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lunes, 1 de junio de 2020

Hasta pronto, Víctor


Víctor Batista Falla-Bonet (La Habana, 1933-2020) hizo de Cuba, un culto, de la cultura una fe, y de la amistad, una geografía polisémica en la que caben todos los 'cubiches' del mundo, palabreja que lo emocionaba más que Strindberg y Julián Orbón juntos, pero no tanto como una señorita de Sylvain, la famosa dulcería que nació en la cocina de su mansión habanera (13 y B, Vedado), que también fue Embajada de la URSS.

La inundación verde olivo lo alejó pronto de la isla en 1960, pero no dejó de pensar Cuba ni un solo día de su vida que ha acabado, coronavirus mediante, en el IPK (Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí) de La Habana, tras un viaje tantas veces pospuesto como tantos intentos suyos por construir un discurso cultural desde el exilio desprovisto de rabia y lleno de indagación; empeño en el que tuvo aliados imprescindibles como Gastón Baquero, Mario Parajón, Octavio Armand, Pío E. Serrano, Carlos Espinosa Domínguez, Rafael Rojas, Antonio José Ponte y Helen Díaz-Argüelles García que -junto con Andresito- lo cuidaron como hermano mayor.

Los epigramas y diarios de José Kozer están repletos de Víctor Batista porque ambos hicieron de su amistad inquebrantable cháchara fecunda, como aquella tarde en que el poeta, caminando por la arena de la playa de Torrox, en Málaga, evocó a Fabio Grobart hablando en yiddish con su padre en La Habana Vieja.

Metí la cuchareta para apuntar dos datos: ni Fabio ni Grobart eran nombres reales de aquel polaco bajito que ostentaba la jefatura del Centro KGB en La Habana desde los tiempos de Julio Antonio Mella y sugerir que habláramos con Ofelia y Fausto Menocal, por separado, que guardaban intensos recuerdos de aquellos judíos de Curazao, llegados a La Habana, cuando Víctor estaba naciendo, para hacer negocios y "enseñar a robar a papá y a tío; que todavía no sabían robar", aseguraba Fausto, que había combatido contra los milicianos en Pálpite, tras desembarcar en Bahía de Cochinos.

Cuando Kozer se recupere del golpetazo, alumbrará ese Víctor suyo que casi nadie conoció con tanto detalle y cariño a prueba de aventuras, venturas y desventuras con que la vida premia a los emigrados cubanos, esa especie única de caracol; siempre con su casa a cuestas y teniendo que explicar lo inexplicable ante los demócratas de Madrid o Nueva York, de donde Víctor se mudó a Madrid "porque allí lo primero que te preguntan es en qué trabajas".

La oleada migratoria de la isla, en los años 90 del siglo XX, encontró en los desayunos de domingo del Café Central (Madrid), afecto, café con leche y una Cuba inédita; allí el único batistiano presente era Víctor por apellido, el resto era gente formada, trabajadora, honrada y dolida por el extravío y la incomprensión de los cartesianos amante de las barbas y los habanos, que discriminaban a Martha Frayde y a muchos otros, acusándolos de traicionar la historia, como si la historia fuera unívoca.

La doctora Frayde aprovechaba aquellos desayunos para repartir, mensualmente, los boletines del Comité Cubano pro Derechos Humanos, un inventario de atropellos; si aquellos desayunos y publicaciones fueron posibles, se debió a la generosidad resuelta y discreta de Víctor Batista, que siempre echaba una mano sin lastimar.

Víctor podía pasar por sueco o gallego hasta que abría la boca y gesticulaba con modales de Santo Tomás de Villanueva; mientras no sonara la música de Los Van Van en la madrileña Sala La Riviera, compartiéramos unos frijoles negros dormidos o frituras de bacalao en Casa Labra con sus sobrinos venidos de Nueva York y Europa.

La última vez que hablamos, para una entrevista en CiberCuba, como parte de la serie "La vuelta al mundo en 80 cubanos", pidió aplazarla a su regreso de La Habana, que no olía ni pisaba desde hacia 60 años. Su voz era feliz, animada y tuvo el detalle de recordarme nuestro aplazado viaje a Remedios, Villa Clara, donde su tío Eutimio financió la reconstrucción de la Iglesia de San Juan Bautista, tras rastrear el origen de su familia materna.

Descansa en paz, amigo. Ya no podremos ir juntos a San Juan de los Remedios, pero he pedido a Tamara, Alejandra y Amanda que enciendan sendas velas a tu memoria decente y fraterna, en aquella Iglesia con nueve altares de oro, una virgen embarazada y un púlpito llevado por tu tío Eutimio desde Potosí.

Hasta pronto, Víctor. Tu réquiem se me antoja con las Tres versiones sinfónicas de Julián Orbón, aquel asturiano-cubano, que adaptó Versos Sencillos de José Martí a la tonada "Guantanamera, guajira guantanamera", y este juramento de José Kozer, en la voz de Guadalupe: Acabo de contar 28 gaviotas rumbo al poniente...

Carlos Cabrera Pérez
CiberCuba, 13 de abril de 2020.
Foto: Víctor Batista Falla-Bonet (con la mano en la barbilla), a su derecha el escribor Lorenzo García Vega, en la Feria del Libro de Miami en 2010. Tomada de Radio Televisión Martí.

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