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lunes, 6 de marzo de 2017

Las raíces alemanas de Donald Trump


Secretos hay en todas las familias y algunos de los guardados por los Trump conducen a Kallstadt, aldea vitivinícola de la región alemana de Palatinado en la que nació y desde donde partió a Estados Unidos en busca de una vida mejor Frederick Trump, el abuelo del aspirante republicano a la Casa Blanca.

Hasta ahí todo normal, de no ser porque Donald Trump, partidario de levantar un muro en la frontera con México para impedir la inmigración irregular, olvida que su abuelo, como los vecinos de Kallstadt saben bien, salió de Alemania como emigrante económico y de forma ilegal.

Frederick embarcó en el puerto alemán de Bremen rumbo a Estados Unidos en 1885 con el ímpetu de sus 16 años y la ambición de amasar fortuna lejos de los viñedos que cultivaban sus padres. En British Columbia hizo su primer negocio: el hotel-restaurante 'Artic', un local decadente para buscadores de oro y mujeres de moral distraída.

En 1901, intuyendo que la fiebre del oro pasaba y con ella el boom de la restauración- prostitución, vendió sus inversiones, regresó a Kallstadt, se casó con la hija de los vecinos y se la llevó a Nueva York, donde empezó a trabajar como barbero.

Pero Elisabeth enfermó con el pasar de los años de morriña y la pareja regresó a Kallstadt. No por mucho tiempo. Frederick y su esposa, embarazada de seis meses, fueron expulsados por el reino de Baviera, al que por entonces pertenecía Renania-Palatinado, y devueltos por donde habían venido.

"Frederick había abandonado Alemania sin hacer el servicio militar, un delito grave y razón en aquellos tiempos para una retirada de la nacionalidad", explica el director del Instituto de Historia de Palatinado, Roland Raul.

Donald Trump nunca ha visitado Kallstadt. No porque las vistas a los viñedos que rodean el pueblo no puedan compararse con las que atisba desde sus torres en Nueva York, que no se puede; o porque sus 1.200 habitantes carezcan del glamour de los de Manhattan, que carecen, o porque ya no le queden parientes, que le quedan.

El magnate no ha pisado Kallstadt porque además de un abuelo del que no ha dicho toda la verdad, en su biografía Trump: The Art of the Deal oculta incluso sus orígenes alemanes, siguiendo esta vez con una mentirijilla de su padre, quien al estallar la Segunda Guerra Mundial y ver peligrar sus negocios en tiempos en los que ser alemán equivalía a ser nazi, decidió decir que era sueco.

Y descendiente de suecos ha sido Donald Trump hasta que un día, debido a la popularidad que éste cobraba "contactaron con nuestra oficina en Nueva York desde Suecia porque querían abrir allí un Museo Trump", relata John, primo y socio de Donald en Kings of Kallstadt, un documental sobre Los Reyes y la vida del pueblo realizado en 2014 por Simone Wendel, natural de Kallstadt, como los Trump y los Heinz, una familia de agricultores que supo reconvertir sus tomates en una primera marca de kétchup.

John, que sí ha visitado el pueblo del abuelo, intentó quitarse de encima a los suecos y su propuesta de museo con el argumento de que a su tío, al padre de Donald, nunca miraba al pasado sino al futuro. Los suecos no se dieron por vencidos.

"Llamé a Donald y le dije que después de tantos años había llegado la hora de decir la verdad. Me dolía mentir sobre nuestros orígenes. Y Donald dijo OK", cuenta John, a quien Wendel convenció para que le facilitara un encuentro con el magnate en Nueva York.

Trump escucha la descripción que Wendel le hace del pueblo, sus afamados viñedos del que han salido caldos servidos en la mesa de la reina de Inglaterra, sus sabrosas salchichas y hasta le muestra las fotos de las dos princesas del vino, excelencias que no parecen impresionar al magnate, porque "yo tengo también hermosos viñedos aquí en Estados Unidos y de todas las uvas" y si Kallstadt tiene reinas de la vendimia "yo tengo a Miss Universo" replica sin que se le mueva un pelo de su trabajado tupé.

Luego puntualiza: "No he tenido éxito porque en Estados Unidos sea fácil tenerlo. Yo hubiera triunfado en cualquier lugar, hasta en Kallstadt", ciudad que espera visitar algún día porque "I love Kallstadt", asegura, sonriente, mirando a cámara.

Trump remata su participación en el documental parafraseando al ex presidente demócrata J.F. Kennedy con un "Ich bin ein Kallstädter" (soy un ciudadano de Kallstadt), lo que traducido al lenguaje costumbrista significa -y eso no se lo dijo Wendel- soy un fanfarrón y un bocazas, pues de eso, de Brulljesmacher, es de lo que tienen fama en la región los vecinos de Kallstadt.

Si Trump decide visitar el pueblo, su alcalde le aventura un gran recibimiento, aunque sabe que este personaje no despierta mayor interés entre sus conciudadanos y menos desde "lo del órgano". Cuenta el párroco de San Salvador, Oliver Herzog, que cuando llegó el momento de restaurar el viejo órgano de la iglesia, la comunidad escribió a las familias Heinz y Trump pidiéndoles una aportación. Los Heinz respondieron con 40.000 euros. Los otros ni piaron.

Un desplante que no olvidan los lugareños y que hace inclinar la balanza de preferencias hacia los Heinz, más arraigados al pueblo y con un producto más cercano a la cultura de los manteles a cuadros que el lejano y abstracto imperio inmobiliario de los Trump, cuyos ancestros, por cierto, nacieron Drumpf, apellido que modificaron en una visionaria operación de marketing, según la biógrafa de esta familia, Gwenda Blair.

Un retoque de letras -dice el famoso humorista estadounidense, John Oliver- que ha permitido al candidato Donald Trump asociar fonéticamente el nuevo apellido a Trumpf, -triunfo en inglés- en vez de al sonido que hace un gorrión obseso cuando se estrella contra el escaparate de una tienda cerrada de Old Navy. ¡Drumpf!.

Oliver ha iniciado los trámites para convertir Drumpf en una marca registrada e incluso ha abierto la web DonalDrumpf.com, portal que seguramente no visitarán los vecinos de Kallstadt, que cuando no están en el campo, están echando una mano al vecino con el tractor, de tertulia en la carnicería, preparando merendolas a las que va medio pueblo, dando un paseo en bici, de caza, o ensayando para las próximas fiestas una función de teatro.

Carmen Valero
El Mundo, 4 de abril de 2016.

Video: Trailer de la parodia que en 2016 hicieron del documental Kings of Kallstadt, realizado en 2014.


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