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miércoles, 16 de marzo de 2016

Gonzalo Rubalcaba: "La realidad cubana es la misma"


Su timbre de voz extrañamente juvenil le delata. Gonzalo Rubalcaba representa los nuevos aires que surcan los ambientes musicales en la nueva Cuba del dólar y el turismo en masa.

El pianista cubano fue el centro de todas las miradas durante la quinta edición del festival Continental Latin Jazz de Madrid, al que también concurrieron Manuel Machado con su sexteto, los pianistas Pepe Rivero y Judith Jáuregui, Arturo Sandoval con los Clazz All Stars y el consabido, y puede que inevitable, tributo a Paco de Lucía a través de sus acompañantes.

“La música no es el instrumento, sino el hombre”, opina Rubalcaba en conversación telefónica desde su domicilio en Coral Springs, Miami. “Es el hombre el que le da vida. La música sólo existe cuando suena, esa es su peculiaridad, lo que la distingue de las demás artes.”

Pianista, hijo de pianista (ver el post que el viernes 18 de marzo en este blog dedicamos a su padre, Guillermo Rubalcaba, quien falleciera el 7 de septiembre de 2015), el destino de Rubalcaba tomó un rumbo inesperado el día en que Dizzy Gillespie hizo su aparición por la puerta del cabaret Parisién, en el Hotel Nacional.

El astro del jazz acababa de llegar a La Habana: “Le llevaron al Parisién para que comiera algo mientras escuchaba un poco de música cubana justo cuando yo estaba tocando… De repente, veo que se sube al escenario por un costado con un traductor y me aborda: 'Hola, soy Dizzy Gillespie y me gustaría que tocaras conmigo en el concierto que voy a dar'. Me quedé congelado. 'Pásate mañana por mi habitación y hablamos del asunto'. Créame si le digo que, en un segundo, toda La Habana estaba hablando del tema. Con 17 años, entraba en el mundo de la música por la puerta grande”.

Dos años más tarde, Gonzalito Rubalcaba y su Grupo Proyecto se presentaban en el Círculo de Bellas Artes, una actuación programada dentro del X Festival de Jazz de Madrid: “A la gente le llamó la atención que tocara únicamente teclados electrónicos, pero eran las circunstancias que teníamos en Cuba. Resultaba casi imposible encontrar un piano en condiciones, de modo que nos apañábamos con lo que hubiera, aunque fuera un pianito eléctrico de segunda mano”.

Se da el caso de que Rubalcaba acababa de conocer a quien habría de dar un nuevo giro de 180 grados a su vida: “Ese año de 1986 vino Charlie Haden a La Habana y fue lo mismo que con Dizzy: vino a escucharme, le gusté, y al segundo estaba montando una sesión de grabación, lo que era un imposible en la Cuba entonces. Pero cuando Charlie quería algo no había quién le parase: 'Necesito un sitio para tocar, y que haya una mesa de grabación, y un piano en condiciones, y tiene que ser mañana'. Pues créase o no, lo consiguió”.

Aquella cinta de casete terminaría recorriendo medio mundo antes de llegar a su destino final: “Charlie se la llevó a Nueva York para que la escuchara Bruce Lundvall, presidente del sello discográfico Blue Note. Le gustó tanto que tomó un avión rumbo a La Habana con sus abogados para firmar el contrato, pero era un momento muy difícil. Entonces se le ocurrió que si fichaba por la filial japonesa del sello, eso le permitiría eludir el bloqueo y sacar los discos en Estados Unidos. Así que llamó a Claude Nobs, el director del Festival de Montreux, Suiza, y le pidió que nos hiciera un hueco en la programación, e invitó a los japoneses para que nos vieran. Total, que fuimos, tocamos y firmamos ahí mismo, todo de un tirón”.

Cerca de Cuba y lejos del trópico, el piano de Rubalcaba viaja a las profundidades de la tradición para regresar a la superficie y emprender el vuelo sin retorno: “Pero eso es la música, un viaje. Se sabe dónde empieza, pero no donde acaba. Y eso es algo que aprendí de Charlie. Resulta curioso que tuviera que venir a Cuba para que yo tomara conciencia de mi herencia cultural. Porque a él, lo que de verdad le gustaban eran los danzoneros cubanos de los 40, Arcaño y sus Maravillas, los viejos soneros de Oriente. Cachao, para Charlie, era tan importante como Charles Mingus y todo eso yo lo traía dormido en la memoria, era la música que escuchaba tocar a mi padre de niño, eso era todo. Hasta que vino Charlie y me hizo ver de qué modo el son y el danzón forman parte de mi esencia artística.”

En su última visita a España, Gonzalo Rubalca ofreció un panorama de los diferentes centros culturales de América en compañía de algunos viejos amigos: “El proyecto se llama Volcán y surgió de una manera totalmente inesperada. Un guitarrista alemán quiso grabar un disco y nos convocó a Horacio El Negro Hernández, José Armando Gola, Giovanni Hidalgo y a mí. Resulta que los cuatro somos de la misma edad, nuestro origen es el mismo, hemos tocado juntos mil veces. Y de repente nos preguntamos cómo es que nunca habíamos grabado un disco juntos”.

De La Habana a Coral Springs. El camino recorrido por Gonzalo Rubalcaba ha sido largo y tortuoso, pero no tanto como para perder de vista sus orígenes: “Salí de Cuba con 26 años y ahora tengo 52. Por un lado, no puedo dejar de sentir que ésa es mi tierra, pero a la vez, siento que ya no formo parte de esa realidad”.

El pianista acababa de regresar de una corta estancia en la isla junto a los suyos: “Lo que está pasando en Cuba tiene más que ver con la verdad oficial que con ninguna otra cosa. La realidad cubana es la misma desde hace años, las carencias materiales y no materiales siguen ahí. Hay todavía un temor a llamar a las cosas por su nombre. Ahora todo el mundo habla de los americanos y de todo lo que van a traer sin entender que la apertura tiene que darse desde dentro. No se puede seguir esperando a que los problemas internos nos los resuelvan desde el exterior”.

Chema García Martínez
El País, 25 de junio de 2015.
Fragmento del documental Playing Lecuona.

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