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viernes, 25 de septiembre de 2015

Carmen Fiol o el arte de la costura y el buen vestir


Cuando Carmen Fiol recibe al visitante en su casa del Vedado, con una sonrisa de bienvenida que resalta en el espacio amplio y luminoso, esta guantanamera de 90 años de edad pudiera dar la impresión de ser una anciana frágil. Sin embargo, en el transcurso de la conversación sale a relucir la fuerza de su personalidad: basta ver la determinación de su mirada y escucharla hablar con claridad y convicción de sus ideas, para comprender que no es casual que Carmen sea una de las grandes figuras del diseño de la moda en Cuba, con más de 70 años de experiencia como modista.

Las claves de su éxito las va revelando en sus comentarios: su infinita paciencia, la observación minuciosa, el cuidado por el detalle preciosista y su genio para actualizar las técnicas tradicionales mientras se adapta a diversos estilos y épocas. Pero sobre todo se trata de una gran voluntad que le ha permitido sobreponerse a los obstáculos y empeñarse en lograr lo que se propone; un esfuerzo que ha dado sus frutos a través de premios nacionales e internacionales, el respeto de las nuevas generaciones de artistas y de todos los que admiran sus hermosas creaciones.

“Es importante que no flaqueemos; hay que luchar, luchar y luchar hasta lograr nuestro propósito. Y ojalá pueda verme multiplicada en muchos, para que mi trabajo contribuya a cultivar el buen gusto y fomentar la cultura del vestir.” Así se expresa en su libro Vestir a la medida, en el que explica con detalles su sistema de corte y costura anatómico. Resultado de décadas de estudio del cuerpo femenino y de las medidas que hacen única a cada mujer y que permiten entallar cada prenda a las figuras más variadas. Vestir al estilo de Carmen Fiol es sinónimo de elegancia, comodidad y frescura.

¿Es cierto que aprendió corte y costura de forma autodidacta?, ¿en qué circunstancias ocurrió?

-Desde niña, con 8 o 9 años, me fijaba mucho en el trabajo que hacían mis tías, que eran costureras, porque mi mamá cosía muy poco. De verlas a ellas, fui creciendo con la idea de llegar a ser algo en la vida. Pero mi padre era una persona muy rígida y no me era fácil salir a la calle a aprender. Siempre decía que las niñas tenían que quedarse en la casa. Entonces empecé por hacerles ropitas a mis hermanas menores y a algunas amigas. Al principio eché a perder muchas cosas, porque no tenía a nadie que me indicara, pero eso sí, tenía la costumbre de que cada vez que veía una ropa que me gustaba, me fijaba cómo estaba confeccionada, el hilo de la tela, el corte.

-A los 13 años, cuando murió mi mamá, empecé ya con más fundamento a confeccionar la ropa de mis hermanas. Recuerdo que a una vecina del barrio, amiga mía, le hice un vestido blanco bordado en soutache (palabra francesa que significa cordón trenzado y se trata de una técnica y de un material: una técnica de trenzado cuya exclusividad radica en el uso de un material muy peculiar, el cordón de soutache, un cordón de rayón fabricado en espiga). Le cobré un peso. Tenía ya 16 años y mi padre había puesto una tiendecita en la cual yo le ayudaba. Un día vino la hermana de aquella muchacha, buscando a una modista que le habían recomendado. “Por aquí, que yo sepa, no hay ninguna”, le dije. Pero ella insistió y explicó que la modista le había hecho un vestido a su hermana. “¡Ah pero eso lo hice yo!”, respondí. Es que no me consideraba una modista. Ella quería un vestido igual y me lo encargó. A partir de ahí comencé a coser y a coser.

¿Cómo fue el tránsito, desde aquellos años en que comenzó como costurera en su pueblo natal, a la maestra de artesanos que es hoy?

-Como dije mi padre era muy rígido, y ya con 17 años, cansada de aquel trato, fui a vivir con una media hermana de mi mamá que también era costurera. Para pasarme ese tiempo allá, solo pude llevar dos vestidos, unos zapatos y un refajo. Mi tía tenía una gran clientela de “mujeres de la vida”, como se decía, que quedaron encantadas con mi costura y luego ya no iban a buscarla a ella sino a mí. Al principio estuve muy contenta, pero mi tía estaba casada con un tabaquero que quería abrir una tabaquería con los ahorros de la costura y no me daban ni un peso, solo la comida. Y yo necesitaba comprarme ropa, tener algo propio.

-Todas las tardes me sentaba en el portal, triste, pensando qué iba a hacer, hasta que determiné independizarme. Fui a una tienda de ropa que tenía un taller de costura y le dije a la dueña, una española: “Oí que buscan a alguien para coser”. Era mentira, pero ella me citó al otro día y cuando fui tenía dos vestidos de muestra colgados, de cuello smoking, y a un lado la tela con los moldes. Me pidió que los armara y al mediodía ya los había terminado. Me dio el trabajo, me pagaba 16 pesos mensuales, bastante para la época. Pensaba trabajar allí por el día y ayudar a mi tía por la noche, pero cuando el esposo de ella se enteró, me dijo que no podía vivir más en su casa. Fui entonces a casa de la madrina de una de mis hermanas, pero no pude quedarme, así que volví a casa de unos familiares de mi papá.

-La vida me ha puesto pruebas durísimas. Ya trabajando en la tienda de ropa pude experimentar mucho, porque tenía una gran clientela. Aprendí yo sola, experimentando, y con la voluntad de querer ser alguien en la costura. Fue una lucha, pero logré ir subiendo hasta que me enfermé y tuve que dejar el trabajo, pero seguí cosiendo en la casa. Entonces encontré al padre de mis hijos, dentista de profesión. Él iba a visitarme todas las noches mientras fuimos novios, pero el día que no iba yo seguía cosiendo, tenía muchas clientas. Siempre tratando de aprender: si hacía una pieza hoy, la próxima tenía que quedarme mejor.

-Conocí a Curiche, una modista de fama en Guantánamo y propuse hacerle un vestido. Para hacerlo, me dio una tela nada menos que de seda. Me esmeré y cuando terminé fui a probárselo a su casa, yo no tenía ningún orgullo, solo quería que mi trabajo se conociera. Cuando lo vio, me dijo: “No te preocupes que te voy a mandar clientas”. Me hice de una clientela de lo más selecto de Guantánamo, gente muy exigente. Pero yo tenía mucha paciencia, porque el que te exige te enseña. Ya era famosa cosiendo cuando me titulé en el curso del Sistema Angélica Fernández Barroso, donde casi todas las que estudiaron conmigo eran muchachas ricas de sociedad. Con ese título comencé a impartir clases y talleres.

¿Cuándo se percató de que lo que había comenzado como un oficio se había convertido en arte?

-Me doy cuenta cuando llego a La Habana, cuando comienzo a trabajar con el Fondo Cubano de Bienes Culturales y cuando ingresé en la Asociación Cubana de Artesanos Artistas, en 1982, un año después de su creación. Nisia Agüero (destacada promotora cultural que dirigió el Fondo de Bienes Culturales, donde sentó las bases del arte vanguardista cubano así como de la artesanía artística) le dio mucho valor a los artesanos. En La Habana comencé a trabajar para el cuerpo diplomático y también para el Fondo de Bienes Culturales, cuando le encargaban alguna prenda especial. En mi primera exposición de moda para el Fondo, el entonces Ministro de la Industria Ligera le pidió a Nisia mi colaboración para ayudar a desarrollar la industria, que estaba en muy mal estado en aquel momento.

¿Qué experiencias conserva después de tantos años de trabajo y qué recuerdos le han dejado?

-Una vez, a Celia Sánchez le hice muchas piezas para regalar y ella las valoró como se merecían, por eso le dedico mi libro. Gracias a Celia tengo muchas de las relaciones que me permitieron salir adelante en La Habana. Por mediación de ella conocí a la mayoría de mis clientas, como la madre de Camilo Cienfuegos y la viuda de Lázaro Cárdenas, quien en una ocasión me invitó a México por seis meses. Durante ese tiempo, cosí sin parar para ella y muchas de sus amigas y conocidas de la sociedad mexicana.

-En 1989, durante otra estancia en la embajada de Cuba en México, me tocó hacer sola toda la ropa para presentar y vender en una feria. Fue un gran esfuerzo. La primera pieza la compró la esposa del empresario Olegario Vázquez Raña, hombre muy famoso y rico en México. Hasta la ropa que llevé puesta, un vestido muy lindo, todo bordado y con deshilados, lo tuve que vender cuando una persona amiga fue a verme para insistir en comprarlo. Tengo tantas anécdotas que no caben en una entrevista.

¿Es difícil decidir hasta dónde hacer concesiones a lo que está de moda y hasta donde mantener los estilos y técnicas tradicionales?

-Se habla de la modistura y de la artesanía. Desde el momento en que se hace una ropa no industrial, cae en la categoría de lo artesanal. Una de las cosas que me caracterizan es que soy muy curiosa y siempre me fijo en los detalles de cada pieza. Siempre he tenido el cuidado de no olvidar mis raíces. Recuerdo cuando tenía 9 años e iba con mis tías al mercado, ellas salían con unos vestidos largos, como los que ahora llaman de sirena, pero le hacían un trabajo con muchos bieses virados. Llevo impregnados en la memoria aquellos vestidos.

-Me gusta mucho la moda internacional -de todos los diseñadores Valentino es mi favorito–, pero siempre he tenido preferencia por mis raíces, por lo que vi cuando era pequeña, aunque yo hago lo que me pidan, no tengo problema en hacer cualquier estilo. Mi hobby son los trajes de chaqueta tipo sastre, que son los que más trabajo me dan, pero me gustan. Siempre me ha gustado hacer algo de modistura, pero sobre todo me ha gustado preservar lo artesanal, como los batones o la ropa con muchos encajes y alforzas, que recuerdan la moda de 1800.

Actualmente, ¿qué detalles hacen único un diseño de Carmen Fiol?

-Siempre he dicho que lo natural para nosotros los cubanos, por el clima, es usar tejidos de algodón, de lino, telas frescas. El hilo es más difícil de conseguir, pero hay telas de poliéster que tienen bastante algodón. Nosotros somos un país pobre y debemos utilizar lo que podamos, pero siempre con un sentido de la moda: escotes amplios, con vuelos, alforzas y encajes, sin que sea algo exagerado. Los encajes ya me cuestan trabajo hacerlos y los compro hechos o los mando a hacer aquí mismo, porque en Cuba se hacen encajes de mucha calidad. Crear el tejido también me gusta mucho, pero sólo cuando es apretado, no me gusta el tejido abierto ni con hilo grueso. Me gusta coser la tela suave y si coso la tela doble es solo para hacer una chaqueta, un camisero o una saya estrecha, pero siempre buscando frescura.

-Entre mis prendas se pueden encontrar vestidos muy sencillos, no quiero que piensen que nada más me dedico a la alta costura. Hago lo que sea y con lo que sea, con un pedacito de tela, con tela reciclada, con encaje reciclado… Tengo mi método para planchar la ropa que coso. Con una mezcla de maicena, agua y alcohol de 90 plancho las costuras, y si la ropa es de algodón o lino pongo una toalla doble y la plancho al revés, que es como se debe hacer, para darle vida a la ropa.

-Hice tantas cosas en lienzo, tan bonitas y tan trabajadas, que las personas lo tenían que tocar para saber si era hilo o lienzo, porque le daba un tratamiento que quedaba muy blanco. Recuerdo que la esposa de Harry Belafonte me compró un vestido en lienzo. El tiempo, el tratamiento y el detalle son muy importantes para confeccionar cualquier prenda. Yo tengo mucha paciencia, para que el trabajo me quede como yo creo que debe quedar.

En el libro Vestir a la medida usted se refiere en varias ocasiones a su deseo de cultivar el buen vestir y el buen gusto a través de sus creaciones. ¿Qué quisiera enseñar a las nuevas generaciones sobre el diseño de ropa y la moda?

-No se puede culpar a las personas, porque debido a la situación del país han tenido que apelar a pulóvers y pitusas (jeans) para asistir a lugares que requieren otro tipo de ropa. No sienten ya el deseo de vestir correctamente en cada ocasión. En los años en que había mucha escasez en Cuba, fui a un congreso de médicos y dentistas con mi esposo, y era una de las mejores vestidas del grupo. Pero he tenido siempre la costumbre de comprar telas y guardarlas, y cuando nadie tenía, pude sacarlas y hacerme ropa. En Cuba hay que tratar de que otra vez se arraigue la cultura del vestir. Aunque sea con un solo vestido, como era antes, que tampoco éramos ricos, pero se tenía un vestido “dominguero”. Me he dado cuenta de que tampoco es un problema solo de los cubanos, sino que es internacional.

-En sentido general, no se le da la importancia debida a nuestro trabajo. No se valora nuestro proceso de creación, como se valora por ejemplo a los artistas plásticos. Yo digo que no soy diseñadora, sino creadora, porque primero imagino lo que quiero hacer, después lo presento sobre el maniquí y por último hago el diseño. Ahí es donde cojo la experiencia de cómo cae la tela, tomo la separación del busto, etc. Mi criterio es que el diseñador debe saber de corte y costura, porque a veces pinta sobre el papel algo que no es posible llevar a la tela.

¿Qué le ha parecido el homenaje que le ha dedicado el Fondo Cubano de Bienes Culturales en el marco de la Feria Nacional Arte para Mamá 2014, luego de tantos años de colaboración?

-Me he sentido feliz de trabajar todos estos años, de poder hacer lo que me gusta, y no tengo palabras para hablar del agradecimiento que siento por el Fondo, porque reconocen mi trabajo. Soy de las que piensan que siempre hay que estar aprendiendo. Nunca uno puede decir “lo sé todo”.

Johanna Puyol
On Cuba Magazine, 7 de mayo de 2014
Leer también: Moda cubana e Impacta en Nueva York la moda cubana.

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