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viernes, 12 de febrero de 2016

El Capri de Freddy, Gina, Elena, Olga, Meme y Juana



Por estos días me entero de la ansiada reapertura del hotel Capri, algo que parecía no ocurriría nunca más. Pero me alegra haberme equivocado.

El Capri que conocí a finales de los 70, y que estremeció mi escasa y provinciana década y media de vida ante la fastuosidad de su Salón Rojo, con su enorme araña luminiscente y la íntima y húmeda calidez del Bar Azul, ocupa un sitio absolutamente relevante y omnipresente en mi imaginario personal.

Más allá de mis propias percepciones y vivencias, y de la recurrente y ya cansina vinculación con el universo mafioso de La Habana anterior a 1959 -que sin rubor se deja leer en notas y artículos que anuncian su reinauguración oficial-, el Salón Rojo y el Casino de Capri tienen un lugar también especial en la memoria de la música cubana de los 60.

En años muy tempranos de esta década, el epicentro nocturno de La Habana ya se localizaba en la zona de El Vedado. Y el cuadrante formado por las calles P hasta K y 23 hasta 19, era una suerte de gueto de la diversión nocturna: empezaba -o terminaba, según se mire- en el Casino Parisién del Hotel Nacional, y en un perímetro de varias decenas de metros tenías para elegir: El Gato Tuerto, el Club 21, el Monseigneur; los clubes Sherezada, La Gruta, La Red, La Zorra y El Cuervo, el cabaret Caribe del hotel Habana Libre y, por supuesto, el Casino de Capri y el Salón Rojo.

Desde su inauguración, el Casino de Capri contó en sus shows con talentosos coreógrafos como Alberto Alonso y Ceferino Barrios, ambos con formación y trayectoria en compañías de ballet clásico. El productor y diseñador Humberto Anido fue un pilar en el punto de giro que situó a este lugar, según cuentan algunos peregrinos de la noche habanera de entonces, en los primeros sitios de preferencia. Se desplazaba así la primacía del cabaret Tropicana hacia la nueva meca del disfrute en la calle 21 de El Vedado.

Tal era la excelencia de los shows concebidos, diseñados y dirigidos por Anido, que comenzaban a superarlo en creatividad, presencia de figuras de primera línea y, por supuesto, en popularidad. Nombres muy importantes de la música cubana desfilaron por la pista del Casino de Capri: Olga Guillot, Juana Bacallao, Meme Solís, Frank Domínguez… Y algo de lo mejor que ocurrió en su escenario: el descubrimiento al gran público, como fugaz revelación, de quien es ya un mito incontestable de la nocturnidad capitalina: la increíble Fredesvinda García, Freddy.

Anido la incluyó en el show Pimienta y sal (producción y diseños del propio Anido y coreografías de Ceferino Barrios), que se mantuvo en la pista del Casino de Capri desde finales de 1959 hasta mediados de abril de 1960. Sus 27 años y aquellas 300 libras de peso, sostenían una voz profunda, grave, y arropaban su entrega sentida más allá del dolor, que arrebató de inmediato a todos los que asistían a sus presentaciones. Su catártica interpretación de The Man I Love hizo historia para siempre en la pista del Capri, recuerda la revista Show en su número de enero de 1960.

El 18 de abril, el binomio Anido-Barrios estrenó una nueva producción, Ajiaco a la francesa. El éxito de la voluminosa contralto fue tal, que el productor mantuvo su estelar presencia en este escenario hasta octubre de 1960, cuando viajó con un ventajoso contrato a Caracas, Venezuela. La revista Show destaca con elogios su personal versión de Stormy Weather, I love Paris y Anoche aprendí (Show, abril de 1960).

A Freddy le bastó sólo un disco, un único LP de vinilo, para consagrarse y proyectar su mito hacia el futuro que ya era inmediato. Elevada desde el Bar Celeste a la novelística mundial por el gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante (Tres tristes tigres), consiguió en la pista del Capri la realización personal y los aplausos que, sin duda, merecía.

Cuando en marzo de 1961 Anido estrenó la superproducción Serenata Mulata, ya el Casino de Capri se había instalado con firmeza delante de Tropicana y continuó arrasando, a juzgar por los elogios de la crítica especializada. Olga Guillot centraba el espacio de la cortina principal, lo que aseguraba, entre otros aspectos, un éxito absoluto de público.

En todo el tiempo que estuvo en cartelera, Serenata Mulata contó además con la participación de Celeste Mendoza, Gigi Ambar, la vedette Clarita Castillo, el crooner Tony Escarpenter, y una cada vez más destacada y aplaudida Juana Bacallao, entre otros. Joaquín Riviera colaboró en la coreografía y Rafael Ortega en la dirección musical. Pero la presencia de la Guillot duró poco.

El Casino de Capri también fue testigo y espacio de su despedida ese mismo mes. Olguita anunciaba que partiría a Caracas, tras aceptar una jugosa oferta contractual (Show, marzo de 1961). Pero nunca más regresó.Sólo una voz y una presencia podían ocupar el espacio que dejaba, y Anido lo sabía.

Era Gina León, cuyos éxitos en el cabaret del hotel Habana Libre y también en programas estelares de la televisión, ya habían dado fe de sus magníficas cualidades vocales, su excelente proyección escénica y el acierto en la elección de su repertorio, que había empezado a grabar, en doce temas, para el sello Gema, de Guillermo Álvarez Guedes.

Tras una breve incursión de Gigi Ambar en el espacio dejado por la Guillot, Gina León debutó por todo lo alto en el show del Capri. Fue ella, sin dudas, quien aportó el esplendor definitivo que identificó, a partir de ese momento, al cabaret Casino de Capri. Gina continuó siendo la soberana absoluta de ese escenario y por ello Anido mantuvo su espacio estelar en la nueva producción Me voy pa’l Brasil, estrenada a finales de julio de 1961 y que permaneció en cartelera durante todo el año.

Gina León fue la musa de Anido. Los diseños más creativos y atrevidos los concibió para ella. Lo tenía todo para ser la gran diva regente. Las canciones con las que triunfó en el Capri fueron registradas en un disco de vinilo que salió al mercado en 1962 bajo el título Gina canta en el Capri y que entre otras canciones trae Aléjate, su gran éxito del mexicano Roberto Cantoral, Nada son mis brazos, Debí llorar, Qué nos pasa, Eclipse y En nosotros, de la cubana Tania Castellanos. Creo que se trata del primer y único disco, que tiene al Capri como escenario de interpretación y referencia.

El título de este fonograma da fe de lo importante que fue la presencia de la León en un escenario como el Casino de Capri, y también de la trascendencia de este enclave artístico en la vida musical cubana de aquellos años tremendos, cuando la fuerza creativa se multiplicaba en muchos sitios. De modo que sería impensable hablar del Capri sin mencionar el nombre de Gina León.

Pocos meses después, también fueron memorables las presentaciones del Cuarteto de Meme Solís en la pista del Capri, como parte del show La Caperucita se divierte -con producción de Joaquín Riviera y coreografía de Tomás Morales-, que subiera a escena en octubre de 1962, y en la que permaneció Juana Bacallao en un rol en el que pudo desplegar sus dotes histriónicas y musicales. Maggie Prior, con sus versiones de standards de jazz, dio también otro aire a la banda sonora de La Caperucita.

La excelencia musical que acusaban las producciones del Capri, la presencia de ésas y otras figuras de fama y popularidad en esos años, hicieron de sus salones sitio de obligada presencia y asiduidad para un público heterogéneo, pero apegado al gusto por la innovación.

Otros nombres que llenaron las noches del Capri en la década de los 60´ merecen también ser destacados: los cuartetos D'Aida y Los Bucaneros, Leonora Rega -que hizo su debut como solista en ese escenario en mayo de 1963, tras su paso triunfal por D'Aida-, Felipe Dulzaides con sus Armónicos, Ela Calvo, Luis Carbonell, Merceditas Valdés, Rosita Fornés, Moraima Secada, Los Zafiros, Los Papines, Daisy Granados, Marta Strada, Senén Suárez y su combo, María de los Ángeles Santana, Germán Pinelli, Joseíto Fernández, Ana Gloria Varona, Yolanda Brito, y otra deidad: Elena Burke, quien estrenó en el Capri muchos de sus éxitos más notables.

En esos años convulsos, en los salones del Capri convivieron políticos, jugadores, aventureros, curiosos y advenedizos; bailarinas, modelos, diseñadores, modistos, periodistas, actores y actrices, músicos, intelectuales, junto a jóvenes guerreros, ebrios de una victoria que, por conquistada, no fue menos sorprendente; empoderados, ávidos de diversión y fiesta en la noche, tras días de febril actividad, y aun de balas y ametralladoras, carros militares y Cadillacs, aciertos y errores.

Imponían moda con sus barbas y pelos largos; seducían y se dejaban seducir. Todavía convivían con un mundo que se quería cambiar, pero se resistía, y otro nuevo que empujaba por hacerle espacio a los cambios que vendrían para bien y para mal. Pero lo que no cambió fue la buena música y la excelencia escénica que privilegió al Capri por encima de los demás sitios de la noche habanera.

Por eso, me gustaría trascender drásticamente las historias de la mafia que tanto seducen a quienes, al parecer, las añoran. Quiero pensar que serán, en definitiva, los espíritus tutelares de Freddy, Olga Guillot y Elena Burke, y no los de Meyer Lansky y George Raft, los que podrían propiciar al reinaugurado hotel de 21 y N, en El Vedado habanero, la reescritura posible de un éxito ya conocido.

Rosa Marquetti
Blog Desmemoriados. Historias de la música cubana
8 de abril de 2014.
Foto tomada del blog, donde se pueden ver más imágenes y datos.

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