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lunes, 9 de octubre de 2017

Una Habana para Nat King Cole (I)


La expectación por su inminente llegada a La Habana tenía orígenes diferentes: Martin Fox, dueño del cabaret Tropicana, sabía que haber logrado contratar a Nat King Cole, el cantante más popular en Estados Unidos en ese momento, representaba además de un remarcable esfuerzo económico, un escalón superior en el camino ascendente del cabaret más exitoso entonces en toda Cuba. Los músicos amantes del jazz, que llevaban más de una década adorándole y siguiendo sin cesar las noticias de todo lo que hacía, sabían que tendrían la posibilidad –algunos- de verle en persona, y otros, -la mayoría- saberle compartiendo el mismo espacio en el globo terráqueo al menos por unos días.

Ninguno negaba la influencia que les hacía deudores de Cole, en primer lugar la ejercida sobre los cantantes del feeling, como Leonel Bravet –a quien llamaban el Nat King Cole cubano- y José Antonio Méndez, y en pianistas como Samuel Téllez y Virgilio 'Yiyo' López, entre otros. Pero no sólo Cole, sino también sus músicos impactaban con sus estilos respectivos a sus colegas cubanos. De modo que todos sabían que sería un hecho histórico. Desde que en 1949 Tropicana presentara a Woody Herman con un octeto de all-stars, y Montmarte acogiera sobre su escenario al carismático Cab Calloway, ningún otro nombre importante de la escena del jazz había llegado a La Habana para actuar ante el público cubano. Y Cole era desde hacía mucho, un peso pesado en el género.

Pianista extraordinario, con el único magisterio de su madre Perlina Adams, el King se formó en la tradición del gospel o música litúrgica de las iglesias protestantes negras en Norteamérica. Bebió también de la música que saturaba los pequeños espacios de los clubes de jazz de su Alabama natal, en especial del barrio de Bronzeville, donde pudo escuchar y ver a Louis Armstrong y Earl 'Fatha' Hines, entre otros. Siempre adjudicó a Hines la inspiración por la que comenzó su ascendente carrera musical, cuyo destaque permitió que muy pronto lo consideraran un pianista brillante, al punto de haber aparecido en los primeros conciertos de Jazz at the Philarmonic.

Y aunque la mayoría hoy le recordemos como una extraordinario cantante, más cercano al naciente pop en su versión crooner, la contribución de Cole al jazz es inobjetable: baste sólo recordar el minimalismo de aquella formación a base de piano, guitarra y bajo que, en pleno esplendor de las big band revolucionó conceptos formales e impuso un estilo que muchos imitarían más tarde. Su famoso trío –en la versión de finales de los 40- es un clásico del bop, donde no sólo brilló como pianista, sino también un como cantante extraordinario.

Como un distante acercamiento a lo cubano, en 1949 ya Cole había introducido el bongó en su trío. Con el bongó y la tumbadora en la sección rítmica de muchas bandas norteamericanas, sobre todo de bop, la experiencia revolucionadora del binomio Chano Pozo-Dizzy Gillespie y también el creciente interés de los renovadores arreglos en los temas de Machito y sus Afrocubans, ya muy populares entre los jazzmen en USA, Cole también experimenta con la percusión cubana en su grupo de pequeño formato.

Curioso es que no se decantara por algunos de los percusionistas cubanos que ya trabajaban o al menos frecuentaban Nueva York y otras ciudades norteamericanas por ese tiempo, sino que eligiera al norteamericano de origen italiano Jack Costanzo, quien en los 40 estuvo tres veces en Cuba, se relacionó en Nueva York con varios percusionistas cubanos y siendo músico en otros instrumentos, aprendió a tocar bongó y pudo vivir de ello; trabajó en varias bandas de música latina, entre ellas, los Lecuona Cuban Boys en una de sus múltiples formaciones; Desi Arnaz y, ya avanzados los 50, con René Touzet. Con el King, Costanzo tocó en el célebre concierto del Carnegie Hall en 1949, y formó parte del afamado trío hasta 1953. Puede vérseles en varias grabaciones de programas de Cole.


Pero hablábamos de distante acercamiento de Cole a lo cubano, porque en realidad, fue sólo eso: la incorporación de un sonido, de un instrumento raigal a la música cubana, sin mayor arraigo o exploración creativa, y el interés por ella. Por lo demás, no se tienen noticias de algún vínculo de Nat King Cole con la Isla, a excepción de la grabación de Papa Loves Mambo, que hiciera para el sello Capitol en 1954 y en la que, según los datos que acompañan las cintas matrices, participara en las congas el percusionista cubano Carlos Vidal Bolado. Hasta que en el mes de febrero de 1956 la prensa en Cuba comienza insistente a anunciar la inminente presentación del crooner en el cabaret Tropicana.

Viajó acompañado de su esposa María Ellington Cole, su hija Natalie, que entonces tenía cerca de seis años, los técnicos de luces y sonido, y los músicos de su trío: el guitarrista John Collins; Charlie Harris como bajista y en la batería Lee Young, hermano de Lester Young. Tropicana presentaba el show Fantasía Mexicana, en el cual se insertaría el crooner, con un elenco encabezado por la cantante Xiomara Alfaro, el Cuarteto D’Aida, los cantantes cubanos Miguel Angel Ortiz y Dandy Crawford, los bailarines Leonela González y Henry Boyer, entre otros.

Senén Suárez, testigo de aquellos días, contó al periodista Rafael Lam que en la fecha de su debut habanero, Cole ensayó en horario diurno a puertas cerradas, con la orquesta de Tropicana dirigida por Armando Romeu, y reforzada con violines sinfónicos. El repertorio que interpretaría Cole ameritaba ciertos ajustes técnicos al habitual desenvolvimiento del cabaret: se instalaron luces indirectas muy tenues, alfombras en el piso para suavizar el ruido ambiental propio del lugar y reforzar el tono íntimo de lo que iba a ocurrir cuando el King comenzara a desgranar sus canciones.

El debut de Cole en Tropicana ocurrió el 2 de marzo de 1956. Cuentan –y las fotos lo atestiguan- que Cole entró a la pista de impecable smoking blanco con solapas negras. Le habían antecedido once modelos portando cada una un disco enorme con una inscripción: CAPITOL RECORDS –la disquera que grababa en exclusiva al crooner-; en el reverso de cada disco se leía, una a una, las letras del nombre del cantante: N-A-T-K-I-N-G-C-O-L-E. Ellas se hicieron a un lado, para dar paso al astro, mientras el presentador Miguel Angel Blanco, el inefable Wempa (según el mambo que le dedicara Bebo Valdés) anunciaba: ¡Señoras y señores: el cabaret Tropicana se honra en presentar al único, al más grande: Nat King Cole!”.

Dicen que cantó dieciséis canciones y descargó al piano, haciendo gala de su excelencia en el instrumento. Según Ofelia Fox, entonces esposa de Martin Fox, el trío de Cole se integró a la orquesta dirigida por Armando Romeu para acompañar al King, quien se sentó al piano y comenzó a entregar sus canciones. Sin recordar con exactitud, Ofelia citó entre las primeras piezas Caravan, Lover Come Back to Me, It’s Only a Paper Moon, y pensando en que la mayoría del público eran cubanos, también cantó Nature Boy, Mona Lisa y por supuesto, su tema insignia: Unforgettable. Fue todo un éxito; la revista Show, especializada en el espectáculo, lo calificaba como “inolvidable y de un impacto sin precedentes”.

Sólo un incidente parece haber empañado la brillantez del debut del King en La Habana: la elección de su alojamiento. Por su categoría, le correspondía el mejor hotel de la ciudad, pero esta vez –otra vez- el Nacional perdió la oportunidad de tener entre sus huéspedes de ese año al mítico jazzman y cantante: era negro y allí no cabía. Era sabido, después del escandaloso incidente en el que, cuatro años antes, la dirección del Hotel Nacional le había negado a Josephine Baker la posibilidad de hospedarse en esa instalación, después de haber aceptado a su representante las reservas de cuatro habitaciones para la diva y su séquito.

Cuentan los autores del libro Hotel Nacional de Cuba. Revelaciones de una leyenda: “Al cambiar de propietarios en 1955, la nueva gerencia del Hotel Nacional de Cuba, la International Hotels Company tuvo que lidiar con esa mala sombra. En 1956, Nat King Cole tenía un jugoso contrato para cantar en Tropicana y pensó que el mejor alojamiento debía ser ese hotel. Rodney, el artífice del show de Tropicana, le comentó al cantante lo que había sucedido con la Baker, y aconsejó que no forzara la situación. El coreógrafo explicó el asunto a los manejadores del casino, hombres de Meyer Lansky, que se encargaron de allanar el terreno. Un escándalo a esas alturas perjudicaría la imagen de los negocios de la mafia en La Habana. Sin embargo, el contrato de Nat era por corto tiempo. El artista se hallaba en la cresta de la fama. Semanas antes de viajar a La Habana, los principales diarios norteamericanos repudiaron el ataque recibido durante la presentación en un teatro de Birmingham, Alabama, por parte de miembros del autodenominado Consejo de Ciudadanos Blancos, mientras cantaba. La International Hotels Company prometió al agente de Cole que cuando volviera a la Isla podría hospedarse en el Hotel Nacional de Cuba.”

Ante el éxito de su debut habanero, la gerencia de Tropicana no tardó en proponerle un nuevo contrato, y ya tan pronto como en septiembre del mismo 1956 se anunciaba en algunos medios el retorno triunfal de Nat King Cole al cabaret Tropicana, lo que ocurriría en febrero de 1957. En su edición de enero, la revista Show anunciaba la presencia de Cole en la pista del salón Bajo las Estrellas, a partir del 1 de febrero.Rodney conquistaba las mejores críticas con sus nuevos shows Tambó y Copacabana, en los que se insertó el crooner norteamericano, con figuras imbatibles como Celia Cruz, Paulina Alvarez, Merceditas Valdés y Adriano Rodríguez con el Conjunto de Paquito Godino, los bailarines Ana Gloria y Rolando, Leonela González, entre otros.

“No se recuerdan llenos como los que se anotara el cabaret con las presentaciones de Nat King Cole –afirmaba la revista Show en su edición de marzo de ese año- lo que prueba las simpatías de que goza el maravilloso cantante”. Cole fue agasajado por la dirección del Tropicana, en una cena de gala, en la que Alberto Ardura, su director técnico, fue el anfitrión. Acerca de las presentaciones del crooner en Tropicana, Leonardo Acosta afirma que “los jazzfans quedaron satisfechos con las interpretaciones up tempo de Lover, Come Back to Me y How High the Moon, y con sus solos de piano que recordaban sus años con Lionel Hampton.”

Esta vez, en 1957, sí se hospedó en el Hotel Nacional de Cuba y tuvo tiempo para visitar la fábrica de discos Panart, en San Miguel y Campanario, entonces concesionaria de la Capitol. También se dice que se llegó hasta la tienda de discos Fusté, en Amistad y Neptuno.

Mientras Cole cantaba en Tropicana, y como parte de la enfebrecida carrera competitiva entre los dos centros nocturnos, la gerencia del Sans Souci le opuso en competencia otra figura importante, aunque no tanto entonces, como lo era Cole ya en su país: la excelente Sarah Vaughan (), con un contrato que posibilitaría su primer y único viaje a Cuba.

En realidad quienes lo vivieron en aquel momento han afirmado siempre que Sans Souci llevaba la delantera a Tropicana en la presentación de figuras de fama internacional.

Rosa Marquetti Torres
Desmemoriados. Historias de la música cubana, agosto de 2017.

Ver fotos de Nat King Cole en Desmemoriados.

Video inicial: Actuación en vivo para Summer by Nat King Cole, programa especial trasmitido por la BBC en 1963.

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