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lunes, 13 de marzo de 2017


La Escuela Primaria Superior No.16 llevaba el nombre del presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento. Radicaba en la calle Enamorados No. 215 entre Flores y Serrano, en la barriada de Santos Suárez, La Habana.

La sesión de la tarde funcionaba de 1 a 6. La dirección ocupaba la primera pieza, que habría sido la sala de la edificación original y tenía dos ventanas grandes que daban al portal, contiguo a la acera. La directora era la Dra. Clara Luz Sifontes. Había cuatro aulas, dos de 7mo. grado, una de 8vo. grado académico y otra de 8vo. comercial. Ninguna tenía ventanas y el calor en los meses de mayo a septiembre era asfixiante.

El primer día de clases fuimos objeto de novatadas, imitando a las que hacían en los Institutos de Segunda Enseñanza que entonces había en Cuba. Todavía no teníamos los uniformes de reglamento. Yo llevaba un vestido de saya y chaqueta color aqua y, advertida, me puse la chaqueta virada al revés. Los alumnos de 8vo. grado nos tiraron pintura. La esposa de mi primo materno, Lalita, fue quien me hizo los uniformes reglamentarios: saya azul prusia con tirantes anchos con el monograma EPS bordado y blusa blanca de mangas largas. Me negué a dejar hacerme un permanente más, pues me tenía el pelo quemado y reseco. Para mejorar mi cabello empecé a usar Tricófero de Barry (loción capilar creada en el siglo XIX, muy popular en Cuba antes de 1959 y que en otros países se sigue usando porque nutre y fortalece el cuero cabelludo, cura la caspa y evita la caída del cabello).

En 7mo. grado era el número 22 en la lista de asistencia. Ya no era la más chica de la clase. Ocupábamos la segunda aula. A las libretas, con letra gótica, les puse el nombre de la asignatura en la primera página, les dibujé una cara en tinta y las forré con papel de estraza. La maestra de historia, muy disciplinaria, nos llamaba por el apellido. En un examen tuvimos que escribir sobre la conquista del Perú, Francisco Pizarro y el inca Atahualpa, y la de México, Hernán Cortés y el azteca Moctezuma. La maestra de geografía era hermana de la de historia, pero más indulgente.

La profesora de gramática, de torso amplio, vivía en la calle San Indalecio. En su clase leímos el cuento Naufragio del libro Corazón de Edmundo De Amicis. Aprendimos el apócope de obediente y el antónimo de despedir. La maestra de física era delgada, el color de su piel me recordaba la guayaba, tenía el pelo castaño rizado. Ella nos explicó los cambios de estado de la materia, la sublimación del yodo, "la materia no se crea ni se destruye, solamente se transforma". Thamyris Cardelle López le obsequió una flor queriendo dárselas de maduro. Vicente Valdés, el maestro de matemáticas, parecía ser protestante, hablaba de la biblia, criticaba el catolicismo. Muy vagamente, de la clase de anatomía recuerdo los cuadros sinópticos de los sistemas óseo, nervioso, sanguíneo, digestivo... No recuerdo si teníamos o no clases de biología. ¿Las plantas monocotiledóneas y dicotiledóneas eran de entonces? En las clases de economía doméstica y trabajos manuales hice un álbum de fotografías, forrado en papel aterciopelado marrón con un cordón dorado y papel de diseño marmóleo verde, que todavía conservo. También confeccioné una pantalla de lámpara para mesa de noche, con placas de radiografía blanqueadas con cloro, cartulina azul claro y alguna calcomanía.

Teníamos clases de música, cantábamos el himno del 20 de Mayo, el Himno Invasor, La Bayamesa. Su letra no la he olvidado: ¿No te acuerdas, gentil bayamesa/ que tú fuiste mi sol refulgente/ y risueño en tu lánguida frente/ blando beso imprimí con ardor? La profesora de educación física se llamaba Petronila Gutiérrez; en el patio lateral hacíamos carreras y siempre ganaba una alumna gruesa llamada Amada o yo. Una compañera, Miguelina Prado Franquiz, que vivía mas lejos, paraba en mi casa camino a la escuela, para ir conmigo, pero yo casi siempre me demoraba y la hacía llegar tarde, y dejó de pasar a buscarme. A veces oía el inicio del programa de Chicharito y Sopeira del radio de alguna casa, mientras me apresuraba calle abajo por Flores.

Mi amiga inseparable en 7mo. grado fue Josefina Toledo Rodríguez, de tez blanca y pelo lacio muy negro. Era dos días mayor que yo, se sentaba en el pupitre delante de mí y vivía en la calle San Leonardo. Hablábamos tanto que nos apodaron Periquito y Guacamayo. Una vez nos llevaron al Zoológico.... de excursión, no para el aviario, jajaja! Tengo fotografías de aquel día. En un acto por el Día de las Madres tuve que leer una composición. Los dos alumnos que mejor nota sacábamos éramos Luis Lara Hayado, alto, al que apodaban Caña Hueca, y yo. Un día, sin una gota de modestia, Luis me dijo: "Tú eres el orgullo de las hembras y yo el de los varones". Recuerdo a Concha Chicola Suárez, alta, que vivía en la calle Zapotes; Gil Mateo de Acosta Alvarez, rubio; Caridad Cardentey, Carmen Simeón González, Carmen Ramón de Paz, Antonia González, que tenía las uñas muy largas, Mercedes Martínez Andreu, Marlene, mexicana, Jesús Quintana y Joaquín Raboso, primos. En ese curso quedé en primer lugar.

Hice un dibujo con tinta china de unos alumnos con el uniforme de la escuela y salió publicado en el suplemento dominical País Gráfico del periódico El País. Escribí cuatro poesías, pero solo recuerdo dos. Yo medía 5'4 de estatura. Había pensado matricular en la Escuela Normal para Maestros, en San Joaquín entre Pedroso y Amenidad, en El Cerro. Quería hacerme maestra, pero al finalizar el 7mo. grado, durante las vacaciones de verano, cuando tenía 13 años, me di cuenta de que no tenía paciencia para enseñar y decidí cursar 8vo. grado comercial e ingresar en la Escuela Profesional de Comercio de La Habana, sita en Ayestarán y Néstor Sardiñas y hacerme contador, para lo cual mi madre tuvo que redactar una carta de autorización (en un próximo post, algunos recuerdos sobre la Escuela Profesional de Comercio de La Habana).

Volviendo a la Escuela Primaria Superior. El maestro de rudimentos de comercio era delgado, un poco desgarbado. No se permitía borrar o tachar, cuando se cometía un error, había que escribir "digo". Las prácticas de mecanografía las realizábamos en dos máquinas antiguas que tenían en el pasillo. Ese corredor lo utilizaban los varones como taller de carpintería. El 8vo. comercial quedaba en la cuarta aula. En la clase de dibujo comercial, la maestra abría un periódico sobre el escritorio y no lo bajaba ni miraba a los alumnos durante toda la clase. Y nosotros nos escápabamos del aula y regresábamos poco antes de sonar el timbre. Dibujé un anuncio de cosméticos y en caligrafía escribí los nombres de actores de cine, en letra redondilla, que no nos enseñó ella: la aprendí de una vecina.

La maestra de inglés se llamaba Belén Pardo. En ese momento, ya había recibido dos años de clases en el Centro Especial de Inglés No. 12, en Calzada 10 de Octubre, en el horario de 6 a 7 de la tarde. 6 a 7, y estaba cursando el tercer año de inglés (más en el post titulado Recordando los Centros Especiales de Inglés en La Habana, en este blog, el lunes 10 de abril de 2017). De las clases de español recuerdo las conjugaciones, el tiempo pretérito pluscuamperfecto del modo subjuntivo, la forma perifrástica; los análisis analógico, sintáctico, prosódico y ortográfico; el ejemplo ilustrativo de cacofonía "en el balcón con Conrado". Leímos Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra y se analizó la oración en el capítulo 35, "Todos reían sino el tendero". Leímos el romance anónimo Álora, la bien cercada: Alora la bien cercada/ tú que estás cerca del río,/ cercóte el Adelantado/ una mañana en domingo/ de peones y hombres de armas/ el campo bien guarnecido.

También leímos la poesía La niña rara de J.M. Blanco Belmonte: Detrás de su vaca roja/ que al verde pradillo va,... y siempre que torna a casa/ y siempre que al prado va/ la niña cierra los ojos/ con resolución tenaz/ y a ciegas cruza la playa/ de la niebla entre el cendal,... el mar me robó a mi padre/ ¡y yo no quiero ver el mar! "¿Dónde está Dios?" Esa luz más elocuente/ que mi labio te dirá/ que hasta en el eco infantil/ de la palabra fugaz/ con que por Dios me preguntas/ la esencia de Dios está... Un poema que yo pensaba era de Sor Juana Inés de la Cruz. La novela Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde de la Paz la leímos más tarde, en la clase de español en el segundo año de la carrera de contador mercantil en la Escuela Profesional de Comercio, y estudiamos la frase "un sí es no es".

De mis ex colegas en la Escuela Primaria Superior Domingo F. Sarmiento, recuerdo a Rolando, apodado Escobillón, que vivía en San Leonardo; a Orozco, Virginia Cárdenas, Emilio, Daisy Ugalde, Pedro Iglesias García... En época de exámenes, a principios de diciembre, fines de marzo y fines de mayo, podíamos irnos temprano cuando terminábamos la prueba. En el mismo local, por la mañana funcionaba una escuela elemental, con un kindergarten al fondo, por las tardes la Superior y por las noches el Centro Especial de Inglés No. 14, donde estudió el guitarrista Eduardo Espígul.

Solamente 15 alumnos (14 hembras y un varón) participamos en la ceremonia de graduación conjunta de todas las escuelas superiores de la capital, en el Palacio de Convenciones y Deportes, que tal vez algunos no recuerden o no sepan que el primer palacio deportivo que hubo en La Habana quedaba en Malecón y Paseo, donde actualmente se encuentra la Fuente de la Juventud, frente al Hotel Riviera. La instalación fue construida a mediados de 1944, por el arquitecto José Pérez Benitoa, durante la primera presidencia de Fulgencio Batista y Zaldívar. Fue concebida para la celebración de peleas de boxeo y partidos de baloncesto y voleibol (debajo del tabloncillo había una piscina).

Construirlo allí fue una falta total de perspectiva del desarrollo urbanístico de La Habana y en 1955, bajo el segundo mandato de Batista, tuvo que demolerse para continuar el Malecón desde G hasta la Calle 8 del Vedado. Pero mientras permaneció en el lugar, se presentaron circos famosos como el Ringling Brothers y King American Circus y espectáculos de patinaje sobre hielo, entre otros. Los datos sobre el Palacio de Convenciones y Deportes fueron tomados del blog Memorias de un cubano.

Volviendo a la ceremonia de graduación. Nosotras fuimos de blanco, también Gil, el único varón. Mi vestido era largo y tenía una berta de satín blanco. En el acto me tocó sentarme al lado de una antigua alumna de Aguayo, Dulce María Figueroa, que me recordaba. Quedé en segundo lugar del curso, a unas centésimas de puntuación del primer lugar. Cuando al cabo de nueve años volví a la escuela, que para entonces se había mudado para la calle Carmen No. 27 entre 10 de Octubre y Párraga, en La Víbora, a solicitar un certificado para la Escuela de Ciencias Sociales, la nueva directora, la joven doctora Dominica Del Amo, me permitió mirar los libros. Descubrí un error en la suma de las notas: mi promedio era 91.72, ella rectificó la anotación en el libro y emitió un certificado rectificado. Había obtenido el primer lugar al finalizar el 8vo grado comercial en la Escuela Primaria Superior No. 16 Domingo F. Sarmiento.

Zilia L. Laje
Foto: Domingo Faustino Sarmiento. Tomada de Un guerrero de la batalla intelectual.
Notas de la autora.- Los maestros de matemáticas y rudimentos de comercio de la Escuela Primaria Superior No. 16 eran hombres y usaban traje. Las maestras de gramática, historia, geografía, anatomía, economía doméstica y español eran blancas y la maestra de inglés era rubia de ojos azules. La Escuela Primaria Superior No. 2, la que yo había creído que me correspondía asistir, quedaba en Pocito No.101 esquina Buenaventura, Lawton.

El 23 de febrero de 1953, Raúl Ferrer Pérez fue nombrado maestro de 6to. grado de la Escuela Pública No. 7 de varones, que radicó en la misma dirección de la Escuela Primaria Superior a la cual asistí, en Enamorados No. 215 entre Flores y Serrano, Santos Suárez. En 1950, en un acto con maestros y autoridades de educación, fue nombrada Escuela Pública Adela Azcuy Labrador como puede verse en este video. La escuela primaria que actualmente allí radica sigue llevando el nombre de la ilustre pinareña Adela Azcuy Labrador.

En la Universidad de La Habana matriculé, por la libre, dos asignaturas de Administración Pública en la Escuela de Ciencias Sociales. Adquirí las conferencias mimeografiadas, encuadernadas en la librería universitaria, pero las encontré insuperablemente aburridas y nunca me presenté a examen.

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