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lunes, 26 de septiembre de 2016

Recordando a la reina del guaguancó



Cuando aquel 21 de noviembre de 1998 el hedor se hizo insoportable, los vecinos del edificio situado en Línea y F, Vedado, La Habana, decidieron avisar a la policía. Después de derribar la puerta del único apartamento en el piso18, dentro encontraron el cuerpo sin vida de quien había sido la reina del guaguancó, la mismísima Celeste Mendoza, la reina del guaguancó.

Sola en la soledad imperturbable de la muerte, rodeada de sus discos, sus santos y los testimonios gráficos y musicales de una de las estrellas más rutilantes del firmamento musical de Cuba.

Una intérprete singular de la música popular cubana. Una mujer que ponía alma, corazón y vida cuando cantaba, fuera del género que fuera: bolero, son, guaracha, guajira, ranchera, rumba, guaguancó... Clásicos como El manisero y Siboney; tradicionales de la vieja trova como Sobre una tumba una rumba; dedicados a la santería, como el guaguancó Papa Oggún acompañada por Los Papines, o la versión del cuplé Nena. Como dicen los andaluces, tocaba todos los palos.

Celeste Mendoza se caracterizaba por su alegría proverbial, su simpatía y un físico que en su juventud le permitió ser modelo del legendario cabaret Tropicana. Una carcajada estrepitosa solía romper el diálogo que establecía con sus oyentes y al que seguía un trago largo de ron antes del siguiente número. Y así hasta el final del espectáculo una y otra vez, un día y otro, mes tras mes, año tras año.

La mulata guapachosa paseó su música y sabrosura por escenarios de países de tres continentes y hasta hizo incursiones en el cine, pero lo suyo era el espectáculo en directo, en un bis a bis con su público. También se presentaba en radio y televisión, pero para ella no era lo mismo: no podía interactuar ni imponer su estilo.

Los años no perdonan, tampoco el alcohol. Y Celeste comenzó a ser solo una leyenda que se paseaba por La Habana con sus turbantes y sus recuerdos. Quienes la reconocía, le mostraban su reconocimiento y cariño, y ella a todos sonreía, repartiendo besos y abrazos, aunque por dentro la consumiera la soledad.

La reina del guaguancó reinaba solo en aquel público, el que la escuchó y la vió actuar, porque la siguiente generación de cubanos no la conoció o la había olvidado. En esos momentos, era sierva de la nostalgia, la soledad y el ron, que en aquel apartamento del Vedado, rodeada de imágenes de los santos que la protegían, la devolvían a la vida que se le había ido y le ayudaban a huir de un olvido con el cual no se conformaba.

En el informe de la autopsia, el forense certificó que había fallecido cinco días antes de que encontraron su cuerpo inerte. Duele saber que era tan grande su soledad, que solo supieron que ella faltaba cuando el mal olor proveniente de su apartamento se hizo inaguantable. ¡Qué final más triste para una artista que derrochó tanta alegría!

Celeste Mendoza Beltrán nació en la ciudad de Santiago de Cuba, el 6 de abril de 1930, en el popular barrio de Los Hoyos. Tenía trece años cuando se trasladó a vivir a La Habana, dándose a conocer en un programa radial de aficionados por su interpretación de El marañón, número que había alcanzado popularidad en la voz de su creador, el trompetista y compositor Julio Cueva (1897-1975).

En la capital, Celeste recibe lecciones de baile, impartidas por su primo Jorge Beltrán, con quien posteriormente forma pareja y se presenta en Mi Bohío, cabaret ubicado en la playa de Marianao. En 1950 se presenta en el Teatro Martí como bailarina de la Compañía Batamú. En 1951 integra el cuerpo de baile que dirigía el coreógrafo Roderico Neyra, Rodney, en el cabaret Tropicana. De las actuaciones de Josephine Baker y Carmen Miranda en Tropicana, la Mendoza hizo geniales imitaciones, ganándose el aplauso de los presentes. Ese mismo año forma un cuarteto con Omara Portuondo, Gladys León y con su hermana Isaura Mendoza, bajo la dirección del pianista Facundo Rivero.

En 1952 se inicia como solista en el programa Alegrías de Hatuey transmitido por Radio Progreso, con el acompañamiento de la orquesta conducida por el maestro Ernesto Duarte. En 1953 debuta en televisión, invitada por Joaquín M. Condall al programa Esta noche en CMQ, cantando a dúo con Miguel de Gonzalo. Realiza presentaciones en el Teatro Blanquita y actúa en centros nocturnos habaneros. De esa época es el bolero Soy tan feliz, de José Antonio Méndez, y la ranchera Que me castigue Dios, de Marcelo Salazar. Su personalísima forma de cantar era sinónimo de éxito seguro a la hora de la difusión.

Siguieron giras artísticas por países de Europa y Latinoamérica y una intensa actividad en programas radiales y televisivos, así como en espectáculos que le dieron la oportunidad de compartir escenario con figuras famosas como Benny Moré, Ignacio Villa (Bola de Nieve), Edith Piaf, Ninón Sevilla y Pedro Infante, entre otros. En 1962 y 1963 participa en festivales de la música popular realizados en la isla.


Al lado de Carlos Embale (1923-1997) se le puede ver en el documental Nosotros la música, del cineasta cubano Rogelio París (1936-2016). Integró el elenco del Music Hall que en 1964 se presentó en la capital francesa, juto a Elena Burke, la Orquesta Aragón y Los Papines. Firmó contratos con la televisión francesa y posteriormente se presentó ante el público de Berlín, Moscú y Leningrado.

A su regreso a Cuba, fue ovacionada en teatros y espectáculos de cabarets y se convirtió en protagonista de cuatro documentales. Actuó en la película Tin Tan en La Habana, y un corto musical para la televisión francesa.

En sus discos, reeditados en Venezuela, Francia y Canadá, la rumba ocupa un lugar muy destacado, así como otros géneros y autores de la cancionística cubana y latinoamericana.

En su larga carrera artística recibió numerosos reconocimientos. En la Feria Internacional Cubadisco 1998, meses antes de su muerte, junto al grupo musical Los Papines fue galardonada por el disco El reino de la rumba.

Los cubanos que peinan canas recuerdan las temperamentales -e inigualables- interpretaciones que la Mendoza hizo de Consuélate como yo, Pobre del pobre, Seguiré, Pero no voy a llorar, Estás acabando, Con locura, Nuestras vidas, Suavecito, Canción de mi Habana, No juegues con los santos y Un congo me dio la letra, entre otras. Pero, sobre todo, su destreza para bailar y cantar guaguancó. O para asumir combinaciones genéricas en las cuales boleros y rancheras incrementaban su interés musical y danzario a partir de estructuras rítmicas propias del mambo y de la rumba.

Intérprete por excelencia del guaguancó, supo trasmitir la sensualidad, picardía y emotividad que demanda el género. Como dijera Rita Montaner, Celeste Mendoza para siempre será ¡La Reina del Guaguancó!


Versión de texto publicado en El Veraz de Puerto Rico y que enriquecí con tres videos y links a una veintena de las muchas canciones de Celeste Mendoza que se localizan en You Tube (Tania Quintero).

Ver el reportaje que a Celeste Mendoza le dedicara el periódico Sierra Maestra de Santiago de Cuba, su ciudad natal.

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