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lunes, 6 de julio de 2020

Nunca he sido militante de ningún partido


El lunes 18 de mayo de 2020, le envié a Carlos Alberto Montaner un correo donde en asunto puse: En ese potaje de la Primera Internacional Progresista parece que no está Cuba metida, y sin más comentario, puse el link. Ese mismo día me respondió: "Gracias, Tania. El problema es que Cuba les contamina la apariencia. Gracias por enviármelo. Esta semana escribiré sobre el tema. CA".

Con el título El 'yeyo' de Fidel Castro, salió públicado en varios medios, entre ellos El Independiente. No solo me mencionó a mí, también a mi hijo, el periodista independiente Iván García Quintero, lo cual le agradezco. Pero puso que en mi juventud pertenecí al Partido. Es difícil de creer, porque en Cuba trabajé en organismos políticos; pero yo nunca fui militante, ni de la Unión de Jóvenes Comunistas, ni del Partido Comunista de Cuba (PCC) ni del antiguo Partido Socialista Popular (PSP). Tampoco de la Juventud Socialista, la organización juvenil del PSP.

Cuando en agosto de 1959, comencé a trabajar como mecanógrafa en el Comité Nacional del PSP, no tenía ninguna militancia política. Se me consideraba una persona probada y altamente confiable solo por el hecho de ser hija de José Manuel Quintero Suárez, el fiel guardaespalda de Blas Roca Calderío, secretario general del PSP y quien además era el esposo de mi tía Dulce María Antúnez Aragón, o sea, era tío político mío y me conocía desde que nací, el 10 de noviembre de 1942.

Pueden dar fe de que nunca milité en ningún partido los hermanos Rafael, Armando y Marco Pérez López, a quienes vi nacer (Marco Antonio, ingeniero, reside en México, Armando, biólogo, y Rafael, abogado, en Estados Unidos). De los cuatro hijos que tuvo mi tía Dulce con Blas (Lydia, Francisco, Vladimiro y Joaquín), solo Francisco, ex coronel del Ministerio del Interior, fue militante del PCC. No se lo he preguntado, pero no me extrañaría que mi amigo Juan Juan Almeida García nunca hubiera sido miembro del PCC.

En los primeros años de los barbudos en el poder, ser hija, esposa, hermana, nieta o sobrina de alguien con un extenso historial revolucionario tenía más peso que un carnet comunista.

El lunes 25 de mayo Carlos Alberto me envió este email: "Disculpa, Tania. Pensé que habías sido miembro del PC. Me disculparé en mi blog. Un abrazo, CA" . Mi respuesta, ese mismo día:

Querido Carlos, No te preocupes. Para mí es suficiente la aclaración que hice ayer a una veintena de amigos. Cuando tu escribiste Tania Quintero: una voz que faltaba, para el libro Periodista, nada más, que en 2011 decidí subir a mi blog*, no mencionaste que yo hubiera sido militante de ningún partido. Tu dedicatoria la puse como Epílogo y la de Raúl Rivero, Tania, palabra de mujer como Prólogo. Un abrazo sincero, Tania

Tania Quintero

Nota.- En esta entrevista (https://www.diariolasamericas.com/america-latina/la-cuba-intima-los-castro-contada-juan-juan-almeida-n4200354), publicada el 2 de junio en Diario Las Américas, Juan Juan Almeida le dijo a la periodista: "Nunca milité en la UJC, el PCC ni en ninguna organización política; tampoco pertenecí a la 'cúpula del régimen', porque en ese concepto cabrían entonces los ministros, generales, coroneles, viceministros, embajadores… en fin, mucha gente. Digamos que yo fui parte de ese reducido grupo de poder, que por consanguinidad, al menos en mi caso, no me consideraban un elemento hostil".

Foto que en junio de 2012 me hiciera el fotorreportero suizo-alemán Aldo Gugolz. Terraza de un café-restaurant a orillas del río Reuss, a su paso por Lucerna, uno de los 26 cantones de la Confederación Helvética.

Leer también Harry Potter y la revolución escatimada, testimonio inédito sobre los 19 meses que trabajé como mecanógrafa en el Comité Nacional del Partido Socialista Popular y que en cinco partes publiqué en junio de 2009 en el blog: 1ra, 2da., 3ra, 4ta y 5ta. y final.

lunes, 29 de junio de 2020

Víctor Batista, retrato de un editor (II y final)



Víctor, ¿cómo era publicar una revista en los años 65 y 70? El exilio cubano estaba demonizado.

-Tan demonizado pero también tan demonizante o más bien, tan traumatizado. Estaba volcado en lo político. De cierta manera, lo único que le podía interesar era cuándo caía el tirano. Ese era, digamos, el foco de su interés. Pero para nosotros era fácil sacar una revista saneada económicamente.

Económicamente, pero intelectualmente, imagino que…

-Intelectualmente, mucho de lo que valía en ese sentido en Estados Unidos y particularmente en Nueva York, iba a parar a Exilio.

¿Y la relación con intelectuales no cubanos?

-No existía. Se daba por hecho que los intelectuales no cubanos ni siquiera reconocían la posibilidad de que hubiera una revista semejante. Ni siquiera lo tenían en cuenta. El mundo académico americano sí recogía un poco eso. El mundo académico americano, yo pienso, sin mucho criterio selectivo, era de una voracidad tremenda, acumulaba todo. Me refiero a los suscriptores: hemerotecas y bibliotecas. Pero en cuanto a colaboraciones con la intelectualidad europea, latinoamericana, no había absolutamente ninguna resonancia. El propio Lino Novás Calvo no existía en la literatura hispanoamericana en ese momento, no se le tenía en cuenta. Cuando había congresos del mundo académico americano, donde se suponía que participaran personas con ponencias sobre escritores, yo recuerdo que no se admitían ponencias sobre Lino Novás Calvo.

¿No se admitían?

-Sí, se le rechazaba, sobre todo del Lino que estaba en ese momento escribiendo en Nueva York y que estaba publicando.

Y desde luego tampoco existía Lino para el público, siendo uno de los padres.

-De los antecesores, claro, y de los grandes. Él estaba proscrito, era tabú.

Y si Lino era tabú, qué decir de Ferreira o de otros. Vamos a ver, el segundo período de Exilio me dijiste que duraba del año 1970 al 1977, ¿no?

-No, hasta el 1974. Después del primer congreso del IEC hubo una apertura hacia colaboraciones extranjeras. La situación de la revolución y la situación internacional habían cambiado en esos años y se podía abrir más a colaboraciones extranjeras.

Hay una hipótesis de la que participan varios autores, sobre el fin de la revolución propiamente dicha hacia el 70.

-Sí, a partir de ahí ya todo cambia. Hay un cambio en la intelectualidad. En la revista empiezan a aparecer ensayistas: María Zambrano, Ferrater Mora, Julián Marías, Anderson Imbert, Casalduero, son nombres que yo recuerdo en este momento. Hay más.

Hay algo incluso de Iván Schumann, y de Gabriel Marcel.

-Mario Parajón le hizo una entrevista a Gabriel Marcel un año antes de que muriera, que se publicó en dos partes por lo extensa que era. Estaba muy en la línea nuestra de seguir un pensamiento católico no ortodoxo, porque para nada éramos ortodoxos. En ese sentido nos manteníamos dentro de una línea muy posorigenista, por llamarlo de alguna manera.

¿Cuáles son entonces, digamos, las diferencias entre el segundo período y el primero? Ante todo, se abre a una intelectualidad no necesariamente cubana. ¿Temáticamente hay también apertura? Yo recuerdo haber leído un trabajo muy interesante sobre la situación en Chile.

-Es verdad; con muchos datos estadísticos, muy interesantes. Era de un chileno llamado Hernán Troncoso que estaba aquí en ese momento en el exilio y que estaba muy bien informado, que tenía que ver con la emigración, la inmigración con motivo del golpe de estado, etc.

Eso ya tiene que ver también con una apertura temática hacia Latinoamérica, a ciertas situaciones latinoamericanas. que también son importantes.

-Por supuesto. Hubo un número dedicado a Brasil, donde le pedimos colaboración a distintos escritores brasileños algunos de los cuales estaban en Nueva York, enseñando en universidades americanas. Ahí publicaron algunos autores brasileños que luego han sido importantes, como Ruben Fonseca, Dalton Travisan, varios críticos literarios que son muy conocidos en Brasil y que yo descubrí con motivo de este número.

¿La revista en algún momento se traslada a España?

-No, nunca. El que se trasladó fui yo y eso también tuvo que ver con que la revista perdiera un poco el rumbo, porque yo me fui por razones más bien personales a vivir a España en el 72, 73, y entonces se empezó a imprimir aquí, estando yo aquí, ya que me era mucho más factible imprimir en España. Pero, desde luego, el público lector, los lectores de la revista, estaban en Estados Unidos. España ni siquiera estaba muy abierta a eso. Aquí había poco ambiente de cubanos en ese momento. Yo tenía quien se ocupara de la distribución en Estados Unidos, pero yo estaba aquí. Y como yo era el que prácticamente dirigía aquello, hubo una especie de desfase que incidió en que la revista cesara de publicarse en el 74, creo con un número dedicado a Eugenio Florit. Ese fue el último.

¿Cuál fue para ti lo más duro de dirigir y de ser el espíritu de la revista?

-Pues en una revista yo creo que lo más complejo y lo más decisivo es la selección de las colaboraciones. Pero eso lo sabes tú mejor que nadie. Siempre el criterio de selección es muy difícil, prácticamente imposible, nunca se sabe bien si uno acierta. En última instancia es en alguna medida arbitrario. La revista tenía un consejo de redacción que consistió en cinco personas y, salvo en casos muy obvios, yo le enviaba los manuscritos al Consejo, a cada cual, para que me dieran su opinión, si se debía publicar o no.

¿Cómo llevaste la soledad?

-Al principio muy difícilmente. Lo veía todo muy difícil, primero porque yo no me sentía capacitado para semejante empresa, Darme a respetar incluso entre los mismos colaboradores. Yo era el que pagaba, y corría el riesgo de que para ellos no fuera más que eso. Supongo, ¿no? Me cuesta saber cómo me veían. Entonces, siempre es difícil si tú no tienes ya una personalidad desarrollada en el mundo intelectual.

Por contra, ¿qué fue lo más grato de dirigir Exilio y encima financiarla?

-Lo que Lezama dice de Orígenes: para él lo más grato era el día de salida de la revista, que era como el pan recién salido del horno, el olor a pan, en este caso el olor a tinta, eso. Tener el número en la mano, mirarlo, releer. Algo en lo que uno ha participado y que en alguna medida ha creado.

¿Por qué se dejó de publicar?

-Hay muchas razones. Una de ellas fue que me fui de Estados Unidos y ese era el lugar donde se creaba el ambiente, el caldo de cultivo de la revista, los colaboradores estaban ahí, era donde uno tenía más o menos la posibilidad de conseguir nuevas colaboraciones. Y estando fuera ya me aislaba mucho del mundo intelectual. En España todavía se vivía bajo el franquismo, había muy pocos cubanos con una proyección digamos cultural, intelectual, y me aislé mucho. Por otro lado, una de las consecuencias del cambio y de la apertura era que se había convertido cada vez más en una revista con una tendencia académica y en ese sentido, bien, porque había colaboraciones de calidad, pero perdió un poco la razón de ser: indagar en las raíces.

Después de que Exilio deja de publicarse, ¿tú vuelves a tener relación con revistas cuando empiezas a financiar Escandalar, ¿qué tiempo pasó entre uno y otro proyecto?

-Cinco o seis años, no mucho más.

¿Cuál fue tu participación, tu influencia?

-Más bien económica. Octavio Armand, que era el director, me informaba en cierta manera, en algunos casos me consultaba, pero realmente él era el que llevaba la dirección. Yo asesoraba en alguna medida. Más bien le daba sugerencias.

Escandalar fue como Exilio, cada una en lo suyo, una revista que marcó un período. ¿Cuáles serían las diferencias principales entre ambas?

-Escandalar era una revista mucho más literaria y mucho menos dada a las ciencias sociales, entraba, pero muchísimo menos, en el tema político e histórico. Era una revista mucho más volcada hacia la poesía o el ensayo de crítica literaria o incluso plástica, artística. Estaba muy dentro de la onda de la revista Tel quel, dentro de la onda posmoderna.

¿No pudiéramos caracterizarla también como posorigenista, no tenía esa impronta?

-Para nada. En lo absoluto. Era una revista mucho más latinoamericana o internacional, con muchas figuras internacionales de primera fila, a pesar que de los colaboradores cubanos -que no eran muchos, por cierto- dos de los más asiduos estaban muy vinculados al origenismo: Lorenzo García Vega, que también había colaborado mucho en Exilio, y Severo Sarduy. Eso le daba un cierto tono cubano a la revista. Pero era una revista mucho más volcada en lo poético.

Luego, hubo una polémica con Angel Rama, ¿no?

-Hubo una polémica con Angel Rama que tenía que ver con un ensayo que publicó Octavio Armand, hablando de cómo el exiliado cubano había sido borrado del mapa de la cultura y Angel Rama contestó, y hubo una polémica curiosa. Era la primera vez que se debatía a esos niveles el tema del exilio cubano. Se le daba carta de ciudadanía, por llamarlo de alguna manera.

¿De qué año estamos hablando?

-Debe haber sido el 83, ochenta y pico. Antes del 85.

Sin embargo, hay un número cubano de Escandalar.

-Fue un número especial y uno de los últimos, por cierto.

¿Quiénes contribuyeron a ese número?

-Muchos de los que estaban fuera y se habían destacado en la cultura cubana. Creo que eran más de veinte colaboradores, una lista impresionante.

¿Y se incluía a alguien que estuviera dentro de la isla?

-Puedes creer que no me acuerdo. Yo no sé, es posible, pero sería muy excepcional.

Mi impresión es que no, francamente.

-Yo creo que no. Te diría que en Exilio tuvimos la suerte, el azar nos permitió que sí publicáramos alguna colaboración de personas que estaban en Cuba. Y eso que en aquel momento, estamos hablando de principios de los 70, era muchísimo más arriesgado.

Ah, no sabía eso.

-Sí, Prats, una poesía de Delfín Prats salió publicada. Creo que a Manuel Ballagas lo publicamos estando todavía en Cuba. Pero eso fue muy excepcional. Nos llegaban a veces de forma clandestina y era difícil averiguar hasta qué punto la persona en cuestión estaba de acuerdo con que se publicara en una revista tan significada. En Escandalar, que yo sepa, nadie de Cuba.

¿Cuánto duró Escandalar?

-Cinco años, del 80 al 85, aproximadamente. Creo que empezó en el 80.

O sea, que hubo unos cinco años entre el final de Exilio y el comienzo de Escandalar, y Escandalar misma duró cinco años. Después de Escandalar, ¿hay otro período de hibernación tuya, digamos, en el terreno de las letras?

-Sí, en el terreno de las publicaciones. Y dura doce años. Desde el 86 hasta el 98, cuando empieza la Editorial Colibrí.

¿Qué te propones con Colibrí? No haces una revista como habías hecho hasta entonces.

-No, porque tampoco se presenta esa necesidad. En primer lugar, hay una revista, que es Encuentro. Sin embargo, sí había una necesidad de publicar libros. Era una cuestión de oportunidad. Fue la oportunidad. Surgió por ti, porque tú me lo propusiste. A mí me pareció muy acertada la proposición.

¿Cuál es tu concepción de Colibrí? ¿Qué buscas con Colibrí?

-Colibrí empieza siendo la oportunidad para publicar unos libros que tú mismo me propones como valiosos. Son libros de ensayos sobre Cuba. Los primeros, por los cuales se lanza la editorial sin saber qué vendría después El arte de la espera, de Rafael Rojas y La Revolución cubana, de Marifeli Pérez-Stable.

Pero después sigues por ese camino.

-Ese era el principio del camino, lo que no sabíamos era qué nos íbamos a encontrar después. Y encontramos una mina, un venero ahí de publicaciones escritas por cubano-americanos, sobre temas cubanos que se habían publicado ya en el mundo académico norteamericano, que se habían publicado en inglés. Entonces fue muy oportuno poder recoger estos libros de indiscutible calidad y verterlos al español. Empezamos a publicar a González Echevarría, a Pérez Firmat, etc. Desde un primer momento sacamos un encarte, no tengo que decirte quién lo escribió, o qué se proponía. el encarte está por ahí, si quieres lo buscamos, son tus palabras, además. Desde el primer momento la intención general era publicar ensayos sobre Cuba.

Pero, ¿qué buscas con eso? ¿Qué ha objetado, por ejemplo, que no publiques novelas, que no publiques poesía?

-Por varias razones, primero porque en la década de los 90 hay un resurgimiento, por lo menos fuera de Cuba, de indagar sobre la identidad cubana, a todos los niveles y en distintos aspectos, y el aspecto menos trabajado, menos frecuentado, es el del ensayo, el de la reflexión sobre el tema. La narrativa es mucho más gratificante y mucho más aceptada por el público y para ella siempre existen canales. Pero para el ensayo, tan importante o más que la narrativa, muchísimo más especializado y con menos salida, no había casi ninguna vía.

¿Qué arco de diferencia trazarías tú, como director de ambos esfuerzos intelectuales, entre Exilio y Colibrí? ¿Qué arco de maduración?

-Exilio recoge, junto con otras publicaciones, lo que había en un exilio que, aunque bastante desorientado, tenía valores morales e intelectuales. Ahora las circunstancias han cambiado, ya no son las personas que tuvieron que ver con Exilio, aparte de que algunas sí han sido rescatadas por Colibrí, como por ejemplo el caso de un libro de ensayos de Julián Orbón. La mitad de los ensayos que componen ese libro fueron publicados en Exilio, y son por tanto prácticamente desconocidos.

Tú me has dicho que Exilio fue una publicación con una fuerte influencia católica liberal, digamos. Un catolicismo abierto.

-Liberal no, no emplearía la palabra liberal por las connotaciones que tiene tan específicas dentro del mundo de la cultura, pero sí un catolicismo heterodoxo.

Heterodoxo, no sectario.

-No confesional, desde luego.

¿Se puede decir que Colibrí es una editorial católica no confesional?

-Yo creo que no. No tiene nada que ver. En primer lugar, Exilio estaba dentro de la estela de Orígenes porque los que conformamos la revista habíamos sido formados dentro de ese ambiente. Y algunos de ellos habían sido directamente participantes de Orígenes, como Orbón, García Vega, Carlos Luis también, sin olvidar a Mario Parajón, que vino al final. El caso de Colibrí no es el mismo. Ni yo en el orden personal; en la medida en que mis preferencias actuales intervienen, tampoco me siento ya adscrito a esa influencia. Aunque todavía disfrutaría leyendo a Gabriel Marcel más que a Sartre, por ejemplo.

En el orden temático, me llama la atención que Colibrí haya publicado por ejemplo un libro dedicado a indagar sobre la cultura negra y sobre la represión que se ha ejercido contra ella. Y esté a punto de publicar otro libro centrado en el tema de la mujer. También se publicó el libro sobre la mal llamada Guerra de las razas, sobre la masacre de 1912. ¿Hay un arco, entonces, de diferencia temática también?

-Desde luego que sí. Los temas raciales en la época de Exilio que yo sepa no se tocaban. El libro de Fermoselle sobre la guerrita del 12 (Política y color en Cuba) era su tesis de doctorado y se publica en los años 70 cuando ya Exilio prácticamente no existía. Un fragmento de ese libro hubiera cabido perfectamente en la revista, y esa fue la primera vez que se tocaba con ese grado de seriedad o de investigación un tema racial relacionado con Cuba, al menos en el exilio. Dentro de Cuba, esa es otra historia. Sí, son temas impostergables. Como, por ejemplo, el tratamiento que da José Manuel Hernández a las guerras de independencia (Política y militarismo en Cuba), considerando la responsabilidad cubana en su desenlace. No limitarse a demostrar que a Cuba le habían robado los norteamericanos la independencia, sino hasta qué punto los cubanos mismos posibilitaron ese desenlace. Un tema tratado generalmente dentro de la historiografía cubana de una forma tendenciosa.

Una última pregunta, ni Exilio hasta donde sé, ni Escandalar, ni Colibrí, son empresas económicamente rentables. Entonces ¿por qué te metes en ellas?

-Yo vuelvo a lo que te dije antes. Quiero saber quién soy. Yo no soy yo solo, yo no soy sólo un individuo, yo soy mucho más. En mi juventud estudié en varias universidades. Nunca las terminé, bueno, la educación no se termina, ya se sabe, pero aunque hubiera terminado, no iba a encontrar allí la respuesta a la pregunta de quién soy. Entonces, la tenía que buscar a través de mis propias lecturas, yo tenía que crearme mi propia biblioteca, y creo que lo que he publicado hasta ahora ha sido una continuación de esta biblioteca, para mí, imprescindible. Ahora, por último, ya que me mencionas que no es rentable, efectivamente, no es rentable ni se pretende que lo sea. Por eso se me ve como una especie de mecenas. Pero yo quisiera verme más como un editor que como un mecenas. Yo me considero más un editor y me parece que tiene más interés ser un editor que un mecenas, ¿no?

Foto: Los cubanos León de la Hoz (escritor), Felipe Lázaro (poeta y editor) y Julio Batista Falla. Tomado de La presencia de la cultura cubana en España, publicado en diciembre de 2018 en Crear en Salamanca.

lunes, 22 de junio de 2020

Víctor Batista, retrato de un editor (I)



Víctor Batista Falla (La Habana 1933-2020) procedía de una familia de hacendados y banqueros cubanos. En Cuba estudió en las Universidades de La Habana y Villanueva, y en Estados Unidos, en las Universidades de Yale y Columbia. Dirigió y financió la revista Exilio (Nueva York, 1965-1974) y financió la revista Escandalar (NY, 1980-1985). Desde su fundación en 1998 y hasta su cierre en 2013, dirigió la Editorial Colibrí (Madrid), especializada en ensayos sobre temas cubanos. La entrevista a continuación fue el último trabajo que hizo para Encuentro de la Cultura Cubana su director y fundador Jesús Díaz. Salió en el número 28-29 correspondiente a la Primavera-Verano de 2003.

Víctor, ¿cuáles son tus antecedentes en términos de inquietudes intelectuales todavía en Cuba antes del triunfo de la revolución castrista? Tengo entendido que tu hermano Laureano inició las tertulias en tu casa, que tú luego continuaste.

-Mi hermano y yo teníamos amigos comunes, profesores de los dos en Villanueva, y él tuvo la idea de tener unas reuniones bastante informales los domingos por la tarde una vez al mes en nuestra casa. Invitábamos a personalidades, empezando con profesores de la Universidad, y entre trago y trago, se conversaba hasta las diez de la noche o las once... y eso lo hicimos durante dos o tres años en los 50. Ya en el 58 la situación en Cuba no era para dar tertulias de ese tipo. Recuerdo que invitamos a personalidades como Mañach, Baquero, Cintio Vitier... para que hablaran de lo que quisieran. Era una apertura al mundo de la cultura en las mejores condiciones, porque yo supongo que ellos iban a nuestra casa no por mi hermano ni por mi, sino por lo que significaba mi familia.

¿Cuántos asistían como promedio?

-Veinte o treinta, no más de treinta. A veces éramos quince, dependía. El día de Mañach, se aparecieron muchísimos amigos que nunca hubieran ido de no ser por eso.

Es el período tuyo previo al exilio. Tú te vas al exilio ¿cuándo?

-En agosto de 1960.

O sea, en el año 1959 no tienes ninguna actividad...

-Estaba, creo, en tercer año de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana.

¿Y allí había actividades?

-Sí, cómo no. Pero fíjate que era el comienzo de la revolución, había un fervor, por un lado, e inquietud, temores por otro. Yo estaba muy activo. Recuerdo que el presidente de la FEU (Federación Estudiantil Universitaria) en Filosofía y Letras era Ricardo Alarcón y yo era uno de los delegados de los cursos de primer año, y colaboré en la revista del Departamento de la Facultad de Filosofía y Letras. Escribí un articulito cuando llegó Sartre a Cuba, me pidieron un articulito explicando quién era Sartre.

Sales de Cuba en el 60, ¿qué edad tenías entonces?

-Veintisiete años.

Y te vas a Nueva York...

-Viví en Nueva York doce años por lo menos.

En 1965, fundas, financias y diriges la revista Exilio.

-Hombre, eso era una extensión de unas tertulias que hacíamos allí, con muchos amigos, más que nada, pintores, ... y de ahí surgió la idea de hacer una revista. Recuerdo a un pintor que se llama Sergio Alarcón, que fue el maquetador, el diseñador de la revista en los primeros números... después la abandonó. Otros fueron Gabriel Sorzano, Ricardo Pedreguera. Waldo Balart colaboró un poco después. Waldo a su vez hacía tertulias en un piso muy atractivo que tenía en el Village. A esas yo asistía, pero era ya una cosa mucho más dentro del ambiente hippy, beatnik, el ambiente de la contracultura americana. Tenía que ver con el mundo de la plástica, y no con Cuba directamente. Iban latinoamericanos, americanos... Eso era otra cosa.

¿Y por qué existiendo ese mundo que, en apariencia al menos, es muy atractivo, ese mundo hippy, beatnik, internacional, cosmopolita, tú decides crear una revista como Exilio, con una vocación de cultura cubana?

-Hombre, lo mío ya era una cosa obsesiva. Yo no aceptaba que me echaran de Cuba. Se puede decir que me echaron; yo salí por mis piernas, pero me fui porque sentí amenazada mi libertad personal. Lo de Cuba era una cosa obsesiva. No participaba en ese mundo que, como tú dices, era atractivo, hay que reconocerlo, el mundo de la contracultura. Luther King estaba muy de moda en ese momento. Los Beatles, yo estaba recién llegado cuando los Beatles aterrizan primero en Nueva York y hacen un concierto apoteósico. A mí todo eso me parecía una cosa ajena. Tampoco era mi generación. Ya yo tenía 28 años cuando todo esto, y ellos eran casi diez años más jóvenes que yo. Hubiera podido introducirme en eso como hicieron tantos cubanos. Pero yo no estaba para nada interesado en ese mundo.

¿Quiénes fueron los primeros colaboradores cuando se funda Exilio? Ese núcleo inicial.

-Tuvimos que improvisar un cuerpo de redacción. Se me criticó mucho el nombre, porque según decían tenía unas connotaciones demasiado circunscritas a lo político, cuando yo estaba pensando en una revista de Ezra Pound, que se llamaba Exilio también, y que tampoco era política. Ahí tuve que salir a la caza de escritores. Conocí a Raimundo Fernández Bonilla, que fue codirector conmigo y fundador de la revista; eventualmente a Carlos Luis, recién llegado al exilio, y que también se incorporó. Posteriormente, cuando volvió de México donde había estado trabajando, empezó a colaborar el músico Julián Orbón, que además era un gran animador de la revista. Fuimos poco a poco creando un cuerpo de redacción que tenía cierta dirección, una cierta orientación.

Hubo también en ese período una cierta disidencia con... ¿cómo fue la historia de la Revista Cubana y...? ¿eso no corresponde al primer período?

-Eso correspondería al primer período, sí. Hay dos períodos. Hay uno que es todavía más combativo, más ideológico, buscando una definición, digámoslo así.

¿Una definición de qué?

-Una definición de lo que es la identidad cubana. En última instancia estábamos buscando por reacción a lo que estaba sucediendo en Cuba. Y buscando una identidad más admisible que la que se estaba desarrollando dentro de Cuba.

¿Y eso qué tiene que ver, si algo tiene que ver con la Revista Cubana y la política?

-Bueno, en ese sentido, Fernández Bonilla propuso, y yo lo acepté, por supuesto, escribir una serie de trabajos que tendrían como título genérico "Hacia una interpretación de la historia de Cuba". Y bajo ese título escribió varios artículos. El primero fue una especie de interpretación filosófica de la historia de Cuba que partía de una concepción digamos más pesimista de lo que era la tradición filosófica cubana de un pensamiento positivista que, junto con el liberal, presidió los destinos del país hasta 1959, y lo enmarcó dentro de un contexto exclusivamente económico y social.

¿Y qué quiere decir una interpretación pesimista?

-Como diciendo que eso iba en contra o perdía el hilo de una tradición anterior que era mucho más auténtica.

¿Una tradición anterior a Félix Varela?

-Anterior a la tradición liberal que Félix Varela representa en una etapa de su desarrollo. Porque Varela tiene varias etapas y hay una anterior que no es todavía la liberal. Y que en política es incluso hispanista y monárquica, que cree en una confederación sudamericana que mantenga todavía la unidad de la tradición hispánica como un todo y no como una cosa desmembrada, fragmentada... ese es un Varela que luego la historia arrasa. Igual que después arrasa al Varela independentista, separatista, que hace El Habanero, que es la que se ha retenido en la memoria histórica de Cuba, pero que después él también abandona y se convierte en un exiliado al servicio de la Iglesia Católica en Estados Unidos. Un hombre ejemplar en cada una de sus etapas, pero que fueron etapas claramente diferenciadas. Bueno, pues esa tradición liberal que inaugura Varela y quizá antes de Varela empezaba a estar y está en Arango y Parreño, lo que pasa es que en Arango y Parreño no llega al grado de la separación política, sino de la autonomía que era su intención. Pero bueno, esa es una tradición que tiene una base filosófica en el liberalismo anglosajón. Y esa tradición fue cuestionada por este ensayo larguísimo de Fernández Bonilla. Eso crea una reacción en el exilio cubano en Estados Unidos y propició que Carlos Ripoll lo contestara y Humberto Piñera también.

¿Y esa respuesta apareció también en la revista Exilio?

-No llegó a aparecer en Exilio por discrepancias en cuanto a la forma de la polémica. Se les pidió que ellos dieran su respuesta y que nosotros la publicaríamos, pero hubo una discrepancia en cuanto a que ellos querían que esa respuesta no fuera con una contrarréplica nuestra sino que apareciera en un siguiente número. Tuvimos discrepancias en cuanto a las formas. Y entonces ellos lo que hicieron fue fundar una revista, que se llamó la Revista Cubana. Ahí salieron las dos respuestas. La de Piñera no, la de Piñera, que nos mandó a nosotros, fue más breve, fue más directamente en contra del trabajo de Fernández Bonilla y eso nunca se publicó. Después él, en el primer número de la Revista Cubana, indirectamente hizo su propia versión más liberal de la historia de Cuba.

¿Cuántos números publicó la Revista Cubana?

-Dos números.

¿Y Exilio?

-Creo que fueron 28. A lo largo de nueve años, con pequeñas interrupciones en el ínterin. 28 corresponderían a siete años porque era trimestral. De haber mantenido la regularidad hubieran sido siete años, pero se prolongó a nueve.

¿Cómo se financiaba y se distribuía la revista?

-Se financiaba con los medios particulares que yo tenía de mi familia. La distribución era muy errática. Yo no creo que sobre eso podría darte una respuesta muy explícita. Teníamos subscripciones. Cayeron muchas después de ese número, digamos, conflictivo, a partir de ese ensayo conflictivo. Al principio despertó bastante interés, que luego decayó. En parte debido a la orientación de la revista y después, en parte también, por cansancio, o porque cambió completamente su orientación. Ya no nos metimos a tratar esos temas de forma tan preponderante, y era una revista muy abierta a todas las tendencias. Lo que buscábamos era la calidad intrínseca de los trabajos, no precisamente una dirección determinada.

¿Era una revista principalmente de política anticastrista?

-No, para nada. Ni siquiera en segundo plano. El subtítulo era: Revista de humanidades. También un subtítulo muy discutido y muy poco satisfactorio, pero era lo que más se acercaba a lo que queríamos hacer. Ni una revista literaria, ni una revista científica, ni una revista académica, sino que cubriera todo el espectro de la cultura.

Ese período de 1965-1970 tiene que haber sido particularmente duro para el exilio en general y para el exilio intelectual, particularmente. Algunos grandes nombres se fueron de Cuba desde muy temprano. ¿Cuáles de ellos colaboraron con Exilio?

-Yo pienso que todos. Los grandes nombres, los únicos que se me ocurren. Lo que ocurre es que no colaboraron con asiduidad, excepto Lino Novás Calvo, quien lo hizo con una modestia realmente ejemplar, muy propia de él. Continuamente nos enviaba cuentos, reseñas, artículos o ensayos. Un ensayo sobre Lydia Cabrera, por ejemplo, salió en un número. Le hicimos una entrevista también en un número posterior. Lino era un colaborador asiduo. La propia Lydia colaboró una vez, al principio, y después no más. Yo creo que en parte porque no le gustaba nuestra orientación. La revista era de un catolicismo, si tu quieres, heterodoxo. Estábamos dentro de la estela de Orígenes, ten en cuenta eso, que nos limitaba pero al mismo tiempo nos daba una cierta consistencia.

Aparte de Lino y Lydia, ¿qué otros escritores colaboraron?

-Gastón Baquero, Ramón Ferreira, Humberto Piñera, que después de la Revista Cubana, se incorporó al Consejo de Redacción de Exilio y fue un colaborador frecuente.

¿Cómo era recibida la revista por el exilio político más radical?

-En buena medida fuimos ignorados a lo largo de nuestra trayectoria. Después hubo cierto reconocimiento, porque se hizo más ecléctica, se amplió, cambió el formato, a formato de libro.

¿Esa nueva etapa cuándo empieza?

-Creo que en 1970, con motivo de la primera reunión del Instituto de Estudios Cubanos (IEC), que dirigía María Cristina Herrera. El IEC nos pidió, puesto que no tenía los medios, si nosotros estábamos dispuestos a publicar los resultados de ese Congreso. Y fue la primera conexión con un mundo académico, mucho más volcado en las ciencias sociales y políticas que lo que nosotros habíamos estado anteriormente, inmersos en una cultura más humanista, menos pragmática y menos académica.

De algún modo, el primer número del segundo período de Exilio publica, digamos, las actas del primer congreso del IEC. Y es ahí donde ustedes también cambian el programa. El primer período entonces habría durado aproximadamente cinco años. ¿Cómo caracterizarías ahora ese primer período?

-Fue un intento de ir a los fundamentos de lo que era la identidad de Cuba, identidad más allá de la política, pero vinculada a la política como es natural, y una búsqueda que en realidad era imposible de realizar, pero que fue un intento de buscar unas raíces que fueran más allá de la tradición liberal y revolucionaria, aunque sin negarlas.

¿En qué tema indagaron, en el tema de la democracia, en el tema negro? ¿Otros géneros, como la poesía por ejemplo, estuvieron presentes?

-No, el tema negro ni se tocó, la verdad, más bien en los temas filosóficos. Claro, una de las cosas más satisfactorias de la revista fue que dimos cabida a nuevos valores, a gente que salía, muy jóvenes, y que no tenían medios de publicar, cubanos que estaban escribiendo en español en Estados Unidos en ese momento. Recuerdo a José Kozer y a Octavio Armand. Ellos publicaron con alguna frecuencia desde el primer momento. También había grupos de poetas que tenían sus propias revistas que se hacían en Nueva York en ese momento, pero exclusivamente de poesía o muy literarias y muy puntualmente ellos colaboraban con nosotros. También dentro del campo de la literatura, pero por medio de las ciencias sociales. Y publicaban con nosotros autores que estaban en otra línea ideológica, si quieres, como Lourdes Casal o Andrés Valdespino.

¿Crítica literaria? ¿Artes plásticas?

-Crítica literaria, claro, José Olivio Jiménez hizo una memorable reseña sobre Memorial del testigo, de Baquero. Se publicaban reseñas constantemente. En lo que se refiere a las artes plásticas, durante la primera etapa incorporábamos ilustraciones de pintores que estaban en el exilio. Después se convirtió en un formato de libro y más académico. Una gran diferencia también es que en la primera etapa nada más colaboraban cubanos, en parte obligados por las circunstancias. No intentábamos siquiera buscar otras colaboraciones.

Nota.- La segunda parte y final saldrá el próximo lunes, 29 de junio.

Foto: Portada de la revista Exilio correspondiente al Verano-Otoño de 1970. Tomada de Morir en casa.

lunes, 15 de junio de 2020

"No me veo escribiendo mis memorias"



Probablemente, esta entrevista, publicada en Cubancuentro el 2 de febrero de 2020, con el título de "La dignidad de ver y compartir", fue la última entrevista que Víctor Batista Falla-Bonet concediera antes de que el 12 de abril de 2020 falleciera de coronavirus en La Habana. Tío de María Teresa Mestre, Gran Duquesa de Luxemburgo, su deceso fue anunciado por la Casa Real de ese país.

Aunque él prefiere que se le considere editor, Víctor Batista Falla-Bonet ha desarrollado una importante y sostenida labor como mecenas. Esta se ajusta con exactitud a la definición de ese vocablo que proporcionan los diccionarios: persona que, por contar con los recursos económicos suficientes, toma bajo su protección a un artista o científico para permitirle realizar su tarea y beneficiarse de ella de algún modo más o menos directo. Esa faena como patrocinador y promotor cultural que ha hecho de Víctor el principal mecenas con que la literatura cubana del exilio ha contado. Si es cierta la frase de Eduardo Marquina de que al cielo uno lleva lo que ha dado a los demás, cuando él se despida de este mundo partirá con las valijas muy cargadas.

Hijo de hacendados y banqueros, su situación económica le permitió costearle la impresión de libros a escritores como Lorenzo García Vega, Raimundo Fernández Bonilla, José Kozer, José Mario, para citar unos pocos. Asimismo, además de dirigirla, financió la revista Exilio (1965-1974). Gracias a él, pudo salir también Escandalar (1980-1985), publicación dirigida por el poeta Octavio Armand. El último proyecto que impulsó y sufragó ha sido la Editorial Colibrí (1998-2013), especializada en ensayos sobre temática cubana. Bajo su sello vieron la luz 37 títulos de 27 autores, entre los cuales figuran Rafael Rojas, Carmelo Mesa-Lago, Alexis Jardines, Gustavo Pérez Firmat, Marifeli Pérez-Stable, Jorge Luis Arcos, Alejandro de la Fuente, Duanel Díaz, Ernesto Hernández Bustos, Jorge I. Domínguez y Roberto González Echevarría.

A solicitud de este cronista, Víctor aceptó ser entrevistado. Fijada la fecha, un mediodía invernal llegué al apartamento en el madrileño barrio de Salamanca donde hace varios años vive. Previamente había preparado un cuestionario, que él fue contestando sin conocerlo antes. Una vez que contestaba una pregunta, le hacía la otra y así hasta llegar a la última. Durante esa hora y pico, habló sobre sí mismo y repasó los trabajos y los días de su ya larga y fructífera vida.

Voy a empezar preguntándote si en tu casa había algún ambiente que te llevó o te estimuló a acercarte desde joven a las actividades literarias y artísticas y al mundo intelectual.

-Yo diría que no especialmente. Mi padre era un músico frustrado. De joven, tocaba el piano y le gustaba cantar. Después se hizo banquero, pero la música siguió siendo importante para él, sobre todo la clásica, aunque también disfrutaba la popular. Pero en lo que se refiere a inquietudes intelectuales, no era muy dado a ello. Supongo que, en parte, por la desconfianza que le producía la crónica inestabilidad política del país.

-Un tío mío, hermano de mi madre, sí era un hombre sensible al arte y con mucha curiosidad intelectual. Era un gran mecenas y convirtió en patrimonio nacional la iglesia de Remedios, que estaba casi abandonada. Se encontró con que tenía unos tejados de comienzos de la colonia y que poseían un valor tremendo. Había donado además al municipio de Santa Clara un edificio en el cual funcionaba una escuela para niños pobres, y quiso poner un mural a la entrada. Él no estaba muy al tanto del movimiento artístico y me preguntó quiénes eran los pintores que podrían pintar un mural. Le sugerí a Amelia Peláez. Se puso en contacto con ella y ahí está el mural pintado por Amelia en esa escuela de Santa Clara.

-Pero para volver a tu pregunta, no puedo decir que tuviera estímulos de mi familia. Al menos no de modo especial, aunque mis padres sí respetaban la decisión de cada cual. Esa era más bien una actividad mía, de Laureano, mi hermano menor, y de Julio, mi otro hermano, a quien también le gustaba mucho la literatura.

Las tertulias que se realizaban en tu casa los domingos una vez al mes, ¿fue idea de tu hermano Laureano?

-Fue idea de mi hermano Laureano, que estaba estudiando Derecho en la Universidad de Villanueva, que, por cierto, fue de las primeras universidades privadas que hubo en Cuba. En los años 50, en Cuba no existían universidades privadas. Nada más existían las de La Habana, la de Oriente y la Central de Las Villas. En tiempos del gobierno de Grau San Martín, hubo un movimiento para que se permitiera la apertura de universidades privadas. Mi padre, junto con otras personas de mucha capacidad económica, apoyó y ayudó a financiar la de Villanueva, dirigida por la orden de los agustinos norteamericanos.

Retomando la pregunta anterior, te voy a pedir que me hables de las tertulias de los domingos.

-Había un profesor catalán que se llamaba Claudio Escarpanter, quien daba clases en la Universidad de Villanueva. Mi hermano Laureano y otros alumnos se reunían esporádicamente en su casa. Un día a mi hermano se le ocurrió que se reunieran en la nuestra los domingos una vez al mes. Así fue como empezaron aquellas tertulias. Yo también asistía, pero no con frecuencia. Ya Fidel Castro estaba en la Sierra Maestra y en 1958 se veía lo que iba a venir. Laureano se desesperó con la situación de Cuba, y se fue a Alemania, a entrenarse en un banco. A partir de ese momento, empecé a ocuparme de la tertulia. Invité a amigos y conocidos de mi propia generación y a figuras como Guillermo Cabrera Infante, Fausto Masó, Sergio Rigol, Adrián García Hernández. Invité también a Jorge Mañach, a Gastón Baquero, a Cintio Vitier, para que nos dieran una charla informal.

¿Cuántas personas solían asistir?

-Las tertulias se realizaban en una sala muy larga y estrecha. Por lo general, éramos diez o quince personas. Pero cuando fue Mañach, la sala se llenó, pues esa vez a la tertulia asistieron personas que nunca habían ido. Estamos hablando de un momento cuando todavía se discutía de política y de elecciones. Mañach acababa de fundar su partido Movimiento de la Nación, y su intervención fue recibida con cierto escepticismo. En su charla, Baquero afirmó, optimistamente, que Cuba era una isla de corcho. A Cintio, en cambio, le interesó más cambiar impresiones con los tertulianos.

Aparte de la de Villanueva, tú estudiaste en la Universidad de La Habana.

-Sí, estudié en la Universidad de La Habana, aunque no terminé, porque llegó la revolución. Estudié dos años y pico en Filosofía y Letras.

¿Qué recuerdas de esa época de estudiante?

-Pues mira, recuerdo que para mí el nivel no era entonces muy alto. Había estudiado antes en la Universidad de Yale con dieciséis años, aunque al año y pico me fui de allí. A la Universidad de La Habana entré en 1959. En realidad, había empezado mucho antes, pero estuvo cerrada dos o tres años, cuando ya la situación política del país empeoró. Cuando volvió a abrirse la Universidad, yo estaba en segundo año. En esa época, por cierto, aún estaba Mañach de profesor.

Sí, impartía clases de Historia de la Filosofía.

-Aparte de él, había otros profesores de algún nivel, pero no llegué a recibir clases de ellos. Todo el mundo hablaba de Luis de Soto, que impartía Historia del Arte, pero él enseñaba en los últimos años. También me habría tocado Herminio Portell Vilá. De todos modos, el poco tiempo que estudié en la Universidad de La Habana para mí fue muy interesante.

-Hay una anécdota de esos años que he contado varias veces. Durante su estancia en Cuba, Jean-Paul Sartre fue invitado a dar una charla en la Escuela de Filosofía y Letras. Lo había conocido unos días antes, en un café al aire libre en el Vedado. Él y Simone de Beauvoir estaban sentados con Lisandro Otero, a quien yo conocía. Me senté con ellos, aunque, por supuesto, no intervine en la conversación. Solo hablé brevemente con Simone de Beauvoir, una señora muy agradable que me dejó muy buena impresión.

-Sartre no sabía nada acerca de Cuba. En cierto momento, escuché que le preguntaba a Lisandro quién era el presidente antes de Batista. A mí me dejó cierta impresión de superficialidad, algo que luego comprobé en su charla en la Escuela de Filosofía y Letras. Al final, después de que terminó de hablar, un estudiante le hizo un comentario: le preocupaba no saber hacia dónde iba la revolución, que no tuviera una ideología. Sartre no dijo nada. Y después, en el libro Sartre visita Cuba, expresa que lo interesante de la revolución cubana es que no tiene ideología, que lo va haciendo sobre la marcha.

Ya después saliste hacia Estados Unidos. En esos años que van hasta 1965, cuando se crea la revista Exilio, ¿qué hiciste?

-Salí de Cuba en 1960, y los años a los cuales tú te refieres son una etapa indecisa de mi vida, aunque realmente no tan indecisa. Lo que a mí siempre me gustó fue la danza. Incluso tomé clases de ballet con Alicia Alonso, pero entonces ya tenía veinte años. Esa fue una vocación frustrada, pues en Cuba no iba a poder ser bailarín, pues no existía otra opción que no fuera el ballet clásico.

Danza moderna no había en esos años...

-No, no había. En Nueva York sí, y allí tomé clases de danza. Incluso llegué a bailar con compañías pequeñas. Nunca llegué a tener lo que se dice una buena técnica, pues había salido de Cuba a los veintisiete. Así que, al cabo de un tiempo, pensé que ahí yo no tenía nada que hacer. Bailé poco, pero lo hice y lo disfruté.

-También hice teatro con Miguel Ponce, que había formado parte de Teatro Estudio. Yo no me consideraba actor, pero quería hacer algo que me permitiera estar en el escenario y sentir que me estaba proyectando desde allí. Bajo la dirección de Miguel Ponce, trabajé en varias obras, aunque no pasaban de tres o cuatro funciones.

De ahí me imagino que fuiste a dar a la revista Exilio. ¿Cómo surgió la idea de su publicación?

-Muy sencillo. En Nueva York había unos cuantos jóvenes cubanos de mi edad que eran escritores y pintores o aspirantes a serlo. Estaban en Nueva York porque era un centro cultural y artístico importante. Yo los conocía, pues existían lugares donde acostumbraban ir los cubanos. En una feria del libro que se hizo, me encontré con Raimundo Fernández Bonilla, a quien no había conocido en Cuba. Estuvimos hablando y surgió la idea de publicar una revista. Fernández Bonilla tenía una gran cultura, había colaborado en Ciclón y además tenía contactos.

¿Fue difícil poner en marcha la revista?

-La principal dificultad era la económica, y esa yo no la tenía. Mis padres me daban dinero suficiente para que viviera bien. No para que hiciera grandes proyectos intelectuales, pero les pareció bien que editara una revista. Al ver los primeros números, les gustó mucho que Lydia Cabrera figurara entre los colaboradores, pues era una escritora conocida por ellos. Eso hizo que vieran que la revista era algo serio, no el pasatiempo de unos muchachos.

-Al inicio, hacer la revista fue difícil en otro sentido. El traumatizado exilio cubano era entonces muy poco dado a la especulación intelectual. El mismo título de la revista, que escogí yo, fue criticado, porque al parecer resultaba pesimista. Argumenté que el título venía de Ezra Pound, quien publicó una revista llamada The Exile. El título de la nuestra era por esa revista, que tuvo un gran valor literario. Publicamos también algunos trabajos que fueron mal vistos. Y las Cartas a la Redacción, algunas de las cuales eran favorables y otras lamentables, terminamos por suprimirla. Pero poco a poco, Exilio empezó a ser respetada.

Recuerdo una carta en la cual un lector expresó su indignación porque se calificara a Lezama Lima de “creador” y “hombre preocupado por el mundo del espíritu”, cuando de acuerdo al señor que la firmaba, era un “comunista”, un “gongorista de pacotilla” y un “poetastro cojo de poesía, manco de moral y tartamudo de criterio”.

-Sí, me acuerdo de esa carta, y dio pie a que le contestáramos con vehemencia. Hubo una reacción por parte de las personas más o menos serias. Recuerdo que Alberto Baeza Flores nos escribió para pedirnos que no dejásemos de publicar las cartas que recibíamos en la redacción.

-Volviendo a las dificultades, en 1965 pedir a los escritores de otros países que colaboraran en una revista hecha por cubanos exiliados, era prácticamente imposible. Sin embargo, a partir de 1968 o 69, la situación empezó a cambiar, pues se produjo el caso Padilla y el apoyo del gobierno cubano a la invasión soviética de Checoslovaquia. A partir de entonces sí empezamos a recibir colaboraciones de escritores como Enrique Anderson Imbert, Jorge Campos, Francisco García Lorca, Isaac Goldemberg, Julián Marías, Gregory Rabassa, Iván A. Schulman, María Zambrano. Eso le dio a Exilio un aire más profesional, aunque te confieso que a mí me gustaba más la primera etapa, porque estábamos rompiendo una serie de complejos y prejuicios.

¿Cómo era la distribución? ¿La revista se vendía en librerías, contaban con suscriptores?

-No me acordaba de eso, pero hace unos años, por algún motivo, tuve que revisar unos documentos, y para mi sorpresa comprobé que teníamos muchísimos suscriptores, más de mil. A la distribución se le dedicaba mucho esfuerzo. De ese trabajo se ocupaban personas a quienes se les pagaba. De otro modo, no se hubiera podido lograr.

Exilio duró bastante tiempo.

-Duró más de diez años, unos trece. Yo vine para España y quise seguir haciéndola. Pero al estar aquí no estaba en contacto con los cubanos, que en su mayor parte estaban en Estados Unidos. Allí era donde se imprimía la revista y donde además se distribuía y circulaba.

Al ser tú el director y el que además la financiaba, la revista murió de muerte natural.

-Claro, al no estar yo nadie podía sustituirme y coordinar esa labor. Esa fue la razón por la cual dejó de publicarse Exilio, que para mí fue una experiencia muy importante.

Es una revista que en algún momento va a ser valorada. Quiero decir, que algún investigador se va a dedicar a hacer un análisis serio de la colección y va a determinar lo que aportó.

-Tengo que mencionarte algo que es muy de agradecer, pues a mí no se me hubiera ocurrido hacerlo. Y es el Índice de la revista Exilio que por iniciativa personal tuya preparaste. Para una revista, es algo indispensable poder contar con un índice de todo lo que se publicó.

Por cierto, ahora que mencionas aquel libro, Umberto Peña, quien lo maquetó y diseñó, pudo ilustrarlo con dibujos de Waldo Díaz-Balart, Raúl Tapia, Agustín Fernández, Sergio Alarcón, Ricardo Pedreguera y Julio Crews, que aparecieron en distintos números. Es decir, que, además de las letras, las ciencias sociales y la historia, Exilio incluyó obras de una buena cantidad de artistas plásticos.

-Sí, es cierto. Cada número lo ilustraba un pintor, lo cual incluía la portada. En la del tercer número, usamos un dibujo de Waldo Díaz-Balart y a partir del número 10, del verano de 1969, decidimos que ese mismo dibujo iba a ser la portada de los números siguientes.

Después de Exilio, tuviste la experiencia de otra revista, aunque esa es un tanto atípica. Hablo de escandalar, cuyo título aparecía todo en minúscula.

-Sí, escandalar fue una publicación muy interesante.

¿Cómo surgió?

-Creo que Octavio Armand publicó sus primeros poemas en Exilio. Tendría entonces unos veinte años. Con él yo llegué a establecer una buena relación amistosa. Hablando con él un día, me comentó su intención de editar una revista. Decidí apoyarlo económicamente. Por supuesto, aunque tomaba en cuenta mis opiniones, el director de escandalar era él. Aparte de Severo Sarduy y Lorenzo García Vega, quienes colaboraron asiduamente, fueron pocos escritores cubanos los que aparecieron. Le insistí que tenía que incluir más cubanos, pero él tenía su línea editorial trazada, y al cabo de cinco años nos separamos. Sin embargo, uno de los últimos números que salieron, el 17-18 de enero-junio de 1982, estuvo dedicado a la literatura cubana.

Un número estupendo, por cierto.

-Sí, quedó un número muy bueno. Estaban los mejores escritores del exilio: Cabrera Infante, Lydia Cabrera, Lorenzo García Vega, Heberto Padilla, Severo Sarduy, Antonio Benítez Rojo, Julio Miranda, José Triana, Julián Orbón, Reinaldo Arenas… Estaban tanto los más veteranos como los más jóvenes, unos escritores a los que había que darles espacio en la revista. Por cierto, intervine mucho en la preparación de ese número.

Pasemos ahora al proyecto de Colibrí. Igualmente te voy a preguntar de dónde vino la idea de crear la editorial.

-Al producirse la desaparición de la Unión Soviética, muchos cubanos empezaron a llegar a España. Uno de ellos fue Jesús Díaz, a quien pude conocer. Él empezó a hacer contactos para sacar adelante lo que después fue la revista Encuentro de la Cultura Cubana, un proyecto en el cual lo ayudaron personas como Annabelle Rodríguez y Gastón Baquero. Empecé a tratarlo y establecimos una buena relación.

-Jesús me comentó que varios cubanos exiliados habían publicado libros en inglés en las universidades norteamericanas, pero a las editoriales españolas no les interesaba el tema cubano visto desde la ensayística y las ciencias sociales. Y me habló de los libros de Marifeli Pérez-Stable y de Rafael Rojas. A mí aquello me interesó y fue así como surgió Colibrí. Me concentré en ensayo, pues hasta entonces, en el exilio no existía una editorial dedicada exclusivamente a ese género. Los primeros libros que se publicaron habían aparecido originalmente en inglés, como es el caso del de Marifeli, La revolución cubana: orígenes, desarrollo y legado, y también de Vidas en vilo, de Gustavo Pérez Firmat, que puso en el mapa la cultura cubana de Miami. Eran libros que había que publicar en español. Pero ya después todos los libros que editamos eran inéditos.

¿Tuvieron una buena distribución los libros en el mundo académico? Te lo pregunto porque, aparte de que era su público natural, en el catálogo de Colibrí figuran académicos tan reconocidos como Roberto González Echevarría, Rafael Rojas, Gustavo Pérez Firmat, Duanel Díaz.

-No teníamos la ambición de tener grandes ventas. Sacábamos quinientos, mil ejemplares, y al principio no se vendían tan fácilmente. Estábamos en España, lo cual no se prestaba para la distribución en Estados Unidos. No obstante, tuvimos algunas sorpresas muy agradables. Por ejemplo, La gloria de Cuba, el ensayo de Roberto González Echavarría sobre el béisbol. Es otro libro que originalmente se había publicado en inglés. Roberto fue cátcher y sabe mucho de béisbol. El libro trata sobre la historia de ese deporte en Cuba, sobre la popularidad que adquirió, y también sobre cómo influyó en la superación de la discriminación racial en Estados Unidos.

-En ese libro descubrí muchas cosas que me impresionaron. Una de las que más me interesó fue la relación con el béisbol americano. La primera vez que peloteros negros norteamericanos jugaron con peloteros blancos, fue en la liga profesional cubana. Y a la inversa, peloteros cubanos blancos iban a jugar en ligas negras americanas. La gloria de Cuba es el libro de Colibrí que más se ha vendido. Sacamos tres mil ejemplares y creo que me quedan unos treinta. En Cuba se lo arrebataban, lo vendían a diez dólares, un precio que allá no muchos pueden pagar. Otro libro que se agotó rápidamente fue José Martí: la invención de Cuba, de Rafael Rojas, una interpretación poco ortodoxa de Martí.

¿Aún tienes la esperanza de presentar en la Feria del Libro de La Habana los libros de Colibrí?

-No, para nada. Hace unos años, cuando España fue el país invitado, intenté como editorial española que éramos, que incluyeran títulos nuestros. Pero la respuesta por parte de La Habana fue negativa. De todos modos, en determinados sectores los libros de Colibrí han circulado, más o menos clandestinamente, en Cuba.

¿Sabes si la Biblioteca Nacional José Martí tiene libros de Colibrí?

-Cuando fui con Helen Díaz Argüelles, que ha llevado conmigo el peso de la editorial, a la Feria Internacional de Guadalajara, conocí a Eduardo Torres Cueva, quien entonces dirigía la Biblioteca Nacional. Me comentó que a la Biblioteca le interesaría tener nuestros libros. Yo accedí y un tiempo después me escribieron de la Biblioteca para decirme que les gustaría tener cincuenta ejemplares de cada título de la colección completa. Les mandamos no cincuenta, sino sesenta ejemplares. Helen iba a Cuba todos los años a ver a su madre, y en uno de los viajes fue a la Biblioteca para averiguar qué había pasado con nuestro envío. Torres Cuevas no estaba y la atendió su secretaria. Los libros llegaron, le comentó, pero se quedaron en la aduana.

¿Te sientes satisfecho de todos los proyectos que has hecho y financiado?

-Sí, me siento satisfecho.

A estas alturas, ¿qué te queda por hacer?

-Hace unos años escribí un ensayo titulado “El contrapunteo cubano: Ortiz y Lezama”, y estaba interesado en que se publicara. Lo envié a la revista Espacio Laical, donde ya se había publicado un comentario sobre Colibrí. De las cinco personas que componían el comité de redacción, tres rechazaron mi ensayo y dos lo aprobaron. De modo que no se publicó.

¿Y por qué no buscas otra posibilidad para publicarlo en otro sitio?

-Porque el embullo, una palabra cubana que no utilizo desde hace décadas, ya se me ha ido.

¿Nunca has pensado escribir tus memorias?

-No me veo escribiendo mis memorias. Sentiría, para decirlo con otro cubanismo, que estoy rascabucheando. Y ahora, cuando el mundo entero parece estar yendo a la deriva, no quiero tener que escoger entre populismo y esoterismo, pues no sé cuál escogería. Ante la especie de apocalipsis que se avecina, quizás lo mejor sea evitar lo que hizo la mujer de Lot, y no mirar hacia atrás.

Carlos Espinosa Domínguez
Cubaencuentro, 2 de febrero de 2020.
Foto: Víctor Batista en su casa de Madrid. Tomada de Cubaencuentro.

lunes, 8 de junio de 2020

La impalpable mano de Víctor Batista



Sería cuento de nunca acabar ponerme a recordar anécdotas propias con Víctor Batista. Fueron décadas de amistad, de conversaciones, de acuerdos y desacuerdos, hoy recuerdos.

La geografía de ese anecdotario se inicia en Nueva York, pasa por Madrid, Santander, Nerja, Torrox, casas y encuentros literarios, revistas y la eterna cuestión de cómo podemos ayudar a aclarar ante nosotros mismos y la diversidad cubana, Isla y Exilio, el comportamiento cubano del exterior, y que se vea, más allá de los oportunismos de rigor que ese exilio no era ni es unívoco sino, con todos sus errores y falacias, bloque vivo de seres humanos condenados por una agreste historia centenaria a vivir fuera de su país, y que quienes no han tenido esa experiencia se dejen de pontificar, gusanos y escorias se encuentran en todas partes y yo las he visto en tal cantidad, no entre cubanos sino entre los acusadores, que dan ganas de chillar.

Mejor no chillar, como Víctor aducía, que esa chilladera no sirve de nada: mejor mantener una dialéctica de alejamiento y de presencia nada fácil de sobrellevar ni de llevar a cabo en aquellos años tan difíciles para quienes nos habíamos ido del país natal, Víctor entre tantos, él en particular teniendo que cargar con el peso de ese cierto apellido y de esa millonaria familia donde todo, visto desde fuera y desde la conveniencia partidista, izquierdosa, que no entendía nada del proceso político cubano, le dificultaba, para quien no quiere andarse con explicaciones ni justificaciones, la diaria existencia.

Porque sépase que fuimos unos apestados, unos perseguidos, unos maltratados y los malos de la película: la tortilla suele dar muchas vueltas y muchas ha dado y hoy ya pocos creen en esa idiota dicotomía de buenos (ellos) y malos (los cubanos de la diáspora) y se ha visto el plumero de muchos que se proclamaron adalides de la revolución y que acabaron cobrando una pensión y un seguro social de Estados Unidos. Vaya revolucionarios, vaya revolución.

La primera anécdota que recuerdo me trae a la mente, mi poblada mente, a un Víctor joven y tranquilo, lleno de la vida serena del que practica formas del budismo zen, y explora la espiritualidad, estamos en mi piso de West 4th, en Nueva York, conversamos sobre poesía, Cuba, la revista Exilio, me abre sus puertas, y yo acepto encantado porque dónde diablos en aquel entonces podía publicar un joven cubano "de fuera" si todas las revistas literarias de América Latina nos estaban vedadas. Aquí callo de momento porque sería de nuevo el cuento de nunca acabar.

Y me retrotraigo a un par de años más tarde en que nos encontramos a comer donde los chinos, y Víctor en un momento dado me pregunta por qué no publico un libro, que ya tengo suficiente material para hacerlo, y yo le digo que tengo idea de sacar un libro de poemas con mi mejor examigo Isaac Goldemberg, lo titularía De Chepén a La Habana y lo publicaría con gusto pero cómo. Yo no tengo dónde publicar.

Sácalo por tu cuenta me dice, yo era entonces más pobre que un ratón de iglesia. Recuerdo le respondí diciendo con qué se sienta la cucaracha. ¿Qué necesitas para sacarlo? Dinero le digo. Y él, ¿cuánto? Tras un breve desconcierto por mi parte le digo unos 3 mil dólares. Y él, yo te los doy. Y yo, con la condición de devolvértelos en cuanto pueda. Y él, con esa impalpable mano suya, veo que la lleva al bolsillo de la camisa, saca una chequera, me entrega a mi nombre un talón por 3 mil dólares para sacar el libro de marras.

Pasan unos años y un día ya en Madrid conversando le digo, Víctor se me cae la cara de vergüenza, pero el libro que me subvencionaste no ha vendido ni diez ejemplares y todavía no puedo devolverte el dinero que te debo. Qué dinero, le oigo decir. Los 3 mil dólares que me dejaste cuando hablamos de sacar De Chepén a La Habana. José, no tengo la menor idea de lo que me estás diciendo, qué dinero te di yo. Y créaseme que de veras lo había olvidado.

José Kozer
Diario de Cuba, 13 de abril de 2020.
Leer también: Víctor fue mi editor.
Foto: Víctor Batista en una playa, probablemente en España. Tomada de la revista Hola.

lunes, 1 de junio de 2020

Hasta pronto, Víctor


Víctor Batista Falla-Bonet (La Habana, 1933-2020) hizo de Cuba, un culto, de la cultura una fe, y de la amistad, una geografía polisémica en la que caben todos los 'cubiches' del mundo, palabreja que lo emocionaba más que Strindberg y Julián Orbón juntos, pero no tanto como una señorita de Sylvain, la famosa dulcería que nació en la cocina de su mansión habanera (13 y B, Vedado), que también fue Embajada de la URSS.

La inundación verde olivo lo alejó pronto de la isla en 1960, pero no dejó de pensar Cuba ni un solo día de su vida que ha acabado, coronavirus mediante, en el IPK (Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí) de La Habana, tras un viaje tantas veces pospuesto como tantos intentos suyos por construir un discurso cultural desde el exilio desprovisto de rabia y lleno de indagación; empeño en el que tuvo aliados imprescindibles como Gastón Baquero, Mario Parajón, Octavio Armand, Pío E. Serrano, Carlos Espinosa Domínguez, Rafael Rojas, Antonio José Ponte y Helen Díaz-Argüelles García que -junto con Andresito- lo cuidaron como hermano mayor.

Los epigramas y diarios de José Kozer están repletos de Víctor Batista porque ambos hicieron de su amistad inquebrantable cháchara fecunda, como aquella tarde en que el poeta, caminando por la arena de la playa de Torrox, en Málaga, evocó a Fabio Grobart hablando en yiddish con su padre en La Habana Vieja.

Metí la cuchareta para apuntar dos datos: ni Fabio ni Grobart eran nombres reales de aquel polaco bajito que ostentaba la jefatura del Centro KGB en La Habana desde los tiempos de Julio Antonio Mella y sugerir que habláramos con Ofelia y Fausto Menocal, por separado, que guardaban intensos recuerdos de aquellos judíos de Curazao, llegados a La Habana, cuando Víctor estaba naciendo, para hacer negocios y "enseñar a robar a papá y a tío; que todavía no sabían robar", aseguraba Fausto, que había combatido contra los milicianos en Pálpite, tras desembarcar en Bahía de Cochinos.

Cuando Kozer se recupere del golpetazo, alumbrará ese Víctor suyo que casi nadie conoció con tanto detalle y cariño a prueba de aventuras, venturas y desventuras con que la vida premia a los emigrados cubanos, esa especie única de caracol; siempre con su casa a cuestas y teniendo que explicar lo inexplicable ante los demócratas de Madrid o Nueva York, de donde Víctor se mudó a Madrid "porque allí lo primero que te preguntan es en qué trabajas".

La oleada migratoria de la isla, en los años 90 del siglo XX, encontró en los desayunos de domingo del Café Central (Madrid), afecto, café con leche y una Cuba inédita; allí el único batistiano presente era Víctor por apellido, el resto era gente formada, trabajadora, honrada y dolida por el extravío y la incomprensión de los cartesianos amante de las barbas y los habanos, que discriminaban a Martha Frayde y a muchos otros, acusándolos de traicionar la historia, como si la historia fuera unívoca.

La doctora Frayde aprovechaba aquellos desayunos para repartir, mensualmente, los boletines del Comité Cubano pro Derechos Humanos, un inventario de atropellos; si aquellos desayunos y publicaciones fueron posibles, se debió a la generosidad resuelta y discreta de Víctor Batista, que siempre echaba una mano sin lastimar.

Víctor podía pasar por sueco o gallego hasta que abría la boca y gesticulaba con modales de Santo Tomás de Villanueva; mientras no sonara la música de Los Van Van en la madrileña Sala La Riviera, compartiéramos unos frijoles negros dormidos o frituras de bacalao en Casa Labra con sus sobrinos venidos de Nueva York y Europa.

La última vez que hablamos, para una entrevista en CiberCuba, como parte de la serie "La vuelta al mundo en 80 cubanos", pidió aplazarla a su regreso de La Habana, que no olía ni pisaba desde hacia 60 años. Su voz era feliz, animada y tuvo el detalle de recordarme nuestro aplazado viaje a Remedios, Villa Clara, donde su tío Eutimio financió la reconstrucción de la Iglesia de San Juan Bautista, tras rastrear el origen de su familia materna.

Descansa en paz, amigo. Ya no podremos ir juntos a San Juan de los Remedios, pero he pedido a Tamara, Alejandra y Amanda que enciendan sendas velas a tu memoria decente y fraterna, en aquella Iglesia con nueve altares de oro, una virgen embarazada y un púlpito llevado por tu tío Eutimio desde Potosí.

Hasta pronto, Víctor. Tu réquiem se me antoja con las Tres versiones sinfónicas de Julián Orbón, aquel asturiano-cubano, que adaptó Versos Sencillos de José Martí a la tonada "Guantanamera, guajira guantanamera", y este juramento de José Kozer, en la voz de Guadalupe: Acabo de contar 28 gaviotas rumbo al poniente...

Carlos Cabrera Pérez
CiberCuba, 13 de abril de 2020.
Foto: Víctor Batista Falla-Bonet (con la mano en la barbilla), a su derecha el escribor Lorenzo García Vega, en la Feria del Libro de Miami en 2010. Tomada de Radio Televisión Martí.

lunes, 25 de mayo de 2020

Música en tiempos de coronavirus. Juan Formell y Los Van Van: Eso que anda


Nota de Tania Quintero.- La canción Eso que anda probablemente fue compuesta por Juan Formell a raíz de la epidemia de dengue hemorrágico que hubo en Cuba en 1981 y que ocasionara 158 fallecidos, entre ellos 101 niños. En internet no encontré ninguna entrevista donde Formell u otro músico de Los Van Van contara sobre los hechos o situaciones que motivaron a componer Eso que anda, uno de los números que aparecen en el disco que con el mismo título lanzara la EGREM en 1986, cuando ya habían pasado cinco años de una epidemia de dengue de la cual Estados Unidos fue acusada por el régimen de Fidel Castro de haberla introducido en la Isla. En 2010, el cineasta Ian Padrón realizaría un documental al que decidió titular Eso que anda y que recibiera un Premio Especial del Jurado en la Novena Muestra de Nuevos Realizadores. A continuación, el artículo publicado por Irina Echarry el 4 de marzo de 2010 en Havana Times.

Una gira nacional de Los Van Van fue el pretexto para hacer un recorrido por la vida de la agrupación mediante testimonios de fundadores, ex-músicos y actuales artistas de la banda. Con el llamado de Fidel a participar en la zafra de los diez millones, el reconocimiento público (en un programa de televisión con la presentadora Eva Rodríguez) de que ya se habían logrado 3 millones “y los otros siete van,” comienza el documental. En 1969, Año del Esfuerzo Decisivo, se funda la orquesta. Lo que para muchos es un cuento viejo o algo que ha pasado de generación en generación, ahora sus protagonistas ponen en duda que haya sido cierto".

"Van Van no debe su nombre a esa zafra, los diez millones no se dieron y la orquesta ha perdurado", dice Juan Formell, el director. César 'Pupy' Pedroso, no recuerda bien, pero cree que “se pensaba en Bang Bang, como el sonido de los tiros, luego Formell dijo que mejor era escribirlo con V.” El caso es que, para alegría de muchos, Formell tenía el oído atento al exterior, en un momento en el que apenas se escuchaba música foránea en Cuba.

Según el musicólogo Helio Orovio, Formell mezcló la guitarra de rockero con el changüí, la nueva canción (más conocida como Nueva Trova), los Beatles… y de todo eso salió una nueva sonoridad. En el documental intervienen también con sus opiniones Tony Pinelli, Pablo Milanés, José Luis Cortés, El Tosco. Cada uno ensalza a la orquesta, cuenta un pedacito de la historia y reconoce que, aunque otras muchas buenas agrupaciones han surgido, Van Van ha sido la que más tiempo ha estado en la preferencia del público.

Armandito Cuervo, ex cantante que puso a tararear y bailar a toda Cuba con El guararey de Pastorita cuenta que disfrutó y gozó en esa época, que fue la mejor de su vida, además de una gran escuela.

Cuando se dice Van Van, nos viene a la mente la imagen de un negro apuesto con bigote, sombrero de ala ancha y una voz impactante. Es Pedrito Calvo, símbolo de Van Van. Pedrito habla sobre su vida en la agrupación: “Nosotros éramos populares porque estábamos con el pueblo, donde hubiera que ir, ahí estábamos. En el campo, haciendo giras, sacrificándonos. Y siendo la más popular, la orquesta no tenía poder económico ninguno. Cobrábamos un salario como todo el mundo, ni más ni menos.”

Luego llegó un momento en que todo cambió. Ya no bastaba con ser popular, había que tener dinero para sobrevivir. Pero Van Van podía hacerlo, solo que algunos músicos prefirieron marcharse (por diferentes razones) y hacer carrera por su cuenta. Con la salida de Pupy y Pedrito, comienza otra vida para la agrupación.

En los 90 hubo un boom de orquestas de música popular bailable que implantaron un estilo en cuanto a imagen y a música. Entonces Formell, arriesga todo y cambia el formato de los Van Van. Aparecen nuevos cantantes, se incorpora, por primera vez, una mujer. La música comienza a ser más fuerte. Pero no mermó su poder de convocatoria. La gira por las diferentes provincias del país lo demuestra, miles de personas esperando por ellos para bailar y divertirse. Mientras los músicos, siempre contentos, desafían las incomodidades de los viajes, los desperfectos eléctricos o las inclemencias del tiempo a base de rumba improvisada y risas cómplices.

¿Qué será lo que tienen, qué será? ¿Qué será lo que tienen los Van Van? El estribillo se repite sin cesar, jóvenes y viejos se preguntan sin dejar de mover las caderas. Para otros músicos, lo que tiene Van Van… es Juan Formell.

Un Formell que, como todo buen trovador, es cronista del presente y el pueblo, al sentirse reflejado en las letras y encontrar un ritmo sabroso para bailar, se apropió de las canciones de inmediato. Un Formell que reconoce estar cansado, enfermo, que ha dejado la dirección del grupo a su hijo Samuell, en quien confía plenamente. Él sabe que lo que ha colocado a Van Van tanto tiempo en la preferencia del público es la comunicación que establece la orquesta con sus bailadores.

Uno de los logros de la obra de Ian Padrón es la naturalidad. Durante algo más de una hora, Formell habla de su salud, recuerda los comienzos de su carrera, rinde homenaje a Benny Moré en su tumba, reafirma su pasión por los Beatles, sus ruegos a la Virgen de la Caridad del Cobre, habla con la gente en la calle, con la sencillez de quien sabe que tiene todo a su favor.

Un documental que registra la historia de la orquesta más popular de Cuba, eso que anda desde hace cuarenta años y que no tiene intenciones de parar. La cámara se coloca en el público para admirar a los artistas, para ver disfrutar de cerca a los eufóricos bailadores y para captar las broncas y las respuestas de los policías para apaciguarlas. Nada se le escapa, como a los ojos de cualquier espectador.

lunes, 18 de mayo de 2020

Música en tiempos de coronavirus. Vanesa Martín: Un canto a la vida


Día tras día, Vanesa Martín habla desde el confinamiento con sus padres, empleados ambos de hospital. Por ellos conoce de primera mano lo que es trabajar sin medios adecuados de protección frente al coronavirus y por ellos, y por el resto de héroes de esta lucha, ha querido aportar su ayuda.

“No quería quedarme de brazos cruzados. Por mis padres, que trabajan en la limpieza y el mantenimiento de un hospital, conozco la falta de material. Sentirlos desprovistos ante algo tan contagioso me motivó a querer contribuir”, dice sobre la génesis de Un canto a la vida, cuyos ingresos irán al plan con el que Cruz Roja intenta paliar los efectos del Covid-19.

No se trata de un tema nuevo, pero sí inédito. “Es como que las canciones tienen un momento de salir al mundo. Hace 10 días me levanté y pensé en esta letra, que es como si estuviese escrita para lo que sucede hoy”, dice sobre lo que define como “un himno al valor de la unión, la empatía y la solidaridad”.

“Hay héroes al desnudo que desplegaron la bandera de la solidaridad, profesionalidad, conocimiento, valor y entrega. Personas que llenan de aliento los hospitales, avenidas, carreteras, supermercados, farmacias, las casas vecinas, que ahora se vuelven transparentes”, escribe como análisis de la situación.

Decidida a ponerle sintonía a ese esfuerzo, desde su encierro se puso en contacto con los músicos y con el productor y coautor del tema, David Santisteban, para trabajar a distancia “en un proceso todo casero, pero desarrollado con mucho amor e ilusión” y alumbrar así un canto a la vida.

“Espero que la crisis saque lo mejor de cada uno y hacer balance. Es responsabilidad de todos reponernos y volver a la normalidad. Además, confío en que los científicos encontrarán una vacuna que nos haga sentirnos más protegidos”, reflexiona, tras recordar a tantas personas que han perdido su trabajos y también “amigos” que han tenido que cerrar sus negocios.

Por todos ellos, tanto la canción como el videoclip estarán disponibles en la web de la artista, donde además se habilitará un enlace para facilitar la donación directa a la causa del Plan Cruz Roja Responde, que pretende alcanzar a más de 1,3 millones de personas en diversos frentes, como el de las personas sin hogar y las residencias de la tercera edad.

“La soledad de esta enfermedad es terrible y me dan mucha pena las personas mayores, quienes han vivido cosas muy duras como la guerra y la posguerra. Que ahora tengan que vivir esto”, se lamenta. En su opinión, se trata de “una generación que ha luchado tanto por dejarnos un país más amable en cuanto a derechos, libertades sociales y progreso que se merecen que les devolvamos algo de todo esto”.

“Con esta motivación de la canción hemos pasado muy ilusionados la última semana de confinamiento”, relata Martín, que dice llevar en cualquier caso “muy bien” el encierro, acostumbrada como está a los tiempos muertos entre giras y el proceso de composición de un álbum.

Además de leer y disfrutar de sus perros, ocupa ahora su tiempo en arreglar canciones y construir más temas para su próximo disco, planes que ha anticipado después de que el coronavirus le trastocara los tres últimos conciertos de su exitosa última gira, en la cual presentó Todas las mujeres que habitan en mí, su último trabajo. “Lo que peor llevo es no poder abrazar a mis padres, a mis hermanos y a mi familia, a mis padres, pero queda un día menos de esta pesadilla”, afirma optimista.

Información de EFE publicada en La Vanguardia el 31 de marzo de 2020.

lunes, 11 de mayo de 2020

Música en tiempos de coronavirus. Para Panamá: Rubén Blades


El viernes 27 de marzo, el cantante Rubén Blades lanzó una canción titulada Para Panamá con el fin de concienciar a la sociedad de seguir las recomendaciones sanitarias y mantenerse en sus casas y así frenar la propagación del COVID-19, que hasta esa fecha en Panamá dejaba 9 personas fallecidas y 674 contagiadas.

"Para Panamá es nuestro aporte en forma de canción, de manera simple, directa, repetitiva, porque nos interesa que los mensajes que planteamos en la letra queden claros", escribió Blades en su cuenta de Twitter, donde tiene un millón de seguidores.

La canción comienza con un coro cantado por varios panameños desde sus hogares diciendo Panamá e introducido por un acordeón tocado por el cantante panameño Ceferino Nieto.

"Somos una mano, hermanos y hermanas, frente a la tormenta nuestras manos tiemblan", canta en las primeras estrofas el ganador de 17 premios Grammy, a continuación entona: "Este es el momento de tomar conciencia; de ayudarnos todos sin indiferencia". Otra estrofa del tema compuesto por Blades, ex ministro de Turismo en el gobierno de Martín Torrijos (2004-2009) dice: "En esta emergencia mostrar unidad y actuar con decencia y solidaridad. Esta es nuestra casa, necesita ayuda".

El videoclip de la canción, editado por Luis Enrique Becerra, integrante del equipo de música del cantautor, lo componen imágenes del país centroamericano, vídeos de panameños cantando el coro y grabaciones de Blades y sus colaboradores.

"Atención: haz caso a los de salud. Aunque te creas genio, ellos saben más que tú. Arriesgan su vida para socorrernos, eso no se olvida y hay que agradecerlo", dice el cantautor en una mención especial a todos los trabajadores del sector sanitario.

Rubén Blades, quien también es actor de cine, produjo la canción de manera virtual con la colaboración de Luis Enrique Becerra desde su residencia en Nueva York, donde habitualmente convive con su esposa, Luba Mason. Desde la Gran Manzana, a través de Instagram "un vídeo donde canten la palabra Panamá como si fuera un coro". Su petición recibió 1.100 vídeos de panameños, aunque por razones de espacio solo se utilizaron 166 grabaciones.

Información de la agencia EFE publicada el 27 de marzo de 2020.

lunes, 4 de mayo de 2020

Música en tiempos de coronavirus. Orquesta Sublime: La Asiática


Pareciera una premonición para los tiempos actuales, pero fue una guaracha de éxito hace 60 años en Cuba: la Orquesta Sublime se inspiró en una pandemia que azotó al mundo para sacarle partido musical entre los bailadores y sazonar con humor los difíciles momentos de una hecatombe como la del coronavirus.

La Asiática, un número grabado por la agrupación a comienzos de 1959, tomó como referencia al brote de una gripe causada por un virus de la influenza A (H2N2), y que entre 1957 y 1958 causó más de un millón de muertes a nivel global, según estimados de la Organización Mundial de Salud. El virus se detectó por primera vez en la provincia de Yunán, en el sureste de China, en febrero de 1957, y se expandió rápidamente hacia Singapur y Hong Kong y Japón. Para mediados de ese año ya hacía estragos en el continente americano.

Ante las consecuencias derivadas del flagelo mundial, la música cubana optó por despedirse de los peores momentos de la crisis con buena cara y ánimos de festividad: “Las cosas que están pasando no son de casualidad/ La gripe que está acabando con toda la humanidad/ La Asiática le dicen a la gripe, la Asiática le dicen/ y yo que soy precavido, pues dejo de trabajar,/ porque si me coge el gripe/ cómo me voy a arreglar”, dice la letra de la canción, compuesta por Fernández Valencia y Obdulio Morales. Remata con un pegajoso estribillo: "La Asiática me tiene/ hablando en chino".

El tema popularizado por la Orquesta Sublime viene como anillo al dedo para contextualizar la polémica desatada por NG La Banda y su director, José Luis Cortés, El Tosco, tras estrenar por el canal Cubavisión el videoclip de la canción Evita el coronavirus. No sé si El Tosco y sus músicos desconocían el precedente de la Sublime, pero la iniciativa de NG La Banda no hace más que marcar la continuidad de una idiosincrasia musical, satírica, irreverente, expansiva, con no pocos antecedentes en el cancionero popular cubano.

"La Orquesta Sublime era una de las charangas que le hacía competencia a la Aragón allá por el año 1959, cuando el chachachá estaba de moda para bailar, y grabó ese número para comentar una epidemia de fiebre asiática, que parece que así la bautizó el pueblo, pero que desde luego fue mucho más benigna que la 'otra epidemia' que ya estaba andando hacía rato en Cuba, y de la que todavía no nos hemos podido librar, la revolución de Fidel Castro", comentó el reconocido musicólogo Cristóbal Díaz Ayala, residente en Puerto Rico.

Fundada en 1956 por el violinista, arreglista y compositor Melquiades Fundora (1924-2008), la Orquesta Sublime impuso su estilo en pleno auge de agrupaciones como Arcaño y sus Maravillas, La Charanga Show de José Antonio Fajardo, Melodías del 40 y las Orquestas Aragón y Sensación, entre otras. En la historia de la música popular y bailable cubana, el historiador y realizador Toni Basanta considera que la Sublime es "una de las orquestas que más rápidamente ascendió en el gusto del público bailador".

El mismo año de su debut grabó sus dos primeros discos de larga duración, Sabor de Cuba y Rico Chachachá, y sus músicos se convirtieron en artistas exclusivos del sello Panart, discográfica intervenida por el régimen cubano en 1961. Junto con la Sublime, en aquellos años actuaron Benny Moré, Barbarito Diez y Elena Burke.

En 1959, la orquesta fue proclamada por la crítica como La Pachanguera de Cuba, a raíz del estreno de La Pachanga, un número del cubano Eduardo Davidson que devino uno de los éxitos históricos del conjunto. Con la Panart se produjo en 1960 el lanzamiento del sencillo doble de 78 RPM que contiene La Asiática y Con el Satélite.

En la década de los 60, la Sublime impuso sus ritmos alrededor del mundo desde Estados Unidos y América Latina hasta Europa. En Venezuela conquistó multitudes y alcanzó el Premio de la Popularidad en 1962. Su aceptación llegó también a África, donde recibió un Disco de Oro en 1994. La Orquesta ha renovado sus músicos, pero ha mantenido su formato de charanga y la base rítmica del chachachá, mezclándolo con elementos de rumba, sones, guarachas y boleros. En 2010, lanzó el álbum Sublime Havana, grabado en colaboración con el saxofonista alemán Klaus Roehm para la firma estadounidense Bembé Records y que entre otros números incluye Sabroso como el guarapo. "La agrupación lleva cinco décadas sobre los escenarios y aún mantiene plena frescura en su propuesta", escribió entonces el crítico Joaquín Borges Triana.

La sorprendente vigencia de un tema como La Asiática en tiempos de coronavirus pudiera impulsar acaso un nuevo repunte para la Orquesta Sublime, que ahora comienza a ser rescatada por admiradores, curiosos y sorprendidos internautas, como si revivir los acordes contagiosos de una guaracha sexagenaria animaran la certeza de que el mundo recobrará pronto la alegría.

Wilfredo Cancio Isla
Cibercuba, 29 de marzo de 2020.
Leer también: La olvidada gripe asiática de 1957.