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jueves, 26 de mayo de 2011

Periodista, nada más (XIV) - Oswaldo vivió poco y escribió mucho


Por Tania Quintero

Ni Aparicio da Silva ni Sergio Grandi vivieron hasta ver el gran desarrollo global de la informática y en el cual Brasil, pese a sus enormes contradicciones sociales, figura con destaque debido al avance de sus telecomunicaciones desde la época de las dictaduras militares en la década 1970-80.

Mis amigos se fueron un poco antes. Los restos de Aparicio descansan en Sao Paulo, su ciudad natal, y las cenizas de Sergio fueron esparcidas en la Italia de sus orígenes. ¡Que Dios los tenga en la gloria!

También a Dios le pido -no soy creyente, ni siquiera estoy bautizada- tener en un buen sitio a Oswaldo Franca Jr., exmilitar y escritor de Belo Horizonte, Minas Gerais. Oswaldo fue igualmente un gran amigo, falleció a los 53 años, el 10 de junio de 1989 en un accidente de tránsito en Brasil.

A Oswaldo lo conocí cuando vino como jurado del Premio Casa de las Américas, en 1984. Ese año hubo concurso en lengua portuguesa. Vinieron también Thiago de Mello y Frei Beto, entre otros conocidos. Se hospedaron en el Riviera, emblemático hotel habanero construido a finales de la década de los 50.

Un sábado por la tarde salimos a caminar por el Vedado. Iban Oswaldo y tres o cuatro brasileños más. En eso me acordé de los encuentros sabatinos en la residencia de Kuhn, el embajador de Holanda, tipo chévere y hospitalario. Andábamos cerca y nos dirigimos a su mansión, en la calle 2 entre 17 y 19.

La casa de Kuhn era sitio obligado de artistas e intelectuales. Los sábados abría el portón y entraba todo el que quería. Esplendidez así no se ha vuelto a ver en La Habana. Ese sábado la pasamos estupendo.

A los brasileños les presenté al padre del Che y a su joven esposa, Ana María. No recuerdo si esa tarde, de las tres veces que fui a casa de Kuhn, coincidí con el escritor Miguel Barnet, el actor Mario Balmaseda, la teatrista Miriam Lezcano, el poeta Pablo Armando Fernández y el ensayista José Prats Sariol y su esposa Maruchi, algunos de los intelectuales cubanos amigos del campechano diplomático holandés.

Del centenar de discos brasileños que llegué a tener -y que en 1993, con la despenalización del dólar y la dureza del "período especial" por 39 dólares vendí la colección completa- el único que una vez se perdió fue en casa de Kuhn. Era de María Bethania. Según supe después, la ex-esposa del embajador se enamoró del disco y se lo llevó, así, descaradamente.

No me gustan las bebidas alcohólicas. Tampoco la cerveza, por su sabor amargo y las ganas de orinar que da. La cerveza de los alemanes y de los checos goza de fama, también la Miller de los americanos, pero creo que la Heineken se lleva el palmarés. Y si algo había los sábados en casa del embajador de Holanda, eran cajas con latas de Heineken. Gratis, todas las que pudieras tomar, para acompañar la comida, típica cubana. Si alguien se jalaba nunca lo supe, porque no esperaba que me cogiera la noche, dependía de las guaguas. En este caso de la ruta 37, cuya parada quedaba cuatro cuadras más abajo, en Línea y 2.

De su estancia en Cuba, Oswaldo França Jr. escribió Recordações de Amar en Cuba, y en un capítulo me menciona. Pero su novela más conocida es Jorge, un brasileño, convertida después en un serial televisivo al que denominaron Carga pesada. Después de su muerte se afianzó mi amistad con su novia, Cristina Agostinho, también escritora de Minas Gerais.

En 1995, Cristina decidió hacer un libro sobre Haydée Santamaría Cuadrado, de cuya vida había quedado prendada en su primer viaje a Cuba. Ya ella había incursionado en la literatura infantil y había publicado Luz de Fuego, una famosa vedette brasileña.

Cristina me pidió colaboración para su libro cubano. Por primera vez me pagaron un buen salario: 150 dólares. En total transcribí veintiún casetes con una docena de entrevistas realizadas en La Habana y Encrucijada, Las Villas, lugar de nacimiento de Haydée.

De todas las entrevistas (Melba Hernández, Silvio Rodríguez, Marta Rojas y Lesbia Vent Dumois, entre otras) las más sobrecogedoras fueron las de Livia, señora que laboró al servicio de Haydée hasta su suicidio; la de Mayeya, empleada de la Casa de las Américas, y la de Celia María, su hija. Es una lástima que Cristina no haya publicado el libro todavía.

Yeyé, como le decían a Haydée, fue sacada de circulación cuando en 1980 se pegó un tiro. Ni siquiera permitieron que la velaran en la Casa de las Américas. Su cadáver fue expuesto en la funeraria Rivero, en Calzada y K, como si se tratase de una vecina más del Vedado, aunque ella vivía en Playa, municipio donde no había ninguna funeraria de similar caché (presencia).

Caché que ya no es tal: como el resto de las funerarias cubanas, la Rivero no es la sombra de lo que fue. En todo caso lo que tiene -o tenía- un piso mejor conservado para determinadas personalidades, las cuales, por cierto, también pueden disponer de un féretro de buena madera y no las endebles y horribles cajas de pino, mal forradas con tela gris y adornos baratos de aluminio, fabricadas por montones para la inmensa mayoría de los cubanos mortales.

A Haydée la rehabilitaron a fines de 2002. El pretexto fueron los 80 años que hubiera cumplido si no se hubiera suicidado veintidós años atrás. Me tomé el trabajo de recortar las loas a la “inolvidable combatiente” aparecidas en Granma, Juventud Rebelde y Trabajadores. Por correo le envié los recortes a Cristina, entre ellos uno de la revista Mujeres, donde se puede ver a una Yeyé cuarentona.

La foto de la revista Mujeres es en blanco y negro sobre fondo rojo. Aparece con un sencillo vestido estampado. Lleva pelo corto y en su rostro la expresión dulce y apacible que no tuvo en vida depués del martirio del Moncada, donde perdió a dos de sus seres más queridos: su hermano Abel Santamaría y su novio Boris Luís Santa Coloma. A la altura de su hombro izquierdo, estas palabras: “El nombre deYeyé está indisolublemente unido al prestigio de la Revolución. Fidel Castro”.

Si eso es cierto, ¿por qué la engavetaron y se olvidaron de ella tantos años? Cuando en unión de Cristina visité su tumba en el Cementerio de Colón, una mañana de 1995, me indignó tener que colocarle unas flores ante un número en el Panteón de las Fuerzas Armadas. En dicho Panteón, no sé por qué, las lápidas no están identificadas: aparecen numeradas, como si de reses se tratara. Dentro de los nichos se encuentran los huesos de la flor y nata de la revolución. Los “traidores” son enterrados en tumbas anónimas, reconocibles sólo por familiares y sepultureros.

El 27 de diciembre de 2002, en la primera página de Granma salió una foto de cuando los restos de Haydée fueron depositados en el Panteón de los Mártires del Cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba. Quedaron junto a 38 combatientes de la aventura del 26 de julio de 1953. “A la historia de la ciudad héroe le han nacido nuevas raíces”, rezaba el titular.

A propósito, sigue siendo un misterio el día exacto en que Yeyé se mató. El régimen no ha reconocido que fue el 26 de julio de 1980. En lo archivos del Cementerio de Colón consta la fecha de su entierro: 28.7.80. No quiero extenderme más en una tema cuya exclusividad pertenece a mi amiga Cristina Agostinho.

Solamente añadir que el gobierno cubano se ha “especializado” en desenterrar y hacer suyos muertos que una vez le resultaron molestos, como Haydée Santamaría. O Virgilio Piñeira, José Lezama Lima, Dulce María Loynaz y Severo Sarduy, entre otros conflictivos hoy “recordados y homenajeados”. Puede que pronto añadan a dos de los más rebeldes, Reynaldo Arenas y Guillermo Cabrera Infante.

Mañana: Ananke

Foto: Libros publicados por Oswaldo França Jr.

Leer también: Crónica de vida y muerte.

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