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miércoles, 18 de febrero de 2015

Gilberto Valdés, músico blanco que hizo música negra



Gilberto Valdés Valdés nació en Jovellanos, Matanzas, el 21 de mayo de 1905. En esa ciudad realiza los primeros estudios musicales. En 1920 se traslada a Cárdenas e ingresa en la filial del Conservatorio Payrellade. Era un adolescente cuando en Jovellanos integra la orquesta de José Raventós (Barcelona 1894-La Habana 1957), tocando la flauta y el clarinete. Posteriormente se traslada a La Habana, donde estudia composición con el maestro español Pedro San Juan y materias teóricas con el profesor Hernández Pilato, mientras estudia también contabilidad.

Su carrera como músico profesional comienza en la orquesta de Alfredo Brito (1896-1954). Se desempeña también como flautista y saxofonista con la orquesta Hermanos Lebatard y por un tiempo dirige la orquesta del cabaret La Verbena y en la cual había tocado como pianista el luego famoso chansonnier Ignacio Villa, Bola de Nieve. Años más tarde, Gilberto Valdés completa su formación musical en Estados Unidos con David Saperton, entre otros maestros.

Entre las décadas de 1930 y 1940, Gilberto Valdés compone obras similares a las de Alejandro García Caturla y Amadeo Roldán, como las piezas orquestales Danza de los braceros, Liko tá tumbé y Guaguancó. En esa faceta de su producción se destaca Evocación negra, pieza lenta al estilo de los lamentos y los afros, pero con una extendida tonalidad neo-expresionista.

En 1935, en el teatro Principal de la Comedia, la cantante Rita Montaner acompañada del pianista Rafael Betancourt, estrena un grupo de composiciones de Gilberto Valdés concebidas para soprano y piano: Bembé, Baró, Tambó y Sangre africana, obras de concierto del folclor afrocubano y durante muchos años preteridas de la cultura “oficial”. A partir del mismo año, Valdés se presenta en el programa Sensemayá, de la emisora de radio CMCF, dedicado a difundir la música afrocubana.

Gilberto Valdés fue uno de los más cercanos colaboradores que tuvo Fernando Ortiz (1881-1969) para sus investigaciones del folclor musical. En 1937, con el apoyo de Ortiz, la Alcaldía de La Habana y el Departamento de Turismo de la Ciudad, Valdés dirigió tres conciertos con su música en el Anfiteatro habanero -uno de ellos gratuito para el público- al frente de una orquesta integrada por 60 músicos, un nutrido coro de voces y los mejores percusionistas populares que en ese momento existían en Cuba, con el cantante Alfredito Valdés y Rita Montaner como figuras principales. Entre las obras presentadas en esos conciertos se encontraba Ilé’nkó-Ilé’nbé, obertura para soprano, barítono, coro y orquesta, una de sus composiciones escritas en lengua yoruba.

En la década de 1930, Gilberto Valdés se destaca por haber sido el primer compositor de la raza blanca que escribió obras con extensos pasajes cantados en lenguas africanas. El primero también en incorporar cantos y toques enteros del repertorio religioso afrocubano a obras orquestales y en incluir ejecutantes de la música de la santería en las agrupaciones sinfónicas. Todo ello le valió duras críticas, en especial, la del español Adolfo Salazar, quien opinó en sus Estudios afrocubanos que la obra de Valdés era “una música primitiva, música que parece hallarse en una etapa ancestral del arte, cuando no existían aún las fórmulas de cocinar el arte en los conservatorios y en los tratados de composición”.

Si bien algunos críticos veían con aprehensión las obras de García Caturla y Roldán, reservaban sus críticas más duras para las de Gilberto Valdés, en las que figuraban músicos callejeros. Lo acusaron absurdamente de intentar revivir “formas musicales de un estadio inferior de desarrollo con la intención expresa de avergonzar a la comunidad negra”.

En mayo de 1940, Gilberto Valdés con una orquesta, graba para RCA Víctor cuatro de sus composiciones: Tambó (danza-afrocubana), Rumba abierta (rumba), Sangre africana (danza-afrocubana) y La conga viene ya (conga). Por esos años, Miguelito Valdés con la Orquesta Casino de la Playa popularizó Ecó, uno de sus famosos pregones. En 1942 Celia Cruz ofreció un recital de casi todos sus pregones en RHC Cadena Azul, con Isolina Carrillo al piano.

A inicios de 1944, la Orquesta Filarmónica de La Habana ejecuta su canción de cuna Ogguere, con el alemán Wilhelm Steinberg (1899-1978) como director y la soprano Berta Villa. En abril de ese mismo año, se toca Rumba abierta, también bajo la conducción de Steinberg. En 1945, el director austríaco Erich Kleiber (1890-1956), al frente de la Filarmónica, estrena Danza de los braceros en el Teatro Auditorium, pieza que figuró en varios conciertos de la temporada.

Desde mediados de 1940 Gilberto Valdés vivió fuera de Cuba. En Nueva York funda la primera orquesta con formato charanga de esa ciudad y donde bien cotizadas agrupaciones “de música latina” ya tocaban piezas suyas en escenarios exclusivos, si bien con arreglos que simplificaban sus complejidades rítmicas, melódicas y armónicas.

Uno de sus temas más conocidos, Que vengan los rumberos, fue incluido por Machito en las primeras grabaciones que hizo con su orquesta en 1942. Después, números suyos serían grabados, entre otras, por las orquestas de Xavier Cugat (Ecó y El botellero) y Carlos Molina (Koki Kocá).

Entre 1946 y 1956 Gilberto Valdés fue director musical de la compañía de ballet de la estadounidense Katherine Dunham (1909-2006) y con la cual recorre países de Europa. En ese período, cuando lo permitían los contratos, visitaba La Habana y hacía presentaciones esporádicas. Fueron muy publicitadas sus actuaciones en 1948 al frente de una orquesta creada al efecto en la emisora Cadena Azul, con Miguelito Valdés como intérprete de su música.

En la década 1940-1950 escribe partituras para varias películas, entre ellas, las producciones cubanas Sucedió en La Habana y Mi tía de América. A inicios de la década de 1950, la firma Montilla edita dos discos de larga duración con Gilberto Valdés a cargo de las orquestaciones y en la dirección de la Orquesta de Cámara de Madrid. El primero de ellos, Cuban Ballet es una suite de su autoría. Piezas que se encuentran muy desarrolladas orquestalmente, con utilización de múltiples recursos y en las cuales destaca el papel de la percusión como protagonista, sin que esto resulte excesivo o abrumador.

El otro disco publicado por Montilla, hoy lamentablemente fuera de catálogo al igual que el anterior, es Hi Fi in the Tropics, una muestra de piezas populares cubanas (danzas, boleros, canciones de varios autores) en la que incluyó su conocida La conga viene ya.

Gilberto Valdés ofreció su primer concierto en el Carnegie Hall en 1954 y otro en 1959. Tras el triunfo de la Revolución regresa a Cuba y ocupa cargos de importancia como presidente de la Asociación de Compositores de Cuba, y director del Instituto Nacional de la Industria Turística de Cuba. En esa etapa trata de impulsar la construcción de instrumentos autóctonos afrocubanos y otros de su invención como la “valdímbula”, especie de marímbula ampliada con sesenta flejes que imitaba el sonido de los tambores rituales afrocubanos. Con ese instrumento realizó grabaciones que luego se publicaron comercialmente.

En 1960-61 dirigió la Gran Orquesta Típica Nacional, integrada por 64 músicos escogidos entre los mejores instrumentistas del país, experiencia que quedó registrada, gracias a la firma cubana Puchito, en un excelente disco de danzones profusamente orquestados e inmejorablemente interpretados. Una de las piezas, su danzón Barbudos, desapareció en las ediciones del disco que se hicieron en el extranjero. En Cuba no se reeditó la placa.

A inicios de la década de 1960 sale el disco La música del maestro Gilberto Valdés (Panart) con una Big Band que como en el caso de la Gran Orquesta Típica, reunió a verdaderas estrellas de cada instrumento. Escribe la música de la obra teatral El solar (con libreto de Lisandro Otero y coreografía de Alberto Méndez) que permaneció largo tiempo en cartelera. Dirige la orquesta en un disco de larga duración de la soprano Georgia Gálvez, que incluyó su Ogguere.

Hasta 1964 trabaja componiendo música y dirigiendo las orquetas del Ballet Nacional de Cuba y el Ballet de Danza Moderna de Cuba. A mediados de los 60 regresa a Nueva York y dirige una orquesta tipo charanga con la cual hizo algunas grabaciones. El 12 de mayo de 1972 fallece en Nueva York.

En su Breve historia de la música cubana, Alejo Carpentier escribió:

“Especie de Gershwin criollo, que nos ha dado una rapsodia de pregones y varios poemas sinfónicos afrocubanos para orquesta. Sin embargo, a pesar de sus ambiciones expresivas, Gilberto Valdés nos resulta más interesante en su Rumba abierta, para orquesta, llena de desparpajo y gracia, en sus páginas breves para canto y orquesta -Ogguere- o para voz y piano -Baró-, en la que se nos muestra tan amablemente espontáneo, criollo, fantasioso, en virtud de una cierta familiaridad con los materiales tratados que se basta a sí mismo, sin exigir mayores búsquedas”.

Texto y foto tomados de EnCaribe, enciclopedia de historia y cultura del Caribe.

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