguez, profesor de Física en dos escuelas de segunda enseñanza de la Florida. Zilia ya está jubilada.


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