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miércoles, 8 de julio de 2015

Saber coser





Cuca, Adelaida y Victoria, mis tres tías paternas, eran modistas. Como muchas cubanas nacidas en las primeras décadas del siglo XX, aprendieron a coser y se convirtieron en modistas de primera.

No importa que ellas, igual que mis abuelos Manuel Quintero y Matilde Suárez, mis tíos Máximo y Agustín y mi padre, José Manuel, hubieran nacido en Palmira, Cienfuegos. Entonces, las niñas en todas las escuelas, fueran públicas o privadas, recibían clases de costura, bordado y tejido y de sastrería los varones. Quienes querían dedicarse a coser, en su casa o en talleres, podían asistir a una de las academias de corte y costura de su localidad, para aprender por el sistema de María Teresa Bello, Roche u otro cualquiera.

En una breve búsqueda por internet, encontré algunos datos de interés. En Academia de corte y confección de Flora y Pedro Castillo, publicado el 31 de agosto de 2011 en el blog Santiago de las Vegas en Línea, puede verse una foto de los años 20, de alumnas sentadas en sus máquinas de coser, y de pie Flora y su esposo Pedro Castillo, naturales de Cantabria, España.

En Sagua - Educación, entre otras academias, escuelas y colegios, para hembras y varones, había una Academia de Corte y Costura, abierta en 1924 por la profesora Obdulia Noda de Martínez, en la calle Calixto García No. 136-A. Se enseñaban labores manuales, confección de trajes y sombreros.

Por el Directorio Clasificado de negocios y servicios que se editaba en Agramonte, Matanzas, uno se entera que en 1941 en ese municipio había dos Academias de Corte y Costura, una propiedad de Celia Oruña Francés y la otra de Emelina Fuentes Delgado.

En Puerto Padre, Las Tunas, entre otras instituciones escolares, había 5 academias de música y 6 de corte y costura (a las escuelas y conservatorios de música existentes en Cuba antes de 1959 quiero dedicarle un post).

Hoy, ante el vertiginoso desarrollo de las tecnologías y cuando parece que la informática y la computación son determinantes para conseguir empleo, llama la atención el curriculum de Ana Rafaela Legrá Juan, cubana residente en España. Licenciada en Ingeniería Química por la Universidad de Oriente y con 25 años de experiencia en esa especialidad, Ana Rafaela no tiene a menos incluir que hizo dos cursos teórico-prácticos de corte, costura y sastrería en Santiago de Cuba.

Osvaldo Joya Hernández, director creativo de moda, en su perfil de Linkedln escribe: "Desde muy pequeño he tenido un contacto muy cercano con el mundo del diseño y la alta costura ya que mi madre tenia academia de corte y confección ademas de un taller muy exclusivo de trajes a medida, ya en mi adolescencia encamino mi formación como diseñador primero en la Academia de San Alejandro y luego en el Instituto de Artes Aplicadas en La Habana, mi ciudad natal".

De Palmira, uno de los ocho municipios de Cienfuegos, provincia a unos 256 kilómetros al sureste de La Habana, he encontrado información acerca de su historia y su principal central azucarero, el Portugalete. También sobre el compositor palmireño Eusebio Delfín, quien entre otras canciones compuso Y tu qué has hecho.



Pero no encontré datos sobre las escuelas en general y en particular las academias de corte y costura existentes en Palmira y donde mis tías Cuca, Adelaida y Victoria deben haber aprendido el abc de la costura. Cuando se mudaron a la capital perfeccionaron sus conocimientos y técnicas. Ellas tenían máquinas Singer, como la de la foto y le cosían a la clientela que cada una tenía en los lugares donde vivían; se hacían su propios vestidos y, por supuesto, la ropa a hijos y sobrinos, como era mi caso.

En las décadas 1940-1950, en las tiendas podías conseguir ropa más barata o más cara, pero las mujeres que sabían coser (hubieran aprendido en academias de corte y costura, fueran autodidactas o cosieran por moldes y patrones que vendían en los Ten Cents por muy poco dinero), preferían comprar telas y accesorios en cualquiera de los muchos establecimientos existentes en su ciudad, que en el caso de La Habana se concentraban en la calle Muralla.

Al doblar de mi casa, en la barriada El Pilar, en El Cerro, había varias tiendas donde podías comprar telas, zippers, hilos, botones, sin tener que ir a Muralla o a Monte, cuando ésta era una calle tan comercial como Galiano, Neptuno o San Rafael. La primera, pasando la bodega que había en Monte y Romay, era El Almacén, luego venía una pequeña tiendecita, propiedad de un polaco, que solo vendía telas y en el portal ponía los rollos, además del polaco, un hombre bajito y calvo, el otro dependiente era un mulato joven que vivía en el solar de al lado. Pegada a esa tiendecita estaba La Defensa, la más grande; a continuación, la quincalla Bulnes, cuya dueña se llamaba Chela y era de origen libanés. Y ya en la esquina de Monte y Fernandina estaba la última tienda, La Casa Roja.

En los barrios de toda Cuba habían mucha tiendas y quincallas similares. Si no vendían tejidos, podías comprar lo que necesitaras para coser. Los moldes y patrones se compraban en el Ten Cent de Galiano, Monte u Obispo, tal vez los vendieran en el del Vedado, en 10 y 23, o en el La Copa en Miramar, pero en aquellos años nunca fui a esos Ten Cent, ya cuando fui, en los años 60 y 70, estaban tan desabastecidos como el resto de los comercios en el país.

A diferencia de mis tías paternas, mis tías maternas (María, Dulce, Cándida y Teresa), sabían zurcir y remendar a mano y alguna vez remendaron sábanas y toallas a máquina, pero ni ellas ni Carmen, mi madre, no dominaron el arte de la confección, corte y costura. No estoy segura, porque cuando nací ya Manuel, mi abuelo por parte de padre, había muerto, pero creo que si no fue sastre trabajó en una sastrería.

Yo aprendí a coser en 1958, por el sistema de María Teresa Bello, que era el usado por mi tía Cuca en las clases de corte y costura que tres veces por semana daba en su casa, en 21 entre F y E, Vedado.

Como en mi casa no teníamos máquina de coser, iba a coser a casa de Lucrecia, la madre de Marco, administrador de este blog, a seis cuadras de mi domicilio. Lucrecía vivía y sigue viviendo en el tercer piso de un edificio frente al Parque La Normal.

A principios de los años 60, Fidel Castro trasladó a La Habana a cerca de 11 mil adolescentes que vivían en montañas y pueblos remotos del Oriente de la isla, para elevarles su nivel escolar y que aprendieran a coser. Muchos padres no estaban de acuerdo con ese viaje a la capital.


Fueron alojadas en mansiones de Miramar, donde el primer contratiempo fueron los inodoros: sus necesidades las hacían en letrinas o en pleno campo. Se bañaban con cubos de agua o en los ríos. Las muchachas no tardaron en acostumbrarse a usar inodoros, lavabos, bañaderas o duchas. Cuando la Escuela de Campesinas Ana Betancourt dirigida por Elena Gil terminó, miles de muchachas regresaron con títulos en sus maletas, pero atrás dejaron destrozadas aquellas hermosas y lujosas residencias. Uno de los muchísimos errores cometidos por los barbudos y su revolución.

Paralelamente, la Federación de Mujeres Cubanas patrocinó escuelas para aprender a tejer, coser y bordar en todo el país. En algún sitio leí que desde 1960, la FMC había graduado a 500 mil mujeres. Pero, sinceramente, ni en El Pilar ni en La Víbora, las dos barriadas donde viví en La Habana, no conocí a ninguna mujer que hubiera aprendido a coser en esas escuelas de corte y costura de la FMC.

En mi infancia, los programas de enseñanza en colegios públicos y privados, entre las asignaturas se encontraban costura, bordado, dibujo, caligrafía y música. En Suiza, en la escuela primaria, a hembras y varones los enseñan a coser y a cocinar en la secundaria.

Según un reportaje publicado el 6 mayo de 2014 en el periódico Granma, en Holguín funciona una Academia de Artes Manuales. Ojalá academias similares se abran en todas las provincias y municipios cubanos. Y no solo para aprender a coser, tejer, bordar y hacer artesanías, también para recibir clases de música, pintura, cocina, repostería y jardinería, entre otras.

Tania Quintero

Fotos: La primera, una cubana prepara su vieja máquina para remendar ropa de su marido o hijo. Tomada de un fotorreportaje publicado en Huffpost Voces el 8 de marzo de 2015.

La segunda, un modelo de máquina Singer similar al que tenían mis tías. Tomada de Vazlon, sitio brasileño de ventas online.

La tercera, muestrario de piezas confeccionadas por alumnas de la Escuela de Campesinas Ana Betancourt, fotografiado por Gilberto Ante en 1963 o 1964.

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