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lunes, 8 de agosto de 2022

Dándole pa'trás a la memoria


Esta noticia me recordó que entre 1968 y 1970 viví en Nueva Gerona, capital de la entonces Isla de Pinos, hoy municipio especial Isla de la Juventud. La delegación del Ministerio de Justicia, donde trabajé, quedaba en el local donde hay un cartel que en la parte de abajo es rojo y azul y adentro se ve una persona en la foto de esa noticia.

El entonces ministro de Justicia, Alfredo Yabur, fue el responsable de que en Nueva Gerona, Isla de Pinos, por primera vez funcionara una delegación del Ministerio de Justicia (MINJUS). Para atenderla nombró a un abogado amigo suyo, Rafael García Himely, en ese momento mi esposo y padre de mis dos hijos, quien la abrió en 1967. Un año después, me trasladé a vivir a Nueva Gerona con Iván y Tamila, entonces de 3 y 4 años. En 1969 nos divorciamos, mis hijos volvieron a La Habana al cuidado de su abuela, mi madre, y yo regresé a Isla de Pinos, pues debido a la falta de mecanógrafas fiables y con experiencia, me habían contratado para trabajar un año en el comité municipal de la UJC.

Ese empleo lo acepté no por el salario (163 pesos), que era el mismo de cuando trabajé con mi ex esposo Rafael y la jueza Irene Alfonso, que era la presidenta del Tribunal Popular, si no porque en la UJC solo tecleaba cartas y mamotretos políticos, mientras que en la delegación del MINJUS tenía que mecanografiar extensos documentos jurídicos, algo bastante aburrido. Además, en la UJC repartían gratis mudas de ropa, las 'tos tenemos', llamadas así porque en esa época la usaba casi todos los cubanos, fueran dirigentes o trabajadores: pantalones de una dura mezclilla azul oscuro y camisas de mangas largas, de una tela gruesa de algodón que en distintos colores confeccionaban en la Textilera Ariguanabo de San Antonio de los Baños. También en la UJC daban ruedas enteras de cigarros suaves o fuertes. Todos los meses iba un fin de semana a La Habana a ver a mis hijos, por avión, en el 'patico', como le llamaban a los aviones soviéticos AN-24, con cinco vuelos diarios Nueva Gerona-Habana.

Además de llevarle dos o tres ruedas de cigarros fuertes a mi madre (desde los 12 años comenzó a fumar, aún viviendo con sus siete hermanos en la finca de sus padres Luis y Francisca en Tuinicuú, Sancti Spiritus y que no sé porque se llamaba Sebastopol), cuando iba a La Habana llevaba par de camisas para regalar: las habaneras les cortaban las mangas y algunas las bordaban. Cuando en 1969 mis hijos regresaron a la capital, hice en la Oficoda los traslados correspondientes de sus libretas de racionamiento, pero yo me quedé con mi libreta en Nueva Gerona porque en Isla de Pinos daban más alimentos. Lo único que nunca cogí fue el pollo, porque los daban vivos. Mensualmente no solo llevaba mi cuota de carne de res, arroz, etc., si no también productos que vendían por la libre, desde latas de jugos y conservas hasta pescado, camarones y langostas.

El primer secretario de la UJC municipal era Manuel Torres Muñiz, primo de Luis Orlando Domínguez Muñiz, primer secretario de la UJC nacional. En 1970 me propusieron laborar un mes como mecanógrafa en el campamento de la tercera Brigada Venceremos, compuesta por jóvenes izquierdosos de Estados Unidos. A mediados de septiembre de 1970 regresé definitivamente a La Habana. En nuestra casa de Romay, en El Cerro, no teníamos teléfono, yo daba los números de dos vecinas que vivían enfrente, el de la familia de Eloísa Pedroso y el de Rita Castro, una mulata que era sorda, pero no sé cómo oía el timbre del teléfono. Rita tuvo dos hijos con un americano que ya había fallecido. Vivía sola en la accesoria de un solar, su hija Violeta, mulata blanconaza, bonita y tiposa, se fue al principio de la llegada al poder de los barbudos. Su hijo Rodolfo era militar del Ministerio del Interior, lo destinaron a Isla de Pinos y allí se empató con Iraida, una pinera mayor que él, tuvieron un hijo, Rodolfito.

Fue al teléfono de Rita al cual me llamaron el 27 de septiembre de 1970, para decirme que al día siguiente debía estar a una hora de la tarde que ahora no recuerdo, en tal punto en el exterior del Ministerio de Comunicaciones. Debía llevar puesto el pulóver anaranjado de la Brigada Venceremos. A los cubanos que trabajamos en esa Brigada nos situaron en la primera fila, delante de la tribuna. En eso veo venir a Fidel Castro con Manuel Piñeiro, alias Barbarroja, quienes empezaron a saludar a los cubanos presentes. A Piñeiro lo había conocido en el campamento de la Brigada Venceremos, por la presa El Abra, en las afueras de Gerona.

No sé en las dos anteriores Brigadas de Estados Unidos, pero en esa había unos cuantos oficiales de la inteligencia que se hacían pasar por 'cuadros de la UJC'. La oficina quedaba en un un amplio salón y en una mesa, en una esquina, siempre había agua fría, un termo de café, jugo de naranja y toronja y bocaditos de jamón y queso. Los segurosos no sólo iban a que les mecanografiara, también iban a tomar café o merendar. Por lo menos en tres ocasiones, Piñeiro visitó el lugar. La primea vez que me vio preguntó si yo era cubana, según él, yo parecía puertorriqueña.

Por eso el 28 de septiembre de 1970 cuando Manuel Piñeiro se acercó a mí dijo: "Fidel, parece puertorriqueña, pero es cubana". Fidel respondió: "No sé de dónde sacaste que parece puertorriqueña, porque se ve que es cubana". Era mi tercer encuentro con Fidel Castro. Fragmento del discurso que localicé en este sitio chileno, porque en el oficial, donde conservan todos sus discursos, no se pueden leer.

Nosotros queremos en esta noche expresar de una manera especial nuestro reconocimiento hacia la tercera brigada de jóvenes norteamericanos que han venido a trabajar a nuestro país (APLAUSOS). Tenemos aquí presente en este acto un contingente de algo más de 400 jóvenes procedentes de 25 estados de la Unión Norteamericana y también de Puerto Rico (APLAUSOS). Constituyen la tercera brigada de jóvenes norteamericanos que nos visita este año. Dos brigadas anteriores participaron en el corte de caña, y fueron brigadas millonarias.

Los compañeros que han trabajado con esta brigada han quedado con una magnífica impresión de su actitud ante el trabajo, de su autodisciplina y del sincero y profundo interés con que han estado haciendo su aporte de energía y de buena voluntad en favor del desarrollo de nuestro país. Y esta ha resultado ser también una brigada millonaria. Y ustedes dirán: “¿Pero cómo, si ya no hay zafra? ¿Cómo puede haber una brigada millonaria en Isla de Pinos, además, donde no hay caña?” Pues bien: fertilizaron 1 095 187 plantas de cítricos en un área de 570 caballerías (APLAUSOS). Y fertilizaron, además, 450 kilómetros de cortinas rompevientos en 28 799 horas de trabajo (APLAUSOS).

Recolectaron 5 389 quintales de limones en 16 518 horas de trabajo (APLAUSOS). Sembraron 21 681 matas de toronja, 3 903 de naranja y 6 832 de resiembra de naranja en 10 627 horas de trabajo. Esto representa un total de 13 caballerías sembradas nuevas (APLAUSOS), y 6 caballerías de resiembra. En aseguramiento de las siembras trabajaron 3 938 horas. En riego de posturas, en 32 903 posturas; descarga de posturas, 7 599. Relleno de huecos para siembra, 7 208. Además, en trabajo de construcción trabajaron 512 horas en la loma de Sierra de Caballos, que es para la antena de televisión en Isla de Pinos, y 960 horas en la construcción del círculo infantil de Gerona (APLAUSOS). Y aquí ustedes ven en concreto el esfuerzo realizado por estos jóvenes en un movimiento magnífico de gran contenido revolucionario e internacionalista (APLAUSOS), expresión de los sentimientos y de las reservas morales de lo mejor del pueblo de Estados Unidos (APLAUSOS).

Es esta ya la tercera brigada. Más de 1 500 jóvenes -si mal no recuerdo unos 2 000- han venido venciendo el bloqueo y los obstáculos de todo tipo y los riesgos de todo tipo. Porque hay que decir que a los imperialistas no les agrada absolutamente nada y se ponen histéricos al conocer de la presencia de estos jóvenes norteamericanos en nuestro país (APLAUSOS); jóvenes que se arriesgan a la ira de los imperialistas y a las consecuencias de este gesto revolucionario hacia nuestro pueblo, y que, desde luego, puede traducirse en los innumerables inconvenientes que los imperialistas crean para tratar de desalentar el movimiento progresista y el movimiento revolucionario en Estados Unidos. De ahí que nosotros expresemos con particular emoción nuestro reconocimiento y nuestro agradecimiento a estos jóvenes norteamericanos en este décimo aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución (APLAUSOS).

Mi cuarto y último encuentro con Fidel Castro fue el 12 de mayo de 1986, cuando me citó a su despacho, lo narro en mi libro Periodista, nada más, que pueden leer en mi blog. Pero el primer y segundo encuentro, en 1960 y 1961, lo conté en el tercer capítulo de mi libro:

La primera vez que hablé con Fidel fue en diciembre de 1960, en la tribuna de un acto de recibimiento a maestros voluntarios en Ciudad Libertad, antiguo campamento militar de Columbia.

-Fidel, dice Lalo Carrasco que nunca le pagaste los libros de marxismo que te llevaste fiados.

-¿Y Lalo todavía se acuerda de eso?, me respondió.

Lalo Carrasco, viejo comunista como mi padre y mi familia materna, había tenido una librería en Carlos III y Marqués González. Entre 1959 y 1961 trabajé como mecanógrafa y bibliotecaria en las oficinas del comité nacional del PSP, y la librería de Lalo quedaba enfrente. A menudo hablaba con Lalo. Siempre decía: “¡Qué descarado es ese Fidel, se llevó los libros y nunca me los pagó!”. No sé si antes de morir Lalo, el comandante le pagó lo que le debía. (A una librería que durante un tiempo hubo a la entrada del hotel Habana Libre, a la derecha, le pusieron Lalo Carrasco. Cada vez que entraba, me acordaba de la anécdota de los libros de marxismo. Lalo era un tipo campechano y mi padre se llevaba bien con él, igual que con su mujer, una de las hermanas Restano cuyo nombre he olvidado).

Mi segundo encuentro con Fidel Castro se produjo un domingo del mes de febrero de 1961, poco antes de sumarme al tercer y último contingente de maestros voluntarios, en la Sierra Maestra. Fue en La Raquelita, finca ubicada en El Cacahual, otrora propiedad de Luis Conte Agüero, famoso periodista y político antes de 1959. La finca había sido expropiada y entregada a Blas Roca, secretario general del Partido Socialista Popular, para que allí pudiera trabajar y descansar con tranquilidad. Mi padre había sido guardaespaldas de Blas más de veinte años. Además, Roca era el esposo de mi tía Dulce Antúnez, hermana de mi madre. Por si no bastara, Blas Roca en 1961 era mi jefe en las oficinas del PSP.

Ese domingo, Blas y los principales líderes del comunismo nacional se habían reunido secretamente con Fidel Castro. Si mal no recuerdo, se encontraban Aníbal Escalante, Joaquín Ordoqui, Carlos Rafael Rodríguez, Manolo Luzardo, Lázaro Peña, Flavio Bravo y Severo Aguirre. Aunque el rumbo socialista de la revolución no se hizo público hasta el 16 de abril de 1961, ya la cosa estaba ideológicamente amarrada. El slogan de “la Revolución es más verde que las palmas” no era más que eso, una consigna (en sus inicios se pensó que el proceso revolucionario tendría un carácter estrictamente nacionalista, con participación protagónica de la pujante burguesía cubana). Lo realmente cierto era lo que la gente decía: "Es como un melón, verde por fuera y roja por dentro".

En una pausa de la reunión de Fidel con los mandamases comunistas, mi tía Dulce me llevó al secreto encuentro. Se celebraba en una especie de bohío circular sin paredes y el techo de guano no permitía demasiada visibilidad. Me presentó al “máximo líder”:

-Fidel, ésta es mi sobrina Tania. Dentro de poco se irá a la Sierra Maestra, a un curso de maestros voluntarios, pero nadie en la familia cree que va a aguantar, porque mira qué flaquita es (tenía 18 años y pesaba cerca de 100 libras) y es muy mona (melindrosa) para comer.

Fidel se puso en pie. Dirigiéndose a mi tía, afirmó:

-No se preocupen. Aquello allá es muy sano. En las montañas hasta el aire engorda.

Y mirándome me dijo:

-Te vas a acordar de mí, porque cuando regreses no te van a conocer.

Y así fue. Luego de tres meses en el campamento La Magdalena, Minas del Frío, y después de subir tres veces al Pico Turquino -el más elevado de Cuba, con 1.974 metros de altura- cuando regresé a La Habana había dejado de ser flaquita. Pesaba 130 libras.

Tania Quintero

lunes, 1 de agosto de 2022

Testimonio de Lázaro Yuri Valle Roca*



Escribo estas líneas para liberar esos pensamientos y sucesos que me llevaron a tomar la decisión más correcta que he tomado en mi vida: declararme opositor y luchar contra la dictadura más vieja de Latinoamérica.

Corría el año 1978 o 79 cuando mi abuelo Blas Roca llegó a la casa indispuesto. Según oí decirle a mi abuela, Dulce Antúnez, había tenido una fuerte discusión con Fidel Castro. Esas discusiones acaloradas con Fidel eran bastante frecuentes. Ya se sabe cómo era el carácter del dictador, su prepotencia y autosuficiencia. Mi abuela le preguntó al doctor Cabeza qué le pasaba a mi abuelo y le dijo que nada, que solo había sido un dolor de cabeza y le había dado un calmante. Pero mi abuela, que lo conocía bien, me llamó al cuarto y me dijo que me preparara porque íbamos para la clínica con mi abuelo. El doctor Cabeza cuestionó la decisión de mi abuela, pero ella le dijo que conocía bien a su marido, pues llevaban más de 50 años casados. Cuando llegamos a la clínica, ya mi abuelo tenía el rostro y la boca desfigurados y le diagnosticaron una trombosis cerebro-vascular.

A partir de ese momento se empezaron a poner las cosas tensas, al punto que lograron divorciar a mis abuelos para casarlo con su secretaria Justina Álvarez. Argumentaron que mi abuelo y Justina mantenían una relación extramatrimonial de muchos años, algo totalmente incierto. En ese estado que se encontraba mi abuelo, Raúl Castro lo divorció y lo casó con Justina. Fueron innumerables las cosas que le hicieron a mi familia, al extremo de no dejarnos ir a verlo. Yo fui en varias ocasiones y Justina decía que tenía que avisar y sacar una cita. Otras veces me botaron, porque hablaba con mi abuelo cosas que a ellos no les gustaba, sobre todo las humillaciones y desprecio hacia mi familia.

Recuerdo el día que murió mi abuelo. Mi abuela, con un valor tremendo, me dijo: "Yuri, se murió tu abuelo, vístete que vamos para el velorio". Y nos fuimos caminando hasta la Plaza de la Revolución, ella se sentó al lado del féretro y yo a su lado. Imagínense cuando llegó la Justina, pero mi abuela y yo inconmovibles. Fidel, Raúl, Ramiro Valdés y Guillermo García miraban detrás de un paraván situado cerca. En eso Raúl me llama para decirme porque yo no llevaba a mi abuela para la casa, para que descansara, a lo que le respondí: "Por qué pinga no se lo dicen ustedes, o no tienen valor para hacerlo, así que váyanse a la mierda, hijos de puta". Y regresé y me senté junto a mi abuela. Cinco minutos más tarde terminaron el velorio. Al entierro pidieron que no fuera mi abuela. Después que finalizó la ceremonia, mi madre al ver que había gente echando la tierra dentro de la tumba, fue y le quitó las palas a los sepultureros y se las dio a sus hijos, para que fuera su familia quien le diera sepultura a su padre, Blas Roca Calderío.

Fueron muchas las vejaciones y humillaciones contra mi familia. Había mucho odio de parte de Fidel y su camarilla contra mi abuelo, que fue un hombre humilde, sencillo y correcto. Nosotros comíamos, como el pueblo, por la libreta de abastecimiento. Nunca mi abuelo quiso casas en la playa y a mucha insistencia de Fidel y Raúl, en las vacaciones alquilaba una casa en la playa, pero la familia tenía que ahorrar todo el año para pagarla. En una ocasión, Raúl le mandó un jeep de regalo a mi abuelo y él se lo devolvió. Le dijo que en el Comité Central solo se podía tener un auto. Son innumerables las cosas que puedo contarles, por eso mi abuelo caía mal pues nunca lo pudieron corromper. Tuvo discusiones con Fidel cuando la Constitución de 1976, que Fidel quería imponer cosas arbitrarias y mi abuelo nunca estuvo de acuerdo. Él era el único que a Fidel Castro le decía que algo no se podía hacer. Por eso lo odiaban, por eso lo divorciaron enfermo, con su cerebro destrozado por coágulos de la trombosis.

En otra ocasión, en 1981, yo tenía 20 años y estaba pasando el servicio militar en tropas guardafronteras, en la escuadrilla nacional ubicada en la Ensenada de Cubanacán, cerca de Jaimanitas, La Habana, donde me desempeñé como radarista en un barco interceptor Griffin. En esa marina guardaban sus barcos y yates muchos dirigentes entre ellos Fidel, el patrón de sus yates era el coronel Kiki Finalé, que andaba por allí ese día en una lancha rápida. Uno de los muchachos que yo tenía bajo mi mando fue corriendo a buscarme, para decirme que Finalé estaba abusando de ellos y humillándolos, haciendo gala y derroche de su prepotencia y despotismo por ser coronel y patrón de los yates de Fidel Castro.

Fui en ayuda de los soldados, entablando una tremenda discusión con el coronel Finalé, a quien terminé diciéndole que por mis cojones no saldría de la marina hacia Varadero, a donde se dirigían ese día, y salí en el barco para hacer mi guardia. Cuando vi venir su lancha de zafarrancho de combate y le hice los disparos de advertencia, paró la lancha. Cuando me acerqué, en la lancha con Finalé iban Alejandro Castro y Juan Juan Almeida, que enseguida me reconocieron. Yo no sabía que Kiki estaba acompañado por ellos, me disculpé y siguieron su viaje. Este hecho trajo como consecuencia que a los cinco días me botaron del servicio militar, con la prohibición que no podía portar ningún arma de fuego.

Espero entiendan que no sea más explicito y dé más datos y detalles, pero estoy preso y tengo muchos presos a mi alrededor, pendientes hasta del más mínimo detalle, lo que como, lo que escribo, todo. Además, para sacar este escrito y hacerlo llegar a su destino, debo burlar requisas y registros. Espero que con estos pocos ejemplos comprendan porque decidí ponerme contra la dictadura.

Mis abuelos siempre me dijeron que yo pensara y fuera lo que yo quisiera. De ellos aprendí a odiar a la dictadura, a ayudar a los más necesitados y que el pueblo, el soberano, es el que manda. También me enseñaron estas palabras de nuestro Apóstol: “Un hombre solo no vale más que un pueblo entero, pero hay hombres que no se cansan cuando su pueblo se cansa, y se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que a si mismo. Y los pueblos tienen muchos hombres, y no pueden consultarse tan pronto ”.

La vez que más orgulloso me sentí de mis abuelos, Blas Roca y Dulce Antúnez, fue en uno de mis viajes a Estados Unidos, cuando fui recibido por amigos que conocieron a mi familia. Sus palabras de admiración y respeto a mi familia, fueron conmovedoras. Por eso lucho contra la dictadura, por eso cada día me siento orgulloso de mis abuelos y de mi madre, Lydia Roca Antúnez, quienes impregnaron en mí sentimientos puros y patrióticos.

Es mi compromiso seguir con la lucha que ellos iniciaron. Llevar a cabo sus ideas son mi guía y mi fuerza. Y los ejemplos de Martí, Maceo, Agramonte, me dan fuerzas para enfrentar todos los atropellos y humillaciones que me hacen, para tratar que desista en mi lucha para que Cuba y los cubanos seamos libres de una vez y por todas. El Apóstol nos enseñó que "son héroes los que pelean por hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad".

Muchas gracias a todos los hermanos que alzan sus voces en mi defensa para sacarme de este injusto y arbitrario encierro, que enfrento con la firmeza de mi legado familiar y de mis ideales. Y con la convicción de que Cuba tiene que ser libre ya.

Patria, Vida y Libertad.
Lázaro Yuri Valle Roca, preso político de conciencia.
Combinado del Este, prisión de máxima seguridad, 25 de junio de 2022,

a tres días de ser arbitraria e injustamente juzgado por un tribunal.

*Testimonio dado a conocer en La Habana por Eralidis Frómeta, esposa de Lázaro Yuri.

Foto: De la vez que detuvieron a Valle Roca en las afueras del cine Yara, en la céntrica esquina habanera de 23 y L, cuando junto con otros activistas se manifestaba pacíficamente el 10 de diciembre de 2015, Día Internacional de los Derechos Humanos. Antes de ser encerrado en Villa Marista el 15 de junio de 2021 y después enviado al Combinado del Este, Yuri estuvo muchas veces detenido. Imagen tomada de Radio Viva 24.

lunes, 25 de julio de 2022

60 años racionando la miseria


El 12 de marzo de 1962 los cubanos amanecimos con el anuncio oficial (Ley 1015/62) de que a partir de ese momento, y por el tiempo que fuese necesario, los alimentos se venderían de forma racionada. Al día siguiente, una Junta Nacional para la Distribución de los Alimentos, creada por disposición del Consejo de Ministros, dictó las primeras regulaciones.

La Libreta de Abastecimiento de Productos Alimenticios, como eufemísticamente se le denominó al documento que entregó el castrismo a cada familia para poder comprar en las bodegas, era la versión cubana de las cartillas de racionamiento que surgidas en la Unión Soviética y sus países satélites tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

A la Libreta de Productos Alimenticios se sumaría poco después una escuálida Libreta de Productos Industriales para adquirir -a veces teniendo que escoger entre un artículo u otro- la ropa, los zapatos, los pocos efectos electrodomésticos rusos que hubiese y, anualmente, tres juguetes para cada niño menor de 12 años.

En Cuba no hubo un conflicto bélico prolongado y destructivo que justificara el racionamiento, sin embargo, el régimen alegó que el desabastecimiento que se empezaba a padecer era debido al “bloqueo y la guerra económica a que era sometida Cuba por parte del gobierno norteamericano y la contrarrevolución”. También dejó claro que racionar los alimentos era la única forma de impedir el acaparamiento y la especulación.

Y hasta hubo zoquetes, como Che Guevara, que celebraron el racionamiento y achacaron el aumento del poder adquisitivo de las personas a la revolución y lo consideraron una forma de conseguir la equidad y la justicia social, nivelándonos a todos (los de a pie, se sobreentiende) al ponernos a comer lo mismo.

Lo que nadie pudo imaginar fue que aquel racionamiento, que se anunciaba como una medida provisional que duraría solo unos pocos años para dar paso a la abundancia prometida por el Máximo Líder para un paradisíaco futuro, se prolongaría hasta nuestros días.

Luego de la relativa bonanza económica de los años 80, fruto del millonario subsidio del Kremlin y la integración de Cuba al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), en 1990, con el derrumbe del bloque soviético, llegó el Periodo Especial, que nos puso casi al borde de la olla colectiva administrada por los Comités de Defensa de la Revolución (CDR).

A partir de 1991, las páginas de la Libreta de Abastecimiento se redujeron y desaparecieron de ellas más de la mitad de los productos que se ofertaban hasta entonces, entre ellos la carne de res y la leche condensada, por solo citar dos. Desde hace tres décadas, la leche entera en polvo es solo es para niños menores de siete años y enfermos cuya dieta la requiera.

Eso, a pesar de que Fidel Castro anunció en los años 70 que Cuba, gracias a los experimentos ganaderos que se le ocurrían, produciría más leche que Holanda, tanta leche que alcanzaría para llenar la bahía de La Habana. Recordemos, además, el discurso del 26 de julio de 2007, donde el general Raúl Castro prometió que en 'breve tiempo' todos los cubanos podrían tomarse diariamente un vaso de leche.

En la actualidad, lo que se puede adquirir por la libreta, y que malamente alcanza para malcomer durante siete a diez días, ha quedado reducido a unas pocas libras de arroz, frijoles, azúcar, una botella de aceite de soya por persona cada dos meses, y una vez al mes pollo, huevos, picadillo o una jamonada que hay que ir rápido a buscarla a la carnicería porque generalmente está falta de refrigeración y se echa a perder. Ah, y un panecillo diario por persona de pésima calidad y que en pocas horas se pone ácido.

Hace poco más de un año, en medio de la crisis originada por la pandemia, a los mandamases se les ocurrió implementar un reordenamiento económico que ha disparado varias veces los precios y provocado una hiperinflación que no saben cómo detener. Con el sector privado al punto de la asfixia y la agricultura y la ganadería arruinadas por caprichosas políticas antieconómicas que recuerdan el comunismo de guerra bolchevique, hoy todo escasea, incluso lo más elemental.

Mientras crecen las colas tumultuosas vigiladas por la policía -lo mismo para comprar pollo que cigarros o papel sanitario- , los mandamases, casi todos obesos, siguen culpando de la escasez al 'bloqueo' y a los revendedores, haciendo promesas de un futuro de prosperidad y hablando de sobrecumplimientos que solo existen en el periódico Granma y en el Noticiero de Televisión.

Ante lo escasa y cara que está la comida -la cuota mensual que recibe una persona en las bodegas no baja de los 120 pesos- y la imposibilidad de comprar en las llamadas Tiendas en MLC (moneda libremente convertible), muchos cubanos temen el momento en que eliminen la Libreta de Abastecimiento.

Pero eso, a juzgar por lo mal que va todo, es muy poco probable que suceda.

Luis Cino
Cubanet, 12 de marzo de 2022.

lunes, 18 de julio de 2022

Nuestra hambre en La Habana


En 1990, el promedio de entierros en el Cementerio de Colón, el principal de La Habana, oscilaba entre 40 y 50 diarios. Tres años después, la cifra ascendía entre 80 y 100. Enrique Del Risco lo sabe porque trabajó allí como historiador. En aquella terrible mitad de los años 90, marcada por la caída del Muro de Berlín, asistió a otros fenómenos, como la desaparición del transporte público, de los gatos y de las personas gordas. O la aparición de las bicicletas y el ron a granel. Lo cuenta en Nuestra hambre en La Habana (Editorial Plataforma, 2022) una crónica personal de los años más duros del llamado Periodo Especial.

Nacido en La Habana de 1967, Del Risco es actualmente profesor de la Universidad de Nueva York, y ha publicado libros de relatos como Lágrimas de cocodrilo o ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? y la novela Turcos en la niebla, que obtuvo el premio Unicaja Fernando Quiñones. En aquel tiempo, sin embargo, era un joven graduado en Historia que confiaba en que Cuba se integraría en los procesos renovadores de Gorbachov. “En aquellos tiempos, en las universidades cubanas pululábamos un montón de estudiantes reformistas, perestroikos, que presionábamos a los dirigentes a todos los niveles para que se unieran al proceso de cambios. El desencanto sobrevino al darnos cuenta de que el régimen no sólo no estaba dispuesto a escuchar nuestros reclamos de mayores derechos y libertades –expresados muy tímidamente, eso sí– sino que nos aplastaría si nos propasábamos de ciertos límites”.

El punto de no retorno fueron, recuerda, los juicios y posteriores ejecuciones de los generales Arnaldo Ochoa y José Abrantes, con los que el régimen mostró su rostro más inflexible. Para muchos empezó ahí su desafección a la utopía castrista, respaldada por la lucha cotidiana por conseguir una pastilla de jabón o una barra de pan. Para Del Risco, fue la culminación de un fracaso:

“La Revolución en sí misma fue una larga debacle subvencionada. Sin mencionar las violaciones de los derechos humanos que empezaron con los fusilamientos en los primeros días de 1959, la Revolución consistió en una larga cadena de desastres económicos. Desde que, luego de apropiarse del 70% de la tierra cultivable, el Estado no tuvo mano de obra con qué cultivarla y echó mano a homosexuales, religiosos y otros 'elementos antisociales' para hacerla producir. O al famoso trabajo voluntario. O a los estudiantes de escuelas secundarias y preuniversitarias. O a los reclutas del servicio militar obligatorio. Todo para que el único sitio donde abundaran las papas fuera en los noticieros”.

“Cada uno de los faraónicos proyectos de Fidel Castro fracasó, desde la famosa zafra de los diez millones de toneladas de azúcar o el de la termonuclear de Juraguá. El castrismo económicamente siempre fue inviable. Lo que pasó a partir de 1990 es que dejaron de llegar las subvenciones soviéticas y toda la escenografía que se había montado con su ayuda se vino abajo”, resume el autor.

El escritor, que ha llegado a pesar cincuenta kilos más que en sus años habaneros, describe la dantesca cotidianidad de una capital que se reducía lentamente a ruinas, que se veía sometida a larguísimos apagones, de la que escaparon 125 mil balseros en 1980 por el Puerto del Mariel, y un número indeterminado de ellos, antes o después, acabó devorado por los tiburones del Estrecho de Florida. Una capital en la que la falta de nutrientes y de higiene producía enfermedades que llevaban a la invalidez y la ceguera, desataban epidemias de polineuritis, neuropatía óptica o beriberi y disparaba los suicidios.

Sin embargo, Del Risco no renuncia al humor para contar lo vivido, sobre todo para escapar del patetismo. “El humor fue entonces un instrumento para desenmascarar aquella tragedia, porque lo peor no era que la gente se estuviera muriendo de hambre, sino que debía hacerlo en silencio. O peor, debía seguir dando vivas al régimen. Un chiste de la época decía que los cubanos éramos como las focas: teníamos el agua al cuello y todavía nos quedaban ganas de aplaudir. Pero el humor no salvó a los cubanos. Lo que los salvó fue el dinero de sus familiares en el exterior, la prostitución con turistas extranjeros o la fuga de la isla. Si aquello fue una suerte de masacre -en la que murieron miles ya fuera por causas relacionadas con las penurias de aquellos días o ahogados tratando de escapar- también es cierto que fue una masacre en cámara lenta. Y esa es precisamente la definición de comedia que alguna vez dio Woody Allen: tragedia más tiempo”.

Cómo logró el poder evitar que una población de once millones de cubanos hambrientos no se rebelara contra él es otra de las incógnitas que Del Risco trata de responder. “El sistema es muy eficaz no solo en sofocar revueltas sino en prevenirlas. Y un recurso esencial en esa labor de prevención consiste precisamente en desmoralizar a la gente: desde disuadirlos de antemano del éxito y sentido de una revuelta hasta sembrar la desconfianza en el prójimo. Los cubanos -como en su momento los alemanes del este- viven convencidos que cada cuatro o cinco disidentes hay uno que trabaja para la Seguridad del Estado”.

Para el escritor, “no se trata de una cuestión de nacionalidad. Los totalitarismos, donde quiera que se han establecido, han demostrado estar a prueba de insurrecciones populares. Salvo en Rumanía, solo han conseguido ser derrocados desde afuera –como el nazismo– o desde arriba, como el comunismo europeo. De ahí lo asombrosa que fuera la masiva protesta del 11 de julio de 2021 en toda Cuba y la desmesurada respuesta del régimen condenando a los manifestantes a diez y veinte años de cárcel. Quieren asegurarse a toda costa de que no se repita”.

El balón de oxígeno que el castrismo encontró para aliviar la asfixia económica fue el turismo. Treinta años después, la depauperada Cuba sigue dependiendo del turismo tanto como de los envíos de dinero de los cubanos del exterior. “Debe tomarse en cuenta que todas las entradas económicas son acaparadas en Cuba en primer lugar por el Estado y por compañías asociadas con éste. El negocio hotelero está monopolizado por la parte cubana por GAESA, que es una compañía creada por el ejército y que tiene de jefe a un ex yerno de Raúl Castro. Y encima el Estado se apropia del sueldo de los cubanos que trabajan para empresas foráneas y les pagan como estimen conveniente. O del sueldo de los médicos y entrenadores deportivos que envían a trabajar a otros países. O cobra una tasa elevadísima sobre las remesas que se envían desde el exterior. O multiplica por 2,4 el precio de lo que vende en las tiendas de divisas”.

Así, concluye Del Risco, “los cubanos viven de lo que va cayendo por los intersticios de ese mecanismo gigantesco e ineficiente. De lo que logran 'resolver', que es el eufemismo cubano de robarle al Estado. Pero la mayor entrada de dinero y recursos de Cuba no ha venido del turismo sino de las remesas. En 2019, para hablar del último año 'normal', las ganancias por el turismo fueron de 2,9 mil millones de dólares y las de las remesas 3,1 mil millones y la diferencia es todavía mayor si se piensa que a diferencia del turismo, las ganancias de las remesas son netas. Pero más importante que todo lo anterior es el monstruoso apoyo en dinero y recursos del régimen venezolano, como lo fue antes el de la Unión Soviética”.

Hay un momento en el libro Nuestra hambre en La Habana en que su autor se pregunta por qué venían los turistas a Cuba. “Eran como aprendices de Lope de Aguirre o Hernán Cortés que se creían el Che Guevara. ¿O son uno de los dos? Uno se preguntaba cómo se podía hacer turismo en medio de tanta miseria, pero te dabas cuenta de que buscaban en Cuba el último reducto de la utopía, un territorio virgen de capitalismo, el paraíso perdido, ¡qué se yo! Cualquier cosa para embellecer el hecho de que un puñado de dólares y un acento diferente les convirtiera en deseados, en seres superiores. Y que pudieran acostarse con algunas de las mujeres más hermosas de una isla que desde hacía mucho tiempo era parte de sus fantasías políticas y sexuales”.

Del Risco no oculta cierto resentimiento hacia aquellas figuras atraídas por las playas de arenas doradas y los daiquiris, pero también por toda la mitología revolucionaria. “Algo habrá cambiado desde entonces, aunque no lo suficiente como para que dejen de aprovecharse de la degradación que ha sufrido una sociedad que lleva demasiado tiempo bajo una dictadura. Pero no se trata solo de turistas. En los 90, una compañía como Meliá desembarcó en Cuba y hoy administra 40 hoteles, más que en ningún otro país a excepción de España”.

Concluye el autor: "Los cubanos seguimos siendo esclavos del sueño de otros. Otros a los que les parece muy bien el mito de la Revolución siempre que se mantenga a distancia. Gracias al turismo, Cuba es para buena parte de la humanidad un metaverso muy atractivo si se experimenta por un tiempo limitado y con dólares o euros, lo cual sería simplemente ridículo si no fuera por los millones de personas reales que siguen viviendo dentro”.

Alejandro Luque
El Diario, España, 7 de abril de 2022.

lunes, 11 de julio de 2022

La falta de alimentos en Cuba no es cinematográfica


Cuando regresamos a Cuba en 1962, luego de vivir durante buena parte de los años 50 entre Chicago y la Florida, nos golpeó duro la depauperación que ya asolaba a las tiendas de expendio de alimentos. Residiendo eventualmente en la humilde casa de mi abuela en la barriada de Poey, antes de mudarnos a la Habana del Este, recuerdo cómo la familia se movilizaba al saber de la llegada de latas de leche condensada a la bodega de la esquina

Todavía no se había instaurado el igualador de la miseria, eufemísticamente llamada 'libreta de abastecimiento', y se vendían los productos que aparecieran indiscriminadamente. Eso sí, la infame y agobiante “cola” ya se abría paso en la sociedad cubana.

Por estos días de 2022, cuando a Estados Unidos arriban compatriotas en otra suerte de nuevo éxodo masivo, he notado en los mercados el deslumbramiento que produce entre los recién llegados la cantidad apabullante de opciones que exhiben los estantes atestados de bienes comestibles.

Rostros de asombro y reflexión. Miradas que combinan júbilo y pesadumbre al pensar por aquellos dejados atrás. La escasez debe ser el más terrible y eficaz de los chantajes que el comunismo pone en función para su aparato de control.

Por supuesto que no se trata de las aciagas hambrunas que sufren países en África, debido a otras circunstancias geográficas y de corrupción gubernamental. La carencia socialista hunde sus raíces en la inoperatividad económica de un sistema controlado por avariciosas mafias militares y civiles que no ofrecen un resquicio de oportunidad al prójimo.

La escasez provoca ansiedad e incertidumbre. Nunca se sabe realmente dónde serán satisfechas las necesidades. Hay que estar atentos y vigilantes porque los productos llegan, sin aviso, y no cubren todas las expectativas poblacionales. Esta búsqueda constante de sustento anula cualquier otro cuestionamiento social, zombifica a la sociedad.

Es curioso cómo las obras consideradas clásicas, producidas por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, el oficialista ICAIC, no se hayan detenido en el drama de esta hecatombe alimentaria sin fin, inspiradora de otras cinematografías internacionales más sinceras y verosímiles.

En la película Los sobrevivientes figuran burgueses insiliados y patriotas, quienes deciden no abandonar el país y terminan aislados y empobrecidos, cazando y comiendo gato en sus propios predios. El escenario que Tomás Gutiérrez Alea prefiguró para los enemigos de la revolución en 1979, retrató lo acontecido durante el llamado 'período especial en tiempo de paz' de finales de la década de 1990 para los seguidores de Fidel Castro.

Alicia en el Pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres, satiriza sobre la debacle gastronómica en los restaurantes.

En el cortometraje Madagascar, la col se convierte en un alimento omnipresente, lo cual responde, más allá de la metáfora inquietante, a la absurda realidad de la distribución alimentaria en la isla. Es cierto también que el frustrado personaje de la madre en esa película de Fernando Pérez le advierte a su hija, la idealista Laurita, que no tiene comida para los “negritos” desamparados a quienes desea dar refugio en su casa.

En Cuca y el pollo, Carlos Lechuga recrea cierto maratón donde el premio es un trozo magro de la socorrida ave. En su primer largometraje, Melaza, el realizador ya había especulado sobre la pobreza y el ansia de la carne de res, alimento que se esfumó de la mesa cubana.

El cortometraje Gozar, comer, partir, de Arturo Infante, tiene un segmento dedicado a la culinaria nacional, donde varias mujeres degustan un ajiaco, pero siguen soñando con recetas de “antes, antes, antes” totalmente desaparecidas. En esta sátira contrarrevolucionaria la abuela termina masticando un vaso de vidrio, rara costumbre que, al parecer, no ha podido mitigar.

El ICAIC, sin embargo, siguió obliterando el tema en su filmografía de mesas servidas, creando una suerte de “fábrica de sueños socialista”. El cine independiente, donde figuran Carlos Lechuga y Arturo Infante, ha expuesto momentos de feroz y absurda necesidad en cuanto a la alimentación, sobre todo en el área documental.

Obras de Ricardo Figueredo resultan ilustrativas en este sentido: La singular historia de Juan sin nada y La teoría cubana de la sociedad perfecta.

Por supuesto que Fiel Castro, documental de Ricardo Vega, explora el origen de la debacle alimentaria empleando imágenes y parrafadas alucinantes del propio dictador Fidel Castro.

No es menos cierto también que Noticieros ICAIC, elaborados por José Padrón y Francisco Puñal, aprovecharon un resquicio de permisibilidad para investigar in situ la desaparición de alimentos específicos que no debían faltar en la mesa criolla.

La falta de alimentos no solo ha humillado y sojuzgado al cubano en su imposibilidad de alcanzar la libertad, sino que establece una diferencia clasista entre los que poseen acceso a la bolsa negra alimentaria, entre otras alternativas, y los sobrevivientes de la libreta de abastecimiento.

El cine tiene una tarea pendiente en esta área narrativa para que las futuras generaciones no olviden la masa cárnica, los filetes de claria, los bistecs de frazada de piso, las pizzas de condones, el café mezclado con chícharos, así como la carne de avestruz y jutía, entre otros engendros alimentarios sugeridos por la maldad totalitaria.

Alejandro Ríos
Cubanet, 18 de abril de 2022.
Leer también: Ni Santa, ni Andrés.

lunes, 4 de julio de 2022

El guantanamero de Seattle


Una columnista del periódico The Stranger, con sede en Seattle, la ciudad más grande del estado de Washington, Estados Unidos, se deshace en elogios hacia el pan con lechón y el sandwich cubano que elabora el chef Geordanys 'Geo' Rodríguez, oriundo de Guantánamo.

Según describe la autora Meg van Huygen, especializada en temas de comida, en Seattle abundan los locales donde degustar el popular sandwich cubano, que en realidad es originario de Estados Unidos. Muchos de los menús ofrecen además pan con lechón.

“Mi favorito entre la multitud siempre ha sido el de Geo. Por su costo, es el mejor pan con lechón en Seattle y, honestamente, todos sus sandwiches son los mejores en un equipo de estrellas, sin importar cuál elijas”, asegura sobre la calidad de los platos en Geo's Cuban, en la calle 100 y Aurora.

La reseña destaca que Geo prepara sus panes con una abundante cantidad de carne y no abusa de las cebollas, como hacen en otros lugares. “Creo que lo mejor que hace Geo es su fricasé de pollo, un sandwich que prepara como si fuera un plato principal”, explica la periodista. El pan es de La Segunda de Tampa, panadería fundada por cubanos en 1915.. “Este panecillo parece pan francés a primera vista, pero tiene una miga más densa y está hecho con manteca de cerdo, no con mantequilla”, explica Geo.

Anteriormente, Geo Rodríguez fue copropietario del camión de comida Paladar Cubano con su compatriota Pedro Vargas. En 2013, él y su esposa Kim Gianotti decidieron iniciar un negocio por su cuenta en un pequeño edificio de ladrillos en Seaview Avenue, frente a la tienda de surf que se encuentra camino a Golden Gardens. Luego pusieron un camión de comida que sirve los mismos sandwiches y platos principales cubanos a unas pocas millas de distancia en Holman Road, en la estación de Shell. En 2018, la pareja abrió Geo's Cuban Bar and Grill, en 105th y Greenwood, a la vuelta de la esquina de Shell. Por la noche, los fines de semana, el local presentaba música de jazz en vivo. Sin embargo, el negocio no pudo sobrevivir a los cierres por la pandemia del coronavirus.

Nacido en Guantánamo y criado en La Habana, comenzó su carrera localmente en Blackbird Bakery en Bainbridge Island. Después de un tiempo en Seattle Central College, se convirtió en alumno de Serafina, Serious Pie y Wild Ginger antes de unirse a Vargas, su amigo cubano, para iniciar el camión Paladar Cubano en 2009. Además de Geo's Cuban, posee otro negocio más pequeño llamado El Cubano, en la calle 200, justo al sur de Costco en Shoreline. “Los menús son los mismos, excepto que solo Geo's Cuban tiene las empanadas”, aclara la columnista.

“En estos momentos estoy feliz. No tengo que preocuparme como lo estaba con el bar y la parrilla, y me iba a la cama todas las noches preguntándome cuánto tiempo podría durar. Durante los últimos cinco años trabajamos duro. Tuvimos que vender nuestra casa para poder salvar nuestro negocio. Pero dijimos, está bien, lo superaremos juntos. ¡Y hemos sobrevivido! Así que ahora, finalmente, estamos bien de nuevo”, comentó Geo Rodríguez.

Tomado de Cubita Now, 5 de mayo de 2022.

Sandwich cubano, uno de los mejores del mundo. Ver recetas de platos tradicionales cubanos en Cocina con Fujita.

lunes, 27 de junio de 2022

El último libro de Rosa Ileana Boudet


Desde California, donde reside, la periodista, escritora, crítica y teatróloga cubana Rosa Ileana Boudet  me envió su último libro: Condumio, muerte y delirio en el teatro cubano (Ediciones de la Flecha, 2022). A modo de agradecimiento, reproduzco el fragmento final del capítulo titulado Frijoles y mamíferos:

Existe hoy un consumidor internacional minoritario para el teatro cubano. Un circuito de festivales y formación de autores. Mientras en los 70 las obras se tildaban de localistas y no cumplían la vara de la "universalidad", hoy el lenguaje es más local y en ocasiones, chabacano e intraducible y sin embargo, se consideran cosmopolitas e interesan en todas partes. Las antologías proliferan, incluso las retiradas pronto de la circulación.

En "Palo de quimbombó no sirve pa candela", el autor () cuenta su proceso de escritura y el de su equipo de creación. Irónico, incluye chismes o cotilleos de un supuesto sitio web eslamoda, así como los emails intercambiados con Sergio Blanco sobre el efecto que le produjo la puesta chilena de Neva, de Guillermo Calderón, representada y editada en La Habana, su proyecto de criticar el canon ruso al leer una biografía de Lenin y descubrir que el director del Teatro de Arte de Moscú y el dirigente político eran amigos. Sergio Blanco contesta que la amistad de Lenin y Stanislavski "da para mucho".

El abrumador texto pertenece más al mundo de la banalidad, que más que referente, llamaría "retazo" por no usar la expresión de Guillermo Rodríguez Rivera, cultura "de solapa". Lo inmediato se procesa de inmediato, no hay tiempo para digerirlo. Aparte de agradecer revelar la intimidad de un proceso de escritura (¿no son inenarrables todos los procesos?), se sabe poco de ésta, salvo que la aprueba el exitoso autor de Tebas Land.

Para los nacidos en la cultura del espectáculo -sancionada por el mundo virtual- hurgar en papeles viejos no tiene mérito alguno, gesto que observo también en el estudio de Yohayna Hernández, seductor, original y pletórico de citas tomadas supuestamente de los muros en Facebook de varios creadores de la misma red social. Como Margarita Mateo con el grafiti, los muros de Facebook son la enciclopedia universal. Solo que Mateo escribió un documentado ensayo (Ella escribía poscrítica) y aquí ni se aclara cuál es la citada biografía de Lenin. No discuto la utilidad de la biografía, sino la utilización a ciegas o con displicencia del dato o la referencia para que produzca el mismo descrédito y sospecha del Documento de Charlotte Corday.

De esta postura podría partir el desapego de los nuevos autores por la Historia (del teatro). Su influencia, asimilada desde el cinismo, no produce una lectura desacralizadora, sino un vapuleo, una irrisión, una trastada. Lacera e infringe algo más que irrespetuosidad, provoca la risa del ignorante y el teatro se dirige a la inteligencia del espectador. Una fe ciega e infantil en el ciberespacio los distingue de las promociones anteriores, así como referencias, préstamos, según Yohayna Hernández, de Heine Muller, Sarah Kane, Virginia Woolf, Chejov, Guillermo Calderón y Oscar Cornago.

Otra pieza suya, La hijastra, desata una polémica y Juan Carlos Cremata, director del grupo El Ingenio que la monta, lo declara el nuevo Virgilio para luego rectificar, patético, que no se refiere a Piñera sino a Virgilio, el bueno. Incluida en la selección de Novísimos dramaturgos cubanos, la censura es su mayor notoriedad. Magaly Muguercia aporta elementos de la puesta, tomados de la prensa:

"Una bandera de 'Colectivo Destacado', un busto de José Martí implorando protección, carteles alegóricos a la construcción del socialismo vendido al turismo extranjero (...) Travestis, mendigos, custodios, pioneros, médicos, gente de pueblo (...) Un pellizco al letargo en que nos tiene sumido el sistema para que nos percatemos de nuestra trágica existencia". Su última función, antes de bajar de cartel, avisada por la institución censora, se repleta. "El director la dedica al dramaturgo Virgilio Piñera y a Cachita, la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. Un altar dedicado a la Virgen, en la entrada de la sala, despojaba de malos pensamientos de quienes entraban con dobles intenciones". Lo más demoledor, el regreso de la censura y no del diálogo y la crítica.

Otros libros de Rosa Ileana Boudet: María de Limonar; La chimenea encantada: Francisco Covarrubias, primer actor de Cuba; Luisa Martínez Casado en el paraíso; Potosí 11, dirección equivocada; Cuba entre cómicos: Candamo, Covarrubias y Prieto (en coautoría con Manuel Villabella); En tercera persona: crónicas teatrales cubanas (1969-2002); Cuba: viaje al teatro en la revolución (1960-1989); Alánimo, Alánimo; El vaquerito; Teatro nuevo, una respuesta; El teatro cubano actual: diálogo con los niños; Este único reino; Piñera y Felipe: escándalo y mito; Manuel Reguera Saumell: teatro incompleto, y Teatro Alhambra (Vol. I y II), en coautoría con Aniceto Valdivia. Como productora trabajó en el documental Soy Cuba, O Mamute Siberiano.


lunes, 20 de junio de 2022

La increíble historia de la vaca Rufina


En la década de 1980, la ganadería tuvo un gran desarrollo en Cuba. En esa época, se hizo famosa la vaca Ubre Blanca, personalmente atendida por Fidel Castro debido a su gran producción de leche: en 1982, en un solo día, Ubre Blanca podía producir 110 litros de leche.

Lo que muchos no conocen es que ésta no fue la primera vaca en atraer la atención de Castro. Unos veinte años antes, el gobernanete cubano tuvo en su punto de mira una vaca lechera llamada Rufina.

El 30 de noviembre de 1960, residuos de un cohete de Estados Unidos que explotara después de ser lanzado al espacio, cayeron en territorio cubano, en la provincia de Holguín, donde en ese momento se encontraba pastando Rufina, propiedad de un campesino de la zona. Un pedazo del cohete impactó sobre la vaca, muriendo al instante.

En esa fecha, ya Estados Unidos había impuesto un embargo comercial a la isla y debido a la nacionalización de las empresas privadas estadounidenses y cubanas por parte del Gobierno Revolucionario, las relaciones entre Cuba y Estados Unidos se encontraban deterioradas y finalmente se rompieron.

Cuando Fidel Castro se enteró que la vaca Rufina había muerto por el fragmento de un cohete de Estados Unidos, decidió sacarle partido. El hecho lo calificó como "un cruel atentado y violación del espacio aéreo cubano". Y lo puso como ejemplo de los peligros de la carrera espacial en esa nación.

Una semana después del suceso, en La Habana se realizó una marcha frente a la Oficina de Intereses de los Estados Unidos, con la participación de 250 campesinos y varias vacas que fueron traídas de los campos y adornadas con carteles y pancartas de protesta.

La peculiar "guerra ideológica" logró su objetivo: el proyecto espacial de Estados Unidos fue condenado por la comunidad internacional y el gobierno estadounidense tuvo que pagarle a Cuba una indemnización de 2 millones de dólares.

Dos décadas después, el Indio Solari, vocalista y fundador del grupo de rock argentino Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, compuso una letra que inmortalizaría a la vaca Rufina:

Miraba al cielo justo a tiempo
Rumiaba al cielo justo a tiempo
Aquella solitaria vaca cubana…
Salvada del motor del tiempo
Rumiaba el silbido del viento
La civilización la amaba y justo a tiempo
Aquella solitaria vaca cubana…

Muchas personas creyeron que esta letra hacía referencia la soledad y el aislamiento de la Cuba de Fidel Castro, pero de una forma muy diplomática el Indio Solari desmintió esa teoría.

Rufina ha quedado en la historia y en el recuerdo como la primera y única vaca mártir de Cuba.

Tomado de Todo Cuba (La increíble historia de Rufina, la vaca por la que Estados Unidos tuvo que pagar dos millones de dólares a Cuba tras matarla con un cohete - Todo Cuba).


lunes, 13 de junio de 2022

No me hables del Saratoga, háblame de mi Habana


Una vez más la Habana se supera a sí misma en el arte de hacer ruinas, accidentales o no. Explotó el Hotel Saratoga y las cercanías del km cero de la ciudad se inundaron de escombros, de humo, de dolor y de un luto que llega muchísimo más allá de los límites de la capital, del país.

Pero lamentablemente la noticia del suceso, que se regó como la pólvora, vino acompañada de “detallitos” que no pintan ni dan color. Salieron a luz recuerdos de un Saratoga que abrió en 1933 y que fue un hotel icónico en la época neocolonial. Volvieron a esparcirse comentarios de que allí se hospedó Fulana, Siclana y Mengana hace unos años durante ese periodo que me gusta llamar la apertura. Se regaron por todas las redes sociales imágenes de luto que solo muestran la fallada de un edificio. Y así se escribe la historia …

La cosa pasó en el hotel sí, pero lo importante no es el hotel.

¡No hablen más del hotel! No hablen del inmueble, que de edificios icónicos y destruidos está llena la Habana. No hablen de los servicios que iba a comenzar a brindar en poco más de una semana, cuando en realidad esos servicios no iban a estar dirigidos ni al turismo nacional ni mucho menos al pueblo. No toquen el tema de pérdidas económicas tal vez sean irreparables – como siempre “gracias al bloqueo”- cuando las ganancias no estaban destinadas bolsillos del habanero común y corriente. No revivan los dos segundos de gloria que tuvo Cuba con “la apertura” de todo menos de la prisión disfrazada de paraíso caribeño en que viven los habaneros, los cubanos.

Hablen de las víctimas, de todas las víctimas. De quiénes fueron, de qué hacían, de cómo sobrevivían.

Hablen de los vecinos de todos y cada uno de los edificios afectados en el área. De sus condiciones de vida, del albergue – con iguales o peores condiciones – para el que seguramente los van a mandar, de cómo los van a seguir marginando, de cómo quizás varios de ellos volverán a establecerse entre las ruinas pues esos cuarticos de solar – muchas veces inhabitables – son el único mundo que ellos saben habitar.

Hablen y préstenle mucha pero mucha atención a la fecha de expiración de los edificios que no tuvieron daños visibles hasta el momento pero que de seguro la onda expansiva de la explosión les aflojó las tuercas, los tornillos y hasta el alma. Y cuando lo hagan recuerden que hace unos añitos los removieron un poquito con los fuegos artificiales que tiraron cuando los 500 años de la ciudad.

Hablen de la gente que caminaba por esos portales en su trayecto diario y miraba con hambre y con sed los vitrales del bar Anacaona sin esperanza de poder probar, jamás, ni un vaso de agua en su barra. Y, de quién calzando zapatos de feria remendados, soñaba con poder tener acceso a algún producto de los ofertados en la boutique.

Hablen de quien vendía cualquier cosa para resolver en esos mismos portales y en los de la acera del frente.

Hablen de la jinetera que pasó para allá y para acá 20 veces en un mismo día buscando a ver qué se le pegaba en el hotel. Y del botero que se parqueaba en la esquina para conjugar el mismo verbo, resolver.

Hablen de los trabajadores que van a quedar desamparados o los que volverán a la bolsa empleadora del Turismo o al mercado laboral en general, lo cual es igual o peor que la caja de Pandora.

Hablen también de quién trabajaba en el hotel cuando en realidad estudió medicina, magisterio, arquitectura, matemática o geología; pero que trabajaba ahí porque con un salario basado en su carrera era y sigue siendo imposible llegar a fin de mes.

Hablen de los religiosos que perdieron todo o parte de su templo, cristiano o yoruba.

Hablen de cómo van a tratar el trauma de los niños de la primaria de esa misma esquina de Prado y Dragones, de sus maestras, de sus madres.

Hablen de cómo los rescatistas que posiblemente sin haber comido decentemente aún continúan la búsqueda. De cómo el pueblo, sin ganas de seguir viviendo en miseria y oprobio sumido, salió a la calle para ayudar, y de cómo salió tal vez sin haber desayunado a donar sangre.

Hablen de todos y cada uno de ellos, porque cualquiera puede estar herido, bajo escombros, o ya no estar.

Hablen de las madres y los padres que enterrarán a sus hijos, de los hijos que enterrarán a sus madres o a sus padres.

Hablen de las víctimas que tal vez no van a indemnizar.

Hablen de que no solo en mayo pasan cosas lamentables en Cuba, porque llevan décadas viviendo entre un lamento y otro.

Pero hablen también del habanero de a pie, ese que no sabe ni de qué color eran las paredes del Saratoga por dentro, porque incluso el entrar ahí estaba fuera de su alcance. Y hablen, pero hablen, de la Habana y de la mayoría de sus edificios; de los derrumbes de los que uno no se entera; de los super baches de las calles que provocan accidentes y lo que no son accidentes; de quienes perdieron la vida porque les cayó un balcón arriba caminando por la acera y de quienes nadie va a hablar, ni a publicar en Facebook porque a esos sitios, pintorescamente destruidos de la Habana, no fue ni va a ir Fulana, ni Siclana, ni Mengana.

No pierdan tiempo sufriendo un hotel de la dictadura porque ese problemita lo resuelven más rápido de lo que se vende un merengue en la puerta de un colegio. Aprendan, mejor, a observar y a divulgar la triste realidad del habanero, del cubano de a pie. Porque al pasar de los meses y tal vez años, cuando reconstruyan o acaben de desbaratar lo que quedó del Saratoga nadie se va a acordar del tono de verde de sus paredes, de la boutique del primer piso o del bar del Anacaona.

Pero quien viva en el resto de los edificios de esa misma manzana recordará el cuándo, cómo y por qué sus parades tienen y tendrán más grietas; quien perdió su vivienda estará en un albergue como los del Bahía, por poner un ejemplo, pensando cordialmente en la madre del que lo mandó a parar allá; y quien perdió la vida no tendrá una tarja dedicada a su ardua labor en el Ministerio del Turismo, ni en el Teatro Martí, ni en la Asociación Yoruba, ni en el CDR o el consejo de vecinos de esa zona, ni la cabeza de un guanajo.

Entonces, repito: cubano, no hables del Saratoga pues es solo la ruina más reciente de la ciudad.

Habla de La Habana que no ve el turista. Habla de la verdadera Habana. Si no hablas de eso, pues mejor no digas nada.

Emily Carrero Mustelier
Hypermedia Magazine, 9 de mayo de 2022.

lunes, 6 de junio de 2022

La decadencia del Hotel Saratoga



Con el lujoso Hotel Saratoga acabó el viernes 6 de mayo una explosión que se llevó por delante la vida de al menos 43 personas y un edificio emblemático de La Habana, construido en 1880, aunque la decadencia se había ido instalando entre sus muros desde mucho tiempo atrás.

Concretamente, desde 2016, cuando el establecimiento le fue arrebatado por el Ministerio de las Fuerzas Armadas a Habaguanex, empresa dependiente de la entonces todopoderosa Oficina del Historiador de La Habana, dirigida por Eusebio Leal (1942-2020), para entregarle su gestión al grupo Gaviota.

Los exitosos locales turísticos y comerciales del Historiador pasaron entonces a las manos de los militares del Grupo de Administración de Empresas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (GAESA), dirigido por el ex yerno de Raúl Castro, el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja.

"Los gavioteros fueron acabando con el Saratoga", asegura un ex empleado que prefiere guardar su nombre, consternado aún por el siniestro. El hombre, de unos 40 años, dejó de trabajar ahí hace dos años y nunca quiso volver. "Todo había decaído y no cuidaban nada".

Lejos quedaba el año 2005, cuando el Saratoga, que había funcionado como hotel en la esquina de Prado y Dragones desde 1933 y se fue deteriorando lentamente tras el triunfo de la revolución en 1959, fue reinaugurado por todo lo alto como un moderno establecimiento de cinco estrellas. La obra fue posible bajo los auspicios de la Oficina del Historiador y con la contribución de inversionistas extranjeros.

Uno de esos inversionistas, que prefiere mantener el anonimato, cuenta que la cifra que pusieron para la rehabilitación del Saratoga, como parte del ambicioso plan de Eusebio Leal de recuperar la parte más antigua de la capital, fue de 15 millones de dólares.

"Un grupo promotor inglés se dedicó a buscar inversores en varios países de Europa, entre ellos España", explica, refiriéndose a Coral Capital Group, fundado por el angloargentino de origen libanés Amado Fakhre. "Nos gustaba el proyecto, porque siempre creímos, y seguimos creyendo, en el futuro de Cuba, y jamás pensamos que el gobierno actual duraría lo que está durando", justifica.

Según ese inversionista, todo cambió cuando el proyecto fue traspasado a Gaviota. "Todo fue cuesta abajo", reitera, aunque explica que los inversionistas se dieron cuenta de que los promotores encabezados por Fakhre tampoco tenían mucha experiencia en el negocio hotelero. "A pesar de que intentaron acuerdos con cadenas internacionales, no lo consiguieron, y en general su gestión en cuanto a la negociación con Gaviota fue nefasta".

El caso de Fakhre y de su socio de Coral Capital, Stephen Purvis, evidencia que hacer negocios con los militares cubanos es ser 'la rana que lleva al escorpión a la otra orilla' del cuento popular. Ambos fueron detenidos, el primero en 2011 y el segundo el año siguiente, acusados de pago de sobornos. Estuvieron en prisión hasta después de su juicio, celebrado en 2013, en el que fueron declarados culpables de "delitos menores de corrupción" y excarcelados.

Sin embargo, algunos medios recogen que Fakhre fue obligado a firmar un documento en el que confesaba haber sido detenido por "haber revelado secretos de Estado", y que pasó 20 meses sometido a interrogatorios por parte de la Seguridad del Estado en una de las residencias que la policía política tiene en La Habana. Según un reportaje publicado por Vice en 2016, su empresa había invertido en el Saratoga un total de 28 millones de dólares.

Cuando Fidel Castro estuvo en el poder (1959-2006), la estrella de Eusebio Leal era rutilante y tardó unos años en difuminarse. Todavía en 2009, una elogiosa nota en la prensa oficial, ponderaba que Habaguanex, creada en 1994, tenía nada menos que 300 instalaciones turísticas, entre restaurantes, tiendas, mercados, cafeterías y alojamientos, que sumaban 546 habitaciones, y que todo ello respondía a un objetivo de desarrollo "sostenible", cuyos ingresos iban dirigidos "tanto al rescate de los edificios que conforman el Centro Histórico como a diferentes fines sociales".

Una bailarina que colaboró con la Oficina de Asuntos Humanitarios, también dependiente de la Oficina del Historiador, lo corrobora: "En las Casas Museos se daba desayuno abundante a los ancianos por la mañana, como una oferta cultural, y no era una oferta cultural mediocre nunca. Todo se ponía a punto con convenios de colaboración y con donaciones del exterior, además de los ingresos que tenía Habaguanex como empresa, de todas las tiendas en divisas, de los hoteles".

Según la artista, que defiende el talento gestor de Eusebio Leal, fallecido de cáncer el 31 de julio de 2020, "con ellos no trabajaba cualquiera. La Oficina del Historiador era un país dentro de otro país. Eran poderosos, pero hacían las cosas bien. Trabajé muchos años ahí y conozco la labor que se hizo. Al final les hicieron auditorías y les quitaron todo", aludiendo al momento en que las Fuerzas Armadas tomaron el control de lo más jugoso de Habaguanex.

El Hotel Saratoga fue languideciendo bajo el mando de Gaviota después de la salida de los inversionistas extranjeros. Antiguos empleados cuentan del deterioro de las condiciones de trabajo y la pérdida de incentivos monetarios que los administradores foráneos acostumbran a dar, de manera informal, por encima del salario, a sus subordinados. "Al Saratoga primero le quitaron el arte, pero antes de que quitaran el arte, le habían quitado la clase", dice un ex empleado, quien relata que "mientras tuvo dueño parte extranjero y parte de Habaguanex, el restaurante Anacaona, ubicado en la planta baja del hotel, siempre se llenaba los 24 de diciembre. Ya con Gaviota, no era ni la sombra de lo que fue".

Gaviota, propietaria también del lujoso Gran Hotel Manzana –que gestiona la firma Kempinski–, maneja cerca de 60 hoteles y villas por toda la Isla con cerca de 30 mil habitaciones, la mayoría de ellas administradas por compañías extranjeras. Son justamente los que tienen una gerencia foránea los que gozan de mejor reputación entre los clientes, mientras que los hoteles en manos exclusivas del conglomerado militar no se han labrado la misma apreciación.

Juan Diego Rodríguez y Olea Gallardo
14ymedio, 11 de mayo de 2022.