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viernes, 11 de septiembre de 2015

"Bailando con Celia Cruz y oyendo a Silvio y Pablito"


El 16 de julio de 2003 no murió solo “la guarachera de Cuba” o “la reina de la salsa”. Paquito D’Rivera fue justo cuando dijo: “Se ha muerto el alma de Cuba”. Su verdadero nombre era Úrsula Hilaria Celia de la Caridad Cruz Alfonso de la Santísima Trinidad, pero para el mundo sería luego, sencillamente, Celia Cruz.

Había nacido en 1925, en un tranquilo solar de Santos Suárez y en una familia pobre. Aunque cantar fue su predilección desde la infancia, comenzó la carrera de magisterio para complacer a su padre. Ya a punto de terminarla, sin embargo, pasó al Conservatorio Nacional de Música, donde estudió desde 1947 hasta 1950, al tiempo que cantaba y bailaba por La Habana y participaba en programas radiales para aficionados.

En 1949 había grabado en Venezuela canciones de José Antonio Méndez, Senén Suárez, Orlando de la Rosa, Rafael Hernández y Bebo Valdés, pero, al año siguiente, entró a cantar en la Sonora Matancera, que le abrió el camino que acabaría en la gloria mundial. Con esa agrupación, Celia permaneció quince años y luego se asociaría temporalmente con grandes como Tito Puente, Fania All Stars o Willie Colón. Llegaría a cantar ante 250 mil personas y también actuaría en telenovelas y películas. Siempre acompañada por su gran amigo, primero, y luego su esposo hasta el fin de su vida, Pedro Knight, que de trompetista de la Sonora Matancera pasó a ser su manager y arreglista musical.

En más de medio siglo de carrera y con más de ochenta discos (muchos de ellos de oro o platino), recibió incontables reconocimientos: estrellas en el Paseo de la Fama de Hollywood y de Caracas, cinco Premios Grammy, doctorados Honoris Causa de tres universidades de Estados Unidos, el premio National Endowment for the Arts. Un tramo de la calle Ocho de Miami lleva su nombre.

Cuando falleció, el pianista Chucho Valdés afirmó que Celia Cruz “ha sido la sonera más grande que ha dado Cuba”. Por desgracia, eso lo supieron muy pocos en la Isla. Las canciones que en su voz conquistaban el mundo siguen prohibidas en los medios cubanos. Sin embargo, todo el mundo conoce su nombre y su importancia, y muchos la recuerdan y admiran y escuchan su música.

Uno de ellos es Frank Delgado, conocidísimo cantautor, quien, como pasa con Pedro Luis Ferrer, quien ha publicado más de diez discos dentro y fuera de Cuba y apenas tiene divulgación en los medios nacionales y, no obstante, puede llenar un teatro sin que su actuación se anuncie oficialmente.

“Yo llegué tarde a Celia Cruz. Fui de la generación del 'diversionismo ideológico', figura quasi delictiva en los años 70”, recuerda el músico nacido en 1960. “Sabía mucho de rock y le perdonaba la vida a Irakere porque Carlos Emilio le ponía un toque eléctrico a Quindiambo, y me gustaba el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, pero de ahí no pasaba en la música cubana”. Así que parecía poco probable que el trovador se encontrara con la guarachera y salsera.

Sin embargo, “Celia Cruz fue cosa de mi madre, que la había visto en los mítines del Partido Socialista Popular junto a Olga Guillot, en Consolación del Sur. Eso ella me lo ha repetido siempre hasta el cansancio para que entienda que ella es más joven que Celia y que, a su vez, la reina de la rumba comulgó alguna vez con la izquierda. Vitriólica esencia de mi progenitora”, ironiza Frank Delgado.

Allá por 1980, en las tardes dominicales, se hacía una peña desautorizada en un parque habanero. Entre los participantes estaba Luis Ríos, de quien Celia Cruz grabaría después Qué manera de quererte. Relata Frank que una vez, “escuché un panegírico de Celia Cruz por parte de quien dijo ser su hermano, que nos reprochó nuestra ignorancia sobre unos de los símbolos de la música cubana. Todo me sonó tan convincente que tuve que volver a preguntarle a mi madre, y ahí me enteré del vínculo de la cantante con mi familia”.

Resulta que la familia de este cantautor, como él mismo, es de Pinar del Río. Su tío segundo Néstor Pinelo Cruz (Maíto) fue el compositor de Me voy a Pinar del Río, himno extraoficial pinareño, que en los años 50 popularizaran Celia Cruz y la Sonora Matancera. “Qué son más sabroso, qué poesía para un tema bailable”, comenta Frank Delgado, y añade: “Además de esa canción, Celia grabó Consolación del Sur, también del tío Maíto” (nacido en ese municipio en 1921).

Con ese lazo que relacionaba a Celia con la historia de su familia, el entonces joven trovador comenzó a acercarse a su obra escuchando discos de Radio Progreso, de la cantante con la Sonora Matancera, con la Orquesta de Ernesto Duarte y Senén Suárez, y compilaciones de sus temas clásicos, como Yerberito moderno, Burundanga, Químbara, Juanito Trucupey, Yembelaroco, Mata Siguaraya, En el tiempo e la colonia y la mencionada Me voy a Pinar del Río.

“Me gustó que Celia nunca se quedara varada en la calle melancolía”, dice Frank. “Fíjate que con más de 60 años consiguió éxitos rotundos como Yo le pongo sazón y La negra tiene tumbao, e hizo colaboraciones históricas con Willie Colón, Los Fabulosos Cadillacs, Jarabe de Palo, Gipsy Kings y un montón de artistas que la admiraban y sabían que su nombre era sinónimo de vórtice de huracán”.

Y llegó el momento inolvidable: “La pude ver en vivo a finales de los 90 en un estadio de Buenos Aires y luego en el Gran Rex, donde la seguridad del teatro no me dejó llegar a ella para regalarle mi disco Trovatur. Ya en 1992 yo había compuesto La otra orilla, donde el estribillo dice que vivo 'bailando con Celia Cruz y oyendo a Silvio y Pablito', lo que en aquella época era condenar la canción al ostracismo y ponerme un cartelito de conflictivo. Mi tío Maíto le mandó un cassette con esa canción y ella le escribió preguntándole si yo 'no había tenido problemas con las autoridades' por hablar de ella en una canción. Quise responderle personalmente en el 2000, cuando mi tío me mostró la carta en su minúsculo apartamento de New Jersey. Me hacía mucha ilusión conocerla. La llamamos varias veces durante tres días. Antes de regresar a La Habana le dejé a Maíto mis discos Trovatur, La Habana está de bala (que incluye La otra orilla) y El adivino, para que se los enviara”.

Pero Frank Delgado desconoce si por fin los recibió. Su tío murió en 2003, unos meses antes que Celia. El día mismo en que murió la cantante, él se encontraba en casa de unos amigos, nada menos que en Santos Suárez y Celia fue el tema central de la velada, pero nadie sabía en qué sitio exacto del barrio había nacido la guarachera.

“Cuando me iba, cogí unas flores de uno de esos hermosos jardines enrejados y las dejé a su nombre en una esquina de Santa Catalina. Si hubiera tenido lápiz y papel hubiera adjuntado una esquela que diría más o menos: 'A Celia Cruz, la que me buscó ‘problemas con las autoridades’ y la que, al conjuro de su nombre, hace que la gente cante Bailando con Celia Cruz, oyendo a Silvio y Pablito, en mezcla tan informal, merengue con platanito”, concluye el trovador.

Otro músico que comparte con nosotros sus impresiones sobre Celia Cruz es José Antonio Sánchez, antiguo ingeniero agrónomo que a veces toca la guitarra y el tres con algún conjunto típico en sitios con turistas. Por el día se gana la vida 'boteando' con su viejo almendrón. Sus amigos le llaman Toto. Recuerda que en su familia tuvieron siempre cientos de discos, lo mismo en La Habana que en su natal Camagüey. Celina González y Reutilio, Ñico Saquito, Benny Moré, Los Compadres, la Aragón, Arsenio Rodríguez, el Conjunto Casino, el Trío Matamoros, Ignacio Piñero... “Esa fue la banda sonora de mi infancia. Y siempre escuché a Celia Cruz, la preferida de mi padre. Yo me quedaba con Celina y su obra maestra Yo soy el punto cubano. Pero con los años me ha ido entrando cada vez más Celia y he entendido mejor a mi padre, que, como era piloto de Cubana de Aviación, a veces traía discos suyos. Yo sacaba canciones en la guitarra, ponía el tocadiscos y me imaginaba que la acompañaba”.

Cuando se reunía con sus amigos a conversar, darse unos tragos y escuchar música, había sólo discos de música anglosajona. De música cubana, si acaso, Silvio Rodríguez, del que José Antonio nunca fue muy admirador, aunque le gustaba su imaginación para la armonía y los acordes, su manera de tocar la guitarra. Confiesa que prefería a los clásicos cubanos. "Llevé varias veces discos de Celia Cruz con la Sonora, que mi padre había traído o mi hermano había enviado desde Estados Unidos, pero nadie la conocía y no le hacían mucho caso al principio. Con el tiempo, mira cómo son las cosas, me di cuenta de que Celia empezó a gustarles más que Celina, a la que ya perdonaban, e incluso más que Elena Burke o que Omara Portuondo, que sí todo el mundo conocía”.

Al antiguo agronómo, todavía aquello le sigue pareciendo un milagro. “Llegó un momento en que escuchábamos casi tanto, o más, a Celia Cruz que a Pink Floyd”. José Antonio, que nunca fue fanático del rock y ni siquiera se interesó mucho en él, prefería a Celia Cruz que a Janis Joplin y, siendo estudiante, formó un grupo para cantar música guajira, sones y guarachas. “Quería una voz prima femenina como la de Celina o la de Celia, imagínate. Nunca la encontré. Compuse algunas canciones en esos géneros, incluso acercándome a la balada. Me hubiera gustado lograr entonces lo que luego haría tan bien Juan Luis Guerra”, y se ríe. “Dejamos de tocar en festivales estudiantiles y en casas de cultura, pasábamos demasiado trabajo. En esa época, a principios de los 80, a los jóvenes no les interesaba tanto la música cubana como ahora. De Celia Cruz no se podía ni hablar. Se oía mucho rock o pop en inglés”.

Berty González Gómez trabajó en la Compañía Telefónica durante muchos años y ya lleva tiempo jubilada, pero tiene en su memoria muy clara una imagen de 1952, cuando tenía 12 años y estaba sentada al piano, tratando de tocar Mata Siguaraya, que su primo Lino Frías Gómez, pianista de la Sonora Matancera, había compuesto hacía poco. “Lino visitaba mucho nuestra casa en Centro Habana y venían otros músicos de la orquesta, siempre había un montón de partituras revoloteando y yo no sabía que algunos de ellos eran músicos muy importantes”, dice. Y puntualiza: “La Sonora Matancera siempre fue un conjunto de gran puntería, muy popular, con muy buen estatus. No recuerdo si la patrocinaba la Coca Cola o la Pepsi Cola. Tenía gente como El Indio Araucano, Alfredo Sadel, Orlando Contreras o el tremendo Daniel Santos”.

Desde niña, Berty acudía frecuentemente con su familia al estudio uno de Radio Progreso donde la Sonora Matancera tenía un espacio fijo. “Creo que era a las siete de la noche y el locutor se llamaba Adalberto, no recuerdo el apellido”. Pero sí guarda en su memoria la vez que, en una de aquellas actuaciones diarias, Celia Cruz empezó a sustituir en la orquesta a Myrta Silva, la famosa cantante puertorriqueña. Según Berty, “Celia era una cantante más entonces. La vi en muchas ocasiones. Mi hermana ya fallecida, que estaba más cerca de su generación, iba incluso a su casa, en la Calle B, en Lawton. Celia situó algunos números, como Siguaraya (que el Beny hizo luego super popular), Mi voz, África, El yerberito... pero entonces no tuvieron tanta popularidad”.

Berty recuerda cómo Celia patrocinaba a Caridad Cuervo, que desde pequeña se vestía como ella y la imitaba. “A pesar de los números que Celia Cruz difundió en aquellos años, no tenía tanto público. Era una época en que había muchos artistas excelentes y no era fácil la competencia. A muchos no les gustó que ella sustituyera a Myrta Silva en la Sonora. Celia comenzó a ser realmente famosa cuando se fue, con nuevas canciones y con otras que llevó desde Cuba. Me acuerdo de Pedro Knight, que entonces era su amigo. Y de mi primo Lino, al que en 1977 Andy Montañez, con Dimensión Latina, le grabó la canción Pan de piquito. Quizás, como no era de mi generación, a mí en aquella época Celia no me interesaba mucho. Luego la he oído de vez en cuando, pero ahora estoy segura de que es una cantante inmortal”.

Ernesto Santana Zaldívar
Cubanet, 16 de julio de 2013.

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