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lunes, 19 de abril de 2010

El flagelo de la corrupción


Por Iván García

Bienvenido a la isla del robo. Pase usted por cualquier gasolinera, oficina de atención a clientes o bufete jurídico y por debajo de la mesa, con dinero en mano se resuelve lo que desea.

Siéntese con su familia a cenar en un exclusivo y caro restaurant, y verá cómo lo timan al servirle un trozo de asado, y si no tiene los ojos abiertos, le recargan la cuenta con un descaro que raya en la insolencia.

Probablemente estos robos de los “malandros” cubanos, sea habitual en cualquier rincón del planeta. Pero la prensa los denuncia, no se oculta el fenómeno. En Cuba sí.

La rica fraseología gubernamental acuña un término ambiguo para clasificar los robos y pérdidas: "desvío de recursos" o "faltantes". En todos los estamentos de la sociedad cubana, la persona o participa del robo, es cómplice o compra productos sacados la noche anterior de un almacén estatal.

La gente no labora donde pueda tener un mejor salario. No. Trabaja en lugares donde pueda robar a manos llenas. Porque el sueldo de fin de mes es un simple estipendio.

Les contaré un par de historias. En una gasolinera que presta servicio al Ministerio del Interior, a tiro de piedra de Villa Marista, cuartel general de la Seguridad del Estado, hace unos días la policía desmanteló una red que falsificaba bonos de gasolina y petróleo.

Trabajadores del centro aún están bajo investigación. A uno de los jefes se le ocupó una máquina para confeccionar bonos falsos de combustible. Les explico.

En Cuba, el gobierno intenta controlar en forma de vales el gasto de combustible. Una legión de burócratas planifica la gasolina a gastar por cada empresa en un mes. Y los kilómetros que deben recorrer los coches estatales. A cada empresa se le distribuye un número de bonos de combustible, que por la extensa crisis se han ido recortando.

Pues en esta gasolinera que presta servicio a coches del Ministerio del Interior, debido al descontrol, se robaban mensualmente miles de litros de gasolina. Luego, estos litros se vendían a particulares o a oficiales de la institución, quienes como cualquiera en la isla necesitan un extra de combustible para resolver asuntos personales.

Es un negocio rentable. El litro de gasolina especial cuesta 0.90 cuc (1 dólar) y se suele vender en el mercado negro a 10 pesos (40 centavos de dólar). Ya hace unos años, Fidel Castro intentó controlar el robo desmesurado de combustible colocando trabajadores sociales y máquinas para vigilar la venta. Miles de empleados corruptos fueron despedidos.

Pero ni así. A la vuelta de unos meses, los nuevos empleados ya estaban robando. En este caso que les cuento los trabajadores pertenecen al Ministerio del Interior. Nadie está a salvo en Cuba del flagelo de la corrupción.

La otra historia es mucho más penosa. Lo sucedido en el hospital siquiátrico de La Habana, en el mes de enero, donde por negligencia fallecieron 26 pacientes, tiene tras bambalina un trasfondo de corrupción.

Según cuenta una persona que trabaja en una comisión que investiga los sucesos, se sustraían diariamente cientos de sacos de arroz, leche en polvo y cajas de pollo o pescado. Algunos trabajadores del centro hospitalario vendían festinadamente sábanas y colchas destinadas a los pacientes.

En los alrededores del hospital, vecinos del barrio preferían ir a comprarle productos a empleados del centro que al desabastecido mercado estatal. Varias casas cercanas, están pintadas del mismo color que el sanatorio.

En Cuba, para obtener cemento, materiales de construcción o comida la gente, recurre al mercado negro. Esto genera una pérdida de valores ostensible, pues personas honradas ven normal consumir artículos robados.

A veces la prensa oficial publica una reseña sobre la corrupción y el robo. Pero a cuentagotas informan de un fenómeno que está latente en todas las estructuras de la sociedad cubana. Hace unos días, la televisión de la provincia de Santiago de Cuba, a mil kilómetros al este de La Habana, pasó un reportaje sobre el recorrido de Lázaro Expósito Cárdenas, primer secretario del partido en la provincia, por centros gastronómicos y de elaboración de productos alimenticios.

Lo visto daba ganas de vomitar. Cucarachas, suciedad y mala elaboración en la confección de alimentos. Al parecer, la cadena nacional televisiva pensó que era muy crudo exhibir el material y lo censuró. En 51 años de revolución de verde olivo, la corrupción rampante es un fenómeno que el gobierno no ha podido atajar.

Es simple, la gente no se siente dueña de los medios de producción, como le repiten los catálogos de marxismo. Y ve al Estado como una institución que los explota. Si a esto usted une la escasez, entonces el motor de la corrupción está presto a funcionar a todo gas. A robar se ha dicho.

Foto: tuty420, Panoramio

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