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jueves, 15 de diciembre de 2016

"Yo nunca abandoné a mi hijo"



Zenaida Manfugás me ha invitado a entrevistarla en una casa en la neoyorquina Calle 43, a caballo entre el aceite del Hudson y el ventarrón multicolor de Times Square. Los españoles no melómanos la descubrieron desde que muriera el periodista deportivo Andrés Montes, su hijo.

Hace unos días, por vez primera la encontré en su casa de Elizabeth, Nueva Jersey, encerrada en un pisito dentro de un barrio marginal, repleto de mendigos que contemplan al extraño con gesto codicioso. Allí fijamos esta entrevista, la primera que concede en mucho tiempo.

Con una rodilla maltrecha tras una caída, la octogenaria pianista improvisa una clase magistral durante la sesión de fotos. Suena la música y habla Zenaida:

-Imagínese, incluso dicen que volví a Cuba, en 1958, para unirme a la Revolución. ¡Pero si a mí nunca me ha interesado la Revolución! En fin, contemos la historia desde el principio. Andrés nació en 1956. Entonces yo llevaba cuatro años en España con una beca. Andrés nació a los ocho meses y estuvo 21 días en la incubadora. Sufría, además, un soplo en el corazón. Necesitaba alguien que me ayudara a cuidarlo, una enfermera puericultora, más que nada porque el doctor me dijo que el niño no podía viajar ni acompañarme a los conciertos.

En 1958, luego de cinco años sin ver a su familia, Zenaida voló a la Isla. "Dejé a Andrés con Lore, Lorenza Sastre, un ama de cría, y en Cuba me contrataron para dar un concierto en el Auditorio de La Habana. Programaron mi debut para el 19 de diciembre, y el 21 volvía a España, pero el concierto fue retrasado hasta el 8 de enero, y Fidel entró en La Habana el 1 de enero de 1959 y todo se paralizó".

Con el concierto suspendido, el país en llamas y sin posibilidades de regresar a España, Zenaida pasó los siguientes diez años intentando lograr el permiso para reunirse con su hijo. Nunca, dice, lo abandonó.

Entre las giras a países del Telón de Acero y los pocos conciertos en Cuba, "enviaba dinero cada mes para mi hijo, y no siempre llegaba, muchas veces lo robaban los funcionarios cubanos ya sabe. Cuando finalmente, en 1968, las autoridades me dieron permiso para salir, habían pasado demasiados años sin ver a Andrés. Aunque nada más aterrizar en Madrid cogí un piso para estar juntos, y vivimos un año, el niño me rechazaba, peleábamos todo el día. Un año después estaba claro que aquella relación era imposible, y él volvió con Lore".

Y dígame, ¿cuándo fue la última vez que se vieron?

-Hace quince, veinte años.

¿Cómo eran estos encuentros?

-Solía ir a un café, en Madrid, al aíre libre, y él iba a verme, pero nunca me reconoció como su madre, me trataba de usted, y no quería saber nada de mi vida, de su familia en Cuba, de su pasado.

Se ha afirmado que usted abandonó al niño para poder dedicarse a su carrera.

-Eso es mentira. Hay que vivir en un país comunista, hay que haber estar atrapado allí, para darse cuenta de lo que pasé, de hasta qué punto era imposible salir.

¿No se arrepiente de nada?

-Lo que más dolor me dio fue cuando intentaron, al poco de llegar a Madrid, que el padre se hiciera cargo del niño. ¡Qué sabrían ellos de mi relación con su padre! Para empezar lo llamaban Andresito, y él se llamaba Andrés Antonio Montes. ¿Sabe por qué? Porque su padre era Antonio Montes Seoane.

¿A quién se refiere cuando habla de que intentaron separarlos?

-A Lore, claro.

Pequeña y nerviosa, dulce y altiva, Manfugás resolvió dejar España, instalándose en Estados Unidos en 1974, donde sigue viviendo.

-El mayor error de mi vida. He perdido los mejores años, primero, luchando en Cuba, y luego en este país. Nunca quise, pero a veces era imposible no mezclarse con la política. Ahora que lo pienso, no sé cómo es que no me llevaron presa en Cuba luego de la Revolución, con aquellos discursos tremendos que daba antes de los recitales.

Una relación difícil con su país.

-Como los cubanos nunca me quisieron, me quedé sin hacer tantas cosas. Por ejemplo, he sido la mejor intérprete y la mayor divulgadora, dicho por él, del repertorio del maestro Lecuona. Pero nadie, nunca, me grabó ese disco.

Ha actuado invitada por Mao y el Papa, y también ha sido una de las grandes embajadoras de las obras de los maestros españoles.

-Y digo yo que con lo que he dado a conocer su música, algún reconocimiento podrían haberme dado, pero nunca tuve mecenas, ni contactos.

Empezó a tocar con cinco años y a los siete ya dominaba dos conciertos, el de la Coronación y el Primero de Beethoven. Niña superdotada, en una ocasión le decía a Luis de Paz, del Diario Las Américas: "Mi vida ha sido de constante confrontación. En un medio hostil, indiferente, clasista y por lo tanto racista, han sido más los momentos oscuros que los claros. He podido ser pianista porque mi madre, gran pedagoga, se empeñó en enseñarme muy joven.

Natural de Guantánamo, hija de un juez y una pianista llamada Andrea, "cuyo nombre, por cierto, explica el de mi hijo", capaz de asimilar el cuarto año de piano en una semana, creció convencida de que "el artista tiene que ser disciplinado, por eso es bueno fomentar las actitudes creativas en los niños, que toquen jugando, pero cuidando al mismo tiempo que no cultiven defectos".

¿Resultaba inusual, en la Cuba de entonces, ver a una muchacha negra destacar en música clásica?

-Algunas etiquetas son estúpidas. Mi madre era una excelente pianista clásica y también lo era de danzones (como Zenaida), y muchas piezas, digamos serias, por ejemplo de Brahms, en su origen son tonadas populares. Yo misma he tocado sinfonías de Beethoven y también he actuado junto a Ignacio Villa, Bola de Nieve. Pero es cierto que cuando acabé piano, a pesar de ser una intérprete destacada, nadie me contrataba. La razón hay que buscarla en el color de mi piel, en que soy negra, vamos.

En Madrid aterrizó becada con 100 dólares mensuales. "Cuando llegué a España, en 1952, no tenía ni abrigo, y a los dos días enfermé de neumonía. Pero todo el mundo fue muy cariñoso. Al poco tiempo me había hecho amiga del Marqués de Santa Cruz. Un reportaje contó que había tenido problemas en Cuba debido al racismo, y el señor embajador de Cuba en España, un auténtico racista, me recibió en la primera recepción a la que asistí diciendo: Una negra más".

¿Dónde vivía?

-En una pensión de la Gran Vía, junto a Plaza España. Fueron cuatro años buenos, bajo la dirección de Tomás Andrade de Silva, del Real Conservatorio Superior de Música, aunque en realidad ya no necesitaba estudiar mucho y a los cinco meses el propio Silva me puso a dar conciertos.

¿Encontró la misma clase de rechazo en España?

-Había racismo en España, pero en general no tuve problemas, al menos a nivel profesional. Quisiera aclarar que primero soy pianista y después negra. No cultivo el negrismo, me niego a hacerlo. La mía es una actitud de dignidad no belicosa. Además, al final todos los que han hecho algo por mí fueron blancos.

-Zenaida, ¿su relación con Andrés en estos últimos 20 años?

-No mucha, la verdad, pero mire, yo supe, la noche antes de que muriera, que algo le iba a pasar.

Un aneurisma aórtico precipitó la muerte del locutor Andrés Antonio Montes Manfugás el 16 de octubre de 2009. Queda por esclarecer si la ingesta -accidental o no, es decir suicidio o accidente- de su medicación pudo provocar el fatal desenlace poco después de que La Sexta no le renovara su contrato.

Su ausencia no ha alterado los índices de audiencia de las retransmisiones deportivas de la cadena, que ya ha saldado con su familia la deuda de 30 mil euros que tenía con el presentador.

La familia trata de recuperarse del mazazo. María, su pareja sentimental, va y viene de Madrid a La Coruña por trabajo. Sigue muy tocada. Los hijos del locutor, Orson y Nelson, continúan con su rutina, a las faldas de su madre Mercedes, la primera mujer de Andrés. Orson ya hace sus pinitos en el fútbol. Y en la calle Hortaleza, Lore, la tata que crió a Montes, llora y recuerda cada día al hijo que no pudo parir, pero al que sí supo cuidar.

Julio Valdeón
Crónica, 6 de diciembre de 2009.


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