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jueves, 20 de octubre de 2016

Enrique Bonne, patriarca de la música cubana


Baja y sube el madero, choca contra el tronco. Los granos de café van soltando la melaza. Vuelve en renuevo el proceso, las manos se juntan, la cintura se arquea. Tres golpes primero, luego dos. En San Antonio del Piloto, Mayarí, serranía del Oriente cubano, se reitera la escena. Enrique Bonne, mente siempre alerta, captó los sonidos en el aire, interpretó su atmósfera, trazó el andamiaje musical y los hizo trascender al pentagrama. Nacía el ritmo pilón.

El primer pilón en grabarse fue Baila José Ramón, en 1963, con la RCA Víctor. Ya dentro de ese género, Pascasio Alonso Fajardo, más conocido por Pacho Alonso, compone el tema Rico pilón que se convierte en un exitazo. En algunos textos, erróneamente, le han acreditado el ritmo pilón a Pacho, pero su autor es Enrique Alberto Bonne Castillo.

En una de las intersecciones más populares del poblado santiaguero de San Luis, en la calle Céspedes, casi esquina a Calixto García, nació Bonne. El almanaque marcaba el 15 de junio de 1926. Su madre, Engracia Castillo Griñán, se había graduado del Conservatorio Orbón y representaba a este conservatorio en San Luis y Palma Soriano, lo que permitiría al pequeño Enrique, vivir en una atmósfera musical desde la infancia. Su padre era trabajador azucarero y la familia se trasladaba constantemente en busca de mejores condiciones, hasta radicarse finalmente en Santiago de Cuba en 1947.

“Toda la vida estuve oyendo música en mi casa. Crecí escuchando a Beethoven, Bach, Wagner, Schubert, Liszt, Chopin... Los alumnos de mi mamá tocaban música clásica en vivo. Aprendí algo de piano con ella y con el profesor Oliván. Luego, siendo ya un joven, incorporé un poco de teoría y solfeo.

“En esa época se oían mucho las orquestas típicas, las danzoneras y también blues. Las orquestas más conocidos eran las de Cheo Belén Puig, Antonio María Romeu y Casino de la Playa. Un hermano que vivía en Palma Soriano me compró la cafetería Maristani, a la cual llegó la primera victrola del pueblo. Recuerdo que se ponía sobre el mostrador, los discos eran de 78 r.p.m. y se escuchaba mucho a Mariano Mercerón.

“Cuando en 1951 Mercerón regresó a Cuba, hizo una orquesta para acompañar a Benny Moré, con Pacho Alonso y Fernando Álvarez como cantantes. Mariano me pidió una pieza. Le dí El chachachá de la Reina, que grabó en la voz de Pacho. Después en México ese número sería conocido como Guapachá de la Reina.

Pacho Alonso paseó su estilo por el viejo continente y por el nuevo mundo. En la antología de sus éxitos, hay que situar una larga lista de canciones de Enrique Bonne: Que me digan feo, No quiero piedras en mi camino y A cualquiera se le muere un tío, entre otras.


La alianza Bonne-Alonso constituye todo un capítulo en el arte musical cubano. Una química especial funcionó entre autor e intérprete, una polea transmisora permanente. Uno tuvo la capacidad de sintetizar la idiosincrasia cubana y trascenderla, de escoger al intérprete más carismático. El otro, supo respirar el aliento contenido en aquellas formas expresivas y proyectarlo hacia la fama. Nunca hubo servidumbre. Fue una recíproca alimentación, una confianza profesional que alimentó una misma llama.

“Pacho y yo nos conocíamos de la antigua sociedad Luz de Oriente y del Balneario de La Estrella. Nuestras familias eran amigas, nos veíamos siempre en los bailes. Él no sabía que yo hacía mis cosas, aunque yo sí sabía que él cantaba en reuniones de grupos. Ahí nos vinculamos y Pacho empezó a trabajar la música mía en la década del 50. Grabó una conga titulada En esa me voy y otros muchos números míos.

“Hay un disco LP que no salió en Cuba, que es completamente de obras mías interpretadas por Pacho. Recuerdo que se eliminaron dos números, entre ellos Billy the Kid, porque era una sátira a los norteamericanos. Pacho fue un importante artista de nuestro país, en una época en la que realmente había que tener para triunfar. Tenía lo suyo, era una gente que hacía las cosas con distinción, carácter o caché, como se dice. Era un elegante de la pista y mi amistad con él es uno de mis orgullos”.

¿Cuántas obras habrán salido de la fecunda imaginación de Enrique Bonne? A estas alturas, es difícil decirlo hasta para su propio autor. Sones, boleros, guarachas, sambas, valses, congas, y por supuesto, pilón.

Sus obras han seducido a personalidades de la música cubana y de otros países: Celia Cruz, Rolando Laserie, Willy Chirino, Johnny Ventura, Julio Gutiérrez, Felipe Dulzaides, Cortijo y su combo, Tito Puente, Ismael Rivera, el Conjunto de René del Mar, las orquestas Estrellas Cubanas y Chepín-Chovén, Fernando Álvarez, Rosita Fornés, Caridad Hierrezuelo, Esperancita Ibis, Nancy Maura, José Armando Garzón, Joel Leyva, Zulema Iglesias… La lista es larga. Las confesiones también.

“Lo primero que hice en mi vida fue El jején en San Antonio del Piloto, una guaracha, eso fue allá por 1946 o 47. Había ido allí a recuperarme de una enfermedad en casa de unos familiares. Tenían muchos hijos y puse una escuela. En ese número todavía no había antecedentes del pilón, pero en la década del 50 perfeccioné uno que yo había hecho allí, titulado Mujeres no lloren, que lo cantó un señor llamado Matías Tabío. Ése es el primer pilón.

"Pero públicamente fue conocido en en el carnaval de La Habana de 1962, en la carroza de la Industria Ligera, con Pacho cantando el pilón. Figúrate, estaba la televisión y nos fue bien. En otras carrozas salieron Pello El Afrokán con el mozambique, Juanito Márquez con el pa-cá y yo con mis tambores. Los músicos cubanos nos decidimos a contrarrestar la gran influencia de la música norteamericana, el rock y todo ese jelengue que parecía ahogar nuestra música. Ahí es cuando surgen esos ritmos.

Que me digan feo, por ejemplo, se basa en una hecho real. Estaba en el teatro Cuba con un grupo de amigos del Instituto de Segunda Enseñanza y pasaron algunas muchachas de la Escuela Normal, y al decir un piropo, una me respondió: ‘Mírenlo, tan feo’. Ahí mismo me vino la inspiración. Otro ejemplo: Se tambalea, se refiere al temblor de tierra del año 1947, que movió una de las torres de la Catedral de Santiago de Cuba.

“Un número muy conocido, Yo no me lo robé, vigilante, también conocido por El pañuelito blanco, es sencillamente un pañuelo que se le cayó a una muchacha, y un joven lo recogió para dárselo. Yo estaba conversando en la puerta de la casa de Tony Alomá -quien luego fuera mártir de la lucha clandestina- y en la otra esquina había un policía. Asocié todo eso y de ahí salió el número.

“La gente suele fantasear alrededor de muchas historias, como las que se han creado sobre Dame la mano y caminemos. Ya sé que dicen que yo iba por una carretera en un automóvil, éste se rompió, empecé a caminar con una mujer, y entonces le dije: 'bájate, dame la mano y caminemos'. ¡No, hombre, ésa no es la historia verdadera! El compositor hace un número por una inspiración, algo que le han contado, por un suceso, pero también hay mucho de imaginación”.

No es posible hablar de Enrique Bonne si no mencionamos el carnaval. “Eso que se levanta, que viene, que sacude la tierra, es el carnaval”. Lo dijo a Tele Sur, en el programa Sones y pasiones, conducido por una comunicadora de excelencia como la venezolana Lil Rodríguez. Yo estaba allí. Lo dijo mucho antes que esos festejos santiagueron fueran declarados Patrimonio Cultural de la Nación.

“Mi relación con el carnaval vino por un amigo que trabajaba en la municipalidad de Santiago de Cuba. Me propusieron encargarme de los desfiles de los paseos y comparsas. Y estuve ¡29 años! como presidente de esa área. Hasta hice una samba llamada Si me faltara el carnaval, el estribillo lo hicimos entre Rafael Lay, director de la orquesta Aragón y yo.

“El de Santiago nunca ha sido un carnaval de lujo. Cuando yo conocí el carnaval de La Habana, hace muchos años, vi familias paseando en máquinas, tirando serpentinas y mirando las comparsas que subían y bajaban. Era muy bonito, pero me pareció un poco aparte. En Santiago, la gente se separaba en sociedades, los blancos en un lugar y los negros en otro: pero cuando llegaba el carnaval todo se fundía. Era una fiesta loca, de alboroto, venía gente de todas partes.

“Cuando salía la conga, todo el mundo se tiraba pa'la calle. Había quienes se disfrazaban de mujer, de cualquier cosa, y desfilaban porque era algo abierto donde la gente perdía el complejo. Todo eso le dio mucha fama al carnaval de Santiago, hasta que el gobierno de Fulgencio Batista, por razones políticas, eliminó los disfraces.

“Después aparecieron las empresas comerciales, e introdujeron carrozas con orquestas conocidas, como las de la cerveza Polar, que trajo al Conjunto Casino y la cerveza Cristal con la Orquesta de Fajardo. Entonces esas fiestas de la calle, que se hacían con traganickels, cogieron otro vuelo. A partir de ahí, todas las orquestas sentían la necesidad de venir a Santiago, y si aquí gustaban, las contrataban en el resto del país. Poco a poco, se fue regando en toda Cuba el modo de celebrar de los santiagueros, y así surgieron muchas calles similares a nuestra popular Trocha”.

En el patio de Andrés Sandó, tocador de bocú de Los Hoyos, sería el estreno de lo que a la larga se convertiría en la agrupación más numerosa de la música popular cubana. Los integrantes fundadores eran mayormente gente del barrio, tocadores de las congas tradicionales de los carnavales santiagueros: Los Hoyos, San Agustín, Paso Franco, San Pedrito, Alto Pino, y después de El Guayabito. Bonne apostó por ellos. Muchas singularidades acompañarán a Los Tambores de Enrique Bonne, con fecha oficial de fundación el 15 de septiembre de 1961. Su génesis es incluso anterior:

“Yo representaba orquestas y marcas de discos, y tenía un pequeño piquete de conga de siete integrantes, que llevaba para no perder el contacto con los clientes. Un día se me ocurrió ampliarlo... y llegamos a 49. Después puse los chekerés (tipo de güiro de procedencia africana, forrado por una red en la que aparecen engarzados abalorios u objetos sonantes), que se usaban en ciertos rituales, y por primera vez aparecieron en la música profana. También incluí dos cornetas chinas y llegamos a 54 miembros. No cabíamos en una sola guagua y había que dividir el grupo.

“Fuimos a La Habana, en 1962, para participar en el carnaval, y aquello fue un escándalo. Trabajamos en el teatro Blanquita, hoy Karl Marx, acompañando a lo que más brillaba de la danza, como Sonia Calero, Gladys González, Christy Domínguez… Ese mismo año actuamos en Tropicana, un grupo de percusión de semejante envergadura nunca se había presentado en el cabaret bajo las estrellas.

“En 1965, estuvimos en un programa de televisión y acompañamos a Rafael Somavilla, Adolfo Guzmán y Luis Carbonell. A lo largo de los años, nos presentamos en muchas provincias. Actuamos en la Conferencia Tricontinental en 1967, y en los 70, en la inauguración del Parque Lenin, en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, en 1978; luego en los Juegos Centroamericanos y del Caribe en 1982, estábamos en todas partes…

“En los 80, nos fuimos al carnaval de Varadero, y durante casi una década actuamos en el Festival de la Playa Azul, donde acompañamos, entre otros, a Irakere y al afamado compositor francés Michel Legrand. A fines de los 90, estuvimos representando a Cuba en el Festival de Cali, Colombia. Todo no cabe en mi memoria”.

Los Tambores de Enrique Bonne son un grupo de concierto de percusión, capaz de presentarse lo mismo en bailables populares que en teatros. Lejos de entregar un sonido monocorde, su sonoridad es capaz de brillar como una orquesta. Por eso abordan piezas como El manisero (Moisés Simons), Como el arrullo de palmas (Ernesto Lecuona) y Vereda Tropical (del mexicano Gonzalo Curiel, popularizada en Cuba por Tito Gómez). O congas como La cometa y el pesca'o, Hay un caracol en el mar o la célebre Manigueta, todas del propio Bonne.

El 2001 fue un año duro para el maestro. Su hijo Alberto falleció en Argentina y los ánimos se resintieron. Nunca la agrupación se fue del todo, pero el tiempo hizo lo suyo. Urgía la renovación, y nadie mejor que Joaquín Solórzano, un excelente intérprete de la corneta china, quien había sido integrante del colectivo, para echarle una mano a su creador. Surge una nueva etapa en 2010, y ahí siguen, la veintena de integrantes de la agrupación, vivos, dando quehacer, sonando los tambores.

“Lo distinguía por encima de todos los jóvenes de la época por su manera de expresarse, y luego… se sabía unos versos que me estremecían”. La emoción sigue intacta, mientras lo cuenta Juana Elba Sánchez, su esposa. El 19 de agosto de 1960, tras siete años de noviazgo, contraen matrimonio. Ella se había graduado en la Escuela Normal para Maestros de Santiago de Cuba. Tal vez la pieza más famosa entre las tantas que le ha dedicado es Usted volverá a pasar, que el propio hijo de ambos, el cantante Ángel Bonne, se ha encargado de popularizar.

La música es un espacio de libre fecundidad. Algunos artistas cuando llegan a la cima, parecen olvidar sus ímpetus juveniles; sus consejos semejan más recetas que sugerencias. No es el caso de nuestro entrevistado que a la altura de sus 90 años, anda desempolvando temas compuestos para la música sinfónica, que gracias a la mano de Daniel Guzmán, han visto o verán la luz.

El jurado del Premio Nacional de Música, le está debiendo hace mucho rato esa distinción. Es hora. Enrique Alberto Bonne Castillo es un general de la creación, pero aún conserva la energía del soldado:

“Los que vienen subiendo siempre van a hacer lo que a ellos le inspire, son circunstancias distintas, etapas distintas, conocimientos y experiencias diferentes. No es lo mismo formarse en el fuego de la vida que ir a un conservatorio. Yo no puedo quejarme, soy conocido y respetado en Cuba y no he ambicionado más de lo que tengo.

“Hay que seguir una línea de conducta recta, no mercantilizar la obra y no ser pedantes con tus conocimientos ante los demás. Sea joven o viejo, sea músico o albañil, siempre he respetado a todo el que tenga algo que dar”.

Reinaldo Cedeño
Periódico Sierra Maestra, 19 de julio de 2016.


Foto: Enrique Bonne en su casa de Santiago de Cuba. Tomada de On Cuba Magazine.

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