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miércoles, 9 de marzo de 2016

Yusa



Aunque no creo que lo intente -más bien es su natural fluir-, uno de los resultados de la obra de esta creadora es que casi siempre se le trata de poner alguna etiqueta, o someterla a comparaciones que, más que definir, enturbian. Quizás por eso prefiero iniciar diciendo que Yusa, nombre artístico de Yusimil López Bridón, no es (ni pretende ser) Tracy Chapman, ni Esperanza Spalding, ni “la nueva música cubana”, como algunos han acuñado por ahí.

Tales calificativos solo reducen, encasillan, le restan sabor a lo que hace, generan falsas expectativas. Al margen, claro, de que en una era de transculturación, las referencias son inevitables y no necesariamente perniciosas o sintomáticas de “falta de originalidad”. De modo que lo mejor es enfrentar lo que hace esta habanera de Buena Vista, poniendo a un lado los prejuicios y los códigos. Su música es su ADN.

Hizo estudios académicos, se graduó de tres y transitó por agrupaciones como Quasi Jazz, Soneras Son y Mezcla, la banda de respaldo de Gerardo Alfonso, el proyecto Club Di-Chávez y un dueto cancionero junto a Domingo Candelario, donde se fraguó parte del ideario de trabajo que asumió más adelante. Absorbió como una esponja, todo lo que pudo.

En múltiples ocasiones se ha declarado deudora de un abanico variado de influencias. Cóctel sonoro, lírico y espiritual donde cohabitan Marta Valdés, Sting y Charly García, Pablo Milanés, Los Beatles y Caetano Veloso, Richard Bona y Santiago Feliú, Gema y Pável, Chick Corea, NG La Banda, Míster Acorde y mil nombres más. Pero de lo que se trata es de cómo reformula toda esa información y la convierte en un mensaje que la identifica. Es una búsqueda en la cual todavía anda inmersa, pero que entretanto ha ido dando frutos.

Yusa inauguró su carrera solista en 2002 con un album homónimo. Como sucede con los primeros intentos, combinó piezas muy frescas y otras que llevaban un tiempo dando vueltas en su repertorio de noctámbula. Ahí figuran Todo o casi nada, Mares de inocencia, Chiqui chaca (de su época con Domingo Candelario), La número dos y otras que, al cabo de los años, aún se le escuchan en los escenarios. La producción de Pável Urquiza -del cual incluyó Involución- consiguió un sonido ecléctico, novedoso si se quiere para los estándares de lo que se estaba facturando en el país en ese momento. Fue un atinado debut que confirmó su talento mientras insinuaba rutas futuras.

Su segundo disco en estudio, Breathe (2005) -precedido por un registro en vivo en el club británico de Ronnie Scott, y que salió en doble soporte CD-DVD- sorprendió con una muy intensa revisión a Flash (que había cerrado el fonograma anterior), la hermosa Del miedo (a dúo con Haydée Milanés), El fantasma del marino, donde logró reunir al grupo Estado de Ánimo -Robertico Carcassés, Elmer Ferrer, Ruy López-Nussa y Descemer Bueno, quien produjo el disco y aportó un par de temas, y Naufragio (de Pável Urquiza). La solidez de las ejecuciones redondeó aquel puñado de canciones para regalar otro fonograma contundente de principio a fin.

Tras estos dos títulos pródigos en instrumentaciones -con un auténtico “todos estrellas” del joven jazz cubano- llegó un parteaguas no tan sorpresivo. Si antes habían predominado orquestaciones que apuntaban principalmente al jazz y el funk, ahora hubo un giro hacia la sobriedad casi minimalista. El álbum de marras, Haiku (2008), contó con la producción del brasileño Alê Siqueira, avalado por sus trabajos para Tribalistas, Roberto Fonseca, Marisa Montes y otros.

Esta vez las labores instrumentales se repartieron básicamente entre él y Yusa, con la adición de algunos invitados aquí y allá. Piezas como ¿Sirvió de algo?, Y te apareces, Tanto de mí, Conga pasajera y sobre todo la hipnótica Walking Heads, pusieron sobre el tapete un mayor interés por la sutileza en los arreglos y los matices para canciones que ganaron puntos a pesar de su (aparente) desnudez. Esta orientación del “más con menos”, parece prevalecer desde entonces. Así, la entrega siguiente: Vivo (2010), grabado en directo en la capital argentina, mantuvo el enfoque de la sencillez, con temas ya conocidos junto a la tierna Quédate II (de Kelvis Ochoa). Las discretas percusiones de Mario Gusso fueron casi todo su respaldo, con la guitarra dominando el set. Era como si tanteara la mejor manera de exteriorizar su arte, entendiendo que por ahí podían ir los pasos.

Dos años después, Libro de cabecera en tardes de café inauguró su sello disquero Yusa Records, retomando el asunto de las referencias al presentar un catálogo de canciones de artistas como Gilberto Gil, Michael Jackson y Noel Nicola, entre otros. Con invitados internacionales (las cubanas Omara Portuondo, Eme Alfonso y Telmary, el noruego Steinar Raknes, el uruguayo Hugo Fattoruso, y de Argentina, Hilda Lizarazu, Liliana Herrero, Liliana Vitale, Verónica Condomí y Raly Barrionuevo) estuvo enfocado en su cualidad interpretativa y no en su labor autoral. Por cierto, aquí apareció oficialmente la dupla que la acompaña hasta hoy: los argentinos Quique Ferrari (bajo) y Cris Faiad (batería).

Ahora, ¿qué decir sobre la obra general de Yusa? Los textos, más que remitir a la nueva trova, conectan con cierta canción urbana universal, coloquial y directa, mientras muestran un componente intimista y hasta autobiográfico. Con esa perspectiva es más fácil entender la dimensión de frases como "el dolor es siempre intenso aunque venga en retirada" (La partida) o "quiero que a mi libertad no haya una razón que la distraiga" (Haiku de paz), o los cantos que dedica a niñas y niños cercanos (Canción en cuna para Freya, La vaca y la foca).

En ese sentido sorprende la capacidad que ha tenido Yusa como letrista para asimilar enseñanzas sin perder un tono personal. En cuanto a la música, hay de todo: inspirados bolerones, algo de rock, mucho funk, rumba, canción, armonías jazzistas, son y rap. Melodías festivas o desgarradoras que se abren como ventanas hacia sus sentimientos. Todo esto aderezado con certeros desempeños instrumentales y una voz que rezuma emoción en todo momento.

Paralelo a su plan solista, se involucra en grabaciones, proyectos y colaboraciones circunstanciales. Entre ellas un sitio especial para Interactivo, participando como bajista en su fundación junto a Oliver Valdés (batería), Carcassés en el piano y el productor Enrique Carballea. Su contribución no se limitó a ejercer como potente sostén rítmico, pues ayudó a escribir algunos de los temas más destacados de su primera etapa (como la espectacular No money) e hizo la voz principal en múltiples ocasiones; incluso cuando el colectivo se atrevió con una singular versión al Kashmir de Led Zeppelin. Lástima que la maqueta Wanted no se concretara en un prensaje oficial: en mi criterio, el disco debut no alcanzó los mismos niveles de fuerza y espontaneidad.

Asimismo, se le ha visto o escuchado junto a Santy Feliú, Free Hole Negro, la gente de Habana Abierta, Raúl Ciro, Athanai, Telmary, Joseph Koomba, Lucía Huergo, el Trío Planetario -con Lenine y Ramiro Musotto, cuyo álbum Lenine in cité, de 2004, obtuvo un Grammy que pasó inadvertido en la isla-, William Vivanco, Francis del Río, un tributo a Teresita Fernández y compilatorios varios (Breathing Havana, Women are beautiful, Cuba 21). Junto a la peruana Susana Baca y la mexicana Lila Downs protagonizó una gira de altos dividendos en 2004. Ahora que anda instalada en La Plata, Argentina, los contactos con la escena de ese país se han acrecentado y con toda seguridad le esperan próximas colaboraciones.

Aunque es tresera de formación, domina la guitarra, el bajo eléctrico, la percusión y el piano, además de ser adicta incurable al café y el dominó. Con sus indecisiones y certezas a cuestas, se arriesga prácticamente todos los días en un constante reinventarse que le saque el aburrimiento

La he visto con lágrimas en los ojos interpretando una canción, pero también poniéndole “sabrosura viva” (como diría Narah) cuando otra lo reclama. No se traza senderos calculados: su estrategia es hacer lo que le gusta y punto. Su música refleja la turbulencia de los tiempos que se viven, pero también el oasis necesario.

Estoy seguro que ahora mismo, Yusa anda cocinando nuevos temas, desvelándose y llevando al pentagrama sus sueños más preciados. El fogueo de patearse escenarios de medio mundo no le ha enquistado la inocencia. Pienso que por ahí puede que aniden fragmentos del secreto de toda esa belleza que nos transmite y ante la cual solo nos resta decir: gracias, gracias, gracias.

Humberto Manduley
El Caimán Barbudo, 18 de septiembre de 2015.
Video: Yusa interpreta la canción De colores, filmada y grabada en la Patagonia argentina en octubre de 2012.

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