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miércoles, 29 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (XIV) Nenita Caramés



Nenita Caramés

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Tres realidades marcan a Gloria Álvarez, Nenita: al ser una bella mujer, fácil blanco de la envidia; comadre de Polita Grau, coordinadora general del movimiento Rescate dentro de Cuba, y esposa del coronel José Manuel Caramés, connotado combatiente contra el comunismo que logra evadir la persecución y salir al exilio.

En 1959, Nenita comienza a trabajar en la embajada de la República Árabe Unida (RAU), al negarle el gobierno cubano el permiso para salir del país. Nenita se convierte en voz de alerta hacia ese cuerpo diplomático, que con buenos ojos veía el aparente nacionalismo de los castristas. Les habla de confiscaciones arbitrarias, la brutal represión y la ausencia de procesos judiciales y se gana su simpatía. Con este fuerte apoyo, une sus esfuerzos dentro de la embajada a los de Polita en el movimiento Rescate, lo que facilita poder sacar documentos desde la casa de Polita, en Quinta Avenida y 14, en Miramar, hacia la embajada árabe, en Quinta Avenida y 18.

La noche del 19 de junio de 1965, en la embajada de la RAU se celebra una recepción, coincidiendo con que Nenita se disponía a recibir la valija diplomática acompañada por el secretario de la embajada, Saad Hibraim Yousef, padre de siete hijos que se entregó a la lucha y ayudó extraordinariamente. Siendo un hombre de familia y musulmán respetable, se prestó a aparentar ser compañero de fiestas de Nenita y así justificar acompañarla en esos trajines.

Polita ya estaba presa, pero necesitaba un favor del embajador de la RAU: sacar de Cuba una valiosa información, algo muy comprometedor para él. De las 16 mujeres que integraban una misma causa penal, entre las que se encontraban Albertina O'Farrill, Alicia Thomas, Hilda Feo Sarol, Nena Nietze, Estrella Arián y Margot y Julia Calvo, la única que estaba libre era Nenita. Y a ella correspondió introducir en la valija los documentos señalados por Polita: un voluminoso paquete con datos sobre las bases militares que los rusos estaban instalando en Cuba.

Solo las embajadas latinoamericanas eran signatarias del acuerdo de asilo político, por lo que Nenita siguió el consejo de Hibraim y presentando una tarjeta de éste, pidió asilo al encargado de negocios de México, quien a regañadientas le concedió asilo a Nenita, pero no a Pilar, su hija de 11 años, ni a sus ancianos padres, por lo que éstos quedarían como rehenes del gobierno cubano. Nenita rechazó el asilo y regresó a la fiesta de la embajada en el carro diplomático que la había llevado a la gestión con México, le informó a Hibraim y en el mismo auto se fue a su residencia de entonces, la casa de su hermana, a la entrada de Guanabacoa, en las afueras de La Habana, a esperar lo peor. Su residencia, una finca de su propiedad, había sido tomada 'revolucionariamente' por huestes castristas y a punta de ametralladora, Nenita y su hija fueron expulsadas.

Cuando llegó, su hija Pilar, Piluca, la estaba esperando y aprovechó para alertarla sobre lo que podría suceder. Con una inusual madurez para sus 11 años, la niña compartió el sentir de su madre, diciéndole que si ése era el precio a pagar por su amor a Cuba, estaba bien pagado. A la una de la madrugada, poco después de dormirse Piluca, los ocupantes del automóvil que últimamente la venía siguiendo a todas partes, rodearon la vivienda y la arrestaron en bata y zapatillas de casa, sin dejarla vestirse.

Neninta fue llevada a la tenebrosa Villa Marista, donde permaneció incomunicada más de cuatro meses. Allí la recibió Carlos Muñoz Antón, quien se identificó como jefe de la Seguridad del Estado y constantemente le llamaba Nenita Caramés. Ante sus reiteradas negativas de culpabilidad, le mostró un voluminosos dossier contentivo de sus actividades contrarrevolucionarias y de presuntas denuncias hechas por otras presas.

"Me llevaron para la celda 82, una celda de castigo. Allí me encuentro con Albertina O'Farrill. Ella llevaba presa desde el mes de abril y lo que me encontré fue un ser enloquecido, pero logra hacerme señas para que no la reconozca, porque entre aquellas mujeres había algunas situadas por el gobierno para delatarnos. En un momento, cuando estuve sola y coincidió que llevaban a Albertina para el hospital, ella me dice que diga la verdad, pues lo saben todo y si me encerraba en el no, me iban a hacer sufrir mucho. Y me dejó unas pastillas, pues muchas noches no me iban a dejar dormir. Por el crítico estado de sus nervios, la presión alta y trastornos circulatorios que le tenían amoratado todo el cuerpo, le daban esas pastillas, que ella no se tomaba y las iba acumulando.

"A la celda 82 no se le ve el piso ni el techo ni las paredes, a pesar de una mortecina lucecita amarillenta. Había una cama, pero la sacaron al entrar yo y me dejaron en el apestoso suelo raso con una lata de chorizos para hacer mis necesidades. El aire helado acrecentaba el hedor que despedía aquella lata inmunda y cuando estaba congelándome de frío, me cambiaban a un asfixiante aire caliente. En el primer interrogatorio se centraron en Caramés, mi esposo. Pero pronto comenzaron a indagar sobre mi ayuda a Polita.

"Y frente a mi rotunda negativa, la evidencia clara: miles de niños ya estaban fuera Cuba por nuestras actividades. No tuve otra alternativa que admitir lo obvio. Y surge la pregunta que realmente temía. Yo había escondido en mi casa a tres de la CIA, entre ellos Margarita Carrillo, una valerosa joven, sobrina de Justico Carrillo y muy perseguida por las autoridades. Cuando me preguntan por Margarita, lo niego enfáticamente y me lo creen, pero cuando me preguntan por Israel Padilla, un hombre mayor y enfermo, la cosa cambia. Resulta que cuando yo saco a Padilla de mi casa, para entregarlo a los que lo iban a asilar, éstos eran de la Seguridad del Estado. Padilla desaparece por nueve meses y nosotros lo creíamos ya en Estados Unidos, cuando en realidad estaba preso, acabaron con el pobre hombre.

"Mientras más me preguntaban por él, más feroz era mi negativa. Mi temor era que mi confesión arrastrara a mis padres. Hasta que me traen a una muchacha que me acompañó a llevar a Israel y a quien no quiero inculpar, pero como la cogieron antes que a mí y me creía presa, lo contó todo. Al confrontarnos frente a los de la Seguridad, ella me dice: 'Mira, Nenita, di la verdad, fíjate cómo estás de destruida, te van a seguir maltratando'. Era cierto, yo estaba como una loca, en un estado terrible. No comía, no dormía, me sacaban a distintas horas, de noche, madrugada, me pasaban de una oscuridad total a una luz cegadora, del frío al calor, los portazos de metal, aquellos gritos, alaridos de hombres que estaban siendo torturados... A mí no me torturaron físicamente, pero hubiera sido mejor que aquel maltrato sicológico que no me abandonaría jamás.

"Al oir el absurdo razonamiento de esa muchacha, hasta entonces mi compañera de esfuerzos, salté sobre ella llena de furia, ajena a mi proceder de siempre. Cuando me reintegran a la celda, no puedo razonar, estoy completamente enajenada. Oigo toser y creo que es mi papá, estoy fuera de control. Saco las pastillas que me dio Albertina, que eran cuarenta y como no tengo agua, me las tomo con los orines acumulados en la lata".

Casi moribunda, Nenita fue llevada al hospital y tras varios lavados de estómago, logran salvarle la vida. Traen a su hija y a la niña le dicen: 'Mira tu madre, lo religiosa que es y lo que ha hecho'. Pero la niña, en vez de recriminarla, se enfrenta a sus carceleros y valientemente los increpa: 'Comunistas, me han matado a mi madre' .

"Voy a contar algo que con excepción de Polita y Albertina nadie sabe. Y mi hija Piluca lo conocerá por este libro. Ya habían logrado destruirme, mi cabeza no funcionaba bien. Ahora tengo 63 años y estoy mayor, pero cuando era joven era bonita. Cuando salí del hospital, con la amenaza de que van a enviar para Rusia a mi hija y encarcelar a mis padres, el jefe de la Seguridad del Estado, Carlos Muñoz Antón, me hace una proposición: 'Mira, si tu haces ver que vas a trabajar para nosotros, te saco de aquí, no te voy a decir por qué lo voy a hacer hasta que estés fuera'. Cómo iba a creerle a aquel hombre lo que me decía? Pero me estaba diciendo la verdad. Mi reacción fue histérica: 'Nunca, ni muerta'. Me dijo que había un superior que odiaba a mi marido y estaba empeñado en destruirme a mí y a mi familia, en especial a mi hija. 'Así que tu tienes que cooperar y hacer el papel, te doy mi palabra'.

"Pero yo no le creía. Entonces vino a verme un día, traía un enorme brillante, que pensé se lo habría robado de casa de los Grau, y me dijo: 'Toma, sé que vas a salir de aquí, déjame ayudarte'. Me lo puso en la mano y con un gesto brusco lo rechacé. Estaba extremadamente nervioso y me repetía: 'Nenita, ayúdame, di que sí, no tienes que delatar a nadie ni hacer más nada'. Pero yo era un guiñapo humano, estaba como loca, no me dejaban ver a mi hija. Exhausta, le dije: 'Está bien, está bien'. Él siempre venía con uniforme militar y ese día venía con una guayabera arrugada, mal vestido. De pronto, me agarró las manos y apretándomelas me dijo: 'Toma el brillante, tu sabes donde ponértelo', insinuándome cómo podía esconderlo. Lo tiré y me puse de pie, me asustó su brusquedad. Entonces, halándome hacia él me dijo: 'No seas bruta, chica, no te das cuenta de que te quiero ayudar, de que te quiero sacar de aquí, de que veo cómo te quieren destruir'.

"Cuando él me tiene las manos agarradas entre las suyas, abren la puerta y aparecen dos jefes de la Seguridad del Estado y suavemente cierran la puerta. Al día siguiente se lo llevaron preso. Fue entonces que comprendí que él de verdad quería ayudarme. Durante meses, dijeron que a Muñoz lo habían desaparecido, que lo habían fusilado. Pero el que era su chofer, a quien también habían expulsado de la Seguridad junto con otros leales a Muñoz, manejaba uno de los taxis que llevaban a los familiares de los presos a las prisiones. Un tiempo después, ese chofer le alquiló a Mary Grau, prima de Polita, para una visita a sus hermanos. Al identificarla, comentó: 'Oiga, mire que esos Grau dieron quehacer en la Seguridad del Estado. Yo era chofer de Carlos Muñoz, el jefe de la Seguridad, que ahora está condenado a un montón de años porque se enamoró de unas de las muchachas de la causa de Pola Grau, una trigueña muy bonita, creo que de apellido Caramés'.

"Yo no creo que estuviera enamorado de mí, si no que a pesar de ser comunista de la vieja guardia, sentía admiración por Caramés, mi marido, porque me hablaba de él con simpatía. A todas las presas las entrevistaban tres o cuatro tenientes, a mí solo me entrevistaba él".

Tras la desaparición de Muñoz, a Nenita la trasladaron para la cárcel de Guanajay, construida para las presas comunes bajo la presidencia del Dr. Ramón Grau San Martín. Allí, perdida la noción del tiempo, tras meses sin poder asearse, con escasa alimentación, transcurrieron 18 meses sin que le celebraran juicio. Al desnudarla en Guanajay, para darle el uniforme de presa, encontraron una sucia sayita interior amarilla, que llevaban algunas mujeres en Cuba, cumpliendo promesas hechas a la Virgen de la Caridad del Cobre. Al querer quitársela, aludiendo que la harapienta prenda era un ritual de santería, Nenita lo nega y defiende la sayita con todas sus fuerzas, teniendo así su primera confrontación en Guanajay.

Ya en la cárcel, reconoció a varias encarceladas, pero no vio a su comadre, Polita Grau, de quien la mantuvieron aislada. Encontró a Bertha Machado, hija del ex presidente Machado, a una monja llamada Aida Pérez, que moriría en prisión, por falta de atención médica y a un grupo de santiagueras encausadas por salida ilegal del país y que entonces no les decían balseras, si no lancheras. También vio a Albertina O'Farrill, a quien para atormentarla aún más, en Villa Marista le dijeron 'Nenita se suicidó con las pastillas que tu le diste'. Ahora, las dos estaban con 85 mujeres hacinadas en una habitación inmunda, compartiendo moscas, basura y una inaguantable fetidez.

"A los tres días de estar en Guanajay, me llevaron a un grupo de militares y me situaron bajo unas luces muy fuertes. Me dieron disculpas por el comportamiento 'reprobable' de Muñoz y aproveché para reclamar la salida de mi hija del país, permiso que le seguían negando. Mi angustia no tenía fin, pensando en mis padres y mi hija, especialmente la niña con el asma y sin medicinas. Una tarde, sentada en el huerto de la cárcel donde trabajábamos, vi una cosita que brillaba, semienterrada en la tierra. Era una medallita de La Milagrosa, a quien yo le había encomendado a Piluca. Cuando me incorporaba de recogerla, las muchachitas gritan desde el fondo del huerto: 'Nenita, arrodíllate'. Y veo con asombro que habían sacado de la capillita un óleo de La Milagrosa. Rompo a llorar y le imploro a la virgen que proteja a mi hija y la ayude a salir de Cuba.

"A Polita le daban visita en un cuartico fuera del penal, pero nosotras podíamos ver de lejos el autómovil del Dr. Grau y a veces el chofer nos saludaba con la mano. Esa vez, me hacía señas con insistencia. Con mucho disimulo, logro acercarme y por el movimiento de sus labios, descubro que me está diciendo 'Piluca se fue'. La alegría fue general. Cuando regresé a mi celda y salí de la euforia, grité Pilucaaaaa! De un salto, alcancé y me aferré a los barrotes de una ventanita que quedaba en lo alto y por donde se veía el cielo, mientras seguía gritando el nombre de mi hija. Una enfermera logró zafarme de allí. Estaba destrozada, pero mi hija ya era libre".

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