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viernes, 30 de octubre de 2015

Pilar Morales, una voz cubana para Tete Montoliu


Para los amantes del jazz en la península ibérica, Tete Montoliu (Barcelona,1933-1997) es una figura cimera del género en su país, reconocido incluso fuera de sus fronteras, como uno de sus pianistas más originales y talentosos, con una vasta obra creativa y un impresionante catálogo de grabaciones. Poco se conoce y menos se pondera su vínculo iniciático con la llamada música latina, como si atesorar el acervo de nuestras sonoridades fuese algo sacrílego para un jazzista de su estatura.

Lo cierto es que Tete comenzó su vida profesional en 1954 tocando en la orquesta del venezolano Lorenzo González, quien había llegado a España dos años antes y logró después una carrera relativamente exitosa, al punto de que muchos veían entonces en él al sucesor de los triunfos del cubano Antonio Machín. Un año después se produciría otro hito importantísimo, en el camino de cercanías latinas de Montoliu, esta vez con Cuba: conocería a una cantante cubana que, casi acabada de llegar a Barcelona, parecía que conquistaba la aceptación de quienes la escuchaban.

Era Pilar Morales Corona, nacida en Marianao, La Habana, el 12 de octubre de 1931. La suya será una vida poco común en sí misma, pues no abundan en el arte historias similares de generosidad y renuncias para favorecer, en detrimento de la propia, una carrera ajena. En España, parece ser que muy pocos entre los amantes del jazz, conocen que en esa y otras etapas en la vida del gran Tete Montoliu, esta cubana ocupó un importante lugar.

Corría el año 1955 cuando Pilar Morales llegó a España. Era linda, muy joven, educada y fina, con una voz grave y peculiar, afinada y cálida. Al atravesar el océano, atrás quedaban años de intentos poco fructíferos por hacerse un lugar en el panorama artístico y musical de su isla natal. Había nacido en un hogar de músicos, pues su padre Evelio tenía su propio conjunto, con el que ensayaba en la casa donde Pilar afinó su oído y entonó sus primeras canciones. Su madre, Obdulia Corona Ochandarena, también cantaba, había sido alumna de Moisés Simons, el autor de El manisero, y en el recuerdo de Pilar se mantuvo vivo el dúo que hacía con Petrona, su tía materna.

En su infancia y adolescencia, Pilar tomó clases de música con un profesor que compartía el magisterio musical con el oficio de sastre. En una entrevista recordaba que nunca fue una niña que llorara por no querer ir a la escuela: le gustaba saber, aprender, tener cultura. Inició los estudios de bachillerato, pero no pudo terminarlos, pues muy pronto tuvo que empezar a trabajar. Lo hizo en las oficinas del Canal Vía Cuba, encargada de la construcción del hoy Túnel de la Bahía de La Habana.

Sin embargo, ella siempre tuvo claro que lo que quería era cantar. Y a los diecisiete años, en 1947, decide presentarse en un programa de aficionados en la emisora RHC Cadena Azul y gana un premio consistente en cien dólares y un mes de contrato. Pasa también una breve temporada de superación musical en la compañía de teatro Las Máscaras. Era el inicio de una carrera profesional, cuyos vericuetos y desenlace no podía entonces imaginar. Clasificada como cancionera romántica, después del triunfo en el certamen recibe una propuesta de la cantante Carmelina Pérez, de presentarse tres veces por semana en el programa de Radio Salas, donde la Pérez era figura central. Pilar se mantuvo mucho tiempo cantando en este programa, aunque lo hacía también en otros espacios radiales, incluyendo apariciones dentro de la programación de la emisora CMQ.

Pilar asegura que hizo algunas grabaciones, al estilo de las que se hacían por aquellos años en los estudios de las radioemisoras, pero, al parecer, casi ninguna ha sobrevivido, con la excepción de tres registros radiales que se han podido encontrar, y en los que acompañada del Conjunto de Orlando de la Rosa canta los boleros Nuestras vidas, Acuérdate y No te importe saber, de un gran valor no sólo por las escasas grabaciones de este importante pianista cubano, sino también por el excelente desempeño de la Morales, en plenitud de sus facultades vocales.


Pilar Morales nunca cantó desde las pistas de cabarets ni salones de baile, ni se presentó en espectáculos teatrales, tan habituales en aquellos años. Fueron la radio y la naciente televisión los que acogieron en otra faceta a la cantante. “Me presenté en el Sepia Café, espacio estelar de la cantante Olga Guillot, en el Canal 4. También en varios programas del circuito CMQ, como el de Bola de Nieve, los jueves en Radiocentro, y donde me presenté en dos ocasiones. Y con un contrato diferente, en otro programa con frecuencia mensual a base de órgano y voz, con el recordado Paquito Godino”, comentaría Pilar al periodista catalán Jordi Roura. Fue privilegiada al tener a una muy joven Enriqueta Almanza y al excelente Orlando de la Rosa como ocasionales pianistas acompañantes.

Escucho a Olga Ochandarena, prima de Pilar narrar con qué constancia y decisión Pilar se empeñó en abrirse paso en el panorama artístico de La Habana de los 50, sin que viera compensados tales esfuerzos. Ella cantaba boleros, justo en años en que eran contados y muy famosos los nombres de aquellas cantantes que capitalizaban el género, tanto a nivel discográfico, como escénico.

La década de 1950 llegaba a su medianía y ya se habían hecho muy populares en Cuba una serie de agrupaciones integradas por músicos españoles, quienes a golpe de pasodobles y gitanerías, se convirtieron en imprescindibles, estableciendo un patrón muy aceptado, casi ineludible, de contenidos musicales en los principales cabarets habaneros, frecuentados entre otros por integrantes de la populosa colonia española y sus descendientes, convertidos en industriales, hacendados, comerciantes que nutrían las clases media y alta de la sociedad.

Curiosamente, formaciones musicales como Los Chavales de España, la orquesta Solera de España, Los Churumbeles, y el conjunto vocal vasco Los Xey, entre otros, dejaron numerosas grabaciones en Cuba, pero son prácticamente desconocidos en el país ibérico, ya que sus triunfos se localizaron en este lado del océano, con la excepción de Los Xey, que sí eran ya famosos en la España de los 50. Del mismo modo, otros peninsulares ávidos de éxito comercial, se aventuraron a hacer el recorrido a la inversa, llevando a España desde Cuba a músicos, cantantes y bailarines, hasta compañías enteras, acrecentando el gusto de ciertos sectores de la población española por la música cubana.

Uno de ellos, de los más listos, era Jaime Camino, cuya trayectoria como líder de orquestas es difícil de rastrear en detalle, pero aun así, se sabe de sus múltiples viajes a Cuba, a Venezuela y a otros países de Suramérica, siempre al frente de una orquesta cuya formación se nutría de músicos de disímiles nacionalidades y sus integrantes, al parecer, variaban con frecuencia. Después de más de doce años haciendo estas giras, Camino decide formar una nueva orquesta con músicos de diferentes países, entre ellos un grupo importante de músicos cubanos.

En la citada entrevista con Jordi Roura, Pilar cuenta: "La pianista Enriqueta Almanza tenía la misión de formar para la orquesta, un trío de voces, y por supuesto, pensó en mí. Estuvimos ensayando las voces de manera independiente, de modo que no conocí a ninguno de los integrantes de la compañía hasta que nos vimos en el aeropuerto para viajar a Madrid el 8 de enero de 1955. Ya en esta ciudad comenzamos a ensayar, porque en Cuba se contrató y viajó sólo la mitad de la orquesta, pues el convenio era que la otra mitad debían ser músicos españoles. Para fijar y concretar esta orquesta tuvimos que iniciar los ensayos estando ya en Barcelona, en el Teatro Novedades".

Es que de Madrid habían viajado de inmediato a Barcelona, donde permanecen 45 días y empiezan a actuar con la orquesta al completo. Para Pilar Morales, su llegada a Barcelona, contratada por Jaime Camino junto a Enriqueta Almanza, quien ya era su gran amiga; Las Mulatas de Fuego; Salvador Lestapier, el as de la armónica; El Negrito Silva, y otros músicos cubanos, supuso un cambio drástico en cuanto al tipo de espectáculo donde debía trabajar, pues se trataba de presentaciones en salas de fiestas y bailes, muy diferente al público que estaba acostumbrada en sus años de cantante en Cuba.

Entre los músicos españoles que integraban la orquesta estaba Vicente Montoliu Meliá, el padre de Tete, que la dirigía, y cuentan que, donde quiera que se presentaba, Pilar era la verdadera sensación del espectáculo. Ella era la estrella y la orquesta el respaldo a sus canciones, boleros y otros géneros que entonces llamaban “caribeños”. Salen en gira por varios países de Europa y Pilar Morales llega a cantar en el Olympia de París.

Mientras, el joven y desconocido Tete Montoliu, de modo puntual, entre junio y septiembre de 1954, realizaba grabaciones en Holanda, con un llamado Latin Quartet, sin que su nombre apareciera en la carátula ni en los créditos de esos discos. Después, como pianista de la orquesta de Lorenzo González había participado en 1955 en la grabación para el sello Odeon de cuatro temas con esta formación, y que constituyen sus primeros registros fonográficos. Ya desde entonces, la libertad expresiva cercana al jazz caracterizaba el pianismo de Montoliu. Había iniciado, discretamente, la búsqueda de un estilo y un lugar en el panorama musical español.

Una noche, el joven pianista ciego decidió ir en busca de su padre a la Parrilla del Alcázar. Allí conoció a Pilar, escuchó su voz, la oyó cantar y años más tarde reconocería que se enamoró perdidamente de ella. “A partir de aquel día, todas las noches acababa casualmente en el Alcázar, ante la indiferencia de mi padre, que pensó que sería un ligue más”, confesaría el genial pianista a su biógrafo Miquel Jurado. La atracción fue mutua: Tete Montoliu y Pilar Morales se casaron en Barcelona, en la Iglesia de los Angeles, el 5 de abril de 1956. Transcurrido poco más de un año después de la llegada de Pilar a Barcelona, el pianista y su esposa de cálida voz, trabajaban en diversos night clubs, en paralelo al desarrollo de sus carreras respectivas, cada uno con su orquesta o sus músicos habituales.

Tocaban regularmente música latina en el Atelier Club, en la plaza Calvo Sotelo, cuando llega a Barcelona el célebre vibrafonista norteamericano Lionel Hampton. Tete y Pilar fueron, como público, a su concierto en el Windsor Palace, pero al concluír, el pianista catalán subió al escenario donde aún permanecía Hampton y comenzó a jazzear en una memorable descarga. Aquel 13 de marzo de 1956 cambiaría el curso de la carrera de Tete Montoliú y también la vida de Pilar Morales.

Montoliú contaría años más tarde: “Lionel Hampton me invitó a participar con su orquesta en una gira de tres semanas por Francia. Al finalizar, teníamos que viajar a los Estados Unidos, pero la mujer de Hampton, que además, era la que llevaba los asuntos de la orquesta, se opuso diciendo que en América no podía presentarse con un pianista blanco. Tuve que volver a Barcelona y seguir tocando en salas de fiesta como el Bikini de la Diagonal”. Meses después, Hampton se presenta en Madrid y aprovecha la ocasión para grabar su mítico disco Jazz Flamenco, en el que invitó a Tete a participar en tres temas en formato de quinteto (Lionel Hampton y su quinteto Flamenco Five), aunque su nombre no aparecerá en los créditos del disco ni en la edición española, ni en la norteamericana. Serían estos los primeros temas jazzísticos grabados por Montoliu.

Entre tanto, Pilar Morales había iniciado con buen pie su camino en España. Además de sus éxitos con la orquesta de Montoliu padre, sus primeras grabaciones discográficas en la península las hizo también en 1956 junto a Tete Montoliu, en un formato bajo el nombre de Tete Montoliu y su Conjunto Tropical: se trataba de cuatro discos de 78 rpm con ocho temas que luego se reeditaron en dos discos extended play de 45 rpm con cuatro canciones cada uno. El Conjunto Tropical lo integraban, además, José Dib y Ramón Aragay en las trompetas; Eugenio Murgui en el saxo alto; Jorge Candela, en saxo tenor y voz; Mario Valero en la batería y Rafael Verdura en la percusión.

Pilar asumía regularmente los boleros, mientras que Jorge Candela se ocupaba de los ritmos más movidos. Para el sello Columbia, en Barcelona registran los temas: Ayer no viniste, Playa Escondida, Qué cosas…, qué cosas! y No me hagas cosquillitas. Luego, en febrero de 1957 Pilar y Tete entran nuevamente en estudio para grabar bajo el sello Phillips, los temas Abrázame así y Tan enamorada, Cha-cha-cha-Chabela, La mujer vespa y Te, chocolate o café, bajo el nombre de Pilar Morales con Tete Montoliú y su Conjunto, que serían ellos mismos además de Manolo Bolao en la guitarra, José Vives en el contrabajo y Ramón Farrán en la batería.

Las actuaciones en vivo de Tete Montoliú y Pilar Morales no se prolongaron por largo tiempo, pero quedaron estos registros fonográficos que constituyen un momento muy singular en la carrera de Pilar Morales y sobre todo, en la discografía del pianista catalán, al tratarse de parte de sus grabaciones iniciales y acercarlo a lo que podría considerarse un segmento ibérico temprano del latin jazz. En 1956 ya Pilar Morales es La Voz del Trópico y tiene también la posibilidad de realizar su debut cinematográfico –y único acercamiento al celuloide- al aceptar que su voz se dejara escuchar en el filme mexicano-español La herida luminosa dirigido por Tulio Demicheli, protagonizado por Arturo de Córdova y Amparo Rivelles, y rodado en locaciones de Cataluña.

No es difícil comprender que las carreras del pianista y la cantante se encontraban en un punto de despegue hacia un posible éxito, de diferente intensidad y gradación, pero despegue al fin. Justo en ese momento nadie podía predecir hasta donde llegarían. Tete Montoliú, por su parte, realizaría elogiosos performances con Lionel Hampton y en algunos festivales de jazz, que serían peldaños en su ascenso hacia la fama como uno de los pianistas de jazz más singulares en Europa. Pilar Morales, por su parte, había llegado al país ibérico en busca de trabajo y éxito como cantante y también de una vida próspera para sí y para los suyos que quedaron en la Isla. En ese camino experimentó la aceptación de un público que no era el suyo en cuanto a origen, y pudo atisbar las posibilidades que se le abrían como cantante dueña de un singular estilo y una atractiva voz.

Entre los hallazgos, también encontró el amor, y al parecer, éste condicionó sus decisiones inmediatas. No es desatinado pensar que debió verse ante la disyuntiva de entregarse de lleno a su carrera como cantante, o aceptar ciertos cánones sociales que, si bien no cancelaban sus sueños y expectativas, al menos las posponía de modo indefinido. Aunque quiero creer que, quizás, Pilar, con veintiséis años de edad, soñó que los dos podrían hacer posible sus carreras, si ambos se amaban. Sin embargo, coincidiremos en que, en plena década de los 50, España estaba muy lejos de ser un país avanzado en ideas de independencia femenina, más bien, las vidas de sus ciudadanos transcurría aún apegada a estereotipos muy estrictos y poco edificantes en cuanto al lugar de la mujer en la sociedad y sobre todo, dentro de la familia, a partir de la unión matrimonial.

Las costumbres suelen ser demasiado fuertes para removerlas a corto plazo y de este modo la propia condición de Pilar -inmigrante en tierra ajena-, la tradicional supeditación de la mujer respecto a la voluntad del hombre; la genialidad de Tete Montoliu como pianista, las posibilidades profesionales que se le abrían y su condición de invidente, terminaron imponiéndose, arropados por una relación inicialmente muy unida y amorosa, pero en la que, a mi juicio, a Pilar le tocó el mayor de los sacrificios: renunciar a sus sueños, a su carrera. Miquel Jurado, biógrafo de Montoliú, razonaba en una entrevista con Sebastián Iñigo: “Y sí, yo creo que Pilar Morales sacrificó por Tete su vida profesional, puesto que ella era una cantante de boleros con una voz sumamente profunda y muy potente, que pudo haber hecho grandes cosas en el mundo del bolero. Por tanto, siempre nos quedaremos sin saber si la voz de Pilar Morales podía haber explotado o no, pero ella escogió la familia, escogió a su compañero, y eso siempre tendremos que agradecérselo”.

Al parecer, los padres de Tete Montoliu vieron natural y por tanto, crearon las condiciones propicias para que Pilar Morales, la llamada Voz del Trópico, aquella que había asombrado a quienes la habían visto y escuchado en Barcelona, pudiera abandonar su carrera para apoyar la de su marido como persona imprescindible en su vida y convertirse, además, en un especie de 'road manager', que le acompañaría siempre y a todas partes, a todos los conciertos, ocupándose de todos los detalles prácticos de su carrera. Eran años en que el jazz era un género con una ínfima presencia en España, y concretamente en Barcelona. Y Tete Montoliu había decidido hacer jazz, lo que implicaba necesariamente plantearse vivir fuera de España.

Montoliu y Pilar se radican primero en Berlín y luego en Copenhague, donde “había una visión jazzística muy importante, y allí fue donde Tete comenzó a labrarse un nombre como gran músico, y donde tuvo la oportunidad de tocar con los más grandes, como Dexter Gordon, Roland Kirk, Ben Webster… con este último tuvo un cuarteto y grabó incluso varios discos.” En Copenhague, Pilar conoce a quien sería de por vida una de sus mejores amigas: la sueca Lena Solfors, entonces pareja de Gordon. Viajan a numerosos países y el 26 de junio de 1957 nace Nuria, la única hija de Tete Montoliú y de Pilar Morales, que, por decisión de sus abuelos paternos, quedaría a su cuidado, en aras de que la cubana continuara en el rol de persona insustituíble que se le había asignado en la vida y la carrera del pianista catalán.

Pilar continuaría aparcando sus sueños de cantar y hacer una carrera pensada y coherente. Intenta no dejar la canción. En junio de 1960 se presenta, junto al Dúo Dinámico, en el espectáculo de variedades Dinamic Carrousel, con una positiva repercusión mediática. Cuatro años después de aquellos registros comerciales que realizara en 1956 y 1957, graba ocho temas con un conjunto que dirigía el guitarrista Fernando Orteu. Se trataba, según Jordi Roura, de trabajos impuestos por la casa editorial que no fueron del agrado de Pilar y no tuvieron aceptación por parte del público, pues resultaban extemporáneos los aires latinos impostados de algunos arreglos en momentos de fuerte influencia de la canción italiana en España.

La información publicada por la discográfica SAEF destaca que los temas Presentimiento y Tus ojos grises obtuvieron el segundo y tercer lugares en el 3er. Festival de la Canción Mediterránea de 1961, un importante festival que desde 1959 organizaban Radio Nacional de España, Televisión Española y el Ayuntamiento de Barcelona. Entre los temas grabados, además, está el afro Frontera y otros de diverso género: Amor es mi canción, Brigitte Bardot, Sucu sucu, Oro negro, y Desde hoy. Según Roura, “con el tiempo, sorprende y resulta atractiva la combinación, pero solamente como rareza y como objeto de coleccionista”. Y asegura que Pilar nunca las cantó en público, ni se planteó hacerlo.

Sus últimos registros, Pilar los hizo en 1964 en Madrid, en condiciones precarias, al reencontrarse casualmente con el pianista cubano Alcibiades Agüero, quien la había acompañado en sus años de la radio en Cuba, y fueron los boleros Nuestras Vidas, Vieja luna y ¿De qué te quejas tú? aunque ya se aprecian cambios en el color y la potencia de su voz, los que serían irreversibles. Aun así, Pilar apreciaba estas grabaciones y remarcaba siempre el valor que le concedía, según testimonio de periodista Jordi Roura. Nunca más Pilar entraría en un estudio de grabación.

Tete Montoliu, en cambio, pudo realizar, gracias a su talento innegable, y a la gran dedicación y generosidad de la cubana, la carrera que merecía, conquistó el reconocimiento internacional y tiene hoy un sitio indiscutible en el panorama del jazz en el mundo de habla hispana. Pilar Morales no cantó nunca más para el gran público y sus anhelos de triunfar delante de un micrófono engrosaron el pasado perfecto de su vida. Y un día –veinticuatro años después de aquella noche en que escuchó por primera vez la voz de la cubana- a Tete Montoliu la fama o el tiempo o quien sabe qué, le cercenó el amor. Aunque el divorcio se formalizó años después, en 1993, los mismos prejuicios que le impusieron más de un deber inexplicable, le impedían ahora a Pilar rehacer su vida. Ya era tarde para volver a empezar.

Con cerca de cuarenta y nueve años, probablemente la constatación de esta realidad, la automutilación de su carrera profesional y la lejanía de su familia cubana pasaron factura a su autoestima y a su alegría. Aun así, dio a su vida otro sentido: su voz musical, cálida y pausada, tuvo otros destinos no menos meritorios, consciente como seguramente estuvo de todo lo que nunca más debería repetirse en su entorno inmediato y con sus seres más queridos: supo moldear con tino y dulzura, junto a su hija Nuria, la inteligencia, la independencia y la alegría contagiosa de esa persona que hoy es su nieto, el actor Jordi Blesa Montoliu, y apegarse, del modo que supo y pudo, a esta otra familia que se iba formando y de la que ha sido, a pesar de todo, uno de los troncos vitales imprescindibles.

Aunque muchos la recordarían como La Voz del Trópico, desde entonces Pilar rehusó cualquier acercamiento a los medios, a pesar del interés de algunos periodistas y directores de programas. Unicamente Jordi Roura tendría suerte al conseguir en junio de 2003 que aceptara conceder una corta entrevista, que salió al aire en su programa radial Noms propis (Nombres propios), en la edición dedicada a artistas cubanos residentes en Cataluña.

Tete Montoliu vino a La Habana a mediados de los 80 y tocó en el Festival Internacional Jazz Plaza invitado por Bobby Carcassés, su creador y entonces presidente del evento. Viajó sin Pilar, quien ya entonces no estaba más a su lado. Ella, sin embargo, lo hizo años después, en un viaje sorpresa que Nuria le regaló para que se reencontrara con su familia habanera, con su Malecón, y sus mejores recuerdos de los tiempos en que era la negra bella de Radio Salas, RHC Cadena Azul y CMQ. Nunca más ha vuelto, aunque sí llegaron sus boleros y canciones gracias al tributo del productor e investigador Jordi Pujol, al recopilar, en el CD Historia de un amor. Tete Montoliu y Pilar Morales, todas las grabaciones comerciales realizadas en España por Pilar, y también las que registrara el pianista con la orquesta de Lorenzo González, como homenaje a los dos músicos.

Cerca de cumplir sus 85 años, en su lucidez de niebla Pilar tiene cerca a su hija Nuria, a sus nietos Jordi (41 años) y Nuria (38), y a sus bisnietos Jalen (14) y Naia (12), todos mulatos catalanes, con sangre cubana. Hoy, La Habana debe ser para Pilar Morales, probablemente, un recuerdo brumoso, desdibujado, lejano. O quizás no. Quizás sea una sacudida estremecedora, algo más que una marca indeleble tatuada en el pensamiento de cada día, el lugar al que quiso volver, al que debió volver para cantar siempre, pero le sobró generosidad y, probablemente, le faltó decisión y autoestima para no mirar atrás, y hacerlo.

Sesenta años son muchos, demasiados para marcar la fecha de una partida, de una distancia, y lo único que queda, para Pilar Morales, es recordar desde esa neblina, el balance de lo que ha sido su vida. Quizás ese recuerdo le devuelva la tranquilidad de un deber cumplido por amor, o por el contrario, la amarga certeza de que nunca debió renunciar a sus boleros.


Rosa Marquetti Torres
Desmemoriados. Historias de la Música Cubana
4 de julio de 2015

Nota de la autora.- Este trabajo habría sido imposible sin la amorosa colaboración de Nuria Montoliu Morales y su hijo Jordi Blesa Montoliu. Gracias por el apoyo! Agradecimientos especiales al arquitecto José María Pérez, melómano admirador de Tete Montoliu y gran amigo que se enroló en esta investigación desde la idea misma, aportando datos, música y su tiempo. A mi colega Agnela Domínguez, de SGAE-Cataluña por su decisiva ayuda; a Jordi Roura, quien compartió conmigo con total desinterés lo mucho que ha atesorado sobre Pilar Morales y a la querida Lena Solfors, por tantos recuerdos entregados desde el cariño hacia Pilar. A mi querido James Rodríguez, a quien agradezco las rarezas que son las grabaciones radiales de Pilar en La Habana y al también querido Jaime Jaramillo, que aportó entusiasta la localización del filme La herida luminosa. A Georgina Almanza, actriz y amiga de Pilar, por su foto y su memoria, y a Olga Ochandarena, desde el barrio habanero de Colón, por la emoción y las vivencias.

Ver fotos y grabaciones de Pilar Morales en Desmemoriados.

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