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jueves, 8 de septiembre de 2016

Recordando a Teresa Polledo


"La rumba es un cantar bien lindo hecho con pedazos de vida porque cada autor le pone de lo suyo, de lo que le está pasando por la cabeza o por su alma. Es mi vocación, mi camino. La canto si algo me apena porque las heridas son como brasas, pero también cuando estoy contenta. Esa música me pertenece, está en mí definitivamente".

Quien habla es Carlota Teresa Polledo Noriega. Sentada en una espléndida silla, en el Conjunto Folclórico Nacional, en medio de un salón lleno de espejos, por su serena majestad, parece una reina africana recién llegada de aquel continente.

Cantante y bailarina, Teresita, como todos le dicen, nació el 4 de noviembre de 1952 en el barrio de La Marina, en Matanzas. El mundo de los rumberos siempre estuvo al alcance de su mano. Era lo que oía al despertarse, lo que sentía en el solar, en cualquier cuarto, donde el olor a albahaca y a sietepotencias anunciaba la preparación de sahumerios para mejorar la suerte.

“En mi casa está el cabildo Santa Teresa de la tierra de ará-oyó, donde se toca bembé, güiro… Por muchos años lo dirigió mi abuela Teresa Villamil, ya nonagenaria. Antes lo hicieron nuestros antepasados, mis abuelos Juan Villamil y Juan Cárdenas. Todo eso viene de lo antiguo, pero la tradición continúa con fuerza y, ahora, es mi tío Osvaldo Villamil quien está al frente de la casa religiosa, muy conocida en Matanzas.

“Era muy pequeña y a mi madre le gustaba vestirme muy bonita con lazos, batas floreadas con cintas y mi inseparable abaniquito. Los domingos mi papá me llevaba a pasear, y siempre se tomaba sus tragos en cualquier bar; no faltaba la música de las victrolas, que en esos tiempos estaban de moda. Me gustaba, sobre todo, Celeste Mendoza con ese canto tan rítmico y mágico. Yo, en cuanto oía la clave, salía a bailar, y la gente dejaba la conversación para verme, bailaba ya deseando los aplausos de ellos; quería que todos dijeran; ¡Qué bien, qué bien!

“En mi queridísima Matanzas no se me escapaba una de esas guarapachosas fiestas que nacían espontáneamente, porque donde abrí los ojos -en La Marina- se formaban las mejores. Con unos roncitos y varios cajones comenzaban el alborozo. Había que ver a los grandes columbianos cantando y moviendo el esqueleto sin parar: Negro Lindo, Veinte de Mayo, Gilberto Angarica, del pueblo llamado Carlos Rojas, que se quedó ciego…

"En La Marina, no sé, pero hay un misterio porque los rumberos brotan como agua de la fuente, cuando sonaba la timba, empezaban a llegar la gente de todos los lugares, de Simpson, de Pueblo Nuevo… lo mismo hombres, que mujeres, que ancianos: era una gran convocatoria, y se corría la voz para que más y más se sumaran.

“La columbia es muy matancera; aún se discute si es de Sabanilla. Los viejos tienen su controversia y es difícil que se pongan de acuerdo, porque cada uno posee su verdad y la defiende a capa y espada. Yo la he cantado mucho y siempre tienen su palabrita abakuá o del vocabulario palero; lo que sí puedo afirmar es que la columbia, aunque concebida en el baile para hombres solos, es un canto muy bello y, a veces hasta jocoso. En esa modalidad el solista alterna con el coro.

“Pienso que nací rumbera; todos en mi casa lo son; mi mamá, mis hermanos, mis tíos, mis primos, pero es que, además, crecí en el solar donde se fundaron Los Muñequitos, y no me perdía un solo ensayo. Virulilla y Saldiguera, a quienes considero mis maestros, me enseñaron a colocar la voz, a hacer la primera, la segunda y, sobre todo, a sentirme libre en el escenario.

"Florencio Calle, cátedra de la rumba, me vio nacer y desarrollarme hasta el día que cerró los ojos en junio de 1980, que no se me olvida nunca. Lo vi ponerse viejo, pero empinarse y seguir pa'lante. Lo que sucede es que con los años no hay quien pueda. Él le decía a mamá: 'Beba, ocúpese de Teresita, porque ella tiene en su camino la música'. Y así fue. De mi querido Florencio recibí no solo enseñanzas técnicas, sino que aprendí números muy bonitos, algunos antiquísimos.

“Bailar y cantar ha sido mi vida, desde niña; mis hermanos cargaban conmigo para sus fiestas, y en las comparsas a arrollar yo también como la primera: La Imaliana, Los Congoleses, Los Portuarios y Los Guajiros de Matanzas… Y es que esto se lleva en la sangre, se aprende viendo, conociendo de los más viejos. El ballet se estudia en una escuela: giras bonito, te elevas; ahora la rumba es otra cosa: ambiente, atmósfera, familia, tradición, los ancestros que están presentes… es como si metieras en una cazuela un ajiaco y lo revolvieras todo bajo la misma llama.

“A los 19 años, un tío mío, percusionista de un Mozambique en Matanzas, embulló a mi madre para meterme en un grupo de nueva creación; me hicieron una prueba. Esta vez canté un bolero muy sentimental acompañada de las claves; fue mi entrada a Emi-keké, agrupación folclórica que sonó mucho en Matanzas y en la que también participó mi prima Ana. Hacíamos congo, abakuá, makuta. Amenizábamos fiestas en distintas regiones y nos presentamos también en Camagüey y La Habana.”

Teresita estuvo después con Afrocuba, que dirigía Minini, hasta llegar a Los Muñequitos de Matanzas, donde lo mismo cantó como solista que bailó. También en las formaciones Karimao y Obatolá. En La Habana se inició con Clave y Guaguancó, hasta que Rogelio Martínez Furé la pidió para el Conjunto Folclórico Nacional, con el que se presentó en España, Francia, Perú, México, Japón, Suiza, Finlandia…

“De mis rumberos preferidos tendría que hablar del difunto Juan Bosco, melodioso hasta decir no más; Virulilla y Saldiguera, consagrados en el género; Ángel Pelladito, cuyas composiciones en la percusión puedo jurar que eran únicas; Felipe Alfonso, que me gustaba por ese guajeo callejero de tanto sabor; y a alguien que por su maestría y ayuda no puedo olvidar: Zenaida Armenteros, quien pone no solo ritmo y melodía, sino su corazón de oro.

“En la rumba me he atrevido hasta en la composición; tengo varias que no he registrado: A mí me lo dio natura, No hay mal que por bien no venga, Mi campana y Cuidado con la picazón. Y sí, siempre hay una pieza que una disfruta más y ésa es Yo soy rumbera".

Fragmento del libro Pasión de rumbero, de María del Carmen Mestas, publicado en La Jiribilla en marzo de 2012.

Nota.- Cuando ese texto fue publicado, Teresa Polledo se desempeñaba como profesora del Conjunto Folclórico Nacional, había trabajado en las acciones plásticas del maestro Manuel Mendive y en la película inglesa El día de las flores, con el bailarín Carlos Acosta. Seis meses antes de cumplir 64 años, Carlota Teresa Polledo Noriega fallecía en La Habana, el lunes 2 de mayo de 2016 (TQ).

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