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miércoles, 13 de enero de 2010

Crónicas Habaneras (X)


Por Tania Quintero

A la gente no hay que engatusarla con las bondades del chícharo, uno de los granos con más contenido proteico después de las lentejas.

Pero la prensa oficial se ha sentido obligada a "venderle" a los cubanos esas bolitas amarillas o verdes que si no se dejan en remojo hay que darles candela, como el macao.

Es cierto que son más alimenticias que el frijol negro, pero a diferencia de éste, los chícharos necesitan bastante condimento para su preparación, aunque últimamente han comenzado a proliferar las recetas de frituras de chícharos molidos, que por aderezo sólo llevan sal y tres o cuatro dientes de ajo. Sin embargo, aunque el frijol negro está a 18 pesos la libra en el mercado campesino y no requiere demasiada sazón, sigue siendo la legumbre preferida del cubano.

Un buen potaje de chícharos o un puré San Germán, su versión en crema, requiere echarle chorizo, hueso de jamón o una pata de puerco el tocino y el lomo ahumado son verdaderos lujos para la inmensa mayoría de los cubanos hoy.

No se puede decir lo contrario: la gente ha recibido con beneplácito el aumento limitado del racionamiento en los casos de niños y ancianos pero desearía que esa ampliación alimentaria anunciada por Fidel Castro, durante el IV Congreso de los Comités de Defensa de la Revolución no se quedara ahí y abarcara otros renglones como el pan, el café y, por supuesto, el pollo, la carne de res y los derivados del puerco.

El menú básico de los cubanos gira alrededor del arroz con frijoles, pero acompañado de una proteína, si no de origen animal, al menos de una buena ensalada o una vianda (yuca con mojo, boniato hervido o plátanos fritos).

Mientras la población cubana anhela poder desayunar todos los días un vaso de café con leche y comer a menudo bistec, picadillo y vísceras de ganado vacuno, en la isla miles de terneros son sacrificados anualmente por falta de alimentos para desarrollarlos.

Para que no perezcan a los pocos días de nacidos, el doctor Joaquín Plaza Fernández, investigador del Instituto de Ciencia Animal, situado en el interior de La Habana, lleva 22 años estudiando la vida de los terneros, para tratar de salvarlos. Según un reportaje aparecido en el periódico El Habanero, el 22 de septiembre de 1998, "ante las dificultades que impiden el arribo de barcos con las cargas de concentrados específicos para la joven población pecuaria, lo ideal es no dejar prolongar la vida de los pequeños cuadrúpedos para no verlos morir por miles, como ha estado ocurriendo".

Con miras a incrementar un día la misérrima cuota de carne que recibe la población, el doctor Plaza se ha pasado una década buscando una fórmula alimentaria que ayude a crecer a los tiernos animales. A diferencia de los países desarrollados, que los hacen crecer suministrándole leche, este investigador cubano lo viene haciendo con una combinación de torula, harina de maíz, azúcar crudo y una porción de vitaminas y minerales. La mezcla la preparan manualmente y en la actualidad se aplica en siete empresas genéticas de la provincia con buenos resultados.

Si el experimento de Joaquín se pudiera generalizar -entre otros recursos haría falta una fábrica de torula que aportara 6 mil toneladas anuales-, cada año 300 mil terneros se salvarían y 60 millones de litros de leche se podrían aportar a la inadecuada alimentación del criollo.

Y, de paso, el chícharo pasaría a segundo o tercer plano.

(Publicado en Cubafreepress en octubre de 1998).

Foto: Google-Imágenes

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