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domingo, 29 de agosto de 2010

María Luisa Gómez Mena. Una mecenas a la que hay que reivindicar (III)

Por José Ramón Alonso Lorea
Siguiendo principalmente a James Valender a partir de ahora, en su biografía de Manuel Altolaguirre, reconstruimos los últimos quince años de María Luisa. Durante los meses iniciales de 1944, María Luisa y Manuel Altolaguirre habían mantenido una frecuente relación epistolar, incluso el poeta le pide que le escriba a su lugar de trabajo y no a su casa.
Según Valender, “aunque alegaba diversas razones de orden práctico, se ve que el malagueño quería evitar así que su esposa se enterara de esta correspondencia”. Finalmente, ya separada de Carreño, María Luisa se encuentra en México con el poeta español, y juntos se van a vivir a Taxco, un pueblo del estado de Guerrero, y después a Tepoztlán, en Cuernavaca.
Por una serie de cartas de Altolaguirre fechadas entre el 30 de junio y la primera quincena de julio, sabemos que María Luisa está nuevamente en la capital cubana para estas fechas. Según nos cuenta el poeta español en una carta del 2 de julio, recibió de manos de Alfonso Reyes el primer número del Litoral Mexicano (julio de 1944), donde publicó tres poemas dedicados a ella: “Sigo en mi sombra, pero salen de ella”, “El ciego amor no sabe de distancias” y “Tiene mi amor la forma de tu vida”, son “tus poemas”, le asegura el poeta, “los que te escribí antes de Taxco, en Taxco y después de Taxco”.
De la publicación de este Litoral Mexicano dice Altolaguirre alegrarse mucho, “y eso que no salió el dibujo de Federico García Lorca con tu nombre, porque los colores hacían muy cara la impresión”. Nada sabemos de este dibujo de García Lorca con el nombre de María Luisa. Según Valender, “de este dibujo de Lorca no hay mención en el catálogo de la obra pictórica del granadino que editara Mario Hernández (Federico García Lorca, Dibujos, Madrid…, 1987); tampoco se conoce su paradero actual (si es que el dibujo se conserva todavía)”. En una siguiente carta del 3 de julio le envía “Romance”, ese poema, le dice el poeta, “te lo escribí a ti”. Entonces María Luisa había sido elevada a la categoría de numen, era la inspiración del poeta.
Una de las cartas de diciembre de 1944 destaca por la siguiente referencia: “Te estoy escribiendo un libro, el de mis recuerdos (…) Mi libro es la manera de contestar tus telegramas. Son muy breves pero me llenan de alegría y me mueven a demostrarte lo mucho que te quiero. La manera de decírtelo es haciendo este libro, una larga carta para ti, hija de esta soledad en que me has dejado”.
Según Valender, el poeta hace “alusión, sin duda, a su decisión de retomar las “Confesiones” que había iniciado en La Habana y a las que después pondría el título de El caballo griego”. Se hace patente con ello el interés de María Luisa porque Altolaguirre se dedique a la escritura. Le escribe el poeta: “Mi libro nuevo avanza. Recibí tu cable. Ahora cuando me dices que eres feliz porque lo escribo, temo que no sea tan bueno como tú mereces”.
En enero de 1945 y en México, María Luisa financia la creación de una nueva editorial para Manuel Altolaguirre, la editorial Isla, que tenía, en un taller grande y moderno, su propia imprenta y un equipo de obreros tipográficos. Lo que debió ser una empresa productiva devino en fracaso en manos del poeta. Para decirlo con palabras de Valender, “los recursos que tenía a su disposición Altolaguirre decidió emplearlos para ayudar a los necesitados y no para asegurar la buena marcha de la empresa”, quiso Altolaguirre llevar el taller “como si fuera, no una empresa comercial, sino una sociedad de beneficencia cultural”. Algo parecido ya había ocurrido en la anterior editorial habanera, La Verónica, que María Luisa le había ayudado a crear.
Ante tal caos financiero, y ante la negativa de Altolaguirre de separarse de su familia anterior (según Valender, “con el pretexto de ver a su hija Paloma, visitaba la casa de Concha Méndez todas las veces que podía; y desde luego, seguía preocupándose por el bienestar y la manutención de ambas. Para Gómez Mena, que había abandonado a su hijo en La Habana para estar con el poeta malagueño en México, esta actitud era inaceptable”), María Luisa decide regresar a La Habana en febrero de 1946. Dos meses después resuelve cerrar la nueva editorial ante los graves problemas económicos que generó su mala gestión.
Durante estos dos años María Luisa conoce y acrecienta una entrañable amistad con el intelectual español refugiado en México, José Moreno Villa. El pintor y escritor frecuenta la casa que ella comparte con Altolaguirre, publica dos libros sobre folklore infantil en la editorial Isla, pinta un retrato de María Luisa en 1945, visita con ella La Habana, mantienen una relación epistolar cuando ella decide regresar a la capital cubana, y es Moreno Villa quien escribe la novela interrumpida sobre los amores de María Luisa y Altolaguirre.
Ya en La Habana, y separada de Altolaguirre, María Luisa, y para decirlo con palabras de Valender, “desde el primer momento y durante meses, fue bombardeada con cartas de su amante, en las que éste juraba y perjuraba que cambiaría su forma de vida, que se divorciaría de su primera mujer, que se dedicaría con más seriedad a su propia carrera literaria (tal y como ella quería que lo hiciese)”.
En las cartas, en un juego romántico de palabras y retruécanos literarios de intención galante y recuperación amorosa, Altolaguirre dedica toda su obra literaria a María Luisa. En carta de enero-febrero de 1946, le asegura: “Debes saber que nunca he estado en una disposición mejor para escribir, que a todas horas se me ocurren cosas (…) que tal vez sean la base de una obra poética (…) Mi obra futura, pública y privadamente, te será dedicada por entero”. En carta de marzo de 1946 le asegura: “No te lo digo por quejarme sino como disculpa por no haber seguido la novela, ese libro que con tanto cariño me pides que continúe y publique”.
En carta del 27 de marzo insiste: “Mi libro, el que te dedico (la novela), que es tuya, tuya, reunió todas sus palabras en una sola. Y es tu nombre. En tu nombre está toda mi vida”. Dice en otra del 29 de abril: “Todos los días escribo algo (poesía y teatro ahora) y lo hago para ti, porque no tengo otro aliento que el que me viene con tu recuerdo”. Y en mayo confirma la relación conceptual de María Luisa tras su obra: “Todo lo que escribo está lleno de mi vida a tu lado (…) Todo lo que escribo lo veo nacer de aquella isla de felicidad que fue mi vida contigo. La obra del escritor no se produce en el momento de trasladar al papel sus invenciones, sino en los años en que enriquece su espíritu.”
Después de intercambiar unas duras palabras, ambos dejan de escribirse. Pocos datos tenemos de esta estancia de más de dos años de María Luisa en La Habana. Parece que sufrió algún tipo de internamiento médico.
Sin embargo, a pesar de esta separación, y luego de la ulterior reconciliación de los dos amantes, se mantiene esa encendida dedicatoria de Altolaguirre a María Luisa, como en un acto de entrega absoluta, eterna, y le escribe en 1952: “Escribí un poema, pero no para ti, sí sobre nosotros. Un poema extraño, en que me acerco mucho a las últimas verdades, esas que todavía no son mías, las verdades eternas. Mi encuentro con ellas me estremece (…) Mejor hubiera sido copiarte el poema y no explicártelo, pero el poema cuando se publique será de todo el mundo, tuyo también, y esta explicación es sólo tuya (…)”.
En julio de 1948 regresa nuevamente a México. Reanuda su relación sentimental con Altolaguirre y comparten vida y trabajo durante los próximos once años. Estabilizada la relación, hacen reiterados viajes a La Habana. En 1950 María Luisa crea Producciones Isla, una productora cinematográfica que comparte con el poeta español. En México, en una primera etapa, son responsables de seis películas: Yo quiero ser tonta (1950), El puerto de lossiete vicios (1951), Subida al cielo (1952), Prisionera del recuerdo (1952), Misericordia (1953) y Legítima defensa (1953).
Al parecer, a consecuencia del entonces blindaje de la industria del cine mexicano que hizo prácticamente imposible esta labor por extranjeros en suelo azteca, María Luisa y Altolaguirre deciden irse a vivir a Cuba. Allí, entre 1953 y 1954 tratan de filmar tres nuevos proyectos: Los inmigrantes, Golpe de suerte y Cuando baila Trinidad (Leyenda musical de Cuba). La primera película se malogró durante el proceso de edición; la segunda película, que escribieron entre los dos y en la que María Luisa, incluso, se atreve a actuar, ni los propios críticos están seguros de si llegó a exhibirse; y la tercera, que hubiera sido un magnífico material etnográfico dado que era “un documental sobre los ritos, costumbres y música de los negros en Cuba”, quedó inconclusa luego de filmar 18 rollos.
Finalmente, de vuelta a México, se materializa un tercer momento de Producciones Isla con otras cuatro películas: El condenado por desconfiado (1955), La muñeca negra (1956), El cantar de los cantares (1958) y Vuelta al paraíso (1959).
Salvo Subida al cielo, de 1952 y dirigida por Luís Buñuel, una película que se presentó en el Festival de Cannes, que obtuvo en París el Premio de la Crítica a la mejor película de vanguardia de aquel año y cuyo guión le valió a Altolaguirre el “Águila de Plata” otorgado por la Asociación de Periodistas Cinematográficos Mexicanos, en general, la productora cinematográfica no tuvo un currículo feliz, ni en lo artístico ni en lo comercial.
Por un lado, invirtieron en proyectos fallidos, por el otro, se imponía ese constante intento de Altolaguirre por lograr esa cosa que él llamó “cine-poema”, una propuesta muy difícil de conciliar con el concepto de cine como espectáculo y entretenimiento, y que, salvo buenas excepciones, suele llevar a la ruina a cualquier empresa cinematográfica.
La adaptación cinematográfica que de El cantar de los cantares, de Fray Luis de León, quiso realizar Altolaguirre, es el paradigma de este intento. María Luisa parece haber estado conciente de esta situación, pues en carta a su hijo aseguraba, sobre Manuel Altolaguirre, que “no se cura de soñar y la lucha con él es muy difícil (...) él está en la luna, pertenece a otro planeta y yo estoy desgraciadamente en la tierra (...) Subidaal cielo es un poema popular, pero es poesía y mucha gente no es poeta ni sabe ver la belleza plástica y la maravillosa dirección”.
En julio de 1959, y con la redacción de una segunda versión de El cantar de loscantares, María Luisa y Manuel Altolaguirre se presentaron en el Festival de Cine de San Sebastián para proyectar, fuera de concurso, la primera versión de este filme de 1958. Al parecer, el propósito de ambos era el de conseguir financiación para la filmación de esta segunda versión. Después de presentar la película, y de vuelta a Madrid, cerca de Burgo, el coche en el que viajaban volcó, muriendo María Luisa en el acto, tres días después Altolaguirre.
Con 52 años, María Luisa Gómez Mena fue sepultada en la Sacramental de San Justo, la más literaria de las necrópolis madrileñas (justo es recordarlo en honor a la mecenas que fue), un cementerio asentado sobre el Cerro de las Ánimas, en la ribera sur del Manzanares. Allí, donde yacen Abelardo López de Ayala, el Marqués de Viana, la actriz Rosario Pino y los hermanos Álvarez Quintero, cerca del mausoleo de Campoamor y del panteón de la Asociación de Escritores y Artistas donde yacen Bretón de los Herreros, Espronceda, Gómez de la Serna, Larra, Núñez de Arce y otros. Allí, decía, María Luisa comparte nicho con su poeta español, que supo amarla con el rigor temperamental y apasionado de un romántico, y que la inmortalizó elevándola a la categoría de musa de su producción intelectual. Madrid, diciembre de 2009.
Foto: La Habana, años 40. María Luisa Gómez Mena al lado del cuadro que le hiciera el pintor cubano Mario Carreño, su segundo esposo.

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