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lunes, 21 de marzo de 2022

Marbel en La Habana



En septiembre de 1954, la compañía española de aviación Iberia anunciaba por todo lo alto la adquisición de tres grandes y modernas aeronaves “Superconstellation”. Se buscaba reducir el tiempo de vuelo y mejorar la comodidad de las tres líneas que unían la ciudad de Madrid con Buenos Aires, Nueva York y La Habana. Los vuelos a la capital de Cuba ya se habían iniciado en 1949. Su éxito inicial se vio impulsado especialmente a partir de 1953 por la creciente demanda en ambas direcciones y, sobre todo, por las medidas de apoyo económico y desarrollo que llegarían mediante la firma del acuerdo de cooperación bilateral y ayuda entre Estados Unidos y España, conocidos como “Los Pactos de Madrid”.

En una de estas naves con destino a La Habana se subió, en 1954, el modisto español de alta costura Eusebio Roca Oller (1902-1969), conocido como Marbel. Viajaban con él un grupo de maniquíes a sueldo fijo, su equipo de colaboradores de la casa y toda la colección de esa temporada. Cien creaciones que abarcaban los cuatro momentos de representación social del día: trajes de mañana, de tarde, de cóctel y de gala, complementados, por supuesto, por todo un universo de accesorios imprescindibles en la moda femenina, según los parámetros de la etiqueta social de entonces; léase: sombrero, tocado, guantes, bolso e incluso estolas de visón, aunque en La Habana se superasen los treinta grados y rozasen el cien por cien de humedad.

De esta manera, Marbel seguía el ejemplo de la “hoja de ruta” de los modistos más consagrados del momento. Figuras como Christian Dior o Pierre Balmain habían encontrado en la alta sociedad habanera un nutrido y selecto grupo social dispuesto a pagar el alto importe de sus creaciones europeas.

Si bien es cierto que Cuba bebía del influjo socioeconómico de Estados Unidos, en cuestión de estilo, el modelo y la imagen a seguir era la europea; como en el ejemplo del lucimiento de pieles -hiciera o no frío-, donde ya no imperaba el factor de la necesidad frente a las inclemencias propias del frío europeo, sino de la exhibición del fasto estético, la belleza y la ostentación social. Esta traslación de usos y modas se extrapoló también a Nueva York, Boston, San Francisco, Buenos Aires y Río de Janeiro, los enclaves más importantes de la época; donde La Habana figuraba por derecho propio, desde el último tercio del siglo XIX, como una de las ciudades con mayor nivel económico y social de todo el continente americano.

Es cierto que no se puede comparar el desarrollo que había logrado La Habana como capital respecto al resto de la Isla. También es cierto que las élites representaban un porcentaje menor sobre el total de la población del país, pero en el caso de La Habana, además, contaba con un gran “peso” de población perteneciente a la clase media, lo que agilizaba y modernizaba la economía y permitía diferentes escalas de estilo de vida.

Todo esto incidió en que la sociedad habanera de los años 50 vistiera perfectamente a la moda, con gran calidad y variedad, acorde a lo que estuvieran dispuestos a pagar, ya que gozaban de un largo listado de establecimientos de moda y confección, así como de grandes almacenes especializados en alta moda y lujo.

Sobre este aspecto, Norka, la célebre maniquí cubana durante los años 50 y 60, con una larga trayectoria profesional a nivel nacional e internacional, especialmente recordada por ser maniquí en la Maison Dior de París y musa del fotógrafo Alberto Korda, manifestó en 2019 a tenor de que le preguntaran por la importancia de la moda en la sociedad cubana de entonces: “Cuba fue una plaza muy importante para la moda, durante los cincuenta del siglo pasado. Estados Unidos, Cuba, Argentina y México éramos una plaza para la moda en este continente. La cubana y el cubano se vestían muy bien y había de todo en función de las posibilidades económicas”.

Comprender y entender la época quiere decir ver con los ojos de esa época; por tanto, esta afirmación es clave para visualizar el desarrollo al que había llegado Cuba en esa década. No olvidemos que la sociedad media europea, incluidas las grandes capitales, durante el primer lustro de los años 50, todavía se estaba recuperando y reconstruyendo de la destrucción padecida durante la Segunda Guerra Mundial.

Marbel era consciente del poder y el valor que tenía la alta costura entonces: “La alta costura no es una cosa frívola, sino un trabajo creador, una riqueza en marcha, un estímulo y refinamiento social y hasta una atracción de turismo”, afirmaría ante la revista cubana La Mujer, conocedor de la oportunidad que significaba Cuba, no sólo para su crecimiento como modisto, sino para iniciar una consolidación internacional que tenía por objetivo el continente americano.

Así, desembarcaría de nuevo en La Habana en agosto de 1955, con las ideas muy claras y una agenda de clientas habaneras labrada, primeramente, en su Maison de Madrid (Calle Lista N° 25) que operaba desde 1942; ampliada gracias a ese primer viaje que había servido como “toma de contacto” un año antes.

El lujo en La Habana de 1955 caminaba principalmente por las calles Galiano, Reina, San Miguel y el bulevar de San Rafael. Joyerías, perfumerías, peleterías, sastrerías para caballeros, discurrían alrededor de los míticos almacenes El Encanto, que, tras progresivas evoluciones y mejoras, se habían consolidado como uno de los grandes almacenes de alta moda del Caribe. Frente a él, y en clara competencia, se encontraban los Almacenes Fin de Siglo; siguiendo esa encrucijada de calles, aparecía el almacén por departamentos Sánchez Mola.

Todos compartían un fin común: ofrecer la máxima calidad y exclusividad, y apostar -cuando no pelearse- por las firmas europeas mediante adquisición de licencias de venta y reproducción de modelos o compra directa, lo que les permitía atraer no solo a la élite cubana sino también a gran parte de la élite americana y del star system hollywoodense que frecuentaba la Isla, ya fuera por trabajo por placer.

La alta sociedad se dejaba ver en el glamuroso Sugar Bar, enclavado en el penthouse del Hotel Habana Hilton, inaugurado por el propio Conrad Hilton; o en el icónico edificio Focsa, desde cuya desafiante altura -era la segunda construcción en hormigón más alta del mundo en 1956- la élite habanera podía tomar el sol o cerrar un negocio, mientras una orquesta amenizaba las famosas pool parties tan en boga entonces. Solo hay que visualizar los primeros minutos de la película Soy Cuba (1964) para entender cómo era esa dolce vita previa al triunfo de la Revolución en 1959.

Los otros pilares sobre los que discurrían la abundancia eran el Country Club y el Habana Yacht Club. En este último, Marbel presentó en junio su Colección de 1955 ante ochocientas damas cubanas, según datos publicados en la prensa de la época, con gran éxito y eco mediático, a uno y a otro lado del Atlántico. Diez días antes, Christian Dior hacía lo mismo en el Country Club de La Habana. Así de alto era el listón, sobre todo si pensamos que, en la actualidad, las clientas de la alta costura no superan las dos mil personas, entre Europa, América y los Emiratos Árabes. Esto nos da una idea del altísimo nivel y del gran mercado que suponía La Habana, y por qué se desplazaban ex profeso los grandes creadores europeos.

El éxito fluía y se consolidaba para Marbel. En diciembre de ese mismo año, inaugura con una gran recepción su casa de modas en La Habana, en el distinguido barrio de El Vedado. Siguiendo su estela de celebrar por todo lo alto fechas célebres -ya fueran aniversarios, como la gran fiesta en Madrid en 1949 con motivo de sus veinticinco años en el mundo de la moda, o agasajar a sus clientas internacionales a su paso por Madrid, como podía ser María Félix cuando visitaba su atelier madrileño-, la fiesta de inauguración en La Habana fue un rotundo éxito. A ello contribuyó la ayuda, como maestra de ceremonias, de la esposa del ministro de la Marina de Cuba y, por supuesto, contar entre los invitados a lo más granado y selecto de la aristocracia, de la alta burguesía y de la intelectualidad cubana, como la poetisa Dulce María Loynaz (tres años más tarde, Marbel ofrecería un cóctel en su honor en su sede madrileña, a raíz de la visita de la poetisa a la capital española).

Marbel progresaba e invertía en esa Habana de mitad de los 50 y, a su vez, se dejaba influir por ella en sus creaciones: nombres para sus diseños, nuevos colores, tejidos más livianos, predominio de colores claros, amalgama de verdes “hasta veinte tonos de verde traigo de La Habana”, declaraba en la revista Textil, “trayendo de cabeza” a los fabricantes de telas que buscaban tintes en exclusiva para él, del mismo modo que un pintor juega e innova con los pigmentos a la caza de un nuevo matiz en el color que acentúe su expresividad.

Sin embargo, los sueños que Marbel imaginó y diseñó para vestir con nuevas y elaboradas creaciones a esa excelsa clientela tuvieron una vida corta. Cuatro años más tarde todo se diluyó en un despertar amargo. El triunfo de la Revolución supuso no solo el cierre precipitado y doloroso de su casa de modas de La Habana, sino que la gran inversión realizada arrastró a su otra casa de modas en Madrid, llevándolo casi a la quiebra y cobrando parte de su salud.

Su sobrino, José María Castells (Marbel Junior), quien había vivido de adolescente, junto a su madre y a su tío, ese periplo de casi un lustro en La Habana, volvía a Madrid y se ponía al frente del negocio. Habían perdido La Habana, pero debían rescatar de la ruina lastrada la Casa de la calle Lista 25, en el madrileño barrio de Salamanca. A pesar de que supo hacerle frente con trabajo, tesón y creatividad, ya nada volvería a ser igual.

Lydia García*
Hypermedia Magazine, 12 de diciembre de 2021.

Foto: Marbel leyendo las reseñas sobre la inauguración de su casa de modas en La Habana en 1955. Tomada de Hypermedia Magazine.

* Este artículo, así como los datos y nombres aportados, nacen gracias a la documentación propia recopilada alrededor de la moda y la sociedad cubana prerrevolucionaria que forman parte del archivo documental de la Colección López-Trabado, con el objetivo de arrojar luz e información sobre la cultura, el estilo y el modo de vida de la sociedad cubana dentro de ese puzzle vital que ha sido el siglo XX.

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