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domingo, 17 de julio de 2011

Amor y secretos de guerra


Por Raúl Rivero, Madrid

Le debo al cineasta Orlando Jiménez Leal la primera noticia de la novela La mujer del coronel (Alfaguara). Una noche, hace ya muchos meses, me dijo en Madrid que Carlos Alberto Montaner (La Habana, 1943) le iba a poner el punto final a una historia compleja de suspense, amores y desamores, traiciones y aventuras de unos personajes cubanos que se movían por el mundo.

A mí no me sorprendió el recado, y creo que no cogió fuera de lugar a quienes conocen sus novelas anteriores -Perromundo (1972) y 1898: La trama (1987)- porque esos libros le habían dejado las puertas abiertas a un narrador capaz, sensible, con gran dominio de la palabra. Estaba obligado a volver.

Creo que con esta obra de Montaner, que comienza a tener resonancias en los círculos literarios y en los medios de prensa de España y del continente americano, se cae otra vez de la mata -esta vez con un zambombazo mayor- la realidad de que la buena literatura la determina el talento de un hombre y no la geografía donde vive, o donde le han obligado a vivir.

En el caso de Cuba, en particular, con tanta gente empeñada en descalificar, abolir y desaparecer a los autores exiliados y a que pierdan legitimidad por lejanía, La mujer del coronel desplaza por varias zonas del planeta -en el corazón, los sueños, la frustraciones y los acosos de los personajes- más fantasmas de la realidad del país que los que puedan habitar en un relato que se ha comenzado a escribir sin libertad esta noche en una casa de Sibanicú, Jagüey o Jovellanos.

Eso, a pesar de que Montaner está en el exilio desde los 18 años. O por eso mismo, y porque sus compromisos personales y su relación afectiva con la isla donde nació no la pueden quebrar dos timbres, la intolerancia y unas leyes redactadas con odios y rencores.

El libro entra directamente en las relaciones de la señora Nuria, una mujer madura, sensual, inquieta, con vocación de exploradora (una tembana de película, en el lenguaje coloquial), con su marido, el coronel Arturo Gómez y el trabajo de control de los servicios secretos cubanos para preservar la integridad moral de las esposas de los oficiales.

Por ahí está el centro de una historia que, sin embargo, hace entradas en otros temas, distribuye otros retratos. Además, con todo el humor y el erotismo que deslumbran y emocionan al lector, puede ser una novela desoladora.

La mujer del coronel le ha devuelto a la literatura cubana y de Hispanoamérica la palabra de un escritor que, durante muchos años, ya fuera a dormir a Madrid, a Miami, a Lima o Buenos Aires, debía de tener unos segundos del tránsito al sueño para pensar en un relato o una gran novela. Así va a seguir.

Eso es lo que se espera y lo que él quiere. Se lo dijo en una conversación a su amigo el escritor y periodista Armando de Armas: «Mi primera vocación es la de escritor. La política para mí es una expresión del deber cívico más que un proyecto de vida. Nada me hace más feliz que escribir».

El Mundo, 18 de junio de 2011

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