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viernes, 24 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (XII) Albertina O'Farrill



Albertina O'Farrill

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Alberto O'Farrill y Álvarez, abogado y notario, era poseedor del último mayorazgo que ostentó su padre como descendiente del rey de Irlanda. Con la fortuna familiar en ruinas tras la guerra de independencia, se dio a la tarea de trabajar y propiciarle estudios a sus cinco hermanos. Alberto y su primo Miguel Ángel de la Campa, diplomático de carrera, establecieron su propio bufete. Eventualmente trabajaron en la Liga de las Naciones y juntos firmaron el Tratado de Paz de la Primera Guerra Mundial.

Toda la familia regresó a Cuba para el nacimiento de la primogénita, Albertina O'Farrill. Además de una esmerada educación en Cuba y Estados Unidos, Albertina creció en un ambiente refinado y culto, como una señorita de la alta sociedad que era. Nadie entonces hubiera imaginado que sus viajes y relaciones a niveles monárquicos y diplomáticos, un día servirían para salvarle la vida a cubanos ricos y pobres, en particular a miles de niños.

Cuando Fidel Castro toma el poder, en enero de 1959, Albertina era la secretaria particular del entonces ministro de Defensa, su tío y padrino, Miguel Ángel de la Campa. Había trabajo con él en el Ministerio de Estado y viajado a eventos oficiales en varios países, entre ellos México, donde vivió cuatro años y ayudó activamente a los franceses libres durante la Segunda Guerra Mundial. A su regreso a Cuba, contrajo matrimonio con el joven médico Rafael Montoro y continúa una intensa vida colmada de actividades sociales y obras benéficas, pero su trayectoria anterior y su carácter inquieto la mantienen al tanto de la política de Fidel Castro.

Un ex presidente colombiano y amigos diplomáticos, le cuentan detalles de hechos de sangre relacionados con Fidel Castro, como su participación en el Bogotazo, el asesinato del líder estudiantil Manolo Castro y el asalto al cuartel Moncada, entre otros. En sus frecuentes viajes a Washington, se reúne con grupos de cubanos y americanos, alertando del peligro que representaba Fidel Castro, tanto para Cuba como para Estados Unidos. Los rosarios colgados en los cuellos de los barbudos de la Sierra Maestra no la engañarían. No obstante y a pesar del éxodo masivo de cubanos, Albertina decide permanecer en Cuba con su madre y sus tres hijos. Las amistades enraizadas a lo largo de su existencia, en su país y en el exterior, servirían ahora para salvar vidas.

Los excesos cometidos por los líderes de aquella revolución "más verde que las palmas", teñían con sangre cárceles, calles y campos. Su esposo permanecía como embajador de Cuba en Holanda, pero la distancia termina por destruir el matrimonio. Asesorada por amigos y sacerdotes, con su corazón desgarrado, Albertina accede a poner a sus hijos a salvo, enviándolos a vivir con su padre y su nueva esposa, Katherine Caragol, mujer de extraordinarias cualidades humanas, quien se convirtió en comprensiva madre para sus tres hijos. Mientras, en la Isla, Albertina protegía a los hijos de otras madres y sus amigos diplomáticos cuidaban de ella, cada vez más involucrada en la contrarrevolución.

Desde el mismo 1 de enero de 1959, comenzó a exiliar niños clandestinamente en la operación iniciada por Pancho Finlay y su esposa Bertha de la Portilla y que luego, bajo el nombre de Pedro Pan, continuarían de forma más estructurada Polita y Mongo Grau. Gracias a embajadores de Suiza, Bélgica, Brasil y Holanda y al encargado de negocios de España, que entonces no tenía embajador, y otros diplomáticos occidentales, pudo interceder y salvar las vidas de muchos condenados al fusilamiento. Por medio del embajador de México logró que a los hermanos Grau Sierra les fuera conmutada la pena de muerte por una sentencia de 30 años.

Un antiguo pretendiente, José Enrique Cucú Bringuier, recién salido de prisión, visita a Albertina para llevarle recados de su primo preso, el abogado y diplomático Andrés Vargas Gómez, nieto del generalísimo Máximo Gómez. Tambien le lleva peticiones de ayuda de varios presos para salir del país. Albertina lleva a Bringuier a varias embajadas y a la nunciatura papal. Reverdece aquel primer amor adolescente y contraen matrimonio.

"En 1964 comienzan a caer los nuestros. Agarran a José Luis Pelleyá, Alberto Belt, Polita Grau y Magocita Calvo. Mis amigos me aconsejaban asilarme, pero traté de seguir siendo útil en la calle. El 27 de abril de 1965 caigo presa y me celebran juicio dos años más tarde, algo inaudito. Como no confieso nada, no acepto los delitos que me quieren imputar y al no poder probarme nada, me condenan 'por convicción', un crimen peor que atentar contra la vida de Fidel. Me tuvieron seis meses en la Seguridad del Estado y año y medio en la cárcel de Guanajay. El mes y medio que me tuvieron incomunicada en la Seguridad fue algo espantoso.

"Sin saber cuándo era de día o de noche, me decían que mi padre estaba preso, que mi esposo había sido fusilado, que iban a atentar contra mis hijos en Miami... Cuando me sacaban de allí para interrogatorios, parecía una loca, llevaba semanas sin bañarme, sin peinarme con los pelos parados, llena de morados en todo el cuerpo porque no eliminaba líquidos. Me llevaban al piso de los hombres donde todos los inodoros estaban tupidos para que orinara cuando no tenía deseos y viceversa. A veces orinaba, pero no podía dar de cuerpo. Contraje hepatitis, uno de los guardias me decía que me iba a pudrir, que me estaba muriendo. El único que me ayudó fue un médico de la Seguridad del Estado de apellido Márquez. Pero no lograron que hablara ni delatara a nadie.

"Mis carceleros sentían un odio visceral contra lo que ellos llamaban 'mi clase', pero poco a poco fueron dándose cuenta de que habían sido engañados. Tras 12 años de conducta intachable en la cárcel y dos más en arresto domiciliario, sin ceder a presiones, aprendieron a respetarme. Y cuando salí, yo que hablaba hasta por los codos, había aprendido a ver, oír y callar. A no compartir la causa de Cuba con quienes no la amaban, no la entendían o no la querían entender".

El confinamiento a que estuvo sometido Albertina O'Farrill durante dos años la afectó mucho. El aislamiento, la falta de higiene y atención médica y la pésima alimentación, dejarían una huella indeleble en su salud, Durante su encarcelamiento comió harina con gusanos y gorgojos, padeció glaucoma, hipertensión, envenenamiento de la sangre y un coma hepático, entre otras enfermedades. De embajadora a presa política, libro autobiográfico que recoge en detalle su extraordinaria trayectoria, es un documentado testimonio.

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