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viernes, 29 de abril de 2016

Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia


No es posible evadir el lugar común: es ésta una historia acerca de la amistad y del amor. De amistad honrada desde la más temprana juventud hasta la longevidad, sin hacer caso al rumbo que tomaron las vidas de cada uno de ellos, ni los avatares imponderables de la sociedad en que han vivido. De amor reverenciado a un género musical y a los que, como ellos, también lo hicieron suyo, a una música que se convirtió para ellos en razón de vida. Nadie se explica la energía que despliegan, el entusiasmo que exhiben, ni la sonrisa perenne con que parecen conjurar todos los inconvenientes. Para ellos no hay distancia demasiado lejana, dolores que les paralicen, ni obstáculos que, por cotidianos, no puedan sortear.

En el curso de los más de sesenta y cinco años que han vivido como grupo, ningún acontecimiento político, social o personal pudo amilanarles. Ellos mismos lo aseguran a coro: es la música, el baile, el jazz, lo que los mueve y lo que les ha mantenido unidos y bailando a través de más de medio siglo. Por mucho que se trate de prefigurar una imagen, siempre sorprenderá verles llegar con sus mejores galas, aun en tiempos azarosos, y sostener con firmeza la mano de su pareja a la hora de sacarla a bailar para enseguida asumir la vivencia del baile con todo sentido del ritmo que acompaña siempre al virtuosismo implícito en los standards de aquellas Big Bands de la era del swing, que es lo que más les gusta bailar.

Son Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia. De la agilidad, precisión y virtuosismo casi acrobático en algunos de ellos, ¡ni qué decir! Verles en la improvisada pista es una experiencia única. El tap genuino de Papito; el 'feeling' casi intelectual que Julián le imprime a sus originales pasos a través de una actitud muy suya; la grácil agilidad y el ritmo inderrotable de Mayi... Los tres son fundadores; y de aquel grupo primigenio, los que han sobrevivido hasta hoy son casi todos ya octogenarios, como Elsa Padrón, que en un momento crucial de su vida defendió su derecho a seguir bailando jazz. O como Juan Picasso, quien a pesar de sus problemas de locomoción, asombrara cuando se decidía a salir a bailar como un muchachón sin años. Por eso todo resulta aún más increíble.

Es errado pensar que se trata de una mera atracción turística. Absolutamente. Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia constituyen un fenómeno singular en la historia musical cubana: el elemento aglutinador ha sido el jazz, asumido a través de la expresión corporal y danzaria, como experiencia colectiva en tanto bailadores y degustadores de lo mejor de la música norteamericana en la era del swing y los años iniciales del bebop. Sus integrantes fueron primero que todo, fanáticos melómanos y bailadores de los ritmos cubanos y portadores, en su época de esplendor, de un modo de bailar y de asumir la entrega musical de los más afamados conjuntos y orquestas populares de las postrimerías de los años 40, 50 y hasta los 60. Bailaban también con Arcaño, con la Melodías del 40, con Jorrín, con la Orquesta América, con la Aragón, con el Conjunto Casino, a los que seguían a todas partes, aunque algunos seguían siendo religiosamente fanáticos del swing y la música americana.

Comenzaron a reunirse a finales de la década de 1940 y primeros años de la década de 1950 para 'patinar' en la explanada de la Avenida de las Misiones, que discurre delante del antiguo Palacio Presidencial. Allí en una de las esquinas que desembocan en la Avenida, estaba -y todavía está, pero con nueva fisionomía- el bar Lucero, famoso entonces entre la muchachada por amplificar los programas de radio y hasta los discos que giraban en su muy moderno tocadiscos. Lo suyo era bailar, pero también demostrar lo actualizados que estaban en lo que a música norteamericana se refería y en esto, la radio jugó un papel esencial.

La radio fue vital para ellos en el descubrimiento de la música norteamericana y en el conocimiento de la música cubana en general. “Era accesible a las posibilidades de todos, nos contaba Lázaro Montero. El aparato de radio se le compraba a los polacos a plazos, se pagaban 0.25 centavos a la semana. Oíamos todos los programas de música americana: Bing Crosby, Frank Sinatra, Nat King Cole, Benny Goodman. Todo swing.”

En especial escuchaban los programas que en varias radioemisoras transmitían música norteamericana: El Club del Swing -donde por primera vez músicos cubanos tocaban jazz en vivo- y Sinfonía del Jazz, en la CMQ de Monte y Prado; el programa de jazz de la Mil Diez; Jazz Club en CMBQ Radio Ideas Pazos; Swing and Melody, en CMBZ Radio Salas, y otros. Las ondas radiales traían otros espacios para el jazz, cuando aún era swing lo que sonaba, como la muy popular Radio Kramer, que transmitía en inglés.

La radio fue en los inicios la conexión con el mundo sonoro que preferían, pero el cine les aportó otra experiencia a nivel sensorial: el descubrimiento visual de un mundo hasta ese momento sólo representadas a partir del imaginario personal, y la revelación para sí mismos de que querían y podían emular la tremenda originalidad y virtuosismo a aquellos negros norteamericanos que serían para siempre sus ídolos irreemplazables. El cine fue el impulso definitivo. Siempre que el bolsillo lo permitía, iban una y otra vez a la sala oscura, en cines de barrio donde la entrada costaba poco menos de 15 centavos: allí vieron hasta el cansancio uno de sus filmes preferidos: Stormy Weather, de 1943, y se asombraron con la rítmica creatividad de Bill Robinson, el estilo acrobático y vital de Nicholas Brothers y el hilarante performance de Cab Calloway al frente de la orquesta del Cotton Club en Stormy Weather.

Los muchachos los imitaban no sólo en sus proezas danzarias, sino hasta en la forma de vestir y caminar. Las muchachitas asumían las maneras y el estilo de Lena Horne. Ver a Louis Armstrong en Cabin in the Sky, también de 1943, a Gene Kelly, Glenn Miller, Nat King Cole, Frank Sinatra... fue algo más que una fiesta de los sentidos, resultaron verdaderos descubrimientos. En los bares del puerto -Lázaro Montero recordaba el Two Brothers, La Flota, Navys, Sailor- la mayoría actualizados en música gracias a la afluencia de buques de Estados Unidos, los muchachos conseguían comprar o cambiar discos de sus músicos y cantantes preferidos, a la vez que confrontaban con los marineros estadounidenses que habían zarpado del puerto de New Orleans los nuevos pasillos y evoluciones. Sin llegar a ser auténticos 'hipsters', los chicos que bailaban jazz iban mucho más allá en su adoración por la cultura, la música y el american way of life que sus ídolos representaban.

Abraham Peñalver Beltrán, Papito (Guanabacoa, 1928) desde entonces es un furibundo apasionado del tap y cuando pasa junto a las ruinas venerables del famoso teatro Campoamor rememora las siluetas danzantes de The Nicholas Brothers, a quienes vio en persona, escapado de su casa, como parte del público que abarrotó el coliseo habanero durante las únicas presentaciones en Cuba de los virtuosos bailarines. En ese momento se dio cuenta de que el tap sería la verdadera razón de su vida y con los años, se convirtió en un profesional del estilo. Ya con cerca de 90 años, Papito se ha encargado de que los jóvenes no dejen morir el tap y desde hace tiempo se ha convertido en maestro, lo mismo en Guanabacoa que en Santa Amalia, de los que han decidido retomar el legado de sus sonoros zapatos.


Casi todos los jóvenes seguidores del jazz, el swing, el tap y la música americana en aquella época, procedían de hogares humildes. Algunos lograron estudiar y graduarse de la Escuela de Artes y Oficios, otros de la Escuela Normal para Maestros de La Habana, los menos en la Academia Nacional de Bellas Artes de San Alejandro y acaso un par de ellos, con orígenes cercanos a la clase media baja, ingresaron en la Universidad de La Habana y se hicieron ingenieros. Muy temprano, la mayoría tuvo que procurarse un oficio, que le permitiera no sólo vivir, sino asegurarse la diversión en tiempos donde en ciertas zonas de la ciudad los precios estaban al alcance de trabajadores de bajos ingresos.

Pero no pudieron ver a Nat King Cole en Tropicana, ni a Sarah Vaughan en Sans Souci. Mucho menos a Cab Calloway en Montmartre. Sólo Lázaro Montero y Roberto Toirac que tenían oficios mejor retribuidos, pudieron ir a Tropicana. Gilberto Valdés Zequeira, entonces integrante del cuarteto Los Cavaliers -contratados por una corta temporada para animar algunos momentos en el bar del Sans Souci- cuenta que tuvo la suerte de compartir con la Vaughan y con su baterista Roy Haynes. Para los demás, el acceso era impensable por sus orígenes y sus economías. Juan Picasso recordaría haber visto fugazmente a la Vaughan en una fiesta de santo en un barrio de La Habana.

Vinculados a algunas de las figuras primigenias del movimiento del feeling y a su bohemia, muchos de Los Bailadores de Santa Amalia fueron testigos de sus primeros pasos del movimiento, en tanto formaron parte de aquel grupo donde unos iniciaban un nuevo modo de componer y cantar canciones, con la influencia que se recibían de la música y los músicos norteamericanos, y otros acudían entusiastas a escucharles y apoyarles. “Con el feeling y a través de sus músicos conocimos el bebop, como un momento de desarrollo en el jazz”, apuntaba Lázaro Montero.

Lázaro, Mayi, Gilberto Valdés, Julio Bequé, Jesús Terry y muchos otros del grupo eran asiduos al Gato Bar, un minúsculo recinto que ocupaba el número 416 de la calle Zanja, entre Belascoaín y Gervasio -hoy inexistente en su función de entonces-, en la misma barriada donde vivían varios de los muchachos del feeling y donde José Antonio Méndez hizo su primera presentación, y eran visita casi perenne, guitarra en mano, César Portillo de la Luz, Jorge Mazón, Luis Yáñez, Armando Guerrero y el propio José Antonio. Para Lázaro Montero, el Gato Bar tuvo una importancia crucial en la historia de Los Bailadores: “No sólo porque allí pudimos conocer a muchos músicos que compartían nuestros gustos, sino también porque en el Gato pudimos compenetrarnos más. Las muchachitas también iban a compartir, y el interés no era sólo bailar, sino también escuchar música.”

Gilberto Valdés Zequeira recuerda: “Los llamados muchachos del feeling y los jóvenes bailadores de swing (muchos de los cuales pertenecían a ambos grupos) eran habituales del Gato Bar, cuyo dueño acostumbraba a avisarnos cada vez que recibía nuevos discos para que acudiéramos a escucharlos y, si eran bailables, a bailarlos.” En puntos céntricos, pero cambiantes, los muchachos y las muchachitas se reunían para salir tras la música que querían escuchar y bailar: a veces se reunían en la esquina de Prado y Neptuno, muy cerca también de Fornos y Los Parados, dos populares bares-cafeterías a donde acudían muchos músicos y artistas. Pasearon su gracia y elegancia por las sociedades de negros y mulatos, como el Isora Club, el Sport, la Unión Fraternal, el Buenavista Social Club, Los Jóvenes del Vals, el salón de baile de Prado y Neptuno, y Los Jardines de la Polar y de La Tropical.

“Bailábamos en La Tropical. Comprábamos un barrilito de cerveza y nos regalaban de contra uno de maltina y el hielo. Nos gustaba mucho ir al salón que promocionaba la Maltina de La Tropical, a bailar con Chappotín. Estaba el otro salón que llamábamos Bajo las estrellas, por el decorado de su techo", rememora Lázaro, quien entonces le había hecho trabajos de tapicería y carpintería a Blanco, el dueño de La Tropical, con lo que muchas veces garantizaba el acceso preferente. Ellos, los muchachos del jazz ya muy tarde, se iban solos a continuar bailando y gozando en los cabarets y bares de mala muerte de la Playa de Marianao, después que a las diez de la noche, dejaban a “las muchachitas” en sus respectivas casas. Para ellas entraba en vigor su particular toque de queda.

Otras veces, cuando sabían que alguno de ellos podía tener acceso al último disco salido al mercado -como era el caso de Tony Suárez Rocabruna- se movilizaban y llegaban hasta su casa, en amigable asalto. Otras veces se veían en La Bodega de Celso, en San José y Gervasio, muy frecuentada por músicos y jazzfans donde, como era usual en la época en este tipo de establecimientos, además de expender víveres, se ponían traguitos, se picaba algo mientras se escuchaban en la victrola los últimos discos que su propietario, un jazzfan empedernido, había hecho traer desde Estados Unidos. Algo similar ocurría en el Bodegón de Goyo, en la esquina de Retiro y Clavel, en el barrio de La Victoria, en la que el hijo del dueño viajaba con frecuencia a Miami y tenía una espectacular colección de discos de 45 rpm. “Bailamos mucho, siempre, con Glenn Miller, Tommy Dorsey, escuchando a cantantes como Nat King Cole, Ella Fitzgerald, Billie Holiday”, rememoraba Lázaro Montero.

Los muchachos y muchachas que hoy son los venerables bailadores que admiramos, trazaron y recorrieron la ruta de los sitios del jazz en la capital siempre teniendo como cuartel general, el lugar donde estuviera viviendo Gilberto Torres Montiel (La Habana 1926- 2006). Líder indiscutible, de oficio tabaquero torcedor en la fábrica donde se hacían los tabacos Romeo y Julieta, con una capacidad aglutinadora que sobrevivió a su muerte, Gilberto no reparó nunca en dedicar una parte de sus modestos ingresos a lo que hiciera falta para que el grupo se mantuviera como quería: bailando. Sus amigos, jóvenes primero y adultos camino a la tercera edad después, lo seguían a cuanta iniciativa promoviera.

Leonardo Acosta, en su imprescindible obra Un siglo de jazz en Cuba, destaca con justeza el aporte de muchos de los que hoy se conocen como Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia a la formación y auge del Club Cubano de Jazz (CCJ), como fue el caso de Roberto Toirac, Lázaro Montero y el propio Gilberto Torres. Y subraya el patrón establecido por Torres, y luego replicado en el CCJ, cuando instauró y animó un modelo de encuentros en la sociedad de negros y mulatos Juan Gualberto Gómez, en el municipio de Regla, y que se convertían en descargas de jazz, “con la particular característica de que eran bailables. Se celebraban los domingos por la tarde, tal como se haría después en el Club Cubano de Jazz”. Toirac sería un puntal esencial en la organización del CCJ del que llegó a ser vicepresidente y , que, al decir de Acosta, “tuvo su cuartel general en el taller de Toirac.” El grupo acudía a los jam sessions y presentaciones de músicos norteamericanos traídos a Cuba por el CCJ, como Philly Joe Jones y otros. El propio Acosta, autoridad cimera del jazz en Cuba, ha reconocido el papel de Torres y lo ha señalado como “incansable bailador él mismo, que ha seguido tres decenios oyendo y bailando jazz”.

En aquellos años tempranos de los 60, eran asiduos al jazz club Descarga, en Cayo Hueso, y también al Habana 1900, en la calle O, en El Vedado. Avanzando los 60 y hasta bien entrados los 70, llegaron años complejos para el jazz y la música norteamericana o simplemente, en inglés, en Cuba. De pronto, con el ambiente liberador y de justicia que trajo el triunfo revolucionario de 1959, surgieron paradojas extremistas que durante cierto tiempo y en determinados ambientes, estigmatizó esa música y la convirtieron en el sonido del enemigo. Se cerraron clubes, cabarets y hasta bares, y las sociedades a las cuales iban a bailar cambiaron su sentido y dejaron de ser lo que habían sido. El grupo transitó por períodos de confusión e incertidumbre: dejaron de reunirse, sólo algunos se encontraban esporádicamente en el portal de la casa del fotógrafo Azcuy; en Guanabacoa en casa de Papito; en la casa de Paulina Ugarte, en las cercanías de El Canal del Cerro y en el Reparto Arroyo Apolo.

A inicios de los 70 iban al antiguo Johnny’s Dreams, en Miramar, ya convertido en Río Club, y casi único reducto nocturno para el jazz. Pero Gilberto Torres no olvidó quién era, aunque nunca pudo imaginar que los años por venir le reservarían un rol aún más importante en la permanencia de este grupo de entusiastas y apasionados de pies ligeros. Hasta que decidió encontrar un lugar en Santa Amalia, donde vivía entonces, y luchar por obtenerlo: justamente el local de la antigua bodega El Embullo, colindante con su modesta y reducida casa, sito en la Martí No. 270 entre Arnao y Santa Amalia, en la misma esquina donde confluyen las calles Martí y Santa Amalia, frente al parque principal de la barriada.

Ningún sitio quizás pudo ser más simbólico del vínculo de estos hombres con la música cubana: en Santa Amalia vivieron músicos relevantes, desde Doña Irene, creadora de la primera orquesta femenina, a finales del siglo XIX; Bebo Valdés, su hijo Chucho siendo muy niño, y los hermanos Barreto (Guillermo, el gran baterista, Roberto, Robby, clarinetista, y Alejandro Coco, en la trompeta). También en Santa Amalia vivieron Roberto Alvarez, pianista del Conjunto Casino, el director orquestal y pianista Rafael Ortega; el saxofonista y arreglista René Ravelo, y muchos otros, sin contar los jóvenes, como el saxo y clarinetista Germán Velazco, el trompetista Julio Padrón; el trombonista Juan Carlos Marín, quienes viven orgullosos de su pertenencia al musical barrio habanero de Santa Amalia, perteneciente al municipio Arroyo Naranjo.

Nunca se sabrá cuántas canciones, sones, guarachas, mambos, chachachás que hoy son verdaderos clásicos del repertorio cubano, nacieron en las modestas casas amalianas. En las décadas 1940-1950, la popular barriada era visita obligada de otros grandes, que acudían lo mismo en busca de un tema musical, inquiriendo un arreglo, o simplemente, para disfrutar en fiestas y encuentros memorables. Sostenido por esta historia legendaria, Gilberto Torres hizo su gran contribución a Santa Amalia: volvió a reunir al grupo, al convertir su modesta, pero cálida casa en el sitio de Los Bailadores de Jazz, que ahora completaban su nombre con el del barrio que les acogía. Sin reparar en distancias, aquel grupo de amigos renovó su entusiasmo, ése que reservaban convencidos de que que nada los detendría, que vendrían tiempos mejores para la música que amaban, y convirtieron la casa de Gilberto en una marca musical: La Esquina del Jazz.

Tuvieron que sortear obstáculos desagradables y turbias percepciones autoritarias, pero la Peña del Jazz, como también la llaman, se mantuvo contra viento y marea, hasta que tras la grisura de una época no tan corta como se hubiese deseado los grandes músicos cubanos que cultivaban el jazz fueron derribando barreras y haciendo un espacio al género, desde posiciones genuinamente musicales. Cuando en 1979 el multinstrumentista y showman Bobby Carcassés crea el Festival Jazz Plaza, habría también un lugar allí para Los Bailadores… Dizzy Gillespie fue la figura más prominente que participara en este evento, en sus ediciones de 1985 y 1986 y hasta Santa Amalia fue a ver a los ya cincuentenarios bailadores de Jazz, quienes le impresionaron tanto, que los invitó a bailar en su concierto en el teatro Karl Marx. Allí rindieron homenaje a su coterráneo el gran Chano Pozo, bailando Manteca, acompañados por Gillespie y su improvisada banda de respaldo.

A La Esquina del Jazz en Santa Amalia llegaron nombres que siempre habían sido objetos de adoración para el grupo: Dizzy Gillespie, Carmen Mc Rae, Roy Hardgrove, Arturo Sandoval, Chucho Valdés, Juan Formell y muchos otros, y todos los jazzistas y amantes del género que han pasado por La Habana, han ido a Santa Amalia, o han compartido con Los Bailadores que cada vez con más frecuencia desafían el tiempo sobre diversos escenarios. Cuando hace poco menos de un mes los vimos bailar en el Teatro Mella junto con la Preservation Hall Jazz Band, de New Orleans, asistimos a un suceso de extraordinaria emotividad, algo que debió ocurrir hacía mucho tiempo.

A William Torres Díaz, el hijo de Gilberto, la influencia norteamericana le llegó más directa con sello generacional por la vía del rap. Rapear le apasionaba y lo hacía no sólo en Santa Amalia, cuando ya se encaminaba a formar también su grupo, pero al morir su padre, supo que tendría que hacer algo diferente, pero imprescindible, y tomó el relevo cuando decidió que aquella casa, donde había vivido con sus padres, continuaría siendo La Esquina del Jazz. William ha sabido continuar en su aspecto práctico el liderazgo de Gilberto, desde un admirable respeto a su legado y a la obra cultural que día a día desde hace más de medio siglo han construido sus amigos bailadores de jazz.

Tras él, a La Esquina del Jazz han llegado muchos jóvenes atraídos también por su historia y la música inmortal que representan los mayores. Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia continúan su infatigable performance, que seduce todavía a varias generaciones de bailadores y jazzfans. Su historia inspiró a la realizadora cubana Gloria Rolando, que la recogió en su documental Nosotros y el Jazz filmado en 2004, cuando aún vivía Gilberto y otros que ya no están, lo que constituye un inapreciable documento sobre la historia de este singular grupo.

Otros cineastas han hallado motivaciones para tener a Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia en sus obras: los españoles Fernando Trueba, Javier Mariscal y Tono Errando incluyeron a tres parejas de ellos en su filme musical de animación Chico y Rita, a partir de una historia cubana. Otro español, Manuel Gutiérrez Aragón, en 2009 dirigió Música para vivir, documental que recoge recuerdos e imágenes de Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia. Esteban Insausti también ha contado con ellos para Club de Jazz, cinta en proceso de producción.

La autenticidad de este grupo y la lealtad a un género han hecho de ellos el paradigma viviente de la libertad que le distingue: la única atadura es el jazz, admirado con una condición atemporal, pero al mismo tiempo en su desarrollo inagotable. El jazz ha sido parte inalienable de sus vidas, y como tal, portador de una madurez que han logrado concretar en su vivir, al disfrutar alegrías y encarar momentos duros y difíciles. A quienes hemos compartido con ellos de manera reiterada, nos asombra su filosofía de vida, ésa que les permite disfrutar cada instante mientras bailan como si el momento fuese único e irrepetible.

La vida parece ser para ellos como cada pieza que danzan, con un principio y un fin previsible, y del mismo modo en que no hay tristeza cuando la música se detiene, así despiden también con tranquilidad y veneración al amigo que le ha tocado partir y al que volverán a recordar con alegría y jocosidad en el próximo encuentro donde volverán a bailar, como si estuviesen todos juntos otra vez. El baile y ellos, individualidades tan carismáticas como el grupo mismo, son el imán que atrae a todos a esa esquina dde Santa Amalia, frente al parque. Los que hemos seguido con asiduidad a Los Bailadores, los que nos hemos nutrido admirados de su filosofía de vida y de su alegría paradigmática, sabemos que nunca dejarán de bailar… mientras quede uno.

FUNDADORES SOBREVIVIENTES

Noemí Suárez Echarte, Mayi
Elsa Padrón Sola
Julián Zuaznábar Pintado
Abraham Peñalver Beltrán, Papito
Lázaro Miraban Betancourt
Roberto Cabrera González
Jesús Terry Rodríguez
Wilfredo Sotolongo Cossío
Norma Landeau
Neyda Zuaznábar
Teresa Orta
Adamari
Gilberto Valdés Zequeira
Jackie de la Nuez

FUNDADORES FALLECIDOS

Gilberto Torres, creador
Carlos Carrillo
Roberto Ureña
Ezequiel Cárdenas
Carlos Fernández
Dandy Crawford
Wilfredo Samá, El Fello
Frank Goiry
Roberto Toirac
Alberto Muñoz
Héctor Cruz
Ramiro de la Cuesta
Roberto Manzano
Gabino
Demetrio
Julio Bequé
Paulina Ugarte
Dora Samá
Alicia Laza
Justina Justiniani
Juan Picasso
Lázaro Montero Fragoso

Cuando este trabajo ya estaba terminado y esperaba por su publicación, llegó la noticia del fallecimiento de Lázaro Montero Fragoso, a los 84 años de edad. Lázaro fue mi mayor colaborador en la investigación y redacción de esta historia. Fue él quien aportó los nombres de sus fundadores e integrantes actuales, pues con celo había recopilado todo aquello que consideró podría contribuir a preservar la historia de Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia.

A Lázaro Montero, mi gratitud reiterada y mi homenaje póstumo, y a todos los Bailadores de Santa Amalia, a William Torres y a su familia, también con agradecimientos, va este pequeño tributo.

Rosa Marquetti Torres
Desmemoriados. Historias de la música cubana
3 de febrero de 2016.

Nota: En Desmemoriados, fotos que vale la pena ver.

Video: Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia bailando con la Preservation Hall Jazz Band, en la inauguración del Festival Jazz Plaza 2015, en el Teatro Mella de La Habana.

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