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viernes, 15 de enero de 2016

Dos cartas y un poema



A Gipsia Cáceres de la Guardia
Ariza, 27 de octubre de 1991

Para decir tu nombre / de resonancia gitana...
Volver a decir Gipsia, / Que es decir amor...

Querida esposa:

Precisamente ayer estuve rememorando nuestros muchos momentos hermosos, las circunstancias de nuestro encuentro, nuestros viajes y fiestas, en particular aquella noche maravillosa de la boda de tu sobrina Aimara allá en la playa; pude verte con gran nitidez mientras buscábamos la casa y la brisa nocturna batía tu chubasquero blanco.

¿Recuerdas aquella noche? Éramos tres (Mario iba con nosotros) y yo me sentía muy dichoso de haberte conocido, de aquella existencia de amantes arrebatados que estábamos viviendo. Exhibías un rostro de mariposa, se notaba que eras feliz, con ese don natural que tienes para extraer felicidad de las cosas más sencillas de la vida, y era halagador para mí el saber que esa cosa sencilla y escasa de la extraías tanto alborozo giraba en torno a mi persona.

Sentí también una punta de dolor y nostalgia por aquella bata verde bajo la cual se estremecía la firmeza nacarada de tus senos, rematados por aquellos pezones moteados que rasgaban la fina tela con una pujanza que parecía desafiar la imaginación. En verdad, con ellos podías asfixiar de pura envidia a la mejor de las vedettes. Sí, aquel busto tuyo era un portento, y era sobrecogedora tu belleza de piel, junto a otros muchos encantos.

Inmerso en un rapto de gozo que ningún artificio puede proporcionar, extasiado en plena vigilia (siempre preferí el amor de ojos abiertos y despiadado juego de luces como hasta nuestro último pabellón en Ariza), no se me escapaban ni siquiera las inevitables imperfecciones de un cuerpo de mujer madura; ésas, más algún que otro desliz de la mano de la naturaleza (la perfección de las cosas del cuerpo, si existe, no pasa de ser una impostura), se convertían a mis ojos de explorador en otras tantas virtudes.

Fui exhaustivo, levanté de tu cuerpo el inventario más completo, absorbí cada porción de tu piel, me recreé insaciablemente en cada confluencia, en cada hendidura, cada articulación, cada contraste, cada textura; aprendí de memoria todas las lúbricas hondonadas del surco en tu espalda, las manchas negras en torno a tu sexo. Reclamé de tus extremidades un dinamismo y una estática de contorsionista que a veces rayaban en el martirio. En fin, que mis reclamos y tu complacencia se confabularon para agotar las más exigentes recapitulaciones de la historia erótica de la humanidad.

No hablo por gusto, alarde o vanidad; no es por suficiencia que destaco la nota física en nuestro erotismo pasado y presente. Antes al contrario. Más bien he estado preguntándome por qué un amor de personas maduras y experimentadas como nosotros dos no se agotó en la saciedad, como es usual a la edad en que nos conocimos, una edad en la que aún se es joven para vivir una aventura, pero en la se suele estar tan encallecido de alma por los golpes de la vida que ya se ha perdido la ingenuidad, y los defectos de los nuevos amores salen a relucir a primera vista, abultan demasiado para que se pueda erigir sobre la mera atracción física algún sentimiento amoroso más o menos integral, esto es, auténtico, perdurable.

Nada nos ataba a largo plazo. Es más, para la lógica de los tantos observadores amigos o extraños que nos conocieron entonces, lo nuestro no debía rebasar los límites de una de esas pasiones corrientes que a la postre resultan siempre tan aparatosas como efímeras. Sin duda no habrán sido pocos los que nos pronosticaron un final así. Y sin embargo, no sólo ha resistido la prueba del tiempo, no sólo ha encontrado el cauce legitimador del matrimonio.

Ha hecho mucho más: ha vencido tendencias disociantes internas, tentaciones aparentemente irresistibles e incluso la formidable labor de zapa de una naturaleza al parecer empecinada en mutilarte encantos. Ahora mismo, sin ir más lejos, el formidable castigo de una justicia perversa ha interpuesto muros y distancias entre nuestros cuerpos, robándonos un tiempo precioso que de ninguna manera nos sobra. Y otra vez la naturaleza que vuelve a la carga, ensañándose en tu cuerpo.

Me he hecho esa pregunta, repito. Y la respuesta la he encontrado no en la memoria de tu cuerpo, que aún oculta placeres para mí, que sé buscarlos. Sino en una parte de ti que con toda intención dejé fuera de la morbosa recapitulación de nuestra vida horizontal: en tu rostro, en el que transparece, como en las aguas de un claro estanque, toda la belleza y sublimidad de tu alma de mujer hecha a la medida de un gran amor, esa femineidad inefable que es encarnación espiritual de un eros pródigo e inmortal, virtud exclusiva de las hembras elegidas por las diosas del amor.

Ese rostro arrebolado de grandes ojeras, en el que sólo para mí he visto confluir erotismo y maternidad en la noche memorable de nuestro primer encuentro, atesora por siempre, incólume, cuanto haya podido perderse de tus encantos físicos. Me basta con mirarte a la cara en este retrato que adorna mi texto de latín para que renazca, como obedeciendo a un conjuro, la orgía sexual de nuestros mejores días.

Podría añadir a lo dicho palabras que describan tu nobleza humana, arrobas de gratitud por tu bondad para conmigo, tu tolerancia, tu comprensión, tu paciencia, los sacrificios que ahora te impongo, los sufrimientos que por mi causa con gusto asumes, pero no quiero ponerme ni ponerte sentimental, porque esta carta sólo se ha escrito

Para hablarte de amor,
para enaltecer tu gracia,
para desahogarme y,
como siempre, amor mío,
para sacar fuerzas de ti.

* * * * * * * * * * * * * * * *

Ariza, 28 de octubre de 1992

Acoge mis palomas, contesta mi llamada

Querida esposa:

Mis cartas son palomas mensajeras. Su vuelo es incierto. No siguen el norte de un instinto infalible, sino la ruta azarosa de ajenos caprichos, cuando no son víctimas de las imperfecciones de un mecanismo desmañado y sin alma.

Cualquiera puede interrumpir su vuelo, levantarles el ala y profanar su mensaje, porque son mansas y vuelan al alcance de manos sin escrúpulos de gran autoridad. También puede ocurrirles algo peor: que mis mensajes les sean arrebatados para arrojarlos a la inopia cruel de un gavetero, al fondo del cesto más cercano o simplemente a la cuneta.

Mis palomas son seres inocentes, tan inermes que, para interrumpir su vuelo, a sus cazadores les basta con interponerles la palma de la mano. Abatidas al instante, caen de bruces, verticalmente hacia el suelo, donde de inmediato da comienzo la agonía inmóvil que en breve pone fin a sus vidas.

Apenas un imperceptible opacamiento de sus ojos monocromos, semillas de uvas grises, anuncia el súbito deceso de mis aves, cuyas almas, de un delicado diseño transparente, se sumen en cierto rarísimo limbo de carámbanos blancos.

Entregan el alma sin odio, sin queja, siquiera un suspiro. Porque tampoco experimentan sufrimiento al morir. Su agonía es indolora: saben que nada se pierde.

Porque yo persisto, te las suelto en bandadas, con la esperanza, en apariencia absurda, de que el mecanismo falle, o se trabe, o funcione, o qué sé yo, que la mano poderosa se duerma, o se engarrote, o se distraiga, y que alguna de estas mis aves mansas te haga llegar este mensaje, el grito ahogado de mi voz.

Aunque son palomas sin armas, animales sin maldad, llevan tras sus quillas anhelosas un animoso corazón de terciopelo rojo. Han resuelto volar sin descanso rumbo a ti, puenteando lejanías, sorteando obstáculos a pechadas de perseverancia.

El mensaje bajo sus alas, botín de sus captores, no siempre es sublime para el entendimiento profano; más aún, en algunos pasajes resulta francamente prosaico, vulgar a ratos. La causa es ésta: el afán interpretativo de la mente profana jamás rebasa la materia tosca de los signos.

La verdadera clave está en poder de la única iniciada, que es a la vez solitario objeto de este ritual esotérico. Sólo ella, es decir, mi Gipsia, está facultada para trascender el ámbito de los signos y percibir en toda su inefable belleza el contenido del mensaje.

Pudiera ocurrir también, aunque sería un verdadero milagro, que arriben todas juntas, o al menos varias de ellas. Y el batir de sus alas, vastas como las de los albatros, te abrase el alma con este calor que estoy irradiando a raudales hacia las coordenadas de tu existencia.

Entonces, envuelta en el gran manto blanco de sus plumajes reunidos, volarás a mi encuentro, y penetrando en el reino encantado de mis deseos, viviremos el sobresalto feliz de un contacto ideal. Y habrá bailes de colores, y festines de placeres, y todo será luz y amor y derroche de sensualidad...

Mas, por estos días mis palomas son presas de gran inquietud. Les sobran motivos. Unas se hacen al viento de la tarde con gran resolución; otras se aprestan a partir y en breve siguen a sus antecesoras con la vista clavada en un horizonte arrebolado por las llamas del ocaso.

Hay desesperación en sus rostros afilados, la misma que se aprecia en el semblante de su dueño, que aprieta los dientes para cerrar el paso al desconcierto. Las va despidiendo una tras otras y se queda oteando un firmamento vespertino en el que sus mensajes ha tiempo no encuentran señales de retorno.

Atribulado ya, le sobran motivos, se niega a perder la compostura, a abrir el grifo receloso de las lamentaciones, a dejarse envolver por la sombra fatal de la desesperanza.

Cuando el ademán amenaza con tornársele inseguro, apronta una nueva paloma en el arco tensado de su alma, y con una poderosa vibración de sus cuerdas espirituales, asaetea el sol poniente para cerrar la brecha abierta por la vacilación...

Date prisa, amor. Yo sé que el gran encuentro final ha de producirse de manera ineludible, que a la postre habrá en efecto bailes de colores iridiscentes, acordes de órficas flautas y festines de placeres...

Pero sucede, a pesar de mi voluntad, contra toda certidumbre, que a veces desespero del retorno de mis aves... Te lo ruego, amor, acoge mis palomas, contesta mi llamada. No hagas sufrir a mis colombas.

* * * * * * * * * * * * * * * *

Ariza, 22 de junio de 1992

Mis crueles cardenales

Querida esposa:

Cierto: mi amor fue clamoroso,
súbito escándalo de ayes y suspiros
estallando noche y día en tu alcoba,
encendidos cardenales en tu cuello
y tus hombros, sospechosos en la nuca,
y allí donde no llega el ojo del profano.

Cierto: amante perversamente refinado,
fui entre tus piernas sátiro de ébano,
y en horas de locura, anudando en mi diestra
la fronda rebelde de tu cabellera,
pacté con el Maligno y cabalgué
sobre tus ancas con bríos de sádico marqués.

Cierto, confieso: busqué en tu sexo,
con labios voraces, el sendero perdido
de la divina, edénica inocencia;
ataqué con saña la frágil porcelana
de tus senos, y empaña mi conciencia
oscura suspicacia de culpa involuntaria.

Cierto: raras veces fui platónico,
tierno, lírico caballero andante;
adúltero, engendré en vientre furtivo
el hijo que ansiabas, y en mi viril
desenfreno hubo y ha de haber todavía
furores extraños, aventuras sin nombre.

Cierto: pecador impenitente sin motivos,
ni siquiera hoy, tras rejas inclementes,
esbozo el gesto de pretender enmendarme.
Sí, todo eso es cierto y aún algo más:
que bullen en mis sienes aviesas intenciones
y he de hacerte sufrir como nadie en el mundo.

No lo dudes, señora de mis noches,
ama de llaves de mi caótico existir,
pongo al diablo por único testigo:
así ha de ser mientras brillen estos astros,
hasta que yo cierre tus ojos,
hasta que tú cierres los míos.

Nota.- Algunas de las cartas y poemas que Jorge A. Pomar le enviaba a Gipsia Cáceres, su Dama de Blanco, quien falleciera de un cáncer de mama apenas un mes después de salir de la prisión de Ariza, Cienfuegos, donde Pomar permaneció dos años encarcelado por sus ideas políticas (Tania Quintero).


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