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miércoles, 15 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (VIII) Sarah del Toro



Sarah del Toro

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Casada con Amador Odio, conocido empresario y propietario de Tráfico y Transporte, Sarah del Toro disfrutaba de una vida muelle con su esposo y sus diez hijos. Fundadores del Movimiento 26 de Julio, tenían la certeza de que estaban ayudando a reincorporar a Cuba a la vida constitucional, tras el golpe de estado del 10 de marzo de 1952. El gobierno de Batista nunca los molestó, pero cuando después de 1959 comenzaron los crímenes y atropellos, Sarah y Aamador decidieron no abandonar Cuba y afrontar la situación.

"Escondimos a muchos en nuestra finca y gracias a los contactos que teníamos con todas las embajadas, conseguíamos visas y pudimos embarcar a los sacerdotes de la Iglesia de San Antonio. Pronto se dio cuenta Fidel de lo que hacíamos. Nos apresaron a los dos al mismo tiempo. Yo acababa de llegar de Miami y traía un recado para Reynol González, que era el jefe en ese momento, un señor de cuyo nombre quisiera olvidarme: 'Reynol, más vale que te vayas, mi casa de Miramar está rodeada y la han registrado'. Él me contestó: 'No, no, es que yo me embarco por la mañana y voy a comer aquí y después me voy'. Dos criados delataron el asunto al G-2 y uno de ellos, Ramiro, vino a decirnos: 'La finca está sitiada'.

"Seguí tejiendo como si nada y cuando irrumpieron en la casa, nos identificaron uno por uno. 'Quién es usted'. 'Yo soy Amador Odio'. 'Y usted'. 'Yo soy la señora'. Y Reynol respondió con su nombre de guerra: 'Antonio'. Prosiguieron a registrar la casa, especialmente una cisterna donde decían que había armas escondidas. Mi esposo les dijo que allí solo encontrarían bebidas, porque se conservaban más frescas. Levantaron las tapas de las cajas y lo comprobaron. Pero se llevaron a Reynol mientras mi esposo sacaba a la suegra por el fondo de la casa hacia su automóvil, que estaba repleto de papeles y proclamas que ella fue botando por la carretera. Todo esto a la vista de los criados, sin sospechar de que éstos eran los delatores.

"Habíamos tratado de asilar a Amador en Venezuela, el embajador y la cónsul eran muy amigos nuestros. Ella lo dejó dormir allí esa noche, porque 'ya a ese hombre (Reynol) lo arrestaron y seguramente no habla nada'. Y ese hombre habló como un perioco y embarcó a un movimiento completo. Nosotros teníamos los apartamentos de mis hijos Sylvia y César en el edificio Focsa y allí se quedó mi esposo, yo me quedé en la casa con mis hijos. A las dos semanas, el 27 de octubre de 1961, Amador quiso ver a los niños y se presentó un ejército completo en la casa y nos arrestaron a los dos. Mis cinco hijos chiquiticos se quedaron llorando y uno de los guardias que era más humano, me dijo: 'Déle un beso a los niños'. Haciéndome la inocente le pregunté: 'Ah, pero es que no voy a regresar... Y me contestó: 'Probablemente no'. Entonces Amador, el mayorcito de estos cinco, les dijo a los otros: 'Vamos, entren'.

"Me quité todas las prendas, menos el reloj, un Rolex, y se las entregué a una de las sirvientas, que se llamaba Calixta. No se me olvida el nombre porque ella se robó todas mis prendas. En cambio el G-2 me devolvió el reloj, pero con la condición de que se lo diera a un comandante, haciéndome creer que con eso el hombre iba a soltar a Amador. Era mentira, pero no me importó, si lo que tenía importancia estaba perdido. Estuve un mes aislada en el G-2. Mentiría si dijera que me dieron golpes, pero el maltrato psicológico si fue terrible. Me decían que a Amador lo iban a fusilar, a mí me entrevistaron solo una vez, mientras que a otros los entrevistaban constantemente.

"Al fin se produjo el juicio. Todos despreciaron a Reynol González. Quise ser un poco más humana y le pregunté por Teresita, su mujer. Me dijo que había tenido jimaguas. Eso fue todo lo que le hablé. A Amador lo condenaron a 30 años y a mí a 6. Amador y yo nos vimos, pero no nos permitieron siquiera saludarnos con la mano. De ahí me llevaron para la cárcel de Guanabacoa, que fue el primer choque con la realidad que me tocaría vivir. Recién llegada yo, una presa moría de parto sin recibir atención médica. Nos llevaron al mismo pabellón de las presas comunes, mujeres a quienes maltrataban sin piedad y a quienes predisponían contra nosotras, las políticas, diciéndoles que a nosotras nos daban arroz con pollo. Esto las enfurecía y nos gritaban obscenidades. Lo único bueno en Guanabacoa fue que Arturo Hevia pudo hacerme llegar algunas cartas de Amador porque a él no lo registraban.

"Pero inexplicablemente se produjo mi traslado a Guanajay. Se nos dijo que el traslado era para las rebeldes, pero nos dividieron a su manera. Me pusieron en el A por buena conducta, pues no era contestona ni desafiante, pero me llevaron para el B, luego para el C y terminé en el D, con las más rebeldes y varias idas y venidas de Guanabacoa a Guanajay y viceversa. Pero un día, trasladaron a unas muchachitas y a escondidas recibimos una carta que hablaba del nuevo lugar. 'Estamos en un lugar precioso, aunque no deja de ser una cárcel. Hay árboles frondosos y una mata de mamey que es una maravilla'. Mata de mamey que es una maravilla... Ésa es mi finca. Trasladaron a un grupo grande y el director, Ramos, que fue una buena persona, dijo: 'Muchachitas, recojan colchones y almohadas para un traslado, menos Sarah del Toro'. Cuando le pregunté por qué yo no, contestó: 'Usted va la última, no se preocupe'.

"Mi impresión al llegar a la finca es indeleble. Al bajarnos del ómnibus vino a recibirme llorando un antiguo empleado, Juanito: 'Señora Sarah', pero rápidamente lo alejaron de mí. La finca donde mis hijos jugaban... hasta los tractorcitos que Masvidal les había mandado a hacer en la Firestone los pusieron a la vista, para lastimarme. Esperanza Peña me hizo una seña y vi el enorme hueco donde Amador había escondido cubiertos de plata, vajillas, cantidad de cosas... Se lo habían robado todo. Me llevaron a la bolera, un salón inmenso al que llamábamos 'el club'. Solo quedaba el cemento, del área donde estaba el cine y los equipos de entretenimiento, solo quedaba el piso de granito. Cuando llegamos frente a mi dormitorio, en la casa principal, ya no pude más, se me cerró la glotis y hubo que traer al médico de la casa vecina. Al verme, dijo: 'Sarah se muere aquí en su finca'. Mis nervios estaban muy dañados. En Guanabacoa me llené de llagas de pies a cabeza y me diagnosticaron que era incurable. Gracias a Dios me curé, porque era de los nervios.

"La guarnición vivía en la casa, en los altos. En los bajos tenían la planta de radio. La miliciana que estaba al frente de nosotras era Flor Chala, más conocida como La Chacal de América Libre, aunque conmigo trataba de tener deferencias, pero yo no se lo aceptaba. Zenaida, otra miliciana que también tenía fama de ser muy mala, me decía: 'No me mire mientras le hablo. Su hija Sarita le escribió, tuvo un varón y está bien. A Amadorcito lo operaron de apendicitis'... Creo que les apenaba verme presa en mi propia casa, tan llena de recuerdos de mi esposo y de mis hijos y ni siquiera tener el consuelo de recibir sus cartas. Otra miliciana, que cuando hacía requisa te quitaba todo, comida, ropa, imágenes de santos, se me acercó un día y me dijo: 'Sarah del Toro, usted que tiene tanta fe en ese santo, pídale por mi hija para que no pierda el ojo, porque se clavó un paraguas'. Ese santo era Santa Teresita, cuya imagen siempre aparecía debajo de mi almohada, no sé quién me la ponía allí. Le dije: 'No, yo no se lo puedo pedir, entra y pídeselo tú. Si se lo pides con fe te lo concederá'. Entró y se lo pidió. Un mes después le pregunté por su hija. Me contestó que se le había mejorado el ojo. Le dije que le dé las gracias a Santa Teresita. Entró y a partir de ahí me traía recados de gente que estaba fuera. Santa Teresita me protegió en la cárcel.

"Un día, vino la plana mayor del Ministerio del Interior para la fiesta de las reeducadas y se inició una revuelta porque una dijo 'Miren cómo viven los ricos' y empezó a insultar. Una presa le tiró una piedra y me buscaron para que ripostara. Mi respuesta fue: 'No tiren piedras, lo que está diciendo es verdad, yo fui rica, pero repartí mucho y por eso los vecinos me respetan'. Y cuando le pregunté a Juanito, corroboró mis palabras. Pobrecito, él recogía aguacates o mangos y les decía a las reeducadas: 'Lléveselo a Sarah y en tal lugar le voy a dejar un aguacate para usted.

"El 27 de octubre me dejaron libre, pero el día antes me llevaron al Ministerio del Interior y me dijeron que si yo pensaba que iba a salir mañana, porque podemos decirle que va a un cumplir un año más. Les contesté: 'Sí, lo creo, por lo mucho que ustedes pregonan su justicia revolucionria. Y si me trajeron aquí es para que yo firme mi salida'. Las presas lloraban porque creían que no me iban a dar la salida.

"Entonces uno me llevó afuera y me dijo que él era hijo de Pascual, nuestro pintor en la Abastecedora, otro negocio que tenía mi marido. 'Soy el jefe de la Regional, cuando usted salga de aquí, vaya para la Regional a sacar su pasaporte para que se vaya enseguida. Yo nunca olvido lo que usted hizo. Ustedes recogían las cartas que nuestros hijos mandaban a los Reyes Magos y nos entregaban a nosotros los juguetes, para llevarlos a nuestras casas. Por maldad, pedí una bicicleta que estaba en la vidriera de la tienda y usted me la regaló'.

"Cuando salí en libertad, no dejaron que las muchachitas se acercaran a mí, ellas estaban trabajando en el campo. Tampoco dejaron que el carro entrara a buscarme. Tuve que ir caminando hasta encontrarlo en la carretera. Cuando por última vez miré hacia atrás, todas en silencio, alzaron las palas y azadones para despedirme".

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