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viernes, 4 de marzo de 2011

Treinta días viviendo como un cubano (III)


Por Patrick Symmes*

La mañana del tercer día paseé durante más de dos horas por La Habana en busca de comida. Quemé 600 calorías, el equivalente de aquellos sandwiches de queso. Erróneamente, había dado por hecho que podría comprar la comida que necesitara durante ese mes. Pero, como americano, no tenía derecho al racionamiento, gracias al cual el arroz cuesta un penique el medio kilo. Como “cubano” viviendo con 15 dólares, no podía permitirme comprar la comida fuera del sistema, en las caras tiendas que aceptaban dólares. Los cubanos llamaban shopping a esas pequeñas tiendas, que vendían cualquier cosa desde pilas y carne de res hasta aceite de cocina y pañales. Después de horas de frustración, incapaz de comprar comida, volví en autobús a mi apartamento.

No almorcé. Traté de leer, pero sólo había llevado conmigo libros sobre penurias y sufrimientos, como Les Misérables. Empecé con una reflexión más fácil y cómica sobre la soledad y la privación, Sailing alone around the world,de Joshua Slocum, y consumí 146 páginas el primer día. Slocum cruzó el Atlántico a base de galletas, café y peces voladores, y sentió un malestar especial cuando, en mitad del Pacífico, descubrió que sus papas estaban llenas de gusanos y se vio obligado a tirar por la borda valiosas raciones. Pero después hacía cosas desconsideradas, como preparar un estofado irlandés o recurrir a un poco de venado ahumado de Tierra del Fuego. A un barco con el que se cruzó, hasta le lanzó una botella de vino español, el muy cabrón. Leyendo a ese ritmo, también me quedaría sin libros.

Al fin, incapaz de continuar inmóvil tumbado, salí de la casa y, siguiendo un consejo, encontré una casa a unas pocas manzanas de distancia en cuya puerta había un cartel de cartón en el que decía Café. Tras la casa había una ventana con barrotes y metí entre ellos el equivalente a 40 centavos. Una mujer sacó un panecillo lleno de carne procesada. Por otros doce centavos conseguí un vaso pequeño de zumo de papaya (fruta bomba). Aunque intenté comer lentamente, la comida desapareció en un momento. A ese ritmo -medio dólar la comida- todo mi dinero desaparecería, y salí del patio posterior prometiéndome que no comería casi nada para cenar.

Por la mañana me esperaban peores noticias cuando, al vestirme, descubrí que la cremallera de mis pantalones se había roto. En otro esfuerzo para parecer y sentirme cubano, sólo me había llevado dos pares de pantalones. Los pantalones son uno de los artículos no comestibles que se distribuyen mediante racionamiento, y eso solía significar un par al año. La mayoría de los cubanos se arreglaban con un par de piezas de cada tipo de ropa. Así que tendría que arreglar la cremallera. No había pantalones en enero. Unos cuantos débiles intentos de arreglarla yo mismo fracasaron. Iba a tener que gastar algo de dinero, o intercambiar algo, por el trabajo de un sastre.

El cuarto día fui a comprar comida, una experiencia absurda. Por casualidad, había alquilado en un departamento cercano al mejor y más grande mercado de La Habana, que no era bueno ni grande. Era un agro, un mercado para productos agrícolas. Una especie de mercado campesinos, pero no existe allí la calidez del trato entre campesinos y consumidores, sólo un grupo de puestos ruidosos, atestados y dependientes sudorosos que venden una estrecha variedad de productos a precios marcados por el Estado: piñas, berenjenas, zanahorias, pimientos verdes, tomates, cebollas, yuca, ajo, plátanos, y no mucho más. Había un espacio especializado en cerdo, con montones de una carne rosa claro y temblorosa que era cogida por hombres con las manos desnudas y cortada con cuchillos romos. No podía permitirme la carne, aunque la “grasa” se vendía a sólo 13 pesos (49 centavos de dólar) el medio kilo.

Esperé en la fila para cambiar todo mi dinero -18 pesos convertibles– en pesos cubanos normales. El montón de billetes raídos y sucios resultante ascendía a 400 pesos, unos 16 dólares al cambio en las calles de La Habana. Después me abrí paso trabajosamente entre la muchedumbre para comprarme una berenjena (10 pesos), cuatro tomates (15), una cabeza de ajo (2) y un pequeño manojo de zanahorias (13).

En una panadería una mujer que vendía panecillos afirmó que era sólo para gente con libretas de racionamiento, pero después me dio cinco panecillos y avariciosamente me cogió 5 pesos de la mano. Sólo recibí un poco de amor del vendedor de tomates, que me regaló uno. Compré un kilo y medio de arroz por poco más de diez centavos de dólar, y un poco de frijoles, lo que sumó unos catastróficos 2 dólares, con lo que, a fin de cuentas, sólo tendría para unas cuantas comidas.

Jóvenes jineteros me siguieron hasta la salida susurrando: “Camarones, camarones”. Afuera, un hombre vio que me acercaba y se subió a un árbol del que descendió con cinco limas que me ofreció (no era un limero, sino el lugar en el que ocultaba sus productos del mercado negro). Volví a casa portando el peso del arroz y la verdura con el aspecto, como dijo mi casera más tarde, de un hombre divorciado iniciando una nueva vida.

Las calorías acumuladas me llevaron inevitablemente a especular sobre el otro lado de las cosas: el dinero. ¿Cómo iba a sobrevivir un par de semanas más si me gastaba el equivalente a 2 dólares? Seguí caminando a todas partes y dedicando una hora entera a pie para vagar por los hoteles para turistas del Vedado (en ningún caso volví a ver una bandeja de sandwiches), o a apretar la cara contra los barrotes de algún restaurante, observando junto a cuatro o cinco cubanos, cómo el grupo tocaba un mambo para extranjeros.

Cada día se me acercaban cubanos que me decían “Dame dinero”. Mis propias opciones serían lúgubres en las semanas siguientes. ¿Debía plantarme en una esquina y pedir dólares a extranjeros? ¿Cuánta hambre tenías que pasar antes de convertirte en alguien como la chica adolescente que paseaba por una acera del Vedado esa tarde y que, sosteniendo a un bebé contra su cadera, se volteó y me dijo: “¿Quieres una chica suckysucky?”

Si yo iba a chupar algo, sabía lo que iba a ser. Me quedé observando los Ladas que pasaban y tratando de ver cuántos de ellos tenían tapa en el depósito. Con unos tubos y una jarra podía conseguir cinco litros de gasolina y venderlos a través de un amigo en el Barrio Chino. Pero todos los coches en Cuba tenían tapas de depósito con llave o pasaban la noche encerrados. Demasiados hombres más duros que yo se dedicaban ya a eso. No es una isla para ladrones amateurs.

Necesitaba café, pero en ninguna de las tiendas había. Hasta las shoppings del vecindario estaban sin café, y tras repetidas visitas a los supermercados de divisa fuerte en el Vedado y varios hoteles supe que no habían tenido café en todo el mes. En una ocasión había visto medio kilo de Cubacafé, esa cosa oscura dedicada a la exportación, en un cine de La Habana Vieja. Pero valía 64 pesos y aunque tuviera síndrome de abstinencia no podía pagar eso. Vi desde la ventana del baño que la tienda de racionamiento estaba abierta, así que me dirigí hacia ella.

Había cinco sobres de café en la estantería. Eran de Hola, la marca doméstica de color café claro. La bolsa de dos onzas se vende a un peso, y a 5 las otras. Una docena de personas estaban tratando de hacerse con pan y arroz, así que tuve tiempo para estudiar las dos pizarras en las que estaban escritos los bienes que había disponibles. En la pizarra más grande estaban los bienes básicos del racionamiento. Los primeros dos kilos de arroz costaban 25 centavos; el siguiente kilo, 90. No se permitían más de tres kilos de arroz al mes, para impedir la reventa con fines de lucro. En la pizarra estaban los “productos liberados”, una lista más breve de cigarrillos y otros artículos que podían comprarse sin límites.

Grité “El último” y ocupé un lugar en la cola tras el último cliente. No tardó en llegar una mujer con una bolsa de plástico, gritó “El último” y yo levanté un dedo. Ahora ella era la última.

Me atendió un hombre sonriente, pero agitado. Era alto, negro, con una barba descuidada e irregular. Agitó las manos cuando le pedí café. No eran necesarias palabras: un extranjero no podía comprar alimentos racionados, y de todos modos no había café. Traté de conseguir algo de tiempo, manteniendo mi parte de la conversación mientras él permanecía en silencio y hacía gestos. “¿No hay café en ninguna parte? He estado en toda la ciudad buscando café. Nadie tiene. Me gusta mucho el café. ¿Sabes qué quiero decir?”

-Los cubanos beben mucho café, dijo al fin.

Establecido un vínculo entre nosotros, meneé la cabeza hacia adelante y hacia atrás y le pregunté si no había ningún sitio en el que pudiera conseguir café.

-No, contestó.

-¿En serio? ¿Quizá alguien tenía? ¿Aunque fuera sólo un poco?

Él meneó la cabeza, con un gesto de quizá.

-¿Quién?

-La señora, dijo.

-¿Dónde la encuentro?

Como si guiara a un hombre ciego, el hombre salió de detrás del mostrador, me cogió del brazo y me llevó a la calle. Caminamos solamente diez pasos por la acera. Giró hacia la primera puerta y como quien no quiere la cosa le tocó el culo a una mujer que pasaba. “¡Eh! -gritó ella. ¿Quién es?”

Nos detuvimos en un piso que estaba situado encima de la tienda de racionamiento. Tocó la puerta. Respondió una mujer con un bebé.

-Café, dijo.

Saqué un billete de 20 pesos. Ella me dio una bolsita de Hola y me devolvió 5 pesos.

-¿Eso es todo?

Era tres veces el precio de venta en el mostrador a pocos escalones de distancia, pero más tarde descubrí que también los cubanos pagaban ese sobreprecio.

Él asintió. Se llamaba Jesús. Volvimos a la tienda.

-¿Pan?, pregunté. Consultó a su supervisor, que soltó un “No” tan alto que todos los clientes en la tienda lo oyeron.

Lo pregunté de nuevo. Le volvió a preguntar a su jefe. Esta vez no dijo que no. Le di el billete de 5 pesos y me dio cinco panecillos.

A partir de entonces, pude comprar todo lo que quise. Con Jesús de mi lado, no me hicieron preguntas. Nunca necesité una libreta de racionamiento para los alimentos básicos, y durante el resto del mes pagué el mismo precio que los cubanos por la misma comida de mierda.

* Periodista estadounidense y corresponsal viajero. Autor del libro The Boys from Dolores: Fidel Castro's Schoolmates from Revolution to Exile (Mayo 2008).

Publicado en Letras Libres, enero de 2011.

1 comentario:

  1. Cuando este extraordinario artículo fué publicado por la revista Harpers el año pasado pensé que con seguridad los blogs serios del exilio lo comentarian.
    Zoé Valdés lo hizo en el suyo y ahora este fragmento en español que usted Tania nos presenta lo complementa. Muchas gracias.
    Frida M

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