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jueves, 3 de marzo de 2011

Treinta días viviendo como un cubano (II)

Por Patrick Symmes*

Las primeras personas con las que hablé en la ciudad -gente a la que no conocía y que vivía cerca de la casa de mi amigo- mencionaron el sistema de racionamiento. Sin que les instara a hacerlo, sacaron sus libretas de racionamiento y refunfuñaron.

La libreta es el documento fundacional de la vida cubana. Nada importante del sistema de racionamiento ha cambiado: aunque ahora se imprime en formato vertical, la libreta es idéntica a la que se ha emitido anualmente durante décadas.All"

Lo que ha cambiado es la tinta: hay menos cosas escritas en la libreta. Hay menos entradas, por cantidades menores, que en 1995, durante la hambrienta época del Período Especial. En los años posteriores, la economía cubana se ha recuperado, pero el sistema de racionamiento cubano no. En 1999, un ministro de desarrollo cubano me dijo que la ración mensual aportaba la comida suficiente para 19 días, y predijo que esa cantidad no tardaría en aumentar. Pero ha disminuido. Aunque la cantidad total de comida disponible en Cuba es más grande, y el consumo calórico ha aumentado, eso no es gracias al sistema de racionamiento.

El crecimiento ha tenido lugar en los mercados privatizados, los huertos cooperativos y las importaciones masivas, mientras que la producción estatal de alimentos cayó un 13 por ciento el año pasado y la ración se encogió con ella. Por lo general, se considera que ahora una ración alimentaria mensual solo da para doce días. Yo estaba allí para hacer mis propios cálculos: ¿cómo podía uno sobrevivir un mes con comida para 12 días?

Sólo hay una libreta de racionamiento por familia. Los bienes son distribuidos en una serie de bodegas de barrio (una para la leche y los huevos, otra para las “proteínas”, otra para el pan, la más grande para alimentos secos y todo lo demás, desde el café hasta el aceite o los cigarrillos). Cada tienda cuenta con un dependiente que escribe la cantidad entregada a la familia. Los vecinos de mi amigo -marido, mujer, nieto- habían recibido una ración estándar de alimentos básicos, que constaba, por persona, de dos kilos de azúcar refinada; medio kilo de azúcar en bruto (prieta); medio kilo de granos (frijoles); un pescado y tres panecillos.

Se rieron cuando les pregunté si daban carne de res.

-Pollo, dijo la esposa, pero eso provocó aullidos de protesta.

-¿Cuándo ha habido pollo?, preguntó su marido.

-Es verdad, dijo ella. Hace ya meses que no hay.

La ración de “proteína” era entregada cada quince días y era una misteriosa carne molida mezclada con una gran cantidad de pasta de soya (si la carne era de cerdo, aquello se llamaba picadillo; si era pollo, se llamaba pollo con suerte). Normalmente había suficiente para cuatro hamburguesas al mes, pero en enero, hasta el momento, sólo habían recibido un pescado, normalmente una caballa seca y aceitosa.

Y estaban los huevos. La fuente de proteínas más fiable: los llamaban salvavidas. Antes había un huevo al día, después fue un huevo cada dos, y ahora un huevo cada tres. Yo tendría diez para el mes siguiente.

El marido se gastaba una cuarta parte de su pequeño salario en la factura de la electricidad. La familia sobrevivía porque, en su trabajo como chofer del Estado, podía robar unos cinco litros de gasolina a la semana.

Al fin, mi amigo apareció y me llevó a un domicilio particular en el municipio Plaza, donde había acordado el alquiler de un apartamento para el mes, el único gasto que dejo fuera de la contabilidad. Era espartano, al estilo cubano: dos habitaciones, sillas sin cojines, una hornilla doble sobre una repisa y un refrigerador de la mitad del tamaño habitual.

Me vacié los bolsillos y guardé la comida que había comprado en el aeropuerto de Bahamas: rosquillas, sandwiches, una lata de refresco de fruta y -mi alijo de emergencia- un paquete de palitos de sésamo del avión. Tras el viaje de catorce horas desde Nueva York, me comí uno de los sandwiches y me fui a dormir.

El segundo día, mordisqueé una rosquilla de sésamo y me la comí sin darme cuenta, como si tuviera muchas más. De acuerdo con un programa de mi celular que contaba calorías, la rosquilla tenía 440. Todo lo que iba a comer durante un mes, sería introducido en ese pequeño teclado, registrado, sumado por días y semanas, divido en proteínas, carbohidratos y grasas, y convertido en gráficos de barras.

Un hombre activo de mi tamaño -un metro noventa y 105 kilos- necesita alrededor de 2,800 calorías diarias para mantener el peso. No disponía aún de otra comida, y acabé el desayuno cuando el empleado que trabajaba para mi casera me dio dos dedos de café repleto de azúcar (75 calorías).

Del mismo modo que los cubanos aprovechan cualquier oportunidad para sobrevivir, yo utilicé mi evidente carácter de extranjero en beneficio propio: ese día entré y salí de elegantes hoteles en los que pocos cubanos podían entrar. Eso me dio acceso al aire acondicionado, papel higiénico y música. Burlé la seguridad del Habana Libre, el viejo Hilton, y subí en ascensor hasta el último piso, que ofrecía unas asombrosas vistas de La Habana al anochecer.

El club nocturno todavía no estaba abierto, pero entré de todos modos y vi que había un ensayo. Un roquero ruso, acompañado por más de treinta músicos, ensayaba sus canciones para el concierto. Habían recibido agua embotellada y té, que yo consumí en grandes cantidades. El sabor astringente del té -matizado por una gran cantidad de azúcar- tuvo sentido para mí. Aquella era la bebida del monje novicio, con frío y hambriento. Mataba el hambre.

Se había servido el catering. Sólo quedaba un sandwich y medio de queso, abandonado en una servilleta cerca de los instrumentos de cuerdas. Durante un crescendo, me los metí en el bolsillo. Caminé durante una hora cruzando La Habana hasta llegar a mi habitación. Pasé junto a docenas de nuevas tiendas, carnicerías, bares, cafeterías y cafés, pizzerías y otros prolíficos comercios abastecedores de comida obtenible con divisa fuerte. Me entretuve mirando las inmensas pechugas de pavo congelados que se vendían en un escaparate.

Cuando llegué a mi habitación, los sandwiches se habían desintegrado en mis bolsillos y se habían convertido en una masa de migajas, mantequilla y algo parecido al queso, pero me los comí lentamente, prolongando la experiencia. Siempre me había reído de los cubanos que halagaban el régimen a cambio de un bocadillo, pero al segundo día yo ya estaba dispuesto a denunciar a Obama a cambio de una galleta.

Foto: EFE/Alejandro Ernesto.

* Periodista estadounidense y corresponsal viajero. Autor del libro The Boys from Dolores: Fidel Castro's Schoolmates from Revolution to Exile (Mayo 2008).
Publicado en Letras Libres, enero de 2011.

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