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martes, 19 de junio de 2012

Crossroads




Por Charlie Bravo

Cuando en la Florida dice a llover, es algo que uno tiene que tomarse muy en serio. Llueve con ganas. No como en Miami, o como en Hialeah, donde la lluvia huele a cemento. Llueve con un olor a pantano indescifrable, y si uno cierra los ojos puede ver en la oscuridad el brillo de los ojos de los cocodrilos.

Aquella noche fue una noche así.

Estaba en el medio de un cruce de caminos perdido en el Everglade, con aquel negro Leroy que conocí en el Bananas Café de Coconut Grove. Lo conocí después de tocar con una banda que actuaba allí, con una guitarra prestada. El tipo estaba en una mesa cerca de mi puesto, y casi podía pisar el cable de la guitarra, seguían él y su mujer el ritmo de la música con movimientos de la cabeza, casi imperceptibles con esa gracia típica de los negros que bailan sin moverse.

Cuando terminó el set, se me acercó y estuvimos hablando. Su hermano, me dijo, había sido un buen guitarrista de blues. Murió en una pelea por una mujer, casi parece ser que ese es el destino de tantos guitarristas de blues. Me invitó a ver una banda medio siniestra en un lugar llamado Tobacco Road, en Miami. Nada mal.

Allí no toqué, pero disfruté enormemente de una de las más explosivas presentaciones de blues, género que en este Miami de la salsa y el merengue, de la música del boom boom y el tiki tiki escasea tanto.

El guitarrista me pareció un tipo místico. O misterioso. No lo sé.

Ya en el parqueo, apoyados sobre 'el caimán', mi viejo Dodge del 82, mientras conversábamos sin que la conversación fuera a ningún lugar en particular, se ofreció a llevarme a ver una ceremonia de Crossroads: un guitarrista ofrecería su alma al diablo a cambio de ejercer la magia a través de su instrumento.

-Muy bien, le dije, pero más me interesa que me la hagan a mí. Le ofrezco a Legbá mi alma a cambio de que se lleve de una puta vez a los Castros de regreso a los mismísimos infiernos”

-¿Y como pagarás?, me preguntó, y antes de que yo pudiera responder me dijo:

-Silencio, eso se lo dirás a Ma’ Mamba.

-¿Y quién es Ma’ Mamba?, quise saber.

Me respondió que ella cuidaba de las llaves de Legbá, y que si me arriesgaba a todo pues él me llevaba al cruce de caminos. “No tengo guitarra, acabo de llegar a Miami y no tengo nada, ni dinero con qué pagar”, dije.

Me dijo de inmediato que no me preocupara por la guitarra, y que no hacía falta dinero, que llevara una botella de aguardiente de caña, y una buena cantidad de velas. Ojo, que muchas de esas velas tienen que ser negras.

Nada más fácil que conseguir todo eso en Miami.

Fuí a su casa de Overtown, un distrito mayoritariamente negro, nos montamos en su camioneta vieja, su mujer iba acurrucada entre nosotros, y tomamos carretera como si fuéramos para Tampa, a lo largo del Alligator Alley. Luego de contarme lo del asesinato de un cobrador de peaje en esa carretera y de pasar una cabina de cobro vacía, se desvió por lo que parecía un camino vecinal, como de entrada a una finca.

El trayecto daba la idea de que no acabaría nunca. Y en lo único que pensaba yo era si no había sido un ingenuo que ahora iba a ser asaltado y despojado de todo. ¿De todo? Me pregunté, si no tengo nada, nada de nada. Ya más tranquilo, casi me iba durmiendo cuando llegamos a un cruce, bajo la luz de la luna. Ma’ Mamba estaba allí, sentada debajo de un árbol, como si no hubiera cocodrilos por aquella zona. Recordé que Lynyrd Skynyrd había caído en un avión sobre los Everglades. Y que algunos de los habitantes del pantano habían disparado sobre los sobrevivientes, según se contaba.

Ma’ Mamba me pidió las velas. Como buena bruja, tenía un mocho de tabaco entre las encías desdentadas. Me hizo desnudar.

Fue derritiendo un poco de las velas y preguntándome para quién eran, para ustedes, para mi hija, dije. Me puso un sombrero de guano, como de espantapájaros, y me pintó el pecho, la espalda, el estómago, y la planta de los pies con una mezcla de fango y carbón. Para la cara reservó una mezcla de fango y sangre de no sé qué animal, y ni quise saber.

-Ya casi estamos, dijo.

-No sé, respondí.

El negro Leroy trajo de la cama de su camioneta destartalada una guitarra más destartalada aún. Me dijo “Afínala”. Lo hice. Y para mi sorpresa, le vació casi todo el aguardiente dentro.

Tomó un largo trago, Ma’ Mamba también. Ni a mí ni a la mujer de Leroy nos dieron.

Ma’ Mamba comenzó a invocar a Legbá mientras me daba con un latiguillo por todo el cuerpo. Legbá finalmente la montó y con una voz masculina con un acento indescifrable me preguntó qué quería.

-I am selling my soul, Legbá.

-For how much?, preguntó a través de Ma’ Mamba.

-I don’t want any money for it, Legbá, I want you to have it if you take the Castros with you, to burn in hell.

-And what would I like to take your soul? What would you do for me?

A lo que respondí: “I will live in eternal poverty playing for food and drinks wherever you want me to play for you”.

Ya la cera de las velas que tenía sobre los hombros y en las manos me estaba quemando de manera insoportable.

-Shake the fire off” ordenó Legbá. Dejé caer las velas. Cayeron en fango húmedo y casi todas se apagaron.

"Play that old guitar for me”. Me lancé en una frase que me sorprendió mucho, nunca la había hecho. Mis dedos aunque entumecidos tenían vida propia. Menos mal, dije, no se me han caído. En ese instante Ma’ Mamba -Legbá recogió la vela encendida y la lanzó en el hueco de la guitarra, forzándola con su mano huesuda entre las cuerdas y la madera, con rabia. El aguardiente se encendió, y lancé la guitarra con todas mis fuerzas al agua. Me quité el sombrero, lo lancé al suelo y me paré encima de mi ropa.

Ma’ Mamba volvió en sí. Leroy y su mujer contemplaban la escena como si fuera algo que vivieran todos los días. “Done deal” dijo Leroy. “Vámonos”. Me vestí con la ropa llena de fango, subí a la camioneta y al amanecer llegamos a Overtown. Soñé con Ma’ Mamba, y me pregunté si no había sido más que un sueño. Estaba lleno de fango y con ampollas en los hombros, todo real, me dije.

Hasta hoy, Legbá no me ha llevado ni a mí, ni a los Castros, quizás esto prueba que el Diablo es el mismísimo Castro, o viceversa.

Lo que hace uno por el blues.

Blog de Zoé Valdés,13 de abril de 2012.
Video: Actuación de Eric Clapton, Ginger Baker en la batería, y el gran Jack Bruce en el bajo, durante su actuación en 2005 en el Royal Albert Hall de Londres. Ellos tenían el grupo Cream en los 60 y 70 y ahora se reunieron y tocan mejor de viejos que de jóvenes. La canción se llama precisamente Crossroads y es de Robert Johnson, leyenda del blues que la compuso en los años veinte. En el minuto 2:58 se puede ver en el público al guitarrista inglés Brian May, considerado entre los 100 mejores guitarristas del mundo.

3 comentarios:

  1. Charlie debería ponerse a escribir más a menudo.

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  3. Excelente banda de rock. Los vi hace mucho tiempo a mediados de la decada de los 60 en New York City en el local Filmore East. Tengo varios de sus discos y CD's. Segun el conductor de la New York Symphony Leonard Bernstein, Ginger Baker era el mejor baterista de todo el mundo y su ritmo era excelente. Saludos,

    Sharpshooter

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