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miércoles, 30 de septiembre de 2015

El Mercado Único de La Habana



El Mercado Único llegó a ser una de las plazas comerciales más importantes de la ciudad, por su centralidad, su rango de precios asequible a todos los sectores de la población y porque ofertaba los más variados productos que se pudieran necesitar para cualquier momento, desde el día a día, hasta celebraciones especiales, ya fuese Navidad, Año Nuevo o efemérides religiosas.

¿Quiénes vendían en el Mercado? En la década de 1920, los Directorios Comerciales revelan que había una fuerte presencia china y española, los primeros dominaban el ramo de la venta de frutas y verduras, en tanto los emigrantes peninsulares manejaban los cárnicos y la sedería. En los años 50, algunas casillas (tarimas o puestos) también pertenecían a judíos. Los negros, por lo general, eran carretilleros o vendedores ambulantes en los alrededores.

En el Mercado también ocupaban espacios determinadas compañías comerciales, como la Asociación Nacional de la Industria y Comercio de la Pesca de Cuba, la Cooperativa de Armadores de Barcos, la norteamericana Chomer Fruit Company, o la propia Compañía de Mercados Públicos, dueña de la concesión del Mercado.

No solo se vendían alimentos crudos, también preparados, por eso había una fonda, varios cafés, como El Paradero y El Moderno, y bares que se mantenían abiertos casi todo el día, como el Sucu-Sucu. El Mercado de Cuatro Caminos, como popularmente también le llamaban, tenía un intenso uso comercial y social.

El ambiente que llegó a crearse en el Mercado lo convirtió en uno de los sitios más pintorescos de La Habana, lugares llenos de color y vida. Sobre este sitio Alejo Carpentier escribió: “Y en el Mercado Único, este maravilloso contraste: sobre una construcción de rejas, en que se hacinan las aves como los habitantes de un rascacielos neoyorkino, un letrero que sirve de muestra al establecimiento: El Escorial. ¿Se habrá elegido este título metafóricamente, pensándose que el monasterio desde el cual rigió Felipe II el más vasto imperio del mundo…ha sido construido en forma de parrilla?”.

Otra de sus características era el bullicio, la mezcla de sonidos asociados a las compras y ventas, trasiego de mercancías y vehículos, así como la música. Antes de que sus canciones se escucharan en estos predios, Benny Moré fue trabajador del Mercado. A mediados de 1936, en los portales del Mercado, vendía frutas y hierbas medicinales, junto a su tío Tomás Armenteros. También en este lugar laboró como carretillero el líder revolucionario Ñico López, hecho recordado en una tarja ubicada en el interior del inmueble.

Igualmente ha sido testigo de hechos históricos, como los encuentros de Fidel Castro con miembros del Movimiento 26 de julio, en la fonda ubicada en la segunda planta. En dos ocasiones, fue visitado por el ex presidente Jimmy Carter, la primera vez antes de asumir la presidencia y la segunda en una de sus últimas visitas a Cuba. Albert Einstein, en diciembre de 1930, en su breve estancia en el país insistió en recorrer los barrios más pobres de la ciudad, después de haber conocido los parques, clubes y residencias de la gente acomodada. De esta manera, junto al grupo que le acompañaba, pudo visitar hogares humildes, solares y cuarterías, así como el Mercado Único y las tiendas más modestas de la calle Monte.

En los años 50 se convirtió en punto de encuentro de la bohemia habanera, que después de cerrados la mayoría de los servicios gastronómicos de la ciudad, acudía al Mercado para disfrutar los económicos y deliciosos platos que allí se ofertaban. En las últimas décadas, aunque sin la animación de antaño, la presencia de numerosos establecimientos privados contribuyó a mantener, en diferentes horarios, el intenso movimiento y la actividad comercial que siempre caracterizó el lugar, pese al deterioro y la marginalidad de la zona.

El patio central era el eje regulador de la actividad del Mercado, pues en él descargaban los camiones que llegaban por las calles Cristina y Arroyo. La venta de productos se hacía en las casillas, reabautizadas por los vendedores posteriores como 'islas'. Hasta 1960 en las casillas situadas en la planta baja se despachaban viandas, hortalizas y frutas; en la planta alta se encontraban las bodegas, puestos de carne y pescado y pequeños establecimientos para la venta de productos elaborados.

Además de los productos del agro, el Mercado brindaba servicios gastronómicos, de barbería, venta de ropas y zapatos, tanto en casillas como en los portales. En estos últimos también se arreglaban y limpiaban zapatos. Todas estas actividades extendieron el horario del Mercado, que llegó a mantenerse abierto 24 horas, aunque las de mayor movimiento eran las comprendidas entre las 4 de la madrugada y la 1 de la tarde. La mercancía entraba al caer la tarde o ya de noche, se distribuía por las casillas y se vendía de madrugada. Avanzada la mañana, prácticamente no había productos en oferta y si quedaban, estos eran vendidos a precios muy bajos a los carretilleros, porque era preferible salir de ellos que guardarlos en las cámaras refrigeradas del Mercado o perder la ganancia. Sobre las 11 de la mañana cesaba todo tipo de negociación y comenzaba la hora de la limpieza.

Estos vendedores ambulantes colmaban los alrededores del antiguo Mercado Único. Compradores más humildes, adquirían esos productos deteriorados, para luego revenderlos a menor precio. Los productos de mayor calidad, que sí se vendían en el interior del edificio, eran pasados por grandes lavaderos situados en las calles Omoa y Cristina, lo que garantizaba la higiene de los mismos. Esta labor generalmente era realizada por los chinos de puestos de frutas.

Paralelo al negocio oficial, siempre existió el clandestino, de la más diversa tipología de artículos. Su ubicación y la concurrencia de público se prestaban a todo género de trueque.

El edificio poseía una especie de puente o paso a nivel sobre la calle Arroyo que lo unía con un inmueble de la misma calle propiedad de la Compañía Urbana de Hielo y Refrigeración de La Habana, la cual le prestaba servicio. Igualmente en el sótano se ubicaban las cámaras frías, almacenes y depósitos.

El Mercado se construyó cumpliendo las condiciones de la concesión, es decir, con una estructura de hormigón armado y cubierta ligera de láminas acanaladas de asbesto cemento, a cuatro aguas, soportada por una armazón de cerchas metálicas con perfiles de acero. Consta de dos niveles y sótano, abarcando una superficie de 11, 200 metros cuadrados. Estilísticamente responde a los códigos del eclecticismo, un poco tardío y mesurado, pero muy acorde con la tipología industrial de la época.

Tenía acceso por sus cuatro fachadas, caracterizadas por una secuencia ininterrumpida de gruesos pilares que soportan una amplia cornisa apoyada sobre ménsulas estriadas y pareadas; fachadas simétricas donde coinciden todos los vanos (huecos por donde entra la luz) de las plantas baja y alta, resueltos los primeros con arcos carpaneles con clave y jambas resaltadas, y los del segundo nivel son rectangulares excepto los que señalan las entradas principales, donde el arco es también carpanel y está coronado por dos cuernos de la abundancia que aluden a la actividad comercial. Para jerarquizar los accesos, la cornisa se interrumpe dando lugar a un frontón rematado por una moldura de cemento, y al centro de este, se colocó un reloj, conservándose solo el de la calle Cristina.

Poseía portales públicos a lo largo de las calles Cristina y Monte, y por las otras dos arterias, la entrada al interior se producía directamente desde la calle, antes de que los vanos fueran tapiados. Contaba, además, con cuatro escaleras de mármol y seis elevadores para facilitar la comunicación vertical de los productos y de los usuarios.

Grandes áreas interiores definían su distribución espacial, donde la estructura vertical estaba compuesta por un sistema de columnas que en la planta baja presentaban una sección cuadrada ochavadas en las esquinas, rematadas con un capitel en forma de hongo, mientras que en el segundo nivel mantienen la sección cuadrada sin ninguna variación; y por muros soportantes de mampostería en sus fachadas principales. La presencia de esta peculiar columna asumía el protagonismo ornamental, otorgándole ritmo y belleza al interior del Mercado. La carpintería exterior se componía originalmente de dos secciones: la inferior de persianería de madera y la superior, basculante, de hierro y cristal. En la planta baja, para reducir los efectos del sol, se colocaban toldos por las cuatro fachadas.

Por otra parte, al apelativo de Mercado Único, dado por la propia concesión que lo motivó, se sumó otro nacido de la historia cotidiana y el significado que adquirió ante sus habitantes: Cuatro Caminos, nombre relacionado con la encrucijada en que se erigió, al abarcar toda una manzana, donde convergían las cuatro calles fundamentales que lo enmarcaban, que eran Monte, Matadero, Cristina y Arroyo (NR.- Aunque en realidad las calles que actualmente confluyen en Cuatro Caminos son Monte, Belascoaín, Cristina y Vives).

Desde su construcción, y con más fuerza en los últimos años, el Mercado propició la actividad religiosa. La variedad y riqueza de los productos vendidos, lo colocaron en un lugar privilegiado para la adquisición de las mercancías que se requieren para los trabajos religiosos de origen afrocubano, como la santería, o el espiritismo. Frutas, flores, hierbas y animales vivos, componían una suerte de bazar dispuesto a todo tipo de culto. La venta de artículos religiosos llegó a rebasar los límites de la plaza. La propia vida del Mercado, desarrollada en torno a la religión, favoreció en sus alrededores el surgimiento y difusión de comercios afines. Gracias a su enclave, estos sitios ganaron importancia en el imaginario popular, y el antiguo Mercado Único devino punto de referencia para su localización.

En consecuencia, el Mercado Único o de Cuatro Caminos no solo fue una plaza de gran importancia económica y comercial, sino también, un espacio que contribuyó a la conservación y enriquecimiento de la cultura popular y las tradiciones cubanas. Por su monumental proporción y elegante apariencia, el edificio constituyó un hito arquitectónico, urbanístico y ambiental de la ciudad. A pesar de su alto grado de deterioro, forma parte de los inmuebles con Grado de Protección II por parte del Estado.

Yamira Rodríguez Marcano
Pensamiento, 15 de marzo de 2015.
Foto: Cuando se acercaban los días navideños, el Mercado Único de La Habana se llenaba de gente. Tomada de Pensamiento.

Aclaración: Este artículo y La concesión y construcción del Mercado Único de La Habana forman parte de una investigación realizada por la autora en conjunto con la Lic. Patricia Andino Díaz.

Nota.- A modo de recuerdo, publico este material sobre el Mercado Único de La Habana, porque al igual que otras muchas instalaciones y edificaciones habaneras, ya no existen, forman parte de la historia. Una pena, pues fue el principal mercado que tuvo la capital cubana. Quedaba a cuatro cuadras de nuestra casa, en Romay entre Monte y Zequeira. En la Plaza, como le decían, mi madre compraba el pescado fresco, que casi siempre eran parguitos o ruedas de cherna, también los camarones, que solía prepararlos en arroz o enchilado. En el almacén de Frutas Rivas, que quedaba enfrente, comprábamos manzanas, peras y uvas, entre otras frutas traídas de California. Dentro del Mercado vendían comida china, pero nosotros preferíamos la de un restaurante que quedaba en la cuadra antes de llegar a Los Cuatro Caminos, que si mal no recuerdo se llamaba La Estrella de Oro y donde también se podía comer allí o pedir para llevar a la casa (Tania Quintero).


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