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lunes, 17 de febrero de 2020

90 años del Lyceum de La Habana


Todo comenzó el 1 de diciembre de 1928. Ese día, catorce mujeres dejaron constituido en La Habana el Lyceum, que se creó por iniciativa de Berta Arocena de Martínez Márquez y Renée Méndez Capote. Nació, según se estableció en sus estatutos, con el propósito de “fomentar en la mujer el espíritu colectivo, facilitando el intercambio de ideas y encauzando aquellas actividades que redunden en beneficio de la colectividad”; y también para “aprovechar todos aquellos esfuerzos personales que hoy dan un rendimiento mínimo, por su dispersión, aunando todas aquellas iniciativas y manifestaciones de índole benéfica, artística, científica y literaria que redunden en beneficio de la colectividad”.

En un artículo publicado en el diario El País, tan solo mes y pico después, Jorge Mañach llamaba la atención sobre el hecho de que en ese documento fundacional se reiterara, de manera “demasiado manifiesta para no obedecer a un deliberadísimo propósito”, esa preocupación final, esa intención de servicio colectivo que presidiría los fines del Lyceum. Y con una visionaria óptica, auguró: “Llenado con discreción, ese margen de acción femenina para el cual el Lyceum se funda, puede llegar a tener entre nosotros una trascendental eficacia. Bienvenido sea el Lyceum femenino, que se propone acrecentar la cultura de puertas afuera y de puertas adentro”. Bastó poco tiempo para que, en efecto, el Lyceum empezara a tener una trascendental eficacia, y el propio Mañach se convirtió en el escritor que posiblemente más y mejor respaldó y divulgó su importante labor.

La idea con la cual nació el Lyceum era crear “una asociación femenina de índole cultural y social”, similar a las existentes en ciudades como Londres, París, Nueva York, Roma y La Haya. Renée Méndez Capote había regresado de España y allí tuvo la oportunidad de conocer la labor del Lyceum Club Femenino de Madrid (1926-1939). Pero hay que decir que, aunque nació como réplica de esas instituciones que existían en el extranjero, el Lyceum pronto sobrepasó a la mayoría de las mismas, y en su ámbito de acción desbordó el mundo de la mujer y tuvo una influencia social.

En ese aspecto, resulta pertinente destacar que surgió cuando Cuba vivía, como comentó Francisco Ichaso, “una hora de inquietud, de rebeldía y de trajines creadores”. La mujer se incorporó a los afanes de la época a través de dos vías: una política, que desembocó en la Alianza Nacional Feminista, creada en 1912, y otra cultural, que culminó con la fundación del Lyceum. Conviene apuntar que unas cuantas de aquellas mujeres militaron con parejo entusiasmo en ambos movimientos. Eso lleva a Ichaso a expresar que “puede decirse, pues, que el Lyceum fue la obra de una generación emprendedora, resuelta a proveerse de los instrumentos necesarios para una metamorfosis que el país anhelaba y que ya no admitía demora”.

En un artículo que escribió con motivo de cumplir el Lyceum dos décadas de vida, también Mañach se refirió al contexto histórico en el cual surgió la institución. Se fundó, afirma, en un momento en que múltiples y disímiles inquietudes conspiraban para llenar en la vida cubana un profundo vacío y subsanar una larga mixtificación. Había una desilusión acumulada, una deformación y un retraso de los modos del vivir cubano; una improvisación nacida de un sentimiento de frustración; una soberanía humillada por la Enmienda Platt.

Por eso, escribe Mañach, en el aire había “un resplandor de jóvenes esperanzas, un deseo de romper con todas las inercias y las rutinas, una voluntad de superar el individualismo egoísta en que se había desmadrado la cubanía y retardado la integración nacional. Era, en suma, una voluntad que podemos llamar socializante (…) porque se encaminaba, en su intención más inmediata, a acelerar nuestro proceso histórico por la afirmación de los valores colectivos”.

Pariente de los sindicatos formados en la sombra, de los directorios estudiantiles, de la Alianza Nacional Feminista, del Minorismo, del Vanguardismo, la constitución del Lyceum respondió a ese espíritu. No fue un episodio superficial, sino que la iniciativa de aquellas mujeres que lo impulsaron tiene un sentido histórico profundo. Fue un modo más de afirmar lo colectivo por encima de lo individual.

Las mujeres que crearon y se incorporaron al Lyceum procedían de la alta, la pequeña y, sobre todo la mediana burguesía. Algunas llegaban con la experiencia de haber militado o participado en movimientos feministas. Asimismo, varias de ellas compartían inquietudes literarias, intelectuales y artísticas, mientras que otras contaban con estudios realizados en Cuba, Europa y Estados Unidos. En el Lyceum encontraron un lugar desde el cual podían trabajar en beneficio de la colectividad. Su labor nada tenía que ver con los antiguos grupos mundanos, ni con los actos de caridad, las fiestas con fines benéficos y las ayudas a obras piadosas, que inevitablemente aparecían reflejadas en las crónicas sociales. Las lyceístas concentraron todo ese disperso anhelo de servicio, lo transformaron y le dieron otra dirección, imprimiéndole el carácter de una actividad permanente y tenaz.

Para llevar a cabo el proyecto, se adoptó una mesa directiva colegiada y de obligada renovación cada dos años. Esto evitaba el personalismo exagerado, un mal común en las instituciones cubanas de la época. La directiva la integraban una presidenta, dos vicepresidentas, una secretaria de actas y una tesorera. La primera presidencia recayó en la escritora y periodista Berta Arocena de Martínez Márquez, y después se estableció que a ese cargo se llegaba no por la mera acumulación numérica de votos, sino por la demostración de la calidad y la trayectoria del servicio. Las vicepresidentas pasaron a ser ocupadas por Matilde Martínez Márquez y Carmen Castellanos.

Para poner en marcha el proyecto, las lyceístas alquilaron una casona colonial ubicada en la calle Calzada, entre A y B, en el Vedado (en actualidad, en ese espacio se encuentra la Sala Hubert de Blanck). La elección de aquella casa hidalga obedeció, comentó Mañach, a cierto deseo de que el Lyceum naciera de raíz criolla; “de que se afincara en la tradición, para sorber fuerza de ella y superarla. Querían ser modernas, pero no postiza y adventiciamente, al modo esnob. Querían la modernidad con casta o sentido histórico”.

La primera actividad pública con la cual el Lyceum inició su andadura fue una exposición “de arte nuevo”, inaugurada el 22 de febrero de 1929. La componían cuadros y esculturas de artistas como Carlos Enríquez, Jaime Valls, Luisa Fernández, Rafael Blanco, Armando Maribona, Hilda Lecuona, Martha López, Ernesto Navarro, Teodoro Ramos, Víctor Manuel y Alberto Sabás. A los pocos días, el embajador de México ofreció una conferencia sobre arte precolombino, el 28 del mismo mes. En el curso de ese año, dieron actividades similares Fernando Ortiz, Alfonso Hernández Catá, Mariblanca Salas Alomá, María Sánchez de Fuentes de Florit, Hortensia Lamar y Rita Shelton.

Y en los años siguientes fueron programadas conferencias y recitales que incluyen una extensa lista de nombres. Cito aquí algunos: José Antonio Ramos, Luis A. Baralt, Mariano Brull, Francisco Ichaso, Eugenio Florit, Ofelia Rodríguez Acosta, Pedro Salinas, Medardo Vitier, Elías Entralgo, Emilio Ballagas, María Villar Buceta, José María Chacón y Calvo, Carlos Rafael Rodríguez, Juan Ramón Jiménez, Rosario Novoa, Alejo Carpentier, Camila Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Juan Marinello, Anita Arroyo, José Antonio Portuondo, Guy Pérez Cisneros, Juana de Ibarbourou, José Lezama Lima, Gabriela Mistral, Rafael Alberti, Rosario Rexach, Conrado Massaguer, Nitza Villapol, Lino Novás Calvo, Miguel Ángel Asturias, José Vasconcelos, Victoria Ocampo. En el Lyceum, Virgilio Piñera ofreció en 1938 su primera lectura de poemas, titulada “La voz humana a través de mi universo poético”. Allí también Cintio Vitier dio, entre octubre y diciembre de 1957, el curso que sirvió de cuerpo a su libro Lo cubano en la poesía, que conserva la impronta aportada por el tono coloquial y expositivo de las clases.

Aquella labor, sin embargo, nació como un proyecto de largo alcance. En los años siguientes, el Lyceum fue incorporando nuevas actividades. A la Sección de Conferencias, se sumaron las de Música, Clases y Asistencia Social. Esta última, creada en 1933, desarrolló una importante faena. Una de sus primeras iniciativas fue la apertura de una Escuela Nocturna. Las clases eran gratuitas y además de las materias de la enseñanza primaria, se completaba con cursos y conferencias. Acogió estudiantes adultos y funcionaba gracias al dinero que se recaudaba en actividades concebidas para ese fin.

Por iniciativa de Elena Mederos, en 1943 se abrió la Escuela de Asistencia Social, primera de su tipo que funcionó en Cuba. Contó con el auspicio de la Escuela de Educación de la Universidad de La Habana y con la colaboración del Ministerio de Educación. A todo esto, hay que agregar que el Lyceum también apoyó con medicinas y canastillas a los hospitales y con atención a los enfermos con programas culturales. Tomo estos y otros datos del libro de Whigman Montoya Deler El Lyceum y Lawn Tennis Club. Su huella en la cultura cubana (Unos@Otros Ediciones, 2017), que representa un valioso aporte investigativo que rescata el legado del Lyceum.

Como Montoya Deler apunta en su libro, la directiva del Lyceum, consciente de que a través de la cultura podían contribuir a salvar la nación, crearon una sección a la que dieron el nombre general de Exposiciones, “pues no solo se exhibieron obras de artes plásticas, sino también de las artes decorativas e incluso muestras de colecciones particulares que no entraban en el marco de las artes mencionadas”. Con ese fin, abrieron una galería, a la cual el público habanero tenía acceso libre.

En ella se programaron numerosas muestras, tanto colectivas como individuales. De la larga lista de estas últimas, mencionaré, entre otras, las de María Josefa Lamarque, Enrique Caravia, Carlos Enríquez, Amelia Peláez, Arístides Fernández, René Portocarrero, Felipe Orlando, María Luisa Ríos, Mario Carreño, Fidelio Ponce, Esteban Valderrama, Eduardo Abela, Julio Girona, Rita Longa, Cundo Bermúdez, Wifredo Lam, Mirta Cerra, Luis Martínez Pedro, Gladys Triana; y entre los extranjeros, Leo Mechelaere, Bernard Reder, Foujita, Osborne, Irene Hamar, Toulouse Lautrec, Raoul Dufy, Joan Miró, Marina Núñez del Prado, Daumier. Un hecho a destacar es que en la galería del Lyceum acogió un conjunto de gouaches, óleos y tablas de Pablo Picasso. Era la primera vez que las obras del artista español se exhibían en Latinoamérica, lo cual se debió a la colaboración de Alejo Carpentier.

Otro servicio que el Lyceum puso en marcha desde el inicio, fue contar con una biblioteca para las socias. Parte de los libros que la iría nutriendo fueron donados por los autores, y otros fueron adquiridos. Ya en 1935, el fondo era de 2,412 volúmenes. En 1942, se convirtió en biblioteca pública a la que tenían acceso los lectores externos. En 1946 pasó a ser circulante, lo cual benefició a las personas que no podían ir en los horarios establecidos. Fue la primera biblioteca de ese tipo que hubo en El Vedado. Otro paso importante fue la inauguración, en 1944, de la biblioteca juvenil, la primera que se creó en Cuba. Asimismo, a partir de 1951 dispuso de una discoteca, provista de una colección de discos de música y de un equipo reproductor. Además de cumplir su función como tal, para promover y estimular la lectura, en la biblioteca se realizaban charlas y conversatorios, que en ocasiones iban ilustrados con obras teatrales y películas. Conviene anotar, asimismo, que se mantenía canje de libros con instituciones de Cuba y del extranjero.

Ese canje se realizaba principalmente a través de dos medios. Uno eran los libros galardonados en los concursos que el Lyceum auspició. En 1936 se instituyó un premio anual, consistente en la publicación gratuita, para la mejor obra de autor cubano, presentada dentro del género convocado. En sus primeras ediciones lo ganaron Ofelia Rodríguez Acosta, Herminia del Portal y Renée Potts. Después, dejó de convocarse y fue restaurado en 1948, ahora bajo el nombre de Premio Lyceum. Lo recibieron Mirta Aguirre (Un hombre a través de su obra: Miguel de Cervantes y Saavedra), Pánfilo D. Camacho (Varona, un escéptico creador), Rosario Rexach (El pensamiento de Félix Varela y la formación de la conciencia cubana) y Anita Arroyo (Martí para la juventud).

El otro medio para el canje lo proporcionaba la revista Lyceum. En el primer número se expresaba que “uno de los ideales del Lyceum ha sido el de poder mantener un órgano oficial que recoja en sus páginas la síntesis de nuestras actividades. Este ideal ha encontrado siempre múltiples obstáculos que impedían su realización, los cuales, aunque no desaparecidos se han tratado de obviar, y este primer número que aparece al conmemorarse el séptimo aniversario de nuestra fundación, será el taladro que destruya los que aún quedan por salvar”.

Ese sueño se pudo materializar en febrero de 1936, año en que vio la luz el primer número. Lo codirigían Camila Henríquez Ureña y Uldarica Mañas, y a partir del número 5-6 pasó a tener un consejo de redacción que integraban Carolina Poncet, Consuelo Montoro, Piedad Maza y Sylvia Shelton. Tenía una periodicidad trimestral y en su primera etapa, que duró hasta 1939, se publicaron 16 entregas. La carestía del papel provocada por la guerra mundial y el inicio de las obras de construcción de la nueva sede del Lyceum hicieron que la revista dejara de salir.

Volvió a circular en 1949, y sus editores anunciaban que la revista entraba “en una nueva fase de su evolución impulsada por el afán de mejorar y renovar, no solo aquellos aspectos relativos a la riqueza y variedad de su contenido, sino a la manera y la forma de presentarlos”. Y confirmaron su aspiración de “reflejar en sus páginas la obra que realiza la mujer en los diversos sectores de la vida y la cultura, y a enaltecer la memoria de las precursoras y las fundadoras, para mantener vivo el entusiasmo por la noble causa del progreso y la superación y la superación femeninas”. Al poco tiempo adoptó el nombre de Revista Lyceum, y se editó hasta 1955.

La revista incluía en sus páginas poemas, ensayos, obras teatrales, artículos de crítica e historia literarias. Había también una sección con notas sobre conferencias, exposiciones, música, danza, teatro, radio, cine, así como sobre la labor cultural y social llevada a cabo por la sociedad de la cual era órgano. Lydia Cabrera, Marinello, Mañach, Dulce María Loynaz, Juan Ramón Jiménez, Roberto Fernández Retamar, Eugenio Florit, Vicentina Antuña, Karl Vossler y Francisco Ichaso, fueron algunos de los escritores que colaboraron.

La música fue también una manifestación a la cual se le prestó desde el inicio mucha atención. La lista de artistas que por allí desfilaron es muy extensa. Baste decir que en ella figuran los cantantes, compositores e instrumentistas cubanos más destacados de esa etapa. Allí, por ejemplo, debutó en 1935 Esther Borja, quien dio un recital acompañada al piano por Ernesto Lecuona. Asimismo, en 1932 la sociedad formó su propia coral, que dirigía Arturo Bovi. Además de los conciertos, en el aspecto didáctico se programaron clases, cursos y audiciones comentadas.

A esas actividades hay que sumar otras muchas. En las clases nocturnas para adultos, aparte de las materias escolares, se impartían clases de costura, taquigrafía, francés, carpintería, mecanografía, cocina, encuadernación, bordado, encaje. Esas oportunidades de superación se concedieron incluso a aquellas mujeres que, por ser de extracción muy humilde, no podían abonar la cuota mensual. Otra iniciativa para estimular a los creadores jóvenes fue la institución, en 1948, de la Beca Lyceum. Cubría a la seleccionada los gastos de viaje, matrícula y manutención por nueve meses, para estudiar en el extranjero por un año. De la misma fueron beneficiarias la escritora Rafaela Chacón Nardi y la escultora y ceramista Marta Arjona.

Cuando el Lyceum llevaba algunos años de existencia, se hizo evidente que la casona que ocupaban resultaba ya pequeña para realizar su trabajo con las condiciones óptimas. En especial, eso se puso de manifiesto cuando Max Henríquez Ureña ofreció prestar su biblioteca por un período de cinco años: el espacio del cual disponían para albergarla era insuficiente. Fue esa una de las razones que llevó a la directiva a unirse, en febrero de 1939, con el Lawn Tennis Club, una organización con fines deportivos y recreativos que funcionaba desde 1931. Esta disponía de terrenos en el Vedado, ubicados en Calzada y 8, y allí pasó a construirse la nueva sede en donde las lyceístas se mantuvieron activas hasta marzo de 1968. No obstante, el Lyceum se reservó el derecho de continuar usando su nombre original en las actividades culturales, quedando el de Lyceum y Lawn Tennis Club para las restantes.

Las lyceístas concibieron su trabajo con una dimensión cubana y social en el sentido mayor y con una voluntad de grandeza. Y aquí es pertinente decir, cito nuevamente a Mañach, que la suya fue obra social, no “de sociedad”. Pese a que muchas de aquellas mujeres tenían una vida llena de responsabilidades, incluso profesionales, no dudaron en convertirse en animadoras y promotoras socioculturales. Lograron así lo que José María Chacón y Calvo reconoce fue “uno de los triunfos más diáfanos y rotundos del feminismo en Cuba”.

Sin embargo, uno de sus mayores aciertos fue que todo eso lo hicieron sin subrayar su feminismo, y desde los primeros años abrieron sus salones a la aportación de los hombres. Comprendieron que los extremos y las exclusiones no son beneficiosos. Eso lo resaltó Gustavo Pittaluga, al expresar que “está aquí en acción la «comunidad hermana» del hombre y de la mujer, la colaboración de los sexos en el intento de construir una sociedad nacional, la sociedad nutrida por el más elevado anhelo de vida colectiva”. Aquella fue además una institución revolucionaria y progresista, que siempre apostó en contra de la discriminación racial y se mostró abierta y tolerante, sin tomar en cuenta ideologías ni militancia.

Ahora que se cumplen los 90 años de la puesta en marcha de aquella ejemplar asociación, es justo rendir homenaje a quienes la fundaron e impulsaron. Y nadie mejor para hacerlo que Mañach, que desde el principio fue divulgador entusiasta y colaborador de aquel esfuerzo generoso, fértil e intenso. Reproduzco unas palabras tomadas de uno de los numerosos artículos que dedicó a la labor del Lyceum:

“¡Qué hermoso ha sido siempre ver a estas mujeres del Lyceum entregarse de lleno, o casi de lleno, a su sociedad, distribuirse y cumplir cada día sus tareas de dentro, sin prurito de singular ameritamiento, sin recabar más relieve ni más premio que el de su obra conjunta! ¡Con qué tenso cariño le han sabido vigilar al Lyceum sus trances difíciles, que han sido no pocos, sacrificándose muchas veces silenciosamente hasta en la personal hacienda a seguir viviendo! En estas décadas últimas, que han presenciado tantas ilusiones y tantas frustraciones, el Lyceum es una de esas cosas sustantivas y ejemplares que han perdurado en Cuba para seguir alimentando la confianza en nuestro destino. ¡Gracias, mujeres del Lyceum!”.

Carlos Espinosa Domínguez
Cubaencuentro, 13 de diciembre de 2019.
Foto: Inauguración del Lyceum de La Habana. Tomada de Cubaencuentro.

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