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miércoles, 14 de enero de 2009

Crónica frutal para el verano


Por Raúl Rivero

Hubo un tiempo pasado que debió ser el porvenir de mi padre. Para él, que nació al mediodía del once de agosto de 1920, los años setenta eran una estancia remota, misteriosa, vecina solamente de la eternidad.

Su infancia fue una nación salvaje. Allá, en un Camagüey intacto y sobrecogedor donde vivían más pájaros y palmas que personas, bajo un capitalismo naif y lento.

Se hizo enseguida adicto a las frutas y a los dulces caseros. Profesional del congrí y del puerco frito. Por un chilindrón hacía --a caballo-- una semana de marcha hasta las cercanías del puerto de Nuevitas.

Decía níspero y uno tenía enseguida la arenilla del níspero en la boca. Lo mismo cuando convocaba el canistel y la guayaba, el marañón amarillo y el punzó, y cuando describía esas guanábanas que estallaban en la hierba fina para dejar al descubierto una pulpa de equívocos.

Especialista en piñas y naranjas, podía determinar por el color, la intensidad de sus dulzuras. De los plátanos manzanos, dátiles y ciento en boca apreciaba la humedad y textura.

La mandarina, la lima y la ciruela, así como el anoncillo y el caimito, tenían para él rango de entrantes.

Para refrescar, agua de coco servida en jarro de aluminio, mientras al fondo sobre unos carbones, la masa inmaculada entraba en el primer hervor.

Para el tamarindo escurridizo y ácido usaba una fórmula sin ortodoxias: azúcar blanca para amasar su carne magra. Pero lo mantenía, junto al anón y la granada, en el capítulo de frutas trabajosas.

¿Cuál ciruela, la roja o la amarilla? Las dos, cada una en sus pieles de lujo.

Al melón de castilla con un cuchillo grande y en tajadas de norte a sur, como a la fruta bomba y al mamey colorao y al de santo Domingo.

A todos los mangos del mundo con la mano y los dientes, en contacto directo porque en la ceremonia se incluyen los olores, el jugo y las hilachas.

Era un maestro de esa gastronomía elemental y silvestre que ofrecían los campos de Cuba.

Mi padre, que se murió en la plenitud de su futuro, en la década de los setenta, y que todos los días se preguntaba sin mirar a nadie: ¿Alguien se acuerda de las piñas? ¿Y de los melones? ¿Cómo han podido dejar a este país sin frutas?

(Publicado en El Nuevo Herald el 10 de agosto de 2008)

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